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lunes, 14 de febrero de 2022

El suicidio de una civilización humanista


 

El suicidio de una civilización humanista

Russel Ronald Reno, polemista y editor católico norteamericano, analiza en El retorno de los dioses fuertes. Nacionalismo, populismo y el futuro de Occidente, Ed. Homo Legens, 2020, (284 págs.) cómo, después de la II Guerra Mundial y con la intención de evitar la posibilidad de que se repitiese la experiencia de 1914 a 1945, se formó lo que denomina "el consenso de posguerra" consistente en recrear una cultura que excluya "los dioses fuertes" (verdad, Dios, nación, etc) que se supone llevaron a la gran crisis de la primera mitad del siglo XX. Se trató de construir una sociedad en que las grandes verdades fuesen puestas bajo la desconfianza colectiva y sustituidas por convicciones suaves y adaptables, donde solo importen las pequeñas cosas cotidianas y no las grandes verdades que se supone abocan necesariamente a la intolerancia y la violencia.

Reno  comienza su exégesis intelectual de esta lucha contra "los dioses fuertes" con el estudio de la obra de Popper y Hayek, promotores de la sociedad abierta frente a las pasadas sociedades cerradas; y continua con Friedman, Derrida y Vattimo, entre otros autores menores. Identifica así Reno los autores que considera más significativos en la construcción durante la segunda mitad del siglo XX de la actual sociedad tan abierta que carece de convicciones de ningún tipo y rechaza cada vez con más virulencia y agresividad cualquier pretensión de verdad objetiva como si la pretensión de verdad fuese en sí misma una manifestación de la vuelta del fascisno y el totalitarismo.

La tesis de Reno –quizá discutible en su unilateralidad- es que ese intento ha tenido éxito pero sus frutos no son los esperados por sus teóricos: la nueva sociedad abierta carece de alma y de amores compartidos y comienza a autodestruirse dividida en tribus fanáticas cada una de los suyo (por ejemplo, las políticas de identidad) sin nada en común.

Para Reno los nuevos populismos son la expresión de la vuelta por la puerta de atrás de esos dioses fuertes que quisimos matar y reaparecen en forma de pasiones más o menos atávicas y tribales en el seno de sociedades sin alma ni amores compartidos.

El libro de Reno es esperanzado y animante en su conclusión: en la primera mitad del siglo XX los dioses fuertes enloquecieron en forma de ideologías totalitarias e inhumanas, pero el intento de la segunda mitad de sustituirlos por dioses débiles no ha funcionado y está provocando los mismos males que quería evitar. Toca reconstruir una sociedad de amores y verdades fuertes, pero no locos. Esta es la tarea de esta época.

Coincido básicamente con el análisis de Reno: el gran problema de esta época es que nos hemos automutilado voluntariamente y de forma suicida de nuestra capacidad de verdad. Desconfiamos de la razón, de la posibilidad de acceder a verdades compartidas sobre el bien y el mal, renunciamos al diálogo como camino para identificar en común lo valioso … y así poco a poco ya no tenemos nada en común que compartir. Se produce, en consecuencia, una sociedad de individuos aislados, sin identidad ni tradición y sin seguridades morales ni valores compartidos. Y eso no es un paraíso de tolerancia, sino un inmenso vacío de individuos aislados e inseguros que sienten que la única forma de recrear identidad y lazos es crear tribus unidas por algún rasgo secundario como el sexo, el color, la orientación sexual, el sentimiento nacional o local o el odio a alguien.

Caminamos hacia la destrucción del sentimiento básico de ciudadanía compartida basada en la común dignidad humana y en las identidades fuertes que proporcionaban la familia, la religión y el pueblo de pertenencia;  y así creamos el caldo de cultivo de las nuevas tribus que intentan imponer -incluso violentamente- sus peculiares señas de identidad tribal al resto de la sociedad. Quienes soñaron en el siglo XX con un mundo sin familia ni religión, convertido en un mercado universal sin fronteras y de consumidores sin lazos personales que viven felices una vez erradicada la religión concebida como fuentes de conflictos y guerras, se han equivocado totalmente y han creado un monstruo.

La solución está en la que ya identificó acertadamente Alexander Solschenizyn como la clave para derribar el totalitarismo comunista al que él se enfrentó: necesitamos gente que diga sin miedo la verdad sobre el ser humano, sobre nuestro carácter familiar y social, sobre la fuerza moral de la religión y sobre la accesibilidad razonable de ideas claras y compartibles sobre el bien. Dice el autor ruso al comprobar la dinámica liberadora que generó en la Rusia aún comunista la publicación de su primera obra, Un día en la vida de Iván Denissovich: “Yo pensaba: si la primera y diminuta gota de verdad estalló como una bomba sicológica, ¿qué ocurrirá en nuestro país el día en que la verdad resplandezca con toda su claridad? Y resplandecerá, es inevitable” (cfr. Archipiélago Gulag, ed. Círculo de Lectores, Barcelona 1974, pág. 254).

Solschenizyn acertó: así cayó el comunismo, a impulso de gentes valientes que no tuvieron miedo de decir la verdad sobre la sociedad en que vivían. Reno con esta obra se suma hoy a ese mismo movimiento.

Benigno Blanco, ReL

Vea también    El desafío de ser hombre en una época de secularismo: humanismo cristiano






















domingo, 28 de agosto de 2016

¿Sabría explicar lo que es el pecado?




67. ¿Qué es el pecado?
En el fondo el pecado es el rechazo de Dios y la negativa a aceptar su amor. Esto se muestra en el desprecio de sus mandamientos. [385-­390]
El pecado es más que un comportamiento incorrecto; tampoco es una debilidad psíquica. En lo más hondo de su ser, todo rechazo o destrucción de algo bueno es el rechazo del Bien por excelencia, el rechazo de Dios. En su dimensión más honda y terrible, el pecado es la separación de Dios y con ello la separación de la fuente de la vida. Por eso también la muerte es la consecuencia del pecado. Solamente en Jesús comprendemos la inconmensurable dimensión del pecado: Jesús sufrió el rechazo de Dios en su propio cuerpo. Tomó sobre sí la violencia mortal del pecado, para que no nos toque a nosotros. Para ello tenemos la palabra Redención.




68. ¿Pecado original? ¿Y qué tenemos que ver nosotros con el pecado original de Adán y Eva?
El pecado en sentido propio es una culpa de la que hay que responder personalmente. El término «pecado original» no se refiere por tanto a un pecado personal, sino al estado caído de la humanidad en el que nace cada individuo antes de pecar por decisión propia. [388­-389,402-­404]

Por pecado original, dice Benedicto XVI, tenemos que entender que «todos llevamos dentro de nosotros una gota del veneno de ese modo de pensar reflejado en las imágenes del libro del GÉNESIS. Esta gota de veneno la llamamos pecado original. [ ... ] El hombre no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios [ ... ] es un competidor que limita nuestra libertad, y que sólo seremos plenamente seres humanos cuando lo dejemos de lado; es decir, que sólo de este modo podemos realizar plenamente nuestra libertad. [ ... ] El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. [ ... ] Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte» (Benedicto XVI, 8.12.2005).




69. ¿ Estamos obligados a pecar por el pecado
original?
No. Pero el hombre está profundamente
herido por el pecado original y tiende a
pecar. Sin embargo, con la ayuda de Dios, es
capaz de hacer el bien. [405]


No deberíamos pecar en ningún caso. Pero, de hecho, pecamos una y otra vez, porque somos  débiles, ignorantes y caemos en la tentación. Por lo demás, un pecado a la fuerza no sería tal pecado, porque el pecado implica siempre la decisión libre.


70. ¿Cómo nos saca Dios del remolino del mal?
Dios no se limita a contemplar cómo el hombre se
destruye cada vez más a sí mismo y a la creación a
través de la reacción en cadena del pecado. Nos envía
a Jesucristo, el Salvador y Redentor, que nos arranca
del poder del pecado. [410­-412, 420-­421]

«Nadie me puede ayudar»: esta formulación de la experiencia humana ya no es válida. Llegue a donde llegue el hombre a través de sus pecados, hasta allí ha enviado Dios Padre a su Hijo. La consecuencia del pecado es la muerte (cf. Rom 6,23).

La consecuencia del pecado es sin embargo también la maravillosa solidaridad de Dios, que nos envía a Jesús como amigo y salvador. Por eso al pecado original se le llama también felix culpa: «Oh feliz culpa que mereció tal redentor» (liturgia de la Vigilia Pascual).

* El texto (pregunta y respuesta) proviene del Youcat = Catecismo para Jóvenes. Los números que aparecen después de la respuesta hacen referencia al pasaje correspondiente del Catecismo de la Iglesia Católica que desarrolla el tema aún más. Basta un clic en el número y será transferido.