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martes, 4 de noviembre de 2025

Confesionarios vacíos, un signo de la crisis de la Iglesia: qué hacer para que vuelvan a llenarse

 

La confesión es un sacramento al que muchos católicos les cuesta acudir

La confesión es un sacramento al que muchos católicos les cuesta acudir

Uno de los grandes problemas de la Iglesia Católica en las últimas décadas y que explica buena parte de la secularización de Occidente ha sido el arrinconamiento de la confesión. Durante mucho tiempo se ha quitado importancia a este sacramento y los sacerdotes abandonaron los confesionarios. Como consecuencia, muchos católicos siguieron a sus pastores y al percibirlo como algo secundario dejaron de confesarse.

A diferencia de esta deriva, es importante destacar que en los lugares donde se está produciendo un reavivamiento de la fe la confesión es un elemento fundamental.

Pero todavía hoy existe un grave problema con un sacramento central, pues es común ir a una iglesia y no encontrar un confesor. ¿Los sacerdotes no confiesan porque nadie acude o los fieles no van porque no hay curas confesando? Sea una cosa o la otra, o una mezcla de las dos, la realidad es que buena parte de la solución de los males de la Iglesia llegará por el confesionario.

Para ayudar a muchos católicos que han abandonado la confesión o apenas recurren a ella, el sacerdote Tim McCauley, de la Archidiócesis de Ottawa y converso al catolicismo, ha querido desmontar viejos e inútiles argumentos contra este sacramento así como el miedo de acudir al confesionario.

El sacerdote Tim McCauley se convirtió al catolicismo y ahora es sacerdote en Ottawa

El padre Tim McCauley pide a los sacerdotes y también a los católicos más comprometidos “no limitarse a explicar la enseñanza de la Iglesia sobre los requisitos y beneficios del sacramento de la reconciliación. Necesitamos comprender el pensamiento de los numerosos católicos que evitan este sacramento. Tratemos de encontrarnos con ellos en el lugar de sus dudas y temores para aclarar su teología equivocada que les impide ir a confesar y tener una experiencia más profunda de la misericordia de Dios”.

En su opinión, hay varios motivos por los cuales hay católicos que no acuden a este sacramento:

-Están los que asumen que creen que la confesión implica admitir que son muy malas personas que han hecho cosas horribles.

-Los hay que piensan que la confesión regular significa pensar constantemente en los pecados cometidos recordando así todo el tiempo en qué han fallado.

- Muchos católicos rechazan la idea de desnudar su alma por miedo a abrirse y a ser juzgadas o castigadas de alguna manera.

Respondiendo a la primera de a las posibilidades, este sacerdote recuerda que “para aquellos que temen que la confesión les obligue a juzgarse a sí mismos como personas muy malas, necesitamos aclarar la naturaleza compleja de los seres humanos y cómo nos ve el Padre. El Padre nos ama como a sus hijos porque somos esencialmente buenos. Jesús mismo nos recuerda nuestro valor como hijos de Dios. ‘¿No se venden dos pajarillos por un as? Sin embargo, Dios no olvida a ninguno de ellos. De hecho, todos los cabellos de tu cabeza están contados. No tengas miedo; vales más que muchos pajarillos’. Jesús está confirmando que tenemos un valor inherente a los ojos de Dios”, recuerda el sacerdote.

En los lugares donde la fe se está reavivando la confesión es un elemento central

Por otro lado, el padre McCauley señala que “también poseemos una bondad fundamental como parte de nuestra naturaleza, por el mero hecho de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Al mismo tiempo, también somos pecadores. Como resultado del pecado original, nuestra naturaleza ha sido herida y nos inclinamos hacia el mal y el pecado”.

Con respecto a la posibilidad de que la confesión implica obsesionarse y pensar en todo momento en los pecados, el sacerdote insiste en que si así fuera viviríamos una “obsesión por nosotros mismos y nos desanimaríamos todo el tiempo. Debemos confesar nuestros pecados y dárselos a Jesús, luego enfocarnos en Su amor, misericordia y perdón. Quizás por esta razón la Iglesia ‘renombró’ la confesión como el sacramento de la ‘reconciliación’, para enfatizar este mismo punto: nuestro enfoque no está en nuestros pecados sino en reconciliarnos con Dios y recibir Su misericordia”.

Pero también el padre McCauley habla de los católicos que tienen una imagen falsa de Dios y malinterpretan cómo Dios ve el pecado. “El pecado es una ofensa contra Dios”, explica, pero también cree que esto hay que entenderlo correctamente. Afirma que “no es como si Dios guardara celosamente su posición y privilegio y se sintiera ofendido de que sus criaturas se atrevieran a insultar su majestad desobedeciendo sus mandamientos y pecando contra Él. Esta es una imagen distorsionada de Dios. En el nivel más profundo, nuestros pecados afligen al Corazón de Jesús porque nuestros pecados nos hieren a nosotros y a otras personas”.

Por último, este sacerdote habla del caso de los católicos que temen abrir su alma en la confesión. Por ello, les recuerda que “Dios nos ama porque somos esencialmente buenos”, es decir, el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Pero considera que hay incluso una verdad más profunda: “Dios también nos ama como pecadores, como personas débiles que cometen errores y fracasan, que se hacen daño a sí mismos y a los demás”.

En la Iglesia hacen falta más santos como el Cura de Ars que dediquen horas al confesionario, y así acabará llenándose.

Así mismo, Tim McCauley afirma que “es difícil para la mayoría de las personas admitir su vulnerabilidad, debilidades y pecados. Podemos tender a ser como Adán, escondiéndonos de Dios porque nos sentimos desnudos y asustados. Pero es precisamente en nuestra vulnerabilidad, debilidad y pecados donde podemos experimentar plenamente lo mucho que somos amados y la profundidad de la tierna misericordia de Dios”.

En el fondo –prosigue- “todos tenemos la necesidad de sabernos amados cuando somos ‘malos’, cuando estamos en nuestro peor momento. Este es precisamente el tipo de amor que Cristo nos ofrece”.

Así, cualquier persona puede decir sin miedo: “aquí estoy Jesús. Estoy tan avergonzado. Estos son mis secretos más oscuros, mis pecados ocultos. Estas son mis debilidades y fallos como ser humano. ¿Cómo es posible que me ames con esta parte de mí? No sé si alguien más me amaría si supiera todo esto sobre mí”.

Sin embargo, cree que acudiendo con esta disposición arrepentida Dios diría: “Sí, hijo mío. Te amo hasta en tu peor momento. No vine a condenar al mundo, sino a salvarlo. Recuerda, durante mi tiempo en la tierra comí y bebí con pecadores. El mío es un amor misericordioso atraído por los más necesitados. Has confesado y te perdono. Vete en paz”.

J. Lozano, ReL

Vea tambièn   Para su conversiòn: Razones para confesarse



viernes, 1 de agosto de 2025

Jubileo de los Jóvenes - Confesiones


Difícil describir el ambiente que se está viviendo en el Circo Maximo de Roma durante el Jubileo de los Jovenes 1000 sacerdotes escuchando las confesiones de miles de jóvenes en distintos idiomas. Largas colas “alegres” esperando el turno en esta inmensa explanada del perdón.

Vea el video

Eva Fernández

miércoles, 30 de julio de 2025

Las 10 grandes mentiras del diablo para impedir la confesión y 10 argumentos para desenmascararle

 

El sacramento de la confesión es el más eficaz para acercarnos a Dios y por tanto uno de los objetivos a batir por parte del demonio.

El sacramento de la confesión es el más eficaz para acercarnos a Dios y por tanto uno de los objetivos a batir por parte del demonio.

Aunque en los últimos años se dan unas cifras esperanzadoras en torno a un resurgir del sacramento de la confesión en las diócesis donde esta se facilita o promueve, en términos generales son muchos los católicos que se confiesan poco o nada.

Y de entre los muchos argumentos que lo explican, para el experimentado sacerdote Ed Broom, uno de los más relevantes es que "el diablo nunca se va de vacaciones".

Como escribió recientemente en Catholic Exchange, uno de los principales ataques del demonio a las almas afecta directamente a la práctica y recepción del sacramento de la confesión.

Siendo sumamente astuto y con un intelecto pervertido, inclinado al mal y buscando nuestra condenación, subraya Broom, "el diablo nunca deja de proporcionar razones para no acercarse a Dios. Sabe cómo y cuándo atraernos hacia sus trampas, pero sobre todo, sabe convencernos de que no nos confesemos, de que lo pospongamos o incluso de que hagamos malas confesiones".

Por ello, y para "quitarle la máscara al padre de la mentira", el sacerdote oblato de la Virgen María ha sintetizado "las diez grandes mentiras del diablo" materializadas en las objeciones comunes a la confesión y explica cómo hacerlas frente.

1º Yo me confieso directamente con Dios

El sacerdote lamenta que muchos católicos hayan sido fuertemente influenciados por las doctrinas protestantes cuando afirman que no necesitan confesarse con una persona porque se lo hacen "directamente con Dios". Sin embargo, explica Broom, "Jesús nos dio el sacramento de la confesión cuando sopló sobre los apóstoles diciendo: `A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos´". Puede que sea más fácil confesarse directamente con Dios, agrega el sacerdote, "pero Jesús quiso que nos confesásemos a través del sacerdote, que actúa in persona Christi, en persona de Cristo, en el sacramento de la confesión".

2º El sacerdote es solo un hombre y un pecador más

Otra de las objeciones que recoge Broom respecto de la confesión es que el sacerdote es solo un hombre más, un pecador, y muchos se preguntan por qué deben confesarse con un pecador como cualquier otro. "Y es cierto", dice Broom, "el sacerdote es un pecador y tiene que confesarse con otro sacerdote para recibir la absolución. Incluso el Papa. Sin embargo, a un sacerdote válidamente ordenado se le ha dado el poder y la gracia para perdonar los pecador en nombre del Señor. Cristo comunica su gracia de sanación y perdón a través del sacerdocio".

3º El sacerdote está demasiado ocupado para alguien como yo

"Esta es una mentira evidente del diablo. Los sacerdotes están ocupados, pero deben encontrar el momento, lugar y disponibilidad para escuchar la confesión de las almas que se les confió. Según el Derecho Canónico, los fieles tienen derecho a confesarse con su pastor, si las circunstancias lo permiten. ¿Qué es más importante que reconciliar a un pecador con Dios, procurando el camino hacia su salvación eterna?"

4º El sacerdote se enfada conmigo

Para estos casos, Broom recomienda acercarse al momento de La Divina Misericordia en mi alma de Santa Faustina Kowalska, cuando relata una confesión que parecía no ir bien, cargada de incomprensión. Cuando Jesús se comunicó con ella, relata Broom, "le reveló las razones por las que no estaba en paz después de esa confesión: no rezó por el sacerdote antes de entrar al confesionario. Adquiera el hábito de rezar por el sacerdote antes de entrar al confesionario, esto puede allanar el camino para una confesión pacífica y eficaz".

'Diario' de Santa Faustina Kowalska.

'Diario' de Santa Faustina Kowalska.

  • La Divina Misericordia en mi alma de Santa Faustina Kowalska refuta muchos de los mitos y mentiras vertidos sobre la confesión.

5º No conozco los mandamientos

Es una de las objeciones más simples de refutar, pues "hay abundante material sobre cómo confesarse, así como de los diez mandamientos, examen de conciencia…etc. Se pueden comprar folletos, buscarlos en Internet o consultar en la parroquia o iglesia más cercana".

6º Tengo miedo y vergüenza

"El miedo y la vergüenza paralizantes vienen del maligno, nunca de Dios. San Felipe Neri señaló que el diablo nos quita hábilmente el miedo y la vergüenza cuando nos convence de elegir el pecado, pero cuando se nos llama a volver a Dios a través de la confesión sacramental, puede mentirnos tanto que nos quedamos paralizados y nunca llegamos al confesionario", explica.

7º Mis pecados son tan graves que no pueden ser perdonados

Broom regresa sobre Santa Faustina y sus meditaciones para recordar que Jesús afirmó "sin lugar a dudas, con la mayor claridad y énfasis que el pecado que más le ofende es la falta de voluntad de confiar en su infinita misericordia. De hecho, no hay pecado tan grave que la infinita misericordia del Corazón de Jesús no pueda perdonar".

8º La gente sabrá cuáles son mis pecados

"¡De ninguna manera!", responde el sacerdote, pues "el secreto de la confesión es una de las obligaciones más serias del oficio del sacerdocio. El sacerdote está obligado, bajo pena de excomunión, a mantener el secreto absoluto de todo lo que se ha dicho en el contexto de la confesión. Ha habido sacerdotes santos que han sido martirizados por mantener el secreto inviolable del confesionario".

9º Ya iré mañana cuando esté preparado

Esta es otra de las razones más comunes para no confesarse en el momento. Sin embargo, argumenta, "en cualquier empresa o actividad, nunca vamos a estar perfectamente listos y preparados. ¡Sólo Dios es perfecto! Sin embargo, especialmente si nos encontramos en un estado de pecado, un estado de peligro moral, entonces bajo ninguna circunstancia debemos posponer nuestra confesión. No queremos jugar a la ruleta rusa con nuestra salvación".

10º ¿Por qué confesarme si volveré a caer en el mismo pecado?

El sacerdote admite que puede que así sea, pero es precisamente la confesión frecuente lo que es de gran ayuda para superar gradualmente las faltas de las que nos confesamos. Así, resumiendo la teología moral al respecto, Broom menciona que el sacerdote, "como padre, amigo y sanador, puede ayudar sutilmente al penitente a superar gradualmente sus mayores pecados. De esta forma, con la ayuda de la gracia de Dios y la confesión frecuente, el pecado puede ser cometido con menos gravedad y frecuencia, y un día, ser vencido por completo. Lo importante para el penitente es confiar en la misericordia de Dios, tratar de evitar la ocasión próxima de pecado y poner toda la voluntad y el esfuerzo posible", sentencia.

ReL

Vea también    El Sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia: La Confesión



jueves, 25 de enero de 2024

10 lecciones contemporáneas del libro las Confesiones de san Agustín

SAINT AUGUSTINE


Este libro es una receta para la conversión. Si solo has leído fragmentos, siéntate para leerlo de principio a fin

El libro de las Confesiones de san Agustín es una de sus obras más importantes. Combina una riqueza histórica – repasa su vida y etapas de conversión- con la profundidad espiritual de un santo que dialoga con Dios, ora y medita sobre las Sagradas Escrituras.

San Agustín es Doctor y Padre de la Iglesia, y es considerado como uno de los principales pensadores cristianos. Muchos santos han leído esta obra y la han tomado como referencia en su camino espiritual.

Al leer el texto completo, en el contexto actual, sorprende lo relevante que es el viaje de Agustín. De hecho, con unos pequeños ajustes -cambiar Cartago por Nueva York o Los Ángeles, retórica por administración de empresas o marketing, maniqueísmo por ocultismo o espiritual (pero no religioso)- uno podría estar leyendo fácilmente unas memorias de conversión contemporáneas.

Como católicos hemos escuchado mucho sobre este valioso libro, sin embargo, son pocos los que lo han leído completo, de principio a fin; otros quizá lo han hecho hace muchos años y sus enseñanzas habrán perdido frescura y claridad. Por ello, estas son solo 10 de las poderosas lecciones de esta obra maestra para los buscadores espirituales y los influenciadores sociales de hoy.

SAN AGUSTIN

1
NUESTROS CORAZONES ESTÁN INQUIETOS

En la primera página, san Agustín pronuncia uno de los versos más devastadores de toda la literatura: «Nos has hecho para Ti, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en Ti» (1.1). No mi corazón, sino nuestros corazones; y no estaban inquietos, sino que están inquietos, en tiempo presente.

Por mucho que el corazón inquieto sea una verdad humana universal y perenne – «El hombre es una gran profundidad, Señor» (4.14)-, la era digital lo ha expuesto como nunca antes. Revoloteamos de meme en meme, de idea en idea, de pasión en pasión, pero ¿con qué fin? «¿Adónde vas? … El descanso no está donde lo buscas. Busca lo que buscas, pero no está donde lo buscas. Buscas la felicidad en el país de la muerte, y no está allí» (4.12).

2
NO SOMOS TAN INOCENTES

Agustín es ridiculizado habitualmente como el paciente cero del pesimismo cristiano. Se dice que insiste unilateralmente en el pecado y la miseria, lo que nos deja una visión negativa de la naturaleza humana. Pero aunque Agustín hace hincapié en estos temas, no es un pesimista adusto; es un realista duro.

Vemos nuestra propia maldad y angustia reflejadas en su viaje, que es precisamente por lo que nos hace retorcernos. El relato que hace en el libro 2 sobre el robo de peras de un peral con sus amigos a los 16 años -ni siquiera para comérselas, sino solo por la emoción de hacerlo- es inolvidable, porque todo pecador sabe exactamente lo que está describiendo. Todos tenemos nuestros perales.

3
LA ORACIÓN FUNCIONA

Para el ateo, la oración es una pérdida de tiempo valioso que sería mucho mejor emplear en acciones concretas. Pero las oraciones llenas de lágrimas y el paciente acompañamiento de la madre de Agustín, Mónica, a lo largo de las Confesiones demuestran que el dilema es falso.

La oración es acción -de hecho, la acción suprema- porque la oración funciona. La sufrida santa Mónica rezó durante 17 años para que su hijo encontrara el camino de vuelta a la Iglesia, y su oración fue escuchada. «La escuchaste, Señor. La escuchaste y no despreciaste sus lágrimas» (3.11). Los que buscan a Dios con fervor deberían abrirse a este poder tan real.

4
DIOS ESCRIBE RECTO CON NUESTROS RENGLONES TORCIDOS

Las Confesiones están marcadas por extraños y dolorosos giros en el largo y tortuoso camino de san Agustín hacia Cristo y su Iglesia: se une a los gnósticos maniqueos, teniendo que desenredarse de sus puntos de vista durante años (libros tercero y séptimo); llora la repentina muerte de un buen amigo, que -después de bautizarse poco antes de su muerte- mira a Agustín como a un «enemigo mortal» cuando Agustín se burla de él por ello (4.4); es empujado, por razones puramente prácticas y circunstanciales, de Cartago a Roma, y de allí a Milán, casi muriendo por el camino. Pero las Confesiones nos muestran que incluso en nuestra locura, tropiezos y casualidades, Dios lleva a cabo su designio providencial. Solo vemos el reverso desordenado y confuso del hermoso tapiz que está tejiendo.

5
NECESITAMOS UN GRAN MAESTRO ESPIRITUAL

No hay san Agustín sin san Ambrosio, el gran obispo de Milán que guió a Agustín fuera de sus errores y hacia la fe católica. «Todo sin saber fui llevado por Dios a él, para que sabiendo fuera llevado por él a Dios» (5.13). Un programa espiritual «hágalo usted mismo» es un callejón sin salida, que inevitablemente nos convierte en víctimas de nuestras propias frustraciones y puntos ciegos. Si lo que queremos es la verdad, ponernos, como hizo Agustín, bajo la tutela de un maestro sabio y santo nos llevará más arriba y más adentro.

6
LAS ESCRITURAS SON PROFUNDAMENTE VERDADERAS, PERO TAMBIÉN VERDADERAMENTE PROFUNDAS

En el corazón del impacto de Ambrosio sobre Agustín está su apertura al sentido espiritual de las Escrituras. Como tantos ateos y agnósticos de hoy, el maniqueo Agustín leía las Escrituras de forma precipitada y superficial, burlándose de sus significados superficiales por considerarlos poco sofisticados. Pero Ambrosio, con paciencia y amor, descorrió «el velo del misterio» de la Biblia, revelando profundidades espirituales y morales que Agustín no sabía que existían. Llega a maravillarse de su «doble cualidad»: «Se ofrece a todos con las palabras más sencillas y las expresiones más simples, pero exige la máxima atención de las mentes más serias… Se yergue tan elevada en autoridad y, sin embargo, atrae a la multitud a su seno por su santa humildad» (6.5)

7
LA VIDA DE LA MENTE ES BUENA, ÚTIL Y PERFECTAMENTE COMPATIBLE CON EL CRISTIANISMO

Una de las cualidades más atractivas de las Confesiones es la frecuencia con que Agustín plantea preguntas realmente buenas y difíciles, prueba de una mente hambrienta tanto como de un corazón hambriento. De hecho, su viaje desde el maniqueísmo al cristianismo fue salvado por los platónicos, que le abrieron la mente a un Dios incorpóreo, haciéndole concebible la fe en un Dios encarnado (7.7-17).

Es bueno, añade, que se formara con los platónicos antes que con la Escritura, aunque admite la insuficiencia de los primeros, porque podrían «haberme barrido del sólido suelo de la piedad» (7.20). Agustín nos da así, al mismo tiempo, un poderoso apoyo a la razón y una insistencia en la primacía de la revelación.

8


VIVIR PARA OBTENER PRESTIGIO Y ALABANZAS NOS DEJARÁ ADICTOS E INFELICES

«La única diferencia entre el santo y el pecador», escribió Oscar Wilde, «es que todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro». Antes de ser santo, Agustín fue un pecador maratoniano, hundido en lo que él llama la «región de la improbabilidad» (una imagen tomada de Platón).

Una tentación que se apoderó especialmente del alma de Agustín -una tentación de la que ahora está plagado el mundo de las redes sociales– fue el ansia de prestigio y alabanza. En un pasaje conmovedor, admite haber dedicado un libro a un orador famoso solo porque el hombre parecía impresionante (4.14). Más tarde, Agustín ve a un mendigo borracho y se da cuenta de que su propia ambición -un zumbido del que nunca podría dormir- le hacía mucho más desgraciado de lo que el mendigo sería jamás (6.6). La interminable rueda de hámster de querer gustar y ser admirado solo nos agota y, al final, nos destruye.

9
EL SEXO ES BUENO, PERO NO ES EL BIEN SUPREMO

El hambre insaciable de alabanzas de Agustín solo era superada por su hambre de placer sexual. Era, en sus propias palabras, un «esclavo de la lujuria» (6.15). El cristianismo, a diferencia del maniqueísmo, no consideraba el matrimonio o el sexo en sí mismos como algo malo – Agustín lo sabía – sin embargo, hasta el borde de su conversión, fue su apego al sexo lo que le impidió entregarse a Dios: «Concédeme castidad y continencia, pero todavía no» (8.7). La cumbre del camino espiritual de Agustín fue derribar este ídolo obstinado, una lucha de profunda relevancia para nuestra propia cultura.

10
LA CONVERSIÓN ES COMUNITARIA

Agustín es visto como un dechado de interioridad, un precursor de la introspección moderna e incluso de la angustia existencial. Lo vemos en nuestra mente como en el famoso retrato de Fra Angelico: derramando copiosas lágrimas en soledad bajo la higuera, experimentando personalmente el amor de Jesús. Pero lo que normalmente se recorta de la imagen es su compañero Alipio, de pie justo a su izquierda, quien, según nos cuentan las Confesiones, se convirtió codo con codo con san Agustín. De hecho, todo su itinerario está marcado por este carácter profundamente comunitario: junto a él, en los días previos a su conversión, están también Simpliciano, que le cuenta la conversión de Victorino, y Ponciano, que le habla de la conversión de dos hombres inspirados por san Antonio; ambas historias encienden llamas en el corazón de Agustín. Agustín transmite la llama: tras su conversión, funda una comunidad de creyentes para rezar y adorar juntos, anhelando que los maniqueos de su pasado se conviertan también (9.4). No nos salvamos solos.

Matthew Becklo, Aleteia

Ve también    San Agustín de Hipona