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lunes, 15 de mayo de 2023

El Sarah más combativo llama a librar «la batalla final entre Dios y Satanás»: sus 8 armas de luz

En «El amor en el matrimonio», estudia los enemigos de la familia
y la forma de vencerlos


En "El amor en el matrimonio" (Palabra), el cardenal Saraha analiza los principales desafíos y amenazas para la familia cristiana, la batalla definitiva que se libra en torno a ella y las "armas de la luz" para librarla.

El cardenal Robert Sarah no titubea a la hora de afirmar que el mundo asiste a "la batalla final entre Dios y Satanás" y que el resultado depende de dos lugartenientes de "la luz". "El combate de los esposos es cuerpo a cuerpo",  enfrentados junto a la Iglesia a "los poderes económicos y mediáticos" y a los "intermediarios diabólicos". Y se trata de un combate que es "a vida o muerte".

La visión expuesta por el cardenal guineano en su último libro, El amor en el matrimonio (Palabra) se trata de una de las más combativas que ha realizado hasta ahora. En ella expone que la Iglesia "es el último baluarte contra la barbarie", en cuyo interior también se libra una encarnizada batalla.

Pero en El amor en el matrimonio, Sarah se centra en cómo deben librarla las familias y los matrimonios cristianos.

A lo largo de poco más de 150 páginas, se describen en una primera parte las principales armas de luz con las que cuentan los esposos para hacer frente al "combate de nuestro tiempo" que, ante todo, se define como espiritual.

¿Con qué medios cuentan las familias para enfrentar al Goliat del siglo XXI? Ofrecemos algunos de los expuestos por el cardenal:

1º El sacrificio de los esposos contra las fuerzas del mal

En un "contexto hedonista" en el que la palabra sacrificio "no está de moda y llega incluso a inspirar terror", Sarah recuerda a las familias que este término está plenamente inscrito "en el combate espiritual" que deben librar.

Tanto, subraya, "que por encima del compromiso en la protección y fomento de la santidad del vínculo conyugal y de la vida, ese combate contra las fuerzas del mal se desarrolla en el marco de la oración de los esposos, además de en el ayuno y la penitencia".

En este sentido, Sarah destaca que en el ámbito de la vida conyugal es posible hablar de una "espiritualidad de la Encarnación" que, junto con la defensa de la vida humana y la compasión, "constituye uno de los rasgos esenciales de esa santidad específica de los fieles laicos". Su ejemplo y combate por la santidad del matrimonio y la sacralidad de toda vida humana, añade, "convierte a los fieles en antorchas de la verdad frente a la actual degradación de la sociedad". 

2º Batalla… ¿cultural? Ante todo, debe ser "espiritual"

Para Sarah, el "combate definitivo de Cristo contra Satanás" consiste hoy en los intentos de este "por destruir el matrimonio y la familia", sirviéndose para ello de "los intermediarios diabólicos de este mundo". Entre ellos, menciona particularmente a "quienes inspiran y someten a votación leyes inicuas contrarias a la unidad del vínculo conyugal y de la vida".

En este combate, dice, las familias cristianas deben "revestirse con las armas" para "manifestar su fe en medio del mundo", lo que no está exento de riesgos. Quien lo hace, "pasa a convertirse en blanco de feroces ataques de todo tipo", por lo que el cardenal remarca que el actual es un "combate espiritual" que "solo tiene sentido en el Señor".

Por ello, "las armas que hay que llevar no son de acero ni de hierro", sino que los matrimonios cristianos dispuestos a librar ese combate "deben revestirse de la energía del resucitado, de las armas de Dios".

El amor en el matrimonio, de Robert Sarah.

Consigue aquí "El amor en el matrimonio" (Palabra), del cardenal Robert Sarah.

3º El campo de combate, "el desierto de Dios"

En continua analogía bélica, Sarah dice que esas armas y soldados de la luz están en un "campo de batalla", al que llama "el desierto de Dios".

¿Cómo llegar a él? Sarah destaca que la "voluntad y la energía espiritual" son necesarias a la hora de tomar una decisión, la de "detener toda actividad, incluida la profesional, renunciar al tiempo libre o a los asuntos más urgentes" para entregar tiempo a Dios. "Para cualquier hombre, mirar a Dios, contemplarlo, arrodillarse y adorarle supone un inmenso descanso". Frente a este se encuentra el campo de batalla "del mundo", plagado de bienes de consumo y placeres. Por ello, con la oración y la penitencia, llama a los cristianos a perseguir "el verdadero alimento" en el lugar adecuado: "Se encuentra en el Cielo y desde el Cielo tiene que descender hasta nosotros".

4º Seguir a los -verdaderos- primeros cristianos

Cuando Sarah describe "el violento combate frontal entre el espíritu del mundo y el Espíritu Santo", lo compara en el plano de la familia y el matrimonio a la situación que vivían los primeros cristianos, "un contexto bastante parecido al que conocemos hoy en día". Entre algunos rasgos compartidos, Sarah habla de "la banalización del adulterio, el divorcio, la unión civil temporal, la infidelidad, la poligamia, la homosexualidad y la legalización del `matrimonio homosexual, el aborto…".

Si los adversarios de la familia cristiana eran los mismos entonces que ahora, Sarah llama a que también lo sean las formas de enfrentarlos.

"Los cristianos de aquella época se negaron a cualquier componenda y permanecieron fieles al Evangelio, aunque su testimonio chocara con la cultura dominante. La firmeza de su ejemplo, la fuerza de su fe y su adhesión inquebrantable les permitieron ser la levadura en la masa pagana y, poco a poco, se fueron convirtiendo pueblos enteros" hasta que floreció una civilización marcada por el cristianismo.  

5º Una advertencia frente a la acomodación al mundo

Frente a su ejemplo, Sarah advierte de que en la última década, "la tentación de acomodarse al mundo dominante o la adaptación de la doctrina de la Iglesia a los casos particulares surgidos de la pastoral" son una amenaza real" difundida "por algunos medios de comunicación católicos complacientes" y que se ha apoderado "de cierto número de obispos".

Frente a esa acomodación y a la amenaza de rendición, Sarah anuncia "la hora del combate entre las tinieblas y la Luz, que como una antorcha transmite sola y exclusivamente la Iglesia y que ninguna tempestad será capaz de apagar".

6º Ofrecerlo todo a Dios y estar dispuestos al martirio profesional o social

Sarah también se dirige a los esposos cristianos como "testigos de Cristo" para recordarles su vocación de "permanecer fieles, pase lo que pase, a Cristo y al Evangelio de la vida". Una fidelidad que debe ser comparable a la del martirio, con la novedad de que "el derramamiento de sangre no es la única" modalidad.

"La vida del mártir cristiano es aquella en la que se ofrece todo a Dios, en particular, la propia competencia profesional -cita, por ejemplo, a quienes trabajan en el mundo sanitario y rechazan el aborto- o bien la reputación", por defender "valores no negociables cuando son pisoteados". La del mártir cristiano del mundo presente, "es una vida en la que se renuncia a todo por amor a Dios", subraya.

Objeción de conciencia.

"Ofrecerlo todo a Dios" es un importante rasgo del martirio, que hoy puede que no conlleve el martirio de sangre, pero sí perder un trabajo, amistades o puestos por permanecer fieles a Cristo y al Evangelio. Especialmente en el ámbito médico, negándose a participar en el aborto o la eutanasia. 

7º Un compromiso férreo e inquebrantable con la Iglesia

Bajo esta visión del martirio y las fuerzas de la luz, Sarah subraya que "nadie puede permanecer indiferente" ante los ataques a la familia y el mensaje del Evangelio. Así, destaca por ejemplo que "la protección del embrión es la condición sine qua non para combatir la civilización de la barbarie y asegurar el futuro de nuestra humanidad", pero no a única:

"Os animo a seguir la línea inquebrantable de la Iglesia, la de la defensa de la dignidad de la persona humana. Oponeos al falso y escandaloso matrimonio homosexual, a esas aberraciones que son la procreación médica asistida y la gestación subrogada. Combatid con energía la teoría absolutamente delirante y letal de género".

8º Edificar la fortaleza inexpugnable del amor y la oración de los esposos

Frente a estas amenazas, la familia cristiana puede defenderse con lo que Sarah llama "una fortaleza inexpugnable", "el amor de los esposos que rezan juntos a diario".

"Es bueno reforzarlo, pero no siempre resulta evidente cómo rezar y sobre todo qué decir", explica el cardenal, que dedica los dos últimos apartados de su libro a elaborar un plan semanal de la práctica de la oración conyugal e incluso un taller de "tiempo de escucha" entre los cónyuges.

"Los hogares de los esposos que han situado la oración conyugal en el centro de su vida han vivido una renovación extraordinaria que, en algunos casos, roza lo milagroso. No obstante, para qué de su fruto, la oración no puede ser irregular, día sí, día no, mes si, mes no. Está llamada a integrarse en la vida diaria como un encuentro de comunión entre dos bajo la mirada de Dios. Unos pocos minutos para una eternidad de amor", concluye.

José María Carrera, ReL

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sábado, 9 de julio de 2022

Cardenal Sarah: «La tibieza de los cristianos es la raíz más profunda de la apostasía que vivimos»


El cardenal Robert Sarah (en la imagen, durante su intervención del pasado verano en Medjugorje) anima a los cristianos a tener una vida espiritual intensa y activa mediante la oración y los sacramentos.

 

El cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino entre los años 2014 y 2021, ha publicado un Catecismo de la vida espiritual  con el que hacer frente a la descristianización avanzada y anemia espiritual que caracteriza nuestros tiempos. Christophe Geffroy le ha entrevistado en La Nef

-¿Cuál es su objetivo al proponer a los lectores un Catecismo de la vida espiritual?

-La fe cristiana solo está completa cuando está viva. Sin esta vida del alma con Dios ¡somos cristianos muertos o agonizantes! La vida espiritual es el despliegue vital de nuestra unión con Dios a través de la oración y los sacramentos. He querido recordar a los cristianos los fundamentos de esta vida con Dios a la cual están llamados. Sin esta amistad con Dios, que nos da la gracia, esta intimidad del alma con su Creador en el amor, nos arriesgamos a convertirnos en personas áridas y desencarnadas o blandos y tibios. Solo la vida con Dios puede preservarnos de estos excesos y hacernos vivir según la verdad en la caridad y la dulzura. En este libro expongo con sencillez las leyes ineludibles de esta vida del alma. He querido llamarlo "catecismo" porque no quiero hacer grandes demostraciones, quiero que esta obra sea accesible a todos.

-¿Cree usted que a los cristianos de hoy en día les falta formación, sobre todo para fundamentar su vida espiritual?

-Sí, la formación tiene una importancia capital. ¿Cómo avanzar por este camino si no se nos enseñan los medios para progresar en él? Sería como emprender un viaje sin mapa ni equipamiento. A la menor dificultad nos arriesgamos a sentirnos descorazonados, a perder la esperanza y renunciar.

»¿Quién sabe hoy en día qué es el estado de gracia? ¿La gracia santificante? ¡Y sin embargo se trata de nuestra misma esencia de ser cristianos! Creo que es necesario que los sacerdotes no tengan miedo de enseñar la vida espiritual en las homilías y el catecismo. Después de todo, ¿no es esta la única materia en la que son irremplazables? Sabemos cómo encontrar laicos competentes para hablar de política y ecología, pero ¿quién guiará a la grey hacia el Cielo sino los pastores del rebaño? Además, Jesús, durante sus años de vida pública, no hizo más que enseñar la vida espiritual. El sermón de la montaña de los capítulos 5, 6 y 7 del evangelio de San Mateo es el primer "catecismo de la vida espiritual". Pero esto es verdad en todo el evangelio. Cuando Jesús recibe, de noche, a Nicodemo (Jn 3,1-21), se convierte en catequista de la vida del alma, explica qué es la vida de la gracia dada por los sacramentos.

-Usted habla sobre la pandemia y juzga con severidad las limitaciones al culto que entonces prevalecieron, sobre todo en Francia: ¿por qué esa limitación del culto es ilegítima cuando se trata, no de perseguir a los cristianos, sino de proteger a la población?

-Una cosa me asombró: nos ocupábamos mucho de la salud del cuerpo, del equilibrio económico de las empresas, pero nadie parecía preocuparse por la salvación de las almas.
Algunos sacerdotes fueron admirables, visitando a los enfermos, asistiendo a los moribundos, llevando la comunión y predicando por todos los medios. No podemos -¡nunca podemos!- impedir que un moribundo reciba la asistencia de un sacerdote. Es tarea de las autoridades políticas adoptar las medidas necesarias para impedir la propagación de las epidemias. Pero esto no puede hacerse en detrimento de la salvación de las almas. ¿Para qué sirve salvar el cuerpo si perdemos nuestra alma? Me impresionó mucho ver a jóvenes franceses movilizándose para reclamar la misa. Este es un bien esencial. No podemos estar privados de ella de manera indefinida.

-Impresiona un retroceso tan generalizado y rápido de la fe en Occidente: ciertamente, podemos ver la consecuencia de un anticristianismo antiguo y virulento, pero ¿es suficiente como análisis cuando observamos que nuestras sociedades occidentales ya no son cristianas más por indiferencia de los ciudadanos a las cosas de Dios que por el anticristianismo de los gobiernos? ¿Acaso la responsabilidad principal no es de los mismos cristianos?

-Ciertamente, la tibieza de los cristianos es la raíz más profunda de la apostasía que estamos viviendo. Cuando vivimos como si en práctica Dios no existiera, acabamos por no creer de todo en Él.

Portada del 'Catecismo de la vida espiritual' del cardenal Sarah.

»Que quede claro, la persecución latente llevada a cabo por la cultura contemporánea actúa como acelerador de este movimiento. Las almas más débiles se dejan tocar por este veneno del ateísmo práctico transmitido por doquier en la cultura dominante.

»Creo que cuanto más hostil sea el mundo a Dios, más deben vigilar los cristianos su vida espiritual. Es la única resistencia posible al ateísmo líquido que nos rodea y nos asfixia. Un cristiano ferviente es un verdadero resistente a la cultura de la muerte que impregna la sociedad. La vida del alma nos preserva de este veneno extendido. 

-En su libro usted cita con frecuencia el Concilio Vaticano II y, sobre todo, Gaudium et spes, constitución conciliar que es la "bestia negra" de ciertos tradicionalistas que en ella ven la ruptura con el magisterio anterior por la manifestación del "culto al hombre" que habría sustituido al "culto a Dios". ¿Qué les responde y como analizaría usted los pasajes del papa Francisco que, en su carta a los obispos que acompaña a Traditiones custodes, amonestaba a los tradicionalistas que, además de la misa de Pablo VI, rechazan también el Concilio Vaticano II visto como ruptura del magisterio?

-No soy nadie para juzgar ni para dar lecciones. Pero gracias a mi fe católica sé con toda certeza y seguridad que la Iglesia no se contradice. En consecuencia, los que convierten al Concilio Vaticano II como un punto de ruptura, sea para alegrarse, sea para lamentarse, se equivocan. Consideran que la Iglesia es una sociedad sometida a los vientos de los partidos y opiniones (conservadores, progresistas, tradicionalistas...). Todo esto no es más que la superficie de las cosas. La Iglesia es la barca de Cristo, ella nos lleva al Cielo. Nunca se contradirá sobre las cosas de la fe.

»El Concilio debe ser leído a la luz de toda la enseñanza tradicional de la Iglesia. No hace más que poner de relieve, bajo un día nuevo, lo que la Iglesia ha creído y enseñado siempre para el crecimiento de la vida de la gracia en nuestras almas. Cualquier otra lectura del Concilio, en un sentido u otro, estaría dictada por la ideología y no por la fe.

-Usted deplora la pérdida del sentido del pecado, incluso en los católicos que, según usted observa, se confiesan muy poco, hasta el punto que prácticas como el aborto o la unión de personas del mismo sexo ya no son consideradas como pecado: ¿cómo se puede explicar esta situación y cómo se debe hablar a nuestros contemporáneos que no entienden la posición de la Iglesia en estos temas?

-Creemos que la Iglesia condena a las personas cuando lo que quiere es iluminarlas y llevarlas por el camino de la salvación. La vida del alma es la vida que Dios nos da por la gracia santificante recibida en el bautismo. La gracia es esta amistad con Dios que le permite residir en nosotros como su morada.

»Hay actos que, objetivamente, no son compatibles con esta amistad divina, son nuestros pecados graves, nuestros pecados mortales. Matan en nosotros la vida divina, la vida espiritual. Un pecado, para ser mortal, debe ser plenamente deliberado, cometido con toda consciencia de la gravedad del acto y en un tema grave. Todo ello atañe al secreto de las conciencias. Pero la Iglesia, para iluminarlas, debe recordar que ciertos comportamientos contradicen objetivamente la alianza de amistad con el Creador. Es tarea de los sacerdotes acoger a cada alma con bondad y misericordia en el sacramento de la confesión. Cada historia es única y Cristo no nos reduce a nuestras faltas.

»La práctica del sacramento de la penitencia es una necesidad absoluta para renovar en nosotros la vida de la gracia que el pecado oscurece. Un alma viva se confiesa con reconocimiento, un alma tibia abandona la confesión, por lo que está en peligro de muerte.

-Actualmente se insiste, con razón, sobre la misericordia de Dios contra una visión, a veces un poco jansenista, de la religión que antaño castigaba con dureza; pero ¿no hemos ido demasiado lejos en este sentido inverso, dando así la impresión de que la salvación ya no es el reto principal -¿quién predica hoy en día los fines últimos en la Iglesia?-, de que el pecado no debe ser denunciado, como si todo el mundo se salvara automáticamente y el infierno se quedara vacío? ¿Dónde está el justo equilibrio?

-¡El equilibrio no está a medias entre el jansenismo y el laxismo! ¡En absoluto! ¡La vida cristiana está totalmente impregnada de misericordia porque es consciente de la tragedia del pecado!

Sacerdote en el confesionario.

Un alma que no se confiesa está en peligro de muerte, advierte el cardenal Sarah. Foto: Alessandro Vicentin / Cathopic.com

»La misericordia es el Corazón de Dios que quiere salvarme de mi miseria. Mi miseria es mi pecado, que me aleja de Dios. Dios me ofrece la salvación eterna por pura misericordia. Ha llegado el momento de que las homilías recuerden la urgencia de la salvación. Nuestra vida espiritual no es otra cosa que la salvación eterna empezada y anticipada. ¿Acaso tenemos otro objetivo, otra preocupación en la tierra que valga la pena? No; estamos aquí para dejarnos salvar por Dios, para recibir de Él nuestra salvación eterna.

»Es justo que hablemos del infierno. Porque Dios nos deja libres de rechazar esta salvación. El infierno es la salvación rechazada. El Cielo es la salvación aceptada y recibida. Estas realidades deberían ser el centro de todas nuestras predicaciones. Es esto lo que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo esperan de la Iglesia. Todo el resto es secundario. Es el corazón de la predicación de Jesús en el evangelio.

-Usted escribe que la institución del matrimonio está en peligro. ¿Cómo hemos llegado a una situación que habríamos juzgado imposible hace poco tiempo atrás (como negar la diferencia entre hombre y mujer)? ¿Qué podemos hacer para luchar contra una tendencia que, en nombre de la libertad individual, parece hoy en día imposible revertir?

-Los cristianos tienen por caridad la obligación de dar testimonio de la verdad. ¿Cómo puede creer la mayoría si no se proclama la buena nueva revelada por Dios sobre el matrimonio? Los cristianos deben anunciar lo que Cristo nos ha enseñado acerca del matrimonio. Pero, sobre todo, ¡deben vivirlo! Al ver a un matrimonio cristiano, deberíamos poder decir: ¡es perfecto! Pero más bien, a pesar de sus pecados y sus límites, se aman como Dios nos ama. Las parejas cristianas deben ser evangelizadoras a través del ejemplo y el testimonio.

»Su alegría debe enseñarnos que la fidelidad hasta la muerte, lejos de ser un yugo insoportable, es fuente de libertad. La comunión eucarística de los esposos es la fuente de su vida espiritual. Reciben lo que están llamados a formar: el cuerpo de Cristo. Necesitamos familias cristianas que nos demuestren que esta vía es posible y gozosa. Las leyes de la Iglesia sobre el divorcio, la imposibilidad de que los divorciados vueltos a casar comulguen, no son leyes inventadas por la rigidez del clero, sino que expresan y protegen la coherencia íntima de la vida espiritual.

-Desde un punto de vista humano, en nuestros países europeos, el futuro es poco alentador para la Iglesia y los cristianos, que están convirtiéndose en una pequeña minoría; sin embargo, esta no parece ser la preocupación principal de nuestros pastores. ¿No somos los cristianos demasiado tímidos, demasiado timoratos con los desafíos cruciales que tenemos ante nosotros?

-Estamos ante un desafío inmenso y decisivo. ¿Somos capaces de ofrecer la salvación del alma a todas estas poblaciones que la ignoran? Doy gracias a Dios por los misioneros franceses que vinieron hasta donde yo vivía, hasta África, para ofrecerme este servicio. Ahora me toca a mí, e invito a todos los cristianos a hacerse misioneros.

»Las almas están muriendo de sed, no podemos guardarnos para nosotros los tesoros de la vida espiritual.

ReL Traducido por Verbum Caro.

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miércoles, 29 de junio de 2022

Cardenal Robert Sarah: «Occidente ya no puede mantenerse en pie porque ya no sabe arrodillarse»

Acaba de publicar un «Catecismo de la vida espiritual»


El cardenal Sarah insiste en la necesidad del silencio y
del espíritu de adoración para facilitar el encuentro con Dios. 

Inquieto por la despreocupación que la modernidad muestra por las almas, el cardenal Robert Sarah acaba de publicar un Catecismo de la vida espiritual sobre el cual le ha entrevistado Charlotte d'Ornellas en Valeurs Actuelles:

-Usted ha escrito un nuevo libro que lleva el título de Catecismo. No de la Iglesia, sino de nuestra vida espiritual... ¿Por qué ha sentido la necesidad de escribir sobre este tema?

-La vida espiritual es lo más íntimo, lo más precioso que tenemos. Sin ella, somos animales infelices. Quería subrayar este punto: la espiritualidad no es un conjunto de teorías intelectuales sobre el mundo. La espiritualidad es una vida, la vida de nuestra alma.

»Llevo años viajando por el mundo, conociendo a gente de todas las culturas y condiciones sociales. Pero puedo afirmar una constante: la vida, si no es espiritual, no es realmente humana. Se convierte en una triste y agónica espera de la muerte o en una huida hacia el consumo materialista. ¿Sabía que durante el confinamiento, una de las palabras más buscadas en Google fue la palabra "oración"?

»Nos hemos ocupado de la economía, de los salarios, de la sanidad, ¡esto está bien! Pero ¿quién se ha ocupado de su alma?

»Quería responder a esta expectativa inscrita en el corazón de todos. Por eso he elegido este título, Catecismo de la vida espiritual. Un catecismo es una colección de verdades fundamentales. Tiene una finalidad práctica: ser un punto de referencia incuestionable más allá del flujo de opiniones. Como cardenal de la Iglesia católica, he querido dar a todos un punto de referencia para los fundamentos de la vida del alma, de la relación del hombre con Dios.

-Usted ya había escrito un libro sobre La fuerza del silencio. En este libro, usted sigue insistiendo mucho en la necesidad vital de encontrar el silencio. ¿Qué podemos encontrar tan importante en el silencio?

-Permítame que le dé la vuelta a la pregunta: ¿qué podemos encontrar sin el silencio? El ruido está en todas partes. No solo en las bulliciosas ciudades envueltas por el estruendo de los motores; incluso en el campo es raro no ser perseguido por un fondo musical intrusivo. Incluso la soledad está colonizada por las vibraciones del teléfono móvil.

Portada del 'Catecismo de la vida espiritual' del cardenal Robert Sarah.

»Por consiguiente, sin el silencio, todo lo que hacemos es superficial. Porque en el silencio podemos volver a lo más profundo de nosotros mismos. La experiencia puede ser aterradora. Algunas personas ya no pueden soportar este momento de verdad en el que lo que somos ya no está enmascarado por ningún disfraz. En el silencio, ya no hay forma de escapar a la verdad del corazón. Entonces se revela nuestro interior: la culpa, el miedo, la insatisfacción, los sentimientos de carencia y el vacío. Pero este pasaje es necesario para escuchar a Aquel que habla a nuestro corazón: Dios. Él es "más íntimo a mí mismo que yo", dice San Agustín.

»Se revela dentro del alma. Es ahí donde comienza la vida espiritual, en esa escucha y diálogo con el otro, el Totalmente Otro, en lo más profundo de mí. Sin esta experiencia fundacional del silencio y de Dios que habita en el silencio, nos quedamos en la superficie de nuestro ser, de nuestra persona. ¡Qué pérdida de tiempo! Cuando me encuentro con un monje o una monja ancianos, desgastados por años de silencio diario, me sorprende ver la profundidad y la radiante estabilidad de su humanidad. El hombre solo es verdaderamente él mismo cuando ha encontrado a Dios, no como una idea, sino como la fuente de su propia vida. El silencio es el primer paso en esta vida verdaderamente humana, en esta vida del hombre con Dios. 

-Entendemos que encontrar el silencio es bastante original para nuestro tiempos. Es más, usted nos recuerda que debemos obligarnos a encontrarlo... en una época de comodidad, bienestar y rechazo casi sistemático del esfuerzo. ¿Es necesario romper con los tiempos para ser un buen cristiano?

-Tiene usted razón al señalar esto. ¡No animo a ir con el viento! Una ambición de hoja muerta, como dijo Gustave Thibon. Vivir, vivir plenamente, requiere un compromiso, un esfuerzo y a veces una ruptura con la ideología del momento. En un mundo donde el materialismo consumista dicta el comportamiento, la vida espiritual nos compromete a una forma de disidencia. No se trata de una actitud política, sino de una resistencia interior a los dictados de la cultura mediática.

»No, la comodidad, el poder y el dinero no son los fines últimos. Nada bello se construye sin esfuerzo. Esto es cierto en todas las vidas humanas. Es aún más cierto en el plano espiritual. El Evangelio no nos promete una "superación personal sin esfuerzo" como muchas de las pseudoespiritualidades baratas que abarrotan las estanterías de las librerías. Nos promete la salvación, la vida con Dios. Vivir la vida misma de Dios implica una ruptura con el mundo. Esto es lo que el Evangelio llama conversión. Es un giro de todo nuestro ser. Una inversión de nuestras prioridades y nuestras urgencias. Significa a veces ir a contracorriente. Pero cuando todo el mundo corre hacia la muerte y la nada, ¡ir a contracorriente es ir hacia la vida!

-El mundo ve a la Iglesia como una institución milenaria, pero a menudo plagada de los mismos males que el resto de la sociedad. El tema de la pedofilia es un ejemplo... ¿Cómo deben entender los cristianos (y quizás explicar) lo que es la Iglesia en sus vidas?

-La Iglesia está formada por hombres y mujeres que tienen las mismas faltas, los mismos defectos, los mismos pecados que sus contemporáneos. Pero estos pecados, cuando son cometidos por hombres de la Iglesia, escandalizan profundamente a creyentes y no creyentes. Todo el mundo sabe intuitivamente que la Iglesia nos da los medios de la santidad, todo el mundo sabe que el fruto más hermoso de la Iglesia son los santos. San Juan Pablo IISanta Madre TeresaSan Carlos de Foucauld son el verdadero rostro de la Iglesia.

»Sin embargo, la Iglesia es también una madre que carga con los hijos recalcitrantes que somos. Nadie sobra en la Iglesia de Dios: los pecadores, los que flaquean en su fe, los que se quedan en el umbral sin querer entrar en la nave. Todos son hijos de la Iglesia. La Iglesia es nuestra madre porque puede darnos sus dos tesoros. Ella puede alimentarnos con la doctrina de la fe que recibió de Jesús y que transmite de siglo en siglo. Ella puede curarnos a través de los sacramentos que nos transmiten la vida espiritual, la vida con Dios, lo que se llama la gracia.

»La Iglesia es, pues, una madre para nosotros porque nos da la vida. A menudo nuestra madre nos molesta porque nos dice lo que no queremos oír. Pero en el fondo la queremos con gratitud. Sin ella, sabemos que no seríamos nada. Lo mismo ocurre con la Iglesia, nuestra madre. Sus palabras son a veces difíciles de escuchar. Pero seguimos volviendo a ella, porque solo ella puede darnos la vida que viene de Dios.

»La Iglesia es el rostro humano de Dios. Es veraz, justa y misericordiosa, pero a menudo desfigurada por los pecados de los hombres que la componen. 

-Los que no se declaran católicos aman a la Iglesia cuando se transforma en una ONG global, a la escucha de los más pobres, de las minorías, de los perseguidos, de los diferentes... Y es una tentación que a veces parece impulsarla. ¿En qué es más que una súper ONG con sucursales en todos los países del mundo?

-Los que no se identifican como creyentes no esperan que la Iglesia sea una ONG internacional, una sucursal de la bienpensante ONU. Lo que describe usted es más bien el caso de cristianos acomplejados que quisieran ser aceptables para el mundo, populares según los criterios de la ideología dominante.

Cardenal Robert Sarah, en un estudio de televisión.

La voz del cardenal Robert Sarah es una de las más relevantes de la Iglesia actual, por su precisión en la doctrina y su rechazo a seguir la corriente dominante de sumisión al mundo.

»Por el contrario, los incrédulos esperan que hablemos de fe, que hablemos claro. Esto me recuerda lo que viví en Japón cuando me encargué de llevar la ayuda humanitaria de la Santa Sede tras el tsunami. Frente a estas personas que lo habían perdido todo, comprendí que no solo debía dar dinero. Comprendí que necesitaban algo más. Una ternura que solo viene de Dios. Así que recé durante mucho tiempo en silencio frente al mar por todas las víctimas y los supervivientes. Unos meses después, recibí una carta de un budista japonés que me decía que cuando había decidido suicidarse por desesperación, esta oración le había devuelto el sentido de la dignidad y el valor de la vida. Había experimentado a Dios en ese momento de silencio. ¡Esto es lo que el mundo espera de la Iglesia! 

-Usted insiste mucho en la oración. ¿Cómo podemos rezar cuando tenemos la impresión de repetir lo mismo una y otra vez, de ser más o menos escuchados...? ¿Qué debemos buscar realmente en la oración?

-Esta es una cuestión fundamental. La oración no consiste en una letanía de peticiones. Y la eficacia de la oración no se mide por si se responde más o menos. De hecho, es muy sencillo. ¡Rezar es hablar con Dios! No necesitamos fórmulas extravagantes para ello, aunque a veces puedan ayudarnos. ¿Qué tenemos que decir a Dios?

En primer lugar, que lo adoramos, que reconocemos su grandeza, su belleza, su poder, tan lejos de nuestra pequeñez, de nuestro pecado, de nuestra impotencia. Adorar es la actividad más noble del hombre. Occidente ya no puede mantenerse en pie porque ya no sabe arrodillarse. No hay nada humillante en ello. Arrodillarse es ocupar un lugar ante Dios.

»Rezar es también decirle a Dios nuestro amor. Con nuestras palabras, le agradecemos su amor gratuito por nosotros, por la salvación eterna que nos ofrece. Rezar es decirle nuestra confianza, pedirle que apoye nuestra fe. Rezar es, finalmente, callar ante Él, hacerle un hueco.

»¿Me pregunta qué hay que buscar en la oración? Le respondo que no busque nada. Busque a alguien: a Dios mismo, que se revela con el rostro de Cristo. 

-Un catecismo escrito por un cardenal se dirige necesariamente a los cristianos... ¿Los que no tienen fe y que nos leen hoy también forman parte de su reflexión? ¿Los que no creen que Dios existe necesitan el mismo silencio?

-¡Por supuesto! Me dirijo a todos. El silencio no está reservado a los monjes, ni a los cristianos. El silencio es un signo de humanidad. Me gustaría invitar a todas las personas de buena voluntad, creyentes o no, a experimentar este silencio. ¡Atrévanse a parar! Atrévanse a callar. Atrévanse a dirigirse a un Dios que quizás no conozcan, en el que ni siquiera crean.

»Benedicto XVI repite a menudo una frase que leyó en Pascal, el filósofo francés: "¡Haz lo que hacen los cristianos y verás que es verdad!". Me atrevo a decir a todos: atrévanse a experimentar la oración, aunque no crean, y verán. No se trata de revelaciones extraordinarias, visiones o éxtasis. Pero Dios habla al corazón en silencio. El que tiene el valor del silencio acaba encontrándose con Dios.

»Charles de Foucauld es el mejor ejemplo de ello. No creía, había rechazado la fe de su infancia y no llevaba una vida cristiana, por no decir otra cosa. Sin embargo, tras experimentar el silencio en el desierto, su corazón se abrió al deseo de Dios. Dejó que surgiera en su vida. 

-Usted también habla de la práctica de los sacramentos para alimentar el alma. ¿Puede explicar lo que son realmente, ya que reprocha que a veces se malinterpreta su significado?

-Los sacramentos son contactos reales con Dios a través de signos sensibles. Nuestra época tiende a reducirlas a ceremonias simbólicas, ocasiones rituales para reunirse, para tener una celebración familiar. Son mucho más profundos que eso. Mediante el signo sensible del agua derramada en la frente de un niño en el bautismo, Dios lava realmente el alma de este niño y viene a habitarla. No se trata de una metáfora poética. ¡Es una realidad! A través de los sacramentos, Dios nos toca, nos lava, nos cura, nos alimenta.

»Tal vez a veces nos sintamos un poco celosos de los apóstoles y de los que conocieron a Cristo. Lo tocaron, lo besaron, lo abrazaron. Él los bendijo, los consoló y los fortaleció. Y nosotros... tantos años nos separan de Él. Pero tenemos los sacramentos. A través de ellos, estamos físicamente en contacto con Jesús. Su gracia viene a nosotros. No se trata de un símbolo bonito que solo es tan bueno como nuestro fervor. No. Los sacramentos son efectivos. Pero debemos dejar que produzcan su fruto en nosotros, preparando nuestras almas mediante la oración y el silencio. Entonces, de verdad, si me confieso, es el mismo Jesús quien me perdona. Si participo en la misa, estoy participando realmente en el sacrificio de la cruz. Si comulgo, es realmente Él, Cristo, Jesús, quien entra en mí para alimentarme. Los sacramentos son los pilares de la vida espiritual. 

-Los sacramentos también van acompañados de una liturgia... ¿No es necesario también un acompañamiento para que todos puedan tomar conciencia del valor real de estos signos?

-Es cierto. ¡Hay una inmensa necesidad de catecismo! Con demasiada frecuencia, las enseñanzas de los sacerdotes se desvían y se convierten en comentarios sobre la actualidad o en discursos filosóficos. Creo que la gente espera de nosotros un catecismo claro y sencillo que explique el sentido de la vida cristiana y los ritos que la acompañan. Sería bueno que las homilías explicaran el significado de los gestos de la misa. ¡Eso sería fructífero! Pero también creo que la liturgia habla por sí misma. Habla al corazón. El canto gregoriano no necesita traducción porque evoca la grandeza y la bondad de Dios. Cuando el sacerdote se dirige a la cruz, todo el mundo entiende que nos señala la dirección de nuestra vida, la fuente de luz. La liturgia es un catecismo del corazón.

ReL Traducido por Verbum Caro.

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