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domingo, 20 de septiembre de 2026

Pequeños gestos para pasar de ser un simple espectador en la Santa Misa a encontrarte de verdad con Cristo


A veces nos descubrimos en el banco de la iglesia sintiendo que la Eucaristía transcurre ante nosotros sin tocar verdaderamente nuestro interior. Nos acercamos cada domingo —o incluso a diario— con el deseo sincero de rezar, pero las preocupaciones cotidianas, la inercia del día a día o el peso del cansancio van apagando lentamente nuestro asombro.

Conocemos las respuestas de memoria, nos sabemos los momentos, nos ponemos de pie, nos sentamos... y, sin darnos cuenta, nuestro corazón termina a kilómetros de distancia. El cansancio, las distracciones de la semana o la mera costumbre pueden hacer que vivamos la Santa Misa en "piloto automático".

Sin embargo, la Misa no es un espectáculo al que asistimos como espectadores distantes: es el centro vivo de nuestra fe, el instante sagrado en el que Jesús sale a nuestro encuentro para transformar nuestra vida.  

Inspirándonos en las propuestas del apostolado New Fire, te traemos 5 acciones sencillas pero profundas para recuperar la atención, preparar el corazón y vivir cada Eucaristía con auténtica alegría y devoción:

1. No llegues «en frío»

La Misa empieza antes de cruzar la puerta del templo. Tómate cinco minutos en casa para leer las lecturas del día. Llegar conociendo la Palabra te permite escucharla no como un texto ajeno, sino como un mensaje directo de Dios para tu momento presente.

2. Descubre y quédate con tu «perla»

De todo lo que escuchas —las lecturas, el salmo, la homilía—, siempre hay una frase destinada a tu corazón. Identifícala, guárdala y llévatela como un tesoro para que te guíe e ilumine durante el resto de la semana.

3. Pon tu vida sobre el altar

En la presentación del pan y el vino, no te limites a mirar desde lejos. Ofrece en ese momento tus alegrías, tus esfuerzos, tus preocupaciones y a tu familia. Coloca tu día a día en el altar para que el Señor lo santifique.

4. Reza también con tu cuerpo

De pie: Expresa la disponibilidad y la dignidad de quien está listo para seguir al Señor.

Sentado: Favorece la escucha atenta y la docilidad del discípulo.  

De rodillas: La mayor muestra de adoración, humildad y sobrecogimiento ante la presencia Real de Dios.

5. No somos espectadores

Estas cinco acciones tienen un objetivo común: ayudarnos a pasar de una participación rutinaria a una participación más consciente en la Misa.

Prepararnos antes de la celebración, guardar una frase que nos acompañe durante la semana, presentar nuestra vida junto con las ofrendas, prestar atención a los gestos corporales y hablar interiormente con Jesús son pequeñas prácticas que pueden ayudarnos a vivir de manera diferente una celebración a la que quizá acudimos con frecuencia.

La invitación de New Fire es sencilla: dar la bienvenida al Señor y recordar que la Misa no es únicamente algo que observamos, sino un encuentro en el que estamos llamados a participar.

Incluso cuando las distracciones aparezcan, podemos volver nuestra atención hacia Dios y recordar el motivo por el que estamos allí.

La próxima vez que participes en la Misa, puedes comenzar con uno de estos cinco gestos. Con pequeños pasos, la celebración puede dejar de sentirse como una rutina y convertirse nuevamente en un momento de escucha, oración y encuentro con Jesús.

ETWN

Vea también    La Santa Misa, Fuente y Cumbre de la Vida Cristiana


domingo, 21 de julio de 2024

Sí, «un niño de 2 años puede estar sentado en misa y portarse bien»: 7 pasos de un consejero experto

«Se trata de darles ejemplo de la relación que queremos
que tengan con Dios», dice Jacob Francisco

              
El asesor en salud mental y licenciado en Teología y Filosofía
Jacob Francisco asegura que los más pequeños
 pueden portarse bien en misa: todo es un
 trabajo de fondo y de preparación, explica.











Una familia se encuentra en misa y se acerca el momento de la consagración cuando se escucha un sonoro grito. "Se ha vuelto a caer del banco", piensa el padre. Las miradas de los fieles se vuelven hacia la familia, pacientes con quien por enésima vez trata de mantener a sus hijos en un imposible estado de perfección adulta. Finalmente, uno de los progenitores toma la decisión, se levanta y saca al pequeño de la iglesia, aunque el resto de fieles le anima a quedarse. Los padres, ahora divididos, podrían tener que enfrentar lo que queda de misa tratando de mantener el control de unos hijos que exigen apremiantemente salir y disfrutar, como su hermano, de una brisa de aire fresco o simplemente de jugar entre ellos.

La descrita no es una situación anómala. Muchas familias acuden hasta con miedo a misa, dando incluso por imposible la idea de rezar unos minutos, aún a sabiendas de que el resto de fieles comprende la situación. Pero, ¿y si hubiese solución? ¿Y si los padres no solo no debiesen conformarse con unos minutos de conexión espiritual, sino que también pudiesen tenerlo sus hijos? ¿Y si ir a misa con ellos se convirtiese en motivo de alegría y, quizá, de oración en familia?

Desde hace años, el asesor en salud mental y licenciado en Teología y Filosofía Jacob Francisco ha consagrado su carrera al trabajo con niños y familia en situación de acogida. A su amplia experiencia psicológica y conductual en torno a traumas, ansiedad o problemas de comportamiento infantil, Francisco añade la adquirida en el Instituto de Soluciones Pastorales Catholic Counselors, desde donde busca ofrecer esperanza a matrimonios y familias, ya sea en crisis o en problemáticas cotidianas como la descrita.

Según él, la respuesta a esas preguntas no solo es afirmativa, sino que se atreve a afirmar  que "un niño de dos años puede aprender a sentarse en el banco y comportarse relativamente bien".

Tal y como ha escrito en uno de los últimos artículos de Catholic Counselors, hay una serie de métodos y medidas que se pueden aplicar. Y no solo tendrán su resultado en la propia misa, sino que se extenderán a otros ámbitos de la vida del pequeño conforme crezca.

Extraemos algunas de sus propuestas:

1º El primer consejo, de fondo: Por qué se debe obedecer

Para Francisco, la pregunta es: ¿Por qué se debe obedecer? Cuenta que hay dos extremos para los padres, ser demasiado estrictos o demasiado "blandos". Pero mientras que el primero puede dañar la relación entre padres e hijos, el segundo puede llevar a una falta de disciplina. Y en su caso, propone algo similar a un "punto medio" pero que, en su opinión, está cargado de significado. Se trata de comprender la disciplina como una conexión por la que los hijos acuden al padre en busca de ayuda y orientación. La disciplina, dice, "consiste en generar confianza para que quieran escucharte y seguirte, porque saben que tienes en mente lo mejor para ellos".

"Lo que le estás enseñando a tu hijo es que, en realidad, la verdadera obediencia proviene del amor. Si realmente amamos a alguien, vamos a querer obedecerlo. Vamos a querer seguirlo y esa es la relación que estamos tratando de que nuestros hijos tengan con Dios", explica. Así entendido, explica que muchas otras cosas "encajan". También el comportamiento en misa.

2º Parece obvio, pero hay que anticiparse a la necesidad

Aunque resulte obvio, explica que algo tan sencillo como asegurarse de que los niños coman y vayan al baño antes de ir a misa reducirá las posibles complicaciones.

3º Mantenerlos conectados

Siguiendo la primera premisa, los padres no solo buscarán "mantener tranquilos" a sus hijos en misa con comida o juguetes,  sino que en la medida de lo posible se buscará una "conexión" con el entorno que les rodea. Por eso, "pueden pasar una hora leyendo libros o simplemente estando en brazos o sentados en el regazo de sus padres, o pueden decir en voz baja las cosas que ven en la iglesia".

Una niña en una iglesia.

En lugar de jugar, Jacob Francisco invita a tratar de `conectar´ a los hijos con el ambiente de la iglesia para captar su atención, incluso mencionando lo que se ve en el edificio. 

4º Si su único momento de silencio es la misa, será imposible

Según el experto, la mentalidad es similar a la de preparar una carrera antes de que tenga lugar. Así, "si el único momento en el que esperas que tu hijo esté en silencio es durante la misa, será mucho más difícil lograr que se calle", subraya. Sin embargo, "si están acostumbrados a tener que estar en silencio durante un periodo de tiempo, entonces la misa será pan comido". Por ello, recomienda seleccionar un momento de cada día en el que los niños participen en actividades tranquilas, como leer o dibujar, lo que le ayudará a aprender a controlar su comportamiento en un entorno controlado y eso facilitará aplicar estas habilidades en la iglesia.

5º Y llega el caos: ¿a la habitación del pánico?

Sin embargo, el experto es consciente de que tarde o temprano se desata la tormenta y las rabietas emergen. Ante las crecientes salas de guardería o "habitaciones del pánico" en las iglesias, no es raro que muchos padres lleven a sus hijos o sacarles de la iglesia, lo que para Jacob Francisco podría ser contraproducente: "Si quieres enseñarle a tu hijo a estar callado y comportarse durante toda la misa, eso no va a funcionar. "Lo único que estás haciendo es enseñarle que podemos ir a la sala de llanto y luego puedo jugar", advierte.

6º No darlo por perdido: explicar, empatizar y poner límites

Lejos de ignorar al niño al sacarlo de la misa, su propuesta es sujetarlo todo el tiempo y solo una vez calmados podrán volver al banco, lo que les ayudará a "aprender que la misa no es un juego". Tampoco recomienda negociar en plena "rabieta", lo que suele ser contraproducente. En lugar de ello, invita a empatizar con el niño al mismo tiempo que se establecen "límites claros". Como ejemplo ante un niño enrabietado al fondo de la iglesia, invita a explicarles: "Sé que quieres sentarte con mamá, pero ahora es el turno de tu hermano. Podrás sentarte con mamá cuando él haya terminado".

7º Tener en cuenta cada edad y 3 consejos válidos "para casi cualquier momento"

Antes de finalizar, recuerda que se ha de enfocar cada actuación de forma proporcionada y  adecuada a la edad y condiciones de cada niño, pero observa tres "elementos clave" que serán los mismos en casi cualquier situación:

  • Mantente conectado

Muéstrale a tu hijo que estás de su lado y listo para ayudarlo a superar sus momentos difíciles.

  • Establece límites claros

Establece límites claros y consistentes y respétalos. Evita los castigos severos y no permitas el mal comportamiento.

  • Concéntrate en entrenar y enseñar

Recuerda que tu objetivo principal es ayudar a tu hijo a aprender a ser la persona que Dios quiso que fuera.

"En cierto modo, ayudar a un niño problemático en la misa es una buena práctica para ayudar a ese mismo niño a atravesar cualquier otra pequeña crisis durante su niñez, adolescencia y juventud. En definitiva, se trata de darles a nuestros hijos el ejemplo de la relación que queremos que tengan con Dios. Y no hay mejor lugar para empezar que la misa", concluye el orientador.

José María Carrera, ReL

Vea también       Algunas pautas para la Preparación
de los Niños a la Misa y su Participación




miércoles, 7 de noviembre de 2018

POR QUÉ ELLOS NO SE ABURREN EN MISA

Cuatro jóvenes explican cómo hacen, cuando oyen misa, para vencer la tentación del aburrimiento y de la distracción. Fuente:  HM Televisión







jueves, 12 de enero de 2017

Hace mucho que no voy a misa… ¿Qué gestos había que hacer?

Un seminarista ofrece 16 consejos prácticos, de manera clara y con sentido del humor

participación en la misa


Me pidieron una catequesis sobre cómo comportarse en misa. 

Veamos:

1 – Tras el comentario inicial (esperando que no sea un sermón), quédate de pie, atento al Misterio que será celebrado.

2 – En el Acto Penitencial, de pie, inclina la cabeza y pide perdón por los pecados veniales (porque los mortales sólo en la confesión auricular).

3 – Después del Gloria (si hubiera), siéntate para oír las lecturas. Haz un profundo silencio y déjate guiar por la voz del Señor: “Escucha Israel”. Evita hacer ruido con el folleto de la misa (y no es necesario aplaudir en las lecturas).

4 – En el canto de aclamación del Evangelio, quédate de pie, en la dirección del ambón. Después de la proclamación, vuelve a sentarte y escucha con atención la homilía. Si tu bebé llora, ve con él a dar una vuelta alrededor de la iglesia. Los bebés son lindos, pero a la hora de la homilía el llanto no conviene. El sacerdote puede no incomodarse, pero el hermano de la banca de atrás podría no escuchar la reflexión.

5 – En el Credo, quédate de pie y recítalo en voz audible. Después de las plegarias, vuelve a sentarte y sólo levántate cuando el sacerdote diga: orad hermanos… (si hubieran ofrendas, pon la tuya en la cesta. No es necesario que le muestres a todos los 13 pesos, porque no es mucho)

6 – En la hora del Santo, no es bueno hacer coreografías. En ese momento los ángeles descienden del Cielo para adorar a Jesús en la Hostia Consagrada y podrías golpear en la cara a uno de ellos.

7 – Cuando el sacerdote diga: “Envía sobre esta ofrendas…”, quédate arrodillado. Es el momento sublime de la consagración.
Frente a Jesús toda rodilla se dobla (Flp 2), a no ser que tengas artrosis. En ese caso, inclina la cabeza en gesto de profunda adoración. Haz silencio, aunque un fiel al lado grite “Señor mío y Dios mío, yo creo…”. Deja que grite solo.

8 – Levántate cuando el sacerdote diga: “Este ese el Misterio de nuestra fe”.

9 – En la Oración Eucarística, piensa en los ministros ordenados, en las almas del Purgatorio, en toda la Iglesia y reza. Estás ofreciendo todas esas personas al Padre, por medio del Hijo que se inmola en el altar.

10 – En el Padrenuestro, no forma parte el rito de darse las manos. Pero si el sacerdote lo pide o si alguien te la da, no seas soberbio al punto de poner las manos en los bolsillos. El gesto de asegurar la mano del hermano no disminuirá tu catolicidad. Recuerda que estás en una asamblea y no en un curso de liturgia. Evita cualquier incomodidad durante la celebración.

11 – Si hay abrazo de paz, no necesitas recorrer toda la iglesia para abrazar a los fieles. Basta saludar de forma discreta a los que están más cerca. Recuerda también que, al ir por la calle, puedes hacer lo mismo y no desviar la mirada cuando un hermano pase.

12 – Cuando oigas la frase “Cordero de Dios, que quitas…”, para inmediatamente de saludar y dirige tu mirada hacia el altar.
El sacerdote levantará el Santísimo Cuerpo del Señor.

13 – A la hora de la Comunión, presta mucha atención. Haz un examen de conciencia y ve si tu alma está limpia para recibir a tan gran huésped. Si no perdonaste a tu enemigo, quédate sentado. Si cometiste un pecado contra la castidad, quédate sentado. Si fuiste deshonesto y te gusta el dinero de otros, quédate sentado también. Si tu confesión fue hace poco tiempo y fue sincera, levántate piadosamente y ve al encuentro de Jesús.

14 – No platiques en la fila, no intentes saber cuál es la fila del sacerdote porque el ministro extraordinario también está con Jesús. No mastiques chicle o caramelos (en ningún momento de la misa). Ve rezando en silencio, sin mirar la ropa de los demás. Al llegar frente al sacerdote, elige: o extender las dos manos en forma de concha y recibir a Jesús, o arrodillarte discretamente y recibirlo directamente en la boca. Yo sugiero la segunda opción, pero la Iglesia te permite elegir.

15 – ¿Comulgaste? Vuelve a tu lugar en silencio, con las dos manos en el corazón, y haz tu acción de gracias. Adora al Señor como el Ángel enseñó a los pastores de Fátima, o di otras oraciones de tu devoción (Alma de Cristo, Adoro te devote, etc.). Evita hacer muchos pedidos. Es hora de alabar y agradecer.

16 – Cuando el sacerdote diga: Oremos… Quédate de pie y espera la bendición final. Si hubieran felicitaciones y avisos (algo que nos suele impacientar), espera. No salgas de la iglesia como quien va a tomar el tren. Estás en casa, en la casa de tu Padre. ¿Para qué la prisa?

Finalmente, me gustaría darte unos breves consejos:
  • Piensa en la ropa que usarás. Eso no es moralismo. Es cuestión de caridad con los ojos del prójimo. Nuestra Señora pide modestia para vestir. Obedece a la Madre de Jesús y serás feliz. Eso vale para los hombres también.
  • Si vas con tu novio(a), deja las caricias fuera de la iglesia, en respeto al templo santo. Si eres soltero(a), vale hacer un gesto discreto a la candidata(o). El mejor lugar para buscar pretendientes es la iglesia, porque todo empieza a los pies de Jesús (pero no vayas a misa con ese interés).
Si estas pautas te sirvieron para rezar mejor, gloria a Dios. Si no, yo mismo te pido que no las practiques. Dios te bendiga y María te guarde.
Seminarista Gabriel Vila Verde

miércoles, 1 de junio de 2016

Católico: Como vives la misa vives tu vida

Vivir la eucaristía es prepararme para ser yo mismo el cuerpo de Cristo que se entrega

Joven y cruz


Carlos Padilla Esteban, aleteia
Jesús me pide que viva con intensidad la eucaristía para así vivir mi vida con la misma intensidad.


Decía el Padre José Kentenich: “Si vivo así mi vida de ofrecimiento, en forma sobrenatural, en y con Cristo, es evidente entonces que muchas veces seré transformado en Cristo. Todas las acciones durante el día deben llegar a ser una reiteración constante del ofertorio, de la consagración y de la comunión”[1].

Si vivo cada parte de la misa intensamente podré llevar esa actitud a mi vida.

La actitud del perdón. Cuando necesito perdonar a otros. Cuando me hace falta ser perdonado.

La escucha de la Palabra de Dios. Cuando quiero aprender a descubrir su voz en medio de mi día.

La petición constante por mis necesidades. Porque Jesús me escucha cuando le suplico.

La actitud del ofrecimiento de lo poco que tengo: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. Porque sólo si me ofrezco Jesús puede tomarme en sus manos.

La consagración en la que Jesús se hace carne en mis manos. Y yo me hago más de Dios en las suyas.

El gesto de postrarme y partirme en las manos de Dios. Cuando siento que Jesús se parte en las mías. Para que otros tengan vida: “Dadles vosotros de comer”.

Hay partes de la misa que vivo de forma más intensa que otras. ¿Qué parte de la misa es la parte que más me toca? ¿Qué parte de la misa vivo más intensamente?

Vivir la eucaristía es prepararme para ser eucaristía, para ser yo mismo el cuerpo de Cristo que se parte por amor y se entrega sin reservas. A todos.

Cada vez que parto el cuerpo de Cristo es como si se partiera algo dentro de mi alma. Ese ruido del pan al partirse. Jesús se parte en mis manos. Yo me parto en las suyas.

¿Tomo conciencia de cada momento de la misa? ¿O la vivo pensando en otras cosas? En el pasado que me preocupa. En el futuro que me angustia.

Quiero acercarme a Jesús con las manos vacías. Sólo tengo unos panes y unos peces. Tengo muy poco y son muchos a mi alrededor los que tienen hambre de amor.

No puedo calmar el hambre de todo el mundo. No puedo. No bastan mis talentos, mi capacidad de amar, mi tiempo. Eso lo sé. No puedo. Pero a veces me confundo y grito como un niño:“Mamá, ¿yo puedo?”.
Tal vez pienso que no es posible. Que sólo mis panes y mis peces no son suficientes. Y los puedo guardar por miedo a perderlos.

Jesús cree en mí. Cree en ese poder escondido debajo de mi impotencia. Cree en mi capacidad para amar oculta bajo gestos hoscos. Cree en mi potencialidad para crecer cuando parece que soy frágil y débil y la derrota es segura.

Sí, Jesús cree en mí. Sí, yo puedo calmar la sed y el hambre de tantos. Parece pretencioso. Pero Jesús cree en mí mucho más de lo que yo creo. Y me pide que yo les dé de comer con tan solo unos panes y unos peces. Y me dice: “No dejes nunca de creer”.

Parece imposible. Me parece imposible. Pero yo quiero creer que puedo partirme hasta el extremo. Y me da miedo.

Rezo con las palabras con las que rezaba una persona: “Sé Tú mi seguro y mi ancla. Enséñame a caminar sobre las aguas. Aunque parezca imposible. Dime ‘ven’ e iré. Y si no, ven a cogerme”.

Quiero confiar así en el poder de Jesús en mi vida. En el poder de mi cuerpo sobre las aguas. En ese milagro de mis manos al convertir el pan en su cuerpo y el vino en su sangre. Por su palabra, creo. Porque Él vive en mí, puedo.

Él puede hacer posible lo imposible. Puede hacer que mi palabra calme los corazones que viven angustiados. Y mis manos entreguen su bendición allí donde reina la ira y la violencia. Puede hacer que mis pies recorran caminos difíciles, valles oscuros.

Puede darme un corazón más grande que el que tengo. Un corazón capaz de aceptar a más personas, querer a más hombres, cuidar a más necesitados. Él puede hacer posible la multiplicación de mis panes y mis peces cuando es tan poco lo que yo poseo.

Puede si yo le dejo entrar en mi vida, si me entrego por completo sin esperar nada a cambio, si me ofrezco sabiendo que es poco lo que poseo. No importa nada. Él lo puede todo. Le basta mi sí para empezar a hacerlo.
[1] J. Kentenich, Vivir la misa todo el día, 55

domingo, 1 de noviembre de 2015

El cardenal Barbarin te explica cómo orar y cómo participar en la Santa Misa - Te sorprenderás


Resultado de imagen de Cómo orar

El cardenal arzobispo de Lyon (Francia), Philippe Barbarin, en un perfecto español, desgrana las razones por las que debemos rezar y ofrece algunos buenos consejos para hacerlo



"Nunca llegues a la Misa dominical sin haber leído 
el Evangelio de la Eucaristía"