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sábado, 18 de septiembre de 2021

La oración que rezo después de comulgar

 


"Orad constantemente." (1 Tesalonicenses 5)

Me gusta compartir contigo mis vivencias con Dios y sentir que juntos caminamos hacia la meta final que es el Paraíso prometido. Por ello suelo contarte experiencia muy personales que de otro modo las guardaría para mí. 

Hay una inquietud recurrente en algunos lectores de mis libros y de estas reflexiones que publicamos en Aleteia. Me preguntan que hacer después de comulgar.

Primero debes estar consciente de a quién recibes. No es un pedacito de pan. Y saber que cuando comulgas te conviertes en un sagrario vivo. Llevas contigo a Jesús VIVO. 

Al ser un sagrario que lleva a Jesús debes procurar comportarte como tal, con la dignidad de un hijo amado por Dios. Por tanto, refleja su amor en tus pensamientos, tus acciones, y tus palabras. Al salir de misa y regresar a tu casa, al trabajo o hacer mandados, que todos vean en ti un reflejo cristalino del amor de Jesús por la humanidad.

Cuando comulgo y regreso a la banca donde me siento, procuro no distraerme. Sé que llevo conmigo un TESORO. Y procuro hacerme digno de portarlo. Es Jesús quien mora en mi alma. 

Me sé indigno y le agradezco tanto amor y Misericordia

Me gusta mucho cerrar los ojos y orar. De esta forma estamos por un breve instante solos, Él y yo. Así no me distraigo pensando en los problemas que dejé en casa, o los asuntos que debo resolver ese día, ni me pongo a ver quién comulga y quién no y no. 

Tampoco converso con la persona que tengo cerca, ni tomo el panorama católico para ojearlo. Sencillamente cierro los ojos y vivo ese maravilloso momento tan íntimo que tengo con Jesús Sacramentado. Es único. Estás en el cielo. Y rezo con mucho fervor.

La oración que más me gusta rezar, en silencio, lentamente, es el “Alma de Cristo”.  Es una maravillosa plegaria que se le atribuye a santo Tomás de Aquino. Dicen que fue san Ignacio de Loyola quien le dio mayor difusión al incluirla en sus Ejercicios Espirituales. 

Es una oración para la unión mística del alma con el Creador. Te la copio para que la reces también.

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Claudio de Castro, Aleteia

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domingo, 23 de junio de 2019

Corpus Christi invita al «asombro» por la Eucaristía: «No comulguemos rutinariamente», pide el Papa

Hay que comulgar cada día como en la Primera Comunión, dijo el Papa, recordando que es Jesús vivo quien viene a nosotros.


n el Ángelus de la Plaza de San Pedro en la festividad del Corpus Christi, el Papa Francisco anunció que por la tarde él también participaría en una de las procesiones que en este día son "expresión de la fe eucarística del pueblo santo de Dios". Será después de que celebre misa en la iglesia de Santa María de la Consolación, en el barrio romano de Casal Bertone.
También, tras rezar la oración mariana, recordó que este sábado fueron beatificadas en Madrid 14 religiosas concepcionistas franciscanas "asesinadas en odio a la fe durante la persecución religiosa que tuvo lugar entre 1936 y 1939" en la zona bajo control del Frente Popular. "Estas monjas de clausura, como las vírgenes prudentes, esperaron con fe heroica la llegada del Esposo divino. Su martirio es una invitación para todos nosotros a ser fuertes y perseverantes, especialmente en la hora de la prueba". Seguidamente pidió un aplauso para las nuevas beatas.
Algunas religiosas españolas presentes en la Plaza de San Pedro aplaudieron a las mártires concepcionistas elevadas a los altares.
En las palabras que precedieron al Ángelus, Francisco recordó el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, incluido en el Evangelio del día, un milagro que "manifiesta el poder del Mesías y, al mismo tiempo, su compasión", y por eso anticipa el milagro de la Eucaristía, "sacramento de su Cuerpo y de su Sangre entregados por la salvación del mundo".
La Eucaristía es "la síntesis de toda la existencia de Jesús, que fue un único acto de amor al Padre y a los hermanos". Y la festividad del Corpus Christi "nos invita cada año a renovar el asombro y la alegría por este don extraordinario del Señor que es la Eucaristía".
"Recibámoslo con gratitud, no de forma pasiva o rutinaria", añadió Francisco: "No debemos acostumbrarnos a la Eucaristía e ir a comulgar rutinariamente. ¡No! Cada vez que nos acercamos al altar para recibir la Eucaristía, debemos renovar de verdad nuestro Amén al Cuerpo de Cristo. Cuando el sacerdote nos dice 'El Cuerpo de Cristo', nosotros decimos 'Amén', pero que sea un Amén que salga del corazón, convencido. Es Jesús, es Jesús que me ha salvado, es Jesús que viene a darme la fuerza para vivir. Es Jesús, Jesús vivo. Pero no debemos acostumbrarnos: cada vez, como si fuese la Primera Comunión".










































jueves, 5 de julio de 2018

Padre Pío rezaba esta oración después de recibir la Comunión

Esta hermosa oración es testimonio del inmenso amor del Padre Pío por Jesús en la Eucaristía

PADRE PIO
Al Padre Pío le apasionaba celebrar la misa y recibir la Comunión. En una ocasión dijo: “Sería más fácil que el mundo existiera sin el sol que sin la Santa Misa”.
Creía de todo corazón que Jesús estaba verdaderamente presente, en cuerpo, sangre, alma y divinidad durante la celebración de la Misa. Este gran don avivó en su propio corazón un amor profundo y persistente hacia Dios.
En sus propias palabras: “Hay momentos durante la Misa en que me consumo por el fuego del Amor Divino. Mi rostro parece arder”.
A continuación pueden leer una honda oración que Padre Pío compuso y que rezaba tras recibir la Sagrada Comunión.
Es reflejo de su firme fe en la presencia de Jesús en la Sagrada Eucaristía y de su deseo de que Jesús permaneciera siempre en su corazón.
Quédate, Señor, conmigo, pues soy débil y necesito tu fuerza para no caer muchas veces.
Quédate, Señor, conmigo, porque eres mi luz y sin ti estoy en tinieblas.
Quédate, Señor, conmigo, porque eres mi vida y sin ti pierdo el fervor.
Quédate, Señor, conmigo, para darme a conocer tu voluntad.
Quédate, Señor, conmigo, para que oiga tu voz y te siga.
Quédate, Señor, conmigo, pues deseo amarte mucho y estar siempre en tu compañía.
Quédate, Señor, conmigo, si quieres que siempre te sea fiel.
Quédate, Señor, conmigo, porque por más pobre que sea mi alma, desea ser para ti un lugar de consuelo y un nido de amor.
Quédate, Jesús, conmigo, pues es tarde y el día se acaba… La vida pasa; la muerte, el juicio y la eternidad se acercan y es necesario recuperar mis fuerzas para no demorarme en el camino, y para ello te necesito. Ya es tarde y la muerte se acerca. Temo la oscuridad, las tentaciones, la aridez, la cruz, los sufrimientos… ¡y te necesito mucho, Jesús mío, en esta noche de exilio!
Quédate, Jesús, conmigo, porque en esta noche de la vida, de peligros, necesito de ti. 
Haz que, como tus discípulos, te reconozca en la fracción del pan; que la comunión eucarística sea la luz que disipe las tinieblas, la fuerza que me sustenta y la única alegría de mi corazón.
Quédate, Señor, conmigo, porque en la hora de la muerte quiero estar unido a ti; si no por la Comunión, al menos por la gracia y por el amor.
Quédate, Jesús, conmigo; no pido consuelos divinos porque no los merezco, sino el don de tu presencia, ¡ah, sí, te lo pido!
Quédate, Señor, conmigo; solamente a ti te busco; tu amor, tu gracia, tu voluntad, tu corazón, tu espíritu, porque te amo y no pido otra recompensa sino amarte más, con un amor firme y práctico.
Haz que pueda amarte de todo corazón en la tierra para seguirte amando perfectamente por toda la eternidad, querido Jesús.
Philip Kosloski, aleteia








lunes, 31 de julio de 2017

Pregunta 220: ¿Su Fe es la Fe de la Iglesia? ¡Compruébelo!

Esta es nuestra Fe, la Fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.


Resultado de imagen de "preparación a la comunión"


220. ¿Cómo debo prepararme para poder recibir La sagrada Eucaristía?

Quien quiera recibir la sagrada EUCARISTÍA, debe ser católico. Si fuera consciente de un pecado grave o mortal, debe confesarse antes. Antes de ponerse ante el altar hay que reconciliarse con el prójimo. [1385­-1387,1415]


Hasta hace pocos años estaba dispuesto no comer nada como mínimo tres horas antes de una celebración eucarística; de este modo se quería estar preparado para el encuentro con Cristo en la COMUNIÓN. Hoy en día la Iglesia pide al menos una hora de ayuno. Un signo de respeto es el vestido, bonito y algo especial, pues al fin y al cabo tenemos una cita con el Señor del mundo.



 "preparación a la comunión"


* El texto (pregunta y respuesta) proviene del Youcat = Catecismo para Jóvenes. Los números que aparecen después de la respuesta hacen referencia al pasaje correspondiente del Catecismo de la Iglesia Católica que desarrolla el tema aún más. Basta un clic en el número y será transferido. 

domingo, 10 de abril de 2016

¿Se puede comulgar si has cometido pecados veniales?

Personas comulgando


Julio de la Vega-Hazas, Aleteia
San Pablo expresó con contundencia que no todos están en condiciones de  recibir la Comunión: Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz, porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (I Cor 11, 28-29). Estas palabras ponen de relieve la gravedad del asunto, pero no proporcionan un criterio claro de cuándo uno es digno y cuándo no. Por eso, como tantas otras, esta cuestión también fue sometida a debate.

Da la impresión, sin embargo, que los destinatarios de la carta –los corintios- ya tenían alguna idea al respecto. Es pues importante ver las fuentes conocidas de la vida de la Iglesia primitiva. A finales del siglo I o principios del II se escribió la llamada Didache (o “Doctrina de los Doce Apóstoles”), en la que se habla bastante de la Eucaristía. Tras señalar que el sacramento es solo para los bautizados, añade la siguiente frase: Quien sea santo, acceda; quien lo sea menos, haga penitencia. Aunque necesite una ulterior precisión, sigue siendo un criterio válido, a la luz del cual se entiende lo que está establecido.

Se podría objetar, y con razón, ¿pero quién puede decir que es santo?

Libre de todo pecado, nadie. Por eso el acercamiento a la Comunión debe ser penitencial, para purificarnos cuanto podamos. Lo propio es recibir la comunión cuando ya hay una comunión del alma con el Señor. 

(Nota adicional: Por eso, al comienzo de la Santa Misa el sacerdote invita a pedir perdón: "Antes de celebrar los sagrados misterios pidamos perdón por nuestros pecados"  - los que suelen llegar tarde ¡nunca piden perdón! -  y antes de la Comunión decimos: "Señor, no soy digno...").

Ahora bien, hay diversas situaciones, como también hay distintos tipos de pecados. El pecado mortal rompe del todo esa comunión, y en este caso la penitencia requerida pasa por la recepción del sacramento de la Penitencia como condición previa.

Por eso establece el Código de Derecho Canónico que quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental (c. 916) (las excepciones se refieren a necesidades sin posibilidad de recibirlo, en cuyo caso debe haber un acto de contrición perfecta y el propósito de confesarse cuanto antes: o sea, en todo caso se recibe en gracia de Dios, aunque no haya más remedio que posponer la confesión).

Una aclaración al respecto puede ser pertinente: no hay penitencia verdadera ni confesión válida sin propósito de enmienda; es lógico, en caso contrario sería una pantomima. Esto sirve para entender por qué no pueden acceder a la Comunión personas que están y quieren seguir estando en una situación habitual de pecado.

Queda el pecado venial. Nadie escapa de cometer alguno, y pretender estar libre de todo pecado venial resulta presuntuoso. En la historia de la Iglesia existió un puritanismo católico, llamado jansenismo (lo creó un tal Cornelius Jansen), que en este sentido restringía mucho la comunión. Fue rechazado por la Iglesia, pero dejó sentir su influencia, hasta que el Papa San Pío X borró sus vestigios hace un siglo. Con razón: no va por ahí la penitencia requerida.

En estos casos –cuando se está en gracia- la penitencia es la interior, la cual se incluye en la liturgia. El pecado venial no impide la Comunión –al contrario, es alimento interior que da fuerzas para combatirlo-, pero, a la vez, para participar dignamente en los sagrados misterios… comencemos por reconocer nuestros pecados. Palabras familiares para quien asiste a Misa, que van seguidas por un acto de contrición de lo más completo. Luego, la preparación inmediata nos recuerda que vamos a comulgar como invitados y que no somos dignos de recibirle; en cierto modo, también son palabras de contrición. Es interesante comprobar que, en la celebración de la Comunión fuera de la Santa Misa, la liturgia es mucho más breve, pero incluye estas dos partes penitenciales, las mismas.

En resumen. Para comulgar, hay que estar en gracia de Dios. Aún estándolo, nunca somos dignos del todo de recibir al Señor. Eso no es obstáculo para comulgar, pero la dignidad del sacramento postula que procuremos hacernos lo más dignos posible.