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jueves, 25 de noviembre de 2021

¿Por qué el «ofrecimiento» es clave para la vida cristiana? 8 sencillas meditaciones te lo explican

Bellas reflexiones del padre Mendizábal recogidas en «Vivir de veras con Cristo vivo»


El padre Luis María Mendizábal hizo de su vida una entrega total a Dios. Se ofreció por completo los 77 años que estuvo en la Compañía de Jesús, 65 de ellos como sacerdote, para ser un instrumento en manos del Señor. Sus innumerables retiros espirituales, sus valiosas predicaciones, sus numerosos escritos y su impagable apostolado del Corazón de Jesús atestiguan este ofrecimiento de vida por las almas que le rodeaban.

Y así lo hizo hasta que falleció en enero de 2018 a los 92 años. Ahora, casi cuatro años después ha salido a la luz un libro que recoge parte de la aportación que el padre Mendizábal ha hecho a la Iglesia durante su vida. Vivir de veras con Cristo vivo (Voz de Papel) recoge textos escogidos de este jesuita sobre distintos temas. Se trata de reflexiones y meditaciones que siguen iluminando hoy a quien las lee.

Las hay del Corazón de Jesús, de la Eucaristía, de la redención, de la vida religiosa, la familia, la vida espiritual, la oración o la Iglesia, entre otras. Pero en esta ocasión vamos a destacar otro aspecto de los que el padre Mendizábal dejó escritos de gran profundidad: el ofrecimiento.

Qué es ofrecer

Para que yo aproveche las obras del día, la entrega de mi persona tiene que estar hecha en amor, y para eso necesito al Espíritu Santo”, afirmaba este jesuita. Este ofrecimiento era, a su juicio, “el ideal de la vida cristiana”, que consiste el identificar “el existir con el abrirse en ofrenda, en entrega, en oblación”.

Pero, ¿qué es ofrecer? El propio padre Mendizábal afirmaba que “la actitud de ofrecer es lo que da valor a lo que se da. Es el amor que se da, el amor que se entrega. Y esto debe ser la base de nuestro ofrecimiento, lo que tenemos que subrayar también nosotros: el acto de amor con que nos ofrecemos, el amor con que damos la vida”.

Libro que recoge los escritos del padre Mendizábal

Esta acción de ofrecimiento fue profundamente reflexionada y profundizada espiritualmente por este jesuita. Estas son algunas de las reflexiones que sobre este aspecto de la fe hizo durante su vida:

-“No es sólo resignarse, no es solo aceptarla, no es no rebelarse. Es entregarla (la vida) en amor, como Cristo entregó su vida en amor (…) y nos redimió con ello (…) El cristiano tiene que saber ofrecer su vida en amor, unido a Cristo, por la redención del mundo”.

- ¿Qué se ofrece? “Todo: no sólo los actos diversos, sino la persona y la vida misma, cualquiera que esta sea: brillante o escondida; triunfante o fracasada; hombre o mujer; anciano, adulto o niño; en su profesión, familia, circunstancias concretas; sana o enferma; gozosa o dolorosa; variada o monótona. Toda vida tiene gran importancia para la redención del mundo siempre que sea ofrecida con Cristo al Padre por la vida del mundo”.

El ejemplo de José y María

- “No hay ninguna obra –fijaos bien- que por sí misma sea redentora, ninguna por sí misma, sino que todo depende de que sean las obras que Dios quiere que yo haga y si las hago con amor. ¡Por eso tengo que ofrecerlas! Mi persona y mis obras en unión con Cristo por la redención del mundo. Y entonces cualquier obra, cualquier dificultad que yo venzo, cualquier acto, aunque sea de un niño, tiene valor redentor. Como Jesús ofreció su vida en la cruz ‘en el Espíritu eterno’, yo puedo ofrecer mi vida, mi persona y todas mis obras en ese mismo Espíritu eterno, en el fuego del Espíritu Santo”.

- Ofrecimiento total: “este acto por el cual entrego mi persona, todo lo que yo tengo, todo. Y al decir ese todo, es todo: todas mis cualidades, todas mis disposiciones, el lugar, el sitio. Todo lo ofrezco al Señor con absoluta generosidad, con un deseo único que es que Él los tome para servirse de mí y de todo lo mío según su mayor agrado. Es decir, una afirmación sincera, muy verdadera, de que realmente ‘no soy mío, sino tuyo. Haz de lo que es tuyo lo que Tú quieras, en todo’”.

El padre Mendizábal saluda a Juan Pablo II

El padre Mendizábal, saludando al Papa San Juan Pablo II

- Ofrecimiento escondido: “Yo creo que es mejor aceptar los caminos del Señor, ser dócil en eso y aceptar los caminos del Señor. Y eso vivirlo así, de esa manera escondida. De esa visita de María y José al templo, ¿quién se enteró? Nadie. Los periódicos de Roma no dijeron nada. Quizás hablarían de algunos otros personajes que habían ido allí al templo y cómo estaban. Y los sacerdotes se habrían interesado porque tal condesa y marquesa que había ido llevando un niño, que hizo una entrega y les llevó buen vino para ese día… Ellos nada, no tienen. Es una lección para contagiarse (…) Sabemos mucho. El mundo se pierde no por falta de saber, sino por falta de amar y por la falta de entregarse”.

-Ofrecimiento alegre: “La alegría del ofrecimiento. Si no es alegría, si es una cosa puramente soportada, eso no es la víctima viva. La víctima viva es la víctima pascual, del aleluya, de la alegría, la víctima que se entrega gozosamente, alegremente. Es la alegría de colaborar con el Señor, es la alegría de la caridad. La caridad es gozosa. Es la alegría del amor, del que sabe que salva almas, del que sabe que está uniéndose a Cristo, del que sabe que es amigo de Cristo, que es consolador de Cristo –en el sentido sólido, profundo de esta palabra-, que está asociado a Cristo en su obra de redención y que, por lo tanto, emana alegría, ¡la alegría del ofrecimiento!”.

-Ofrecimiento voluntario: “Cuando Abrahán llega a la cumbre del monte Horeb y comunica a su hijo dónde está la víctima, cuál es la víctima, le dice: ‘Yahvé me ha pedido esto, yo te tengo que ofrecer, hijo mío, tengo que sacrificarte’. Según algunos comentaristas, y es obvio, Isaac mismo se ofrece, se entrega y le anima a su padre a que lo haga, a que le ofrezca, porque él quiere ofrecerse. Eso es un elemento también esencial, la voluntariedad de la misma víctima para que pueda tener ese valor; porque si no fuese persona humana, si fuese un animal, no se le pediría su consentimiento (…) Isaac se ofreció, él mismo se colocó sobre el altar y se dejó atar por su padre para ser sacrificado. Esto es Cristo, el amor que el Padre pone en Cristo es el que le lleva a inmolarse, a ofrecerse, a entregarse a la muerte, y así Él en su Corazón humano es el que realiza la redención”.

-Ofrecimiento de la muerte: “Me parece que es muy bueno ofrecer conscientemente la muerte (…) Yo acepto esa muerte y lo que es inmolación en la vida lo considero como camino hacia esa muerte, porque tiene mucha importancia y al hombre le cuesta mucho ofrecer la muerte. Y no quiero decir que tenga uno que estar imaginando o viviendo o atormentándose, pensar y pensar que se puede morir. No es en ese nivel; al contrario, eso lleva a una abertura de corazón sencilla, natural, que afronta uno la muerte sin pensar que viene, pero aceptándola de una manera consciente. Lo que yo acepto es ser mortal y acepto la muerte y ofrezco la muerte con ese mismo amor de inmolación. Lo que ofrezco es la muerte. Y todo lo que en el camino sea dolor, sufrimiento, penitencia, etc. es como una participación de esa muerte, en orientación hacia esa muerte, que en eso quisiera ofrecer mi vida; en lo que yo puedo ofrecer en cualquiera de las cosas tengo presente el ofrecimiento de esa muerte que será la coronación de esa oblación, oblación de Cristo”.

Javier Lozano, ReL

Vea también    Caminos laicales de perfección:  Consagración

































sábado, 9 de mayo de 2020

10 jóvenes monjas de Iesu Communio hablan de su vocación, sus llamadas, miedos y encuentros con Dios

«Arrasada por Él decidí seguirlo y así he sido feliz»

Estas diez jóvenes de Iesu Communio cuentan al mundo su testimonio vocacional / Iesu Communio
Estas diez jóvenes de Iesu Communio cuentan al mundo su testimonio vocacional
Iesu Communio

Son jóvenes, muchas con estudios universitarios y algunas incluso con carreras profesionales. Pero un día decidieron dejar todo para entregarse completamente para el Señor como monjas de vida contemplativa. Son Carla, Irene, Raquel, Carlota, Andrea… chicas que superan por poco los 20 años. Provienen de Madrid, Barcelona, Valencia, de ciudades y pueblos de toda España, y ahora son novicias y postulantes en Iesu Communio, instituto religioso fundado por la Madre Véronica Berzosa, y que con sus más de 200 religiosas en sus dos monasterios representan todo un fenómeno vocacional.
En la localidad valenciana de Godella se encuentra la primera fundación de Iesu Communio, carisma nacido en el burgalés monasterio de La Aguilera. Precisamente, para mostrar al mundo la belleza de la vocación religiosa y la alegría que transmiten estas jóvenes monjas, la Archidiócesis de Valencia pidió el testimonio de algunas de las religiosas y el instituto ha publicado un bonito vídeo en el que intercala esta llamada de diez chicas jóvenes que todavía no han realizado los votos perpetuos.
Las jóvenes muestran de manera sencilla y amorosa cómo conocieron a Dios, el momento que cambió sus vidas, la llamada a la vida religiosa, los miedos y por último la alegría que se transmite cuando se vive en la voluntad de Dios. Aunque en el vídeo los testimonios de estas diez chicas se van intercalando, en ReL hemos agrupado cada uno de ellos para así mostrar cada historia con un rostro y un nombre.
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La primera de ellas es Carla, una joven madrileña de 24 años. “A los 15 años tras la muerte repentina de mi padre decidí alejarme de la Iglesia y de Jesús, le eché la culpa de su muerte y del sufrimiento”, afirma. Sin embargo, años después acabó yendo a la JMJ de Cracovia de 2016 y a la vuelta hacia Madrid su grupo paró en Lourdes. “Ahí cambió mi vida”, confiesa.
Recuerda la canción que dice que “nadie te ama como yo”. En ese momento tuvo la “certeza” de que nadie la amaba como Dios, “que Él siempre había estado ahí, que en todo ese sufrimiento que había pasado Él estaba, que me conocía y que iba a amar siempre”. Visitando a las que son hoy sus hermanas a Carla le llamó la atención la mirada que tenían. “Dije: ‘esa mirada la quiero para mí’. Eran muchas miradas en una sola, la de Jesús”.
Sin embargo, esta madrileña no fue ajena al “miedo a la vocación” porque “era una renuncia a poder ser madre. Pero cuando llegué a esta casa descubrí que esto no era así, que la maternidad que me regalaba Jesús era inimaginable con lo que yo podía pensar”. Y finalmente, “arrasada por Él decidí seguirlo y feliz hasta hoy”.
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María tiene 23 años, es también madrileña y tan sólo lleva ocho meses en Iesu Communio. Esta joven estaba acabando Enfermería cuando empezó a sentir esta llamada. Pero un domingo en misa en el Evangelio escuchó como Jesús miraba a Pedro. “Sentí en ese momento que miraba a mí y sentí que sabía toda mi historia y que me quería para Él”.
Un momento crucial se produjo escuchando al Papa que dijo que el designio de Dios hace a esa persona bailar y cantar al corazón. “Es verdad que ahí lo reconocí. Fue como: ‘María, ya sabes dónde canta y baila tu corazón’. Y es el único lugar”, explica. Así fue como dijo sí al Señor y a esta vida religiosa, que la define “como si te hubiera tocado la lotería, mucho mejor”.
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Irene tiene 25 años y lleva ya año y medio en este monasterio. Antes de ingresar en Iesu Communio cursó una Ingeniería e incluso llegó a trabajar en una empresa. Desde siempre la Física y la Matemáticas le encantaban, y cree que “visto ahora siento que el universo, las planetas me hablaban de alguien pero entonces no lo conocía”.
En su día a día entró –según cuenta- “en un mundo superficial, para así no sufrir”. Pero Irene asegura que en una Eucaristía, en la consagración, cayó de rodillas por primera vez y “alguien dentro de mí y que yo ahora creo que son mis hermanas oró: ‘Hágase’”.
Antes de dar el paso definitivo esta joven trabajaba en una empresa de pararrayos, justo en el proceso de duda sobre su vocación. ¿Para qué sirve la vida contemplativa?, se preguntaba. Y la respuesta la encontró en su trabajo: “El rayo impacta en el pararrayos, y para que no dañe a nadie se introduce en la tierra. Yo entonces vi cómo Dios me explicaba la vida contemplativa. El amor de todo un Dios poderoso se quiere derramar para que así llegue la vida a tantos que no lo conocen”.
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Otra de las jóvenes que cuenta su experiencia es Ione. Sentía un “vacío muy grande”, con muchas preguntas en su vida y en el mundo a las que no encontraba respuesta. Y entonces se encontró con Dios, “un amor que no había sentido en mi vida”, y que estaba por encima de todas las cosas que ella no aceptaba de sí misma.
Ella también estudió Enfermería y un suceso la tocó profundamente. Una camilla entró a toda prisa con una mujer que se había intentado suicidar, estaba inconsciente pero cuando la recuperaba únicamente gritaba: ‘¡dejad que me muera!’. Y a mí esto me atravesó”.
Un año después fue a la JMJ de Madrid y en la peregrinación pasó por La Aguilera. “Para mí fue como un golpe, un shock de repente. Pensé: ‘no estoy loca, lo mismo que me pasa a mí le ha pasado a estas mujeres’”, recuerda. Y en aquel instante sintió un “deseo enorme” de seguir a Jesús. Y confiesa que “desde ese momento tuve la certeza de que nunca en mi vida iba a sentirme sola y que tenía un Amor al que recurrir”.
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María es una joven valenciana que dice que desde niña siempre había dicho que nunca sería monja. Ahora lo es. Antes de llegar a Iesu Communio tras ser llamada por Dios afirma que “me he pasado la vida buscando el amor”. Y así fue como hizo una experiencia en las misiones. A la vuelta sintió que “Dios me pedía algo diferente pero no sabía lo que quería, y entonces yo estaba perdida y desorientada”.
Empezó a rezar todos los días con las hermanas pidiendo a Dios que le dijera qué quería de ella, hasta que un día mientras oraba recibió contestación: “bienvenida a esta casa, que era mi casa”. Y así fue el proceso de ir “rindiéndose” ante el Señor hasta que por primera vez pudo decir: “Lo que tú quieras”.
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Andrea es de Barcelona y tiene 23 años. “Siento que conocía al Señor de oídas pero un día hizo luz en mi corazón. Su vida era una exigencia constante. Se ponía metas “intentando encontrar la felicidad, el amor”, pero cuando las alcanzaba “veía que había puesto todo mi ser en una cosa que de repente me dejaba vacía, no me daba respuesta”.
Como a otras muchas de las hermanas, una peregrinación fue un punto de inflexión. Y así llegó igualmente a conocer de verdad a las religiosas de Iesu Communio. “Estaba acostumbrada a las redes sociales, ver imágenes de vidas aparentemente perfectas, escaparates donde pones tus sueños, pero al final eran sólo imágenes que no llevaban a nada real. Pero por primera vez veía a gente feliz, de carne y hueso. Y aquello me fascinó, ya no me podía conformar con la vida que estaba llevando”.
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Popi lleva en la comunidad tan sólo 10 meses. Esta joven confiesa que “tenía fe pero para mí era como una especie de carga de la que tienes que tirar, una serie de normas que tienes que cumplir o una talla que dar frente a Dios y los demás”.
Poco a poco, Dios fue trabajando en ella y le fue mostrando que la quería en este monasterio. “¿Cómo voy a tener vocación?”, se preguntaba también. Y entonces un día Dios habló: “Te quiero así, como estás ahora”. Y este fue el punto definitivo para dar este paso en su vida.
carmen
Carmen tiene 20 años. “Empecé a salir de fiesta muchísimo, buscaba la vida en mis amigas, en los viajes, en mis estudios…”, relata esta joven. En una peregrinación se sintió por primera vez “amada de arriba abajo” por el Señor, y su vida fue cambiando. A su alrededor había gente sufriendo mucho, jóvenes que no encontraban sentido a su vida, drogas, depresiones… “Esto me cuestionaba todo”, confiesa.
“Me ayudó mucho el testimonio de una monja que era joven y que quería vivir con radicalidad, entregárselo todo a Jesús. Y su lema era ‘todo o nada’. Me cautivó y dije: ‘yo también quiero entregar todo a Jesús”, destaca Carmen.
carlota
Carlota es una barcelonesa de 22 años que asegura que “no entendía por qué teniéndolo todo sentía que no tenía nada, sino un vacío enorme”. Buscaba llenarlo ayudando en comedores sociales, dando clases de refuerzo y comida a gente sin techo. Incluso empezó Enfermería.
No quería ser monja, y sonriendo asegura que como mucho misionera. Su mejor amigo le propuso que hiciera una experiencia de fin de semana con unas monjas para así “descartar” la vocación. Pero lo que descartó fue la vida que había fuera pues allí había encontrado lo que anhelaba, no sin miedo porque en su vida hasta entonces no cabía la posibilidad de ser religiosa.
raquel
Por último Raquel es una joven de 23 años que lleva siete meses en Iesu Communio. Proviene de una familia cristiana pero al final en su vida “el Señor era una cosa más, sin importancia, porque tocaba y ya está”.
Igualmente, en una peregrinación Dios la “traspasó con una Palabra”. Sentía que la llamaba y ella le amaba pero confiesa que le daba “muchísimo miedo” poder equivocarse.
Sin embargo, Raquel relata que “Dios no ha forzado absolutamente nada, sino que a través de la Iglesia todo ha sido libertad en mi vida. Esto te sobrecoge y te atrae de una manera que no puedes negarle. Decirle que no sería como negar lo mejor que me ha pasado en la vida”.
Vea aquí el vídeo testimonial de estas jóvenes de Iesu Communio
Javier Lozano / ReL

Vea también Oraciones para pedir vocaciones sacerdotales religiosas y diocesanas


Vea también Carisma, Espiritualidad y Misión de los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús - el Fundador Julio Chevalier

jueves, 12 de diciembre de 2019

¿Por qué no puede el cristianismo ser más fácil?

Ya que en la vida material encontramos soluciones para hacer todo más cómodo,
¿no podría ser lo mismo en la vida espiritual?
trekking
Ser cristiano no es fácil. Las exigencias del Señor no siempre son fáciles de seguir. Sobre el tema del matrimonio, de la verdad, de la vida en sociedad, el Señor no escatima. Siempre pide más esfuerzos. Él espera muchos de sus discípulos.
El camino del cristiano está plagado de misterios de fe y de prácticas difíciles de explicar, y aún más de explicarlas a los demás. Empezar a seguir a Cristo y continuar siguiéndole requiere una gran perseverancia.
¿Cómo es posible que no podamos obtener más fácilmente resultados en el plano espiritual, cuando lo logramos en otros?
¿No es un poco anticuado mantener el cristianismo tan complejo cuando existen métodos que facilitan el uso de tantas cosas con complejos programas informáticos? ¿Por qué no hacer lo mismo en materia de fe?
Y no hablemos de moralidad: ¿no es ya tiempo de adaptarse a la época? Como todo se hace fácil, facilitemos la vida cristiana. ¿La desafección de muchas personas con respecto al cristianismo acaso no proviene del esfuerzo que debe hacerse?

¿Debemos mantener el listón muy alto?


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felipequeiroz | Shutterstock

¿Cómo quejarse entonces si nadie sigue, o casi nadie?
Imagínate que estas ideas son menos modernas de lo que parecen. En todas las épocas ha habido personas que ofrecían versiones más sencillas del cristianismo, una práctica del Evangelio más asequible y una vida cristiana simplificada.
Nunca han faltado buenas almas para proponer atajos, un “cristianismo sin esfuerzo”.
El cristiano de nuestro tiempo, si es un poco reflexivo y acepta entrar en la lógica del Señor, se da cuenta de que aunque su vida material sea más fácil, su vida de fe, su esperanza en la vida eterna y su práctica de la caridad siempre serán terriblemente exigentes.
No se trata tanto de buscar la dificultad por ella misma (lo que sería una debilidad psicológica), sino de atravesar los caminos inevitables que conducen a una verdadera unión con Dios.
En la vida espiritual, nada se logrará tomando el camino de la facilidad. El objetivo no está separado del esfuerzo para alcanzarlo.
Para hacer una comparación: en las montañas, hay muchas maneras de alcanzar la cima. Se puede llegar a pie haciendo el esfuerzo de vencer la fatiga y las dificultades del camino. También se puede acceder en helicóptero, depositándose en la cima. ¿Lograremos el mismo objetivo?
¿Los que han llegado a pie y los que han sido depositados, los que ascienden de la tierra y los que descienden del cielo, viven las mismas experiencias humanas y espirituales?

¡Cuidado con los atajos!

De todos modos, no hay helicóptero para ponernos en presencia del Señor en la oración. Siempre tendrás que tomar la ruta, pagar tú el precio, marchar en la noche de la fe, perseverar en el esfuerzo, soportar las pruebas, aceptar los fracasos, no parar, levantarte si te caes, conseguir ayuda del que es más fuerte que tú, y ayudar a su vez aquel más débil que tú.
Los que proponen vidas espirituales fáciles son mentirosos o aficionados. Aquellos que proponen atajos, exenciones, subterfugios o resúmenes, no merecen que le hagamos confianza. Uno no se hace cristiano burlándose de ello.
Las etapas que llevan a los adultos al bautismo (el catecumenado) son numerosas y requieren tiempo. No por el placer de acumular los obstáculos, lo que puede parecer un elemento disuasorio, sino porque está en la naturaleza de las cosas.
El Señor Jesús mismo no facilitó la ruta de sus primeros discípulos. Les dijo claramente que ellos, como Él, debían tomar su cruz y seguirlo.
Les dijo que debían servir y no ser servidos. No les ocultaba que para acceder a la resurrección tendrían que pasar por la agonía, la pasión y la muerte.
No es de la noche a la mañana como uno se convierte en un hombre de Dios. Se necesita tiempo. Debemos aceptar las etapas, las progresiones, las lentitudes, los momentos de desánimo, los fracasos, las obscuridades, las ilusiones … No buscamos lo difícil por sí mismo. Pero hay dificultades que son parte integrante de la realidad espiritual.

Para entrar al Reino de los Cielos, demos de nosotros mismos

Esa es nuestra situación. Vivimos en un mundo que tiene como objetivo facilitar todo, y vivimos una fe que nunca será fácil.
Algunos nos repiten hasta la saciedad excelentes métodos para obtener el mejor resultado sin tener que pagar el precio. Pero sabemos que no entraremos en la intimidad de Dios sin pagar por nosotros mismos.
Pero, después de todo, ¿no es este un buen desafío? ¿No nos llama a lo mejor de nosotros? ¿No seremos felices cuando ocupemos el lugar reservado para nosotros en el banquete del Reino para escuchar al Señor decirnos:
Muy bien, buen y fiel servidor, has sido fiel por pocas cosas, te confiaré muchas otras; entra en el gozo de tu Señor”(Mt 25:21)?
Olvidaremos entonces nuestras penas. Estaremos alegres de haber nacido en el esfuerzo.
La mujer que da a luz sufre porque ha llegado su hora. Pero cuando el niño nace, ya no recuerda su sufrimiento, feliz de que un ser humano haya venido al mundo“(Juan 16:21).
Por el Hermano Alain Quilici, Edifa Aleteia


viernes, 3 de marzo de 2017

“Prívame de todo”: Entrégate a Dios con esta oración de san Alfonso María de Ligorio

Perfecta para Cuaresma

“Prívame de todo”: Entrégate a Dios con esta oración de san Alfonso María de Ligorio



Prívame de todo
pero no me prives de Ti,
solo abrigo en mi interior
el deseo de tu amor.

Fuiste Tú primero
el que sin reservas me amó,
hoy yo quiero responder,
dando todo lo que soy.

Todo te lo dejo
y renuncio a todo por Ti,
solo tuyo quiero ser
entregarme sin volver.

Dame a entender
lo que Tú de mí deseas,
solo quiero yo vivir,
cumpliendo tu voluntad.
Amén

Por san Alfonso María de Ligorio
Artículo originalmente publicado por Oleada Joven

martes, 3 de enero de 2017

El Sagrado Corazón no es devocioncilla de viejas beatas sino de curas viriles: De Prada lo explica

«Operación a corazón abierto», de Pablo Cervera, un latido brioso que emociona al escritor

Juan Manuel de Prada

En su columna habitual del diario ABC, el popular escritor Juan Manuel de Prada ha escrito acerca de su relación espiritual con el sacerdote Pablo Cervera, director de la Revista Magnificat, y alaba especialmente su libro de espiritualidad, Operación a corazón abierto (Biblioteca de Autores Cristianos, 340 páginas), escrito a partir de sus reflexiones para ejercicios espirituales ignacianos.

Juan Manuel de Prada lo explica así: "Los misterios de la vida de Cristo, sus intimidades más menudas, son alumbrados por Pablo Cervera en un estilo sencillo que tiene algo de confidencia y algo de efusión cordial donde se mezclan las anécdotas más livianas y las más arduas cuestiones teológicas -que él, sin embargo, sabe hacer amenas como si fueran retozos en un jardín), hasta que llegamos a la estación definitiva de nuestro trato con Dios, que no puede ser otra sino la oblación, la entrega absoluta y sin reparos de quien ha entendido que la libertad humana más plena es la que se emplea para amar".

El escritor agradece a Pablo Cervera su acompañamiento espiritual, especialmente en momentos duros en los que, dice, "probé el veneno sibilino del fariseísmo eclesiástico, que es el mayor aguarrás para la fe".

De Prada comenta también la espiritualidad del Sagrado Corazón, "el amor sin tasa que mana del Corazón de Cristo", que "no es una devocioncilla de viejas beatas, sino una devocionaza de curas santos y viriles". Un ejemplo, dice el escritor, es el propio padre Cervera, que limitado por una enfermedad ha visto multiplicada su fecundidad evangelizadora escribiendo, editando y traduciendo. 

Desde hace unos meses, Juan Manuel de Prada escribe también un artículo mensual para Magníficat comentando desde una óptica cristiana obras de la literatura universal. 

Este es el artículo que ha publicado en ABC.

Sagrado Corazón


Operación a corazón abierto
por Juan Manuel de Prada
A veces nuestra fe desfallece y necesita contemplarse en la fe de quienes nos acompañan por los despeñaderos de la vida. Mi fe magullada y endeble ha encontrado muchas veces su muleta y su pañuelo de lágrimas en la fe más robusta de un amigo sacerdote, Pablo Cervera, cuyo aliento me ha acompañado en las circunstancias más difíciles, cuando probé el veneno sibilino del fariseísmo eclesiástico, que es el mayor aguarrás para la fe. 

Pablo Cervera –muchos de mis lectores lo conocerán– es editor de la revista Magníficat, impulsor de diversos proyectos editoriales y traductor infatigable.

Y gran parte de esta labor benemérita la ha hecho golpeado por una maldita o bendita enfermedad que no cesa de ensañarse en él; pero a la que Pablo Cervera siempre responde con una abnegación admirable, con un sentido del humor intrépido y una confianza incombustible en Dios, haciendo de su mortificación una escuela de alegría.

Pablo Cervera es mi profesor de energía y el cirujano de campaña de mi fe, siempre presto a coserme las heridas y hacerme una transfusión de sangre.

Ahora Pablo Cervera publica en la Biblioteca de Autores Cristianos Operación a corazón abierto, un libro que reúne su experiencia de muchos años, dando y recibiendo ejercicios espirituales. 

Es un libro precioso en la doble acepción de la palabra, por bello y por valioso, lleno de pálpito espiritual y de hondura humana, en el que el autor, al hilo de las meditaciones propuestas por san Ignacio de Loyola, logra disponer al lector para el coloquio íntimo con Cristo, para la comunicación directa con el corazón hospitalario y sangrante de Cristo, de tal modo que pueda quedarse a vivir allí adentro, donde mejor se escucha a Dios y mejor se siente el calor de su hálito. 

Pablo Cervera nos descubre la majestad de Cristo en su corazón traspasado, nos descubre en el dolor humanísimo de Cristo la vía idónea para penetrar en los misterios de su divinidad. E invita al lector a mirar el dolor y el amor que brotan, como sangre y agua mezcladas, de esa herida siempre abierta. 


Sagrado Corazón


El libro se convierte así en una contemplación ensimismada de Cristo, «de modo que haya lágrimas no de amargura, orgullo o resentimiento, sino lágrimas de conversión y gozo, al experimentar su mirada misericordiosa».

Operación a corazón abierto es una aventura en pos de esa misericordia amorosa que se ofrece constantemente para salvarnos. Los misterios de la vida de Cristo, sus intimidades más menudas, son alumbrados por Pablo Cervera en un estilo sencillo que tiene algo de confidencia y algo de efusión cordial donde se mezclan las anécdotas más livianas y las más arduas cuestiones teológicas (que él, sin embargo, sabe hacer amenas como si fueran retozos en un jardín), hasta que llegamos a la estación definitiva de nuestro trato con Dios, que no puede ser otra sino la oblación, la entrega absoluta y sin reparos de quien ha entendido que la libertad humana más plena es la que se emplea para amar.

Pablo Cervera es la persona más amorosamente entregada que jamás hayamos conocido. En su presentación a la obra, el padre Luis María Mendizábal escribe, con irresistible humor negro: «Pablo, que Dios te conserve enfermo para que sigas trabajando como lo haces». 

Y nosotros añadimos: «Que te conserve enfermo, querido Pablo, porque a través de tu corazón sufriente y alegre podemos entender mejor el amor sin tasa que mana del Corazón de Cristo». Que no es, como el propio autor señala, una «devocioncilla de viejas beatas», sino una devocionaza de curas santos y viriles en los que nuestra fe se apoya y consuela cada vez que desfallece. Y, contemplándose en curas como Pablo Cervera, recupera su latido brioso.

Pablo Cervera, director de la Revista Magnificat,

sábado, 3 de diciembre de 2016

¿Qué hacer cuando sientes que se te cae el mundo encima?

Cambia tu mirada, amplía horizontes


¿Qué hacer cuando sientes que se te cae el mundo encima?



Carlos Padilla Esteban, aleteia
Quiero dejar de complicarme la vida. Aunque es verdad que a veces son los demás, o las circunstancias del presente, o los fracasos y las pérdidas, los que parecen complicarlo todo. Pero tengo yo también mi parte de culpa.


Dejo de hacer cosas por miedo. Hago o digo algunas cosas y me arrepiento más tarde. No sé bien poner mis prioridades en la vida, marcar mis acentos, elegir mis opciones. Me angustio ante los imponderables que no controlo.

Intento yo lograr las cosas sin pedir ayuda a nadie, como si fuera capaz de todo. Me ofusco cuando la realidad no es la que yo quería. Me agoto al pensar que tengo que sacar yo solo todo adelante. Dejo de soñar cuando me ato al mundo y sus seducciones, no miro al cielo, miro la tierra.

Me aíslo queriendo ser feliz sin que nadie me moleste, sin que perturben mi paz. Me dejo abatir al comprobar mis debilidades, al sufrir caídas. Tropiezo y no encuentro fuerzas para levantarme de nuevo. Y me desanimo con la vida que llevo.
Tal vez por eso me gusta el Adviento, porque me da nuevas energías para lucharQuiero una vida menos complicada. En parte depende de mi actitud. Para lograrlo tengo que creer en ese amor de Jesús que va conmigo y le da sentido a mi presente. Me levanta y me hace soñar. Y le da sentido a mi amor que sueña el infinito.

El otro día leía la historia de Katie Kirkpatrick, una mujer enferma de cáncer en estado terminal, que se casó feliz a la edad de 21 años con Nick, de 23 años. Estaba muy enferma y a los cinco días de su boda murió. Vivieron su amor para el cielo.

Ver a una mujer tan débil y enferma casarse con una sonrisa en el rostro me da qué pensar. La felicidad se puede alcanzar, lo sé, por un tiempo en la tierra, no importa cuánto dure. Sé que es para siempre en el cielo.

Por eso tengo claro que no quiero dejar de amar esperando el momento oportuno que a lo mejor nunca llega. No quiero dejar pasar las horas y los días sin hacer nada. No estoy dispuesto. Quiero ponerme ya en camino.

Decía el papa Francisco sobre el Adviento: “Estamos llamados a alargar el horizonte de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades”. Quiero alargar mi horizonte, y no estrecharlo. No pensar en el final. Pensar en todo lo que puedo dar hoy.

Muchas personas hablan del final del mundo. A veces porque no están contentas con la vida que llevan y sueñan ya con su final en la tierra para todos. Otras veces porque les angustia la llegada repentina de Dios. A veces porque desean otra vida más plena, más feliz, que la que llevan.

No quiero dejar pasar el tiempo. Me pongo manos a la obra. Quiero vivir mi vida en plenitud. Quiero amar donde puedo amar. Necesito cambiar mi corazón en las manos de Dios. Yo solo no puedo cambiarme por dentro. Sólo Él puede.

Decía el padre José Kentenich: “Si el Espíritu Santo no nos enciende y colma interiormente, por más empeño que pongamos en el campo ascético, la cosecha que haremos será escasa. La pura ejercitación de la voluntad no nos ayuda. Hoy el hombre clama desde lo hondo por liberación y redención interior, y no logra alcanzar el objeto de sus anhelos. Queremos y deseamos las cosas del cielo, pero somos conscientes de que, a pesar de ello, continuamos siendo personas atadas a los instintos y apegados a lo terreno”[1].

No puedo cambiar solo tan fácilmente. Quiero cambiar actitudes y hábitos, pero fallo muchas veces en el intento. Me lo propongo. ¡Qué buenos propósitos saco en ratos de oración, cuando todo me parece evidente y claro, y creo tener fuerzas suficientes!
Pero luego en la acción fracaso, me asusta mi fragilidad. Me doy cuenta de dónde fallo. Sin que nadie me ayude a verlo, soy capaz de verlo yo solo. Creo que puedo tocar las cumbres, pero con tristeza compruebo que no soy capaz de cumplir lo que me he propuesto.

Quiero ser con los más cercanos tan alegre y servicial como lo soy cuando estoy fuera de casa. Quiero guardar la mejor sonrisa para mi familia cuando regreso a mi hogar. Me propongo volver a empezar de nuevo cada mañana.

Pero fallo y me desespero. No es posible, no hay conversión que valga. Parece que mi esfuerzo voluntarioso y esforzado no es suficiente para cambiar de verdad.

Quiero entregar mi vida en las manos de Dios, en su Espíritu Santo que todo lo transforma si yo dejo que actúe en mí. Quiero dejar que sea Dios el que cambie mi vida por dentro, yo no puedo hacerlo. Quiero que desate todos mis nudos. Que me haga más realista ante mis propósitos imposibles. Que me descubra lo que puedo llegar a ser si le digo que sí, que estoy dispuesto.

Necesito una verdadera conversión. Un cambio de mi mirada. Un horizonte más amplio. No quiero complicarme la vida. Quiero que sea más sencilla y fácil. No deseo sufrir por lo imposible. Ni ahogarme en las más pequeñas dificultades del camino.

[1] J. Kentenich, Envía tu Espíritu