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jueves, 2 de julio de 2020

Diálogos de consultorio: «Mi hijo no se interesa por mí»

Acude al consultorio familiar de Aleteia un hombre mayor cuyo caso nos llamó la atención. Aquí reproducimos la conversación. Por respeto, para preservar su intimidad no mencionamos su nombre
SAD

En mi último cumpleaños, una vez más mi único hijo, que vive en otra ciudad no me llamó.  Esperé hasta muy entrada la noche, triste y decepcionado. Luego se disculpó diciendo que simplemente se le había olvidado. Son ya años de una relación cada vez menos cercana, algo que me duele mucho, más ahora que ha muerto su madre.
—¿Le ha hablado de sus sentimientos? —le pregunté.
—Sí, y fue un desafortunado episodio pues de una forma muy torpe le reclamé su atención al comentarle todo lo que hice por él y que gracias a mi esfuerzo el es hoy un exitoso profesional.
—¿Qué fue lo que le contestó?
—Movió la cabeza y, con gesto de penoso, me dijo: “Papá, solo cumpliste con tu obligación. Y fuiste muy exigente”. Ciertamente fui exigente, pero fue por su bien.  Y eso precisamente es lo que no comprende. Me gustaría intentar aclarárselo, más temo, una vez más, no saber hacerlo, lo que podría aumentar el distanciamiento.
Fueron varias las charlas, en las que, a base de preguntas, gradualmente fue entendiendo, la importancia de comprender, antes que buscar ser comprendido.
Finalmente reconoció que había antepuesto reglas y normas al dar y recibir amor. Esas reglas terminaron estableciendo entre él y su hijo, la fría distancia que ahora lo estaba lastimando. Había logrado que fuera obediente, servicial, cumplidor de todas las reglas y muy estudioso. Mientras, lo vigilaba constantemente, cual árbitro de futbol, dispuesto a sacar la tarjeta roja al primer error que cometiera. Se enorgullecía de tener un “hijo modelo”, sin darle mayor importancia a que le hablara de usted, más por temor y desconfianza, que por respeto.
—Muy bien, permítame ahora comentar dos cualidades de la verdad de su amor, para que, entre ambos encontremos los motivos por los que quiere abrir su corazón a su hijo —le propuse.—
La primera cualidad es la abnegación y sacrificio.
En su caso, esta cualidad quedó demostrada al vivir su amor en su entrega a su hijo, al margen de que lo haya mostrado de un modo equivocado. Por ello, aun siendo cierto que su hijo no le debe nada, al recibir los frutos de un amor que se le debía en justicia; también lo es el que, a su vez, él le debe todo, pues en su sana relación filial, el hijo queda obligado al agradecimiento, la veneración y el respeto hacia sus padres.
Y siendo el suyo un amor verdadero, tenga por seguro que su hijo igualmente siente amor por usted, solo que aprendió a vivir sin manifestarlo. ¿Qué hacer? Muchas cosas. Por ejemplo: formar un grupo familiar de WhatsApp y subir viejas fotografías con notas de admiración y cariño por su hijo; no dejar pasar las fechas importantes en la vida de su hijo y su familia; eventualmente enviar algún presente; ser más abuelo y amar a su hijo en sus nietos, etcétera.
Darse sin exigir y sin perder la esperanza, pues cuando se siembra amor, se cosecha amor.
Precisamente por esta verdad de su amor, evitar el chantaje afectivo, pues el reproche aun cuando sea bien intencionado, evita el sano desprendimiento, necesario para generar confianza y conquistar una nueva relación, diferente a lo fue su afán posesivo, como usted me lo ha contado.
Otra cualidad es el respeto a la libertad.
Cuando se han cometido errores contra esta cualidad, se debe revisar de fondo la rectitud de intención, en todo lo que se dice o se hace, para actuar pensando más que nada en el bien de la persona amada, ya que amar es lo contrario de utilizar.
Puede ir proyectando este respeto, no dando sus opiniones en esto o aquello si su hijo no se la pide, dejándolo hablar con libertad y escucharlo atentamente, para encontrar motivos de apoyo en sus inquietudes, anhelos, preocupaciones, problemas o planes futuros.
Considere que de esta forma usted lograra cada vez conocerlo más, sin filtrar ya nada por lo que fueron sus prejuicios.
De esa manera, la verdad de su amor terminara allanando el distanciamiento, al vencer el falso orgullo de haber logrado un hijo exitoso o sobresaliente, para agradecerle ante todo el que sea una buena persona.
Si persevera por este camino, su hijo irá comprendiendo que usted siempre le ha pertenecido y aprenderá a corresponder, ya que amar requiere generosidad y mucha humildad a la hora de dar y recibir, como propio de alguien que ha aprendido a darse dando, y dar dándose.
Orfa Astorga, Aleteia 
Vea también  Mi Fe de Adulto


sábado, 23 de junio de 2018

¿Estoy sobreprotegiendo a mis hijos?

Si estás haciendo algunas de estas cosas, ha llegado la hora de relajarte un poco

La semana pasada, hablando con la cuñada de mi novio sobre tener niños, me dijo algo interesante: el mayor cambio no es necesariamente tener un niño, sino todas las preocupaciones que vienen con él. ¿Es cierto ese razonamiento? A veces me agobian las madres que no dejan que nadie toque al bebé, cuando todo lo que hacen, quizás inconscientemente, es protegerles a su manera.

Lo que me lleva al tema de la sobreprotección: porque, de verdad, padres, es un hecho – por lo menos según un reciente artículo en stuff.co.nz. ¡Y tengo que darle la razón! Como en muchas cosas, los padres quizás no se dan cuenta de que lo hacen. Pero también como en muchas cosas, los padres tendrían que evitar los extremos y buscar un equilibrio saludable entre guiar a los hijos y dejarles que florezcan libremente.

Según el artículo, papá y mamá sobreprotegen a sus hijos porque tienen miedo (y realmente, muchas malas decisiones vienen del miedo). Como afirma la doctora Wendy Mogel, psicóloga clínica, "los padres hoy tienen miedo por sus hijos y tienen miedo a sus hijos". La doctora Wendy señala 10 signos de que estás sobreprotegiendo a tus hijos, y os comparto algunos de ellos:

Te cuesta mucho decir "no"

Esos juguetes en el supermercado, ese McDonalds camino de casa, quieren comer ahora y no esperar a después… Creo que a muchos padres les cuesta decir “no” a estas cosas. A veces es porque es más fácil dárselas, pero yo creo que a menudo no quieren que sus niños experimenten emociones de tipo negativo. Si, estas emociones no son divertidas, pero todos tenemos que aprender a lidiar con ellas de manera saludable. Imagina que te protegieron de ellas en la infancia, y luego te las encuentras de sopetón en el mundo real. ¡Esto es mucho peor!

Lo haces todo por tu hijo

Darle de comer, llevarle la mochila escolar, limpiarle continuamente – digamos que no estamos inculcándole buenos hábitos así. Mi mamá nos obligaba a lavarnos la ropa cuando llegábamos a una cierta edad, a hacernos la cama y a limpiar la habitación, y a vestirnos solos lo antes posible. Nunca lo hacíamos perfectamente (ay, hablo de lavadoras enteras teñidas de rosa), pero así aprendías. Seguro que protestaba por esto cuando era joven, ¡pero ahora me alegro de ello!

Dejas que tu hijo abandone a la primera

Las clases de música requieren práctica, practicar deportes de balón significa levantarse pronto el sábado, y hacer una frase con una palabra difícil lleva más de dos minutos. Esto no significa que tienes que hacerlo por tu hijo o dejarle que abandone – esto sólo le llevará a hacerle un niño vago que sólo sabe abandonar ante las dificultades. Por supuesto, hay veces que hay que dejar de hacer algo, pero en general ¡el trabajo duro y la perseverancia son virtudes en las que hay que crecer!

Esperas que sea perfecto

Algo va mal cuando echas en cara a tu hijo que no ha marcado ningún gol, o cuando le preguntas qué pasó con el otro 2% cuando logró el 98%. Cuando el resultado es empujar a tu hijo de una manera poco saludable, hay algunas razones por las que esto puede estar sucediendo.

En primer lugar, podrías estar enfocándote demasiado en el resultado y no en el proceso – cuando en realidad, deberías enseñarles que estás orgulloso de él cuando lo está haciendo lo mejor que puede.

La otra causa podría ser que le estás comparando con otros niños o estás buscando su triunfo como una cuestión de amor propio; y todos sabemos que esto es perjudicial. Cada niño es único – merece ser amado incondicionalmente y que se le aliente a dar lo mejor de sí.
Tamara Rajakariar, aleteia
Este artículo fue publicado originalmente por MercatorNet, y reproducido por Aleteia con permiso.