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martes, 18 de agosto de 2026

La caída de población solo tiene arreglo, según analistas, si «sexo» vuelve a significar «hijos»

El problema es cultural más que económico, y lo demuestra el mismo origen temporal de su nacimiento.

La cultura contemporánea desliga el concepto de 'sexo' del que sigue siendo su fruto más enriquecedor y causante de felicidad: los hijos.

La cultura contemporánea desliga el concepto de 'sexo' del que sigue siendo su fruto más enriquecedor y causante de felicidad: los hijos.


    Bryce Lungren es párroco en varias localidades del noreste de Wyoming (Estados Unidos). Fue ordenado en 2018. Para un artículo que redactó aquel año interrogó a un anciano sacerdote sobre qué se pensaba en su adolescencia -hace más de setenta años- cuando se decía “sexo”. 

    La respuesta no revistió dudas: sexo significaba “procreación”. Es decir: hijos. Ya fuesen entendidos como algo apetecible o rechazable, claro.

    El cambio moral y cultural contra la natalidad

    Hoy, sin embargo, Lungren apuesta a que solo una de cada cien personas tiene la procreación como primera idea en la mente cuando se habla de sexo. Es más: los hijos son vistos mayoritariamente como una consecuencia negativa del sexo

    Bryce Lungren, quien nació y ejerce su ministerio en Cheyenne... con un sombrero vaquero propio de sus orígenes familiares. Ha escrito un libro titulado 'La vía cowboy del católico'.

    Bryce Lungren, quien nació y ejerce su ministerio en Cheyenne... con un sombrero vaquero propio de sus orígenes familiares. Ha escrito un libro titulado 'La vía cowboy del católico'.Diócesis de Cheyenne

    Obviamente también se conocía eso antes de los años 60. No todo embarazo era bienvenido, por supuesto, pero sí reconocido como la consecuencia natural del acto que lo había provocado. Esa mentalidad cambió rápidamente y hace décadas que resulta estadísticamente marginal e incluso aborrecida por la cultura dominante... con indignación o con burla. La palabra "sexo" se interpreta como un placer garantizado por una anticoncepción segura y eficaz.

    Lungren no duda en rechazar esa idea sin tapujos, al declarar que la anticoncepción es, en realidad, "la causa de todos nuestros problemas sobre la sexualidad". Celebra la encíclica Humanae Vitae (1968) de Pablo VI y recuerda que prácticamente solo la Iglesia es consciente de ello.

    ¿Y por qué apunta esto? Porque "nuestros problemas sobre la sexualidad" se han traducido en la destrucción del entorno familiar y la caída de la natalidad, al quedar reforzadas conductas como las relaciones sexuales prematrimoniales, las homosexuales naturalmente estériles e incluso el aborto, considerado “una respuesta a algo que ‘salió mal’ en el acto sexual”. Al tiempo que crecen el divorcio, la promiscuidad y la confusión sexual,

    Por eso Lungren es muy claro en su afirmación: “Si queremos salvar a la sexualidad de una destrucción total, tenemos que retomar una mentalidad favorable a la concepción” como “finalidad natural del acto sexual”. 

    Esto es, “la contracepción está corrompiendo la sexualidad” y “destruyendo familias”, es “la causa de todos nuestros problemas concernientes a la sexualidad", y lo que nos toca es acabar con la mentalidad contraceptiva o anticonceptiva y sustituirla por una mentalidad cuyo objetivo es que la sexualidad se traduzca “en el hermoso edificio que es su finalidad, a saber, una familia”.

    No muchos se atreven a decirlo con esta claridad, y este sacerdote agradece a Dios “la sabiduría de la Iglesia católica” al hacerlo.

    La quinta profecía

    Por ejemplo, Patrick O'Hearn (marido, padre y autor de más de una docena de libros sobre apostolado y espiritualidad) le atribuye a la Iglesia una “quinta profecía” tras el cumplimiento de las cuatro anunciadas por Humanae Vitae. 

    A saber, que la aceptación social de la contracepción se traduciría -expresa O'Hearn interpretando a Pablo VI- en:

    • “decadencia moral",
    • "pérdida de respeto de los maridos a sus esposas",
    • "abuso gubernamental del poder" y 
    • "dominación masculina”.

    El quinto mal, añade, es que un número creciente de mujeres católicas ha renunciado “a su deber de educar a sus hijos en la fe católica” porque “uno de los más perniciosos frutos de la contracepción” y de la disminución de hijos es facilitar la incorporación de la esposa al mundo laboral y confiar la educación de ese menor número de hijos a centros donde la fe es secundaria

    “Aparta a la madre del hogar y eliminarás vocaciones de la Iglesia”, sintetiza como audaz conclusión, que atribuye a que la contracepción tiene “el efecto siniestro de apartar a las madres de casa”, y eso, en el caso de las madres activamente católicas, puede tener una traducción directa en la pérdida de vocaciones por el déficit en la formación católica de sus hijos.

    Incluido que otros adultos y niños "tengan más influencia sobre ellos que nosotros" cuando "permitimos que nuestras carreras tengan preferencia sobre la salvación eterna de nuestros hijos".

    ¿Y si acudimos a los presupuestos del Estado?

    Numerosos gobernantes son bien conscientes del doble impacto negativo sobre la natalidad de la reinterpretación del sexo:

    • el descarte de la fecundidad en beneficio del placer y
    • la universalización del trabajo materno.

    Pero no quieren combatir dicha reinterpretación, sino contrapesarla con los presupuestos del Estado.

    Por ejemplo, países como Corea del Sur, Noruega o Mongolia, señala Joy Pullmann (madre de seis hijos y directora ejecutiva de The Federalist) lo han intentado con subvenciones directas o con beneficios tributarios, y aunque hayan incrementado un poco la natalidad, no ha sido en nivel suficiente para invertir la tendencia. Más inteligente se ha considerado la diseñada por la presidencia de Donald Trump, con aportaciones que buscan más la inversión que el gasto.

    Joy Pullmann, madre de seis hijos y activista pro-familia desde posiciones originales, recuerda que si el Estado 'gasta' por la familia... ¡puede perjudicarla!

    Joy Pullmann, madre de seis hijos y activista pro-familia desde posiciones originales, recuerda que si el Estado 'gasta' por la familia... ¡puede perjudicarla!

    Pero Pullman rechaza que las ayudas sociales sustituyan al papel materno: "Pagar a las mujeres por tener hijos es una idea terrible", sostiene.  ¿Por qué? Porque el incremento del gasto estatal obliga al trabajo materno y disocia la natalidad de la familia, lo cual supone un "colapso cultural", afirma esta analista política de relieve, muy presente en grandes medios estadounidenses. 

    En efecto, el apoyo económico público tiende a producir hijos interesadamente porque puede ser rentable tenerlos, pero no en el seno de una familia. Pero es que incluso eso puede no ser rentable, pues “los hijos sin padre ni madre imponen más costes sociales de los que desvelan sus impuestos". 

    De ahí que Pullman apueste por un cambio cultural (el apoyo a la familia estructurada y a los hijos surgidos en ella) más que por un cambio impositivo independiente de la estructura familiar y al final dependiente de las cantidades percibidas y presupuestadas. El incremento de los gastos públicos a favor de la natalidad -argumenta- obliga al trabajo materno en detrimento de la fertilidad.

    ¿Hay un culpable de este mal económico causado por la baja natalidad? Sí, "el feminismo", señala ella, porque "prohíbe que se repare en principios de biología básica": 

    • "Pero hay que ser lo bastante valiente y honesto para comprender que la auto-esterilización y el materialismo con factores que contribuyen enormemente a la escasez global de niños: el dinero influye mucho menos que la mentalidad".

    Concluye que el cambio de mentalidad que ha hundido la natalidad tiene mucho que ver con la pérdida de la fe, porque "virtualmente todo el declive de la fertilidad proviene del declive del cristianismo". (Lo refiere a Estados Unidos, pero es una afirmación extensible a todo Occidente.)

    Confirmación... desde la izquierda

    Incluso expertos que Pullman considera de izquierdas, como la doctora Aviva Romm, lamentan el descrédito público que sufre el proceso maternal, y por ello pide a las mujeres que reclamen su "sabiduría natural sobre el parto" y vivan su "embarazo, su dar a luz y su periodo postparto" con "confianza" y "rodeadas de un apoyo profundo, significativo y respetuoso".

    Todo lo contrario, subraya Pullman, a la percepción negativa del proceso maternal como algo de lo que hay que huir. Así lo transmite hoy casi universalmente la educación a las adolescentes y jóvenes cuando comienzan sus años fértiles, exaltando por el contrario las aspiraciones laborales

    Del mal de los '60 al peor de los '90

    Y en ello coincide asimismo otra mujer, Vivian Borges, quien lamenta que el proceso iniciado en los años 60 se agravó a partir de los años 90 por el incremento y perfeccionamiento de los mecanismos de artificialización del sexo. Las jóvenes fueron convencidas por la "estructura secular" (plasmada sobre todo en el sistema educativo, pero no solo) de que les resultaba mejor liberarse del servicio a sus familias convirtiendo "la promiscuidad y los encuentros sexuales vacíos", es decir, sin pretensiones, en el "ídolo" a seguir.

    Las feministas que adoran a ese ídolo olvidan otro efecto que señala Vivian: "Un hombre que crece acostumbrado a la utilización de métodos anticonceptivos siente la tentación de olvidar la veneración debida a una mujer", convertida en "un mero instrumento de satisfacción para sus deseos" en cuanto "herramienta unidimensional del acto sexual".

    El lo que cuenta cuenta Jason Evert, un padre de ocho hijos experimentado apologista católico que centra en la castidad sus divertidas y muy valoradas conferencias. Recordemos uno de sus vídeos más célebres

    Como dice Evert según le cita Vivian Borges, para numerosísimas chicas la introducción al acto sexual procede de la visión de pornografía, que las convence de que "sus expectativas para su vida íntima serán violentas, denigrantes y públicas". Y eso fomenta el transexualismo entre muchas adolescentes, pues acuden a él para sentirse hombres y huir del infierno que entienden las espera como mujeres. 

    "¿Quién puede condenarlas?", subraya Vivan. Pues el responsable es el "feminismo", que pretende "liberar" a las mujeres "de las consecuencias naturales de la receptividad femenina a la nueva vida". Y recurre a amputaciones físicas (como el transgenerismo) o fisiológicas (como las esterilizaciones).

    Se da la peculiar circunstancia, concluye Vivian Borges, de que la cultura dominante es absurda y contradictoria porque...

    • reprueba la maternidad como un riesgo y una esclavitud porque da vida a un nuevo ser humano...
    • ¡y ensalza intervenciones quirúrgicas de todo tipo al servicio del sexo como algo sin finalidad extrínseca, como "las inyecciones de Botox, el relleno de los labios, el lifting de cejas, la reforma de la mandíbula, los implantes mamarios o la extirpación de costillas"!

    Cuatro criterios coincidentes

    Un sacerdote (Bryce Lungren) y un padre (Patrick O'Hearn) y dos madres (Joy Pullmann y Vivian Borges), con numerosos hijos los tres, coinciden así en lo que han deducido de su práctica apostólica y de su estudio de la realidad económica, demográfica y, sobre todo, cultural.

    A saber, coinciden en que el derrumbe de población (el cual por fin, después de décadas ocultándose como problema público, ya es reconocido como una catástrofe que conduce a la ruina presupuestaria y a conflictos sociales por la desigualdad entre los de casa y la inmigración excesiva o ilegal de los de fuera) solo puede remediarse con un cambio cultural basado en que "sexo" vuelva a significar "hijos".

    ¿Complicado ese cambio? No es solo una cuestión moral. Hay también una ignorancia: que la felicidad que aportan los hijos es profunda y duradera, y la que aporta el sexo es trivial y acotada. Dolor también hay en ambas, está claro, como en cualquier realidad humana, pero... solo una tiene contrapartida suficiente.

    Carmelo López-Arias, ReL

    Concluyamos para mostrarlo con lo que explica este otro padre de familia numerosa:

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