Entradas populares

Mostrando entradas con la etiqueta Amor a Jesucristo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor a Jesucristo. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de septiembre de 2020

¿Por qué es tan importante rezar por nuestros enemigos?

ANIOŁ PAŃSKI

Amar a nuestros enemigos y rezar por ellos parece imposible, aunque en cuanto llegamos a comprender esta petición del Señor, ¡se convierte en algo estupendo! 

Algunos tienen dificultades con este mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos y rezar por quienes nos persiguen (Mt 5,43). Y sin embargo, si Cristo lo exige a sus discípulos, no es una opción, es algo fundamental. Y cuando el odio o la violencia asumen rostros concretos, entonces este compromiso se convierte en un imperativo mayor. Ahora bien, para tomarlo en serio y responder a él, hemos de comprenderlo bien.

¿Qué es un enemigo?

Intuitivamente, percibimos que el enemigo es alguien que nos desea el mal y que está dispuesto a emplear la violencia para hacernos daño. Sin embargo, más esencialmente, el enemigo es aquel que ha llegado al rechazo del amor como ley fundamental. El enemigo por excelencia en la Biblia es el demonio, la criatura caída que se opone al proyecto de Dios, a la venida de su Reino.
Para ello, se hace con aliados, seduce a las personas, las arrastra a la absurdidad de su oposición al amor. Todos estamos expuestos a esta seducción, en un momento dado de la vida. Además, muchos nos vemos tentados de responder al enemigo con las mismas armas que ha utilizado contra nosotros. ¿Cómo evitar entrar en el mismo juego del enemigo?
Para ello, Cristo nos propone otra arma: la de la oración. Una vez más, esto nos lleva a plantearnos otra pregunta: ¿qué es la oración? Ante todo, es centrarse en Dios, entrar en una conversación corazón a corazón con Dios. Tomamos un poco de distancia con respecto de los sentimientos relativos al enemigo para entrar en los sentimientos de Dios nuestro Padre.
Cristo se volvió hacia su Padre antes de ser conducido por sus verdugos hacia el camino de su Pasión. El corazón de Dios es como el de un Padre que ama a todos sus hijos y que sufre al verlos alejarse de su proyecto de amor. El enemigo, antes de ser enemigo, es un ser digno del amor de Dios, aunque lo haya rechazado.

La oración ayuda a tomar perspectiva sobre nuestros sentimientos

Recordemos ese episodio de la vida de fray Christian de Chergé en Tibhirine cuando, después de la intrusión de hombres armados en el monasterio, cuenta: “Tuve la fuerza de decir a ese hombre amenazador que para mí seguía siendo un ser humano”. Su fuerza, extraída de la gracia de la oración, le permitió ver todavía a un hermano en el rostro de su agresor.
San Agustín, en su comentario de la primera epístola de san Juan, dice en el mismo sentido: “Ves a tu enemigo oponerse a ti, desencadenarse contra ti, (…) perseguirte con el odio: pero tú estás atento al hecho de que es hombre”. Así que, para lograr aquello que dice san Agustín, la oración responde a nuestra insatisfacción de ver a otros seres humanos rechazar el proyecto de Dios, que es un proyecto de paz.
Tomamos entonces un poco de perspectiva con respecto a nuestros sentimientos inmediatos hacia el enemigo para confiarlo a él y a todos los enemigos al Padre, que renueva todas las cosas, incluso el corazón más endurecido. Rezando de esta forma, la paz de Dios viene sobre nosotros.
Padre Marc Fassier, Edifa Aleteia


lunes, 15 de junio de 2020

La alegría del cura vale doble en este siglo

 Vale la pena hacer una reflexión sobre el valor de la vocación en un tiempo como el nuestro donde no se cree mucho en la felicidad y la realización de una persona que entrega su vida a Dios, y menos la de un sacerdote.



Reflexión de un sacerdote
«La semana pasada me ha ocurrido algo muy desconcertante: en uno de mis artículos decía yo, de paso, sin dar a la cosa la menor importancia, que me sentía feliz y satisfecho de ser sacerdote y que esperaba que esta alegría me durase siempre. Lo decía con la misma naturalidad con que pude escribir que me gusta la música o que prefiero el sol a la tormenta.
Y he aquí que he comenzado a recibir cartas felicitándome por haber dicho algo que, por lo visto, es sorprendente; algo que, según dicen mis comunicantes, solo se atreve a afirmarlo en público quien tenga mucho valor. Y yo he leído estas cartas sin dar crédito a mis ojos, estupefacto, sin acabar de entender que alguien crea que implica valor el decir cosas que a mí me resultan simplemente elementales. En rigor, yo no necesito coraje ninguno para decir mi nombre, los años que tengo o lo que soy.
Pero, por lo visto, según quienes me escriben, ahora los curas se sienten como avergonzados de serlo; ocultan su sacerdocio como un hijo ilegítimo; y el que no abandona el ministerio -dicen- es porque aún no ha encontrado una forma mejor de ganarse la vida.
Pero ¡qué tontería! Creo que voy a devolver sus cartas a mis comunicantes para decirles que el número de curas felices es infinitamente mayor de lo que ellos se imaginan y que si no todos lo gritan en sus púlpitos o en los periódicos es por sentido común o porque ahora lo que está de moda es presumir de malos, y así, mientras hoy uno puede encontrarse en la prensa la foto de una señora con un cartel que dice: «Soy una adúltera», resultaría bastante rarito que los curas caminaran por la calle con un rótulo que pregonara: «Soy feliz.» Sin embargo, hay que preguntarse cuáles son las raíces por las que el prestigio de la vocación sacerdotal ha bajado tantos kilómetros en la estimación pública. Porque esto sí es un hecho. Antaño, el anticlericalismo era una indirecta manifestación de estima, ya que solo se odia lo que se considera importante. Hoy, me parece, funciona más que el anticlericalismo el desprecio, la devaluación, la ignorancia.
Los síntomas de esta bajada del clero a la tercera división social son infinitos. Citaré un par de ellos. Se publicó hace tiempo un librito, editado por el Ministerio de Educación, dedicado a presentar a los muchachos los Estudios y profesiones en España. Un libro supercompletísimo. ¿Que el muchacho quiere ser buzo? Busque en la página 64. ¿Le apetecería ser entomólogo? Encontrará orientación en la 78. ¿Prefiere ser bodeguero, bailarín o cristalógrafo? La tiene en las páginas 66, 135 y 101, respectivamente. Así que no solo se ofrecen las tradicionales profesiones –médicos, abogados, maestros, ingenieros–, sino también las más nuevas o estrambóticas: azafata de congresos, actor, ceramista, peluquero, sedimentólogo, especialista en calderería de chapa. Todo cuanto usted pueda desear. Pero, naturalmente, no busque usted en la letra S la profesión de sacerdote; ni en la C, la de cura o la de clérigo. Menos, claro, busque en la M la vocación de ministro del culto. Ser todo eso, para el Ministerio, debe de ser, cuando más, una vocación tolerada para la que no se ofrecen ni orientaciones ni posibilidades, como, por lo demás, tampoco se enseña a ser ladrón o atracador.
Pero más doloroso me parece el otro síntoma: el Instituto Gallup hace cada varios años un estudio sobre el reconocimiento social de las principales profesiones, y pide a sus encuestados que valoren «el nivel moral o grado de honestidad» que atribuyen a los miembros de cada uno de los principales grupos sociales. ¿Quedarán los sacerdotes en cabeza al menos en la valoración de su honestidad? En el último estudio aparecemos exactamente en la mitad de la tabla, en el puesto décimo entre veintiuna profesiones. Por delante de los banqueros, los políticos o los empresarios. Pero muy por debajo de ingenieros, médicos, periodistas, policías o abogados. Y lo que es peor, estamos en descenso: cinco años antes ese mismo sondeo situaba al clero en el quinto lugar de la tabla.
Voy a aclarar que a mí no me preocupará el descenso de valoración «social». El que los curas, en cuanto tales, hayamos dejado de ser parte de los «notables», de las «fuerzas vivas» de la ciudad, no me parece ninguna pérdida. A Cristo y los suyos, evidentemente, nadie los colocaba junto a Pilato y Herodes. A mucha honra. Más me angustia la pérdida de aprecio «moral» y –¿tal vez como consecuencia?– el que muchos sacerdotes pongan en duda lo que se llama «su identidad sacerdotal». Que ellos no acaben de ver muy bien para qué sirven y que tampoco lo entienda y valore suficientemente la comunidad.
Yo no sería honesto si no dijera que en esto ha contribuido decisivamente la curva de secularización de los últimos años. Dios me librará, claro está, de juzgar a las personas. Lo peor del asunto es que hayamos convertido la crisis de las personas –de algunas personas– en la crisis del clero. Es cierto: un cura que se iba, daba más que hablar que cien que permanecían. Y cuando en un bosque se talan dos docenas de árboles, todos los convecinos sienten como si el hacha golpeara también su corteza.
(…) Recuerdo que cuando yo fui, de niño, al seminario lo hice ante todo por nacientes razones religiosas. Pero también porque admiraba la obra de algunos sacerdotes muy concretos, porque veía que sus vidas estaban muy llenas, porque entendí o imaginé que siendo como ellos sería feliz como ellos eran. Hoy entiendo que sea más difícil para un muchacho iniciar una carrera en la que no solo va a ganar menos que siendo fontanero o peón de albañil, sino en cuya realización no viera felices y radiantes a quienes la viven.
Por eso me pregunto si una de las primeras tareas de la Iglesia de hoy, de toda ella: curas, religiosas, sacerdotes, no sería precisamente la de devolver a quienes la hubieran perdido su alegría y lograr que quienes –y son la mayoría– la tienen, pero apenas se atreven a mostrarla, saquen a la calle el gozo de ser lo que son. Aunque tengan que ir contra corriente de una civilización en la que lo que parece estar de moda es pasarse las horas contando cada uno la tripa que se nos rompió ayer por la tarde y en la que ser feliz y demostrarlo resulta una rareza.
Para ello no hace falta ponerse una careta con sonrisa-profidén. Basta con vivir lo que de veras se ama. Y saber que aunque en la barca de la Iglesia entra mucha agua por las ranuras de nuestros egoísmos, es una barca que nunca se hundirá. Porque es muy probable que nosotros, como personas, no valgamos la pena. Pero el sacerdocio, sí»
(José Luis Martin Descalzo).





«No buscamos que nos reconozcan, buscamos a Jesús en la Cruz, en ese estilo de vida, para que la gente pueda decir: ahí está el rostro de Cristo. (…) eso es lo que atrae a la gente, la belleza de su entrega» (Card. Juan Luis Cipriani).
Cf. Luisa Restrepo, catholic-link

Vea también Carisma de los Misioneros del Sagrado Corazón


domingo, 11 de octubre de 2015

7 características para dedicarse bien a la Nueva Evangelización según el padre Robert Barron


7 características para dedicarse bien a la Nueva Evangelización según el padre Robert Barron
Robert Barron ha usado la TV e Internet para evangelizar
y da algunas ideas sobre el perfil necesario
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo


El nuevo obispo auxiliar de Los Ángeles, Robert Barron, involucrado desde hace años en la reflexión sobre nueva evangelización, especialmente a través de los nuevos medios de comunicación, ha identificado las siete características que ha de tener un evangelizador moderno. Ahí van:

1.Una persona que ama a Jesucristo:
Evangelizar no es sólo compartir ideas y convicciones. La Buena Nueva es la relación con la persona de Jesús, una amistad con el Resucitado. Los romanos decían nemo dat quod non habet: nadie da lo que no tiene. 


Por eso los nuevos evangelizadores han de ser personas de oración: la lectura de la Escritura, la Liturgia de las Horas, la Eucaristía diaria, la Adoración al Santísimo, el Rosario, la Lectio Divina y la contemplación han de ser algo habitual en sus vidas, porque es así como se cultiva una relación personal con el Señor.

2. Entusiasmado y apasionado:
El nuevo evangelizador debe ser una persona de pasión y entusiasmo. En Haití, en 1983, san Juan Pablo II dijo que la evangelización debía ser «nueva en su ardor». Yo creo que San Juan Pablo II dio cuenta de que en los años siguientes al Concilio, la Iglesia había perdido una buena parte de su fuego. Atrapados en interminables debates sobre sus propias dinámicas internas (relativas principalmente el sexo y la autoridad), muchos católicos habían olvidado que su tarea fundamental era anunciar a Cristo al mundo con valentía y confianza.

En su Retórica, Aristóteles sostenía que la gente sólo escucha «a una persona de habla emocionada». Evangelizadores católicos que no están seguros de la verdad de la religión católica, que vacilan al hablar, o que carecen de ardor, simplemente dejan de persuadir a nadie.



3. Que conoce la historia de Israel:
La Buena noticia, el evangelion, es que la gran aventura de Israel ha llegado a su clímax, que todas las promesas que Dios había hecho a su pueblo elegido había encontrado su Sí en Jesucristo.

Un Cristo divorciado de Israel, se presenta hoy muchas veces como un maestro espiritual genérico, y es muy poco convincente. Necesitamos evangelizadores que sepan que la Iglesia es el nuevo Israel, y que Jesús es la «gloria de su pueblo Israel».

4. Que conoce bien nuestra cultura:
Karl Barth, el mayor teólogo protestante del siglo pasado, decía que el predicador debe preparar sus sermones «con la Biblia en una mano y el periódico en la otra». Los nuevos evangelizadores, por tanto, deben ver el laicismo como una oportunidad, porque ha producido un ejército de gente sedienta por el Evangelio.

La secularización es una visión del mundo que implica cerrarse a la dimensión trascendente; lo que esto ha producido es una sociedad de personas profundamente frustradas, porque todos estamos por naturaleza orientados a Dios.

Nada en este mundo nos puede satisfacer, porque hemos sido creados para una infinita verdad, bondad y belleza. Esta cultura aburrida, apática, a la deriva y solitaria está, de hecho, clamando por la energía y el valor del Evangelio.

5. Con el corazón de un misionero:
Sólo el 25 por ciento de los católicos asisten a misa de forma regular. Los ex-católicos son tan numerosos que, si se contaran como una denominación separada, serían la segunda religión más grande del mundo. Todo esto debería rompernos el corazón a los fieles católicos.

Quien aspira a evangelizar debe tener hambre de almas, de rescatar a las personas del triste destino de estar separados de Dios. No se trata sólo de mantener las estructuras e instituciones de nuestras parroquias, sino de tener una pasión para salir a los caminos del mundo secular y encontrar a la oveja perdida.



6. Que conozca la Tradición de la Iglesia:
Un nuevo evangelizador es alguien que conoce y ama la gran Tradición de la Iglesia. Los católicos sostenemos que a Cristo se le conoce mejor gracias a los escritos de Orígenes, Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, Anselmo, Aquino, Bernardo, Juan de la Cruz, John Henry Newman, Joseph Ratzinger… Los nuevos evangelizadores deben ser mistagogos, los que guían a los demás en el misterio de Dios. Deben, por lo tanto, conocer a los grandes artistas, poetas y maestros espirituales que han caminado antes que ellos.

7. Que maneje bien los nuevos medios:
Los nuevos evangelizadores deben ser expertos en el uso de los nuevos medios. Juan Pablo II dijo también que la Nueva Evangelización debía ser nueva, no sólo en su ardor, sino también en sus métodos. Sin lugar a dudas, tenía en mente el poder extraordinario que las nuevas tecnologías ofrecen a la proclamador del evangelio de hoy. Twitter, Facebook, YouTube, podcasting, Internet…: con estos métodos podemos llegar a millones de personas que de ninguna otra manera tendrían contacto con la Iglesia.