El fundador del movimiento decadentista terminaría sus días como oblato benedictino, reflejando en sus novelas su profunda devoción mariana y pasión por la mística católica
Fascinado por el simbolismo, el ocultismo y la decadencia parisina, Huysmans terminaría encontrando en el catolicismo y la liturgia la respuesta espiritual al nihilismo moderno.
El pasado 25 de mayo, más de 20.000 peregrinos culminaban la peregrinación que Nuestra Señora de la Cristiandad realiza anualmente entre París y la catedral de Chartres. La multitud que desbordó la gran catedral francesa por Pentecostés es según los organizadores una cifra récord en los más de 40 años de historia de la peregrinación.
La postal contrasta con la que podía tenerse de la catedral a finales del siglo XIX. Entonces, el escritor converso, Joris Karl Huysmans, ya sufría los estragos del nihilismo moderno, lamentando en sus obras que "ni siquiera en épocas de peregrinación las inmensas multitudes de la Edad Media podían llenar" ya la catedral gótica que tal crucial sería en su vida.
La fundación del decadentismo
Huysmans tenía 22 años cuando la derrota en la Guerra francoprusiana (1870) sumió al país galo en un estado de incertidumbre y crisis identitaria, comparable al que España sufriría tres décadas más tarde, en 1898.
Bautizado en la iglesia de Saint-Séverin en 1848, Huysmans no tardaría en convertirse en uno de los grandes canalizadores literarios de dicha crisis. Su obra À rebours -A contrapelo-, publicada en 1884, daría comienzo al movimiento decadentista, una violenta respuesta cultural contra la moral establecida, contra el orden burgués y, en definitiva, contra la misma realidad.
Un rechazo que no solo se materializó en la evasión de la realidad o en la exploración extrema del inconsciente, sino en la toma de protagonismo que las versiones más crudas del satanismo adquirirían en la escena cultural y social del París decimonónico.
Una misa negra convertida en novela
Por aquellos años, Huysmans ya se encontraba muy lejos de la fe que le vio nacer. Y si À rebours fue la primera exploración decadentista en busca de satisfacer pasiones y sentidos, La Bas, publicada en 1891, sería el movimiento llevado al extremo.
De los muchos excesos y perversiones relatados, el escritor nunca ocultó su fascinación -algunos aseguran que también práctica y proselitismo- por lo sacrílego y satánico.
Precisamente en La Bas se describe con todo lujo de detalle una miríada de sacrificios humanos, perversiones e, incluso, el relato de una misa negra.
“Te lo advierto”, se lee, “te arrepentirás de haber visto cosas tan terribles. Es un recuerdo imborrable y espantoso, sobre todo... cuando uno no participa personalmente en estos servicios”.
Las “injurias, blasfemias, actos sacrílegos y frenesíes sensuales” son asiduamente relatadas y puestas en práctica, por si fuera poco, por protagonistas basados en sacerdotes católicos apóstatas. Sobre la preparación de una de las misas negras, se lee el siguiente fragmento, uno de los más “reproducibles”, pero que ofrece una imagen nítida al respecto: “¡No es fácil atrapar niños a los que puedas asesinar con impunidad, sin que los padres lloren y sin que intervenga la policía!”.
Barbey d'Aurevilly, escritor católico converso y conocido del mismo Huysmans, diría de él que, tras publicar À rebours, "al autor solo le quedaba elegir entre una pistola o arrodillarse ante la cruz". Y aunque entonces nadie lo sabía, el mismo Huysmans admitiría veinte años después: "Mi elección ya estaba hecha".
"Una silenciosa explosión de luz"
El sacerdote católico Hugh Francis Blunt, buen conocedor de la obra de Huysmans, plasmó en 1921 la paradoja de La Bas, y es que fue precisamente con ese libro “verdaderamente terrible” cuando se puede empezar a intuir la conversión del impenitente y sacrílego escritor.
Pero si La Bas representa la noche espiritual de Huysmans, la trilogía formada por En ruta, La Catedral y El oblato muestra el “cambio de agujas” de su vida: el tránsito que con 44 años emprendió desde el decadentismo y el satanismo hasta el culto, el claustro y la fe.
Lo cierto es que el proceso por el que abrazó nuevamente la fe no incluyó, en palabras de Huysmans, ningún “camino a Damasco, ni acontecimientos que determinaran una crisis”. Lo que no puedo comprender, explicaría, “es la repentina y silenciosa explosión de luz que ha tenido lugar en mí. Cuando intento explicarme cómo, siendo incrédulo por la noche, me he convertido sin saberlo en creyente de la noche a la mañana, no logro descubrir nada, pues la acción celestial ha desaparecido sin dejar rastro. Lo único que me parece seguro es que en mi caso hubo premoción divina: gracia”.
Un repaso superficial de su última trilogía basta para reconocer en el propio protagonista, Durtal, los argumentos y grandes causas de la conversión de su alter ego. Hasta el punto de que el propio Huysmans podría considerarse un converso por la liturgia, la cultura y el arte cristiano de sus días.
“Sin apenas pensarlo, en París, Dios me tomó repentinamente y me trajo de vuelta a la Iglesia, usando mi amor por el arte, el misticismo, la liturgia y el canto gregoriano para cautivarme”, escribió.
Joris-Karl Huysmans, tras su conversión.BIBLIOTECA NACIONAL DE FRANCIA.
Canto, arte y rito, la fuente de su conversión
Conforme avanza su obra, la influencia de estos elementos en su conversión se vuelve cristalina.
En este sentido, Blunt escribe que, lejos de ser meramente “literaria” o superficial, el tránsito de Huysmans cristalizó en una vida cristiana de renovada práctica y fervor, “deleitándose en visitar las iglesias de París, escuchando el sencillo canto de la Iglesia como música del Cielo […]”.
La belleza litúrgica y cultural del cristianismo que devolvió a Huysmans a la fe no hizo sino acrecentarse con el paso de los años.
En una carta fechada en 1896, el escritor confesó a su biógrafo, Gustave Coquiot, el creciente peso que la opción contemplativa cobraba en su vida: “Mis alegrías actuales consisten en seguir las horas canónicas en un claustro, ignorar lo que sucede en París, leer libros sobre liturgia y misticismo, iconografía y simbolismo. Ver lo menos posible a hombres de letras y lo más posible a monjes... Me siento alejado de la vida activa, y mis libros me parecen ahora como los de los demás: vanos”.
El mismo Huysmans confirmó el papel de la liturgia en su conversión dos décadas después de publicar Contra Natura -À rebours-. En una carta que precede hoy a la pieza fundacional del decadentismo, escribía que, aunque en el principio de su conversión "nada era perceptible, la liturgia, la mística y el arte eran los vehículos o medios" para culminarla.
La mística y la liturgia, su única preocupación
Hasta tal punto se adentraría en la mística que la influencia de Santa Teresa, San Ignacio o Fray Luis de León quedarán impregnadas en su vida y obra. Lo muestra Durtal en En route, al plasmar su predilección por la oración benedictina de la abadía de Nuestra Señora de Igny, donde se instala el personaje, o al lamentarse por el fin de su retiro trapense:
“¡Ah! ¡Qué igual me da todo, y qué poco me importa ya!, exclamó para sí mismo. Y gimió, sabiendo que, en realidad, ya no podría interesarse por nada que alegrara a los hombres. La inutilidad de preocuparse por cualquier cosa que no fuera el misticismo y la liturgia, de pensar en cualquier otra cosa que no fuera Dios, se arraigó en él”.
La verdadera prueba de la fe
Para Huysmans, el arte cristiano –a juicio del autor, no superado hasta la fecha- se convertiría en “la verdadera prueba del catolicismo”.
“En pintura y escultura, fueron los primitivos; en poesía y prosa, los místicos; en música, el canto gregoriano; en arquitectura, el románico y el gótico. Y todo esto se unía, resplandeciendo en un solo haz, en el mismo altar; todo esto se reconciliaba en un solo pensamiento: reverenciar, adorar, servir al Dispensador”.
Finalmente, el canto llano y el Credo, confirmarían su certeza racional de la superioridad cristiana, al considerar “imposible que los aluviones de Fe que han creado esa certeza musical sean falsos”.
Oblato y devoto de la Virgen de Chartres
Con una fe y devoción que en algún momento se llega a describir como algo “obsesivo”, Huysmans tomaría la decisión vital de sumergirse por completo en la liturgia y establecerse en torno a la abadía francesa de Ligugé, en las cercanías de Vienne, donde comenzó a prepararse para profesar como oblato.
François Coppée dedicaría varias líneas al respecto en su obra La Bonne Souffrance:
“Si, como dice el proverbio […] todos los caminos llevan a Roma, Huysmans ciertamente ha tomado el más largo. Hace algunos años, una atracción malsana lo llevó a estudiar las misteriosas abominaciones del satanismo; y al leer una tras otra, La Bas y En Route, uno podría creer —si no supiera que la primera de estas dos historias es completamente imaginaria— por qué Durtal, es decir, Huysmans, corrió a refugiarse en La Trappe al salir de una misa negra”.
Desde entonces, el otrora satanista y decadente se dedicó por entero a la santificación de su alma, atraído al mismo tiempo por disfrutar la paz del claustro y de divulgar las verdades de la fe y del Evangelio, lo que reflejó en La cathédrale (1898), sobre la catedral de Chartres, y L’oblat (1903) donde reflejó su vida como oblato benedictino.
Cada mañana asistía a misa y tan solo abandonaba la iglesia cuando lo hacían los monjes, aprendiendo de ellos todo lo posible en materia litúrgica y espiritual, pero sin llegar a abrazar aquella vida por el consejo de sus directores espirituales: su servicio a Dios y la Iglesia terminaría como empezó su vida libertina, con la pluma y en el campo literario.
Desde 1891 pasaría varias temporadas en monasterios benedictinos, hasta que en 1899 profesaría como oblato en la abadía benedictina de Ligugé.
Huysmans terminó sus días ofreciendo su sufrimiento y enfermedad con una marcada devoción mariana, que plasmaría en sus visitas a Lourdes, antes de trasladarse definitivamente a París. Falleció el 12 de mayo de 1907, siendo entonces conocida la oración que compuso y dedicó a la Virgen de Chartres: “No vivir dividido; permanecer indivisible; tener el alma bastante sacrificada para no sentir más que los dolores; no experimentar más que las alegrías de la liturgia; no encontrarme solicitado más que por Jesús y por Vos”.
La autora de "La Biblia para zoquetes", María Vallejo-Nágera, tras la presentación del primer tomo de la colección, durante en declaraciones al canal El rosario de las 11.
"Querido teólogo: ahórrese adquirir este libro si no es usted un paleto espiritual". Quien así habla es la María Vallejo-Nágera "más guerrera" en el fondo y la más humilde en la forma, durante la presentación el pasado viernes del primer tomo de La Biblia para zoquetes (Palabra). Su objetivo es tan directo como ambicioso: que la mayor cantidad de personas "pruebe" el aperitivo que es su nuevo libro y que este le lleve al "gran plato" que es la Biblia.
Vallejo-Nágera, conocida por best sellers como Un mensajero en la noche, De María a María o La Nodriza, dejó muy claro su "target" desde el primer instante en el madrileño Café comercial: "zoquete bíblico de pura cepa", "paleto espiritual", imberbes confirmandos, madres con demasiados hijos para poder leer los 73 libros bíblicos del tirón e incluso ateos que quieran conocer la Biblia pero no se atrevan con ella.
"Nos han comido el terreno. O despertamos o esto se acaba"
Todos ellos forman parte de un "club privado" al que no tardó en dirigirse solemnemente y sin ningún tono de humor: "No podemos perder más el tiempo. Los protestantes nos han comido el terreno. O los católicos despertamos y contamos lo que Dios pide de nosotros, o esto se acaba".
Vallejo-Nágera "sufrió" esta sentencia en sus propias carnes. Tenía 53 años cuando comenzó sus estudios bíblicos en la Harvard Divinity School, buscando saciar una sed de conocimiento por la Sagrada Escritura que en España no parecía poder satisfacer.
"Era la única católica y mis compañeros protestantes que tenían la edad de mis hijos me comían viva porque sabían la Biblia de memoria. Las burlas eran tremendas contra los católicos. ¿En qué nos hemos equivocado? ¿Cómo he podido perderme el libro más importante de la historia de la humanidad?", planteó ante el grupo de periodistas.
Ya está disponible el primer tomo de `La Biblia para zoquetes´.
La Biblia, un libro con amor, "cotilleos" y guerras
Finalmente, Vallejo-Nágera obtuvo en Harvard un título en estudios bíblicos avanzados que le "supo a poco" y que amplió al volver a Madrid, graduándose como especialista en espiritualidad bíblica por la Universidad Pontificia de Comillas.
Incapaz de guardar para sí lo que aprendía sobre la Biblia, comenzó a difundirla a través de proyectos propios, bien explicando con los textos sagrados las grandes obras del Museo del Prado, también para embajadas o, durante la pandemia, dirigiéndose al mundo desde Zoom. Ya en sus primeras clases, la escritora percibió que quienes la escuchaban valoraban de ella sus conocimientos, pero también el humor, la sencillez de las explicaciones, el alejamiento de lo académico o su capacidad para captar los cientos de "cotilleos", amores y detalles bíblicos.
"Me di cuenta de que la gente de a pie, mis hijos casados, las amas de casa, los jóvenes, lo necesitaban", relata. Pero sobre todo, la escritora percibía leyendo la Biblia que "Dios nos habla, y los católicos tenemos que contar lo que Él pide de nosotros".
Tras hablar con su editora, María José López Cebrián, la escritora dio con la forma de hacer accesible un libro caracterizado precisamente por su complejidad: el primer tomo de La Biblia para zoquetes abarca desde el instante mismo de la creación del universo hasta la aparición de Abrahám, combinando a partes iguales anécdotas y humor con rápidas explicaciones del primer pecado, las hipótesis existentes sobre la presencia de "gigantes" en la Biblia o una exhaustiva combinación de historia y arqueología en lo relativo a Noé.
Leer la Biblia, "nuestra labor como católicos"
Fruto de este objetivo es el de acercar literalmente al lector a los lugares donde le transportan los relatos bíblicos. En palabras de la escritora, el libro "está escrito para que el lector se meta en el personaje y que, cuando atravesemos el desierto con el faraón detrás nuestro achuchándonos, nos pongamos las babuchas y nos subamos al camello. Sin traspasar estas barreras y meternos en ese espacio y tiempo, no hay forma de entenderlo", subraya.
Pero tras el lenguaje ameno, sencillo y cercano, Vallejo-Nágera no oculta la gran responsabilidad que esconde su Biblia para Zoquetes. Tras su experiencia de estudio bíblico en Harvard, la escritora sabe que aquello del "católico ignorante futuro protestante" puede ser mucho más que un simple dicho.
"Lo que quiero es eso, cumplir nuestra labor como católicos, espabilarnos y leer la Biblia. Se tiene que leer en familia y tiene que contar con un lugar primordial en casa. En Harvard hablaba con chicos de 20 años que me dejaban patidifusa y me dio mucha rabia. ¡Nos han comido el terreno!", lamentaba.
La potencia espiritual de "la garganta de Dios hablando"
Más allá de lo formativo y estrictamente argumental, la escritora también considera una misión facilitar comprensión "un libro sobrenatural" como es la Biblia, a la que se refiere como la "garganta de Dios hablando".
"Se ha quedado en un papel donde nos habla directamente. Tiene muchísima potencia espiritual. Cuando era pequeña, en los hoteles de Nueva York abría los cajones y todos tenían una Biblia [protestante]. Allí se suicidaba la gente, tirándose desde un piso 22, y cuando pusieron las Biblias, la gente se dejaba de matar", ejemplifica.
Vallejo-Nágera, durante la presentación, junto con Belén Perales, de `El rosario de las 11´.
Como gran conocedora de Medjugorje e impulsora de una miríada de peregrinaciones, la escritora también recordó la importancia de la Biblia en la aldea de las apariciones, que acaba de recibir el Nihil obstat de la Santa Sede. Los videntes, dijo, "desde pequeños la Virgen les decía que el mensaje de la Virgen era leer la Biblia en familia, hasta el punto de que en Medjugorje las familias la tienen en un lugar primordial de la casa y la leen juntos".
La Biblia, un círculo perfecto
Entre otros aspectos de interés y los que pretenden contribuir sus volúmenes es el del orden y modo de leer la Biblia. Tras su estudio en Harvard y Comillas, Vallejo-Nágera destaca como muchos de sus "zoquetes bíblicos" le reconocen leer el texto sagrado sin orden alguno, empezando incluso por el Nuevo Testamento. Algo que, a su juicio, se queda "cojo", pues "la Biblia no se puede separar. Hay que empezar por el principio, está todo unido, es como un cordón umbilical que del Génesis llega al Apocalipsis y vuelve a comenzar, como un círculo perfecto".
También incluye dosis de una apologética, referida también incluso a católicos que o desconocen o no creen en lo narrado por las Escrituras. Hablando del génesis como el fragmento "más complicado" de analizar, desvela que en no pocas ocasiones le dicen: "`Pobre, es que se cree la Biblia entera´. Pero es que creo que existió Moisés. Y si no, ¿qué pasa con todo lo que hemos encontrado en la arqueología? ¿Por qué sino la Iglesia ha puesto un día de San Moisés? Esa no fue la Iglesia primitiva, esa fue y es nuestra Iglesia. Este es mi carácter y soy una guerrera".
La escritora concluyó recordando cómo algunas de sus alumnas terminaron por comenzar entusiasmadas la carrera de teología al concluir las clases de Vallejo-Nágera en el Museo del Prado, plasmándose así uno de los grandes objetivos de su publicación.
"Esa es la conclusión. Es muy difícil leer la Biblia, yo solo intento hacerla más atractiva, más fácil, que se pase bien leyéndola y se enamoren de ella", agregó.
Francisco llega en silla de ruedas al encuentro con artistas en la Capilla Sixtina
Hace 50 años los Museos Vaticanos hicieron su primera gran apuesta por el arte moderno (moderno hace 50 años, se entiende) con una exposición de obras contemporáneas, empezando unas colecciones que aún se pueden visitar. Ese aniversario ha sido ocasión para que numerosos artistas de todo el mundo acudieran al Vaticano, visitaran algunos de los espacios más hermosos del mundo y fueran recibidos por el Papa en una audiencia en la que reconoció a los artistas como "profetas".
"Ustedes son un poco como los profetas", dijo el Pontífice en el excepcional marco que es la Capilla Sixtina, hablando ante pintores, escultores, músicos, arquitectos y hombres de letras. "Ustedes saben mirar las cosas en profundidad y en la distancia, como centinelas que achican los ojos para escrutar el horizonte y sondear la realidad más allá de las apariencias", añadió.
"Están ustedes llamados a sustraerse al poder sugestivo de esa supuesta belleza artificial y superficial tan extendida hoy en día y a menudo cómplice de los mecanismos económicos generadores de desigualdades. Esa belleza no atrae, porque es una belleza que nace muerta. Es una belleza ficticia, una belleza cosmética, un maquillaje que esconde en lugar de revelar", advirtió el Pontífice.
Aliados de la Iglesia, con una amistad natural y especial
El Papa declaró que siente a los artistas como "aliados en tantas cosas que me importan, como la defensa de la vida humana, la justicia social, de los últimos, el cuidado de la casa común, el sentirnos todos hermanos".
Comentó que la amistad de muchos siglos entre la Iglesia y los artistas es "una amistad natural porque el artista toma en serio la profundidad inagotable de la existencia, de la vida y del mundo, incluso con sus contradicciones y sus lados trágicos".
"El artista recuerda a todos que la dimensión en la que nos movemos es la del Espíritu” observó también el Papa. “Vuestro arte es como una vela que se llena del Espíritu y hace ir adelante. Por ello, la amistad de la Iglesia con el arte es algo natural. Y también es una amistad especial por los tramos de historia recorrida juntos, que pertenecen al patrimonio de todos, creyentes y no creyentes".
Citas de Guardini y Hannah Arendt
Francisco cito al teólogo Romano Guardini, quien decía que, mientras crea, el artista se parece a un niño y a un vidente. Se sirve de la espontaneidad del niño para moverse en el espacio de la invención, de la novedad, de la creación, y de la agudeza del vidente que capta la realidad.
Y recordando palabras de una gran pensadora como Hannah Arendt, el Papa afirmó que “lo propio del ser humano es vivir para aportar al mundo la novedad. Ésta es la dimensión de fecundad del hombre, aportar novedad”. También citó a la mística y filósofa Simone Weil, quien escribió (en La Sombra y la Gracia): "La belleza seduce a la carne para poder tener acceso al alma".
"La creatividad del artista parece participar así de la pasión generadora de Dios. Esa pasión con la que Dios nos ha creado. ¡Ustedes son aliados del sueño de Dios! Son ojos que miran y que sueñan. No basta con mirar, hay que soñar. Y también, al tener la capacidad de soñar nuevas visiones del mundo y de introducir novedad en la historia, el artista también se parece a los videntes", avisó el Pontífice.
Arte que critica, molesta, inquieta
Sobre el papel profético y de denuncia, el Papa dijo que el arte "quiere actuar como conciencia crítica de la sociedad, quitando el velo de la obviedad”, revelando la realidad incluso en sus contradicciones.
Por eso, como los profetas bíblicos, el artista puede usar la ironía y el sentido del humor, hechos que nos perturban, criticar falsos mitos y nuevos ídolos, denunciar discursos banales y artimañas del poder, dijo el Papa.
Y a menudo lo hacen con ironía, una virtud maravillosa, tan presente en la Biblia. (El texto del Papa menciona tres veces la ironía como herramienta artística; el Catecismo condena la ironía en su párrafo 2481 cuando "trata de ridiculizar a uno caricaturizando de manera malévola tal o cual aspecto de su comportamiento").
Por eso, tanto el arte como la fe buscan "inquietar un poco" y despertar a la gente. "El arte y la fe no pueden dejar las cosas como están: las cambian, las transforman, las convierten, las mueven. El arte nunca puede ser un anestésico; da paz, pero no adormece las conciencias, las mantiene vigilantes", insistió el Pontífice.
Pero también existe la obligación de mostrar "la luz, la belleza que salva", en medio de "la oscuridad de lo humano, del individualismo y de la indiferencia".
Frente a las "colonizaciones ideológicas mediáticas", los "conflictos lacerantes y una globalización homologante que convive con tantos localismos cerrados", el papel de los artistas es "ayudar a dar espacio al Espíritu".
Y también pidió a los artistas "que no olviden a los pobres, que son los preferidos de Cristo, en todas las formas en que uno es pobre hoy en día. Los pobres también necesitan arte y belleza. Algunos experimentan duras formas de privación de la vida; por eso, lo necesitan más".
Por último, deseó que sus obras "den gloria a Dios, que es Padre de todos y a quien todos buscan, también a través del arte".
Claves de cómo la Iglesia puede dar la respuesta a los problemas de hoy
Scott Hahn explica cómo la Iglesia y la religión pueden reconstruir a la persona,la familia y la sociedadtras la crisis de Occidente en su nuevo libro, "Es justo y necesario".
Para el filósofo y teólogo Scott Hahn,bendecir la mesa, afirmar que un hombre o una mujer lo serán toda la vidao incluso la misma fe son hechos cada vez más perseguidos. EnEs justo y necesario(Palabra), argumenta queesta nueva persecución comienza al asumir la fe como algo privadoy que los cristianos solo tienen una forma de defenderse: aceptar que “el futuro de la civilización depende de la religión verdadera”.
Y para el autor, el “matrimonio” homosexual es un claro ejemplo que lo ilustra. Explica que esta corriente comenzó como “una idea radical sin apenas seguidores”. Únicamente -considera Hahn- “gracias a un uso abusivo del poder” y al rechazo social del verdadero matrimonio pudo consolidarse rápidamente.
“A comienzos de los años 80, el divorcio era normal en todos los estados”, relata. Poco después “la noción más común acerca del matrimonio era que atañía sobre todo a la convivencia y satisfacción mutua, sin relación con los hijos y, por supuesto, sin nada que ver con una promesa sacramental realizada ante Dios”.
Para Hahn, el camino hacia la ideología de género, el "poliamor" o incluso a los casamientos con uno mismo estaba servido, y todo “comenzó con la insistencia en crear una realidad religiosa propia” al margen de lo divino.
A lo largo de su nueva publicación, ofrece algunas claves de cómo la Iglesia y la religión pueden contribuir a superar la crisis de Occidente.
1. La religión, antídoto contra la "esquizofrenia"
Uno de los peligros de la modernidad son los “ídolos” que impiden “el fin para el que fuimos creados, estar en paz con nosotros, con la comunidad y con Dios”.
La política es, para Hahn, el ejemplo más evidente. “Periodistas y partidos buscan candidatos, cuya religión esté claramente separada de sus obligaciones profesionales, haciéndonos creer que hay facetas de la vida en las que Dios no importa”.
Frente a ello, “la verdadera religión ofrece una integridad del yo conmigo mismo, con la comunidad, con la creación y con Dios. Si la virtud de la religión describe las obligaciones hacia la verdad, y si la verdad es que Jesús es el principio de integridad de todo, entonces la religión será la que reconozca y manifieste esa integridad en nuestras vidas”.
2. Genera paz y justicia a través de la familia
Con la aparición de las “nuevas formas de familia”, Hahn observa como “la misma idea de familia está perdiendo su sentido: Si cualquier convivencia puede serlo, entonces nada lo es”. Constata, además, que las únicas relaciones que fomenta la cultura dominante “son las que se dan entre ídolos: negociación, suspicacias y rivalidades en las que solo puede ganar uno”.
“En el espíritu de la verdadera religión, por el contrario, la familia imita a la Trinidad y participa de ella”. Esto supone “tratar a los demás como portadores de la imagen de Dios y no como unidades que compiten por los recursos y el cariño”, pero también “dejar de lado los beneficios y las preferencias personales a favor del bien de los demás y de toda la familia”.
A su vez, este espíritu de sacrificio “nos prepara para llevar la paz y la justicia al mundo que nos rodea. De un modo natural, la sociedad empieza así a adquirir la forma de las familias que la componen y a formar a los individuos que se han educado en esas familias para entrar en ella.
Puedes adquirir aquí "Es justo y necesario" de Scott Hahn, editado por Palabra.
3. Es una argamasa que aúna sin uniformar
Tras la separación del orden político de la verdad religiosa, Hahn asegura que es imposible rechazar las fuerzas que desintegran la sociedad permaneciendo al margen de la fe.
“No es Cristo el que cause la división, sino el rechazo de la gracia”, explica. “Esa misma capacidad de elegir a Cristo también implica la no elegir ninguna”. Esta última “también significa elegir contra Él”, y es el gran objetivo del secularismo.
“El Santo Sacrificio atrae a nuestra presencia el principio que rige el orden político en sí, que es Jesucristo”, explica. “Sin la misa, y por tanto sin Cristo, acabaremos por abandonar la posibilidad de vivir juntos, seremos incapaces de concebir una realidad social fuera del individuo y el resultado será la desconfianza, la soledad y la falta de amistad”.
“Sin embargo, existe un principio unificador”, añade. “Es la respuesta que no nos puede dar ni el liberalismo, ni el consumismo o las políticas identitarias de izquierda o derecha. Solo un principio social por encima y fuera de la sociedad puede prometernos una unidad sin uniformidad: Cristo nos llama a todos hacia si”.
¿Por qué el futuro de la Civilización depende de la religión?
“En el mismo sentido en que la civilización depende de la santidad, lo hace también de la Iglesia”, explica. “La intercesión de los santos y los ángeles nos sigue sosteniendo y solo Dios sabe cuánto peor sería esta crisis sin su auxilio”, añade.
“De nosotros depende aceptar la invitación de Cristo a participar en su vida divina por medio de la Iglesia”, concluye Hahn. “La civilización necesita Amor, porque sin él será barbarie. Con el amor nuestras almas y la civilización serán más hermosas que nada que pudiese imaginar esta cultura secular, idólatra y nihilista”.
Argumentos contra el laicismo y un análisis profundo
Tras concluir el libro, el lector dispondrá de una profunda batería de argumentos frente al laicismo desde el ámbito individual hasta el familiar o político. También se verá enriquecido por la capacidad del autor para abordar las causas últimas de los grandes problemas que aquejan al cristiano en su vida pública.
Es justo y necesariogustará especialmente a todos aquellos que tengan inquietud ante la crisis de Occidente y la alternativa y soluciones que ofrece el pensamiento católico.
Elena Fortún, la creadora de Celia, y Lilí Álvarez, rezaban con Laforet... y sucedió lo inesperado
Carmen Laforet, que nació hace 100 años, en 1921, describió con lucidez su experiencia mística
Se cumplen cien años del nacimiento de la escritora barcelonesa Carmen Laforet el 6 de septiembre de 1921, quien se hizo famosa en 1944 al ganar el Premio Nadal con la novela Nada con tan solo 24 años.
También se cumplen 70 de su experiencia mística en diciembre de 1951, seis años después de alcanzar la fama. Fue una experiencia sacra que la transformó por completo y que vamos a analizar con detalle. Es posible hacerlo porque aunque las experiencias místicas, por definición, son inefables, Carmen Laforet usó su lucidez y dominio del lenguaje para describirla, en sus cartas y en su novela La mujer nueva.
¿Qué es una experiencia mística?
El filósofo inglés Walter Terence Stace estableció en 1960 5 características de las experiencias místicas en sus libros 'Mysticism and Philosophy'y 'Teachings of the Mystics'. Desde entonces han servido de base para casi todos los estudios psicológicos, estadísticos o sociológicos sobre la experiencia mística, que se definiría por estas 5 características:
1. La experiencia mística es "noética": da un conocimiento válido, real, y así lo sienten, describen y atesoran los que la han experimentado, no la sienten como un mero sentimiento o sensación,
2. La experiencia mística es "inefable": es realmente difícil expresarla con palabras
3. Se experimenta como algo sagrado o directamente religioso
4. Es profunda, a menudo gozosa, con una sensación de afecto positivo
5. Es paradójica, no se encajona en la lógica. Ralph W. Hood Jr, en 1985, ampliando la definición de Stace con estudios y estadísticas, añade que suele incluir una "experiencia de unidad", de 3 formas: el yo es absorbido en algo que lo trasciende, o el yo cobra una lúcida conciencia de sí mismo, o ambas cosas a la vez.
El porcentaje de población que ha tenido experiencias místicas es más amplio de lo que podría pensarse, aunque de distintos tipos o niveles de intensidad. Abraham Maslow (famoso por su "pirámide de Maslow" sobre las necesidades) sospechaba que casi todo el mundo debía experimentar alguna a lo largo de su vida.
Un estudio de 1978 de Robert Wuthnow sugería que un 50% de la población habría tenido "sensación de contacto con lo sagrado", un 80% habría experimentado "la belleza de la naturaleza de forma conmovedora" y un 40%, la sensación de "que estaban en armonía con el universo".
Un libro recomendable (en inglés) que analiza los estudios científicos sobre experiencias místicas y argumenta que son como una 'huella' que Dios deja en las personas es The Trace of God, de Joseph Hinman.
La experiencia de Carmen Laforet de 1951 cumple las 5 condiciones clásicas, y alguna más que se suele añadir, como el efecto transformador y duradero.
Doodle de Google sobre los 100 años del nacimiento de Carmen Laforet
Con motivo del centenario, Internet se llena de comentarios y recordatorios sobre la escritora. Quieren alabarla como autora femenina y les gustaría señalarla como feminista, capaz de desafiar la censura y de denunciar ambientes asfixiantes en la sociedad de postguerra española, en los años 40 y 50.
Pero el caso es que después de Nada y La isla y los demonios, su siguiente gran novela completa fue La mujer nueva en 1955 que es la historia de una mujer que tiene por pareja a un miliciano de quien engendra un hijo, y luego a un hombre casado con una esposa enferma... y luego encuentra a Dios en una experiencia mística y empieza a reorientar su vida.
Los aspectos extramaritales de la historia hicieron que la censura de la época dudara sobre su publicación, pero alguna autoridad eclesiástica intervino defendiendo la obra. Ahora las cosas han cambiado, y es es necesaria defenderla frente a los críticos a los que, simplemente, les molesta que Dios ose intervenir en la vida de la gente.
A los críticos feministas, marxistas o simplemente materialistas, tanto la novela como la conversión de Carmen Laforet les resulta muy incómoda. Algunos hablan de 'colapso' o de 'crisis' de la autora: "contenido retardatario, de una espiritualidad enfermiza y subyugada". Otros intentan rescatarla (a ella y a la protagonista de La mujer nueva) para el feminismo hablando de que "eligen" a Dios, como una excusa temática o técnica para su emancipación femenina, o que es una "sublimación" de sus opresiones.
Sin embargo, ni Carmen Laforet ni su personaje "eligen" a Dios. Ellas señalan más bien que resultan sorprendidas por Dios que las elige. Laforet usará dos veces (en una carta a Elena Fortún y años después en La mujer nueva) la idea de que Dios la levantó, la despertó, la elevó, tirándola por el pelo hacia arriba. No es que ella avanzara hacia Él; es Él que le sale al encuentro por sorpresa.
Un regalo... pero fruto de la oración de unas amigas
Sin embargo, la experiencia mística de diciembre de 1951 no llegó en un vacío. Laforet la entendía como un regalo gratuito de Dios, pero también la atribuyó a las oraciones constantes de la escritora Elena Fortún, popular autora de las historias infantiles de Celia, que rezaba por ella. Elena estaba en cama, enferma de cáncer. Laforet le había pedido que rezara para tener alegría... y eso fue lo que recibió. También su amiga Lilí Álvarez rezaba por ella.
Cartas seleccionadas entre Elena Fortún (en sus últimos 5 años de vida) y Carmen Laforet; Elena rezó por Carmen cuando era una joven madre y escritora alejada de Dios
En 2019, en el número 67 de la Revista Cálamo FASPE: lengua y literatura españolas, José Ignacio Peláez Albendea recopila los fragmentos sobre espiritualidad y religión de las cartas que intercambiaron Elena Fortún (Encarnación Aragoneses) y Carmen Laforet entre 1947 y 1952. La fuente es Carmen Laforet & Elena Fortún: De corazón y alma (1947-1952), una selección de 46 cartas que hizo Cristina Cerezales Laforet, hija de la autora.
Cuando empezaron a escribirse, Elena Fortún tenía 59 años y Carmen Laforet, 26, y se declaraba lectora enamorada de la serie de Celia. Laforet le aseguraba que con esa serie infantil aprendió a escribir. Se escribirán hasta los 64 de Elena y los 31 de Laforet.
En una carta de Nochebuena de 1950, Elena Fortún le dice a Laforet: “Rezo por ti y por los tuyos todos los días”. En febrero de 1951 Elena dice, de nuevo: “¿Sabes? Rezo por ti todos los días. Ya me he acostumbrado a hacerlo y tengo la seguridad del resultado”. En julio de 1951, ya enferma e internada en un hospital, Elena le cuenta una experiencia con un sacerdote que no le dio consuelo.
En septiembre de 1951 es Carmen la que empieza a escribir sobre Dios y explica a Elena como su contacto con la ex-deportista y periodista Lilí Álvarez (de nombre completo Elia María González-Álvarez y López-Chicheri, la primera española en competir en unos Juegos Olímpicos, en 1924) le había hecho pensar en Dios y leer cosas espirituales, algo que nunca antes le había interesado aunque creía en Dios vagamente.
Un reportaje de Cadena Cope sobre Lilí Álvarez (1905-1998), ganadora del Roland Garrós, deportista, patinadora, periodista deportiva... que impresionó a Carmen Laforet
"He conocido estos días a una persona que ha influido en mi vida de manera muy extraña y muy buena. Me ha hecho pensar en Dios, ¿sabes? Yo siempre he sentido una fe muy ingenua que no solo no iba acompañada al razonamiento, sino que se separaba de él por completo… Y sigo teniéndola. Pero no me había preocupado nunca de esta parte espiritual de la vida y de la salvación y la alegría que hay en ella", escribe Laforet en esa carta, meses antes de su experiencia mística.
"[Lilí Álvarez] no es ningún espíritu seráfico ni mucho menos, sino alguien que ha vivido y ha sufrido y que vive plenamente aún, y que ha podido encontrar la alegría y la paz en el sentimiento de amor de Dios… Y lo que me parece más extraño, en su sujeción a las reglas de la Iglesia, de una manera absoluta. Tanto me ha impresionado, que me he dedicado estos días a leer libros religiosos. […] [entre otros ha leído] La destinación del hombre, de Berdiaev. Hay dos capítulos, ‘La moral evangélica y la moral farisaica de la ley’ y ‘La actitud cristiana con respecto a los pecadores y malos’, que me impresionaron mucho. [...]
"Yo no sé por qué he pensado tan poco hasta ahora en el cristianismo y en la alegría que puede dar y en el amor que cabe dentro de él, sublimando las pasiones que uno tiene por fuerza. Quizá te aburro con estos temas que ni siquiera desarrollo; a ti que estás en paz de Dios sobre tus pinos con sol y nieblas, con tu soledad tan llena de ternura para todas las cosas que alcanzan tus ojos", finaliza esa carta.
Elena Fortún llevaba ya tiempo enferma y rezando y leyendo y respondió a Laforet en una carta con algunos consejos espirituales:
"Me alegra mucho que hayas encontrado una persona que te haya hecho pensar en Dios y en la salvación. En realidad, tu fe sencilla y sin razonamiento es la verdadera. La razón no tiene casi nada que hacer en lo eterno. Yo leo ahora muchos libros de religión que me prestan las monjitas. Algunos son insoportables, melíferos, llenos de superlativos a que a mí me producen un efecto nauseabundo, pero hay otros verdaderamente interesantes. San Agustín, San Francisco de Sales, con su Introducción a la vida devota, Santa Teresa, a la que yo adoro porque sabía más psicoanálisis que Freud".
Carmen Laforet y Elena Fortún: la conversión de Laforet fue una gran alegría y consuelo para Elena Fortún en sus últimos años, golpeada por la enfermedad
Y añade Fortún: “Sí, querida mía, aunque te parezca extraño es preciso pertenecer a una religión y sujetarse a sus dogmas. De otra manera, no hay nada estable en la conciencia”. La autora enferma añade: "Enseña a rezar a tus hijitas. Diles que hay un Dios que es su padre y se ocupa de ellas, y que un ángel se queda a la cabecera de su cama mientras duermen, y las cubre con sus alas. Ello es bonito como un cuento, y es además el símbolo de una gran verdad. ¿Tienes mi libro El cuaderno de Celia? Es la primera comunión de Celia".
La escritora enferma concluye la carta ofreciendo su oración por Laforet, agobiada por muchos asuntos y dura consigo misma: "Yo te ofrezco una ayuda auténtica. Es preciso que me digas lo que económicamente deseas y lo que esperas, y yo se lo pediré a Dios. Te aseguro que lo tendrás. Nunca me niega nada, y creo que a nadie, pero yo tengo muchas horas para rezar".
Laforet responde:
"Lo que me dices de pedir por mí me conmueve mucho porque creo en ello de todo corazón. Pero no quiero que pidas cosas materiales. Mira, las angustias de dinero que he tenido algunas veces me han importado, en realidad, tan poco que ni vale la pena pensar en ellas. He reflexionado mucho, seriamente, de verdad en lo que más deseo, y te pido que le pidas a Dios para mí solo una cosa: que yo tenga por dentro esa euforia de vivir, esa alegría interior que yo conozco bien, y que a veces pierdo desastrosamente. Cuando estoy sin ella, me parece imposible vivir".
Elena Fortún le contesta con cartas cada vez más profundas y espirituales. Repasa su vida y busca lo importante.
"¡Qué difícil es aprender a vivir! Algunas personas nacen sabiendo, otras no aprenden nunca", escribe el 20 de noviembre. "Ir descubriendo que el mundo espiritual tiene sus leyes como el material fue para mí obra muy lenta. Además, hay también leyes personales, porque Dios no nos trata a todos lo mismo. Un día vi que mi vida era como una pieza musical con tres o cuatro melodías que se repetían siempre", le explica. Luego le habla cuenta a Laforet como ve ahora que Dios sí le ha ido acompañando en su vida y dolores.
Y concluye Elena: "me gustaría contarte toda mi vida, ¡tan larga, tan azarosa y tan inútil! […] porque hemos podido vivir mejor, hemos podido emplearla mejor para nosotros y para los demás, y sobre todo porque a veces hemos hecho llorar a los que queríamos, y eso se convierte en espinas que para siempre nos pincharán el corazón, y nos parecerá nuestra vida, peor que inútil, mala. El cura viejecito que viene a confesarme me asegura que Dios me ha perdonado y que estos remordimientos me los da el diablo que no quiere mi paz..."
El 14 de diciembre de 1951 Elena Fortún escribe a Carmen Laforet una carta profética, con un conocimiento que parece sobrenatural: "Hace unos días que estoy inquieta por ti, no sé por qué pero lo estoy. Sospecho que lo estás pasando muy mal. […] Yo rezo, rezo mucho [por Laforet], pero tú sabes que hay un elemento con el que los humanos no contamos en las cosas del cielo y sin embargo allí es fundamental. Es el Tiempo o el Espacio, da igual. Para los que viven en la Eternidad. Nosotros pedimos esto para ahora, justamente para este momento, y allí debe caer como en algo acolchado que ahoga el ruido. Todo llegará, llegará un día cualquiera cuando más descuidada se esté y menos se espere".
"Un día cualquiera cuando más descuidada se esté..." Efectivamente, Carmen Laforet, al cabo de unos días, tiene la experiencia mística que le cambia la vida, después de haber leído los Evangelios, que le han impactado, al filósofo ortodoxo Nikolai Berdiayev, después de haber hablado con Lilí Álvarez y de haberse escrito con Elena Fortún, que reza por ella sin cesar.
Laforet explica su experiencia mística a Elena Fortún
La carta no tiene fecha pero es de la segunda quincena de diciembre de 1951. Está fresca la experiencia y la describe a su amiga, unidas por una amistad ya íntima y profunda.
»Me ha sucedido algo milagroso, inexplicable, imposible de comprender para quien no lo haya sentido y que sin embargo tengo absolutamente la obligación de contar a los que quiero… Y a todos, a todo el que quiera oírlo. Sé que no se puede comprender porque yo no lo comprendo. Y no sé por qué a mí, a mí me ha sucedido. ¡A mí! Ha sido debido a lo que habéis rezado por mí los que me queréis y al gran sufrimiento de alguien… Pero ha sido tan extraordinario, tan maravilloso que nunca sabré encontrar palabra para expresarlo".
Explica que fue a buscar a Lilí Álvarez a una iglesia (sabemos que eran los Jerónimos de Madrid), que Lilí había estado allí rezando por Laforet, que salió y hablaron un rato.
»…pero aquella tarde entendí sus puntos de vista con gran facilidad. Me despedí, y al volver a mi casa, andando, sin saber cómo, Elena, sin que pueda explicártelo nunca, me di cuenta de que mi visión del mundo estaba cambiada totalmente. Elena, cuando no se tiene esto puede uno ver un milagro con los ojos del cuerpo y no creer en él; pero cuando uno siente dentro, dentro de uno, el milagro más maravilloso, la transformación radical del ser, el mundo del misterio es solo lo verdadero. Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable… Es que no se puede no creer en ello".
»...rezo el credo por la calle sin darme cuenta. Cada una de sus palabras son luz. Elena, la Gracia tal como la he recibido es la felicidad más completa que existe. Jamás, jamás se puede sospechar una cosa así. […]
»No existe ni una tentación…, solo un temor desesperado de perder esta sensación de Dios que sabes que te ha venido así, que se te ha dado por un misterio, por una elección indescifrable a la que tu mérito es ajeno por completo. Mientras tengas esto estás salvada…, perderlo debe ser el mayor horror. Toda mi vida tiende a conservarlo. Todos los sufrimientos, todo lo que pueda sucederme no es nada si tengo esto" […].
»No se puede comprender. No se puede imaginar nunca lo que esto es… La Virgen y los santos y los dogmas todos de la Iglesia se acercan a uno, están dentro de uno. No puedo desear otra cosa en la vida que el que los que yo quiero tengan esta sensación infinita… y todos, todos los hombres, Elena. ¡Si la pudieran tener! Pero no se sabe por qué este milagro inexpresable viene y nos penetra y por qué precisamente algunos son elegidos". […]
»...hay personas piadosas y buenas y temerosas de Dios que jamás han sentido esto. Es una llamada, una hoguera, un deslumbramiento, una claridad de maravilla. Es como si abrieran dentro de nosotros las puertas de la Eternidad. Nunca lo podré decir, pero lo tengo que decir. Es VERDAD, todo es verdad, todo es verdad. La verdad me ha traspasado, me ha cambiado en una hora, en unos minutos de mi vida. Es verdad, Elena… ¡Y esa verdad ha venido a mí!”. [...]
»¿Por qué Él me ha cogido?... Una hora antes ni lo sospechaba. Todo lo que creía entender… ¡qué absolutamente velado estaba para mí, hasta que Dios quiso, hasta el momento fijado desde toda la Eternidad en que Dios quiso! Ahora sé que en Sus Manos soy algo…, no sé qué. Él me dirá". [...]
»Estoy en las manos de Dios. Nada le puedo pedir; nada más que no me abandone otra vez, y sí, que dé su Gracia a todos, que dé su Gracia…, otra cosa no sé decir ni pedir. Naturalmente he confesado y comulgado. Mi literatura ya no me importa. Sé que tengo que hacerla. Que tendré que trabajar más que nunca, pero mi nombre ya no me importa. Quiero a mi marido, a mis hijas con un amor nuevo y maravilloso, y a todos los hombres solo porque pueden ser salvados […]
»Mi vida ha cambiado mucho. […] Ahora sé lo que tengo que hacer. Sé también que muchas veces me parecerá duro, pero que en el fondo esa alegría de haber sentido esta llamada de Dios me sostiene… [...] No estoy trastornada en absoluto, ni nerviosa, ni deprimida, solo maravillada, arrodillada delante de Dios, asombrada de que me haya dado esto. Temblando de no saber conservarlo".
Las primeras reacciones
Elena Fortún se alegra de la experiencia de Laforet y le escribe con algunos consejos en ese mismo diciembre de 1951: "Lee si puedes a Santa Teresa (las Vida, Fundaciones y el epistolario)". Sobre su enfermedad comenta: "Nada de esto tiene importancia. Hay que morir de lo que sea…, de la enfermedad de la muerte que decía Santa Teresa. [Y concluye]: Que Dios no consienta que estés sola el último día".
Laforet responde que leerá a Santa Teresa, como le aconsejaba, y a San Juan de la Cruz. "Una vida nueva, extraordinaria, infinita me ha abierto sus puertas sin más mérito de mi parte que tener seres extraordinarios y santos a mi alrededor que han rezado por mí. Yo estoy aún conmovida. He visto claro estos días lo que tenía que hacer". Le adelanta su decisión de escribir una novela nueva, que sería La mujer nueva, publicada en 1955.
"Ahora la literatura mía solo me parece un medio, un instrumento al servicio de Dios… si él quiere. Si fracaso en eso será que es otra cosa lo que espera de mí. Éxito y fracaso por tanto me son ya absolutamente indiferentes, ¿sabes?", escribe.
En 1952 Laforet sigue escribiendo a Elena Fortún en los meses antes de morir su amiga: "La alegría no me abandona… Más que alegría, esa euforia interior que aunque sucedan cosas malas me mantiene sonriente por dentro y por fuera. Estoy convencida de que la tengo por ti". Añade Laforet: “Has rezado por mí. Dios te oye a ti siempre. Estoy segura de que hay en ti algo de santa”. Y al acudir a unos ejercicios espirituales en silencio: “Estos días voy a rezar mucho por ti, que tanto lo has hecho por mí, y con tanto y tan asombroso resultado”.
La experiencia mística traspasada a la novela
Muchos años después, la editorial Planeta publicó un recopilatorio sobre Carmen Laforet y ella explicó en un prólogo qué le llevó a escribir La Mujer Nueva.
"El hecho humano que motivó la temática de esta novela fue mi propia conversión (en diciembre de 1951) a la fe católica... Fe que podrá suponerse que me era natural, pues fui bautizada al nacer, pero de la que jamás me volví a preocupar después de salir de la infancia, y cuyas prácticas –para mí enmohecidas y sin sentido– había dejado totalmente. He huido en esta novela –precisamente por haberse motivado en una vivencia mía– de todo elemento autobiográfico, aparte de la sensación repentina de la Gracia. He creado un tipo de mujer, protagonista de mi libro, totalmente distinto de mi tipo humano, y la he colocado en situaciones, ambientes y circunstancias de conversión y lucha espiritual totalmente diferentes a las mías".
Así, en La Mujer Nueva, sólo hay elemento autobiográfico: "la sensación repentina de la Gracia". Aunque hemos detallado las cartas que cruzó con Elena Fortún, y Laforet reconoce su intercesión por oración, no considera su conversión un proceso sino una experiencia repentina. Y así en la novela, la protagonista, Paulina, también lo experimenta de repente, mirando por la ventana del tren. Lo que leemos de la experiencia mística de Paulina podemos aplicarlo a la de Carmen.
» De nuevo volvió a la ventana y la abrió. Entonces recibió en la cara el fresco aroma, el viento que la velocidad del tren producía, los chirridos de los pájaros, los fuertes colores de la tierra, que el sol caldeaba ya y que se confundían en el brillante amanecer.
» El amor –notaba el alma de Paulina–, el amor es algo más allá de una pequeña pasión o de una grande, es más... Es lo que traspasa esta pasión, lo que queda en el alma de bueno, si algo queda, cuando el deseo, el dolor, el ansia han pasado.
» El amor se parece a la armonía del mundo, tan serena. A su inmensa belleza, que se nutre incluso con las muertes y las separaciones y la enfermedad y la pena... El amor recoge en sí todas las armonías, todas las bellezas, todas las aspiraciones, los sollozos, los gritos de júbilo...
» El amor dispone la inmensidad del Universo, la ordenación de leyes que son matemáticamente las mismas para las estrellas que para los átomos, esas leyes que, en penosos balbuceos, a veces, descubre el hombre.
» El Amor es Dios –supo Paulina–; Dios, esa inmensa hoguera de felicidad y bien, en la que nos encontramos, nos colmamos, a la que tendemos, a la que tenemos libertad para ir y vamos, si no nos atamos nosotros mismos piedras al cuello...
» Paulina tenía una cara casi contraída por la atención. Veía acercarse un pueblecito como dibujado con tinta china en la mañana. Un grupo de casas color de tierra, un campanario de iglesia y, en lo alto, un nido de cigüeñas. Las campanas volteaban y, según el tren se iba acercando, pudo oírlas.
» De repente, sintió como una llamarada de felicidad... Mucho más que eso. Lo que sentía no cabe en la estrecha palabra felicidad: Gozo.
» Por primera vez en la vida, Paulina supo lo que es el gozo.
» Algo sin nombre le había ocurrido, le estaba ocurriendo fuera de toda la experiencia de cosas humanas que le hubiesen sucedido en su vida...
» Como si un ángel la hubiese agarrado por los cabellos y la hubiese arrebatado hasta el límite de sus horizontes pequeños de siempre, y hubiese abierto aquellos horizontes, desgarrándolos y enseñándole un abismo, una dimensión de luz que jamás hubiese sospechado...
» La dimensión de la vida que no se encierra en el tiempo ni en el espacio y que es la dorada, la arrebatada, la asombrosa, inmensa dimensión del Gozo. El Porqué del Universo, la Gloria de Dios. El Gozo.
Leer estos párrafos con detenimiento y compararlos con los de otros autores con una experiencia mística muestra similitudes asombrosas, que nacen de una experiencia que coincide. Laforet habla de lo que ha vivido y le aplica su precisión de lenguaje. Este libro de 1955, a partir de la experiencia de 1951, cumple, como con un manual, con las definiciones de W.T.Stace en 1960 o las de Hood en 1985: salir de sí, alegría, sensación positiva, realidad noética, efecto duradero...
Carmen Laforet con sus cinco hijos de pequeños; hablaba con Elena Fortún de su crianza e inquietudes... y después de Dios
La muerte de Carmen Laforet
El resto de la vida de Laforet no fue fácil. Nunca dudó de su experiencia mística y de Dios, pero no encontró una comunidad de fe en la que sentirse acompañada y le decepcionaron muchos creyentes. Vivió 7 años intentando encajar en la oferta religiosa que encontraba a su alrededor en la España de los años 50, con cinco hijos. Después, desconectó de la vida sacramental y eclesial, pero no de Dios y la oración.
Casada prematuramente, esperó a que sus hijos crecieran y se separó en 1971. Siguió juzgándose con dureza y, así, escribiendo poco y publicando menos.
Al escritor Ramón J. Sender, con quien se escribió mucho, le dijo muchos años después en una carta: "Para mí la cosa de Dios ha sido tremenda. Primero como algo que vino desde fuera. Luego una búsqueda de siete años en que hice las mayores idioteces y las dejé y me metí por los vericuetos de nuestro catolicismo español en lo que tiene de venero religioso y en lo que tiene de absurdo y enmohecido y todo. Luego una enfermedad física de todas estas contradicciones entre lo que hacía y mi manera de ser. Y luego otros siete años en los que estoy de casi huida, de volver a mi ser, de encauzar mi razón. Pero siempre encuentro a Dios en todas partes. A veces es como una locura tranquila. Si me voy a París, Dios está en París. Si voy a USA, Dios está en USA. Si creo que lo he olvidado, me doy de narices contra Él".
Con alzheimer, ya perdida el habla, en un momento de mejoría en 2004, pudo reconciliarse con sus seres queridos y la Iglesia. Lo escribió su hija Cristina Cerezales en 2009. A su marido, describe de esos momentos finales, "le contempla larga y profundamente y se dirige a él. Los demás presenciáis la escena en silencio y veis cómo ella le coge la mano y se la lleva a los labios arropándole en una mirada de amor, de amor completo que recoge lo bueno y lo malo. Le perdona y se perdona en su relación con él. Por fin ha podido cumplir lo que ella tanto deseaba".
Un monje carmelita de Duruelo, el padre Alfonso, le da los últimos sacramentos. "Ha llegado el padre Alfonso. Ella inclina la cabeza cuando él hace la señal de la cruz. […] Alfonso le cuenta que él ha vivido una experiencia espiritual similar a la que vivió ella. Le dice que le parece muy bien que ella haya hecho el esfuerzo de contarla en un libro. Él, que había vivido esa experiencia, la reconoció al leerla, y quien no la haya vivido puede acercarse un poco a ella con la imaginación y anhelarla. Él sabe muy bien que es algo inenarrable, pero le parece bueno el intento de describirlo. Le pregunta si quiere confesarse y ella asiente. Sales de la habitación para respetar esa confesión que no puedes imaginar desde su silencio. El sacerdote pasa un rato encerrado con ella, un tiempo que se te antoja muy largo. Él nada explica cuando se reúne contigo y tú nada preguntas", escribe su hija Cristina, la cronista.
El intento de describir lo inenarrable merece ser leído y meditado, y el arte de la escritora, sin duda, servirá a muchos para ello.
En 1955, el periodista y hoy beato Manuel Lozano (Lolo) escribía sobre Carmen Laforet y su libro La Mujer Nueva (que aún no había leído)