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sábado, 25 de septiembre de 2021

3 claves para dejar de juzgar a los demás


 


¿Estás en contacto contigo mismo? Si entras en tu interior con honestidad serás más humilde a la hora de mirar a los otros

Una de las estrategias defensivas más habituales es el ataque: si quieres evitar que alguien te acuse, viendo tus debilidades, tienes que anticiparte, vertiendo las acusaciones que este podría hacer en tu contra.

Precisamente por eso detrás del acusador hay alguien que tiene miedo de ser descubierto.

En otras palabras, nos hacemos jueces de los demás para evitar mirar dentro de nosotros mismos.

Nos convertimos en jueces de otros para convencernos de que no estamos lidiando con ese pecado.

Somos jueces que continuamente intentamos construir una apariencia de inocencia en detrimento de los demás.

Pero para no tener miedo de mirar en nuestro interior y poder matizar la facilidad con la que solemos juzgar a los demás te doy estas 3 claves:

1PARTIR SIEMPRE DE MI EXPERIENCIA

Muchas veces nos encontramos frente a personas que se erigen como jueces, o muchas veces, nosotros mismos los somos, buscando las señales externas de los presuntos delitos de los demás.

Nos encontramos interpretando esos signos de forma subjetiva, es decir, haciendo hipótesis que parten de lo que nosotros pensamos o sentimos, y entonces, cargamos a los demás las intenciones que en realidad son parte de nuestro corazón.

Proyectamos fácilmente en los otros lo que nosotros mismos hemos hecho o nos gustaría hacer.

No tenemos otra clave para comprender la realidad que nuestra experiencia personal, nos falta ponernos en los zapatos del otro y caer en la cuenta de que hay realidades distintas a la mía.

Siempre es bueno escuchar el consejo de Jesús y, aprender a distinguir lo que dicen los labios, de lo que realmente piensa el corazón.

2NO TENER MIEDO DE LA INTERIORIDAD

Nosotros, como los fariseos y los escribas, preferimos poner el exterior en el centro, simplemente porque es más fácil de controlar, juzgar y condenar.

Al contrario, la interioridad está fuera de nuestro control. Nunca sabremos qué hay realmente en el corazón del otro: ¿cómo podemos entonces juzgarlo?

Nadie puede poner sus manos en el interior del otro. En el mejor de los casos, podemos juzgar sus acciones, pero nunca podemos poner una etiqueta al alma del hermano. Esa interioridad es sagrada y solo Dios la conoce plenamente.

Si, a diferencia de los fariseos, tratamos de evadir conclusiones fáciles sobre lo que creemos ver del otro, entonces comenzaremos a entrar en la lógica del Evangelio.

Pasaremos así de la hipocresía a la prudencia: si queremos el bien del otro no necesitamos nombrarnos jueces, solo tenemos que empezar a mirar dentro de nosotros mismos primero. Solo así nos acercaremos humildemente a la interioridad del otro.

3MIRARNOS A NOSOTROS MISMOS

«¡Con qué extraña dureza hablamos los unos de los otros! Y lo llamativo es que nadie nos ha nombrado jueces de nadie, pero nosotros nos auto atribuimos esa función y con frecuencia tenemos ya dictada nuestra sentencia (condenatoria) antes aún de oírlos.

¡Como arriba nos juzguen con la medida con la que nosotros medimos…, estaremos listos!

En cambio, qué magnánimos somos a la hora de disculpar nuestros fallos. Qué rara vez no nos absolvemos en el tribunal de nuestro corazón, dejando la exigencia para los demás.

Incluso en nuestros errores más evidentes encontramos siempre montañas de atenuantes, de eximentes, de disculpas justificatorias. ¡Qué buenos chicos aparecemos en el espejo de nuestras conciencias debidamente maquilladas! ¡Qué capacidad de autoengaño tenemos!”.

Martín Descalzo

Si fuéramos para nosotros mismos no jueces exigentes (sin necesidad de ser negativos) pero sí alguien que señala sin miedo lo que está mal en su interior, nos sería difícil dormirnos en los cojines de nuestra comodidad y nos daríamos cuenta que es más fácil de lo que creemos mirar con ojos de amor a los demás.

Luisa Restrepo, Aleteia 

Vea también    El juicio temerario - Santo Cura de Ars










domingo, 20 de junio de 2021

Aprende a cambiar tu mirada sobre los demás

 

MŁODA KOBIETA


Cambiar la forma en que miras a alguien puede cambiar a la persona misma

«Cambiar tu mirada, cambiar nuestra mirada»: esta es la misión de la asociación Wake Up Café con personas que salen de la cárcel.

Como llevo tres años dirigiendo debates allí, aprecio plenamente la calidad de este consejo: cambiar tu punto de vista sobre el otro, negarte a juzgarlo demasiado rápido, acercarte a él con una mirada nueva, no solo libera una cualidad de las relaciones humanas, sino que también puede cambiar a la persona misma.

Es esta idea la que me gustaría explorar aquí: presenta un interés humano que no es solo valioso para la relación de ayuda. En nuestra actividad profesional sabemos bien que la forma en que miramos a nuestros clientes, a nuestros compañeros, o incluso a nuestras tareas diarias; el significado que les damos; todo ello influye en nuestro estado de ánimo, en nuestra vida, para bien o para mal.

Aprender a liberar la mirada

No todo el mundo es como el contemplativo que mira su objeto por lo que es: la mirada del científico está dirigida a la búsqueda del conocimiento, la del investigador por el descubrimiento, la del emprendedor por el éxito… Cada uno de nosotros mira el mundo animado por un deseo diferente. 

Por no hablar de las emociones que influyen en nuestra mirada, la mayoría de las veces sin nuestro conocimiento. Los miedos, sobre todo, dirigen nuestra mirada hacia los riesgos a evitar, exponen a nuestro juicio los peligros, las seguridades a construir, las personas de las que desconfiar…

La mirada no está exenta de hábitos, buenos o malos, conscientes o no. Liberar la mirada es aceptar volver a empezar, mirar como si fuera la primera vez, pero también es proyectar algo más que la indiferencia o la preocupación: discernir activamente lo positivo del otro y reconocerlo. 

Este es solo el comienzo que tendremos que confirmar en reciprocidad: modificando nuestra propia mirada, expresando acogida más que retraimiento, algo cambia en nosotros, pero también en el que estamos mirando. A menudo basta con quererlo para obtener los primeros frutos.

Pierre d’Elbée, Aleteia -


Vea también            Revalorizar el Matrimonio y la Familia - Papa Francisco





















martes, 26 de noviembre de 2019

"Dejaré la Iglesia y me voy"...

Un joven llega con el sacerdote y le dice:
- ¡Padre no iré más a la Iglesia!
El sacerdote respondió:
- ¿Pero por qué?
El joven respondió:
- Veo a la hermana que habla mal de otra hermana; el hermano que no lee bien; el grupo de canto que vive desafinando; las personas que durante la misa miran el celular, entre tantas y tantas otras cosas malas que veo hacer en la iglesia.
Le dice el sacerdote:
- Muy bien, pero antes quiero que me hagas un favor: toma un vaso lleno de agua y da tres vueltas por la iglesia sin derramar una gota de agua en el suelo. Después de eso, puedes salir de la iglesia.
Y el joven pensó: muy fácil!
Y dio las tres vueltas como le pidió el padre. Cuando terminó dijo:
- Listo, padre.
Y el cura respondió:
- ¿Cuando estabas dando vueltas, viste a la hermana hablar mal de la otra?
El joven:
- No
¿Viste a la gente quejarse entre sí?
El joven:
- No
¿Viste a alguien mirando celular?
El joven:
- No
¿Sabes por qué? Estabas concentrado en el vaso para no tirar el agua.
Lo mismo es en nuestra vida. Cuando nuestro enfoque sea nuestro Señor Jesucristo, no tendremos tiempo de ver los errores de la gente.
Quién sale de la iglesia por causa de la gente, es porque nunca entró por Jesús.

Sem. Charlie #EvangelizandoAndo