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lunes, 17 de agosto de 2020

Evangelio de hoy

ChristianArt 
 
Mt 19, 16-22  Jesús y el hombre rico
 
 
Cristo y el joven rico, Iglesia Catedral de San Patricio, Charlotte, Carolina del Norte, Vidrieras y plomo, © Christian Art
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un joven y le preguntó: “Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Le respondió Jesús: “¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios. Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos”. El replicó: “¿Cuáles?” Jesús le dijo: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo. Le dijo entonces el joven: “Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?” Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme”. Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico.
Comentario
San Clemente de Alejandría (150-c. 215)
teólogo
Homilía «¿Cuál es el rico que puede ser salvado?»

«Dichosos los pobres en el espíritu» (Mt 5,3)
     Es necesario no rechazar los bienes que pueden ayudar a nuestro prójimo. La naturaleza de las cosas que poseemos es de ser poseídas; la de los bienes es de difundir el bien; Dios las ha destinado al bienestar de los hombres. Los bienes están en nuestras manos como unos utensilios, unos instrumentos de los que uno saca provecho si los sabe utilizar... La naturaleza ha hecho de la riqueza una sierva, no una dueña. Es preciso, pues, no desprestigiarla, puesto que en sí no es ni buena ni mala, sino perfectamente inocente. Tan sólo de nosotros depende el uso, bueno o malo, que hagamos de ellas; nuestro espíritu, nuestra conciencia son enteramente libres para disponer a su gusto de los bienes que le han sido confiados. Destruyamos, pues, no nuestros bienes, sino la codicia que pervierte su uso. Cuando lleguemos a ser honestos, entonces sabremos usar de ellos honestamente. Estos bienes de los que se nos dice nos hemos de deshacer, debemos comprender bien que son los deseos desordenados del alma... No ganáis nada empobreciéndoos de vuestro dinero, si permanecéis ricos de deseos desordenados...
     Así es cómo concibe el Señor el uso de los bienes exteriores: deshacernos no de un dinero que nos hace vivir, sino de las fuerzas que nos hacen usar mal de él, es decir, de la enfermedades del alma... Es necesario purificar nuestra alma, es decir, hacerla pobre y desnuda y, en este estado, escuchar la llamada del Salvador: «Ven, sígueme». Él es el camino por donde anda el que tiene puro el corazón...Éste considera su fortuna, su oro, su plata, sus casas, como gracias de Dios, y se los agradece socorriendo a los pobres con los fondos que posee. Sabe muy bien que posee estos bienes antes para sus hermanos que para sí mismo; es más fuerte que sus riquezas y no se hace esclavo de ellas, no las encierra en su alma... Y si un día su dinero desaparece, acepta su ruina con un corazón lleno del mismo gozo que poseía en los días buenos. A este hombre, digo, Dios lo declara dichoso y lo llama «pobre en espíritu» (Mt 5,3), heredero seguro del Reino de los cielos que será cerrado a los que no han sabido vivir sin su opulencia. (EDD)




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