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sábado, 31 de julio de 2021

Munilla vuelve a su infancia y explica por qué la conversión de San Ignacio es de total actualidad

 En el V Centenario de su conversión presenta la carta pastoral de los obispos del Camino Ignaciano

Monseñor Munilla en el lugar de la conversión de San Ignacio,
donde se encuentra ahora el santuario en Loyola

Este sábado 31 de julio se celebra la festividad de San Ignacio de Loyola, uno de los grandes santos de la Iglesia, y que este año tiene aún más relevancia pues justamente se cumplen 500 años de la conversión de este antiguo soldado y luego sacerdote que tanto bien haría por el catolicismo.

En este Año Jubilar Ignaciano que se celebra ante esta fecha tan especial del quinto centenario, los obispos de las diócesis por las que discurre el Camino Ignaciano que va de Loyola a Manresa han publicado la carta pastoral Hago nuevas todas las cosas.

Los prelados, que abarcan diócesis vascas, de Navarra, Aragón y Cataluña destacan este “momento decisivo de la vida de san Ignacio de Loyola: su conversión acaecida durante su convalecencia y recuperación, tras ser herido en una pierna en la defensa del castillo de Pamplona, así como su peregrinación y estancia en Manresa”.

De este modo, en esta carta pastoral recuerdan que “aquella experiencia, que supuso un antes y un después en su vida, resultará un acontecimiento que traspasa los siglos y nos llega con fuerza inspiradora. Recordar la conversión de san Ignacio puede ser una oportunidad para acercarnos a Dios que escribe recto, por más que los renglones se rebelen y a veces se nos tuerzan. Él sabe hacer nuevo todo, incluso nuestras vidas”.

Capilla de la Conversión de San Ignacio en Loyola

Capilla de la Conversión de San Ignacio en Loyola

Uno de los objetivos es concienciar que no se celebra un acto del pasado sino que tiene una vigencia actual que sirve para el hombre de hoy. “Podríamos ser tentados de pensar que una historia así nos es ajena, que nos queda ya tan lejos que difícilmente puede interesarnos, atraernos, interpelarnos a nosotros, los creyentes de hoy, testigos de un cambio de época que conlleva profundas transformaciones sociales, ideológicas y espirituales. No es así. La experiencia de Ignacio no caduca, permanece y pertenece a todos, ya que toca lo más hondo y profundo de la persona”, expresan los obispos.

De hecho, la carta recalca que “la herida de su pierna le abrió los ojos a Ignacio para poder percibir otra herida aún más profunda; la herida que el pecado ha generado en el corazón humano y que solo puede ser cauterizada por el fuego del Espíritu Santo”.

En este año ignaciano un lugar destaca por encima del resto. Se trata de Loyola, donde el lugar de la conversión del santo ocupa el centro de este gran santuario. Y monseñor José Ignacio Munilla, como vasco y obispo de San Sebastián, diócesis en la que se encuentra el pueblo natal de Ignacio, tiene un vínculo muy especial.

En un artículo de opinión publicado en el Diario Vasco Munilla recuerda que una ocasión un periodista le preguntó cuál era su rincón favorito. Y su respuesta fue la capilla de la conversión de San Ignacio.

“Desde niño me llamaba profundamente la atención, cada vez que visitábamos en familia aquel lugar, el rótulo que reza: ‘Aquí se entregó a Dios Iñigo de Loyola’. Me impresionaba que lo acontecido en el interior de aquel hombre en este lugar, hace ahora exactamente 500 años, hubiera tenido tan profundas consecuencias en la historia de muchísimas personas e instituciones…”, confiesa el obispo de San Sebastián.

Monseñor Munilla, ahora ya no como niño sino como pastor, señala que cuando vuelve a visitar esta capilla de la conversión y releer aquella inscripción intuye “un mensaje de esperanza para nuestra cultura y para los hombres de nuestro tiempo”.

“¡El cambio es posible! ¡Es posible la esperanza! En efecto, muchos de nosotros hemos ido entendiendo con el paso de la vida, que el nudo gordiano en el que verdaderamente nos jugamos la felicidad, no se encuentra tanto en el devenir de los acontecimientos que nos rodean, cuanto en la salud de nuestra alma. La experiencia nos ha demostrado que la clave no está en cambiar de caballo, sino de caballero. La cuestión no es cómo llegar a tener éxito, sino cómo ser feliz en la limitación o incluso en medio del fracaso…”, enseña monseñor Munilla.

En su explicación, el prelado vasco afirma que en un contexto como el del Mayo del 68 hablar de conversión “suscitaba una instintiva resistencia ante la sospecha de pérdida de la propia identidad o personalidad”.

Sin embargo, una vez que han pasado ya varias décadas desde entonces, para Munilla “el término de ‘conversión’ evoca la rebeldía frente a una cultura narcisista que nos tiene atrapados y esclavizados en un bucle autorreferencial; evoca la convicción de que existe una posibilidad de descubrir el sentido de la existencia, más allá del practicismo y de la tentación del paradigma tecnocrático. No creo exagerar si digo que la palabra conversión ha pasado de ser una referencia anacrónica, a una evocación de la esperanza en el futuro”.

En este sentido, el obispo de San Sebastián cree que el propio Ignacio pudo “pensar erróneamente que con el giro radical que había emprendido en su vida, al romper con los ideales mundanos para convertirse en un peregrino tras las huellas de Jesucristo, había coronado ya su conversión”.

Pero, agrega Munilla, “nada más lejos de la realidad. Lo acontecido en la Capilla de la conversión, no fue sino el primer paso en una historia de conversión que se tradujo en permanecer plenamente abierto a lo que Dios iría mostrándole en cada etapa de su vida. La conversión dura lo que dura la vida, y se traduce en considerarnos en todo momento como alumnos de primero de Primaria; reconociendo en Jesús la luz y la mirada limpia que nos ayudan a ver todo en su realidad más pura y auténtica. Eso sí, el proceso de conversión interior no es cómodo: exige sacrificio e implica que no estemos centrados en nosotros mismos. Pero, al mismo tiempo, es el camino de la verdadera liberación; para la cual hemos sido redimidos por Cristo”.

Volviendo nuevamente a la carta pastoral, los obispos concluyen insistiendo en que “creer es peregrinar, partiendo de cuanto sucede a nuestro alrededor, de cuanto está reclamando cambio; pasando también y principalmente por las transformaciones interiores de nuestra persona, para poder ser cada día un poco más ese fiel reflejo de Cristo que llena de esperanza el mundo que habitamos y lo abre a la esperanza de la Vida eterna. Creer es compartir lo que creemos, vivimos, celebramos: el amor de un Dios Padre que nos ha hecho sus hijos en Jesús, nuestro hermano. Y esto exige vivir y crecer amorosamente cada día, en esta gran familia universal”.

J.L./ReL

Vea también    Reglas del Discernimiento del Espíritu

 y                     El Cielo, Meta de la Peregrinación






















martes, 27 de octubre de 2015

Se consideraba duro y se infiltró en la URSS para evangelizar... en el gulag Dios condujo sus pasos



En 1955 la hermana del padre Walter Ciszek recibió en Pensilvania una carta que la asombró: su hermano sacerdote, desaparecido quince años antes, en 1940, en Rusia, durante la Segunda Guerra Mundial, estaba vivo, prisionero del régimen soviético. 

Pudo volver a Estados Unidos en 1963, cuando lo intercambiaron por dos espías rusos capturados. Había vivido 23 años en la Unión Soviética y había conocido bien sus prisiones y campos de trabajo.

"Espía del Vaticano"
Ciszek, que moriría en 1984, dejó escritas sus experiencias en el gulag en dos libros,“Espía del Vaticano” (a veces publicado como “En Rusia con Dios”) y “He leadeth me”, éste último recientemente publicado en español por Palabra con el título Caminando por valles oscuros, y el subtítulo "Memorias de un jesuita en el gulag”. 

El primer libro cuenta su experiencia en un tono más periodístico y narrativo: dónde estuvo, cómo lo trataron, el frío, el hambre, las torturas, los traslados, la vida en el gulag… 

El segundo es más espiritual. Lo escribió porque la gente le preguntaba cómo pudo sobrevivir tantas privaciones y maltratos y se sintió obligado a hablar de su proceso espiritual y psicológico de kenosis, es decir, su despojarse, su hacerse pequeño y pobre… para ponerse completamente en manos de Dios. Fue un proceso complejo porque él siempre había sido un hombre fuerte e independiente. Aprender a dejarse llevar por Dios fue su reto. 



Un joven pendenciero y mal estudiante
Había sido un jovenzuelo pendenciero, tozudo y peleón que se saltaba las clases en el colegio. Hijo de inmigrante polaco en EEUU, asombró a todos al decidir hacerse sacerdote.

En el seminario presumía de “tipo duro”: nadar en un lago helado, ayunar muy austeramente… y cuando sus superiores le regañaban por sus excesos, él se molestaba.

Ese seminarista adolescente leyó una biografía sobre San Estanislao Kostka, un chaval polaco que caminó 500 millas para unirse a los jesuitas. Sonaba “muy duro”, y hacerse jesuita le pareció atractivo… pero los jesuitas se pondrían exigentes en el tema de la obediencia, temía él. “Finalmente decidí que, puesto que el reto de ser jesuita era tan duro, ¡yo lo haría!”

Ciszek, como joven seminarista en los años 30

Ya desde su noviciado jesuita se sintió llamado a ir de misionero a Rusia. Estudió en el colegio Russicum de Roma (que prepara a sacerdotes para trabajar en el mundo rusohablante) y fue ordenado como sacerdote de rito bizantino en 1937. 

Tras diez años de deseo misionero, en marzo de 1940 se infiltró en Rusia, con un nombre falso y unos trabajadores polacos que iban a un campo de leñadores.

Cien mil cristianos asesinados en dos años
Al principio se dedicó a cortar madera como un leñador más, pero pensaba que aquello era “casi un no apostolado” porque nadie quería oír hablar de Dios, ni siquiera los católicos. Era muy peligroso, había terror a ser denunciado. 

Hoy sabemos por estudios como el del historiador ruso Serguey Firsov que Ciszek llegó justo después de la mayor persecución antirreligiosa del país. El censo ruso de 1937, después de 20 años de comunismo, blasfemias y represiones estatales, aún mostraba que el 84% de ciudadanos soviéticos mayores de 16 años analfabetos aún se declaraban creyentes, e incluso entre los alfabetizados un 45% seguían creyendo en Dios. 

Las autoridades, molestas por estas cifras, decidieron aplicar una persecución más sangrienta que todas las anteriores: entre 1937 y 1938, cuenta Firsov con datos actuales, fueron asesinados 100.000 cristianos ortodoxos, y deportados o represaliados otros 200.000. Entre 1939 y 1942, como ya no quedaban casi ortodoxos declarados para ejecutar se mató “sólo” a unos 4.000 más. De los católicos, presentados como espías extranjeros, papistas u occidentales, ya hacía tiempo que no se sabía. En ese ambiente llegó Ciszek.

En la prisión de Liubianka
Pronto le detuvieron y le encerraron en la famosa y temida prisión de Lubianka, en pleno centro de Moscú, donde pasó cinco años, la mayor parte del tiempo en aislamiento. Le acusaban de “espía norteamericano”. Una acusación absurda, que él pensó que pronto se desmontaría.

El padre Ciszek, fichado por la policía soviética

Estaba dispuesto a pasar hambre, resistir presiones, aislamiento…
 pero después de un año de interrogatorios brutales, de ser drogado y manipulado con trucos mentales, acabó firmando una declaración que daban a entender que había estado espiando para el Vaticano.

Por primera vez en su vida, Ciszek, el “tipo duro”, orgulloso de ser fuerte, de resistirlo todo, de ser distinto a los demás, se sintió débil. Y al seguir las torturas e interrogatorios,llegó a sentir desesperación. 

Solo entonces se entregó plenamente a Dios. Y solo entonces entendió que todo lo que había tenido hasta entonces en su vida (salud, fuerza, confianza…) eran gracias de Dios. 

“Supe que debía abandonarme en la voluntad del Padre y vivir en un espíritu de abandono a Dios. Y lo hice. Solo puedo describir la experiencia como un dejarme llevar, entregando cada esfuerzo o incluso cualquier deseo de llevar las riendas de mi vida. Lo llamo una conversión. Fue a la vez una muerte y una resurrección”, explica. 

Por eso, cuando le preguntaron cómo sobrevivió a años de gulag, necesitó escribir Caminando por valles oscuros, un libro de vivencias espirituales: no fue por su resistencia humana o psicológica, sino por su entrega a Dios. 

Dado por muerto... pero estaba evangelizando
Mientras tanto, sin saberlo él, en 1947, la Compañía de Jesús en Estados Unidos explicaba a su familia que había que dar por muerto al valiente misionero. 

Con todo, en los campos de trabajo de Siberia empezó una nueva vida. Allí el prisionero Ciszek pudo bautizar, confesar, impartir enseñanzas y confortar a moribundos, siempre en secreto, siempre a escondidas. 

Cada vez que le descubrían en alguna de estas actividades (no faltaban los delatores, a los que él trataba con especial paciencia y perdón) le asignaban tareas de castigo: cavar fosos para estiércol a temperaturas bajo cero con un pico, arrastrarse por túneles subterráneos que amenazaban con hundirse, pasar 15 horas cargando y descargando carbón con una pala, sacar troncos de un río helado…

En cierta ocasión lo arrojaron en un vagón con 20 crueles criminales comunes, que le quitaron la ropa y le amenazaron con matarle. “Esta es la gente que conforma la voluntad de Dios para mí hoy”, se dijo él, adaptándose a su nuevo yo, dócil con Dios.

Escribiría también sobre sus misas del gulag: "Yo decía la Misa en chozas de almacenamiento con corrientes de aire, o acurrucados en el barro y el fango en la esquina de una obra de construcción de un subterráneo. . . . Sin embargo, en estas condiciones primitivas, la misa me acercó a Dios más de lo que nadie posiblemente podría imaginar".

En Siberia, de ciudad en ciudad
A partir de 1955 Ciszek fue liberado de los campos de trabajo pero no se le permitía salir de Siberia. Atendía con los sacramentos a los cristianos dispersos, a escondidas, huyendo de ciudad en ciudad porque la policía volvía a perseguirle. En cierta ocasión, en un campo de trabajadores alemanes en Siberia, en Yenisei, organizó una misa para 800 personas. A veces pasaba 3 días sgeuidos sin dormir, de misión a misión. 

Su devolución a Estados Unidos en 1963, intercambiado por dos espías rusos, le ahorró otro periodo de gulag al que sin duda le habrían sometido.



Muchos en Estados Unidos, incluyendo esforzados jesuitas, querían ponerlo como ejemplo de hombre “duro”, “resistente”… Él una y otra vez tuvo que predicar su mensaje de entrega, pequeñez y confianza en la Divina Misericordia: en el gulag no servía ser “duro”, sólo servía “dejarse hacer” por Dios… igual que en la vida cotidiana.

Hoy, la Liga de Oración del Padre Walter Ciszek (www.ciszek.org) trabaja por su beatificación. Cada año se celebra una misa en San Casimiro, la que fuera su parroquia en Shenandoah (EEUU), recordando su figura y pidiendo por su proceso canónico. Allí, este pasado domingo 25 de octubre, ante 200 personas, el joven sacerdote Michael Paris explicó como también él había vivido una juventud pendenciera y como leer a Ciszek le había ayudado en el seminario. 


El padre Ciszek en misa en EEUU en los años 60

La Liga entrega cada año 5.000 dólares a la diócesis para potenciar el proceso canónico. Sus miembros se comprometen a orar cada día un Padrenuestro y un Avemaría por el proceso, a dar testimonio cotidiano de aceptación de la voluntad de Dios, a difundir la vida y mensaje del misionero jesuita y a pagar una cuota de diez dólares al mes. Su libro  Caminando por valles oscuros es para muchos un clásico de la espiritualidad del abandono y la confianza. 

viernes, 10 de julio de 2015

Habló el dueño del extraño crucifijo que Evo le regaló a Francisco






Bolivia: Es el sacerdote jesuita Xavier Albó. Dijo que la cruz que recibió el Papa es una réplica que se hizo en apenas tres días. Mira lo que contó.

El sacerdote jesuita Xavier Albó es el dueño de la extraña cruz con hoz y martillo, cuya réplica el presidente Evo Morales regaló al Papa Francisco el miércoles.

La cruz original, que Albó tiene en su poder, era de otro sacerdote jesuita, el español Luis Espinal, asesinado por la dictadura de Luis García Meza, en Bolivia en los 80.

Albó heredó de su amigo la cruz, que encierra una profunda historia personal y de lucha contra las régimenes que oprimieron a América latina, en los años de plomo.

La cruz que Evo regaló al papa no es un engendro ni un chiste de mal gusto, sino una réplica del crucifijo original que llevaba Espinal en la hora de su muerte, tras ser secuestrado y torturado en La Paz.


Padre Luis Espinal

El mismo Espinal diseñó la cruz. "Acopló al Cristo de sus primeros votos, con un martillo vertical y una hoz horizontal para expresar el necesario pero huidizo diálogo cristiano marxista, con los obreros y campesinos. El que lo hiciera con el Cristo de sus votos muestra cuán adentro sentía la urgencia de tal diálogo", contó Albó.

También relató que el tallado de Espinal se refería a la huelga de hambre que en enero de 1978 forzó al dictador boliviano Hugo Banzer a convocar a elecciones nacionales en julio de ese año.


"Tiene multitud de rostros, simplemente delineados, un hambriento esqueleto en el centro y, en las cuatro esquinas, en diagonal, dos cabezas de animales feroces, una flor y una estrella".

Esa cruz está en poder de Albó. "La heredé yo, yo tengo ese crucifijo y no la pienso soltar", dijo.

El jesuita contó que el canciller boliviano David Choquehuanca se comunicó con él para tener la cruz original de Espinal durante el encuentro entre Evo y Francisco, el miércoles. "La quería tener, y yo le dije que no me desprendo ni en pintura".

Entonces el gobierno boliviano decidió hacer una réplica de urgencia.

"Me mandó al famoso pintor y escultor Gastón Ugalde, quien vino a mi casa de la ciudad de El Alto para que pudiera hacer fotos y tomar datos de esta cruz para hacer una réplica que entregó Evo al Papa", relató. Tardaron tres días en  hacerla.

Ugalde, dice Albó, "tomó las medidas oportunas y en tres días elaboró la réplica. Me visitó el viernes pasado y en tres días ya había réplica. Lo más chistoso es que cuando queríamos medir la original no había un flexómetro en mi casa, así que la medimos con papel higiénico".

¿Cuánto mide? "Entre 40 y 50 centímetros y yo la tengo", cerró Albó.