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lunes, 24 de abril de 2023

Santos que lucharon contra adicciones

ŚWIĘTA MARIA EGIPCJANKA

Cualesquiera que sean nuestras luchas, pecados y adicciones, no estamos definidos por nuestras fallas sino por el amor de Dios

Las vacaciones y días festivos son difíciles para las personas que viven con adicciones. Puede ser muy desalentador encontrarse cayendo en el mismo comportamiento del que una persona se ha arrepentido tantas veces, o continuar luchando contra la tentación incluso años después de estar limpio. 

Para aquellos que todavía están atrapados en la adicción y aquellos que se sienten tentados a pesar de su constante negativa a sucumbir, aquí hay algunos santos con experiencias similares de adicción. 

Estos santos nos recuerdan que sean cuales sean nuestras luchas, pecados y adicciones, no estamos definidos por nuestras fallas sino por el amor de Dios.

Santa María de Egipto (344-421)

A ella se la suele llamar prostituta, pero no aceptaba dinero por sus servicios. No, María era una ninfómana, una mujer tan consumida por el deseo del placer carnal que a veces incluso obligaba a los hombres contra su voluntad. 

Es difícil imaginar la redención de una ninfómana y un violador, pero Dios no definió a María por su pecado. 

Habiendo hecho una peregrinación a Tierra Santa (por el desafío de seducir a todos los peregrinos en el camino), María fue repentinamente convencida de la maldad de su pecado. 

Se arrepintió y huyó al desierto, donde continuó luchando contra el pecado, la vergüenza y la tentación.

Durante 17 años había vivido según la carne y durante 17 años luchó para no ser consumida nuevamente por sus pasiones. 

Finalmente, fue liberada y vivió el resto de su vida sin tentaciones, una ermitaña en el desierto que se convirtió en una de las más grandes santas de la Iglesia Oriental. 

San Camilo de Lellis (1550-1614)

São Camilo de Lellis

Fue un hombre italiano, hijo de un padre enojado y negligente. Grande y fuerte, Camilo se convirtió en mercenario cuando aún era un adolescente y viajó por Europa luchando por quien pudiera pagar más. 

Era un joven violento, de mal genio y adicto al juego, que finalmente se quedó sin un centavo e indefenso con una herida crónica en la pierna que le imposibilitó encontrar trabajo. 

Ahí, tocando fondo, Camilo encontró a Jesús y se convirtió, hasta que los vicios de su antigua vida lo llamaron. 

Una y otra vez volvió a su pecado; una y otra vez, su pierna herida lo llevó a un hospital, donde volvió a arrepentirse.

Finalmente, Camilo recibió la gracia de volverse del pecado de una vez por todas. Con san Felipe Neri como su director espiritual, dejó atrás su adicción al juego y su enganche a las peleas y la bebida. 

Eventualmente fundó la orden de los Camilianos, una comunidad de trabajadores de la salud que cambió la cara de la atención médica.

San Agustín Yi Kwang-hon (1787-1839)

Pertenecía a una familia aristocrática pagana de Corea. En su juventud, había caído en una vida degenerada, impulsado particularmente por su amor por la bebida

Su matrimonio con santa Bárbara Kwon Hui no logró arreglarlo. Pero cuando Agustín escuchó la predicación del Evangelio y eligió ser bautizado, fue sanado de su adicción. 

Si bien la mayoría de los adictos continúan luchando mucho después de su decisión inicial de limpiarse, a Agustín se le otorgó una gracia milagrosa y nunca volvió a desear el vino. 

Se hizo catequista y, con su esposa, abrió su casa a la Iglesia perseguida. Los dos fueron martirizados junto con su hija santa Agatha Yi y el hermano de Agustín, san Juan Bautista Yi Kwang-ryol.

San Marcos Ji TianXiang (1834-1900)

Era adicto al opio. Debido a que su sacerdote no entendía la naturaleza de la adicción, le dijo a TianXiang que no podía ser absuelto hasta que hubiera vencido su adicción, lo que significaba que tampoco podía recibir la Comunión. 

Durante 30 años, este médico chino continuó practicando la fe mientras se le negaban los sacramentos

Nunca logró limpiarse, pero murió como mártir junto con su familia y ha sido canonizado como santo no solo por su martirio sino por sus décadas de esfuerzo por seguir a Jesús mientras cargaba la cruz de la adicción.

Venerable Matt Talbot (1856-1925)

Se crió en una familia de alcohólicos en Dublín. Borracho cuando tenía 13 años, Matt pasó los siguientes 15 años concentrado más en el alcohol que en cualquier otra cosa. 

Una efusión de gracia cuando tenía 28 años le permitió a Matt hacer una promesa de sobriedad y nunca más tocó el alcohol, pero nunca dejó de luchar contra la tentación que había dominado su vida durante tanto tiempo.

Hasta el día de su muerte, no llevó dinero encima porque era una tentación entrar en un pub y tomar algo. 

Soltero, vivió como un humilde trabajador, mucho más preocupado por la oración y el ascetismo que por cualquier otra cosa. 

«Nunca seas demasiado duro con el hombre que no puede dejar la bebida», dijo una vez. «Es tan difícil dejar la bebida como resucitar a los muertos. Pero ambas son posibles e incluso fáciles para nuestro Señor. Sólo tenemos que depender de Él».

Meg Hunter-Kilmer, Aleteia

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lunes, 10 de octubre de 2022

«Herida sexualmente he conocido la curación con la ayuda de los santos»

 

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Judía conversa al catolicismo, la periodista estadounidense Dawn Eden Goldstein, doctora en teología, sufrió en su infancia violencia sexual, de la que se recuperó "con la ayuda de los santos". En su libro “Os doy mi paz” (San Pablo), relata lo que sufrió y cómo la liberó el descubrimiento de los santos que vivieron esta violencia. Para Aleteia, a un año de la publicación del informe Sauvé, revela las etapas de su camino de sanación

Llevo en mi mente, en mi cuerpo y en mi alma las heridas del abuso sexual que sufrí en mi niñez.

Aunque me he embarcado en un viaje de sanación, de ninguna manera estoy tratando de negar o minimizar el daño del abuso.

Además de tener un debate abierto y franco sobre el problema del abuso, nosotros como Iglesia debemos explorar la mejor manera de ayudar a las víctimas.

Escribí Os doy mi paz para ofrecer una forma con la que la Iglesia puede hacerlo. No es la única forma. Pero es un medio que me ha sido profundamente útil personalmente.

Heridas transformadas

Las heridas del abuso nunca desaparecen. Pero mis heridas no son las mismas que hace diez años, o incluso hace un año.

Mis heridas ahora son diferentes porque me he embarcado en un viaje que les ha dado un nuevo significado.

Las malas acciones que me hicieron mis atacantes siempre serán malas. Nada puede convertir un acto malo en un acto bueno.

Es por eso que nosotros, como Iglesia y como sociedad, debemos tomar medidas concretas para prevenir el abuso de niños y adultos vulnerables.

Habiendo dicho todo eso, en mi camino hacia la recuperación, el mal que perpetraron mis abusadores ya no tiene poder sobre mí. El mal ya no tiene la última palabra.

Más bien, las heridas que una vez fueron solo tóxicas para mí ahora se han convertido en aberturas para que la gracia sanadora de Dios entre en lo más profundo de mí.

La paradoja de la cruz

Es difícil describir esta experiencia sanadora a alguien que no la ha tenido. Pienso en las palabras de un amigo jesuita que murió hace muchos años, Francis Canavan, que era alcohólico y se preocupaba por sus compañeros alcohólicos. El padre Canavan dijo:

“El alcoholismo es una enfermedad tal que es terrible morir y es miserable vivir con ella. Pero es una enfermedad de la que es genial recuperarse».

Asimismo, puedo decir, como víctima de abuso sexual infantil, que es terrible vivir el abuso, y sus efectos pueden causar una profunda miseria. Lo sé porque sufro trastorno de estrés postraumático.

Además, sufro ciertos impedimentos físicos, incluido el reflujo gastroesofágico, que creo que se han visto agravados por los efectos de este abuso.

Pero aun así, puedo decir honestamente, parafraseando al Padre Canavan, que la experiencia de sanación es una experiencia de bendición.

Hay una paradoja en lo que acabo de decir. Esta es la paradoja de la Cruz. Esto es lo que escuchamos en el himno cantado al comienzo de la Vigilia Pascual, el Exsultet:

«¡Oh feliz culpa! ¡Oh bendita culpa!
Del fondo del mal, la Crucifixión de nuestro Señor,
brota la alegría de la Resurrección».

Una dura historia de abusos

Cuando me hice católica, no me hacía ilusiones de que la Iglesia sería un lugar perfectamente seguro para los niños.

No me uní a la Iglesia porque creyera que estaba formada por personas perfectas. Me uní a la Iglesia porque creía que durante mi vida ella podría hacerme perfecta.

Lo creía, y lo sigo creyendo, porque sabía por experiencia personal que los perpetradores de abuso sexual no se limitan al clero.

Mi primer abuso fue perpetrado por un conserje en la sinagoga a la que asistía mi familia. Abusó de mí cuando yo tenía cinco años.

Unos años más tarde, después de que mis padres se divorciaran, uno de los novios de mi madre abusó de mí. Mi madre no detuvo este abuso; por el contrario, lo permitió. Mi madre no lo recuerda, pero yo lo recuerdo claramente.

La hipocresía es mala, pero la negación de la existencia misma del mal es imperdonable.

Porqué entré en la Iglesia

Cuando conocí a Jesús por primera vez a la edad de 31 años, fui bautizada como protestante.

Lo que principalmente me decidió a entrar en plena comunión con la Iglesia católica fue que me conmovieron profundamente las enseñanzas de la Iglesia sobre la dignidad que tiene toda vida humana a los ojos de Dios.

Lo que acabo de decir puede parecer increíble. Sabemos que los miembros de la Iglesia han fallado repetidamente en reconocer la dignidad divina de los niños, amarlos como Dios los ama y cuidarlos como Dios quiere que lo hagamos.

Sin embargo, ¿qué pasó con el corazón herido de Jesús? ¿Qué pasó con el corazón herido de María? Los corazones heridos de Jesús y María ahora están glorificados.

Estos dos corazones, unidos para siempre en el amor, son fuentes de gracia. Ellos irradian el amor de Dios al mundo.

Esto es lo que Dios me llama a hacer con mi corazón herido. Los corazones heridos están particularmente bien equipados para irradiar el amor de Cristo al mundo.

Este es el viaje de mi propio corazón, que ha pasado de llevar heridas que duelen a llevar heridas que sanan.

Por Dawn Eden Goldstein, Alteteia Francés

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sábado, 24 de julio de 2021

3 heridas afectivas de nuestro tiempo

 


Las renuncias y sacrificios son posibles cuando la motivación del amor es la que impera, de otro modo esas renuncias y sacrificios serán compensados por la puerta de atrás

Es muy común tener heridas con respecto al amor que no hemos recibido. Son heridas que traspasan las generaciones y que podemos, sin duda, reconocer en todos nosotros.

El problema está en que muchas veces no miramos con equilibrio, ni lo suficiente, lo que pasa en nuestra mente y en nuestro corazón.

A menudo le damos más peso a que pensamos, o algunas otras, a lo que sentimos. Nos falta integrar los dos aspectos y no contraponerlos.

El Señor en su Evangelio, nos va enseñando cómo integrarlos. Él constantemente nos llama a trabajar nuestros pensamientos desde el corazón, pues el corazón tiene una forma de pensar y de ver, no solo de sentir.

Jesús nos invita a pensar según su Corazón.

La afectividad debe ser abordada en nuestra vida, debe ser tratada con consciencia y responsabilidad. Monseñor José Ignacio Munilla nos habla que hay 3 heridas afectivas en nuestro tiempo:

El narcisismo

OPIEKOWANIE SIĘ SOBĄ

Es la incapacidad de trascender nuestro yo. Hace imposible la llamada que se nos hace a la entrega y al amor.

El narcisista sufre mucho y mendiga afectividad en todos lados porque no ha conocido el amor. Siempre se siente olvidado, no querido y victimizado.

Esta herida puede ser sanada a través del anuncio del amor de Dios que funda nuestra autoestima.

Un amor que nos enraíza en la certeza de que somos amados y luego existimos. Somos amados no por un amor pasajero y blando, sino por un amor que da la vida por nosotros.

La entrega generosa a las verdaderas víctimas de la vida, también nos ayuda a poner en perspectiva nuestro victimismo.

El pansexualismo

En nuestro mundo una de las cosas que nos da “libertad” ha generado una gran esclavitud. Se ha fragmentado el sexo del amor, el sexo de la propia voluntad y de la identidad.

Es necesario resignificar lo que somos en unidad, sin división, pues nadie puede entregarse sin poseerse primero. Integrar nuestra sexualidad en la vocación concreta al amor al que Dios nos llama.

Podemos responder a esto mostrando la castidad desde su rostro liberador e integrador.

La desconfianza

TEENAGER

Nace de las decepciones con respecto al amor, respecto a los referentes de “amor para siempre” que nos han desilusionado y a las malas experiencias acumuladas que nos han llevado a encerrarnos en la soledad.

Estas heridas nos impiden amar, pero se sanan amando desde un amor que supera nuestra propia capacidad. Es necesario pedirle al Señor que nos dé su amor para que podamos amar.

Supera estas heridas el que tiene la conciencia de que lo más importante en su vida es que es amado y que está llamado al amor.

Amar o buscar compensaciones

Solo quien encuentra un amor mayor es capaz de reordenar su vida en función del tesoro descubierto, como en la parábola del tesoro escondido.

Las renuncias y sacrificios son posibles cuando la motivación del amor es la que impera. De otro modo esas renuncias y sacrificios serán compensados por la puerta de atrás.

Se trata de vivir disfrutando la vocación a la que hemos sido llamados. No hay nada peor que vivir la “fidelidad” y no disfrutarlo, estar acostumbrados. Ese es el drama del hijo mayor en la parábola del hijo pródigo.

Claves para luchar:

  • No basta con ser sinceros, hay que ser verdaderos. Ser capaces de cotejar nuestros sentimientos con la realidad de la vida.
  • No conformarnos con la perseverancia sino tener como objetivo la fidelidad. Renovar nuestras motivaciones para permanecer.
  • Descubrir la clave sobrenatural del amor humano: el amor esponsal. No solo relacionarnos con el Señor como amigo o como Padre. En el amor esponsal Dios se muestra como esposo vulnerable que desea nuestro amor. Es necesario cultivar esta relación en todos los los estados de vida.

“Amor es lo que el pobre mundo moderno necesita. Sus dolores son tan inmensos como nunca lo habían sido. Y aquí está nuestro deber: darle ese amor. A nosotros nos toca reivindicar lo que es nuestro, lo que constituye la grandeza aun de los errores: lo que es más nuestro, la caridad, el amor de Cristo”.

San Alberto Hurtado

Nuestro corazón no es del que lo rompe sino del que lo repara. Por muchas heridas que tengamos, la última palabra no la tiene quien nos ha roto sino quien nos ha restaurado.

Luisa Restrepo,  Aleteia

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