LEÓN XIV
AUDIENCIA GENERAL
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Catequesis - Los Documentos del Concilio
Vaticano II - I. Constitución dogmática Lumen
gentium 1. El misterio de la Iglesia, sacramento de la Unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.
El Concilio
Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando
quiso describir la Iglesia se preocupó, ante todo, de explicar de dónde
proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución
dogmática Lumen gentium, aprobada el 21de noviembre de 1964,
tomó de las Cartas de San Pablo el término “misterio”. Eligiendo este vocablo
no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces
comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”.
Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la
Carta a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba
escondida y que ahora ha sido revelada.
Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a
todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción
que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en
la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se
relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de
Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales
(cf. Ef 2,14). Para San Pablo el misterio es la manifestación
de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer
en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los
seres humanos e incluso al cosmos.
La condición de la humanidad es una fragmentación que los
seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad
habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo,
que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al
Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del
Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la
manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios:
por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas
que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia
entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.
Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por
Dios, no puede, sin embargo, limitarse a un grupo de personas, sino que está
destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Por eso,
el Concilio
Vaticano II, al inicio de la Constitución Lumen
gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea
signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano» (n. 1). Con el uso del término “sacramento” y la consiguiente
explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad
expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en
cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un
signo. Además, al término “sacramento” se añade también el de “instrumento”,
precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando
Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son
destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo
de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas.
La unión con Dios encuentra su reflejo en la unión de las
personas humanas. Es esta la experiencia de la salvación. No es casualidad que
en la Constitución Lumen
gentium en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de
la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utiliza de nuevo la descripción de la
Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”: «Porque Cristo –
dice el Concilio – levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos
(cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió
sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que
es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha
del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia
y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes
de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».
Este texto permite comprender la relación entre la acción
unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y
resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir
agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único
pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora
en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y
reconciliación entre los pueblos.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española.
Hoy, Miércoles de Ceniza, comenzamos la Cuaresma, tiempo de gracia y
conversión. Pidamos al Señor que disponga nuestros corazones para escuchar y
hacer vida su Palabra, ayunando de gestos y comentarios que hieran a los demás
y nos alejen de su Corazón misericordioso. Que Dios los bendiga. Muchas
gracias.
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Resumen leído por el Santo padre en español
Queridos hermanos y hermanas:
En esta catequesis reflexionamos sobre la Constitución
dogmática Lumen gentium, dedicada a la Iglesia. Al
comienzo de este documento conciliar se afirma que «la Iglesia es en Cristo
como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de
la unidad de todo el género humano» (n. 1).
Esto significa que la Iglesia es sacramento, en
cuanto expresión que manifiesta el plan de Dios en la historia de la humanidad,
y es instrumento, es decir, realiza su misión de manera activa,
impulsada por el Espíritu Santo.
En el capítulo dedicado a la índole escatológica, la
Constitución afirma que la Iglesia es «sacramento universal de salvación» (n.
48). Esto permite comprender el nexo entre Cristo Salvador y la Iglesia, ya que
Él sigue actuando en ella por obra del Espíritu Santo, uniendo a sus miembros y
haciéndolos partícipes de su vida gloriosa por medio de la Eucaristía.
(vatican.va)
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