Entradas populares

martes, 18 de agosto de 2026

Un obispo plantea una alternativa a la sinodalidad: «Más santidad, conversión y evangelización»

El obispo holandés Rob Mutsaerts, escribe una carta abierta a León XIV: cuestiona los frutos del proceso sinodal y reclama volver a Cristo y la evangelización.

Rob Mutsaerts, obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch, en Países Bajos

Rob Mutsaerts, obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch, en Países Bajos

Redacción REL

18.08.2026 | 08:51

Actualizado:

El obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch, Rob Mutsaerts, ha dirigido una extensa carta abierta al Papa León XIV en la que realiza una dura evaluación del Sínodo sobre la Sinodalidad y pide al Pontífice que devuelva al centro de la vida de la Iglesia la conversión, la santidad, la Eucaristía y la evangelización.

«¿Ayuda realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna?», pregunta el prelado holandés al comienzo de su carta. Para Mutsaerts, esta es la cuestión decisiva a la hora de juzgar los resultados de un proceso que comenzó en 2021 y cuya fase de aplicación se prolongará durante los próximos años.

El obispo deja claro que su intervención no pretende ser una acusación contra quienes han participado en el proceso ni cuestionar sus intenciones. Su propósito, explica, es analizar sus frutos siguiendo el criterio evangélico: «Por sus frutos los conoceréis».

«¿Qué ha producido realmente todo esto?»

Mutsaerts reconoce que durante estos años se ha escuchado y consultado a miles de personas y que obispos, sacerdotes, religiosos y laicos han participado en encuentros sobre «comunión, participación y misión».

Pero inmediatamente plantea una batería de preguntas mucho más incómodas: «¿Se ha fortalecido la fe? ¿Se ha anunciado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Más personas se han convertido? ¿Ha aumentado la asistencia a la misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales?».

Para el obispo, estas son las preguntas que deberían utilizarse para medir el verdadero éxito del proceso sinodal.

Además, advierte de que la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en una dinámica permanente dentro de la Iglesia. «Lo que comenzó como un sínodo de 2021-2024 corre el riesgo de convertirse en una forma permanente de gobierno», sostiene.

«La Iglesia no comienza con nuestro diálogo»

Uno de los argumentos centrales de la carta es que la Iglesia no puede construirse a partir de las opiniones o expectativas de los fieles.

«La Iglesia no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo», afirma Mutsaerts. La fe, recuerda, no surge de recopilar experiencias para alcanzar después una posición común, sino que constituye una realidad recibida y transmitida.

De ahí que advierta contra cualquier interpretación democrática de la doctrina. «La verdad no surge de una votación mayoritaria», señala. Y pone como ejemplo la Eucaristía: aunque una mayoría de católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo, esta no dejaría por ello de ser verdadera.

«La verdad no se produce por consenso», resume.

La palabra que echa de menos: «conversión»

Mutsaerts dedica especial atención a otro de los grandes conceptos del proceso sinodal: la escucha.

Escuchar es necesario, reconoce, pero la pregunta fundamental es a quién debe escuchar la Iglesia. Su respuesta es clara: primero «a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo y al Magisterio», y también a los fieles.

El peligro aparece, según el prelado, cuando este orden se invierte y se comienza por «las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas del hombre contemporáneo» para preguntarse después cómo debe responder la Iglesia.

«¿Qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio?», pregunta. «Entonces no debe cambiar el Evangelio; debe cambiar el hombre. En el cristianismo eso se llama conversión».

Precisamente «conversión» es la palabra que Mutsaerts considera una de las grandes ausentes de numerosos debates eclesiales contemporáneos.

«Una casa en llamas tiene otras prioridades»

El obispo holandés contrasta también los debates sinodales con la situación que atraviesa buena parte del catolicismo europeo.

Iglesias que se vacían, parroquias que se fusionan, monasterios que desaparecen, congregaciones envejecidas, escasez de vocaciones sacerdotales, pérdida del conocimiento de la doctrina católica, desaparición de la confesión y debilitamiento de la vida sacramental forman, según Mutsaerts, el verdadero escenario de la Iglesia en buena parte de Europa occidental.

Ante esta realidad, considera que la gran pregunta debería ser: «¿Cómo podemos volver a ganar el mundo para Cristo?».

Sin embargo, lamenta que una parte considerable de las discusiones se concentre en «estructuras, participación, procesos de toma de decisiones, responsabilidad de las mujeres, inclusividad, relaciones de autoridad» o descentralización.

Aunque admite que pueden ser cuestiones legítimas, lanza una gráfica advertencia: «Una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos».

El peligro de crear expectativas imposibles

Mutsaerts cuestiona asimismo que durante el proceso sinodal se hayan debatido reiteradamente cuestiones como el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la autoridad eclesial o la posición de las mujeres.

Cuando estos temas permanecen durante años sometidos a discusión, explica, puede generarse entre los fieles la expectativa de que finalmente serán modificados.

El resultado puede ser paradójico: «La propia Iglesia habrá creado expectativas que finalmente no puede satisfacer».

Para el obispo, lejos de constituir una ganancia pastoral, este mecanismo puede convertirse en «una receta para la frustración».

«Las grandes reformas comenzaron con santos»

Frente a la reforma de estructuras, Mutsaerts propone recuperar lo que considera el auténtico motor de las grandes renovaciones de la Iglesia: la santidad.

Y recuerda una larga lista de santos que transformaron la Iglesia en momentos difíciles: san Benito, san Bernardo, san Francisco, santo Domingo, santa Catalina de Siena, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Carlos Borromeo, san Francisco de Sales, san Juan Bosco, santa Teresa de Lisieux, san Maximiliano Kolbe o san Juan Pablo II.

«Su programa era sorprendentemente sencillo: hazte santo», escribe.

Mutsaerts lo expresa con una comparación especialmente contundente: «Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad y gestores costosamente remunerados».

Su alternativa queda resumida en tres frases: «No menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más proclamación».

De Emaús a Jerusalén

El obispo utiliza finalmente el relato evangélico de los discípulos de Emaús como modelo de lo que considera una verdadera sinodalidad católica.

Jesús camina junto a los discípulos, los escucha y permite que expresen su decepción. Pero no se limita a escuchar. «Cristo no confirma su interpretación. La corrige», recuerda Mutsaerts. Después les explica las Escrituras y los discípulos lo reconocen al partir el pan.

Y entonces sucede algo fundamental: no permanecen en Emaús debatiendo sobre la experiencia vivida, sino que regresan inmediatamente a Jerusalén para anunciar lo ocurrido.

«El proceso sinodal se ha quedado atrapado en Emaús y la pregunta es si conseguirá salir de allí», afirma.

La petición a León XIV: «Denos claridad»

En la parte final de la carta, Mutsaerts se dirige directamente a León XIV y formula una petición concreta: «Denos claridad».

«Cuando el mundo hable con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se fatigue con discusiones internas, vuelva a señalarnos a Cristo. Cuando nos perdamos en procesos y estructuras, recuérdenos nuestra misión», escribe.

El obispo asegura que su crítica no nace del deseo de provocar divisiones, sino de la preocupación ante la pérdida de tiempo mientras millones de personas desconocen a Cristo y las iglesias occidentales continúan vaciándose.

Por ello pide que el pontificado de León XIV vuelva a concentrarse en seis realidades que considera esenciales: «Cristo, conversión, santidad, Eucaristía, evangelización y salvación de las almas».

Y concluye dejando una pregunta como criterio definitivo para juzgar cualquier reforma de la Iglesia: cuando hayan terminado los sínodos, desaparecido las comisiones y se hayan olvidado los nombres de sus protagonistas, solo importará saber una cosa: «¿Hemos acercado a Jesucristo a las personas confiadas a nuestro cuidado?»

A continuación reproducimos íntegra la carta pastoral en una traducción no oficial:

Carta abierta a Su Santidad el Papa León XIV

Santo Padre:

Con respeto por el ministerio que le ha sido confiado como sucesor de san Pedro, y en comunión con la Iglesia que Cristo edificó sobre los apóstoles, me dirijo a usted mediante esta carta abierta. No lo hago a la ligera. Lo que me lleva a expresar públicamente estas palabras es una preocupación que, en última instancia, está por encima de cualquier otra consideración eclesial: la salvación de las almas. Salus animarum suprema lex: la salvación de las almas es la ley suprema. Mi pregunta es sencilla y seria: ¿ayuda realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna? Para mí, esa es la cuestión decisiva.

Santo Padre, soy plenamente consciente de que el ministerio petrino comporta una responsabilidad cuya magnitud apenas puede intuir quien se encuentra fuera de él. Precisamente por eso no escribo estas palabras por falta de respeto hacia el ministerio papal, sino por amor a ese mismo ministerio. Pedro no recibió de Cristo únicamente la misión de unir a sus hermanos, sino también la de confirmarlos en la fe: «Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos». Al final, el mundo obtiene poco de una Iglesia que se limita a repetir lo que el propio mundo ya piensa. Necesita una Iglesia que, con amor pero sin miedo, le señale a Cristo.

Mi preocupación por el Sínodo sobre la Sinodalidad debe entenderse bajo esta luz. Y, sobre todo, me pregunto qué significa todo esto para el creyente sencillo, que no espera de su Iglesia un proceso permanente, sino claridad sobre el camino hacia Dios.

Esta carta, por tanto, no es una acusación contra personas. Tampoco pretendo negar las buenas intenciones de cuantos se han comprometido sinceramente con el proceso sinodal. Las buenas intenciones merecen reconocimiento. Pero no nos eximen del deber de examinar los frutos. Cristo mismo nos dio un criterio sencillo para ello: «Por sus frutos los conoceréis». Por eso considero que, después de años de consultas sinodales, reuniones, informes y documentos, ha llegado el momento de preguntarnos abiertamente por esos frutos. No desde el cinismo, sino desde el amor a la Iglesia. No desde la nostalgia por un pasado idealizado, sino desde la preocupación por su futuro. Y no para librar una batalla de política eclesial, sino porque detrás de todas estas discusiones existe una realidad infinitamente más importante: la salvación eterna de las almas que Cristo ha confiado a su Iglesia. Desde esa preocupación, Santo Padre, someto a su consideración la siguiente reflexión.

El Sínodo sobre la Sinodalidad

Quien juzgue el Sínodo sobre la Sinodalidad exclusivamente a partir de sus propios objetivos puede escribir sin dificultad un relato positivo. Se ha escuchado. Se ha hablado. Se ha consultado a miles de personas. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos se han reunido. Se ha hablado de comunión, participación y misión. Incluso ha surgido un nuevo vocabulario eclesial: sinodalidad, escucha, discernimiento, participación, conversación en el Espíritu, poner en marcha procesos.

Pero también puede contemplarse esa misma historia desde una perspectiva completamente diferente. Permítanme plantear la pregunta incómoda: ¿qué ha producido realmente todo esto? No: ¿cuántas reuniones se han organizado? No: ¿cuántos informes se han escrito? No: ¿cuántas personas han participado? Sino: ¿se ha fortalecido la fe? ¿Se ha anunciado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Más personas se han convertido? ¿Ha aumentado la asistencia a la misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Es más sólida la catequesis? ¿Ha crecido la reverencia hacia la Eucaristía? ¿Es más clara la enseñanza moral de la Iglesia? ¿Ha aumentado el coraje misionero?

Cuando se plantean estas preguntas, resulta imposible calificar el Sínodo como un éxito. A ello se añade algo más. La empresa sinodal no ha concluido realmente. La fase oficial de implementación continúa y, mediante encuentros diocesanos, nacionales y continentales, debe desembocar finalmente en una asamblea eclesial en Roma en octubre de 2028. En mayo de 2026, el Vaticano volvió a publicar para ello un amplio itinerario. Esto hace que la crítica sea aún más pertinente. Lo que comenzó como un sínodo de 2021-2024 corre el riesgo de convertirse en una forma permanente de gobierno.

Un sínodo sobre un sínodo

El primer aspecto llamativo se encuentra ya en el propio nombre: Sínodo sobre la Sinodalidad. Tradicionalmente se convocaba un sínodo porque la Iglesia necesitaba hablar de algo: evangelización, matrimonio y familia, sacerdocio, Eucaristía, Escritura, una herejía, una crisis pastoral o un problema concreto. En el Sínodo sobre la Sinodalidad, el propio proceso se convierte en objeto de discusión. Podría compararse con una reunión que se reúne interminablemente para debatir cómo deberán celebrarse las reuniones en el futuro.

La Iglesia conoce concilios y sínodos desde la antigüedad. Los apóstoles se reunieron en Jerusalén. Los obispos deliberaban entre sí. Los papas consultaban a los obispos. Los grandes concilios ecuménicos son inconcebibles sin una deliberación eclesial conjunta. Pero eso es algo distinto de convertir la sinodalidad en un paradigma eclesial permanente. El sínodo clásico era un medio. En el discurso sinodal contemporáneo, la propia sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin. Y precisamente ahí comienza, desde una perspectiva católica tradicional, el problema.

La Iglesia no es una conversación, sino una realidad recibida

La Iglesia no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo. Puede parecer obvio, pero tiene consecuencias de enorme alcance. Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó a los apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a predicar, bautizar y enseñar: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos». La dirección es fundamental. La fe no surge porque la Iglesia haga primero un inventario de lo que cree la gente y, a partir de todas esas experiencias, destile después una convicción común. La fe se recibe.

Pablo utiliza constantemente palabras como recibir, transmitir y custodiar. La Iglesia posee la Revelación no porque la haya inventado, sino porque la ha recibido. Esto significa que el cristianismo, en esencia, no puede ser democrático. No porque la democracia como forma de gobierno sea mala, sino porque la verdad no surge de una votación mayoritaria. Si mañana el 90% de los católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría por ello menos realmente presente. Si el 80% rechazara una determinada enseñanza moral, esta no se convertiría automáticamente en falsa. La verdad no se produce por consenso. Este constituye el primer gran punto de tensión en torno al proyecto sinodal.

Escuchar: ¿a quién?

Una palabra clave durante todo el proceso ha sido escuchar (como si nunca lo hubiéramos hecho). En sí mismo, no hay nada que objetar. Un obispo debe escuchar. Un sacerdote debe escuchar. Los cristianos deben escucharse unos a otros. Un pastor que nunca escucha a su rebaño no es un buen pastor. Pero inmediatamente surge la pregunta: ¿a quién debe escuchar principalmente la Iglesia? La respuesta tradicional es: a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, por supuesto, también a los fieles.

Sin embargo, en determinados textos sinodales parece que este orden puede invertirse fácilmente. Se parte de las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas del hombre contemporáneo para preguntarse después cómo debe responder la Iglesia. Puede parecer pastoralmente atractivo, pero encierra un peligro. ¿Qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces no debe cambiar el Evangelio; debe cambiar el hombre. En el cristianismo eso se llama conversión. Y precisamente esa palabra aparece sorprendentemente poco en muchas discusiones eclesiales modernas.

La gran ausente: la conversión

Aquí reside la debilidad más profunda de todo el proyecto. La Iglesia no existe principalmente para confirmar a las personas en lo que ya son. Existe para llevarlas a Cristo. Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no son: «Decidme primero cómo os sentís ante las actuales estructuras eclesiales». Sino: «Convertíos y creed en el Evangelio». Es considerablemente menos burocrático. Y considerablemente más radical.

La Iglesia de los mártires no transformó el mundo romano organizando sesiones de escucha para preguntar a los romanos cómo podrían experimentar una comunidad cristiana más inclusiva. Proclamó a Cristo. Pedro proclamó a Cristo. Pablo proclamó a Cristo. Francisco proclamó a Cristo. Domingo proclamó a Cristo. Francisco Javier proclamó a Cristo. Juan María Vianney proclamó a Cristo. Madre Teresa proclamó a Cristo. Juan Pablo II proclamó a Cristo. Sin duda escuchaban a las personas. Pero escuchar nunca fue el punto de llegada. El punto de llegada era la conversión a Cristo.

El elefante en la sala sinodal

Existe además una llamativa discrepancia entre los problemas de los que se habla extensamente en el proceso sinodal y la crisis real que atraviesa, sobre todo, la Iglesia occidental. Los problemas fundamentales de la Iglesia en Países Bajos, Bélgica, especialmente Alemania, pero también en amplias zonas de Europa occidental, no son difíciles de identificar. Las iglesias se vacían. Las parroquias se fusionan. Los monasterios desaparecen. Las órdenes religiosas envejecen. Disminuye el conocimiento de la fe católica. La confesión prácticamente ha desaparecido para muchos católicos. El número de vocaciones sacerdotales sigue siendo reducido en muchos lugares. Muchos bautizados apenas creen ya en verdades esenciales de la fe. Entre amplios grupos de católicos, la vida sacramental se ha debilitado gravemente. Ante esta situación cabría esperar que una operación eclesial mundial planteara principalmente una pregunta: ¿cómo podemos volver a ganar el mundo para Cristo?

Sin embargo, gran parte de la atención se dirige hacia las estructuras, la participación, los procesos de toma de decisiones, la responsabilidad de las mujeres, la inclusividad, las relaciones de autoridad y el funcionamiento de los organismos eclesiales. Pueden ser asuntos legítimos. Pero una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos.

Una ley de Parkinson eclesial

Las instituciones que pierden de vista su finalidad original suelen hablar cada vez más intensamente de su propia organización. Las empresas hablan interminablemente de procesos. Las universidades, de gobernanza. Los gobiernos, de modelos de participación. Y las organizaciones eclesiales, de estructuras. Cuanta menos evangelización, más comisiones sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones. Cuanta menos gente acude a la iglesia, más largas son las reuniones sobre qué significa «ser Iglesia». Puede sonar cínico, pero encierra una reflexión seria: la burocracia puede crear la ilusión de actividad mientras la realidad muestra exactamente lo contrario. Se navega sin brújula.

Las expectativas que no pueden cumplirse

El proceso sinodal ha generado expectativas. Esto ha sucedido principalmente porque durante las distintas fases de consulta se permitió abordar cuestiones sobre las que la Iglesia ya posee una enseñanza clara: el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la relación entre laicos y clero, la autoridad eclesial, la descentralización y la posición de la mujer. Cuando estos asuntos se «debaten» durante años, surge inevitablemente la impresión de que finalmente también pueden modificarse. De lo contrario, ¿por qué hablar interminablemente de ellos?

Aquí surge una paradoja pastoral. Se pide a las personas que expresen sus expectativas. Después resulta que algunas de ellas son imposibles de satisfacer sin poner en peligro la continuidad con la doctrina católica. ¿Qué sucede entonces? Decepción generalizada. La propia Iglesia habrá creado expectativas que finalmente no puede satisfacer. Eso no constituye un avance pastoral. Es una receta para la frustración.

La protestantización de la concepción católica de la Iglesia

Desde una perspectiva tradicionalista aparece, además, una ironía histórica. Algunos elementos de la cultura sinodal moderna presentan semejanzas con procesos observados desde hace décadas en las iglesias protestantes: mayor énfasis en la participación, mayor intervención en la gestión, más estructuras consultivas, mayor peso de las comunidades locales, más importancia concedida a la experiencia individual, más debate sobre las cambiantes concepciones sociales y una menor aceptación espontánea de la autoridad jerárquica.

No todo esto tiene necesariamente que ser malo. Pero la pregunta histórica es inevitable: ¿ha conducido este modelo en el mundo protestante a un espectacular renacimiento cristiano? En amplias zonas de Europa occidental, la respuesta es claramente no. ¿Por qué debería entonces la Iglesia católica adoptar precisamente los patrones administrativos y pastorales de confesiones que han sufrido la misma secularización incluso antes y con mayor intensidad? Un paciente rara vez se cura tomando la medicina del enfermo de la cama de al lado que se encuentra todavía peor.

La alternativa olvidada: avanzar hacia la santidad

Las grandes reformas católicas casi nunca comenzaron con estructuras. Comenzaron con santos. Después de períodos de corrupción surgieron reformadores: Benito, Bernardo, Francisco, Domingo, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe, Juan Pablo II. Su programa era sorprendentemente sencillo: hazte santo.

Porque un santo posee una fuerza misionera que ningún documento político puede igualar. Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad y gestores costosamente remunerados. Un monasterio con diez religiosos fervorosos evangeliza más que cien páginas de jerga eclesial. Un sacerdote que manifiesta visiblemente que cree estar ante Dios cuando se encuentra en el altar puede llevar a más personas a la fe que una conferencia sobre liturgia participativa.

Tal vez aquí se encuentre la alternativa que el Sínodo no ha subrayado suficientemente: no menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más proclamación.

La liturgia como prueba de fuego

Desde una perspectiva tradicional resulta también llamativo que la crisis de la liturgia haya ocupado un lugar relativamente secundario. Porque si realmente queremos saber cómo se encuentra una Iglesia, debemos observar su culto. Lex orandi, lex credendi. La manera de rezar expresa la fe.

Cuando los católicos apenas comprenden que la Misa hace sacramentalmente presente el sacrificio de Cristo, cuando se debilita el sentido de lo sagrado, cuando desaparece el silencio, cuando los confesionarios quedan vacíos y la adoración eucarística se vuelve marginal, la Iglesia no tiene un problema de gobierno. Tiene un problema de fe. Una nueva estructura participativa no puede resolverlo. Tampoco una nueva reunión. Tal vez sí pueda hacerlo un redescubrimiento de Dios.

La paradoja de la participación

El proyecto sinodal pone el acento en la participación. Pero aquí aparece una curiosa paradoja. Las personas que participan intensamente en los procesos de consulta eclesial no son necesariamente representativas de toda la Iglesia. El católico discreto que asiste cada mañana a Misa, reza el rosario y enseña catequesis a sus nietos normalmente no redacta un informe sinodal. El joven católico que viaja tres horas para asistir a una liturgia tradicional normalmente no participa en el grupo de trabajo diocesano. La madre de seis hijos que intenta educar católicamente a su familia quizá tenga poco tiempo para reuniones de escucha. Una religiosa contemplativa no rellena encuestas. Pero su fe puede estar más profundamente arraigada que la de los profesionales de las reuniones eclesiales. Quien escucha únicamente a quienes se acercan al micrófono puede olvidar fácilmente que el Pueblo de Dios es más amplio que el círculo sentado alrededor de la mesa de reuniones.

¿Sinodalidad o colegialidad?

Quizá parte de la confusión desaparecería si volviéramos a hablar con mayor precisión. La tradición católica conoce un concepto claro: colegialidad. Los obispos forman, junto con Pedro y bajo su autoridad, el colegio episcopal. Además existen consejos presbiterales, consejos pastorales, sínodos, capítulos, comunidades religiosas y muchas otras formas de deliberación. ¿Por qué era necesaria entonces una nueva categoría que lo abarcara todo: sinodalidad?

Precisamente porque el concepto es tan amplio —resulta difícil encontrar una definición—, cada uno puede entender algo diferente. Para unos significa escuchar. Para otros, descentralización. Para otros, democratización. Para otros, renovación pastoral. Para otros, reforma del ministerio. Para otros, una moral sexual diferente. Un concepto que puede significarlo todo acaba por no significar nada. Por eso es legítimo preguntarse por la proporcionalidad. ¿Cuánta energía más debe invertirse en esto? ¿Cuántas reuniones? ¿Cuántos equipos sinodales? ¿Cuántos informes? ¿Cuántas evaluaciones de evaluaciones?

Y, sobre todo: ¿qué ocurriría si la misma cantidad de tiempo, dinero, energía intelectual y atención episcopal se invirtiera en catequesis, seminarios, educación católica, liturgia, confesión, adoración eucarística, pastoral matrimonial y evangelización directa? Me parece una pregunta retórica.

El problema más profundo: la eclesiología

En última instancia, la discusión no trata realmente sobre celebrar reuniones. Trata sobre esta pregunta: ¿qué es la Iglesia? ¿Es principalmente una comunidad que busca conjuntamente lo que debe llegar a ser? ¿O es ante todo una realidad divina que ha recibido lo que debe ser? La respuesta católica solo puede ser la segunda. La Iglesia debe convertirse continuamente, pero está edificada sobre los apóstoles. Custodia una fe que no ha inventado ella misma. Por eso toda sinodalidad debe estar finalmente limitada por algo que no puede ponerse sinodalmente en discusión: la verdad revelada por Cristo.

El mundo no espera una Iglesia sinodal

Y aquí quizá se encuentre la mayor tragedia. El mundo moderno atraviesa una extraordinaria crisis espiritual. Las personas buscan significado. Los jóvenes buscan identidad. Aumenta la soledad. Las familias se desintegran. La tecnología penetra cada vez más profundamente en la existencia humana. La pornografía deforma la sexualidad. El materialismo no satisface. El cambio climático se convierte para muchos en una religión sustitutiva. Las personas temen la muerte, pero apenas saben ya para qué viven.

Y, en medio de este mundo, la Iglesia posee algo extraordinario. Posee el Evangelio. Los sacramentos. La Eucaristía. La confesión. Dos mil años de sabiduría. La Escritura. Los Padres de la Iglesia. Tomás de Aquino. Agustín. Los místicos. Los santos. Una tradición incomparable de arte, música, filosofía, moral y espiritualidad. Y, por encima de todo, Jesucristo.

El mundo no espera otra organización más que lo escuche. Ya existen suficientes. El mundo espera que alguien le diga para qué ha sido creado.

De Emaús a Jerusalén

Quizá el Evangelio de los discípulos de Emaús ofrezca el mejor modelo de una auténtica sinodalidad católica. Cristo camina con los discípulos. Los escucha, ciertamente. Les pregunta qué les preocupa. Les permite hablar. Da espacio a su decepción. Hasta ahí cualquier manual sinodal podría asentir con entusiasmo.

Pero entonces sucede lo decisivo. Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña cómo deben comprender los acontecimientos. Y finalmente lo reconocen al partir el pan. Esa es la sinodalidad católica en su forma más pura.

Y después los discípulos no permanecen indefinidamente reunidos en Emaús evaluando su experiencia del camino. Se levantan. Regresan a Jerusalén. Van a anunciar. El proceso sinodal se ha quedado atrapado en Emaús y la pregunta es si conseguirá salir de allí. Estamos tan ocupados debatiendo cómo debe caminar junta la Iglesia que a veces olvidamos hacia dónde se dirige.

La Iglesia católica, en última instancia, no necesita un sínodo permanente sobre sí misma. Necesita santos. Obispos que enseñen. Sacerdotes que recen. Religiosos que vivan radicalmente para Dios. Padres que transmitan la fe. Jóvenes que descubran que la verdad es algo más que una opinión. Una liturgia en la que Dios esté verdaderamente en el centro. Confesionarios donde los pecadores encuentren el perdón. Seminarios donde se formen hombres dispuestos a entregar su vida a Cristo. Católicos que no se pregunten constantemente cómo debe adaptarse la Iglesia al mundo, sino que tengan el valor de invitar al mundo a dejarse transformar por Cristo.

Porque Cristo no envió a su Iglesia al mundo con estas palabras: Id y organizad procesos sinodales por todas partes. Dijo: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación». Así comenzó la Iglesia. Y cada vez que se ha renovado verdaderamente, ha vuelto a comenzar desde ahí.

Santo Padre:

Permítame concluir esta carta con el mismo pensamiento con el que la comencé: la salvación de las almas. Espero y rezo para que durante su pontificado vuelva a manifestarse con gran claridad que la Iglesia no está llamada a debatir interminablemente sobre sí misma, sino a anunciar a Cristo; no a reflejar el espíritu de los tiempos, sino a conducir al mundo hacia la vida eterna.

Precisamente del sucesor de Pedro pueden esperar los fieles que, en medio de la confusión de nuestro tiempo, confirme a sus hermanos en la fe. Que nos recuerde que la verdad proclamada por la Iglesia no es una posesión de la que podamos disponer a nuestro antojo, sino un tesoro precioso que hemos recibido y debemos transmitir íntegramente. Que infunda valor a los sacerdotes que cumplen fielmente su vocación, a los religiosos que han consagrado su vida a Dios, a los padres que intentan educar católicamente a sus hijos contra corriente y a los jóvenes que, precisamente en una época de relativismo, anhelan verdad, santidad, belleza y la aventura radical de una vida con Cristo.

Por eso mi petición es sencilla: denos claridad. Cuando el mundo hable con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se fatigue con discusiones internas, vuelva a señalarnos a Cristo. Cuando nos perdamos en procesos y estructuras, recuérdenos nuestra misión. Cuando tengamos miedo de anunciar el Evangelio en toda su plenitud porque pueda incomodar al hombre moderno, recuérdenos las palabras del propio Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

Santo Padre, escribo todo esto con sincero respeto por su ministerio y con amor a la Iglesia. Mi crítica al proceso sinodal no nace del deseo de sembrar división, sino del temor de que estemos perdiendo un tiempo precioso mientras tantas personas ya no conocen a Cristo. La mies es mucha. Los obreros son pocos. Las iglesias de Occidente se vacían mientras, al mismo tiempo, nuevas generaciones parecen volver a buscar la verdad y la trascendencia. Precisamente ahora no necesitamos una Iglesia vacilante, sino una Iglesia misionera que sepa cuál es su tesoro y no tenga miedo de mostrárselo al mundo.

Por eso rezo para que su pontificado esté marcado por una renovada concentración en aquello que constituye, en definitiva, el corazón de toda verdadera reforma eclesial: Cristo, conversión, santidad, Eucaristía, evangelización y salvación de las almas. Porque cuando todos los sínodos hayan terminado, todos los documentos hayan sido escritos, todas las comisiones hayan sido disueltas y nuestros propios nombres hayan sido olvidados, solo quedará la pregunta que realmente importa: ¿hemos acercado a Jesucristo a las personas confiadas a nuestro cuidado?

Que san Pedro interceda por usted. Que Nuestra Señora, Mater Ecclesiae, lo guarde bajo su protección. Y que el Señor le conceda sabiduría, valor y firmeza paternal para guiar a su Iglesia en la verdad y en el amor.

Con sentimientos de sincero respeto y unidos en la oración,

in Christo,

+ Rob Mutsaerts

Obispo auxiliar de la diócesis de ’s-Hertogenbosch.

ReL








No hay comentarios:

Publicar un comentario