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jueves, 2 de junio de 2016

Cuando Jesús convenció a Teresa de Calcuta de fundar las misioneras de la caridad

Recién publicado un libro que narra la misteriosa locución
que la religiosa albanesa tuvo en un tren en la India

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Gelsomino del Guercio, aleteia
Sor Teresa está viajando en un tren, a Calcuta. Estamos en 1946. Ese día tuvo lugar un hecho que cambió para siempre la vida de la religiosa, de la futura Madre Teresa, la “mamá de Calcuta”.


Alrededor suyo, en el vagón, todos los pasajeros duermen. Ella en cambio está despierta y se siente agotada. No deja de rezar, de reflexionar, de meditar sobre su condición. “Quién sabe cómo sufren esas madres que no pueden dar de comer a sus niños, que los ven morir sin poder hacer nada por impedirlo, debe ser atroz”, dice susurrando para sí misma.

La voz de Jesús
En ese punto, cuenta Roberto Allegri en “La Mamma di Calcutta. Madre Teresa” (La Mamá de Calcuta, Madre Teresa. Ancora editrice) sucede un hecho increíble. “En India hay muchas almas puras, muchas almas santas que tienen sólo el deseo de darse a Dios”, dice una voz, de repente. Sor Teresa levanta la cabeza, mira a su alrededor, pero todos duermen.

“Si sólo respondieses a mi llamada y me trajeras estas almas. Si tu las arrancaras al demonio”. Dice de nuevo la voz. Está por todas partes, Teresa no la oye sólo con los oídos, sino que advierte que la voz está en su propia mente. Y está también en el aire, en el compartimento, parece venir de los propios pasajeros dormidos.

“Salva a los pobres”
Teresa comprende, esa voz es una intuición, y su corazón empieza a latir fuerte, la emoción es enorme. Une las manos, las aprieta contra el pecho, se inclina hacia adelante. “¡Jesús! Jesús, eres tu. Te escucho, Señor, ¡Háblame, sigue hablándome!”.

“Si sólo supieras cuánto dolor siento al ver todos esos niños por las calles. ¡Toda esa gente desesperada!». La voz es aún más alta, fragorosa. Teresa responde: “Señor, esos pobres te esperan. Esperan tu ayuda, no les abandones”. Y Jesús: “No puedo ir donde ellos solo. No me conocen, ¡no me quieren! Ve tu, Ve tu entre ellos y llévame contigo”.

Teresa: “¿Yo? ¿Quieres que vaya donde los pobres que he visto esta noche?”.

Jesús: “Ellos. Y muchos otros. Yo deseo entrar en sus casas oscuras y tristes. Llévame a ellos, sé su víctima. Inmólate en tu amor por mi, así ellos me verán. Así me amarán a su vez”.

Los hábitos de María
En este punto Teresa pregunta perpleja: “¿Qué significa, que debo ser su víctima?”. Jesús: “Tu vocación es la de amar y sufrir. Y salvar las almas. Actuando así, realizarás el deseo de mi corazón”.

Cuando la monja pregunta a Jesús qué debe hacer, el Señor responde así: “Quiero monjas indias. Que sean misioneras de la caridad, que sean mi fuego de amor entre los pobres, entre los que mueren por la calle. Estas monjas me llevarán a los pobres y ofrecerán sus vidas por las almas”.

Jesús dice también: “Te vestirás con los hábitos de la sencilla, come vestía mi madre que era pobre y humilde. Tu sari será mi símbolo”.

Teresa titubea. “Señor, no se si seré capaz…”

Y aquí el último mensaje de Jesús: “No debes temer nada, yo estaré siempre con te. No me rechaces, déjame actuar. Confía siempre en mi, confía en mi ciegamente. Reza siempre con fervor y todas las dificultades desaparecerán.

En las manos del Señor
Teresa esta en oración, inmóvil, los ojos aún cerrados, pero llena de alegría, una alegría tan poderosa que la deja sin fuerzas, cansada. “He hecho como me has dicho, mamá”, dice moviendo apenas los labios. “He puesto mis manos en las de Jesús, y Él me las ha estrechado con amor”.

El gran viaje del discípulo incrédulo

Fortalecer la fe recorriendo el trabajo interior del apóstol Tomás, el "incrédulo" del Evangelio

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Silvia Lucchetti, aleteia
“La Settima perla, il grande viaggio del discepolo incredulo” Alessandro Saporetti (San Paolo Edizioni) – “La Séptima perla, el gran viaje del discípulo incrédulo” – es un recorrido en la vida de fe del apóstol Tomás, el incrédulo por excelencia. El autor imagina que lee en el corazón del apóstol, dando voz a los pensamientos, perturbaciones, fatigas y alegrías que él sintió tras la muerte de Jesús, pero que humanamente pertenecen a todos nosotros. El corazón de Tomás es imagen del corazón del hombre, del creyente y de su recorrido de fe.

La obra compuesta por siete capítulos recorre el itinerario espiritual del apóstol desde el domingo de Pascua hasta el domingo in Albis, día en que finalmente encuentra a Jesús resucitado. El autor, al narrar esta semana de sufrimiento y búsqueda, subraya algunos pasajes de los textos evangélicos, y utiliza imágenes para explicar las etapas de este camino espiritual.

“El desierto o noche oscura” como momento de acercamiento del discípulo a la cruz, “las capas de terreno en el corazón del discípulo” que representan los obstáculos de la vida espiritual, “las perlas escondidas” que representan los momentos cruciales para reencontrar con la oración los instrumentos para continuar en el camino de fe.

Monseñor Giancarlo M. Bregantini escribe en la introducción al texto, a propósito de la incredulidad de Tomás que, a diferencia del resto de los apóstoles, no había todavía visto al resucitado:
“(…) Cierto, debe ser tremendo oír decir, casi como desafío fraterno, pero punzante: “nosotros…. nosotros hemos visto al Señor”. 

Ciertamente, en su tono no había desdén ni ironía. Ciertamente no. Y, sin embargo, creemos que en su corazón, en el de un discípulo fiel, siempre vigilante y atento, esa no presencia, ese no haber estado, debe haber significado una herida muy amarga. Dura de aceptar”.

  1. La mirada del Señor
Tomás vio morir a Jesús, asistió a sus sufrimientos. Sus ojos y su corazón están aún llenos de la pena por la muerte. Cuando los apóstoles y María de Magdala le anuncian que el Maestro ha resucitado y está vivo, Tomás no lo puede creer.

“¿Cómo pueden sonreír tan pronto basándose en una noticia que no tiene ningún fundamento? Para un hombre práctico como yo no hay lugar para estos cuentos de fantasía. Si los hechos han verdaderamente cambiado quiero pruebas certeras… sin embargo, advierto aún las palabras de Jesús dentro de mí: Resucitaré al tercer día…. me atraviesan de lado a lado”.

El apóstol vence la tentación de dejar perder todo recorriendo el camino junto a su Maestro y descubriendo la perla escondida en su corazón: la mirada de Jesús que se posa en él.

  1. Reconocerse pequeños
Tomás instintivamente quisiera vengar al Señor, pero al mismo tiempo siente el deseo de perdonar a los enemigos que lo han condenado a muerte. Aunque afligido, logra encontrar su segunda perla escondida: la humildad.

“(…) Intuye que, si quiere encontrar al Mesías, debe reconocerse pequeño, permanecer humildemente de rodillas hasta las lágrimas y besarle sus santos pies que fueron traspasados por los clavos de la cruz. (…) Dentro de sí percibe que el Espíritu lo empuja, provocándole un gran deseo de pedir humildemente perdón, especialmente por sus pecados de incredulidad”.

  1. La fe crece cuando es puesta a prueba
La fe incluso cuando es aparentemente madura es débil frente a las tentaciones, y para madurar y no ceder a las seducciones del mal necesita de la prueba.

“Esa perla escondida nos buscará, como dice san Pablo, esa que es definida “la armadura de Dios”, simbolizada por el “escudo de la fe” y el “yelmo de la salvación”, para rechazar los dardos de fuego del maligno”.

  1. La Eucaristía
Entre las muchas tentaciones que el apóstol Dídimo vive tras la muerte de Jesús, una de las más fuertes es la de usar otros alimentos para nutrirse excluyendo la cruz. En los periodos de dificultad cada uno de nosotros corre el riesgo de crear, dice el autor, un Dios a su imagen y semejanza, mientras que “la vía de Cristo es mejor, porque fuera de ella no existen otras auténticas”.

Nunca es conveniente esquivar las cruces, incluso las más pesadas que el Señor nos pide para madurar nuestra fe. Jesús quiere que le llevemos con él (…) la Eucaristía es el único alimento que nos confirma en las situaciones de prueba ayudándonos a permanecer en la recta vía. Eso es posible incluso cuando no hay motivación y existe la impresión que el mundo cae alrededor, como le sucedió a Tomás.

  1. El agua viva
El apóstol está viviendo la experiencia del “desierto”, la terrible aridez de los momentos de crisis espiritual en que, sólo perseverando en la fe, es posible recibir el Espíritu Santo que es agua viva.
“(…) Cuando el peso de la cruz aumenta, se tiene la tentación de buscar fuentes que están más cerca de la mano y, sobretodo, que puedan quitar la sed inmediatamente. Se trata de fuentes ficticias, porque asemejan a esos caminos de fácil acceso que buscan el éxito o la gratificación en poco tiempo, obtenidos sin esfuerzo. Si confiamos, en cambio, en esa pequeña reserva que tenemos, cuando el periodo de prueba ha terminado, el Señor mismo proveerá a encender nuestra llama. Es el esfuerzo de permanecer en la vía estrecha, es decir, no abandonar la oración perseverante, incluso cuando no es tan agradable, incluso cuando se llega a creer que no sirve para nada o que es sólo una pérdida de tiempo. De hecho quien deja de rezar, deja de buscar a Dios”.

  1. La luz
Tomás, el sexto día después de la muerte del Maestro busca la luz, una ayuda eficaz para sostener el peso “oscuro e insidioso” de la incertidumbre.

“(…) En el evento de la Transfiguración, la excesiva incomprensión frente a la Pasión, el extremo cierre frente al misterio, habían ofuscado el corazón de Pedro, Santiago y Juan, a tal punto que terminaron por dormirse. Pero la magnificencia de la teofanía logró sacudirlos y despertarlos, para que pudieran contemplar la luz de la gloria que brillaba en el rostro de Cristo. En los momentos de gran crisis, sin embargo, puede suceder que intervenga el mismo Señor, por iniciativa propia, para reavivar la llama de la vigilancia”.

  1. “Felicidad en Cristo”
Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.» (Jn 20, 26-29).


Finalmente, después de una larga búsqueda, Tomas encuentra a Jesús resucitado y lo reconoce como “su Señor y su Dios”.

“(…) En esta proclamación está el sabor de una experiencia nueva que le ha hecho degustar una unión íntima con el Esposo y el toque extraordinario de su gloria revelada”.

Lo que sintió Tomás en ese momento, y cada uno de nosotros cuando vive intensamente la experiencia del encuentro con Cristo, puede traducirse, como sugiere el autor, con las palabras del profeta Isaías:
“Con gozo me gozaré en el Señor, exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto como el esposo se pone una diadema, como la novia se adorna con aderezos” (Is 61,10)

La oración en pareja, una respiración vital para nuestro matrimonio

"Donde están dos o tres reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos"

Aun siendo difícil de poner en práctica, la oración conyugal es la que coloca a Dios en medio de la pareja, la que nos hace existir como pareja cristiana.

Lejos quedaron aquellos días de preparación para el matrimonio en los que nos comprometimos a rezar juntos todas las noches…
Al principio, nos limitábamos a recitar juntos unos cuantos Ave María, a agradecer a Dios la vida que teníamos y a confiarle nuestras intenciones…

Cada noche el mismo ritual… y luego, al cabo de unos meses, cansados de esta oración cotidiana a la que habíamos dado un carácter mecánico, y alejados cada vez más del entusiasmo de los primeros meses de matrimonio, dejamos de rezar.

Sin duda alguna, habíamos entendido mal el profundo sentido de todo aquello; lo hacíamos por una especie de exigencia de nuestro amor, una exigencia que no habíamos ni meditado ni analizado lo suficiente.
Tampoco hay duda de que, sencillamente, no sabíamos cómo rezar juntos.

La oración conyugal, elemento fundador de nuestra comunión
Aunque probablemente sea “el aspecto más difícil de nuestro compromiso”, según Alex y Maud Lauriot Prévost, miembros de la congregación de parejas misioneras Communion Priscille et Aquila y autores de Jésus sauve ton couple [Jesús salva tu pareja](Salvator, 2013) y de Évangéliser le mariage: le kérygme conjugal [Evangelizar el matrimonio: el kerygma conyugal] (Salvator, 2013), la oración conyugal es “un elemento absolutamente esencial para la vida cristiana de los esposos”.

Antes que un ritual, “la oración en pareja es una experiencia común de diálogo y comunión con Dios”, según la definen Alex y Maud Lauriot Prévost.

A través de esta oración en común, cada uno de nosotros trata de manifestar su deseo de construir algo más grande que la suma de un hombre y una mujer.

Ese algo es la familia cristiana, la partícula elemental de la Iglesia, dentro de la cual se vivirá el Amor de Dios. La pareja cristiana es una pequeña Iglesia en sí misma: es la Iglesia doméstica.

La oración conyugal, una defensa contra la división
“En la pareja, quedamos desnudos delante del otro, físicamente, pero también compartimos nuestra vida interior”, insisten Alex y Maud.
Rezar en pareja supone también aceptar mostrarse al otro en la propia vulnerabilidad y ofrecerse en esta vulnerabilidad, en un abandono a Dios.

Rezar de manera vertical: Aunque la oración conyugal sea un pilar de nuestra relación, sería un error creer que está ahí en primer lugar para nosotros. Si oramos juntos, es ante todo para Dios.
Se trata de alabarle juntos, de buscar juntos aplicar su voluntad en el hogar, y no es, en un principio, para profundizar en nuestra intimidad conyugal y conocernos mejor. Si esto último es un efecto derivado de nuestra oración, tanto mejor, pero no es el objetivo.

Tampoco debe servir como una manera indirecta de ajustar cuentas mientras el otro no tiene el turno de palabra…

Es decir, nunca rezaríamos diciendo: “Señor, ayuda a mi cónyuge a no trabajar tanto tiempo y a pasar más tiempo con los niños”… a menos que el cónyuge nos lo haya pedido.

Alabar al Señor: Dar gracias es el mejor antídoto contra las tensiones y los resentimientos entre nosotros. “Si no sabemos elogiar, dar las gracias, quedamos aplastados por el peso de nuestro dolor y de nuestros problemas”, opina Maud Lauriot Prévost.

Alabemos también al Señor por el otro, para darle gracias por haberlo puesto en nuestra vida, incluso y a pesar de que nos haya podido hacer daño. “Den gracias al Señor cuando el otro nos plantea un problema, créanme, eso cambia la vida”, asegura Maud.

Rezar juntos es también, y antes que nada, rezar por el otro. “A menudo rezamos por un montón de cosas, pero no por el otro”,recalca Maud Lauriot Prévost.

“El Señor nos ha confiado la felicidad del otro, así que recemos por él o por ella, por que su reunión vaya bien, por que el Señor le ayude a sanar alguna herida que hayamos percibido,…”.

De esta forma, a través de la oración, hacemos que el sufrimiento esté presente entre nosotros, juntos, ante el Señor.

Nutrirse de la palabra de Dios: Para ello, tomemos la lectura del día, leámosla en voz alta y comentemos delante del otro aquello que nos haya llamado la atención.

La palabra de Dios aleja el centro de la atención de nosotros mismos para centrarnos en Él, nos da claridad, ilumina nuestros pasos. Además, si somos “víctimas” de distracciones, nos devuelve al camino de la oración.
Para el padre Henri Caffarel, “la oración conyugal es el momento álgido del sacramento del matrimonio”. De hecho,las parejas casadas a veces se preguntan cómo recibir la gracia de su sacramento.

De la penitencia, la Eucaristía, ya saben qué hacer para recurrir a su respectiva gracia, pero ¿en el matrimonio? “No hay que dudar en responderles que la oración conyugal es un medio privilegiado para obtener del sacramento del matrimonio las gracias que están reservadas para los esposos”, comentó el sacerdote.
“Si todos los hogares cristianos estuvieran convencidos de la importancia de la oración conyugal, si en todos los hogares la oración conyugal estuviera viva, en todo el mundo se experimentaría un aumento prodigioso de la alegría, del amor y de la gracia”.


miércoles, 1 de junio de 2016

Mes de Junio, Mes del Sagrado Corazón


El mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Podemos ofrecerles una página donde encontrará para cada día del mes una reflexión de San Juan Pablo II  siguiendo las Letanías del Sagrado Corazón. ¿Por qué no marcar esta página entre los 'favoritos' y volver cada día para la siguiente reflexión? No se arrepentirá.

El Sagrado Corazón de Jesús


CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN

Te saludamos Corazón admirable de Jesús, te alabamos, te bendecimos, te glorificamos. Te damos gracias, te ofrecemos nuestro corazón, te lo damos y consagramos. Recíbelo y poséelo entero. Purifícalo, ilumínalo y santifícalo para que vivas y reines en él por siempre. Amén.


Educar en la afectividad: ¿qué NO es?

Si no enseñas a tu hijo a "racionalizar" sus impulsos y sentimientos, él lo puede pagar caro mañana

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Algunas veces hemos escuchado: mi hijo rebasa los treinta años, no se ha estabilizado en un trabajo, se ha divorciado y vive con nosotros despreocupadamente. Desde niño fue un chico inteligente, lo educamos con amor y le dimos todos los medios para que tuviera una buena educación. ¿Qué hicimos mal?

¿Qué es educar la afectividad?
Educar la afectividad es precisamente ayudar a tu hijo a no estar a merced de sus propios sentimientos y/o emociones.Ayudarle a gobernarlos con la razón no significa reprimirlos, sino encauzarlos.

Se enfoca a enseñar a los hijos a impregnar de racionalidad todos los impulsos sensitivos para que no queden a merced de sus apetitos sensibles, emociones y sentimientos; de manera que adquieran la capacidad de hacer lo que se debe y no únicamente lo que les place. Lo contrario es orientarlos al fracaso de toda su vida en los aspectos más esenciales.

Actitudes que NO son educar la afectividad

DE NIÑO HASTA LOS 10 U 11 AÑOS.
  • Si no quiere hacer sus primeras tareas, no le insistas; será niño, pero tiene sus derechos.
  • Si no quiere ir a la escuela porque hace frio, déjalo en la cama, total, ni que se fuera a graduar ya en la universidad.
  • Si no le gusta perder en los juegos, dale la razón y que se quede con “todas las canicas”, no importa que no aprenda a perder sin patalear, eso lo va a convertir en un triunfador necesariamente, pues en los negocios cuando pierda, va a arrebatar.
  • Si con cara de enojado o sufrimiento te dice que no tiene hambre y que además no le gusta la comida, prepárale otra inmediatamente, si no, va a pensar que no lo quieres.
  • Calma sus berrinches dándole lo que quiere, sobre todo si se tira al suelo, aguanta la respiración y se pone morado.
  • Déjalo que rompa las cosas o que quiera llamar la atención interrumpiendo a gritos las charlas, aunque estés con visitas o en casa ajena, más vale que pases una vergüenza   a que tu niño agarre un trauma por coartarle su espontaneidad.
  • Nada de nalgadas, ahí se encuentra el centro neurálgico de su autoestima.
  • Ante cualquier duda o posible trastorno de conducta, no te cuestiones como educador, acude al psicólogo, él lo arreglara todo.
DE ADOLESCENTE DE LOS 12 A LOS DIEZ Y SEIS AÑOS.
  • Alábalo por sistema independientemente de su comportamiento, que si se porta mal tarde o temprano cambiara, pues tiene todo para ser un buen chico. Además de esa manera fortalecerás su ego  y eso lo hará sentirse feliz consigo mismo, es lo propio de los triunfadores.
  • No importa que fracase en sus estudios a causa de su vagancia, si pide o pone condiciones “para seguir estudiando”, como un cambio de escuela, de horarios, de rumbo o un coche para no usar el proletario camión, concédeselo, a la tercera o cuarta oportunidad se ubicara y funcionara. Todo menos que deje definitivamente la escuela y ni pensar en ponerlo a trabajar.
  • No importa que maltrate a sus padres o hermanos, solo está en una etapa normal en donde busca auto firmarse, y nada más; solo hay que dejar hacer, dejar pasar… y tiempo al tiempo.
  • Si exigen cosas caras e impropias de su edad, concédeselas para que tenga lo que tú no tuviste, por aquello de que fuiste pobre, además, eso le dará clase; y se lo merece por ser tu hijo, para eso trabajas duro.
  • No le exijas nunca todo lo que puede hacer, rebaja tus exigencias al fin y al cabo algo es algo, y nada es nada; el seis de promedio general es aprobatorio, ni que fuera a ser científico.
  • Si bebe alcohol o llega a deshoras, déjalo en paz, solo se es joven una vez en la vida.
  • Si por beber alcohol choca el auto, déjalo dormir la mona mientras pagas las facturas, y si sientes que te gana el coraje, quítatelo recordándolo cuando era bebe.
  • Si embaraza a su novia da la cara por él, paga el parto, compra los pañales y la leche, mantén a los dos, lo importante es que no abandone los estudios por ponerse a trabajar y hacerla de papa.
DE JOVEN DE LOS DIEZ Y SEIS A LOS 25 AÑOS
  • No importa que aún no trabaje y derroche dinero, afortunadamente ganas bien y eso es relativo, pues el dinero se hizo redondo para que ruede y de papel para que vuele.
  • Si lo pide, págale un departamento para que viva solo, no importa que satisfaga sus gustos y caprichos personales sin pensar en las necesidades de los demás, es parte de un proceso de autonomía hacia la madurez.
  • No lo culpes de nada, suceda lo que suceda, es la primera vez que vive y tiene derecho a la inexperiencia. Así que para aprender tiene licencia para echar a perder, eso de la libertad responsable… ya será para después.
  • No cuestiones ni critiques nunca los que dice o lo que hace pues ya creció, déjalo ser él,   pues lo propio de su edad es ser él mismo, aunque diga palabras soeces o ande en paños menores por la casa.
  • Acepta que rebaje los ideales de su vida para que no sufra posibles decepciones, no le menciones la palabra vocación, tiene razón en no estudiar una carrera exigente en la que se termine trabajando más, sin ganar tanto, debe haber otras opciones.
  • Ante su irresponsabilidad y falta de compromiso en sus obligaciones de familia, no te confrontes con él, piensa ante nada que debe recordarte como un padre amoroso y comprensivo.
  • Si abandona los estudios, si puedes, consíguele un puesto en la compañía de un amigo, ponle su propio negocio o herédalo en vida, y no te olvides de procurar casarlo bien, no tiene por qué sufrir o ser un fracaso.

Los hijos consentidos suelen sentirse muy defraudados cuando al incorporarse a la vida adulta chocan con la realidad, esos choques les descubren que su autoestima está mal fundamentada y por lo tanto no es real. Se encuentran cara a cara con sus limitaciones y defectos; por primera vez alguien que les dice que se han equivocado en algo o que tienen la culpa de algo que no ha salido bien. Después de tantos años de oír que todo lo que hacían era maravilloso, estos hijos no son capaces de aceptar la más pequeña corrección o la más delicada critica. Después de tanto tiempo de vivir para sí mismos, les resulta muy problemático salir de su egocentrismo. Ello suele originar importantes alteraciones de la conducta. Educar la afectividad adquiere una gran importancia en esta época de deslealtades, claudicaciones, de tanta separación matrimonial, divorcio, disputas conyugales, etc.

Por Orfa Astorga de Lira
Orientadora familiar, Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.

Católico: Como vives la misa vives tu vida

Vivir la eucaristía es prepararme para ser yo mismo el cuerpo de Cristo que se entrega

Joven y cruz


Carlos Padilla Esteban, aleteia
Jesús me pide que viva con intensidad la eucaristía para así vivir mi vida con la misma intensidad.


Decía el Padre José Kentenich: “Si vivo así mi vida de ofrecimiento, en forma sobrenatural, en y con Cristo, es evidente entonces que muchas veces seré transformado en Cristo. Todas las acciones durante el día deben llegar a ser una reiteración constante del ofertorio, de la consagración y de la comunión”[1].

Si vivo cada parte de la misa intensamente podré llevar esa actitud a mi vida.

La actitud del perdón. Cuando necesito perdonar a otros. Cuando me hace falta ser perdonado.

La escucha de la Palabra de Dios. Cuando quiero aprender a descubrir su voz en medio de mi día.

La petición constante por mis necesidades. Porque Jesús me escucha cuando le suplico.

La actitud del ofrecimiento de lo poco que tengo: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. Porque sólo si me ofrezco Jesús puede tomarme en sus manos.

La consagración en la que Jesús se hace carne en mis manos. Y yo me hago más de Dios en las suyas.

El gesto de postrarme y partirme en las manos de Dios. Cuando siento que Jesús se parte en las mías. Para que otros tengan vida: “Dadles vosotros de comer”.

Hay partes de la misa que vivo de forma más intensa que otras. ¿Qué parte de la misa es la parte que más me toca? ¿Qué parte de la misa vivo más intensamente?

Vivir la eucaristía es prepararme para ser eucaristía, para ser yo mismo el cuerpo de Cristo que se parte por amor y se entrega sin reservas. A todos.

Cada vez que parto el cuerpo de Cristo es como si se partiera algo dentro de mi alma. Ese ruido del pan al partirse. Jesús se parte en mis manos. Yo me parto en las suyas.

¿Tomo conciencia de cada momento de la misa? ¿O la vivo pensando en otras cosas? En el pasado que me preocupa. En el futuro que me angustia.

Quiero acercarme a Jesús con las manos vacías. Sólo tengo unos panes y unos peces. Tengo muy poco y son muchos a mi alrededor los que tienen hambre de amor.

No puedo calmar el hambre de todo el mundo. No puedo. No bastan mis talentos, mi capacidad de amar, mi tiempo. Eso lo sé. No puedo. Pero a veces me confundo y grito como un niño:“Mamá, ¿yo puedo?”.
Tal vez pienso que no es posible. Que sólo mis panes y mis peces no son suficientes. Y los puedo guardar por miedo a perderlos.

Jesús cree en mí. Cree en ese poder escondido debajo de mi impotencia. Cree en mi capacidad para amar oculta bajo gestos hoscos. Cree en mi potencialidad para crecer cuando parece que soy frágil y débil y la derrota es segura.

Sí, Jesús cree en mí. Sí, yo puedo calmar la sed y el hambre de tantos. Parece pretencioso. Pero Jesús cree en mí mucho más de lo que yo creo. Y me pide que yo les dé de comer con tan solo unos panes y unos peces. Y me dice: “No dejes nunca de creer”.

Parece imposible. Me parece imposible. Pero yo quiero creer que puedo partirme hasta el extremo. Y me da miedo.

Rezo con las palabras con las que rezaba una persona: “Sé Tú mi seguro y mi ancla. Enséñame a caminar sobre las aguas. Aunque parezca imposible. Dime ‘ven’ e iré. Y si no, ven a cogerme”.

Quiero confiar así en el poder de Jesús en mi vida. En el poder de mi cuerpo sobre las aguas. En ese milagro de mis manos al convertir el pan en su cuerpo y el vino en su sangre. Por su palabra, creo. Porque Él vive en mí, puedo.

Él puede hacer posible lo imposible. Puede hacer que mi palabra calme los corazones que viven angustiados. Y mis manos entreguen su bendición allí donde reina la ira y la violencia. Puede hacer que mis pies recorran caminos difíciles, valles oscuros.

Puede darme un corazón más grande que el que tengo. Un corazón capaz de aceptar a más personas, querer a más hombres, cuidar a más necesitados. Él puede hacer posible la multiplicación de mis panes y mis peces cuando es tan poco lo que yo poseo.

Puede si yo le dejo entrar en mi vida, si me entrego por completo sin esperar nada a cambio, si me ofrezco sabiendo que es poco lo que poseo. No importa nada. Él lo puede todo. Le basta mi sí para empezar a hacerlo.
[1] J. Kentenich, Vivir la misa todo el día, 55

Hombre y mujer: algo que se «es»


En la sociedad actual se nos induce una imagen predeterminada del género, pero esto es cada vez más confuso, cada vez esta difuminada esta pregunta, “¿Qué es un hombre, y una mujer?”. No es fácil responder a esta pregunta, como tampoco es fácil preguntarse, el proyecto lanza una serie de preguntas