En esta era de la Inteligencia Artificial (IA), ante su
globalización y escasa regulación, es válido y necesario considerar la moral
que subyace en el uso de esta maravilla tecnológica
En la práctica, nada ni nadie escapamos a la influencia de
la IA; sea por consulta y uso directo o por
consumo indirecto, al vivir en medio de una sociedad donde está presente en la
multitud de Apps que utilizamos a diario, en las tiendas y mercados que
frecuentamos, en los servicios educativos y de salud, en los medios de
transporte y comunicación; en general, en mucho de lo que vemos, oímos y
consumimos.
¿Puede la Inteligencia Artificial desplazarnos?
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Al ser una herramienta poderosa, la IA puede suplir, mejorar
y facilitar muchas actividades humanas; puede procesar datos con mayor
eficiencia que el ser humano; posee un acervo de información asombrosamente
basto; puede enriquecer la vida de muchas maneras, pero no suplantar,
sustituir, ni desplazar al ser humano ya que este es mucho más que un
procesador de información.
El ser humano, a diferencia de las IA, crea vínculos
afectivos, siente, ama, se compromete, asume responsabilidad, se sacrifica,
perdona, crea familias, es libre, se relaciona con Dios, tiene voluntad y
dignidad ontológica, establece un horizonte de valor en el bien propio y común.
Claro está que también puede, en libertinaje, dañarse a sí mismo y a los demás
con la corrupción, el odio, los vicios, las actividades ilícitas, y mil etc. En
resumen, la IA es -como su nombre lo indica-, artificial, el ser humano es
real; la IA parte de la correlación de datos, el ser humano de la experiencia;
la IA está ‘habitada’ de ingenieros que la desarrollan, el ser humano de Dios,
que le ama.
El Santo Padre León XIV lo instruye de manera clara, bella y
contundente en su Carta
Encíclica Magnifica Humanitas:
“(…) las denominadas inteligencias artificiales no viven una
experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no
maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el
trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral:
no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni
asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos,
valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que
producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual
en el que el ser humano se vuelve sabio. Incluso cuando dichos instrumentos se
presentan como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la
persona humana. No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y
crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más
bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que
puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior” (n. 99).
Ventajas y riesgos
En el discurso de presentación de su Encíclica Magnifica
Humanitas, el Papa León XIV esbozó algunas de las ventajas y riesgos de la
IA y señaló que de la escucha de todo ello había nacido la Encíclica.
“He escuchado a científicos e ingenieros que trabajan con
sincero entusiasmo en tecnologías capaces de aliviar inmensos sufrimientos; a
líderes políticos y funcionarios públicos que han buscado con perseverancia
normas justas; a padres y maestros profundamente preocupados por el futuro de
las generaciones más jóvenes. También me han llegado otras voces muy
preocupantes, sobre sistemas de armas cada vez más autónomos, que prácticamente
ningún ser humano ni ningún gobierno puede controlar realmente. Escucho relatos
muy preocupantes sobre algoritmos que pueden bloquear el acceso a la atención
médica, al trabajo y a la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios
e injusticias. Y he escuchado el silencio de quienes no tienen voz cuando se
toman las decisiones, decisiones que corren el riesgo de generar nuevas formas
de exclusión y sufrimiento” (Discurso de presentación, 25 mayo 2026).
En efecto, el valor de la IA radica en las facilidades que
puede otorgar al ser humano en multitud de áreas: facilita el aprendizaje
multidisciplinar, ayuda en la organización personal y social, reduce barreras
en personas con capacidades diversas, fomenta y facilita la comunicación, apoya
la automatización de disciplinas, simplifica los trabajos, entre muchas otras
ventajas.
Pero a la par, también ofrece graves riesgos: puede aislar a
las personas y volverlas incapaces de establecer vínculos reales, crea
dependencia en su uso, no satisface los afectos, emociones y el anhelo de Dios,
puede inhibir la creatividad y el esfuerzo humano, sus posibilidades pueden ser
utilizadas para ahondar la división social, la discriminación, y la operación
de ilícitos.
Por ello, el Papa León XIV señala la vocación de la ciencia
y la técnica:
“El humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica,
sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa “con los pies en la
tierra” dentro de una vocación más alta. La inteligencia creativa del ser
humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades,
pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los
frágiles y de la creación. En este sentido, la verdadera alternativa no está
entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de construir: un progreso
que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas
de poder. Al final, la pregunta decisiva sigue siendo la indicada por san Juan
Pablo II: la IA, ¿«hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus
aspectos, ‘más humana’?; ¿la hace más ‘digna del hombre’?». Si la respuesta es
‘sí’, entonces podemos reconocer en ella una posibilidad buena para usar con
responsabilidad, en un camino de reconstrucción compartida y paciente, según el
modelo del renacimiento de Jerusalén narrado en el libro de Nehemías. Si, en
cambio, el poder crece mientras el corazón se marchita y los vínculos se
rompen, entonces estamos frente a una nueva versión de Babel: una construcción
grandiosa, pero inhumana” (n. 129).
La pregunta permanece vigente y nos interpela: ¿El uso de la IA me hace más humano, en conformidad con la dignidad que me viene al haber sido creado, redimido y santificado por Dios, con infinito amor?
Luis Carlos Frías, Aleteia
Vea también 'Dilexit nos' del Papa Francisco
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