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lunes, 3 de agosto de 2026

¿Conversos en la parroquia que no vuelven? Instaurar un catecumenado para todos

Los métodos de primer anuncio logran conversos, el discipulado genera cristianos maduros... lo que falta, en medio, es el catecumenado.

Tote Barrera, en el Transforma 2026 en Compostela, habla del catecumenado, entre el kerigma y el discipulado

Tote Barrera, en el Transforma 2026 en Compostela, habla del catecumenado, entre el kerigma y el discipulado


    Tote Barrera, de la asociación Nunc Coepi, convocante del encuentro Transforma 2026 de Nueva Evangelización y bloguero habitual en ReligionEnLibertad ("Una Iglesia provocativa"), insistió en su ponencia en Santiago de Compostela sobre lo que considera que es un gran hueco o "eslabón perdido", que la Iglesia española ya trabaja algo pero no suficientemente.

    "Es lo que hay entre el primer anuncio y el discipulado", explicó.

    Primer anuncio, discipulado... y lo de en medio

    El primer anuncio puede ser un método evangelizador como Alpha, Cursillos, las catequesis iniciales neocatecumenales, el Seminario de las 7 Semanas... explica que Dios ama al hombre y que Cristo muere para salvar a cada uno del pecado y de la muerte y darle Espíritu Santo, vida nueva y comunidad. El primer anuncio busca suscitar un enamoramiento de Jesús y una experiencia de Dios. Hace que muchos tibios o alejados se apasionen por Dios.

    El discipulado es lo que vive quien quiere crecer como cristiano maduro: a los pies de su Señor Jesús (y de maestros humanos, cristianos veteranos) aprende doctrina, adquiere hábitos, compromisos, vida de entrega, madura su vocación, aprende a escuchar a Dios y obedecerle. A menudo implica cierto nivel de convivencia o comunidad: se aprende conviviendo con cristianos maduros. Sobre el tema cita el libro Discipular, de Josué Fonseca, de la Comunidad Fe y Vida (Editorial Monte Carmelo, 2026).

    Falta una cosa en medio, lo que se hace habitualmente con los paganos que quieren hacerse cristianos. Se le puede llamar un catecumenado... aunque debería poder aplicarse también a bautizados que, en realidad, han estado tan lejos de la fe como un pagano.

    ¡Ya hay un buen libro de catecumenado!

    Lo curioso en España es que la Conferencia Episcopal lo tiene ya bastante delimitado. Así, en 2023 presentó un libro que vale 21 euros, con 49 temas o capítulos sobre la fe (y materiales añadidos en Internet). Se llama Buscad al Señor, y se presenta como "catecismo para adultos". Es lo que los obispos ofrecen oficialmente para adultos que se quieren bautizar: pensemos en un inmigrante llegado de un país pagano o comunista, o un español de familia muy anticlerical que ha descubierto a Jesús ya adulto.

    Y también especifican que es una herramienta útil también para adultos ya bautizados que quieren crecer en la fe. Serían los que en una experiencia de kerigma o primer anuncio se enamoran de Jesús o viven algo del Espíritu Santo, y ahora quieren saber y entender más.

    Buscad al Señor es el libro básico de catecumenado de adultos que ofrece la Conferencia Episcopal... puede adaptarse como un itinerario

    Buscad al Señor es el libro básico de catecumenado de adultos que ofrece la Conferencia Episcopal... puede adaptarse como un itinerarioDIÓCESIS DE BURGOS

    Tote valora positivamente este libro, que puede ayudar a muchos. Pero un libro no es un método o itinerario.

    Unas semanas después del Transforma 2026, el obispado de Huelva anunció que los adultos que se quieran bautizar en la diócesis deberán entrar en un proceso de dos años de catecumenado, que será igual en todas las parroquias y ciudades de la diócesis, con sus pasos y rituales y contenidos didácticos. Así instaura un catecumenado común en todo ese territorio. Antes, cada converso "se buscaba la vida" con la parroquia o grupo que tuviera a mano, y algunos recibían más atención, y otros menos, antes de bautizarse.

    Pero, ¿por qué un adulto sin bautizar ha de pasar un proceso de 2 años muy reglado, mientras que alguien que se bautizó de niño pero luego no fue en su vida a misa, al interesarse por Dios con 25, 35 o 45 años, simplemente se le ofrece un primer paso -Alpha, Cursillos, etc...- y luego "lo que encuentre en la parroquia o por ahí"?

    ¿Qué es el catecumenado?

    "¿Qué es el catecumenado? Es la inserción en la comunidad cristiana. Es algo que se realiza, un acontecimiento, algo que te sucede. No es solo una instrucción. No es que te enseñen el catecismo, que te sepas el Padre Nuestro y recibas el Sacramento. Es un proceso de inserción vivo, viva en la comunidad, que es un elemento vivo, es un itinerario, es un camino, es un proceso, es un lugar por donde pasar, porque es verdad que el catecumenado no es eterno, o sea, tiene un un principio y un fin, pero es algo por donde debemos pasar", va delimitando Tote.

    Tote recordó, citando a Pablo VI, que "la Iglesia existe para evangelizar" y, refiriéndose a Francisco, que eso se hace con "discípulos misioneros", obedeciendo el mandato de Jesús de "id y haced discípulos".

    Hoy en la Iglesia "ofrecemos experiencias, convivencias, retiros, métodos, catequesis... lo que te puedas imaginar. ¿Podemos ver una cohesión? Debemos anhelar ofrecer el evangelio con claridad al mundo".

    En Netflix o Spotify hay infinitas películas y canciones, pasamos el dedo durante horas y nos distraemos, a veces sin concretar en nada. Es lo que se vive en nuestra época.

    Lo que Tote pide es orden y método.

    "Cuando la gente entra por el método equis en la parroquia, ¿a dónde lo mandas? "Métete en algo de la parroquia, ya estoy contento. Ven a una oración y ya estoy contento. Están los domingos, por supuesto, tienes que venir a la Eucaristía, pero mientras estés en algo, estamos todos contentos", señala con inquietud. 

    "Ahora estamos teniendo gente mal iniciada porque vivimos una especie de esquizofrenia pastoral", dijo, refiriéndose a que a veces la gente vive una fe intensa... ¡pero no en relación con la parroquia y sus pasos de iniciación!

    "No se habla lo suficiente de la salvación, no se habla lo suficiente del Reino. Estamos haciendo una pastoral de eventos, de actividades, casi de entretenimiento muchas veces, de chute, de subidón y a veces muy santa y a veces muy elevada", dijo. Pero todo muy desconectado. "¿Estamos misionando en clave de salvación o estamos misionando en clave de vampiros eclesiales que quieren gente?

    Poner en el centro el bautismo y las conversiones

    "El sacramento fundamental es el bautismo. Es la pila donde nacemos. Es donde somos incorporados en la muerte y en la resurrección de Jesucristo. Es donde nacemos al ser de hijos de Dios. Es el momento fundamental. Obviamente, bautismo y eucaristía están relacionados y hay que hacer el camino entre los dos para llegar a esa plenitud", recordó.

    Incluso las experiencias de avivamiento del Espíritu Santo, de dones del Espíritu, de "nacer de nuevo", de "vida nueva"... todas remiten al bautismo, al don recibido en el bautismo, que se aviva. "Volver a Pentecostés una y otra vez es la clave de todo método de evangelización exitoso. Los métodos de primer anuncio cuando funcionan, funcionan porque son un nuevo nacer o un renacer y todo apunta al bautismo".

    Lo pedía el Concilio Vaticano II: "Restáurese el catecumenado de adultos"

    Después recordó una cita de la Sacrosanctum Concilium, documento del Concilio Vaticano II sobre la liturgia, que decreta: "Restáurese el catecumenado de adultos dividido en varias etapas y póngase en vigor a juicio del ordinario del lugar".

    Así, el Vaticano II pedía restaurar el catecumenado... y sólo ahora empieza a hacerse y de formas titubeantes. En Estados Unidos, donde siempre ha habido más conversos llegados de otras experiencias, las diócesis mantenían el RICA (itinerario para adultos, con sus ritos), que ahora empieza a extenderse por Francia, Irlanda, etc...

    Pero, ¿y los ya bautizados?

    La gran peticción de Tote fue: "Necesitamos que la gente que está mal iniciada vuelva a pasar de alguna manera por la iniciación. Y resulta que el catecumenado también puede ser un catecumenado de reiniciación cristiana".

    Pero lo de "re-iniciar" suena muy mal en la tradición católica. ¡Ya te bautizaron de bebé y es válido aunque te criaras en una familia atea!

    El Directorio de Catequesis sí que habla de un "catecumenado analógico" que es como-si-fuera-para-neófitos... pero para los bautizados. Lo llama "catecumenado en sentido analógico". Y sería ese eslabón perdido, lo que se ha de dar para "reiniciar" a los que están "mal iniciados" (quizá bautizados o confirmados... pero sin que se les notara en nada).

    "¿No tenéis una sensación de que toda la gente que pasa por el primer anuncio [Alpha, Emaús, etc...] pasa por él como por una experiencia, pero luego se va por ahí? ¿Una cierta sensación de pájaro en mano y ciento volando? Es porque hay que insertarlos en un proceso que responda tanto a su necesidad de formación, de crecimiento, de acompañamiento, como a una inserción verdadera y real, sacramental en la Iglesia", dictamina.

    Por eso, el Catecismo Buscad al Señor de la Conferencia Episcopal "lo puedes usar y lo debes usar, pero no como un material de instrucción, sino como un itinerario de vida. Podrás adaptar un poquito aquí, otro poquito allá, pero en su esencia nos está marcando el camino por el que la Iglesia nos propone deambular, caminar hoy en día. Debemos prestarle más atención".

    Ese catecumenado, para todos, permitirá superar "la pastoral esquizofrénica entre primer anuncio y discipulado, entre el mantenimiento y la misión, entre el evento y la vida ordinaria de cada día".

    "Llevamos tiempo, 15 años, [haciendo Nueva Evangelización] y después del primer anuncio, ¿qué hacemos? Y cuando responden que el discipulado, siguen intentándolo, pero falta algo..." Eso que falta es ese catecumenado.

    Eso se va a notar en la parroquia. "Si en el centro está la evangelización, en el centro del año litúrgico va a estar los bautismos. Necesitamos volver a ser una iglesia que bautice. Estamos siendo una iglesia que entierra a muertos, no que bautiza renacidos. Esta iglesia ahora mismo parece que está más preocupada de enterrar muertos que de dar a luz nuevos hijos. Sin desatender a nadie, sin echar ni desterrar el vino viejo. Vino viejo, vino nuevo. Los dos tienen que ponerse cada uno en su barrica para que no se pierdan", exhortó.

    Jugar a mantener estructuras es perder

    Hacia el final de la charla, expresó su convicción de que intentar mantener las estructuras de siempre con retoques menores como las "unidades pastorales" es, dijo, "mala estrategia de liderazgo, está matando nuestra pastoral, no da prioridad a la salvación ni al reino de Dios. ¿A qué estamos jugando? A mantener las estructuras. Pero las estructuras van a tener que metamorfosearse. Nadie dice que mueran las parroquias, sino que muera el modelo de parroquia en el que estamos. Si no lo decimos, hablarán las piedras. Y si no hablan las piedras, hablará la demografía".

    "Dios no acusa, convence. Cuando llama, cuando señala algo que hace falta cambiar, da alegría, da paz, da camino. Siempre hay camino. Mis caminos no son vuestros caminos, pero siempre hay camino con el Señor. Nuestro misterio es un misterio de muerte y renacimiento poderoso. Es un misterio pascual. Hay que morir para vivir. Está claro. Y el Señor nos resucitará. Pero, ¿a qué debemos morir?¿Cuántos de nuestros procesos tienen que morir? ¿Cuántas cosas tienen que morir en nosotros, en nuestra cabeza, en nuestra mente, en nuestra forma de pensar, nuestra forma de mirar la realidad pastoral? ¿Cuánta conversión necesitamos? ¿Cuán pecadores somos?"

    Y concluyó animando a poner en el centro "el proceso de salvación". "No te quedes con los métodos [de evangelización] como un entretenimiento más. Tomemos el catecumenado como proceso rector de nuestras parroquias. Así todo el mundo sabe lo que hay que hacer y se acaba la pregunta y después del primer anuncio, ¿qué hago? Haced esto. Tenemos ya materiales y la Iglesia también nos invita a ser creativos", exhortó.

    Pablo J. Ginés, ReL

    Vea también     Evangelización es la tarea de la Iglesia y de todo bautizado




    miércoles, 24 de junio de 2026

    Qué significa aceptar el Vaticano II

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    Aula Conciliar


      Hace ya más de sesenta años que se clausuró el Concilio Vaticano II, y sin embargo sigue siendo, de todos los concilios de la historia, el más citado, el más discutido y, me atrevería a decir, el menos leído. 

      ¿Cuántas veces hemos escuchado que «todo cambió» después del Concilio? ¿Y cuántas veces, en el extremo contrario, hemos oído que «no cambió absolutamente nada», que fue un simple lavado de cara pastoral sin ninguna novedad doctrinal? Las dos afirmaciones, llevadas al extremo, son falsas

      Conviene que las desenmascaremos, porque de esa confusión se ha alimentado durante décadas tanto el progresismo que quería disolver la fe en el espíritu del mundo como el tradicionalismo que, por reacción, ha terminado sospechando del Concilio entero como si fuera un intruso en la casa de la Tradición.

      Benedicto XVI lo explicó mejor que nadie en su discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005, cuando contrapuso dos modos de leer el Concilio: una hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura, que presenta el Vaticano II como un comienzo absoluto que rompe con quince siglos de Tradición; y una hermenéutica de la reforma, que reconoce en el Concilio una renovación dentro de la continuidad del único sujeto que es la Iglesia. Esta segunda es la única lectura posible para quien se llama católico. El Concilio no inventó una Iglesia nueva ni fue una repetición sin matices de lo ya dicho: hubo, en puntos muy concretos, un desarrollo real de la doctrina, una explicitación de verdades que estaban ya germinalmente presentes en la Tradición pero que nunca habían sido formuladas con esa claridad ni revestidas de autoridad conciliar.

      La libertad religiosa

      Empecemos por el punto más espinoso de todos. Durante el siglo XIX, frente al avance de un liberalismo radical que quería arrancar a la sociedad cualquier referencia a Dios, los papas hablaron con una dureza que hoy sorprende a quien no conoce el contexto. Gregorio XVI calificó de «delirio» la pretensión de reivindicar para cada hombre una libertad de conciencia sin más. Pío IX condenó como error la idea de que cualquier persona pudiera adoptar, guiada solo por su propio juicio, la religión que le pareciese verdadera. León XIII, con un tono ya más matizado, siguió defendiendo la confesionalidad católica del Estado como el ideal que toda nación debería perseguir cuando le fuera posible.

      El Concilio, en la declaración Dignitatis Humanae, no contradice el núcleo de esa enseñanza secular: vuelve a sostener, ya en su primer número, que las personas y las sociedades tienen una obligación moral hacia la religión verdadera, identificada con la única Iglesia de Cristo (DH 1). No se invita al error ni se dice que cualquier religión es un camino igualmente válido. Pero el Concilio añade algo que antes no se había formulado con nitidez: que la persona, por su dignidad de criatura racional y libre, posee un derecho a que ningún poder humano la coaccione en materia religiosa; nadie puede ser forzado a obrar contra su conciencia, y nadie puede ser impedido de vivir conforme a ella (dentro de los límites del orden público) tanto en su vida privada como en la pública (DH 2). 

      Es un derecho fundado en la dignidad humana, no una declaración de que todas las religiones sean igualmente verdaderas. El error sigue siendo error. Pero una persona, aunque viva en el error, conserva siempre su dignidad y, con ella, el derecho a no ser forzada. 

      Ello conlleva para nosotros la obligación y la llamada a evangelizar para que todos los que estén en el error puedan conocer la verdad; pero no podemos ni debemos imponer la religión a nadie forzando su libertad y su conciencia. 

      Como dijo san Juan Pablo II: la verdad no se impone: se propone.

      Aquí hemos de tener cuidad porque en muchos cristianos he visto una doble vara de medir. Piden libertad religiosa para predicar el evangelio en lugares donde el cristianismo es minoría: pero querrían que no se permitiese profesar otra religión más que la católica donde ésta es mayoría. Es importante ver la incoherencia de este planteamiento.

      Esto es lo que tenemos que aceptar si nos llamamos católicos: no podemos defender la imposición civil de la fe mediante la coacción del Estado, ni añorar los tiempos en que se forzaba a alguien a bautizarse o a practicar una religión contra su conciencia. Eso, como señala Dignitatis Humanae, sencillamente no es una opción católica legítima. Lo que sí podemos y debemos seguir sosteniendo es que existe una sola religión verdadera y que las sociedades, en la medida en que reconocen a Dios, deben ordenarse también según esa verdad. 

      Así que cuidado: el Concilio no canonizó el relativismo de un Estado neutro que trata todas las opciones espirituales como intercambiables; defendió la libertad de la persona dentro del reconocimiento de la verdad, no en contra de ella.

      El ecumenismo

      Pasemos al ecumenismo. Si alguna vez hemos hojeado un catecismo o un manual de apologética anterior al Concilio, sabremos que a los protestantes se les llamaba, sin matices, herejes, y a los ortodoxos, cismáticos: términos técnicamente correctos, pero que en la práctica se convirtieron en un muro que impedía ver lo bueno que Dios seguía obrando fuera de los límites visibles de la Iglesia católica, y que, desde luego, dificultaban que pudieran volver al seno de la Iglesia Católica.

      El decreto Unitatis Redintegratio cambia el lenguaje, y con el lenguaje cambia también la mirada. Enseña que quienes han sido válidamente bautizados en esas comunidades quedan, por ese mismo bautismo, incorporados a Cristo, y que la Iglesia los reconoce con todo derecho como hermanos en el Señor, aunque no estén en comunión plena con ella (UR 3). Y va más allá: reconoce que fuera de los límites visibles de la Iglesia católica subsisten elementos reales de santificación y de verdad —la Sagrada Escritura, la gracia del bautismo, la oración, la vida cristiana— que el Espíritu Santo usa de verdad como instrumentos de salvación (UR 3-4). El Concilio pide expresamente a los católicos que reconozcan con alegría esas riquezas (UR 4).

      Esto no diluye la diferencia entre estar en comunión plena con la Iglesia católica y no estarlo. El mismo decreto recuerda que el fin del movimiento ecuménico es la restauración de la unidad plena y visible en la comunión de la única Iglesia Católica; habla también de una «jerarquía de verdades» (UR 11), lo que no significa que algunas verdades sean opcionales, sino que existe entre ellas un orden interno según su cercanía al fundamento mismo de la fe cristiana. Lo que tenemos que aceptar es esto: ya no podemos tratar a un protestante o a un ortodoxo bautizado como si fuera, sin matiz alguno, un enemigo de la fe o un hereje culpable en sentido pleno. La inmensa mayoría de ellos nacieron en esas comunidades y las recibieron de sus padres, igual que nosotros recibimos la fe católica de los nuestros, y eso cambia radicalmente la valoración moral de su situación. Debemos seguir anunciándoles con toda claridad que la plenitud de los medios de salvación se encuentra en la Iglesia Católica. Lo que no podemos hacer es negarles el título de hermanos en Cristo o despreciar lo verdaderamente cristiano que hay en su fe y en su vida.

      Las religiones no cristianas

      Algo parecido, aunque en un registro distinto, sucede con las religiones no cristianas. La declaración Nostra Aetate enseña que la Iglesia considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aun discrepando en muchos puntos de lo que ella misma profesa, reflejan con frecuencia «rayos de aquella verdad que ilumina a todos los hombres» (NA 2). 

      Para que no se entienda esto como relativismo religioso, el mismo número afirma a continuación que la Iglesia anuncia y debe anunciar sin descanso a Cristo, en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa (NA 2). El respeto por lo verdadero y bueno que hay en otras tradiciones no equivale a sostener que todas conducen igualmente a Dios.

      Hay, sin embargo, un punto de Nostra Aetate que sí representa una corrección histórica necesaria y que debemos asumir sin reservas: la declaración repudia expresamente cualquier forma de antisemitismo, de odio o de persecución contra el pueblo judío, en cualquier época y por parte de quien sea, y afirma con toda claridad que la pasión de Cristo no puede imputarse de manera indiscriminada ni a los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy (NA 4). El Concilio cierra esa puerta para siempre. Esto debemos aceptarlo sin ninguna reserva.

      La Iglesia misma

      El documento más denso en desarrollos doctrinales es la constitución dogmática Lumen Gentium, dedicada a la naturaleza misma de la Iglesia. Aquí encontraremos, al menos, cuatro novedades fundamentales.

      La primera cambia una sola palabra, pero ha generado ríos de tinta. Pío XII, en Mystici Corporis, había enseñado que el Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia católica son una sola y misma realidad. El Concilio, en cambio, afirma que la Iglesia de Cristo «subsiste en» la Iglesia católica (LG 8). El cambio de verbo no es una concesión al relativismo eclesiológico, como temieron algunos en su momento. 

      La Congregación para la Doctrina de la Fe, primero en Dominus Iesus (2000) y después en una declaración de 2007, aclaró con toda autoridad qué significa esa fórmula: que solamente en la Iglesia católica se da la plenitud de los medios de salvación instituidos por Cristo, mientras que fuera de sus límites visibles pueden encontrarse algunos medios de salvación, como el bautismo o la Escritura, que pertenecen propiamente a la única Iglesia de Cristo y que tienden, por su propia naturaleza, hacia la unidad católica. 

      No se trata de que la Iglesia Católica sea una entre varias manifestaciones parciales y equivalentes de la Iglesia de Cristo. La Iglesia de Cristo, entera y sin disminución, sigue estando en la Iglesia católica, aunque elementos suyos se encuentren también, de modo imperfecto, fuera de ella.

      La segunda novedad responde a una pregunta que todo catequista se ha encontrado alguna vez: ¿qué pasa con quien, sin culpa propia, nunca llegó a conocer a Cristo ni a su Iglesia? El Concilio responde que quienes, sin culpa, ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con corazón sincero y, movidos por la gracia, intentan cumplir su voluntad conocida a través del dictamen de la conciencia, pueden alcanzar la salvación eterna (LG 16). 

      No es una novedad absoluta, pero el Concilio le da por primera vez una formulación universal que disuelve cualquier caricatura de un Dios que condenaría automáticamente a quien nunca tuvo la culpa de no conocerlo.

      Esto no se contradice con el axioma de que "fuera de la Iglesia no hay salvación" (S. Cipriano). La acción misteriosa de la gracia de Dios en los no creyentes se da también a través de Cristo y la Iglesia, y, en todo caso, quien se salva lo hace en la Iglesia, pues la comunidad de los salvados no es otra cosa que la Iglesia triunfante. Nadie se salva fuera de la Iglesia porque no hay tal cosa como un cielo de los no creyentes: todos los que salvan lo hacen en la Iglesia y por la Iglesia. 

      La tercera novedad es la colegialidad episcopal: el Concilio enseña que los obispos, unidos al Papa y nunca sin él ni contra él, forman juntos un cuerpo que posee, junto con el Papa, la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia (LG 22-23). Esto no resta un ápice a la primacía y a la infalibilidad personal del Papa que definió el Concilio Vaticano I en 1870. Las complementa, mostrando que el gobierno supremo de la Iglesia no es solamente monárquico en el sentido más estricto del término, sino también colegial, sin que ambas verdades se opongan entre sí.

      La cuarta es, para nosotros, la más fecunda en la vida pastoral de cada día: la vocación universal a la santidad. 

      El Concilio afirma que todos los fieles, sea cual sea su condición o estado, están llamados por el Señor a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, es decir, a la santidad (LG 40). Durante siglos, sin que fuera nunca doctrina oficial, se difundió en la mentalidad popular la idea de que la santidad era cosa de curas, monjas y algún laico extraordinario, y que al resto de los fieles les bastaba con «cumplir» sin caer en pecado grave. 

      El Concilio cierra esa puerta: la llamada a la santidad no admite categorías de segunda. Cada uno de nosotros, ya sea soltero, casado, viudo, sacerdote o consagrado, estamos llamados exactamente a la misma altura de amor que un mártir o que un fundador de orden religiosa, aunque el camino concreto para llegar hasta allí sea distinto en cada vocación.

      Cómo distinguir el peso de cada enseñanza

      No todos los documentos del Concilio tienen el mismo peso doctrinal. Esta es la enseñanza tradicional de la teología sobre los grados del Magisterio. Lumen Gentium y Dei Verbum son constituciones dogmáticas, el rango más solemne que puede tener un texto conciliar. Dignitatis Humanae y Nostra Aetate son declaraciones; Unitatis Redintegratio es un decreto. Estos últimos no fueron propuestos como definiciones infalibles de fe.

      En la Iglesia hay dos niveles de enseñanza. Los dogmas —definidos por un Papa ex cathedra o por un Concilio como verdades reveladas— exigen asentimiento de fe: creerlos sin reservas, porque negarlos es herejía. Pero la mayor parte de lo que enseña el Magisterio —encíclicas, cartas pastorales, y también documentos conciliares como Dignitatis Humanae o Nostra Aetate— pertenece al Magisterio ordinario, no definitivo, y ahí lo que se pide es «sumisión religiosa de la voluntad y del entendimiento»: no es opinable, como si pudieras tomarlo o dejarlo a tu gusto, pero tampoco tiene el peso irrevocable de un dogma, de modo que, en casos serios y por los cauces adecuados, un juicio de este nivel pueda matizarse con el tiempo sin que se cambie nada de ningún dogma.

      Esto significa dos cosas que conviene sostener juntas, sin dejar caer ninguna. Por un lado, ningún católico puede rechazar en bloque el Concilio Vaticano II, tratándolo como un intruso ilegítimo en la historia de la Iglesia o como un capítulo que se pueda arrancar del libro de la Tradición; eso sería, paradójicamente, la ruptura real con la autoridad eclesial que algunos dicen estar defendiendo. 

      Por otro lado, ningún católico puede usar el Concilio para inventar cambios que el Concilio nunca hizo —en la moral sexual, en la indisolubilidad del matrimonio, en la realidad del pecado, en la divinidad de Cristo—, escudándose en un fantasmal «espíritu del Concilio» que jamás se imprimió en sus páginas, como tan dolorosamente sufrimos en este país después de los años setenta. el Concilio no inventó nada, pero sí que desarrolló ciertas doctrinas y trató de renovar la Iglesia.

      Conviene que, antes de repetir lo que hemos oído sobre el Vaticano II en una u otra trinchera, leamos estos textos —son breves, están traducidos al castellano y se encuentran con facilidad— con la misma confianza con la que leemos cualquier otro documento del Magisterio: como un don del Espíritu Santo a su Iglesia, que ni rompe con el pasado ni se queda paralizado en él. 

      Como el padre de familia del Evangelio, la Iglesia sigue sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas (cf. Mt 13, 52).

       Jesús María Silva Castignani, ReL

      Vea también    El Concilio Vaticano II: Documentos
      y Referencias




      jueves, 19 de febrero de 2026

      Audiencia general del Papa León XIV 18 de febrero 2026

       

      LEÓN XIV

      AUDIENCIA GENERAL

      Plaza de San Pedro
      Miércoles, 18 de febrero de 2026

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      Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II - I. Constitución dogmática Lumen gentium 1. El misterio de la Iglesia, sacramento de la Unión con Dios y de la unidad de todo el género humano

      Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.

      El Concilio Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando quiso describir la Iglesia se preocupó, ante todo, de explicar de dónde proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución dogmática Lumen gentium, aprobada el 21de noviembre de 1964, tomó de las Cartas de San Pablo el término “misterio”. Eligiendo este vocablo no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”. Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la Carta a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba escondida y que ahora ha sido revelada.

      Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.

      La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.

      Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por Dios, no puede, sin embargo, limitarse a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Por eso, el Concilio Vaticano II, al inicio de la Constitución Lumen gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1). Con el uso del término “sacramento” y la consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un signo. Además, al término “sacramento” se añade también el de “instrumento”, precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas.

      La unión con Dios encuentra su reflejo en la unión de las personas humanas. Es esta la experiencia de la salvación. No es casualidad que en la Constitución Lumen gentium en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utiliza de nuevo la descripción de la Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”: «Porque Cristo – dice el Concilio –  levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».

      Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos.
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      Saludos

      Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy, Miércoles de Ceniza, comenzamos la Cuaresma, tiempo de gracia y conversión. Pidamos al Señor que disponga nuestros corazones para escuchar y hacer vida su Palabra, ayunando de gestos y comentarios que hieran a los demás y nos alejen de su Corazón misericordioso. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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      Resumen leído por el Santo padre en español

      Queridos hermanos y hermanas:

      En esta catequesis reflexionamos sobre la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicada a la Iglesia. Al comienzo de este documento conciliar se afirma que «la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1).

      Esto significa que la Iglesia es sacramento, en cuanto expresión que manifiesta el plan de Dios en la historia de la humanidad, y es instrumento, es decir, realiza su misión de manera activa, impulsada por el Espíritu Santo.

      En el capítulo dedicado a la índole escatológica, la Constitución afirma que la Iglesia es «sacramento universal de salvación» (n. 48). Esto permite comprender el nexo entre Cristo Salvador y la Iglesia, ya que Él sigue actuando en ella por obra del Espíritu Santo, uniendo a sus miembros y haciéndolos partícipes de su vida gloriosa por medio de la Eucaristía.

      (vatican.va)


      martes, 9 de diciembre de 2025

      Concilio Vaticano II: a 60 años de su conclusión ¿qué se estableció en este concilio?

       

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      Misa de apertura del Concilio 1962

      El 8 de diciembre de 1965, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el Papa san Pablo VI concluyó los trabajos del Concilio Ecuménico Vaticano II, presidiendo la Santa Misa conclusiva en la Basílica de San Pedro

      ¿Por qué es tan importante el Concilio Vaticano II? ¿Qué de lo que hemos estudiado sobre la Iglesia viene de este concilio? ¿Cuáles son los principales documentos que debería estudiar para conocer más sobre él? A 60 años de este acontecimiento, Aleteia presenta una guía rápida de consulta para quien desea saber cuáles son los documentos magisteriales resultantes del Concilio Vaticano II.

      Lumen Gentiumsobre la Iglesia

      Esta Constitución es central y la más significativa de todos los documentos conciliares, siendo materia básica de eclesiología para todos los bautizados. Ofrece ocho capítulos que abordan el misterio de la Iglesia y enseña que ésta es, en Cristo, como un sacramento que procede de Dios mismo.

      También enseña que la Iglesia es el pueblo de Dios, con Cristo como cabeza; habla sobre la constitución jerárquica de la Iglesia, de la indivisibilidad, de la comunión con en comunión con san Pedro y sus sucesores. Instruye sobre los laicos y los religiosos, con su misión y vocación específica.

      Sobre la vocación universal a la santidad y sobre el carácter escatológico de la Iglesia peregrina y su unión con la Iglesia del cielo.

      Por último, también enseña sobre María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, Pueblo de Dios.

      Dei Verbumsobre la Divina
      Revelación

      Esta constitución aborda la naturaleza de la autorrevelación de Dios, con Cristo como su plenitud. Destaca el tema de la transmisión de la revelación, afirmando la unidad de la Escritura y la Tradición apostólica. Instruye el tema de la inspiración de la Escritura. Aborda el Antiguo Testamento como preparación para la plenitud de la revelación en Cristo y la historicidad del Evangelio; así como laa supremacía de la Escritura.

      Sacrosanctum Concilium



      sobre la Sagrada liturgia


      Está Constitución establece el fondo teológico de la reforma litúrgica. Habla sobre la riqueza de la Sagrada Escritura en la liturgia, aborda la reforma de los rituales de los sacramentos y sacramentales, así como el tema de la Liturgia de las Horas como oración de Cristo y de la Iglesia a la que todos los fieles están convocados.

      También enseña sobre el ciclo litúrgico, la música sagrada y, en este rubro, sobre el arte al servicio de la liturgia, siempre respetuoso de la sacralidad a la que se dirige.

      Gaudium et Spessobre la Iglesia
      en el mundo actual

      Esta Constitución tiene un proemio que presenta el estado actual del hombre en el mundo. Aquí la Iglesia reconoce los acontecimientos, las necesidades y aspiraciones humanas, estableciendo una conexión renovadora y transformadora con la gracia de Dios.

      Cuenta con dos grandes partes en las que aborda la dignidad del hombre, la dimensión comunitaria de la sociedad moderna, la misión de la Iglesia en el mundo, el matrimonio, la familia, el respeto a la vida humana, el progreso cultural y la vida económica, social y política, entre otros temas.

      Los nueve decretos conciliares

      VATICAN II

      1 | Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos

          Aborda el tema de los obispos y su relación con toda la Iglesia y con las iglesias particulares.

          2 | Presbyterorum Ordinis sobre el ministerio y vida de los presbíteros

          Aborda el tema del presbiterado en la misión de la Iglesia, estableciendo sus funciones, las relaciones de estos con otras personas y la distribución de estos en la vida pastoral, y las vocaciones sacerdotales. También instruye acerca de la vida de los presbíteros: su vocación a la perfección y santidad, las exigencias espirituales características de su vocación, y los recursos para su vida espiritual, el estudio y ciencia pastoral, la justa remuneración y la previsión social.

          3 | Optatam Totius sobre la formación sacerdotal

          Este Decreto expone el marco general para renovar los seminarios. Se propone un fomento más intenso de las vocaciones sacerdotales; aborda el tema de la organización de los seminarios mayores; trata acerca del cultivo de la formación espiritual; instruye la revisión de los estudios eclesiásticos; aborda la necesidad de la formación pastoral; y exige el perfeccionamiento de la formación permanente.

          4 | Perfectae Caritatis sobre la adecuada renovación de la vida religiosa

          Ofrece criterios prácticos para la renovación de la vida religiosa y destaca los elementos comunes a todas las formas de vida religiosa y su diversidad; también instruye acerca de los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia), la vida comunitaria, la formación y el fomento de las vocaciones.

          5 | Apostolicam Actuositatem sobre el apostolado de los laicos

          Este Decreto desarrolla la doctrina de la vocación y misión de los laicos: su vocación al apostolado, evangelización, santificación, instauración del orden social cristiano, y acción caritativa.

          6 | Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia

          Este Decreto subraya y profundiza el carácter esencialmente misionero de la Iglesia e instruye sobre la obra misionera en tres ejes: el testimonio, la predicación y reunión, y la formación de la comunidad. También se centra en los misioneros.

          7 | Orientalium Ecclesiarum sobre las Iglesias orientales católicas

          Este Decreto aborda la diversidad y legitimidad de las Iglesias orientales en la unidad con la Iglesia universal. Ofrece seis puntos a considerar: Las Iglesias particulares y sus ritos; la conservación del patrimonio espiritual de las Iglesias orientales; los patriarcas orientales; la disciplina de los Sacramentos; el culto divino; y el trato con los hermanos de las Iglesias separadas.

          8 | Unitatis Redintegratio sobre el ecumenismo

          Este Decreto instruye acerca del mandato divino que quiere la unidad de su Iglesia. Para ello expone su contenido en tres capítulos: Los principios católicos sobre el ecumenismo; la práctica del ecumenismo (unión, reforma, conversión de corazón, oración unánime, conocimiento mutuo, formación, forma de expresar y exponer la doctrina de la fe y la cooperación con los hermanos separados); y las comunidades separadas. 

          9 | Inter Mirifica sobre los medios de comunicación social

          Este decreto presenta un estudio acerca de los medios de comunicación social e instruye acerca del uso que la Iglesia puede y debe hacer de ellos. El Concilio enfatiza acerca del uso moral de los medios, así como la responsabilidad pastoral de los Obispos en la formación para el correcto uso de estos medios conforme a la dignidad humana.

          Las tres declaraciones conciliares

          1 | Gravissimum Educationis sobre la educación cristiana

          Esta Declaración conciliar aborda: el derecho universal a la educación, la educación cristiana, los educadores, los diversos medios para la educación cristiana, la importancia de la escuela, las obligaciones y derechos de los padres, la educación moral y religiosa en todas las escuelas, las escuelas católicas, las diversas clases de escuelas católicas, las facultades y universidades católicas, las facultades de Ciencias Sagradas y la coordinación escolar.

          2 | Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas

          Contiene una exposición teológica sobre la relación con los no cristianos. Inicia con una reflexión sobre las diversas religiones no cristianas y se detiene a profundizar en la relación con el Islam y con la religión judía. Concluye haciendo énfasis en la unidad de la familia humana llamada a excluir toda discriminación.

          3 | Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa

          Esta Declaración inicia con la exposición sobre el derecho de la persona y las comunidades a la libertad social y civil en materia religiosa. Ofrece una noción general de la libertad religiosa y reflexiona sobre este tema a la luz de la Revelación. 

          Luis Carlos Frías, Aleteia

          Vea también     Los Documentos del Concilio Vaticano II