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jueves, 29 de junio de 2023

12 retablos religiosos que hay que ver una vez en la vida

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Pierre Paul Rubens (1577-1640), La descente de la Croix, huile sur toile, 420 x 320 cm, Anvers, Cathédrale Notre-Dame © DR

Del Renacimiento italiano al arte contemporáneo, Aleteia ha seleccionado estas obras para ti

Antiguo y Nuevo Testamento, santos y mártires, son temas abundantes en estas obras de encargo o de devoción personal. Realicemos un paseo estético y espiritual a través de los siglos para descubrir o redescubrir a los grandes maestros de la pintura religiosa.

  1. La coronación de la Virgen, de Fra Angélico

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Este impresionante retablo fue pintado por el año 1430 por Fra Angélico para el convento dominico de San Domenico en Fiesole, cerca de Florencia. La coronación de la Virgen es una escena descrita en los evangelios apócrifos y fue un tema popular durante el siglo XIII tras la publicación de La leyenda dorada, de Santiago de la Vorágine. Fra Angélico representa aquí a la Virgen María arrodillada ante su hijo, rodeada de un coro celestial de ángeles y santos, sobre todo dominicos. Se reconoce a san Pedro mártir por su cráneo ensangrentado, a santo Tomás de Aquino que sujeta sus escritos teológicos, mientras que santo Domingo va acompañado de una estrella roja y una flor de lis. Más tarde, Fra Angélico se convertiría en prior de este mismo convento. El cuadro se puede admirar en las salas de pintura italiana del Museo del Louvre.

  1. Lamentación sobre Cristo muerto, de Andrea Mantegna

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Esta obra atípica, realizada por Andrea Mantegna hacia el 1480, es conocida por su ajustado encuadre en torno a una espectacularmente resumida perspectiva del cuerpo de Cristo. Acostado sobre una cama de mármol, el Hijo de Dios se presenta al espectador en una posición poco habitual, inquietante. La cercanía del cuerpo difunto permite contemplar con facilidad los estigmas de manos y pies. Dos mujeres lloran desde el margen la muerte de Cristo, son su madre y María Magdalena, además del apóstol Juan. Estos personajes quedan relegados a una esquina del lienzo, poco visibles, y ni siquiera se muestran sus rostros completos, lo cual dirige más la atención sobre el protagonista de la imagen. También nos recuerdan la Pasión y contribuyen a dar más humanidad a la muerte de Cristo, fijo en una atmósfera helada. Para contemplar esta obra, que no parece haber sido fruto de un encargo, diríjase a la Pinacoteca de Brera, en Milán.

  1. La última cena, de Leonardo da Vinci

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Obra imprescindible, este fresco de Leonardo para el refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie está fechado entre los años 1494-1498. Fue un encargo del duque de Milán, Ludovico Sforza, de ahí que figure su escudo de armas en la parte superior de la obra, junto a las insignias de su esposa Beatrice de Este. El proyecto del duque era hacer de Santa Maria delle Grazie el mausoleo de la familia Sforza. Leonardo da Vinci continúa la tradición medieval de representar la última cena de Cristo en los refectorios monásticos. El artista ilustra con gran precisión el momento en que Jesús pronuncia la frase: “En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me traicionará”, lo que motiva diversas reacciones entre los doce apóstoles. Tómese el tiempo necesario para observar este fabuloso fresco en la iglesia de Santa Maria delle Grazie de Milán.

  1. La Virgen con Jesús niño y el pequeño san Juan Bautista, de Rafael

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Más conocida con el nombre de La Bella Jardinera, esta obra de Rafael Sanzio fue pintada en 1507 o 1508, al final de su estancia en Florencia. Dentro de una composición piramidal, la Virgen rodeada de su Hijo y de san Juan Bautista niño se yerguen ante un paisaje campestre. En primer plano, la presencia de las flores no es trivial: las violetas aluden a la humildad de la Virgen, mientras que las aguileñas refieren a la Pasión de Cristo. De esta forma contribuyen a la atmósfera bucólica que se desprende en la obra. No se contente con fotografías, vaya a disfrutar de la obra por usted mismo al Museo del Louvre.

  1. Las bodas de Caná, de Veronese

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Una escenografía increíble, con trajes suntuosos, colores brillantes y esplendorosos: Las bodas de Caná es un cuadro difícil de olvidar. Encargada para el refectorio benedictino de San Giorgio Maggiore, el conocido como Veronés pinta la obra en 1562-1563. Puesto que el artista llevaba en Venecia ya diez años, se tomó la libertad de transformar el episodio bíblico en un fastuoso banquete veneciano, mezclando alegremente lo profano con lo sagrado. Encontrará esta obra en el Museo del Louvre, colgada justo en frente de La Gioconda.

  1. El martirio de san Mauricio, de El Greco

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Pintado para el palacio de El Escorial del rey Felipe II de España, El martirio de san Mauricio ha suscitado intensos debates. El Greco ejecutó esta obra entre 1580 y 1582 sin ser fiel a los dogmas del Concilio de Trento, según la Inquisición. En efecto, sólo Dios es adorado, los santos por sí mismos no pueden ser venerados. Sin embargo, los ángeles que flotan en el cielo coronan al santo, sugiriendo una naturaleza divina inaceptable. La historia de san Mauricio se remonta a finales del siglo III bajo el emperador romano Diocleciano. Junto a sus compañeros de armas, Mauricio fue martirizado por negarse a perseguir a los cristianos y por rechazar el culto del emperador. La leyenda cuenta también que había encontrado la lanza del soldado Longino. Para disfrutar de este cuadro, visite el monasterio real de San Lorenzo de El Escorial, cerca de Madrid.

  1. La decapitación de san Juan Bautista, de Caravaggio

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Encargo del gran maestro de la Orden de San Juan de Jerusalén para la capilla de novicios. Este cuadro de Caravaggio descansa desde 1608 en la Catedral de San Juan de La Valeta, en Malta. El pintor de origen lombardo representa un momento preciso del episodio bíblico: el golpe final del verdugo para desprender la cabeza del cuerpo de san Juan Bautista. La bandeja ya está lista en las manos de Salomé, que se inclina hacia su víctima. La sangre brota, un grito silencioso escapa de los labios entreabiertos del prisionero, con los ojos cerrados. Esta obra maestra está –hecho bastante raro– firmada por el artista. Una firma ensangrentada, trazada con la sangre del santo, donde se lee “F Michel Angelo”, que podría aludir a la reciente entrada de Caravaggio entre los caballeros de la Orden de Malta.

  1. El descendimiento de la cruz, de Peter Paul Rubens

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Pierre Paul Rubens (1577-1640), La descente de la Croix, huile sur toile, 420 x 320 cm, Anvers, Cathédrale Notre-Dame © DR

En la catedral de Notre-Dame de Amberes, el tríptico magistral de Rubens pintado en torno a 1616 deslumbra a fieles y visitantes. La obra, encargo de una hermandad de maestros arcabuceros, constituye una réplica a La elevación de la cruz, realizada por el mismo artista. Las tres partes del tríptico son, de izquierda a derecha: la visitación, el descenso de la Cruz y la presentación de Jesús en el templo. Influido por el arte veneciano, Rubens nos entrega una obra conmovedora donde el Cristo muerto, con su deslumbrante blancura y en su manto inmaculado, anuncia ya su inminente Resurrección.

  1. El martirio de san Erasmo, de Nicolas Poussin

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Nicolas Poussin (1594-1665), El martirio de san Erasmo, óleo sobre lienzo. 320 x 186 cm, Roma, Pinacoteca Vaticana © Pinacoteca Vaticana

El martirio de san Erasmo, pintado por Nicolas Poussin en el siglo XVII, es un cuadro desgarrador. Erasmo de Formia, santo patrón de los marineros, fue martirizado en el 303, en tiempos de Diocleciano, por no haber querido someterse al culto pagano. El pintor ilustra el suplicio con veracidad: el verdugo que extrae los intestinos del santo y los enrolla alrededor de un árgano de marinero. La imagen se construye en torno a la oposición del cuerpo del mártir y de la estatua de oro de Hércules, ambos desnudos, uno sufriendo y el otro victorioso. Diríjase a la Pinacoteca Vaticana en Roma, lugar de conservación del cuadro.

  1. El retorno del hijo pródigo, de Rembrandt

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Obra principal de la Edad de Oro neerlandesa. Rembrand ejecutó El retorno del hijo pródigo hacia 1668. Lejos de representar las festividades y el banquete que acompañaron el retorno del hijo, el artista se concentra en la relación entre el padre y el hijo. El perdón y la contrición son el auténtico tema de esta emotiva obra. Puede admirar este cuadro en el Museo del Hermitage de San Petersburgo.

  1. El Cristo muerto con dos ángeles, de Edouard Manet

Working Title/Artist: The Dead Christ with Angels Department: European Paintings Culture/Period/Location: HB/TOA Date Code: Working Date: 1864 photography by mma, Digital File DT856.tif retouched by film and media (jn) 12_22_15

Presentado por Manet al Salón de Arte de París en 1864, El Cristo muerto es una obra que “hizo mucho ruido”. Los críticos denunciaron con virulencia el cuerpo cadavérico de Cristo, que juzgaban demasiado realista. Sin embargo, hoy en día este Cristo interpela a un espectador que no puede más que sucumbir conmovido ante la imagen. Las palmas abiertas y estigmatizadas, los ojos entreabiertos elevados al cielo, el costado herido por la lanza: el hijo de Dios se ofrece para salvar a la humanidad. Descubra este cuadro en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

  1. La tentación de san Antonio, de Salvador Dalí

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Obra del pintor español de los bigotes extravagantes, La tentación de san Antonio se realizó en 1946 en Nueva York. Arrodillado en el desierto, san Antonio desnudo trata de alejar a los demonios surrealistas blandiendo una cruz. Esas tentaciones asumen unas formas sorprendentes: elefantes de largas patas, un caballo triunfal enajenado, formas fálicas, una seductora mujer desnuda, un obelisco de oro. Una obra cuya visita es imperativa en los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica, en Bruselas.

Marie Fournier, Aleteia

Vea también     La Vocación del Artista
























 

lunes, 26 de junio de 2023

Potente mensaje del Papa a los artistas: les pide ser profetas, incomodar y usar la ironía


Francisco llega en silla de ruedas al encuentro con artistas en la Capilla Sixtina

Hace 50 años los Museos Vaticanos hicieron su primera gran apuesta por el arte moderno (moderno hace 50 años, se entiende) con una exposición de obras contemporáneas, empezando unas colecciones que aún se pueden visitar. Ese aniversario ha sido ocasión para que numerosos artistas de todo el mundo acudieran al Vaticano, visitaran algunos de los espacios más hermosos del mundo y fueran recibidos por el Papa en una audiencia en la que reconoció a los artistas como "profetas".

"Ustedes son un poco como los profetas", dijo el Pontífice en el excepcional marco que es la Capilla Sixtina, hablando ante pintores, escultores, músicos, arquitectos y hombres de letras. "Ustedes saben mirar las cosas en profundidad y en la distancia, como centinelas que achican los ojos para escrutar el horizonte y sondear la realidad más allá de las apariencias", añadió.

"Están ustedes llamados a sustraerse al poder sugestivo de esa supuesta belleza artificial y superficial tan extendida hoy en día y a menudo cómplice de los mecanismos económicos generadores de desigualdades. Esa belleza no atrae, porque es una belleza que nace muerta. Es una belleza ficticia, una belleza cosmética, un maquillaje que esconde en lugar de revelar", advirtió el Pontífice.

Aliados de la Iglesia, con una amistad natural y especial

El Papa declaró que siente a los artistas como "aliados en tantas cosas que me importan, como la defensa de la vida humana, la justicia social, de los últimos, el cuidado de la casa común, el sentirnos todos hermanos".

Comentó que la amistad de muchos siglos entre la Iglesia y los artistas es "una amistad natural porque el artista toma en serio la profundidad inagotable de la existencia, de la vida y del mundo, incluso con sus contradicciones y sus lados trágicos".

"El artista recuerda a todos que la dimensión en la que nos movemos es la del Espíritu” observó también el Papa. “Vuestro arte es como una vela que se llena del Espíritu y hace ir adelante. Por ello, la amistad de la Iglesia con el arte es algo natural. Y también es una amistad especial por los tramos de historia recorrida juntos, que pertenecen al patrimonio de todos, creyentes y no creyentes".

Citas de Guardini y Hannah Arendt

Francisco cito al teólogo Romano Guardini, quien decía que, mientras crea, el artista se parece a un niño y a un vidente. Se sirve de la espontaneidad del niño para moverse en el espacio de la invención, de la novedad, de la creación, y de la agudeza del vidente que capta la realidad.

Y recordando palabras de una gran pensadora como Hannah Arendt, el Papa afirmó que “lo propio del ser humano es vivir para aportar al mundo la novedad. Ésta es la dimensión de fecundad del hombre, aportar novedad”. También citó a la mística y filósofa Simone Weil, quien escribió (en La Sombra y la Gracia): "La belleza seduce a la carne para poder tener acceso al alma".

La Capilla Sixtina acogió el encuentro del Papa Francisco con artistas el 23 de junio

"La creatividad del artista parece participar así de la pasión generadora de Dios. Esa pasión con la que Dios nos ha creado. ¡Ustedes son aliados del sueño de Dios! Son ojos que miran y que sueñan. No basta con mirar, hay que soñar. Y también, al tener la capacidad de soñar nuevas visiones del mundo y de introducir novedad en la historia, el artista también se parece a los videntes", avisó el Pontífice.

Arte que critica, molesta, inquieta

Sobre el papel profético y de denuncia, el Papa dijo que el arte "quiere actuar como conciencia crítica de la sociedad, quitando el velo de la obviedad”, revelando la realidad incluso en sus contradicciones.

Por eso, como los profetas bíblicos, el artista puede usar la ironía y el sentido del humor, hechos que nos perturban, criticar falsos mitos y nuevos ídolos, denunciar discursos banales y artimañas del poder, dijo el Papa.

Y a menudo lo hacen con ironía, una virtud maravillosa, tan presente en la Biblia. (El texto del Papa menciona tres veces la ironía como herramienta artística; el Catecismo condena la ironía en su párrafo 2481 cuando "trata de ridiculizar a uno caricaturizando de manera malévola tal o cual aspecto de su comportamiento").

Por eso, tanto el arte como la fe buscan "inquietar un poco" y despertar a la gente. "El arte y la fe no pueden dejar las cosas como están: las cambian, las transforman, las convierten, las mueven. El arte nunca puede ser un anestésico; da paz, pero no adormece las conciencias, las mantiene vigilantes", insistió el Pontífice.

Pero también existe la obligación de mostrar "la luz, la belleza que salva", en medio de "la oscuridad de lo humano, del individualismo y de la indiferencia".

Frente a las "colonizaciones ideológicas mediáticas", los "conflictos lacerantes y una globalización homologante que convive con tantos localismos cerrados", el papel de los artistas es "ayudar a dar espacio al Espíritu".

Y también pidió a los artistas "que no olviden a los pobres, que son los preferidos de Cristo, en todas las formas en que uno es pobre hoy en día. Los pobres también necesitan arte y belleza. Algunos experimentan duras formas de privación de la vida; por eso, lo necesitan más".

Por último, deseó que sus obras "den gloria a Dios, que es Padre de todos y a quien todos buscan, también a través del arte".

P.L.G., ReL

Vea también      Via Pulchritudinis, la vía de la belleza,camino privilegiado de evangelización y diálogo