Entradas populares

Mostrando entradas con la etiqueta CRITICAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CRITICAS. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de diciembre de 2021

Qué lejos de Dios nos hemos ido con nuestras críticas


Hablar mal de los demás, especialmente de los sacerdotes y el Papa, es un pecado muy grave, mira por qué

«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano»

Mateo 18

Se trata de salvar nuestras almas. Cada uno de nosotros posee un alma inmortal y debemos cuidarla, acordarnos de ella, fortalecerla con los sacramentos, la oración.

Somos valiosos para Dios, y anhela que pasemos la eternidad con Él. Por eso te escribo estas notas.  Somos hijos de Dios, herederos de un cielo prometido.

Bajo la luz del cielo

Jesús nos dejó dicho que caminásemos por este mundo pasajero con el corazón elevado al cielo:

«En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino”.

Juan 14
7 imágenes del cielo

Cuánto daño hace el pecado…

Si tuviésemos conciencia del pecado y cómo afecta nuestras almas y pone en peligro nuestra eternidad, lo evitaríamos a como dé lugar, sobre todo el grave pecado que cometemos al hablar mal de los demás, de nuestros sacerdotes y del Papa.

¿Pero qué es eso del pecado? Te lo explicamos en Aleteia:

El Catecismo de la Iglesia Católica lo define bien: (1849)

“El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna”. El pecado es una ofensa a Dios. El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones.”

Nunca criticar

Recomendaba san Josemaría Escrivá:

“Nunca hables mal de tu hermano, aunque tengas sobrados motivos. Ve primero al Sagrario, y luego ve al sacerdote, tu padre, y desahoga también tu pena con él. Y con nadie más”.

Los sacerdotes son Cristos.

Jesús tal vez te diría: “Cada sacerdote es hijo mío. Jamás hables mal de ellos, aunque caigan y pequen. Tú reza por ellos y pide a Dios que los cuide y preserve del pecado”.

Debes tomar conciencia del dolor que le ocasionas a Jesús cuando hablas más o te burlas de sus sacerdotes. Debes respetarlos.

Si hablas mal de ellos… ni siquiera puedes imaginar en el juicio de Dios, cómo lo pasaras. Es un pecado muy grave hablar mal de los sacerdotes o del Vicario de Cristo.

Amable lector de Aleteia, esta noche eleva tus plegarias por el papa Francisco y por nuestros sacerdotes, que Dios los haga santos y los proteja del demonio y las tentaciones de ese mundo.

“Buen Dios, danos santos sacerdotes”.

¡Dios te bendiga!

Claudio de Castro, Aleteia

Vea también     Qué debe decir y cómo hablar un católico en un debate hostil para convencer a la audiencia






































sábado, 25 de septiembre de 2021

3 claves para dejar de juzgar a los demás


 


¿Estás en contacto contigo mismo? Si entras en tu interior con honestidad serás más humilde a la hora de mirar a los otros

Una de las estrategias defensivas más habituales es el ataque: si quieres evitar que alguien te acuse, viendo tus debilidades, tienes que anticiparte, vertiendo las acusaciones que este podría hacer en tu contra.

Precisamente por eso detrás del acusador hay alguien que tiene miedo de ser descubierto.

En otras palabras, nos hacemos jueces de los demás para evitar mirar dentro de nosotros mismos.

Nos convertimos en jueces de otros para convencernos de que no estamos lidiando con ese pecado.

Somos jueces que continuamente intentamos construir una apariencia de inocencia en detrimento de los demás.

Pero para no tener miedo de mirar en nuestro interior y poder matizar la facilidad con la que solemos juzgar a los demás te doy estas 3 claves:

1PARTIR SIEMPRE DE MI EXPERIENCIA

Muchas veces nos encontramos frente a personas que se erigen como jueces, o muchas veces, nosotros mismos los somos, buscando las señales externas de los presuntos delitos de los demás.

Nos encontramos interpretando esos signos de forma subjetiva, es decir, haciendo hipótesis que parten de lo que nosotros pensamos o sentimos, y entonces, cargamos a los demás las intenciones que en realidad son parte de nuestro corazón.

Proyectamos fácilmente en los otros lo que nosotros mismos hemos hecho o nos gustaría hacer.

No tenemos otra clave para comprender la realidad que nuestra experiencia personal, nos falta ponernos en los zapatos del otro y caer en la cuenta de que hay realidades distintas a la mía.

Siempre es bueno escuchar el consejo de Jesús y, aprender a distinguir lo que dicen los labios, de lo que realmente piensa el corazón.

2NO TENER MIEDO DE LA INTERIORIDAD

Nosotros, como los fariseos y los escribas, preferimos poner el exterior en el centro, simplemente porque es más fácil de controlar, juzgar y condenar.

Al contrario, la interioridad está fuera de nuestro control. Nunca sabremos qué hay realmente en el corazón del otro: ¿cómo podemos entonces juzgarlo?

Nadie puede poner sus manos en el interior del otro. En el mejor de los casos, podemos juzgar sus acciones, pero nunca podemos poner una etiqueta al alma del hermano. Esa interioridad es sagrada y solo Dios la conoce plenamente.

Si, a diferencia de los fariseos, tratamos de evadir conclusiones fáciles sobre lo que creemos ver del otro, entonces comenzaremos a entrar en la lógica del Evangelio.

Pasaremos así de la hipocresía a la prudencia: si queremos el bien del otro no necesitamos nombrarnos jueces, solo tenemos que empezar a mirar dentro de nosotros mismos primero. Solo así nos acercaremos humildemente a la interioridad del otro.

3MIRARNOS A NOSOTROS MISMOS

«¡Con qué extraña dureza hablamos los unos de los otros! Y lo llamativo es que nadie nos ha nombrado jueces de nadie, pero nosotros nos auto atribuimos esa función y con frecuencia tenemos ya dictada nuestra sentencia (condenatoria) antes aún de oírlos.

¡Como arriba nos juzguen con la medida con la que nosotros medimos…, estaremos listos!

En cambio, qué magnánimos somos a la hora de disculpar nuestros fallos. Qué rara vez no nos absolvemos en el tribunal de nuestro corazón, dejando la exigencia para los demás.

Incluso en nuestros errores más evidentes encontramos siempre montañas de atenuantes, de eximentes, de disculpas justificatorias. ¡Qué buenos chicos aparecemos en el espejo de nuestras conciencias debidamente maquilladas! ¡Qué capacidad de autoengaño tenemos!”.

Martín Descalzo

Si fuéramos para nosotros mismos no jueces exigentes (sin necesidad de ser negativos) pero sí alguien que señala sin miedo lo que está mal en su interior, nos sería difícil dormirnos en los cojines de nuestra comodidad y nos daríamos cuenta que es más fácil de lo que creemos mirar con ojos de amor a los demás.

Luisa Restrepo, Aleteia 

Vea también    El juicio temerario - Santo Cura de Ars