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domingo, 31 de diciembre de 2023

El error que no debes cometer en el examen de conciencia de fin de año

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San Agustín de Hipona, padre de generaciones de contemplativos y contemplativas, mostró por qué la primera pregunta a la que debemos responder no es «¿Qué pecados he cometido?», sino más bien «¿Quién soy yo ante ti, Dios mío?»

Llega el final de año. Desde tiempos antiguos, se trata de una ocasión natural para hacer un alto en el camino de la vida, un examen de conciencia, y así poder dar gracias a Dios por los dones recibidos. Una manera ideal para después comenzar el nuevo año con nuevo impulso vital.

San Agustín de Hipona (354-430), padre con su Regla de generaciones de contemplativos y contemplativas, ofreció en su libro más leído, «Las Confesiones» la clave para comprender el sentido del examen de conciencia: una reflexión, en oración, para evaluar la propia vida con los ojos de Dios.

Un gran conocedor de san Agustín, el cardenal Carlo María Martini S.I., arzobispo de Milán (1927 – 2012), constataba que «el examen de conciencia es la primera de las prácticas de piedad que desaparece cuando la vida interior comienza a declinar». 

¿Por qué ocurre esto? Probablemente, porque el examen de conciencia se ha convertido para muchos en una práctica formal, de escasa utilidad, en la que se limitan a responder a la pregunta: «¿Qué pecados he cometido?».

Aconsejados por san Agustín, nuestro examen de conciencia debería responder a la pregunta central: «¿Quién soy yo ante ti, Dios mío?»; «¿Cómo vivo ante ti, Padre?».

Quien lee «Las Confesiones» puede comprender que estas dos preguntas constituyen la clave para vivir una verdadera relación a la luz de Dios, con los demás y con la naturaleza que nos rodea. 

San Agustín propone tres momentos, o tres etapas, para poder comprender la vida a la luz de Dios. Las presentamos según las ilustraba el cardenal Martini al predicar Ejercicios Espirituales. Se trata de tres momentos que también pueden ser analizados para preparar la confesión sacramental. 

1
CONFESIÓN DE ALABANZA

Todo examen de conciencia debería comenzar respondiendo a la pregunta: ¿por qué motivo debo dar gracias a Dios principalmente en este tiempo?

Es la «confesión de alabanza» o acción de gracias. Se trata de poner nuestra vida a la luz del amor misericordioso de Dios. 

Hay muchas páginas de san Agustín que nos pueden inspirar para responder a esta pregunta: «Yo te alabo y te glorifico, Dios mío, porque tú me has amado, me has perdonado, me has conservado hasta este momento, porque solo tú eres grande, misericordioso, poderoso, santo, porque riges el mundo con tu fuerza y tu sabiduría, porque tú te manifiestas en todas las situaciones de la Tierra, en las personas que conozco».

2
CONFESIÓN DE VIDA

Tras ponernos en presencia de Dios, surge de manera espontánea después la «confesión de vida»

Se trata de responder a las preguntas: «¿Qué aspecto de mi vida no agrada a la mirada de Dios?».  ¿Por qué mi pobre vida no está a la altura de los dones y del amor de Dios? 

La confesión de vida no consiste en un amargo arrepentimiento, en la conmiseración con uno mismo, en el sentimiento de culpa.

La confesión de vida es confesar: «Señor, tú me has conservado hasta ahora en tu amor y yo no he sido capaz de corresponderte, de estar a la altura de mi vocación».

Es el momento para reconocer aquello que me aleja de Dios, aquello que mancha la armonía de mi relación con Él, mis pecados, con los demás, con los dones que el Señor me ha dado.

Puedo hacer esta confesión con el lenguaje de alabanza, de confianza y de paz, a pesar de que se trata de un verdadero arrepentimiento de mis pecados. La confesión de vida reconoce las ofensas provocadas al corazón de Dios. De este modo, sufrimos con Él, por las heridas que le provocamos. En última instancia, nuestro dolor por el dolor que le infligimos nos debe llevar a un acto de amor.

3
CONFESIÓN DE FE

De este modo, vemos ya como el segundo momento, la confesión de vida, nos lleva después a la confesión de fe: la certeza de que Dios, con su amor, me acoge y me cura. El acto de dolor se convierte en en una manifestación de fe y, por consecuencia, de amor. 

De ahí surge no solo el propósito de enmienda, sino también la resolución concreta que adoptaré para que en 2023 mi vida esté en armonía con el amor de Dios.

La confesión de fe es la esencia misma de la fe cristiana: fe en Jesús salvador, fe evangélica en Jesús que salva al hombre del pecado

Ha llegado el momento de decir: «Señor, creo en tu fuerza que me sostiene en mi debilidad, creo en el poder de tus dones, que fortalecen mi flaqueza e iluminan mi falta de serenidad, que alumbran mi camino oscuro y sombrío; creo que tú eres el Salvador de mi vida, que has muerto en la cruz por mis pecados». 

En definitiva, san Agustín, con sus Confesiones, y tantos  contemplativos y contemplativas a lo largo de la historia, nos muestran que el examen de conciencia, si es verdadero, necesariamente se convierte en un acto de amor a Dios. 

«Te Deum»

Por este motivo, tras este examen de conciencia, la Iglesia aconseja concluir el año con la proclamación del «Te Deum», himno que durante siglos los cristianos han atribuido (no es casualidad) a San Agustín y a San Ambrosio, el obispo que tuvo un papel decisivo en su conversión y que le bautizó.


Matilde Latorre, Aleteia

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jueves, 6 de julio de 2023

¿Qué sucede cuando 550 monasterios rezan por ti?

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¿Estás preocupado? ¿Sufres por algún problema personal o por dificultades o enfermedades de tus seres queridos? Tenemos una buena noticia: miles de monjes y monjas están deseando recibir tus intenciones de oración y ponerlas en manos de Dios

Adiario escuchamos de alguna persona que tiene un problema muy grave, sea de salud, económico, profesional, o afectivo. Debido a la seriedad de estas dificultades o sufrimientos, muchísimas veces se encuentran abrumados y solos. Queremos ofrecerles apoyo, pero no sabemos cómo.

Los miembros de la familia de Aleteia, cuentan ahora con una ayuda única. Pueden confiar sus intenciones de oración, así como las de sus seres queridos, a la red de 550 monasterios de contemplativos y contemplativas. 

Se trata de una oportunidad única que se ha hecho posible gracias a la coordinación que  realiza la Fundación DeClausura, institución dedicada al apoyo de monjes y monjas que han dedicado su vida a la oración y el trabajo. 

Esta red se basa en la promesa que Jesús hace en el Evangelio de San Mateo (18,19): “si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá”.

Este proyecto, que acaba de lanzar, está ya recibiendo testimonios conmovedores. Sol, argentina de Buenos Aires, testimonia en un mensaje enviado a la red: 

“Quería hacer llegar mi profundo agradecimiento por el rezo de las intenciones en los monasterios. La persona por quien pedí la intención se llama Alejandra y es gran difusora y muy devota de Jesús Misericordioso. Cuando recibí el mail que decía que iban a ofrecer la intención por su salud en la misa del Domingo, Fiesta de la Misericordia, me emocioné mucho. Quisiera decirles a los que viven la vida monástica que su oración y su silencio son bien apreciados y no bien sabidos. Gracias por sostenernos y elevar nuestras plegarias al cielo”.

Desde México nos ha llegado este mensaje: 

Agradezco profundamente que las queridas y los queridos monjes de clausura hayan podido rezar por mis intenciones, me siento fortalecida, bendecida y acompañada de verdad. Yo igualmente rezaré por ellas y ellos dando gracias a Dios por su hermosa vocación. Quisiera saber más sobre su vida en los monasterios. Si tienen intenciones y si podemos rezar por ellas.” 

De Italia nos llega este conmovedor mensaje:

“Muchas gracias,

Sin duda difundiré la noticia de este servicio de oración ofrecido por los monjes. Gracias a ustedes y a ellos por sus oraciones, solo Dios sabe cuánto me sirven en estos tiempos y cuánto sirven al mundo en estos tiempos oscuros.

Que Dios les recompense por este servicio.”

En Polonia llevamos unas semanas funcionando, pero ha sido espectacular la acogida que está teniendo el servicio. Este es uno de los mensajes que hemos recibido:

“Pediré al Buen Dios que su gran Amor inunde los corazones de estos hermanos y hermanas que entregarán mi petición a Dios y por las santas vocaciones a las órdenes que ahora interceden por mí. Confío que alguno de mis descendientes un día sea llamado por nuestro Señor Jesús para servirle en una de estas órdenes.

Que se haga su Voluntad.

¿Puedo pedirles un número de cuenta bancaria a la que pueda transferir una ayuda en reconocimiento por este servicio? Con mis mejores deseos”.

Si deseas compartir tu agradecimiento a los monasterios o tu testimonio (de manera anónima o pública, en el segundo caso menciónalo explícitamente), puedes mandarnos un mensaje de correo electrónico a monasteria@aleteia.org.

Compartir una petición de oración con los 550 monasterios nunca ha sido tan fácil.  Basta rellenar un sencillo formulario https://es.aleteia.org/intencion-de-oracion/


Matilde Latorre, Aleteia 

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Invocación de los muertos





























sábado, 1 de abril de 2023

Tu vida puede cambiar en Semana Santa, como la de Teresa de Jesús

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La contemplación de los sufrimientos de Jesús en su Pasión cambió radicalmente la vida de Teresa de Ávila: pasó de ser una monja mediocre, ya en edad avanzada, a alcanzar una unión íntima con Cristo que transformaría su existencia y a la misma Iglesia. Te contamos cómo sucedió y cómo puedes tú hacer esa experiencia

¿Quieres vivir una Semana Santa diferente? ¿Estás cansado de una vida monótona, de un cristianismo mediocre y aburrido?  

Hoy cuesta imaginarlo, pero como tú se encontraba Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, a sus 39 años, edad de plena madurez para aquella época. En 1554, llevaba ya veinte años de religiosa carmelita en el monasterio de la Encarnación, donde convivía con una comunidad de más de cien monjas.

Teresa después reconocería que, en realidad, vivía una vida doble: en ciertos momentos, quería entrar en una vida de oración; pero en otros su vida se hacía anodina, sin sentido, anegada en la rutina de lo cotidiano. «Como las muchas», dice ella.  

La conversión

En su autobiográfico Libro de la Vida, escrito diez u once años después, lo recuerda así (capítulo 8, 12): «Buscaba remedio; hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios. Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese la vida».  

En ese momento, irrumpe la conversión de Teresa. Experimenta el encuentro personal con Cristo. Lo suscita la contemplación de la Pasión de Jesús y la conciencia del dolor y el sacrificio que afrontó por nuestro amor. Le ayuda en esta contemplación una imagen de Jesús tras la flagelación, el «Ecce Homo». Todo el ser de Teresa quedó sobrecogido. No fue simplemente una experiencia sentimental, sino un encuentro con Cristo íntimo, intenso, entrañable, muy real.

Ella lo cuenta así : «Entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle» (Libro de la Vida, capítulo 9, 1).

Así se desencadena su conversión. Al contemplar la Pasión de Jesús, descubre el amor de Dios total, sin filtros. Su vida cambia totalmente. Ahora ya no quiere amar a Dios para ganarse el cielo, o para salvarse del infierno. Está totalmente transformada. Ha encontrado por primera vez el verdadero amor de Cristo, que dio su vida por ella.  

La verdadera razón de ser cristiano

Cristo pasa a ser la única razón de su existencia: ya no es un elementos más en su vida, sino su único amor y su motor. De ahí surge la «determinada determinación» que llevaría a su cambio de vida. Si Teresa deja de ser  una monja mediocre  y aburrida se lo debe a ese encuentro con Cristo. Su relación con Jesús pasa de meramente teórica a profundamente vivencial. Él le ha cambiado la vida.  

Por eso, en el relato autobiográfico del Libro de la Vida, terminado el capítulo de la conversión, irrumpe inmediatamente la experiencia mística de Teresa: ahora ama a Dios por el descarado amor que Él antes le ha demostrado. Ya no hay segundos fines en su amor a Cristo. La vida cristiana ya no consiste en cumplir normas. Esa es su verdadera conversión: amar a Dios únicamente por lo que me ama, por lo que es, puro amor.

Ahora, Teresa, convertida, cambia incluso de nombre; ahora es «Teresa de Jesús». Esta experiencia quedó perfectamente recogida en este soneto anónimo, que algunos han querido atribuir a Santa Teresa de Jesús o a San Juan de la Cruz, aunque nadie ha podido comprobar su autoría.

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

Aleteia, red global católica de información, en virtud de su misión fundacional, contribuye, en colaboración con la Fundación DeClausura, a comunicar la vida y espiritualidad de los monasterios y conventos contemplativos.

Matilde Latorre, Aleteia 

Vea también      Via Crucis: Acompañar a Jesús en su Pasión y Muerte  (abundante información)




























lunes, 20 de febrero de 2023

Consejos que no esperabas de Teresa de Ávila para vivir la Cuaresma

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La santa mística y contemplativa no recomendaba a sus hijas espirituales centrarse en ayunos masoquistas o renuncias. Más bien les proponía centrarse en lo esencial: Jesús. De este modo, todo cambia en Cuaresma…

Estamos a punto de adentrarnos en la Cuaresma, cuarenta días de preparación para el triduo pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado de Gloria). ¿Tiempo de renuncias? ¿Tiempo de tristeza? Es posible que malentendidos o prejuicios no nos permitan vivir de manera cristiana este período litúrgico tan intenso.

Santa Teresa de Ávila, una de las contemplativas más grandes de la historia, con su vida y escritos, ha dejado consejos para vivir la Cuaresma de manera significativa. Déjate sorprender.

1NO PERDER DE VISTA EL OBJETIVO

Ni el objetivo ni el espíritu de la Cuaresma cristiana son masoquistas: no se trata de hacer sacrificios por hacer sacrificios. Si algo dejó claro santa Teresa de Ávila, es que el amor de Jesús, y, en particular, su pasión, muerte y resurrección, dan sentido a nuestra vida.

Santa Teresa se convirtió en edad ya adulta, a sus 39 años: en 1554, cuando llevaba viviendo casi veinte de religiosa carmelita en el monasterio de la Encarnación. Ella misma recuerda que vivía una vida doble: por momentos, vida de oración; pero muchos momentos más, vida anodina y pérdida de tiempo con amistades sin sentido religioso. «Como las muchas», dice ella. A pesar de los sacrificios y renuncias propios de la vida religiosa. 

Narra su conversión en su autobiográfico Libro de la Vida (capítulo 9), escrito diez u once años después. Fue un momento de encuentro personal con Cristo. Encuentro desencadenado por la presencia de una imagen emotiva del «Ecce Homo». Aquella escultura tocó lo más profundo de su ser: de repente, comprendió tangiblemente el amor de Jesús por ella hasta el punto de sufrir los tormentos.

«Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía», escribe la mística. Ese es el sentido de la Cuaresma: preparar el alma y la vida para experimentar el amor de Cristo en su pasión, muerte y resurrección.

La oración, tan importante en Cuaresma, consiste, por tanto, en algo muy sencillo: estar «muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama», como escribe la santa en su Libro de la Vida (capítulo 8, 5).

2HUMILDAD

Con los ojos puestos en el amor de Cristo, santa Teresa invita a continuación a comprender la propia realidad. En esto consiste la verdadera humildad a la que invita la Cuaresma, que el cristiano necesita para cultivar poder vivir la experiencia del amor de Jesús. 

Teresa escribe: «Pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí aprenderemos la verdadera humildad» (I Moradas 2, 10-11). El mismo Señor nos dice; «Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón», (Mateo 11,29) 

Santa Teresa de Jesús se planteó en una ocasión «por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad» y esta fue la respuesta que encontró: «Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad» (Sextas Moradas 10,7). 

3«DESASIMIENTO»

Del amor de Cristo surge una de las actitudes más típicas de la Cuaresma: el «desasimiento», es decir, el estado del alma que queda libre de todo afecto desordenado y egoísta hacia cualquier cosa o persona, que nos sea Dios. 

El desasimiento explica las prácticas cuaresmales, como son la abnegación, renuncia, despojamiento, desapego, desapropiación, etc. No significa supresión de todo deseo y aspiración, ni tampoco quiere decir fabricarse un corazón duro e insensible, ya que el amor es el primero y mayor de los deberes. El amor da sentido y matriz al desapego.

Santa Teresa de Jesús escribe: «Ahora vengamos al desasimiento que hemos de tener, porque en esto está el todo, si va con perfección». El secreto del cristianismo, está en abrazar toda la vida por amor a Cristo, y «desasirse» o desprenderse de todo lo que nos puede alejar de Él (Camino de Perfección, capítulo 8).

4AMOR AL PRÓJIMO

Por último, prepararse en Cuaresma para vivir el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús significa vivir la caridad, amar concretamente al prójimo. Teresa escribe en el libro «Las Moradas»: «Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas» (Moradas Primeras 2,17). 

Según santa Teresa, no se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. 

Matilde Latorre, Aleteia 

VEa también      Cuaresma: 40 días, 40 ideas
del Papa Benedicto XVI



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martes, 22 de noviembre de 2022

Alimentos recomendados por Hildegarda de Bingen, la santa nutricionista

HILDEGARD VON BINGEN

Desde la espelta hasta el jengibre, he aquí los alimentos más nutritivos y útiles para nuestro organismo, según la experta medieval en alimentación

Espelta, ajo, salvia, garbanzos… Estos son los alimentos más recomendados por la santa «nutricionista» Hildegarda de Bingen, una de las grandes contemplativas de la historia de la Iglesia, para una dieta saludable. 

En «El libro de la medicina de Santa Hildegarda – La curación en el cuerpo y en el espíritu», publicado en italiano por  Marcello Stanzione y Bianca Bianchini, se presentan estos alimentos como ayuda para una buena salud.

Espelta y trigo

La espelta es un alimento al que Hildegarda atribuye enormes poderes como cereal. Lo considera «cálido y abundante y también el más delicado». Este cereal, nutritivo y de fácil digestión, «regenera la sangre, relaja los nervios y dispone al hombre de buen humor» de cualquier forma que se cocine, incluso como pan. Una sopa de sémola de espelta, cuyo caldo se obtenía hirviendo un kilo de patas de ternera durante unas cuatro horas, sería un remedio para quienes sufren problemas de tendones. 

La harina de trigo integral, el trigo, también la consideraba la abadesa de Bingen como un alimento completo apto tanto para los sanos como para los enfermos. A diferencia del centeno, que sería poco digerible para los enfermos.

Terapia del ajo

Hildegarda prestó gran atención a las hierbas y las especias. Las propiedades terapéuticas del ajo, como antibiótico y antihipertensivo, las definió científicamente Pasteur en 1858. Según santa Hildegarda, el ajo, que se alimenta del rocío, forma parte de una dieta sana y adecuada y puede comerse preferentemente crudo. Sin embargo, se aconseja a los que padecen enfermedades pulmonares que cuezan un poco de ajo en agua y consuman la bebida resultante diariamente en ayunas hasta que se curen.

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ajos

Las propiedades del laurel y la salvia

El laurel, originario de Asia Menor y Europa, se utilizó durante siglos contra muchas enfermedades y en particular contra la peste. Lo recomendaba Hildegarda para curar los dolores de estómago, después de guisar unas hojas en vino durante tres minutos. Hoy en día también se recomienda como aperitivo y digestivo.

La salvia, considerada una hierba seca, también forma parte de una dieta adecuada. Esta hierba es descrita por Hildegarda como «buena para los que están atormentados por el mal humor, porque lo elimina». El consejo: consumirlo pulverizado y comerlo en pan.

El jengibre favorece la digestión

El jengibre está presente en muchos remedios de Hildegarda: en forma de polvo, se recomienda disolverlo en medio vaso de vino tinto al final de una comida para aliviar los síntomas de la gastritis, los cólicos abdominales y las úlceras.

Y, en efecto, la medicina actual ha demostrado cómo el jengibre estimula la producción de bilis y los movimientos peristálticos del estómago y los intestinos, favorece la digestión y la salida de los gases intestinales. Además, tiene un efecto eficaz contra las náuseas y los vómitos (incluso de la quimioterapia) y en todos los trastornos del mareo (mareo en el coche, mareo en el mar, mareo en el avión).

Garbanzos, sabrosos y fácilmente digeribles

Los garbanzos son muy apreciados en la dieta saludable de la abadesa de Bingen. La planta leguminosa es originaria de Oriente e históricamente es uno de los primeros alimentos que el hombre ha consumido. Era la comida pobre de los esclavos egipcios y apreciada por los romanos, que la comían frita en aceite de oliva. Recomendados por la santa a todos, sanos y enfermos, porque son sabrosos y fácilmente digeribles, especialmente asados cuando es necesario bajar la temperatura del cuerpo. Los guisantes y las lentejas no eran apreciados por la abadesa de Bingen como alimentos fríos, especialmente las lentejas, que debían ser evitadas por todos.

Los consejos de nutrición de santa Hildegarda son una muestra del genio de la vida contemplativa en la historia, que presenta el camino de realización personal gracias a una buena relación con Dios, con los demás, con la naturaleza y con nosotros mismos. Incluida nuestra alimentación. 

Traducción de Matilde Latorre

Aleteia, red global católica de información, en virtud de su misión fundacional, contribuye, en colaboración con la Fundación DeClausura, a comunicar la vida y espiritualidad de los monasterios y conventos contemplativos.

Gelsomino del Guercio, Aleteia

Vea también    Recetario nutritivo, económico y saludable  (pdf)







 

miércoles, 3 de agosto de 2022

¿Quieres aprender a meditar? San Agustín tiene el secreto

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El máximo pensador cristiano del primer milenio y uno de los más grandes genios de la humanidad puede convertirse en tu maestro de meditación. Te explicamos cómo

¿Estás buscando paz interior en medio de la angustia o la incertidumbre? Si crees que puedes encontrar la paz en la meditación, san Agustín de Hipona (354-430) puede convertirse en tu maestro.

Considerado el «Doctor de la Gracia» y el máximo pensador del cristianismo del primer milenio, Agustín, nacido en la actual Argelia, es considerado uno de los más grandes genios de la humanidad.

Para Agustín la meditación es un acto de amor a Dios, que se vive en cuatro momentos:

  • Momento del silencio.
  • Momento de la presencia.
  • Momento de la confrontación.
  • Momento de la elevación.

Si estas expresiones te parecen extrañas, no te preocupes. Te llevamos de la mano de san Agustín en este recorrido para que tú también puedas descubrirlas y vivir la aventura interior de la meditación.

1EL MOMENTO DEL SILENCIO 

Para hacer meditación es indispensable, ante todo, crear silencio fuera y dentro de nosotros mismos. 

El silencio fuera de nosotros mismos, el silencio exterior, es relativamente fácil: se trata sobre todo de crear las condiciones para no distraernos con el ruido, las imágenes, con todo lo que nos rodea.

Ahora bien, el silencio exterior no es el más importante o el más difícil. Puedes hablar con el pensamiento y la imaginación, aunque tengas los labios cerrados. Puedes estar callado, con los ojos cerrados, y hablar, correr, con tu imaginación galopante. 

Al concluir uno de sus libros más sorprendentes, La Trinidad, Agustín pide a Dios la gracia de liberarse del ruido interior de sus pensamientos con estas palabras: «Líbrame, Dios mío, de la muchedumbre de palabras que padezco en mi interior, en mi alma». 

Reflexiona: «Cuando callan mis labios, no guardan mis pensamientos silencio». «Son pensamientos humanos, pues vanos son. Otórgame la gracia de no consentir en ellos, sino haz que pueda rechazarlos cuando siento su caricia; nunca permitas que me detenga adormecido en sus halagos. Que jamás ejerzan sobre mí su poderío» (La Trinidad, libro XV, capítulo 28).

Agustín sentía la necesidad de liberarse del ruido interior para poder unirse íntimamente con Dios. Si en nosotros este deseo de silencio es débil, nuestra meditación sería débil. 

El silencio que cuenta, por tanto, es el silencio interior: el silencio de los pensamientos inútiles, el silencio de la imaginación desenfrenada, el silencio de los sentimientos y resentimientos que perturban la paz del espíritu y la convierten, a menudo, en un mar tempestuoso, incluso cuando tenemos la boca cerrada.

En el fondo, el silencio no es otra cosa que ver lo que nos rodea, las personas, las criaturas, con los ojos de Dios. 

Ese silencio nos permitirá dirigirnos a Dios para decirle: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz» (Las Confesiones, libro 10, capítulo 27).

2EL MOMENTO DE LA PRESENCIA

Después del momento de silencio, viene otro momento aún más importante, el «momento de la presencia». 

Es el momento en que reconocemos y experimentamos íntimamente la presencia de Dios en nosotros y nuestra presencia en Dios. 

Dios está presente en mí, «dentro de mí», es «más íntimo que lo más íntimo de mí y más elevado que lo más elevado de mí» (Las Confesiones, libro 3, capítulo 6,).

Dios, que está en todas partes, está en nosotros. Esta presencia, habita en «el alma del hombre, alma racional e intelectiva», «injertada inmortalmente en su inmortalidad» (La Trinidad, libro 14, capítulo 4, 6). 

El pecado puede ofuscar en el alma la presencia de Dios, oscurecerla, deslucirla, olvidarla, pero no puede destruirla. 

La presencia de Dios, en cambio, ilumina el alma, la hace florecer de nuevo, la reforma, la renueva, la cura, la restaura, la libera, la salva. 

Nuestra meditación tiene por objetivo contemplar el amor de Dios, su presencia, su Gracia: la Gracia que nos santifica, que nos hace amigos de Dios, partícipes de la vida divina, miembros del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia. 

Vive el momento de la presencia de Dios en tu alma, en tu meditación. Disfruta de la preciosidad de este momento.  

Ahora podrás comprender las palabras de Agustín: «Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Las Confesiones, libro 1, capítulo 1,1).

3EL MOMENTO DE LA CONFRONTACIÓN

Una vez que nos hemos sorprendido ante el amor de Dios, que hemos experimentado su presencia, podemos pasar al tercer momento de la meditación, el «momento de confrontación». 

Hablamos de la confrontación con Cristo: Él es el ejemplo de nuestro amor, de las virtudes que queremos alcanzar para parecernos más a Él. 

Sea cual sea el tema que hayas elegido para tu meditación, puedes relacionarlo con Jesús: 

  • ¿Meditas en el amor de Dios? Jesús es el ejemplo perfecto del amor de Dios. 
  • ¿Meditas en el amor al prójimo? Jesús es el ejemplo del amor al prójimo. 
  • ¿Meditas en la oración? Jesús es el ejemplo supremo de la oración. 
  • ¿Meditas en la humildad? Jesús es el ejemplo transparente de humildad. 

Cualquiera que sea el tema que tomes para meditar, puede llevarte espontáneamente a confrontarte con Cristo, a compararte con Él.  De este modo, percibirás inmediatamente las distorsiones que hay en ti, aquello que te aleja de Él. 

La meditación para Agustín no es algo técnico: no busca asumir un sistema de reglas éticas. La meditación, que nace del amor a Cristo y de su presencia, lleva a quien medita a asemejarse cada vez más a Él, a amarle cada vez más con su vida, encontrando así el sentido de la propia existencia. 

Así puedes comprender la famosa frase de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras».  Si tu referencia es el amor a Cristo, Él es tu criterio. 

4MOMENTO DE ELEVACIÓN

Después de la confrontación, llega el cuarto momento, el «momento de la elevación», es decir, el momento de la manifestación de nuestro afecto y elevación a Dios. En pocas palabras, la alabanza.

En cierto sentido, podría decirse que esta fase conclusiva de la meditación nos permite vivir un momento de Cielo en la Tierra.

¿Qué es el Cielo?, se pregunta Agustín. «Allí descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos» (La Ciudad de Dios capítulo 22, libro 30, 5). 

En pocas palabras, describe el programa de la vida eterna. La meditación nos ayuda a prepararnos, a acostumbrarnos para esa vida.

La alabanza y el agradecimiento pueden florecer en nuestras almas y brotar de nuestros corazones, incluso cuando las cosas van mal. Dar las gracias a Dios cuando todo va bien es muy fácil, pero dar las gracias a Dios cuando todo va mal es difícil, pero precisamente por eso es más hermoso, más grande, más meritorio. 

Cristo alabó al Padre incluso en los momentos más terribles de su pasión. 

Vuelve a leer el Evangelio: la alabanza y el agradecimiento al Padre están siempre en la boca de Jesús y en su corazón. 

Su alegría consistía en hacer la voluntad del Padre, dar su vida por la redención de la humanidad y recuperarla porque este era el mandato que el Padre le había dado: en este mandato estaba su alegría.

Conclusión 

Como puedes ver, la meditación cristiana no consiste en discurrir, hacer elevados raciocinios. La meditación es contemplación y la contemplación del Amor representa la cumbre de la vida espiritual. 

En conclusión: los cuatro momentos de la meditación te permitirán vivir un momento de Cielo en la Tierra. 

Matilde Latorre, Aleteia 

Vea también      Oración y Meditación del Católico: Respirar del Alma en el Espíritu Santo (abundante material)