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sábado, 18 de noviembre de 2023

Jornada Mundial de los Pobres - Mensaje del Papa Francisco


 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

VII JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
19 de noviembre de 2023

«No apartes tu rostro del pobre» (Tb 4,7)

 

1. La Jornada Mundial de los Pobres, signo fecundo de la misericordia del Padre, llega por séptima vez para apoyar el camino de nuestras comunidades. Es una cita que la Iglesia va arraigando poco a poco en su pastoral, para descubrir cada vez más el contenido central del Evangelio. Cada día nos comprometemos a acoger a los pobres, pero esto no basta. Un río de pobreza atraviesa nuestras ciudades y se hace cada vez más grande hasta desbordarse; ese río parece arrastrarnos, tanto que el grito de nuestros hermanos y hermanas que piden ayuda, apoyo y solidaridad se hace cada vez más fuerte. Por eso, el domingo anterior a la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, nos reunimos en torno a su Mesa para recibir de Él, una vez más, el don y el compromiso de vivir la pobreza y de servir a los pobres.

«No apartes tu rostro del pobre» (Tb 4,7). Esta Palabra nos ayuda a captar la esencia de nuestro testimonio. Detenernos en el Libro de Tobías, un texto poco conocido del Antiguo Testamento, fascinante y rico en sabiduría, nos permitirá adentrarnos mejor en lo que el autor sagrado desea transmitir. Ante nosotros se despliega una escena de la vida familiar: un padre, Tobit, despide a su hijo Tobías, que está a punto de emprender un largo viaje. El anciano teme no volver a ver a su hijo y por ello le deja su “testamento espiritual”. Tobit había sido deportado a Nínive y se había quedado ciego, por lo que era doblemente pobre, pero siempre había tenido una certeza, expresada en el nombre que lleva: “El Señor ha sido mi bien”. Este hombre, que siempre confió en el Señor, como buen padre no desea tanto dejarle a su hijo algún bien material, cuanto el testimonio del camino a seguir en la vida, por eso le dice: «Acuérdate del Señor todos los días de tu vida, hijo mío, y no peques deliberadamente ni quebrantes sus mandamientos. Realiza obras de justicia todos los días de tu vida y no sigas los caminos de la injusticia» (4,5).

2. Como se puede apreciar inmediatamente, lo que el anciano Tobit pide a su hijo que recuerde no se limita a un simple acto de memoria o a una oración dirigida a Dios. Se refiere a gestos concretos que consisten en hacer buenas obras y vivir con justicia. La exhortación se hace aún más específica: a todos los que practican la justicia, «da limosna de tus bienes y no lo hagas de mala gana» (4,7).

Las palabras de este sabio anciano no dejan de sorprendernos. En efecto, no olvidemos que Tobit había perdido la vista precisamente después de realizar un acto de misericordia. Como él mismo cuenta, su vida desde joven estuvo dedicada a hacer obras de caridad: «Hice muchas limosnas a mis hermanos y a mis compatriotas deportados conmigo a Nínive, en el país de los Asirios. [...] Daba mi pan a los hambrientos, vestía a los que estaban desnudos y enterraba a mis compatriotas, cuando veía que sus cadáveres eran arrojados por encima de las murallas de Nínive» (1,3.17).

Por su testimonio de caridad, el rey lo había privado de todos sus bienes, dejándolo completamente pobre. Pero el Señor aún lo necesitaba; habiendo recuperado su puesto como administrador, no tuvo miedo de continuar con su estilo de vida. Escuchemos su relato, que también nos habla hoy a nosotros: «En nuestra fiesta de Pentecostés, que es la santa fiesta de las siete Semanas, me prepararon una buena comida y yo me dispuse a comer. Cuando me encontré con la mesa llena de manjares, le dije a mi hijo Tobías: “Hijo mío, ve a buscar entre nuestros hermanos deportados en Nínive a algún pobre que se acuerde de todo corazón del Señor, y tráelo para que comparta mi comida. Yo esperaré hasta que tú vuelvas”» (2,1-2). Sería muy significativo si, en la Jornada de los Pobres, esta preocupación de Tobit fuera también la nuestra. Invitar a compartir el almuerzo dominical, después de haber compartido la Mesa eucarística. La Eucaristía celebrada sería realmente criterio de comunión. Por otra parte, si en torno al altar somos conscientes de que todos somos hermanos y hermanas, ¡cuánto más visible sería esta fraternidad compartiendo la comida festiva con quien carece de lo necesario!

Tobías hizo como le había dicho su padre, pero regresó con la noticia de que habían asesinado a un pobre y lo habían abandonado en medio de la plaza. Sin vacilar, el anciano Tobit se levantó de la mesa y fue a enterrar a aquel hombre. Al volver a su casa, cansado, se durmió en el patio; sobre los ojos le cayó estiércol de unos pájaros y se quedó ciego (cf. 2,1-10). Ironía de la suerte: haces un gesto de caridad y te sucede una desgracia. El hecho nos lleva a pensar así; pero la fe nos enseña a ir más en profundidad. La ceguera de Tobit será su fuerza para reconocer aún mejor las numerosas formas de pobreza que le rodeaban. Y el Señor se encargará a su tiempo de restituir al anciano padre la vista y la alegría de volver a ver a su hijo Tobías. Cuando llegó ese día, Tobit «lo abrazó llorando y le dijo: “¡Te veo, hijo mío, luz de mis ojos!”. Y añadió: “¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea su gran Nombre! ¡Benditos sean todos sus santos ángeles! ¡Que su gran Nombre esté sobre nosotros! Benditos sean los ángeles por todos los siglos! Porque él me había herido, pero […] ahora veo a mi hijo Tobías”» (11,13-15).

3. Podemos preguntarnos: ¿de dónde le vienen a Tobit la valentía y la fuerza interior que le permiten servir a Dios en medio de un pueblo pagano y de amar al prójimo hasta el punto de poner en peligro su propia vida? Estamos frente a un ejemplo extraordinario: Tobit era un esposo fiel y un padre atento; fue deportado lejos de su tierra y sufría injustamente; fue perseguido por el rey y por sus vecinos. A pesar de tener un alma tan buena, fue puesto a prueba. Como a menudo nos enseña la Sagrada Escritura, Dios no les evita las pruebas a los que hacen el bien. ¿Cómo es posible? No lo hace para humillarnos, sino para afianzar nuestra fe en Él.

Tobit, en el momento de la prueba, descubre su propia pobreza, que lo hace capaz de reconocer a los pobres. Es fiel a la Ley de Dios y observa los mandamientos, pero esto no le es suficiente. La atención efectiva hacia los pobres le era posible porque había experimentado la pobreza en su propia carne. Por lo tanto, las palabras que dirige a su hijo Tobías son su auténtica herencia: «No apartes tu rostro de ningún pobre» (4,7). En definitiva, cuando estamos ante un pobre no podemos volver la mirada hacia otra parte, porque eso nos impedirá encontrarnos con el rostro del Señor Jesús. Y fijémonos bien en esa expresión «de ningún pobre». Cada uno de ellos es nuestro prójimo. No importa el color de la piel, la condición social, la procedencia. Si soy pobre, puedo reconocer quién es el hermano que realmente me necesita. Estamos llamados a encontrar a cada pobre y a cada tipo de pobreza, sacudiendo de nosotros la indiferencia y la banalidad con las que escudamos un bienestar ilusorio.

4. Vivimos un momento histórico que no favorece la atención hacia los más pobres. La llamada al bienestar sube cada vez más de volumen, mientras las voces del que vive en la pobreza se silencian. Se tiende a descuidar todo aquello que no forma parte de los modelos de vida destinados sobre todo a las generaciones más jóvenes, que son las más frágiles frente al cambio cultural en curso. Lo que es desagradable y provoca sufrimiento se pone entre paréntesis, mientras que las cualidades físicas se exaltan, como si fueran la principal meta a alcanzar. La realidad virtual se apodera de la vida real y los dos mundos se confunden cada vez más fácilmente. Los pobres se vuelven imágenes que pueden conmover por algunos instantes, pero cuando se encuentran en carne y hueso por la calle, entonces intervienen el fastidio y la marginación. La prisa, cotidiana compañera de la vida, impide detenerse, socorrer y hacerse cargo de los demás. La parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,25-37) no es un relato del pasado, interpela el presente de cada uno de nosotros. Delegar en otros es fácil; ofrecer dinero para que otros hagan caridad es un gesto generoso; la vocación de todo cristiano es implicarse en primera persona.   

5. Agradecemos al Señor porque son muchos los hombres y mujeres que viven entregados a los pobres y a los excluidos y que comparten con ellos; personas de todas las edades y condiciones sociales que practican la acogida y se comprometen junto a aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y sufrimiento. No son súper-hombres, sino “vecinos de casa” que encontramos cada día y que en el silencio se hacen pobres y con los pobres. No se limitan a dar algo; escuchan, dialogan, intentan comprender la situación y sus causas, para dar consejos adecuados y referencias justas. Están atentos a las necesidades materiales y también espirituales, a la promoción integral de la persona. El Reino de Dios se hace presente y visible en este servicio generoso y gratuito; es realmente como la semilla caída en la tierra buena de estas personas que da fruto (cf. Lc 8,4-15). La gratitud hacia tantos voluntarios pide hacerse oración para que su testimonio pueda ser fecundo.

6. En el 60 aniversario de la Encíclica Pacem in Terris, es urgente retomar las palabras del santo Papa Juan XXIII cuando escribía: «Observamos que [el hombre] tiene un derecho a la existencia, a la integridad corporal, a los medios necesarios para un decoroso nivel de vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido, la vivienda, el descanso, la asistencia médica y, finalmente, los servicios indispensables que a cada uno debe prestar el Estado. De lo cual se sigue que el hombre posee también el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad, invalidez, viudedad, vejez, paro y, por último, cualquier otra eventualidad que le prive, sin culpa suya, de los medios necesarios para su sustento» (n. 11).

Cuánto trabajo tenemos todavía por delante para que estas palabras se hagan realidad, también por medio de un serio y eficaz compromiso político y legislativo. Que pueda desarrollarse la solidaridad y la subsidiariedad de tantos ciudadanos que creen en el valor del compromiso voluntario de entrega a los pobres, no obstante los límites y en ocasiones las deficiencias de la política en ver y servir al bien común. Se trata ciertamente de estimular y hacer presión para que las instituciones públicas cumplan bien su deber; pero no sirve permanecer pasivos en espera de recibir todo “desde lo alto”; quienes viven en condiciones de pobreza también han de ser implicados y acompañados en un proceso de cambio y de responsabilidad.

7. Lamentablemente, debemos constatar una vez más nuevas formas de pobreza que se suman a las que se han descrito anteriormente. Pienso de modo particular en las poblaciones que viven en zonas de guerra, especialmente en los niños privados de un presente sereno y de un futuro digno. Nadie podrá acostumbrarse jamás a esta situación; mantengamos vivo cada intento para que la paz se afirme como don del Señor Resucitado y fruto del compromiso por la justicia y el diálogo.

Tampoco puedo olvidar las especulaciones que, en diversos sectores, llevan a un dramático aumento de los costes que vuelven a muchísimas familias aún más indigentes. Los salarios se acaban rápidamente, obligando a privaciones que atentan contra la dignidad de las personas. Si en una familia se debe elegir entre la comida para subsistir y las medicinas para recuperar la salud, entonces debe hacerse escuchar la voz del que reclama el derecho de ambos bienes, en nombre de la dignidad de la persona humana.

¿Cómo no llamar la atención, además, sobre el desorden ético que marca el mundo del trabajo? El trato deshumano que se reserva a tantos trabajadores y trabajadoras; la retribución que no corresponde al trabajo realizado; el flagelo de la precariedad; las excesivas víctimas de accidentes, provocadas a menudo por una mentalidad que prefiere el beneficio inmediato en detrimento de la seguridad. Vuelven a la mente las palabras de san Juan Pablo II: «El primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo. […] El hombre está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el trabajo está “en función del hombre” y no el hombre “en función del trabajo”» (Carta enc. Laborem exercens, 6).

8. Esta enumeración, ya de por sí dramática, describe sólo parcialmente las situaciones de pobreza que forman parte de nuestra cotidianidad. No puedo pasar por alto, en particular, un modo de sufrimiento que cada día es más evidente y que afecta al mundo juvenil. Cuántas vidas frustradas e incluso suicidios de jóvenes, engañados por una cultura que los lleva a sentirse “incompletos” y “fracasados”. Ayudémosles a reaccionar ante estas instigaciones nefastas, para que cada uno pueda encontrar el camino a seguir para adquirir una identidad fuerte y generosa.

Es fácil, hablando de los pobres, caer en la retórica. También es una tentación insidiosa la de quedarse en las estadísticas y en los números. Los pobres son personas, tienen rostros, historias, corazones y almas. Son hermanos y hermanas con sus cualidades y defectos, como todos, y es importante entrar en una relación personal con cada uno de ellos.

El Libro de Tobías nos enseña cómo actuar de forma concreta con y por los pobres. Es una cuestión de justicia que nos compromete a todos a buscarnos y encontrarnos recíprocamente, para favorecer la armonía necesaria, de modo que una comunidad pueda identificarse como tal. Por tanto, el interés por los pobres no se agota en limosnas apresuradas; exige restablecer las justas relaciones interpersonales que han sido afectadas por la pobreza. De ese modo, “no apartar el rostro del pobre” conduce a obtener los beneficios de la misericordia, de la caridad que da sentido y valor a toda la vida cristiana.

9. Nuestra atención hacia los pobres siempre está marcada por el realismo evangélico. Lo que se comparte debe responder a las necesidades concretas de los demás, no se trata de liberarse de lo superfluo. También en esto es necesario el discernimiento, bajo la guía del Espíritu Santo, para reconocer las verdaderas exigencias de los hermanos y no nuestras propias aspiraciones. Lo que de seguro necesitan con mayor urgencia es nuestra humanidad, nuestro corazón abierto al amor. No lo olvidemos: «Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 198). La fe nos enseña que cada uno de los pobres es hijo de Dios y que en él o en ella está presente Cristo: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

10. Este año se conmemora el 150 aniversario del nacimiento de santa Teresa del Niño Jesús. En una página de su Historia de un alma escribió: «Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar. Pero, sobre todo, comprendí que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón: Nadie, dijo Jesús, enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Yo pienso que esa lámpara representa a la caridad, que debe alumbrar y alegrar, no sólo a los que me son más queridos, sino a todos los que están en la casa, sin exceptuar a nadie» (Ms C, 12r°: Obras completas, Burgos 2006, 287-288).

En esta casa que es el mundo, todos tienen derecho a ser iluminados por la caridad, nadie puede ser privado de ella. Que la perseverancia del amor de santa Teresita pueda inspirar nuestros corazones en esta Jornada Mundial, que nos ayude a “no apartar el rostro del pobre” y a mantener nuestra mirada siempre fija en la faz humana y divina de nuestro Señor Jesucristo.

Roma, San Juan de Letrán, 13 de junio de 2023, Memoria de san Antonio de Padua, patrono de los pobres.

 

Francisco




















lunes, 20 de febrero de 2023

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2023: ¿en qué se parecen los ayunos y el camino sinodal?

 


Los servicios de comunicación vaticanos han difundido el mensaje del Papa Francisco para esta Cuaresma de 2023 titulado "Ascesis cuaresmal, un camino sinodal", que el Papa firmó a 25 de enero.

El Papa se apoya en la escena de Mateo 17 en que Jesús se lleva a Pedro, Santiago y Juan a "un monte elevado" (el Tabor), y compara esa subida física y espiritual a los esfuerzos ascéticos de Cuaresma (ayunos, limosna, más oración), que no se hacen en soledad sino en compañía del Pueblo de Dios.

Así, Francisco explica: "Debemos dejarnos conducir por Él a un lugar desierto y elevado, distanciándonos de las mediocridades y de las vanidades. Es necesario ponerse en camino, un camino cuesta arriba, que requiere esfuerzo, sacrificio y concentración".

Y añade: "A Jesús hemos de seguirlo juntos. Y juntos, como Iglesia peregrina en el tiempo, vivimos el año litúrgico y, en él, la Cuaresma, caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje".

Después, compara esa subida y la Transfiguración con el actual "proceso sinodal" en la Iglesia.

"También el proceso sinodal parece a menudo un camino arduo, lo que a veces nos puede desalentar. Pero lo que nos espera al final es sin duda algo maravilloso y sorprendente, que nos ayudará a comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino", asegura el Pontífice.

Si la Cuaresma implica detenerse a escuchar a Dios, el Papa detalla que "el escuchar a Cristo pasa también por la escucha a nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia; esa escucha recíproca que en algunas fases es el objetivo principal, y que, de todos modos, siempre es indispensable en el método y en el estilo de una Iglesia sinodal".

Y sobre la escena de la Transfiguración, el Papa puntualiza que cuando Jesús pide alzarse a los aturdidos discípulos "no vieron a nadie más que a Jesús solo". De ahí, el Papa propone "no refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, de experiencias sugestivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones".

Y añade que "la Cuaresma está orientada a la Pascua. El 'retiro' no es un fin en sí mismo, sino que nos prepara para vivir la pasión y la cruz con fe, esperanza y amor, para llegar a la resurrección. De igual modo, el camino sinodal no debe hacernos creer en la ilusión de que hemos llegado cuando Dios nos concede la gracia de algunas experiencias fuertes de comunión. También allí el Señor nos repite: «Levántense, no tengan miedo». Bajemos a la llanura y que la gracia que hemos experimentado nos sostenga para ser artesanos de la sinodalidad en la vida ordinaria de nuestras comunidades".

Transfiguración, de Tiziano, hacia 1560

Transfiguración, de Tiziano, hacia 1560. Luz, dinamismo, impacto extraordinario... pero el Papa señala que lo importante es el día a día, lo cotidiano, incluso aburrido, con los hermanos, al bajar del Tabor.

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Ascesis cuaresmal, un camino sinodal

Mensaje de Cuaresma 2023 del Papa Francisco, texto completo

Queridos hermanos y hermanas:

Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas concuerdan al relatar el episodio de la Transfiguración de Jesús. En este acontecimiento vemos la respuesta que el Señor dio a sus discípulos cuando estos manifestaron incomprensión hacia Él.

De hecho, poco tiempo antes se había producido un auténtico enfrentamiento entre el Maestro y Simón Pedro, quien, tras profesar su fe en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, rechazó su anuncio de la pasión y de la cruz. Jesús lo reprendió enérgicamente: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23). Y «seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17,1).

El evangelio de la Transfiguración se proclama cada año en el segundo domingo de Cuaresma. En efecto, en este tiempo litúrgico el Señor nos toma consigo y nos lleva a un lugar apartado.

Aun cuando nuestros compromisos diarios nos obliguen a permanecer allí donde nos encontramos habitualmente, viviendo una cotidianidad a menudo repetitiva y a veces aburrida, en Cuaresma se nos invita a “subir a un monte elevado” junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis.

La ascesis cuaresmal es un compromiso, animado siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz. Era precisamente lo que necesitaban Pedro y los demás discípulos. Para profundizar nuestro conocimiento del Maestro, para comprender y acoger plenamente el misterio de la salvación divina, realizada en el don total de sí por amor, debemos dejarnos conducir por Él a un lugar desierto y elevado, distanciándonos de las mediocridades y de las vanidades.

Es necesario ponerse en camino, un camino cuesta arriba, que requiere esfuerzo, sacrificio y concentración, como una excursión por la montaña. Estos requisitos también son importantes para el camino sinodal que, como Iglesia, nos hemos comprometido a realizar. Nos hará bien reflexionar sobre esta relación que existe entre la ascesis cuaresmal y la experiencia sinodal.

En el “retiro” en el monte Tabor, Jesús llevó consigo a tres discípulos, elegidos para ser testigos de un acontecimiento único. Quiso que esa experiencia de gracia no fuera solitaria, sino compartida, como lo es, al fin y al cabo, toda nuestra vida de fe. A Jesús hemos de seguirlo juntos. Y juntos, como Iglesia peregrina en el tiempo, vivimos el año litúrgico y, en él, la Cuaresma, caminando con los que el Señor ha puesto a nuestro lado como compañeros de viaje.

Análogamente al ascenso de Jesús y sus discípulos al monte Tabor, podemos afirmar que nuestro camino cuaresmal es “sinodal”, porque lo hacemos juntos por la misma senda, discípulos del único Maestro. Sabemos, de hecho, que Él mismo es el Camino y, por eso, tanto en el itinerario litúrgico como en el del Sínodo, la Iglesia no hace sino entrar cada vez más plena y profundamente en el misterio de Cristo Salvador.

Y llegamos al momento culminante. Dice el Evangelio que Jesús «se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz» (Mt 17,2). Aquí está la “cumbre”, la meta del camino. Al final de la subida, mientras estaban en lo alto del monte con Jesús, a los tres discípulos se les concedió la gracia de verle en su gloria, resplandeciente de luz sobrenatural. Una luz que no procedía del exterior, sino que se irradiaba de Él mismo.

La belleza divina de esta visión fue incomparablemente mayor que cualquier esfuerzo que los discípulos hubieran podido hacer para subir al Tabor. Como en cualquier excursión exigente de montaña, a medida que se asciende es necesario mantener la mirada fija en el sendero; pero el maravilloso panorama que se revela al final, sorprende y hace que valga la pena.

También el proceso sinodal parece a menudo un camino arduo, lo que a veces nos puede desalentar. Pero lo que nos espera al final es sin duda algo maravilloso y sorprendente, que nos ayudará a comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino.

La experiencia de los discípulos en el monte Tabor se enriqueció aún más cuando, junto a Jesús transfigurado, aparecieron Moisés y Elías, que personifican respectivamente la Ley y los Profetas (cf. Mt 17,3). La novedad de Cristo es el cumplimiento de la antigua Alianza y de las promesas; es inseparable de la historia de Dios con su pueblo y revela su sentido profundo.

De manera similar, el camino sinodal está arraigado en la tradición de la Iglesia y, al mismo tiempo, abierto a la novedad. La tradición es fuente de inspiración para buscar nuevos caminos, evitando las tentaciones opuestas del inmovilismo y de la experimentación improvisada.

El camino ascético cuaresmal, al igual que el sinodal, tiene como meta una transfiguración personal y eclesial. Una transformación que, en ambos casos, halla su modelo en la de Jesús y se realiza mediante la gracia de su misterio pascual. Para que esta transfiguración pueda realizarse en nosotros este año, quisiera proponer dos “caminos” a seguir para ascender junto a Jesús y llegar con Él a la meta.

El primero se refiere al imperativo que Dios Padre dirigió a los discípulos en el Tabor, mientras contemplaban a Jesús transfigurado. La voz que se oyó desde la nube dijo: «Escúchenlo» (Mt 17,5). Por tanto, la primera indicación es muy clara: escuchar a Jesús. La Cuaresma es un tiempo de gracia en la medida en que escuchamos a Aquel que nos habla.

¿Y cómo nos habla? Ante todo, en la Palabra de Dios, que la Iglesia nos ofrece en la liturgia. No dejemos que caiga en saco roto. Si no podemos participar siempre en la Misa, meditemos las lecturas bíblicas de cada día, incluso con la ayuda de internet. Además de hablarnos en las Escrituras, el Señor lo hace a través de nuestros hermanos y hermanas, especialmente en los rostros y en las historias de quienes necesitan ayuda.

Pero quisiera añadir también otro aspecto, muy importante en el proceso sinodal: el escuchar a Cristo pasa también por la escucha a nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia; esa escucha recíproca que en algunas fases es el objetivo principal, y que, de todos modos, siempre es indispensable en el método y en el estilo de una Iglesia sinodal.

Al escuchar la voz del Padre, «los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo» (Mt 17,6-8). He aquí la segunda indicación para esta Cuaresma: no refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios, de experiencias sugestivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones.

La luz que Jesús muestra a los discípulos es un adelanto de la gloria pascual y hacia ella debemos ir, siguiéndolo “a Él solo”. La Cuaresma está orientada a la Pascua. El “retiro” no es un fin en sí mismo, sino que nos prepara para vivir la pasión y la cruz con fe, esperanza y amor, para llegar a la resurrección. De igual modo, el camino sinodal no debe hacernos creer en la ilusión de que hemos llegado cuando Dios nos concede la gracia de algunas experiencias fuertes de comunión.

También allí el Señor nos repite: «Levántense, no tengan miedo». Bajemos a la llanura y que la gracia que hemos experimentado nos sostenga para ser artesanos de la sinodalidad en la vida ordinaria de nuestras comunidades.

Queridos hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo nos anime durante esta Cuaresma en nuestra escalada con Jesús, para que experimentemos su resplandor divino y así, fortalecidos en la fe, prosigamos juntos el camino con Él, gloria de su pueblo y luz de las naciones.

Roma, San Juan de Letrán, 25 de enero de 2023, Fiesta de la Conversión de san Pablo.

FRANCISCO

 






lunes, 24 de enero de 2022

El Papa llama a los comunicadores a buscar el bien y la verdad y no el consenso o la ridiculización


 

Con motivo de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales del próximo 29 de mayo, el Papa Francisco ha emitido un mensaje en el que propone la búsqueda del "bien, la verdad y la escucha" como virtudes comunicativas contrapuestas al "consenso, la audiencia o el deseo de ridiculizar al interlocutor".

En su mensaje emitido este 24 de enero, Francisco constata la existencia de una crisis en el ámbito de la comunicación marcada por la pérdida "de la capacidad de escuchar" y que afecta tanto a "las relaciones cotidianas" como a "los debates más importantes de la vida civil".

Entre los rasgos de esta crisis, el Pontífice destaca "un uso del oído que no es verdadera escucha" y que "se ha agudizado en el tiempo de las redes sociales", el de "escuchar a escondidas y espiar instrumentalizando a los demás para nuestro interés".

El documento también lamenta que esta falta de escucha no solo afecta a la vida cotidiana, sino que es especialmente visible en el ámbito público, donde "en lugar de oír al otro nos gusta escucharnos a nosotros mismos". Esto, indicó Francisco, "es síntoma de que más que la verdad, el bien o la escucha se busca el consenso, la audiencia o se trata de impresionar al público con un comentario ingenioso dirigido a ridiculizar al interlocutor".

Abunda el Papa en la idea subyacente a este problema al afirmar que "en muchos diálogos estamos simplemente esperando a que el otro termine de hablar para imponer nuestro punto de vista".

Como último componente de la crisis del ámbito comunicativo, destaca la "desconfianza acumulada hacia la información oficial", por la que "cada vez es más difícil hacer creíble y transparente el mundo de la información".

Escucha, verdad y atención, virtudes del comunicador

Frente a este contexto, Francisco propone "el servicio de la escucha" como rasgo distintivo de la buena comunicación, "confiado por Aquel que es el oyente por excelencia", especialmente a los cristianos.

El mensaje emitido este lunes destaca también que la buena comunicación debe prestar atención a las razones del otro y hacer la realidad más comprensible a sus destinatarios.

"Lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos acercamos con apertura leal, confiada y honesta", indica.

A lo largo del documento, Francisco incide en la dimensión trascendente de la comunicación, "que permite a Dios revelarse como Aquel que, hablando, crea al hombre a su imagen, y escuchando, lo reconoce como su interlocutor".

El hombre, por el contrario, "tiende a huir de la relación y cerrar los oídos para no tener que escuchar", lo que "termina por convertirse a menudo en agresividad hacia el otro".

Por ello, "solo prestando atención a quién escuchamos, qué escuchamos y cómo escuchamos, podemos crecer en el arte de comunicar, cuyo centro no es una teoría o una técnica, sino la capacidad del corazón que hace posible la proximidad".

Como parte de esa escucha, destaca "la escucha de sí mismo" como ingrediente principal en la búsqueda de una comunicación verdadera, en referencia a "las exigencias más verdaderas, inscritas en lo más íntimo de toda persona. No podemos sino escuchar lo que nos hace únicos en la creación: el deseo de estar en relación con los otros y con el Otro".

Antes de concluir su mensaje, Francisco destacó "la virtud de la paciencia" y "la capacidad de dejarse sorprender por la verdad" como elementos también necesarios para una buena escucha y comunicación.

"También en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos", concluyó: "Nosotros los cristianos olvidamos que el servicio de la escucha nos ha sido confiado por Aquel que es el oyente por excelencia".

Puedes leer aquí el mensaje completo del Papa Francisco para la 56ª Jornada Mundial para las Comunicaciones  Sociales. 




























domingo, 27 de mayo de 2018

Video: A los jóvenes de Argentina (y no sólo a ellos): “¡Leed el Evangelio dos minutos al día!”

Un mensaje para los jóvenes católicos del mundo entero, aunque el Papa se dirija a los jóvenes argentinos.


El Papa Francisco ofreció un especial consejo a los jóvenes para que sean capaces de asumir la tarea de renovar la historia, en un videomensaje enviado al II Encuentro Nacional de Juventud que se realiza del 25 al 27 de mayo en la ciudad de Rosario en Argentina.
El Santo Padre explicó que, para poder renovar la historia y construir la civilización del amor, es necesario estar con Jesús, “ir a su encuentro en la oración, en la Palabra, en los sacramentos. Dedicarle tiempo, hacer silencio para oír su voz. ¿Vos sabés hacer silencio en tu corazón para escuchar la voz de Jesús? No es fácil. Probá”.
Para encontrarse con el Señor, aconsejó el Papa, es necesario portar y leer la Palabra de Dios, por lo menos dos minutos diariamente.




Mensaje del Papa Francisco
Queridos chicos y chicas:
Me alegra hacerme presente a través de este video mensaje en este Encuentro Nacional de Juventud que están viviendo en Rosario. Me lo pidieron mis hermanos obispos, y lo hago con gusto.
Sé que se prepararon con mucho esfuerzo y de muchas maneras para poder estar ahí. Gracias por todo ese trabajo, por ponerse en camino con alegría, con fe y esperanza, con ilusiones compartidas. Cuando uno va a un encuentro de jóvenes siempre hay fe, esperanza, ilusiones que se van compartiendo allí y van creciendo. ¡Gracias por el entusiasmo que contagian —donde hay jóvenes hay lío— por el amor hacia Cristo y los hermanos, que en estos días seguramente va a ir en aumento! Pero que no sea espuma, que no sea solo espuma. Que sea jabón que hace espuma, pero que sea jabón.
Cuando pensaba en ustedes y en qué podía compartirles para este encuentro, se me ocurrieron tres palabras: presencia, comunión y misión.
La primera palabra es presencia. Jesús está con nosotros, está presente en nuestra historia. Si no nos convencemos de esto, no somos cristianos. Él camina con nosotros, aunque no lo conozcamos. Pensemos en los discípulos de Emaús. Jesús se ha hecho nuestro hermano, nos invita también a nosotros a encarnarnos, a construir juntos esa palabra tan linda, la civilización del amor, como discípulos y misioneros suyos, acá y ahora: en tu casa, con tus amigos, en las situaciones que te tocan vivir a diario. Para eso es necesario estar con él, ir a su encuentro en la oración, en la Palabra, en los sacramentos. Dedicarle tiempo, hacer silencio para oír su voz. ¿Vos sabés hacer silencio en tu corazón para escuchar la voz de Jesús? No es fácil. Probá.
Él está con vos, aunque tal vez en algunos momentos te sientas como los de Emaús antes de encontrarse con Jesús resucitado: te sientas triste, decepcionado, bajoneado, bajoneada, sin muchas esperanzas de que las cosas cambien. Y bueno, se ven cada cosa en la vida, que a veces, claro, nos bajoneamos. Vas herido por el camino, y parece que ya no podés más, que las contradicciones son más fuertes de todo lo positivo, de toda la polenta que vos le quieras poner, que no ves la luz al final del túnel. Pero cuando te encontrás con Jesús —es una gracia— el buen samaritano que se acerca a ayudarte, ese Jesús, todo se renueva, vos te renovás y podés con Jesús renovar la historia. “Eh padre no exagere, cómo vamos a renovar la historia”. Podés renovar la historia. La renovó una chica de dieciséis años que en Nazaret dijo “sí”. Podés renovar la historia.
El buen samaritano es Cristo que se acerca al pobre, al que lo necesita. El buen samaritano también sos vos cuando, como Cristo, te acercás al que está a tu lado, y en él sabés descubrir el rostro de Cristo. Es un camino de amor y misericordia: Jesús nos encuentra, nos sana, nos envía a sanar a otros. Nos envía a sanar a otros. Solamente nos es lícito mirar a una persona de arriba a abajo, desde arriba, solamente para agacharnos y ayudarla a levantarse. Si no, no tenemos derecho de mirar a nadie desde arriba. Nada con la naricita así, ¿eh? Si yo miro desde arriba es para agachar y ayudar a levantar.
Pero para recorrer este camino de ayudar a levantar a otros, no lo olvidemos, necesitamos de los encuentros personales con Jesús, momentos de oración, de adoración y, sobre todo, de escucha de la Palabra de Dios. Les pregunto nomás: ¿Cuántos de ustedes leen dos minutos el Evangelio en el día? ¡Dos minutos, eh! Tenés un Evangelio chiquito, lo llevás en el bolsillo, en la cartera… Mientras vas en el bus, mientras vas en el subte, en el tren o te parás y te sentás en tu casa, lo abrís y leés dos minutos. Probá. Y vas a ver cómo te cambia la vida. ¿Por qué? Porque te encontrás con Jesús. Te encontrás con la Palabra.
La segunda palabra es comunión. No vamos solos escribiendo la historia; algunos se la creyeron, piensan que solos o con sus planes van a construir la historia. Somos un pueblo y la historia la construyen los pueblos, no los ideólogos. Los pueblos son los protagonistas de la historia. Somos una comunidad, somos una Iglesia. Y si vos querés construir como cristiano tenés que hacerlo en el pueblo de Dios, en la Iglesia, como pueblo. No en un grupito pitucón o estilizado, apartado de la vida del pueblo de Dios. El pueblo de Dios es la Iglesia, con toda la gente de buena voluntad, con sus chicos, sus grandes, sus enfermos, sus sanos, sus pecadores ¡que somos todos! Con Jesús, la Virgen, los Santos que nos acompañan. Caminar en pueblo. Construir una historia de pueblo. Jesús cuenta con vos y también cuenta con él, con ella, con todos nosotros, con cada uno. Sabemos que como Iglesia estamos en un tiempo muy especial, en el año del Sínodo de los obispos que va a tratar el tema de los jóvenes. Ustedes los jóvenes serán el objeto de las reflexiones de este Sínodo. Y además, recibiremos de ustedes los aportes, ya sea de la asamblea pre-sinodal que se realizó en Roma, con 350 chicos y chicas de todo el mundo: cristianos, no cristianos y no creyentes, en la cual también participaron 15.000 a través de las redes sociales, que se iban comunicando con ellos. Ellos han hecho una propuesta, una semana estudiaron: peleando, discutiendo, riéndose. Y ese aporte nos llega al Sínodo. Y ahí estás vos. Con ese aporte vamos adelante.
Los invito a ser partícipes, protagonistas desde el corazón de este acontecimiento eclesial tan importante. No se queden al margen, comprométanse, digan lo que piensan. No sean exquisitos: “Que me miró, que me tocó, que si la piensa distinto, que no estoy de acuerdo con lo que pensás”. ¿Vos cómo vivís? ¡Compartí lo que vivís! El Papa quiere escucharlos. El Papa quiere dialogar y buscar juntos nuevos caminos de encuentro, que renueven nuestra fe y revitalicen nuestra misión evangelizadora.
Ustedes saben mejor que yo que las computadoras, los celulares necesitan actualizaciones para funcionar mejor. También nuestra pastoral necesita actualizarse, renovarse, revisar la conexión con Cristo a la luz del Evangelio —ese que desde ahora vas a llevar en el bolsillo y vas a leer dos minutos por día— mirando al mundo de hoy, discerniendo y dando nuevas energías a la misión compartida. Ese es el trabajo que van a tener ustedes en estos días, sobre todo, y que yo acompaño con mi cercanía y mi oración. Y mi simpatía.
Decíamos, entonces, presencia y comunión. La tercera palabra es misión. Se nos llama a ser Iglesia en salida, en misión. Una Iglesia misionera, no encerrada en nuestras comodidades y esquemas, sino que salga al encuentro del otro. Iglesia samaritana, misericordiosa, en actitud de diálogo, de escucha. Jesús nos convoca, nos envía y nos acompaña para acercarnos a todos los hombres y mujeres de hoy. Así lo escucharemos el próximo domingo en el Evangelio: «Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). ¡Vayan, no tengan miedo! Los jóvenes tienen la fuerza de la inquietud, del inconformismo —sean inconformistas—, hagan lío, no dejen que la historia se escriba fuera, mientras miran por la ventana, “no balconeen la vida”, pónganse las zapatillas, salgan, con la camiseta de Cristo y juéguense por sus ideales. Vayan con él a curar las heridas de tantos hermanos nuestros que están tirados al borde del camino, vayan con él a sembrar esperanza en nuestros pueblos y ciudades, vayan con él a renovar la historia.
Muchas veces han oído decir que ustedes son el futuro, en este caso el futuro de la patria. El futuro está en las manos de ustedes, verdad, porque nosotros nos quedamos y ustedes siguen. Pero cuidado: un futuro sólido, un futuro fecundo, un futuro que tenga raíces. Algunos sueñan con un futuro utópico: “No, la historia ya pasó; no, lo de antes no, ahora empieza”. Ahora no empieza nada. Te la vendieron. Bernárdez, nuestro poeta, termina un verso diciendo: «Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado». Volvé a las raíces y armá tú futuro desde las raíces desde donde te viene la savia: no renegués la historia de tu patria, no renegués la historia de tu familia, no niegues a tus abuelos. Buscá las raíces, buscá la historia. Y desde allí construí el futuro. Y aquellos que te dicen: “Que si los héroes nacionales ya pasaron o que no tiene sentido, que ahora empieza todo de nuevo…” Riételes en la cara. Son payasos de la historia.
Y los invito también a mirar en estos días a María, la Virgen del Rosario, que supo estar cerca de su Hijo acompañándolo en sus misterios de gozo y de dolor, de luz y de gloria. Que ella, María, Madre de la cercanía y la ternura, Señora del corazón abierto y siempre disponible para ir al encuentro de quienes la necesitan, sea su maestra en el modelo de la vida de fe. Ustedes busquen allí, que ella les enseña.
Que Jesús los bendiga, que la Virgen Santa los cuide a ustedes, a sus familias, a sus comunidades. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí, para que sepa transmitir las raíces a las nuevas generaciones que las harán florecer en el futuro. Y esos son ustedes. ¡Gracias!