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sábado, 11 de abril de 2026

Domingo de la Divina Misericordia: 10 claves para vivir la fiesta que abre el corazón de Dios al mundo

Espacio

La Iglesia celebra el segundo domingo de Pascua como una invitación a confiar sin límites en el amor de Cristo: una jornada de gracia, perdón y renovación espiritual que hunde sus raíces en el Evangelio y en la experiencia de Santa Faustina Kowalska


En el corazón del tiempo pascual, cuando la alegría de la Resurrección aún resuena en la vida de la Iglesia, emerge una celebración que invita a ir aún más lejos: el Domingo de la Divina Misericordia. No se trata solo de una fiesta litúrgica, sino de una llamada profunda a redescubrir el amor de Dios como fuente inagotable de perdón y esperanza.



Instituida universalmente por San Juan Pablo II en el año 2000, esta celebración se sitúa en el segundo domingo de Pascua, como culminación de la octava pascual y como recordatorio permanente de que el corazón de Cristo permanece abierto para toda la humanidad


“El Domingo de la Divina Misericordia no es solo una fiesta: es una puerta abierta al perdón, a la gracia y a una vida nueva en Cristo.”

El origen de una fiesta que nace del corazón de Cristo


Una devoción que transforma la historia espiritual reciente


El Domingo de la Divina Misericordia tiene su origen en las revelaciones privadas recibidas por Santa Faustina Kowalska, a quien Jesús confió el mensaje de su infinita misericordia. A través de su diario espiritual, el Señor pidió que se estableciera una fiesta dedicada a este atributo divino, subrayando que la humanidad necesita redescubrir la confianza en su amor. La Iglesia, tras un proceso de discernimiento, acogió esta petición y la integró en la vida litúrgica universal. Desde entonces, esta celebración no ha dejado de crecer, convirtiéndose en uno de los momentos más intensos del calendario cristiano.



Diez claves para vivir plenamente esta jornada de gracia


Un camino espiritual concreto para el creyente

A lo largo de los años, la tradición ha identificado diversos elementos que ayudan a comprender y vivir con profundidad esta fiesta. A continuación, se presentan diez claves esenciales, reformuladas y desarrolladas, que permiten adentrarse en su verdadero significado:


  1. Una fiesta en el corazón de la Pascua
    Se celebra el segundo domingo de Pascua, mostrando que la misericordia es el fruto más grande de la Resurrección de Cristo.
  2. Una invitación universal al perdón
    No está reservada a unos pocos: todos están llamados a experimentar el amor misericordioso de Dios, especialmente los pecadores.
  3. Una gracia extraordinaria prometida por Cristo
    La tradición señala que quienes se acercan con confianza reciben un perdón total de culpas y penas, como una renovación espiritual profunda .
  4. La confianza como clave espiritual
    El núcleo de esta devoción no es el miedo, sino la confianza absoluta en la misericordia divina.
  5. La imagen de Jesús Misericordioso
    Revelada a Santa Faustina, representa a Cristo resucitado que derrama gracia sobre la humanidad mediante los rayos de sangre y agua, signos de vida y salvación .
  6. La oración de la Coronilla
    Una práctica sencilla y profunda que se reza especialmente a las tres de la tarde, la hora de la muerte de Jesús, recordando su sacrificio redentor .
  7. El Evangelio de la misericordia
    La liturgia de este día proclama el pasaje en el que Cristo concede a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, mostrando que la Iglesia es instrumento de su misericordia .
  8. El papel de los sacerdotes
    Como ministros del perdón, continúan la misión confiada por Cristo a los apóstoles en el sacramento de la Reconciliación .
  9. La confesión como encuentro transformador
    No es solo un rito, sino una experiencia real de perdón que libera al alma y la devuelve a la vida de gracia .
  10. Un tiempo para preparar el corazón del mundo
    Esta devoción recuerda que vivimos en un tiempo de misericordia, una oportunidad para volver a Dios antes del encuentro definitivo con Él .



La misericordia como respuesta al mundo actual


Una necesidad más urgente que nunca

En un contexto marcado por el sufrimiento, la división y la incertidumbre, el mensaje de la Divina Misericordia adquiere una relevancia especial.

No se trata de una devoción aislada, sino de una respuesta concreta a las heridas del mundo. La misericordia no es debilidad, sino la fuerza que puede transformar la historia desde dentro.


Un camino que une oración y vida


No basta con creer, hay que vivir la misericordia

El mensaje de esta fiesta no se limita a prácticas piadosas. Invita a traducir la fe en obras concretas: perdonar, ayudar, comprender, acompañar.


La Hora de la Misericordia: un momento privilegiado


Las tres de la tarde, memoria viva de la Cruz

La tradición invita a detenerse especialmente a las tres de la tarde, la hora en que Cristo murió, para contemplar su entrega y pedir su gracia.


Una Iglesia llamada a ser rostro de misericordia

La celebración no solo interpela al individuo, sino también a la comunidad eclesial.


El testimonio de los santos

Santa Faustina y San Juan Pablo II se han convertido en referentes de esta espiritualidad.


Una devoción que sigue creciendo

Cada año, millones de fieles en todo el mundo participan en esta celebración.


La misericordia como último mensaje

Muchos autores espirituales han señalado que la misericordia es el último gran mensaje de Dios para nuestro tiempo.


Una invitación a comenzar de nuevo

El Domingo de la Divina Misericordia es, en esencia, una oportunidad para recomenzar.


Un encuentro que transforma la vida

Quien se acerca a Cristo con confianza descubre que su amor no tiene límites.


La puerta siempre abierta

En definitiva, esta fiesta recuerda una verdad esencial: Dios nunca cierra su corazón. Y que siempre, absolutamente siempre, hay un camino de regreso a Él.

EWTN

Vea también    ¿Qué es la Divina Misericordia?
Llamativos Testimonios...


domingo, 27 de abril de 2025

Evangelio del día ¿No sería muchísimo mejor escucharlo con la familia proclamado en la Santa Misa Dominical presencial?


 

Libro de los Hechos de los Apóstoles 5,12-16.

Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón,
pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos.
Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres.
Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos.
La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban curados.


Salmo 118(117),2-4.22-24.25-27a.

Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón:
íes eterno su amor!

Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor!
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.

Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él.

Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
el Señor es Dios, y él nos ilumina».


Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19.

Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba exiliado en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús.
El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía:
"Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias: a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea".
Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro,
y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro.
Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: "No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente.
Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo.
Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro.


Evangelio según San Juan 20,19-31.

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré".
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe".
Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!".
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

San Cirilo de Jerusalén (313-350)
obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
Catequesis bautismal, 17 (Les catéchèses, coll. Les Pères dans la foi 53-54, Migne, 1993), trad. sc©evangelizo.org


Jesús sopló sobre ellos y dijo “Reciban al Espíritu Santo” (Jn 20,22)

Jesús entrega a sus discípulos al Espíritu Santo para que los acompañe. Tal como está escrito “Sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan»” (Jn 20,22-23). Las faltas voluntarias habían reprimido el primer soplo, por eso el Señor otorga este segundo soplo cuando sube de los infiernos, después de su resurrección.
Si entonces entrega su gracia, luego la prodigará más todavía. Cómo si dijera: Estoy pronto para darles toda la gracia desde ahora, pero su recipiente no está todavía vacío. En la espera, reciban la cantidad de gracia que pueden contener, pero esperen mucha más todavía “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo Alto” (Lc 24,49). Ahora tomen una parte, entonces la tendrán enteramente. El que recibe, con frecuencia sólo puede recibir el don parcialmente. El que es “revestido”, es envuelto totalmente por la vestimenta. Así les dice “Con el escudo de la fe, podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Animados por el Espíritu, eleven constantemente oraciones, tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, la Palabra de Dios (cf. Ef 6,16-18). EDD)

Reflexión sobre la obra de arte digital

En la lectura del Evangelio de hoy, escuchamos cómo los discípulos estaban atenazados por el miedo. Temían que lo que le había sucedido a Jesús pronto les sucediera a ellos. La sombra del Gólgota todavía se cernía sobre ellos. La sombra de la cruz en la que fue crucificado su amigo se cernía sobre ellos como una nube de tormenta que no se disipaba.

Desde el momento en que nacemos, la sombra de la cruz también toca nuestras vidas. Nuestra obra de arte digital lo capta con sorprendente conmoción. Del mismo modo que la sombra de la cruz ya se cernía sobre Jesús cuando yacía en la cuna, y su sufrimiento estaba anunciado incluso en el nacimiento, esa misma sombra nos acompaña a cada uno de nosotros a lo largo de nuestra vida. No es un símbolo de perdición, sino un recordatorio silencioso de que el amor y el sacrificio están entretejidos en el tejido de nuestra existencia. Pero depende de cada uno de nosotros decidir cómo respondemos a esa sombra. Si tomamos conciencia de ella, si dejamos que la cruz hable en nuestras vidas, puede transformarnos. Determinará nuestra forma de tratar a los demás, nuestra manera de ver la riqueza y la pobreza, la injusticia y el sufrimiento. La cruz de Cristo no es algo de lo que esconderse; es algo que debemos situar en el centro de nuestras vidas. Estamos llamados a vivir vidas cruciformes.

Esto no significa que debamos caminar por la vida apesadumbrados o sometidos. Todo lo contrario: vivir a la luz de la cruz es vivir con una alegría profunda y duradera. La cruz nos enseña compasión, nos llena de esperanza y nos da un corazón para la justicia, la misericordia y el amor. Abrazar la cruz es abrazar a Cristo mismo, que es el amor y la misericordia encarnados.

Y qué oportuno que hoy sea el Domingo de la Divina Misericordia. La misericordia brota del corazón de Cristo, de las llagas de la cruz. Cuando desechamos el miedo y nos confiamos plenamente a Él, recibimos misericordia en abundancia, misericordia que no es nuestra para guardarla, sino para compartirla con el mundo.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

“Por los santos misterios de nuestra redención, que Dios todopoderoso nos libere de todos los castigos en esta vida y en la venidera. Que nos abra las puertas del paraíso y os dé la bienvenida a la alegría eterna. Amén”.

(cf. es.catholic.com)









sábado, 15 de abril de 2023

Cómo obtener la indulgencia plenaria especial por el Domingo de la Divina Misericordia

 Divina Misericordia

Créditos: Iglesia Católica Inglaterra y Gales, Flickr CC BY-NC-ND 2.0.

La indulgencia plenaria de la Divina Misericordia es probablemente la gracia más poderosa que puedes recibir durante todo el año.

La fiesta de la Divina Misericordia es el primer domingo siguiente al Domingo de Resurrección.

En el diario de Santa Faustina, Jesús explica cómo obtener las gracias únicas en el Domingo de la Divina Misericordia:

“El alma que se confiese y reciba la Sagrada Comunión obtendrá el completo perdón de los pecados y de las penas. En ese día, se abren todas las compuertas Divinas por donde fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como la grana… La humanidad no tendrá paz hasta que se vuelva a la fuente de Mi Misericordia”. (Diario, 699)

¿Qué hace que las gracias del Domingo de la Divina Misericordia sean tan únicas?

Para obtener una indulgencia plenaria durante todo el año, el individuo debe estar desprendido de todo pecado, lo cual es muy difícil.

Sin embargo, Jesús no exige un completo desapego del pecado con las gracias especiales que ofrece sobre la Divina Misericordia. Esta es la única vez que no se requiere un completo desapego del pecado.

Cómo obtener la remisión completa de todos los pecados en el Domingo de la Divina Misericordia

1) Ir a confesión antes o durante el fin de semana de la Divina Misericordia

2) Recibir la Sagrada Comunión el fin de semana de la Divina Misericordia 

El Padre Chris Alar de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción también explica en un  video cómo las almas pueden obtener las gracias increíbles que Jesús nos ofrece el Domingo de la Divina Misericordia.

Describe cómo el Domingo de la Divina Misericordia es una de las fiestas más importantes del año.

“Tu alma nunca estará más limpia que en el momento de tu bautismo original que en ese día, el Domingo de la Divina Misericordia”.

Aquí puedes escuchar su explicación en inglés

Decreto del Vaticano del Papa San Juan Pablo II para el Domingo de la Divina Misericordia

El Decreto Penitenciario Apostólico del Vaticano titulado “Indulgencias adjuntas a las devociones en honor de la Divina Misericordia” también otorga una indulgencia a aquellos que cumplen con los requisitos específicos 20 días antes o después del Domingo de la Divina Misericordia. Estas gracias están separadas de las gracias especiales que Jesús describe a Santa Faustina en su revelación privada.

Aquí está cómo hacerlo:

1) Ir a la Confesión (20 días antes, durante o después del Domingo de la Divina Misericordia)

2) Recibir la Sagrada Comunión (20 días antes, durante o después del Domingo de la Divina Misericordia)

3) Orar por el Papa 

4) En cualquier iglesia o capilla, recitar un PadrenuestroCredo y una oración a Jesús Misericordioso (es decir, “¡Jesús misericordioso, en Ti confío!”) en presencia del Santísimo Sacramento, o participar en servicios en honor la devoción a la Divina Misericordia.

Hay que acercarse a la indulgencia con un espíritu “totalmente desprendido del afecto por el pecado”, tanto mortal como venial.

La Iglesia también permite que los enfermos o los que no pueden asistir a la iglesia obtengan esta indulgencia.

Uno puede cumplir las tres condiciones habituales descritas anteriormente tan pronto como sea posible, además de recitar un Padre Nuestro , el Credo y la oración a Jesús Misericordioso.

“Si es imposible que las personas hagan incluso esto”, continúa el decreto , “en el mismo día pueden obtener la Indulgencia Plenaria si con una intención espiritual se unen con aquellos que llevan a cabo la práctica prescrita para obtener la Indulgencia en la forma habitual y ofrecer al Señor Misericordioso una oración y los sufrimientos de su enfermedad y las dificultades de su vida, con el propósito de cumplir cuanto antes las tres condiciones prescritas para obtener la indulgencia plenaria.”

¡Jesús, en Ti confío!

(Jacqueline Burkepile, ChurchPOP)

Vea también      El verdadero Sentido de las Indulgencias
- San Juan Pablo II

















domingo, 24 de abril de 2022

El Papa, en el Domingo de la Misericordia: «Haz memoria del perdón y la paz que recibimos de Dios»


El Papa ha celebrado el Domingo de la Misericordia
con una misa en San Pedro.

 

Hay momentos difíciles, en los que parece que la vida desmiente a la fe, en los que estamos en crisis y necesitamos tocar y ver. ¡Señor mío y Dios mío! Las palabras del incrédulo Tomás, sobre todo cuando experimentamos dudas y oscuridad, son una linda invocación para repetir durante el día. Cuando lo hacemos, encontramos a Jesús, que desde los ojos de quienes son probados por la vida, nos mira con misericordia y nos repite: ¡La paz esté con ustedes!”. Son palabras del Papa Francisco durante su homilía en la misa que ha celebrado en el Vaticano con motivo del Domingo de la Misericordia.

Es el domingo de la Misericordia, y hoy “el Señor resucitado se aparece a los discípulos”. A ellos, que lo habían abandonado, “les ofrece su misericordia, mostrándoles sus llagas”. Comienza así la homilía del Papa en el domingo 24 de abril.

En los ojos de Jesús no hay severidad, sino misericordia

La homilía del Papa recorre los sentimientos de los discípulos en la tarde de Pascua: encerrados en la casa por el miedo, también estaban encerrados en sí mismos, abatidos por un sentimiento de fracaso. Eran discípulos que habían abandonado al Maestro, que habían huido en el momento de su arresto. “Pedro incluso lo había negado tres veces y uno del grupo —¡uno de ellos! — había sido el traidor”. El miedo había prevalecido y habían cometido “el gran pecado”: dejar solo a Jesús en el momento más trágico. Antes de la Pascua pensaban que estaban hechos para grandes cosas, discutían sobre quién fuese el más grande entre ellos, y esas cosas. Ahora se encuentran, “tocando el fondo”. En este clima, recuerda Francisco, “llega el primer ¡la paz esté con ustedes! del Resucitado”. Los discípulos deberían haber sentido vergüenza, y en cambio se llenan de alegría. “¿Por qué?”, pregunta el Papa. “Porque ese rostro, ese saludo, esas palabras desvían su atención de sí mismos a Jesús”.

Los discípulos “se sienten atraídos por sus ojos, donde no hay severidad, sino misericordia”. “Cristo no les recrimina el pasado, sino que les renueva su benevolencia. Y esto los reanima, les infunde en sus corazones la paz perdida, los hace hombres nuevos, purificados por un perdón que se les da sin cálculos, un perdón que se dona sin méritos”.

“Después de una caída, un pecado o un fracaso”, también nosotros “nos hemos sentidos como los discípulos aquella tarde”, constata el Santo Padre. Pero “precisamente allí –asegura– el Señor hace ‘lo que sea’ para darnos su paz”: ya sea por medio de una Confesión, de las palabras de una persona que se muestra cercana, de una consolación interior del Espíritu Santo, de un acontecimiento inesperado y sorprendente, Dios se asegura de hacernos sentir el abrazo de su misericordia, una alegría que nace de recibir “el perdón y la paz”. Es importante, “hacer memoria” del perdón y la paz que recibimos de Dios, porque “nada puede seguir siendo como antes para quien experimenta la alegría de Dios”.

Testigos de estas palabras: ¡La paz esté con ustedes!

En el segundo saludo, recuerda Francisco, el Señor agrega: “Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes”. Les da a los discípulos el Espíritu Santo, para hacerlos ministros de reconciliación. “A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados”. Ellos “no sólo reciben misericordia”, subraya el Santo Padre, “sino que se convierten en dispensadores de esa misma misericordia que han recibido”. Reciben este poder, “no en base a sus méritos, a sus estudios, no, no: es un puro don de la gracia, que se apoya en su propia experiencia de hombres perdonados”. Y se dirige a los Misioneros de la Misericordia: “Si uno de ustedes no se siente perdonado, que se detenga y no sea misionero de la misericordia hasta que se sienta perdonado. De esa misericordia recibida serán capaces de dar tanta misericordia, de dar tanto perdón”.

Por eso “hoy y siempre”, afirma el Obispo de Roma, “el perdón en la Iglesia nos debe llegar así: por medio de la humilde bondad de un confesor misericordioso, que sabe que no es el poseedor de un poder, sino un canal de la misericordia, que derrama sobre los demás el perdón del que él mismo ha sido el primer beneficiado”. “No torturen a los fieles que vienen con los pecados”, pide a los confesores, porque Dios “lo perdona todo”.

Porque “hemos recibido en el Bautismo el Espíritu Santo para ser hombres y mujeres de reconciliación”, debemos también “compartir el pan de la misericordia con los que están a nuestro lado”. Así, el Papa insta a preguntarnos: “Yo, aquí donde vivo, en la familia, en el trabajo, en mi comunidad, ¿promuevo la comunión, soy artífice de reconciliación? ¿Me comprometo a calmar los conflictos, a llevar perdón donde hay odio, paz donde hay rencor? ¿O caigo en el mundo de las habladurías, que siempre matan, siempre? Jesús busca que seamos ante el mundo testigos de estas palabras suyas: ¡La paz esté con ustedes! He recibido la paz: la doy al otro”.

El Señor comprende nuestra humanidad, ¡invoquémoslo!

La tercera vez que el Señor repite “la paz esté con ustedes”, lo hace para confirmar la fe tambaleante de Tomas que quiere “ver y tocar”. El Señor, recuerda el Santo Padre “no se escandaliza de su incredulidad, sino que va a su encuentro: ‘Trae aquí tu dedo y mira mis manos’”. “No son palabras desafiantes, sino de misericordia. Jesús comprende la dificultad de Tomás, no lo trata con dureza y el apóstol se conmueve interiormente ante tanta bondad. Y es así que de incrédulo se vuelve creyente, y hace esta confesión de fe tan sencilla y hermosa: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Porque en Tomás “está la historia de todo creyente, de cada uno de nosotros”, la invocación que hace ante el Señor podemos hacerla nuestra, y repetirla durante el día, sobre todo cuando experimentamos dudas y oscuridad. “Jesús, en estas situaciones, no viene hacia nosotros de modo triunfante y con pruebas abrumadoras, no hace milagros rimbombantes, sino que ofrece cálidos signos de misericordia”.

Pensemos en nuestros hermanos que sufren

Y porque “la misericordia de Dios, en nuestras crisis y en nuestros cansancios, a menudo nos pone en contacto con los sufrimientos del prójimo”, descubrimos también las llagas de nuestros hermanos y hermanas: “Pensábamos que éramos nosotros los que estábamos en la cúspide del sufrimiento, en el culmen de una situación difícil, y descubrimos que aquí, permaneciendo en silencio, hay alguien que está pasando momentos, períodos peores”.

Preguntémonos entonces –pide el Papa Francisco- si en este último tiempo hemos tocado las llagas de alguien que sufra en el cuerpo o en el espíritu; si hemos llevado paz a un cuerpo herido o a un espíritu quebrantado; si hemos dedicado un poco de tiempo a escuchar, acompañar y consolar. Porque, “cuando lo hacemos, encontramos a Jesús, que desde los ojos de quienes son probados por la vida, nos mira con misericordia y nos dice: “¡La paz esté con ustedes!”.

“Me gusta pensar en la presencia de la Virgen entre los apóstoles, allí, y cómo después de Pentecostés pensamos en ella como Madre de la Iglesia –concluye el Santo Padre-. Me gusta pensar en ella el lunes, después del Domingo de la Misericordia, como Madre de la Misericordia: que Ella nos ayude a avanzar en nuestro ministerio tan bello”.

ReL
































sábado, 18 de abril de 2020

Cómo celebrar este Domingo de la Divina Misericordia en casa

La celebración de la Resurrección de Jesús continúa en las siete próximas semanas de Pascua hasta culminar en Pentecostés. Durante este tiempo de confinamiento Aleteia, en colaboración con la revista Magnificat, seguirá ayudándole a celebrar la Palabra de Dios en casa.



Guía general a la celebración
  • Si usted se encuentra solo, es preferible leer las lecturas y oraciones de la misa de este domingo (que también podrá encontrar en esta guía) o seguir la misa por televisión o en Aleteia a través de esta página especial creada por Aleteia para Semana Santa. Esta celebración requiere al menos la participación de dos personas.
  • Puede escogerse el horario más conveniente, entre la tarde del sábado hasta la tarde del domingo.
  • Esta celebración se adapta particularmente a un marco familiar, de amistad o de vecinos. Ahora bien, en el respeto de las medidas del confinamiento, es necesario verificar si está permitido invitar a los vecinos o amigos. En todo caso, durante su celebración, deberán respetarse estrictamente las consignas de seguridad.
  • Se ha de colocar el número de sillas necesario ante un espacio de oración, respetando las distancias establecidas por las autoridades.
  • En la medida de lo posible podrán adornarse el espacio de oración: estatuas, imágenes, iconos, velas, flores… Para subrayar el carácter festivo, se podrán añadir dibujos de los niños, flores de papel, huevos de colores, e incluso bellas guirlandas de Navidad.
  • Una cruz o un crucifijo deberá siempre ponerse en el fondo.
  • Se encenderán una o varias velas, que deberán colocarse en un soporte incombustible (por ejemplo, un plato de porcelana o cristal). Al final de la celebración, se apagarán las velas.
  • Se designa a una persona para dirigir la oración, quien establecerá la duración de los momentos de silencio y preparará la celebración.
  • Se designan los lectores para las diferentes lecturas.
  • Los presentes pueden preparar las oraciones de los fieles (aquí se propone una fórmula). Puede decidirse si se recitará la Secuencia de Pascua. Se pueden preparar cantos apropiados.

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*    *

SGUNDO DOMINGO DE PASCUAFIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIACelebración de la PalabraLa misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

Nos sentamos.  La persona que guía la celebración toma la palabra:
Hermanos y hermanas:
el domingo, primer día de la semana,
es para los cristianos el día del Señor,
el día instituido para celebrar su Resurrección.
Por este motivo, particularmente este segundo domingo de Pascua,
¡cuánto quisiéramos poder salir de nuestras casas
y acudir a nuestra querida iglesia parroquial
para volver a reunirnos con la asamblea de nuestros hermanos y hermanas
y a recibir el Cuerpo de Cristo,
alimentándonos con su presencia real!
Hermanos y hermanas:
nuestro corazón está ardiendo por participar
en la misa dominical para que, fortalecidos por el sacramento,
podamos convertirnos para los demás en lo que hemos recibido:
el Cuerpo de Cristo que ama a los suyos que están en el mundo
y les ama hasta el fin.
Por desgraica, en este Domingo de la Misericordia,
compartimos la inquietud por el presente,
el miedo por el futuro,
el sufrimento, y en algunos casos la enfermedad y la muerte.
¿Cómo es posible que, en el momento en el que
más necesitamos la Gracia de la misa dominical,
tengamos que quedarnos confinados en casa?
Hermanos y hermanas, no estemos tristes:
¡Jesús ha resucitado verdaderamente!
¿Estamos encerrados en casa?
Jesús resucitado se va a hacer presente entre nosotros,
pues así lo ha prometido
cuando nos reunimos para rezar en su Nombre.
Cuando leemos su Palabra en Iglesia,
el mismo Verbo de Dios se hace presente entre nosotros.
No lo dudemos: Él nos va a dirigir su Palabra.
Pausa.
En este Domingo de la Divina Misericordia,
hoy más que nunca,
Señor Jesús, tú nos permites celebrar tu Resurrección
amándonos los unos a los otros,
como Tú nos has amado.
Después de tres minutos de silencio,
todos hacen la señal de la cruz, diciendo: 
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
El guía de la celebración sigue diciendo: 
Para prepararnos a acoger la Palabra de Dios
y de este modo se convierta en motivo de purificación para todos nosotros,
reconozcamos con humildad nuestros pecados.
Sigue el rito penitencial:
Señor, ten misericordia de nosotros.
Porque hemos pecado contra ti.Muéstranos, Señor, tu misericordia.Y danos tu salvación.
Que Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados,
y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
Se pronuncia o canta:
Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Recitamos el Gloria.
Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres
que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria
te alabamos,
te bendecimos,
te adoramos,
te glorificamos,
te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso.
Señor, Hijo único, Jesucristo,
Señor Dios, Cordero de Dios,
Hijo del Padre;
tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros,
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros;
porque sólo tú eres Santo,
sólo tú Señor,
sólo tú Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo
en la gloria de Dios Padre. 
Amén.
Gloria in excelsis Deo,
et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
Laudamus te,
Benedicimus te,
Adoramus te,
Glorificamus te,
Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam,
Domine Deus, Rex caelestis, Deus Pater omnipotens.
Domine fili unigenite, Jesu Christe,
Domine Deus, Agnus Dei, Filius patris,
Qui tollis peccata mundi, miserere nobis.
Qui tollis peccata mundi, suscipe deprecationem nostram.
Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis.
Quoniam tu solus sanctus,
Tu solus Dominus,
Tu solus Altissimus, Jesu Christe,
Cum Sancto Spiritu in gloria Dei Patris. Amen.
ORACIÓN
El guía de la celebración recita la siguiente oración:
Dios de eterna misericordia,
que reanimas la fe de este pueblo a ti consagrado
con la celebración anual de las fiestas pascuales,
aumenta en nosotros los dones de tu gracia,
para que todos comprendamos mejor la excelencia del bautismo
que nos ha purificado,
la grandeza del Espíritu que nos ha regenerado
y el precio de la Sangre que nos ha redimido.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
R/. Amén
Nos sentamos. El lector asignado lee la primera lectura.
PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 42-47)
En los primeros días de la Iglesia, todos los hermanos acudían asiduamente a escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivían en la comunión fraternal y se congregaban para orar en común y celebrar la fracción del pan. Toda la gente estaba llena de asombro y de temor, al ver los milagros y prodigios que los apóstoles hacían en Jerusalén.
Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido entre todos, según las necesidades de cada uno. Diariamente se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y toda la gente los estimaba. Y el Señor aumentaba cada día el número de los que habían de salvarse.
Palabra de Dios.
R/. Te alabamos, Señor.
El mismo lector u otro asignado lee el Salmo 17.
SALMO RESPONSORIAL
La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
Diga la casa de Israel: “Su misericordia es eterna”.
Diga la casa de Aarón: “Su misericordia es eterna”.
Digan los que temen al Señor: “Su misericordia es eterna”.
R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
Querían a empujones derribarme,
pero Dios me ayudó.
El Señor es mi fuerza y mi alegría,
en el Señor está mi salvación.
R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
La piedra que desecharon los constructores,
es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor,
es un milagro patente.
Este es el día de triunfo del Señor:
día de júbilo y de gozo.
R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
El lector encargado de la segunda lectura se levanta para leer,
mientras el resto de la asamblea permanece sentado.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1, 3-9)
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, que no puede corromperse ni mancharse y que él nos tiene reservada como herencia en el cielo. Porque ustedes tienen fe en Dios, él los protege con su poder, para que alcancen la salvación que les tiene preparada y que él revelará al final de los tiempos.
Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola por el fuego.
A Cristo Jesús no lo han visto y, sin embargo, lo aman; al creer en él ahora, sin verlo, se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe.
Palabra de Dios.
R/. Te alabamos, Señor.
SECUENCIA DE PASCUA
Si así se desea, puede recitarse la Secuencia de Pascua.
Todos se ponen de pie.
Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.
“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?”
“A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua”.
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate de la miseria humana
y da a tus fieles parte en tu victoria santa.
EVANGELIO
Para aclamar el Evangelio, cantamos el Aleluya triunfal.
Todos se ponen de pie.
R/. Aleluya, aleluyaaleluya.
Tomás, tú crees porque me has visto;
dichosos los que creen sin haberme visto, dice el Señor.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.
El lector establecido lee el Evangelio,
mientras los presentes permanecen de pie.
Lectura del santo evangelio según san Juan (20, 19-31)
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
Todos aclaman:
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.
Todos se sientan. El guía repite lentamente,
como si se tratara de un eco lejano:
“La misericordia del Señor es eterna”.
Nos levantamos para profesar el Credo.
Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén.
ORACIÓN UNIVERSAL
Si los presentes han preparado la Oración de los fieles, pueden pasar a presentarlas.
Si no se han preparado, pueden elevarse estas oraciones que aquí presentamos. El guía de la celebración dice:
Con su resurrección, Cristo ha vencido la muerte y el pecado.
Pidámosle que tenga piedad del mundo y lo bendiga. Digamos:
R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.
Por la Iglesia: para que los cristianos seamos asiduos
en la escucha de la Palabra de Dios y demos testimonio
de Jesucristo resucitado. Oremos al Señor.
R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.
Por los pastores del pueblo de Dios:
para que la fuerza de Cristo resucitado los proteja y anime,
y dé fecundidad a su ministerio pastoral. Oremos al Señor.
R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.
Por la paz en el mundo y en los corazones:
para que la victoria de Cristo sobre la muerte
la haga renacer y la afiance allí donde esté en peligro. Oremos al Señor.
R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.
Por los que vacilan en su fe,
por los que se resisten a creer, por los que rechazan a Dios:
para que descubran la presencia de Cristo en sus vidas. Oremos al Señor.
R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.
Por todos nuestros difuntos:
para que gocen eternamente de la vida que Cristo nos mereció.
Oremos al Señor.
R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.
Por nosotros y por todos los cristianos:
para que sepamos reconocer a Cristo
en los hermanos y en los acontecimientos. Oremos al Señor.
R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.
Dios Padre misericordioso, abre los ojos de nuestra fe
para que acojamos con alegría la salvación que nos trajo tu Hijo, Jesucristo.
Danos tu sabiduría y tu luz para reconocerlo en cada acontecimiento,
y, por tu misericordia, haznos partícipes de su triunfo pascual.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.
Permanecemos cinco minutos en silencio de meditación personal.
PADRE NUESTRO
El que guía la celebración introduce el Padre Nuestro.
Fieles a la recomendación del Salvador,
y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:
Se reza o canta el Padre Nuestro:
Padre nuestro,que estás en el cielo,santificado sea tu nombre;venga a nosotros tu reino;hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.Danos hoy nuestro pan de cada día;perdona nuestras ofensas,como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;no nos dejes caer en la tentación,y líbranos del mal.
E inmediatamente todos proclaman:
Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.
El guía sigue diciendo:
Acabamos de unir nuestra voz
a la del Señor Jesús para orar al Padre.
Somos hijos en el Hijo.
En la caridad que nos une los unos a los otros,
renovados por la Palabra de Dios,
podemos intercambiar un gesto de paz,
signo de la comunión
que recibimos del Señor.
Todos intercambian un gesto de paz. Si fuera necesario, siguiendo las indicaciones de las autoridades, este gesto puede hacerse inclinando profundamente la cabeza hacia el otro o, en familia, enviando un beso a distancia con dos dedos en los labios.Nos sentamos.
COMUNIÓN ESPIRITUAL
El guía dice:
Dado que no podemos recibir la comunión sacramental,
el Papa Francisco nos invita apremiantemente a realizar la comunión espiritual,
llamada también “comunión de deseo”.
El Concilio de Trento nos recuerda que
“se trata de un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial,
unido a una fe viva que obra por la caridad,
y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento”.
El valor de nuestra comunión espiritual
depende, por tanto, de nuestra fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía,
como fuente de vida, de amor y de unidad,
así como de nuestro deseo de comulgar, a pesar de las circunstancias.
Podemos ahora  inclinar la cabeza,
cerrar los ojos y recoger nuestro espíritu.
Pausa en silencio
En lo más profundo de nuestro corazón,
dejemos crecer el ardiente deseo de unirnos a Jesús,
en la comunión sacramental,
y de hacer que su amor se haga vivo en nuestras vidas,
amando a nuestros hermanos y hermanas como Él nos ha amado.
Permanecemos cinco minutos en silencio en un diálogo de corazón a corazón con Jesucristo.
Podemos elevar un cántico de acción de gracias.
Nos ponemos de pie, y todos juntos pronunciamos esta oración: 

Escúchanos, Dios todopoderoso,
y, para merecer la felicidad eterna,
prepara los corazones de tu familia
a la que otorgaste la gracia incomparable del bautismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
ORACIÓN DE BENDICIÓN
Todos juntos mirando hacia la cruz,
piden la bendición del Señor:
La persona que guía la celebración, con las manos juntas, 
pronuncia en nombre de todos la fórmula de la bendición:
Dios Padre, que por la resurrección de su Unigénito
nos ha redimido y nos ha dado la gracia de la adopción filial
nos colme con el gozo de su bendición.
R/. Amén.
Cristo, que por su redención nos obtuvo la perfecta libertad,
nos conceda participar de la herencia eterna.
R/. Amén.
Y que, resucitados con él en el bautismo por la fe,
por medio de una vida santa
podamos llegar a la patria celestial.
R/. Amén.
Y todos juntos, con las manos unidas, dicen:
Y la gracia de Dios descienda sobre nosotros
y permanezca para siempre. Amén.
Todos hacen la señal de la cruz.Los padres pueden hacer la señal de la cruz en la frente de sus hijos.Es posible concluir la celebración elevando un cántico a la Virgen María.

Regina caeli, laetare, alleluia,
quia quem meruisti portare, alleluia,
resurrexit sicut dixit, alleluia;
ora pro nobis Deum, alleluia.
Reina del cielo, alégrate, aleluya.
Porque aquel a quien mereciste llevar, aleluya,
resucitó según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.


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Para seguir santificando la Resurrección del Señor, Aleteia le ofrece recursos de oración  y celebración en su página especial de Pascua.
Asimismo, usted podrá encontrar, de manera gratuita, otros recursos en la página web de Magnificat.