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domingo, 27 de mayo de 2018

Video: A los jóvenes de Argentina (y no sólo a ellos): “¡Leed el Evangelio dos minutos al día!”

Un mensaje para los jóvenes católicos del mundo entero, aunque el Papa se dirija a los jóvenes argentinos.


El Papa Francisco ofreció un especial consejo a los jóvenes para que sean capaces de asumir la tarea de renovar la historia, en un videomensaje enviado al II Encuentro Nacional de Juventud que se realiza del 25 al 27 de mayo en la ciudad de Rosario en Argentina.
El Santo Padre explicó que, para poder renovar la historia y construir la civilización del amor, es necesario estar con Jesús, “ir a su encuentro en la oración, en la Palabra, en los sacramentos. Dedicarle tiempo, hacer silencio para oír su voz. ¿Vos sabés hacer silencio en tu corazón para escuchar la voz de Jesús? No es fácil. Probá”.
Para encontrarse con el Señor, aconsejó el Papa, es necesario portar y leer la Palabra de Dios, por lo menos dos minutos diariamente.




Mensaje del Papa Francisco
Queridos chicos y chicas:
Me alegra hacerme presente a través de este video mensaje en este Encuentro Nacional de Juventud que están viviendo en Rosario. Me lo pidieron mis hermanos obispos, y lo hago con gusto.
Sé que se prepararon con mucho esfuerzo y de muchas maneras para poder estar ahí. Gracias por todo ese trabajo, por ponerse en camino con alegría, con fe y esperanza, con ilusiones compartidas. Cuando uno va a un encuentro de jóvenes siempre hay fe, esperanza, ilusiones que se van compartiendo allí y van creciendo. ¡Gracias por el entusiasmo que contagian —donde hay jóvenes hay lío— por el amor hacia Cristo y los hermanos, que en estos días seguramente va a ir en aumento! Pero que no sea espuma, que no sea solo espuma. Que sea jabón que hace espuma, pero que sea jabón.
Cuando pensaba en ustedes y en qué podía compartirles para este encuentro, se me ocurrieron tres palabras: presenciacomunión misión.
La primera palabra es presencia. Jesús está con nosotros, está presente en nuestra historia. Si no nos convencemos de esto, no somos cristianos. Él camina con nosotros, aunque no lo conozcamos. Pensemos en los discípulos de Emaús. Jesús se ha hecho nuestro hermano, nos invita también a nosotros a encarnarnos, a construir juntos esa palabra tan linda, la civilización del amor, como discípulos y misioneros suyos, acá y ahora: en tu casa, con tus amigos, en las situaciones que te tocan vivir a diario. Para eso es necesario estar con él, ir a su encuentro en la oración, en la Palabra, en los sacramentos. Dedicarle tiempo, hacer silencio para oír su voz. ¿Vos sabés hacer silencio en tu corazón para escuchar la voz de Jesús? No es fácil. Probá.
Él está con vos, aunque tal vez en algunos momentos te sientas como los de Emaús antes de encontrarse con Jesús resucitado: te sientas triste, decepcionado, bajoneado, bajoneada, sin muchas esperanzas de que las cosas cambien. Y bueno, se ven cada cosa en la vida, que a veces, claro, nos bajoneamos. Vas herido por el camino, y parece que ya no podés más, que las contradicciones son más fuertes de todo lo positivo, de toda la polenta que vos le quieras poner, que no ves la luz al final del túnel. Pero cuando te encontrás con Jesús —es una gracia— el buen samaritano que se acerca a ayudarte, ese Jesús, todo se renueva, vos te renovás y podés con Jesús renovar la historia. “Eh padre no exagere, cómo vamos a renovar la historia”. Podés renovar la historia. La renovó una chica de dieciséis años que en Nazaret dijo “sí”. Podés renovar la historia.
El buen samaritano es Cristo que se acerca al pobre, al que lo necesita. El buen samaritano también sos vos cuando, como Cristo, te acercás al que está a tu lado, y en él sabés descubrir el rostro de Cristo. Es un camino de amor y misericordia: Jesús nos encuentra, nos sana, nos envía a sanar a otros. Nos envía a sanar a otros. Solamente nos es lícito mirar a una persona de arriba a abajo, desde arriba, solamente para agacharnos y ayudarla a levantarse. Si no, no tenemos derecho de mirar a nadie desde arriba. Nada con la naricita así, ¿eh? Si yo miro desde arriba es para agachar y ayudar a levantar.
Pero para recorrer este camino de ayudar a levantar a otros, no lo olvidemos, necesitamos de los encuentros personales con Jesús, momentos de oración, de adoración y, sobre todo, de escucha de la Palabra de Dios. Les pregunto nomás: ¿Cuántos de ustedes leen dos minutos el Evangelio en el día? ¡Dos minutos, eh! Tenés un Evangelio chiquito, lo llevás en el bolsillo, en la cartera… Mientras vas en el bus, mientras vas en el subte, en el tren o te parás y te sentás en tu casa, lo abrís y leés dos minutos. Probá. Y vas a ver cómo te cambia la vida. ¿Por qué? Porque te encontrás con Jesús. Te encontrás con la Palabra.
La segunda palabra es comunión. No vamos solos escribiendo la historia; algunos se la creyeron, piensan que solos o con sus planes van a construir la historia. Somos un pueblo y la historia la construyen los pueblos, no los ideólogos. Los pueblos son los protagonistas de la historia. Somos una comunidad, somos una Iglesia. Y si vos querés construir como cristiano tenés que hacerlo en el pueblo de Dios, en la Iglesia, como pueblo. No en un grupito pitucón o estilizado, apartado de la vida del pueblo de Dios. El pueblo de Dios es la Iglesia, con toda la gente de buena voluntad, con sus chicos, sus grandes, sus enfermos, sus sanos, sus pecadores ¡que somos todos! Con Jesús, la Virgen, los Santos que nos acompañan. Caminar en pueblo. Construir una historia de pueblo. Jesús cuenta con vos y también cuenta con él, con ella, con todos nosotros, con cada uno. Sabemos que como Iglesia estamos en un tiempo muy especial, en el año del Sínodo de los obispos que va a tratar el tema de los jóvenes. Ustedes los jóvenes serán el objeto de las reflexiones de este Sínodo. Y además, recibiremos de ustedes los aportes, ya sea de la asamblea pre-sinodal que se realizó en Roma, con 350 chicos y chicas de todo el mundo: cristianos, no cristianos y no creyentes, en la cual también participaron 15.000 a través de las redes sociales, que se iban comunicando con ellos. Ellos han hecho una propuesta, una semana estudiaron: peleando, discutiendo, riéndose. Y ese aporte nos llega al Sínodo. Y ahí estás vos. Con ese aporte vamos adelante.
Los invito a ser partícipes, protagonistas desde el corazón de este acontecimiento eclesial tan importante. No se queden al margen, comprométanse, digan lo que piensan. No sean exquisitos: “Que me miró, que me tocó, que si la piensa distinto, que no estoy de acuerdo con lo que pensás”. ¿Vos cómo vivís? ¡Compartí lo que vivís! El Papa quiere escucharlos. El Papa quiere dialogar y buscar juntos nuevos caminos de encuentro, que renueven nuestra fe y revitalicen nuestra misión evangelizadora.
Ustedes saben mejor que yo que las computadoras, los celulares necesitan actualizaciones para funcionar mejor. También nuestra pastoral necesita actualizarse, renovarse, revisar la conexión con Cristo a la luz del Evangelio —ese que desde ahora vas a llevar en el bolsillo y vas a leer dos minutos por día— mirando al mundo de hoy, discerniendo y dando nuevas energías a la misión compartida. Ese es el trabajo que van a tener ustedes en estos días, sobre todo, y que yo acompaño con mi cercanía y mi oración. Y mi simpatía.
Decíamos, entonces, presencia y comunión. La tercera palabra es misión. Se nos llama a ser Iglesia en salida, en misión. Una Iglesia misionera, no encerrada en nuestras comodidades y esquemas, sino que salga al encuentro del otro. Iglesia samaritana, misericordiosa, en actitud de diálogo, de escucha. Jesús nos convoca, nos envía y nos acompaña para acercarnos a todos los hombres y mujeres de hoy. Así lo escucharemos el próximo domingo en el Evangelio: «Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). ¡Vayan, no tengan miedo! Los jóvenes tienen la fuerza de la inquietud, del inconformismo —sean inconformistas—, hagan lío, no dejen que la historia se escriba fuera, mientras miran por la ventana, “no balconeen la vida”, pónganse las zapatillas, salgan, con la camiseta de Cristo y juéguense por sus ideales. Vayan con él a curar las heridas de tantos hermanos nuestros que están tirados al borde del camino, vayan con él a sembrar esperanza en nuestros pueblos y ciudades, vayan con él a renovar la historia.
Muchas veces han oído decir que ustedes son el futuro, en este caso el futuro de la patria. El futuro está en las manos de ustedes, verdad, porque nosotros nos quedamos y ustedes siguen. Pero cuidado: un futuro sólido, un futuro fecundo, un futuro que tenga raíces. Algunos sueñan con un futuro utópico: “No, la historia ya pasó; no, lo de antes no, ahora empieza”. Ahora no empieza nada. Te la vendieron. Bernárdez, nuestro poeta, termina un verso diciendo: «Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado». Volvé a las raíces y armá tú futuro desde las raíces desde donde te viene la savia: no renegués la historia de tu patria, no renegués la historia de tu familia, no niegues a tus abuelos. Buscá las raíces, buscá la historia. Y desde allí construí el futuro. Y aquellos que te dicen: “Que si los héroes nacionales ya pasaron o que no tiene sentido, que ahora empieza todo de nuevo…” Riételes en la cara. Son payasos de la historia.
Y los invito también a mirar en estos días a María, la Virgen del Rosario, que supo estar cerca de su Hijo acompañándolo en sus misterios de gozo y de dolor, de luz y de gloria. Que ella, María, Madre de la cercanía y la ternura, Señora del corazón abierto y siempre disponible para ir al encuentro de quienes la necesitan, sea su maestra en el modelo de la vida de fe. Ustedes busquen allí, que ella les enseña.
Que Jesús los bendiga, que la Virgen Santa los cuide a ustedes, a sus familias, a sus comunidades. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí, para que sepa transmitir las raíces a las nuevas generaciones que las harán florecer en el futuro. Y esos son ustedes. ¡Gracias!

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