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sábado, 11 de julio de 2026

¿Comunión en la boca o en la mano?

 

Aclarando dudas de un joven

Dos fieles comulgan en la boca y en la mano.

Dos fieles comulgan en la boca y en la mano


    A veces me pregunto después de distribuir la comunión: ¿saben los que se acercan a comulgar a quién están recibiendo? Lo pregunto sin juzgar, porque yo mismo soy el primero que necesita que se lo recuerden cada día. Lo pregunto porque hay algo en la forma en que muchas veces se comulga hoy que me genera una inquietud pastoral.

    La Eucaristía es, en palabras del Concilio, "fuente y culmen de toda la vida cristiana" (Lumen Gentium, 11). En ella no comemos pan: comemos el Cuerpo de Cristo, sustancial y realmente presente, el mismo que nació de María, que murió en la Cruz y que resucitó al tercer día: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Eso que se deposita en la mano o en la lengua en el momento de comulgar es Dios. El mismo Jesús que dijo: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6, 55-56). Por la forma en que muchas veces comulgamos y en el poco tiempo que nos quedamos después rezando creo que no somos conscientes de esto. Y es un preocupa. Tiene que ver también con la forma de comulgar...

    Norma y excepción

    La comunión en muchas de nuestras misas se ha convertido en una fila que avanza deprisa, como si estuviéramos haciendo cola lo más rápido posible para recoger un pedido en una ventanilla. Uno de los factores que ha contribuido a esto, aunque no sea el único, ha sido el modo en que se ha generalizado la comunión en la mano. Sé que decir esto me señala y que me pueden llamar carca, tradi, y esas cosas, pero voy a explicar por qué lo pienso. Además por unas preguntas que hace poco me ha hecho un joven me di cuenta de que hay una gran confusión con este tema y no pocos escrúpulos por parte de gente que realmente tiene amor a la Eucaristía y es consciente de lo que es. Quiero dejar claro desde el principio que no estoy diciendo que el que comulga en la boca es consciente y que el que comulga en la mano no es consciente. Yo no suelo hacer simplificaciones de esas.

    La comunión en la mano no es la norma de la Iglesia. Nunca lo ha sido. La norma universal y ordinaria de la Iglesia latina sigue siendo la comunión en la lengua, reafirmada expresamente por san Pablo VI en Memoriale Domini (1969) tras consultar a todo el episcopado mundial, con un resultado llamativo y aplastante: 1.233 obispos votaron en contra de cambiar la forma de comulgar, frente a 567 a favor. Es decir, que la mayoría de los obispos consultados querían que se mantuviese la comunión en la boca y no se permitiese la comunión en la mano. El Papa tomó nota y confirmó la norma: lo normal y habitual lo que debe ser común es comulgar en la boca.

    La comunión en la mano es, jurídicamente, un indulto, es decir, una excepción formal a la ley general, concedida territorio por territorio mediante un procedimiento muy preciso: votación de dos tercios de la Conferencia Episcopal más confirmación expresa de la Santa Sede; es decir, que el Papa concedió que si una mayoría de la Conferencia Episcopal votaba a favor de la comunión en la mano, entonces se podía aplicar una excepción en esa región. Fíjate: una excepción. En España ese indulto se concedió en 1976, y por eso en nuestras diócesis existe la posibilidad legítima de comulgar en la mano. Posibilidad que es una excepción a la norma; una posibilidad, que es distinto de una obligación, y la excepción desde luego no deroga la norma. Redemptionis Sacramentum (2004), número 92, lo dice claro clarinete: "todo fiel tiene siempre derecho a recibir la sagrada Comunión en la boca". Ese derecho no depende de que exista o no el indulto, no puede ser restringido por ningún ministro bajo ningún pretexto, y no admite presión de ningún tipo.

    Presentar la comunión en la mano como si fuese la norma, como si la comunión en la lengua fuera una rareza de nostálgicos, carece de fundamento doctrinal. Y lo que ya constituye directamente un abuso litúrgico, un abuso de autoridad y de conciencia, denunciado expresamente en los documentos, es negar o dificultar la comunión en la boca a quien la pide. Abuso que ocurre,; yo lo he visto cuando en mi familia, en Barcelona, han negado la comunión en la boca a algunos de mis hermanos o les han dejado de lado u obligado a ponerse de pie cuando se han arrodillado para comulgar. Hay comunidades, parroquias, incluso algunos movimientos eclesiales que de facto imponen la comunión en la mano como única forma posible, que hacen sentir raros o anticuados a quienes quieren arrodillarse o comulgar en la boca. El Derecho Canónico no respalda eso en absoluto. La forma de comulgar es algo propio del fiel que debe poder elegir y no puede ser impuesto por nadie, ni siquiera por un movimiento, comunidad o sacerdote en concreto ni obispo ni el Papa.

    Lo más importante: la comunión consciente y fructuosa

    Pero más allá de la cuestión disciplinar, que importa y mucho porque la liturgia forma la fe y no al revés, lo que me preocupa de fondo es otra cosa. La extensión masiva de la comunión en la mano, unida a la rapidez con que se administra, ha contribuido a que mucha gente haya perdido el sentido de a quién está recibiendo. Lo veo en cómo se sostiene la hostia en la mano antes de consumirla. Lo veo en quien se va antes de consumirla por completo, llevándose de paseo al Señor. Lo veo, y esto sí que es grave, en los casos que Redemptionis Sacramentum enumera como abuso grave: fieles que se llevan la hostia, que la depositan en el bolso, que no la consumen de inmediato ante el ministro como exige el propio indulto. Es tremendo tener que parar toda la fila de la comunión y perseguir a alguien para ver si ha comulgado. O, como me pasó en una parroquia, ver que una mujer se había llevado a la Sagrada Forma para pegarla con celo en un cartoncito y tenerla en adoración en casa... Con buena intención y muy poca formación. Ya no hablemos de las profanaciones satánicas... El indulto tiene condiciones estrictas: consumir inmediatamente, ante el ministro, sin alejarse con la sagrada forma y revisar bien en la palma de la mano para asegurarse de que no queden partículas del cuerpo de Cristo. Que esas condiciones se incumplan de forma habitual sin que nadie diga nada, mientras se sigue considerando que todo va bien, es lo que quiero señalar en este artículo.

    La Iglesia siempre ha reservado el contacto directo con la Eucaristía a las manos consagradas del sacerdote. Esto parte de la comprensión de que lo que se toca en ese momento es algo sagrado: el Cuerpo del Señor, y que ese contacto pide la mayor reverencia posible. Los Padres de la Iglesia, que conocían bien el mundo antiguo y no eran precisamente idiotas, escribían sobre la Eucaristía con un temblor, respeto y reverencia que muchas veces no encuentro reflejado en la forma en que recibimos la comunión hoy. San Cirilo de Jerusalén, en sus catequesis mistagógicas, instruía a los fieles a formar con las manos un trono para el Rey antes de recibir la comunión, y a no perder ni un fragmento, porque "si te falta algo, es como si perdieras uno de tus propios miembros". Esa conciencia de la presencia real es la que me gustaría ayudar a recuperar.

    Mi propuesta es sencilla: comulgar en la boca. No porque sea obligatorio, aunque sí es lo que la norma universal de la Iglesia privilegia. Invito a comulgar en la boca porque es la forma que mejor expresa la consciencia de lo que estamos recibiendo, la que más protege la presencia real, la que evita la pérdida de fragmentos perdidos y de gestos inadvertidos, y por supuesto de profanaciones. Pone el cuerpo en una postura de adoración, reverencia y recepción: recibes, no tomas por ti mismo, a Cristo, a quien no merecemos. Este modo de comulgar educa la fe. Yo invito incluso a arrodillarse para mostrar aún más reverencia y adoración cumpliendo con el cuerpo lo que acabamos de decir: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa...", y abrir la boca ante el sacerdote es un gesto que todo el cuerpo hace junto con el alma, diciéndole a Cristo: tú te me das, yo te recibo, tú eres el Señor y yo soy tu criatura.

    Y si por la razón que sea se prefiere comulgar en la mano (donde el indulto está vigente hay todo el derecho de hacerlo) que al menos se haga como la Iglesia manda: formar un trono con las palmas, una sobre otra, esperar a que el sacerdote deposite la hostia, llevarla a la boca inmediatamente sin alejarse, sin dejar fragmentos en la palma. No es complicado. Es lo minimo que merece el Dios a quien estamos recibiendo.

    A quien recibimos

    Lo que me gustaría es que la próxima vez que alguien vaya a comulgar, algo cambie en su interior antes de llegar al altar. Que sepa que va a recibir a Dios. Al mismo que curó leprosos y resucitó a Lázaro. Al mismo que murió por nosotros y que quiere entrar, habitarnos, transformarnos desde dentro. "El que come mi carne permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56). Si eso se toma en serio, todo cambia: la forma de comulgar, la forma de acercarse en la fila (cuyo nombre real es Vía sacra), el silencio de después, la acción de gracias...

    La Iglesia distingue entre el efecto del Sacramento y el fruto del Sacramento. El efecto se produce por sí mismo al margen de la fe de la gente (ex opere operato). En el caso de la Eucaristía se trata de la presencia real de Cristo bajo la forma de pan y vino. Pero el fruto es la gracia que el sacramento causa en la persona que lo recibe. Y el fruto sí que depende de la consciencia, de la preparación y de las disposiciones interiores del sujeto (ex opere operantis). Por eso comulgar como quien come una galleta no sirve para nada. Como dice San Pablo, "el que come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su propia condenación" (1 Corintios 11, 29). Ya no hablemos si no se cumplen las condiciones para comulgar como el ayuno eucarístico, no estar en pecado mortal, en situación objetivamente desordenada. 

    La espiritualidad católica es esencialmente eucarística. En la Eucaristía está Cristo, y sin Cristo no se sostiene nada. Aprovecha su presencia. Comulga bien. Quédate después un rato a darle gracias. Y si un día te acercas al altar con prisas, de pasada, como quien recoge algo en un mostrador, para. Respira, detente y recuerda a quién vas a recibir.

    Jesús María Silva Castignani, ReL

    Vea también    La comunión y la oración final
    - Papa Francisco




    viernes, 27 de septiembre de 2024

    ¿Sabías que todos los santos y ángeles te están animando?

     COMMUNION OF SAINTS

    Invisible a nuestros ojos, toda la corte celestial de ángeles y santos está a nuestro lado, animándonos y esperando que tomemos las decisiones correctas

    A veces es difícil pensar en los santos y los ángeles cuando nuestra vida en la tierra puede parecer solitaria y aislada, sobre todo si nos esforzamos por ser buenos cristianos y parece que todo el mundo en nuestra comunidad local trabaja en nuestra contra.

    Es precisamente en esos momentos cuando necesitamos recordarnos a nosotros mismos que no estamos solos.

    Fans celestiales

    San Francisco de Sales comenta esta realidad en su Introducción a la vida devota, invitando a sus lectores a imaginarse una escena celestial, centrándose primero en cómo Jesús y su Santísima Madre están allí, invitándonos a elegir el Cielo:

    "Considera que Jesucristo, entronizado en el Cielo, te mira con amorosa invitación: '¡Oh amado, ven a Mí, y goza para siempre en la eterna bienaventuranza de Mi Amor!'

    Contempla a Su madre anhelándote con ternura maternal: 'Ánimo, hijo mío, no desprecies la Bondad de mi Hijo, ni mis fervientes oraciones por tu salvación'"

    Imaginar a los santos

    Luego nos invita a imaginarnos a todos los santos animándonos:

    "Contempla a los santos, que te han dejado su ejemplo, a los millones de almas santas que te persiguen, deseando fervientemente que un día te unas para siempre a ellos en su canto de alabanza, exhortándote a que el camino al cielo no es tan difícil de encontrar como el mundo te quiere hacer creer. 'Sigue adelante con valentía, querido amigo', claman. 'Quien medite bien el camino por el que llegamos hasta aquí, descubrirá que llegamos a estas delicias presentes con alegrías más dulces que las que este mundo puede dar'.

    Todos en el Cielo nos animan, pues quieren que compartamos su alegría.

    Puede que no podamos verlos con nuestros ojos físicos, pero si estamos abiertos a su presencia espiritual, podemos sentir la paz que traen.

    Piensa en el ejemplo de los que están en el cielo

    San Francisco de Sales termina su meditación con las siguientes palabras:

    "Piensa con amor en el ejemplo que te han dado la Santísima Virgen y los santos, y esfuérzate por seguirles. Entrégate a tu Ángel de la guarda, para que sea tu guía, y ármate de nuevo de valor para hacer esta elección".

    Podemos sentirnos solos, pero no lo estamos, y millones de santos nos esperan en el Cielo, esperando y rezando para que tomemos las decisiones correctas en la tierra.

    Philip Kosloski, Aleteia 

    Vea también     Los Ángeles















    domingo, 4 de agosto de 2024

    Los 4 pasos del Santo Cura de Ars para encender el amor a la Eucaristía


     

    En la Fiesta de San Juan María Vianney, recordamos cuatro importantes pasos del Santo Cura de Ars para volver a encender el amor de su pueblo por la Eucaristía, recopilados por el sacerdote católico Roger Landry.

    Cada 4 de agosto, la Iglesia Católica celebra la fiesta litúrgica de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, sacerdote de la Tercera Orden Franciscana y patrono de sacerdotes y párrocos, quien aseguró a su madre que dedicaría su ministerio a "conquistar muchas almas".

    En un artículo del National Catholic Register, el P. Roger Landry reveló la exitosa estrategia pastoral que aplicó San Juan María Vianney en el siglo XIX para que en su parroquia de Ars (Francia) resurja el fervor eucarístico.

    Según el relato de P. Landry, el Santo Cura de Ars llegó a la iglesia de San Sixto en 1818, y la mayoría de los 230 residentes del lugar fueron a Misa el domingo para conocerlo. No obstante, el santo observó que cada vez menos fieles comulgaban o asistían a la Eucaristía.

    "La falta de amor a Dios, y la falta casi total de conciencia del don de Dios en la Sagrada Eucaristía, desconcertaron al Padre Vianney", pues para los católicos de su tiempo el asistir a Misa, adorar el Santísimo y comulgar era "lo suficientemente importante como para morir", escribió.

    El P. Landry explicó que cuando el santo era niño viajaba de noche y a escondidas con sus padres para asistir a Misa en graneros.

    Esto era así debido a que durante la Revolución Francesa, las Eucaristías se celebraban de forma clandestina y los sacerdotes cuidaban que los católicos no sean descubiertos; de lo contrario, el clero y los fieles eran condenados a morir decapitados.

    Fue así que el santo desarrolló la siguiente estrategia de cuatro pasos para reavivar el amor a Jesús Sacramentado y renovar la vida eucarística de su pueblo: 

    1. Recordar la importancia de asistir a la Misa dominical

    El P. Landry señala que lo primero que hizo el Santo Cura de Ars "fue ayudar a su pueblo a recuperar el sentido de la importancia de santificar el Día del Señor".

    Desde el inicio del cristianismo el domingo es considerado como una "pequeña Pascua", así que el santo siempre recordaba que el domingo era "un don divino para ayudarnos a ser quienes debemos ser", indica. El santo solía ir de paseo al pueblo antes de Misa para llevar a la gente del campo, e incluso "no dudó en usar fuego y azufre cuando era necesario", agrega.

    El Santo Cura de Ars solía señalar que el hombre "no sólo tiene necesidades materiales y apetitos básicos, sino también necesidades del alma y apetitos del corazón. Vive no sólo de pan, sino de oración, de fe, de adoración y de amor". 

    Con el tiempo, la mayoría de aldeanos regresó a la Misa dominical, y eso le permitió iniciar "el verdadero trabajo de formarlos para vivir vidas eucarísticas", destaca el P. Landry.

    2. Enseñar el verdadero significado de la Misa

    Después, el Santo Cura de Ars ayudó a su pueblo a recuperar el asombro por lo que sucede en la Eucaristía. Les enseñó a "reconocer que en el sacrificio de la Misa participamos del sacrificio de Cristo […] que hizo posible la salvación; y que en la consagración, el pan y el vino se transforman totalmente en Jesucristo, real, verdadera y sustancialmente", apunta el P. Landry.

    Él solía decir a los fieles que "asistir a Misa es la acción más grande que podemos hacer", pues durante la Eucaristía "¡la lengua del sacerdote y un pedazo de pan hacen a Dios! ¡Eso es más que crear el mundo!", subraya el P. Landry citando al santo.

    Además, San Juan María Vianney recordaba que "todas las buenas obras en el mundo juntas no son equivalentes al sacrificio de la Misa, pues son obras de los hombres, y la Santa Misa es obra de Dios".

    "El mártir no es nada en comparación, pues el martirio es el sacrificio que el hombre hace de su vida a Dios; la Misa es el sacrificio que Dios hace de su Cuerpo y Sangre por el hombre", destacaba el santo.

    3. Promover la reverencia a la Eucaristía en Misa

    El P. Landry revela que luego el santo ayudó a su pueblo a "crecer en la apreciación práctica de la presencia real del Señor en la Eucaristía", y ello a través de su ejemplo de vida: el santo solía hacer reverencia a la Eucaristía en Misa y rezaba ante el Santísimo.

    El Santo Cura de Ars decía que las personas nunca habríamos pensado en pedir a Dios "que su Hijo muera por nosotros, que nos dé su cuerpo para comer, su sangre para beber", sino que "Dios en su amor lo ha dicho, concebido y actuado", recuerda el P. Landry.

    El santo "solía predicar entre lágrimas, recordando a su pueblo que Dios mismo estaba entre ellos en el altar y en el tabernáculo"; y precisa que el Cura de Ars les decía: "¡Él está aquí!" y los animaba a dedicar más tiempo a la adoración eucarística y a visitarlo como si fuera nuestro amigo.

    Jesús "nos espera de noche y de día" para "decirle nuestras necesidades y para recibirlo", y se acomoda "a nuestra debilidad: si se apareciera en gloria ante nosotros, nunca nos habríamos atrevido a acercarnos", solía enseñar el santo.

    4. Alentar a recibir con frecuencia la Comunión 

    El último paso fue ayudar a preparar el alma de su pueblo y de toda Francia con el sacramento de la Confesión para que reciban a Jesús dignamente, "no sólo cada domingo, sino con la mayor frecuencia posible, incluso todos los días". 

    El Santo Cura de Ars confesó a muchas personas en jornadas de entre 12 y 18 horas diarias por 31 años, y les explicaba que si rezaban y recibían la Sagrada Eucaristía más seguido y con más amor, "serían santos".

    El santo proclamaba que en la Comunión "¡Dios se entrega a vosotros! ¡Él se hace uno contigo!", y que si realmente comprendieran su felicidad, "no podrían vivir" sino que "morirían de amor". "¡Venid a comulgar, venid a Jesús, venid a vivir de Él, para vivir por Él!", recuerda el P. Landry.

    El Santo Cura de Ars trabajó con paciencia y rezó por la conversión de su pueblo hasta que logró que los fieles llenaran la iglesia todos domingos en la Misa de las 7:00 a.m. 

     Cynthia Pérez, ACI

    Vea también     Sermones del santo cura de Ars



























    domingo, 21 de julio de 2024

    ¡Comulga, pues, con frecuencia!

     



    La frecuencia de confesar y comulgar. Porque dime, alma mía, ¿viviría mucho tu cuerpo sin alimento? ¿creerías que para hacerlo vivir le bastaría tomarle una, dos o tres veces al año? Y aunque fuera posible que así viviese ¿estaría muy fuerte y muy robusto? ¿Y querrás que tu alma viva la vida de la gracia sin tomar a menudo el pan divino y sobresustancial de la Eucaristía? ¿Te figuras que le es menos necesario que el material para el cuerpo? No, te engañas tontamente; ni quieras milagros sin necesidad. Como Dios te ha dado el pan material para alimentar a tu cuerpo, así te ha dado el pan eucarístico para mantener y aumentar la vida espiritual de tu alma: comulga, pues, con frecuencia, como te lo aconsejan los santos y te lo persuade tu propia necesidad espiritual, y vivirás eternamente...

    San Antonio María Claret
    Ejercicios Espirituales de
    San Ignacio de Loyola Explicados

    domingo, 25 de febrero de 2024

    Yo comulgo, pero no me confieso. ¿Es correcto?

    Communion


    Una duda que cada vez es más común: ¿se puede comulgar sin confesarse? Aquí está la respuesta del obispo Stanislav Zore

    Una duda que cada vez es más común, surge entre quienes no saben si pueden comulgar sin una confesión previa. De hecho, muchas personas se acercan a la comunión sin entender la riqueza de lo que están recibiendo. Para conocer más sobre este interesante asunto, Mons. Stalisnav Zore, obispo de Liubliana, en Eslovenia, da una respuesta que Aleteia comparte en tres puntos:

    1
    LA PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA

    Communion wafers

    El obispo comenta que todos los bautizados formamos parte del Cuerpo místico vivo de Cristo, la Iglesia, y debemos aceptar y vivir las enseñanzas de la Escritura y de la Tradición, tal como las enseña la Iglesia.

    Además, añade que «esta pregunta abre una reflexión sobre el amor de Dios que permanece con nosotros en Cristo hasta el fin del mundo (cf.Mt 28, 20), y también sobre nuestra disponibilidad para aceptar su permanencia con nosotros. De la manera más gloriosa, pero no la única, Jesús permanece con nosotros en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía».

    Monseñor Zore precisa:

    «En nuestra experiencia y percepción cotidianas, pensamos primero en la presencia de Jesús en el sagrario, durante la adoración en la custodia, y podríamos mencionar muchos otros. Cuando los confirmandos enumeran los sacramentos de la Iglesia, suelen pensar en recibir la Sagrada Comunión en la Eucaristía».

    2
    LA EUCARISTÍA ES CRISTO EN MISA

    eucharystia-chleb-cialo-chrystusa-shutterstock

    «Pero debemos recordar que sin la Eucaristía, en un sentido real, esta presencia de Jesús no existiría en absoluto», puntualiza el obispo de Liubliana. «La Eucaristía, en el verdadero y pleno sentido de la palabra, es la Santa Misa. La Sagrada Eucaristía ‘es fuente y culmen de toda la vida cristiana’, dice la Constitución dogmática sobre la Iglesia (LG 11)».

    Por eso, destaca Monseñor Stalisnav, «la Santa Misa es un don inconmensurable de Dios, el mayor milagro, que se celebra día tras día con gran modestia en los altares de nuestras iglesias, con la mayor o menor participación del pueblo de Dios. Hoy hemos perdido en gran medida el sentido de la grandeza y de la riqueza del sacrificio de la Misa. Es cierto, sin embargo, que la plena participación en la Santa Misa significa también comulgar».

    Jesús nos invita y nos recuerda:

    «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6, 53). «Si queremos responder a esta invitación, debemos prepararnos para un momento tan grande y santo (…) Quien tenga conciencia de algún pecado grande debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a la Comunión».

    CIC 1457

    3
    CONFESARSE ANTES DE COMULGAR, SI HAY PECADO GRAVE

    Communion.jpg

    En este punto, el obispo destaca: «Por tanto, si alguien se acerca a la Comunión sin haber recibido antes el Sacramento de la Reconciliación, esto no significa en sí mismo que esté pecando».

    Y agrega que «quien no es consciente de un pecado grave puede y debe acercarse a la Comunión, ya que los pecados leves se perdonan con el arrepentimiento al comienzo de la Santa Misa, con la oración ‘Señor, soy indigno’ antes de la Comunión y con la Comunión misma».

    Pero, recomienda, «una conciencia sana es necesaria para hacer un sano balance de nuestros pecados». El Catecismo de la Iglesia católica enseña que:

    «Aunque no sea estrictamente necesaria, la Iglesia recomienda vivamente la confesión de las transgresiones cotidianas. En efecto, la confesión regular de los pequeños pecados nos ayuda a formar nuestra conciencia, a luchar contra nuestras malas inclinaciones, a entregarnos a Cristo para ser sanados».

    CIC 1458

    EXTRA
    JESÚS VINO A SALVARNOS

    Para concluir, el obispo Stalisnav Zore añade:

    Permítanme terminar con un hermoso pensamiento de James Mallon: un sacerdote «le dijo que su vocación sacerdotal era principalmente proteger la Eucaristía de la gente… Si esta fuera la actitud de Dios, no tendríamos ni la Encarnación ni el cristianismo, y mucho menos la Eucaristía» (Más allá de los límites de la parroquia, 73).

    «Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él». (Jn 3, 17)

    Este artículo se realizó con información publicada por primera vez en el semanario «Družina» (Familia), volumen 73, número 3, de Eslovenia.

    Stab Stanislav Zore, Aleteia

    VEa también      La Iglesia Comunión: Catequesis de San Juan Pablo II


    domingo, 17 de diciembre de 2023

    Vaticano: Ser madre soltera no impide el acceso a la Eucaristía


     

    En una carta publicada en español, inglés e italiano en el sitio web del Vaticano, el Cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, aseguró este 13 de diciembre que “el hecho de ser madre soltera no impide el acceso a la Eucaristía”.

    La misiva está dirigida a Mons. Ramón Alfredo de la Cruz Baldera, Obispo de San Francisco de Macorís (República Dominicana), y su publicación fue aprobada por el Papa Francisco tras una audiencia con el purpurado el 13 de diciembre.

    El Cardenal Fernández escribió a Mons. De la Cruz Baldera: “Con fecha 24 de octubre de 2023, recibía un email suyo en el que expresaba su preocupación por el comportamiento de algunas madres solteras que ‘se abstienen de comulgar por temor al rigorismo del clero y de los dirigentes comunitarios’. Además, varias cartas de laicos recibidas por el Santo Padre vuelven sobre el mismo tema”.

     Por David Ramos ACI























    lunes, 14 de agosto de 2023

    Los 4 pasos del Santo Cura de Ars para encender el amor a la Eucaristía



     En la víspera de la Fiesta de San Juan María Vianney, recordamos cuatro importantes pasos del Santo Cura de Ars para volver a encender el amor de su pueblo por la Eucaristía, recopilados por el sacerdote católico Roger Landry.

    Cada 4 de agosto, la Iglesia Católica celebra la fiesta litúrgica de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, sacerdote de la Tercera Orden Franciscana y patrono de sacerdotes y párrocos, quien aseguró a su madre que dedicaría su ministerio a “conquistar muchas almas”.

    En un artículo del National Catholic Register, el P. Roger Landry reveló la exitosa estrategia pastoral que aplicó San Juan María Vianney en el siglo XIX para que en su parroquia de Ars (Francia) resurja el fervor eucarístico.

    Según el relato de P. Landry, el Santo Cura de Ars llegó a la iglesia de San Sixto en 1818, y la mayoría de los 230 residentes del lugar fueron a Misa el domingo para conocerlo. No obstante, el santo observó que cada vez menos fieles comulgaban o asistían a la Eucaristía.

    “La falta de amor a Dios, y la falta casi total de conciencia del don de Dios en la Sagrada Eucaristía, desconcertaron al Padre Vianney”, pues para los católicos de su tiempo el asistir a Misa, adorar el Santísimo y comulgar era “lo suficientemente importante como para morir”, escribió.

    El P. Landry explicó que cuando el santo era niño viajaba de noche y a escondidas con sus padres para asistir a Misa en graneros.

    Esto era así debido a que durante la Revolución Francesa, las Eucaristías se celebraban de forma clandestina y los sacerdotes cuidaban que los católicos no sean descubiertos; de lo contrario, el clero y los fieles eran condenados a morir decapitados.

    Fue así que el santo desarrolló la siguiente estrategia de cuatro pasos para reavivar el amor a Jesús Sacramentado y renovar la vida eucarística de su pueblo: 

    1.    Recordar la importancia de asistir a la Misa dominical

    El P. Landry señala que lo primero que hizo el Santo Cura de Ars “fue ayudar a su pueblo a recuperar el sentido de la importancia de santificar el Día del Señor”.

    Desde el inicio del cristianismo el domingo es considerado como una “pequeña Pascua”, así que el santo siempre recordaba que el domingo era “un don divino para ayudarnos a ser quienes debemos ser”, indica. El santo solía ir de paseo al pueblo antes de Misa para llevar a la gente del campo, e incluso “no dudó en usar fuego y azufre cuando era necesario”, agrega.

    El Santo Cura de Ars solía señalar que el hombre “no sólo tiene necesidades materiales y apetitos básicos, sino también necesidades del alma y apetitos del corazón. Vive no sólo de pan, sino de oración, de fe, de adoración y de amor”. 

    Con el tiempo, la mayoría de aldeanos regresó a la Misa dominical, y eso le permitió iniciar “el verdadero trabajo de formarlos para vivir vidas eucarísticas”, destaca el P. Landry.

    2.    Enseñar el verdadero significado de la Misa

    Después, el Santo Cura de Ars ayudó a su pueblo a recuperar el asombro por lo que sucede en la Eucaristía. Les enseñó a “reconocer que en el sacrificio de la Misa participamos del sacrificio de Cristo […] que hizo posible la salvación; y que en la consagración, el pan y el vino se transforman totalmente en Jesucristo, real, verdadera y sustancialmente”, apunta el P. Landry.

    Él solía decir a los fieles que “asistir a Misa es la acción más grande que podemos hacer”, pues durante la Eucaristía “¡la lengua del sacerdote y un pedazo de pan hacen a Dios! ¡Eso es más que crear el mundo!”, subraya el P. Landry citando al santo.

    Además, San Juan María Vianney recordaba que “todas las buenas obras en el mundo juntas no son equivalentes al sacrificio de la Misa, pues son obras de los hombres, y la Santa Misa es obra de Dios”.

    “El mártir no es nada en comparación, pues el martirio es el sacrificio que el hombre hace de su vida a Dios; la Misa es el sacrificio que Dios hace de su Cuerpo y Sangre por el hombre”, destacaba el santo.

    3.    Promover la reverencia a la Eucaristía en Misa

    El P. Landry revela que luego el santo ayudó a su pueblo a “crecer en la apreciación práctica de la presencia real del Señor en la Eucaristía”, y ello a través de su ejemplo de vida: el santo solía hacer reverencia a la Eucaristía en Misa y rezaba ante el Santísimo.

    El Santo Cura de Ars solía decir que las personas nunca habríamos pensado en pedir a Dios “que su Hijo muera por nosotros, que nos dé su cuerpo para comer, su sangre para beber”, sino que “Dios en su amor lo ha dicho, concebido y actuado”, recuerda el P. Landry.

    El santo “solía predicar entre lágrimas, recordando a su pueblo que Dios mismo estaba entre ellos en el altar y en el tabernáculo”; y precisa que el Cura de Ars les decía: “¡Él está aquí!” y los animaba a dedicar más tiempo a la adoración eucarística y a visitarlo como si fuera nuestro amigo.

    Jesús “nos espera de noche y de día” para “decirle nuestras necesidades y para recibirlo”, y se acomoda “a nuestra debilidad: si se apareciera en gloria ante nosotros, nunca nos habríamos atrevido a acercarnos”, solía enseñar el santo.

    4.    Alentar a recibir con frecuencia la Comunión 

    El último paso fue ayudar a preparar el alma de su pueblo y de toda Francia con el sacramento de la Confesión para que reciban a Jesús dignamente, “no sólo cada domingo, sino con la mayor frecuencia posible, incluso todos los días”. 

    El Santo Cura de Ars confesó a muchas personas en jornadas de entre 12 y 18 horas diarias por 31 años, y les explicaba que si rezaban y recibían la Sagrada Eucaristía más seguido y con más amor, “serían santos”.

    El santo proclamaba que en la Comunión “¡Dios se entrega a vosotros! ¡Él se hace uno contigo!”, y que si realmente comprendieran su felicidad, “no podrían vivir” sino que “morirían de amor”. “¡Venid a comulgar, venid a Jesús, venid a vivir de Él, para vivir por Él!”, recuerda el P. Landry.

    El Santo Cura de Ars trabajó con paciencia y rezó por la conversión de su pueblo hasta que logró que los fieles llenaran la iglesia todos domingos en la Misa de las 7:00 a.m. 

    Cynthia Pérez, (ACI)

    Vea también     Síntesis de la Eucaristía:
    4. La Liturgia de la Eucaristía