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miércoles, 10 de junio de 2026

Evangelio del día Miércoles 10a. Semana TO


 

Primer Libro de los Reyes 18,20-39.

Ajab mandó buscar a todos los israelitas y reunió a los profetas sobre el monte Carmelo.
Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: "¿Hasta cuándo van a andar rengueando de las dos piernas? Si el Señor es Dios, síganlo; si es Baal, síganlo a él". Pero el pueblo no le respondió ni una palabra.
Luego Elías dijo al pueblo: "Como profeta del Señor, he quedado yo solo, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta.
Traigamos dos novillos; que ellos se elijan uno, que lo despedacen y lo pongan sobre la leña, pero sin prender fuego. Yo haré lo mismo con el otro novillo: lo pondré sobre la leña y tampoco prenderé fuego.
Ustedes invocarán el nombre de su dios y yo invocaré el nombre del Señor: el dios que responda enviando fuego, ese es Dios". Todo el pueblo respondió diciendo: "¡Está bien!".
Elías dijo a los profetas de Baal: "Elíjanse un novillo y prepárenlo ustedes primero, ya que son los más numerosos; luego invoquen el nombre de su dios, pero no prendan fuego".
Ellos tomaron el novillo que se les había dado, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: "¡Respóndenos, Baal!". Pero no se oyó ninguna voz ni nadie que respondiera. Mientras tanto, danzaban junto al altar que habían hecho.
Al mediodía, Elías empezó a burlarse de ellos, diciendo: "¡Griten bien fuerte, porque es un dios! Pero estará ocupado, o ausente, o se habrá ido de viaje. A lo mejor está dormido y se despierta".
Ellos gritaron a voz en cuello y, según su costumbre, se hacían incisiones con cuchillos y punzones, hasta chorrear sangre.
Y una vez pasado el mediodía, se entregaron al delirio profético hasta la hora en que se ofrece la oblación. Pero no se oyó ninguna voz, ni hubo nadie que respondiera o prestara atención.
Entonces Elías dijo a todo el pueblo: "¡Acérquense a mí!". Todo el pueblo se acercó a él, y él restauró el altar del Señor que había sido demolido:
tomó doce piedras, conforme al número de los hijos de Jacob, a quien el Señor había dirigido su palabra, diciéndole: "Te llamarás Israel",
y con esas piedras erigió un altar al nombre del Señor. Alrededor del altar hizo una zanja, como un surco para dos medidas de semilla.
Luego dispuso la leña, despedazó el novillo y lo colocó sobre la leña.
Después dijo: "Llenen de agua cuatro cántaros y derrámenla sobre el holocausto y sobre la leña". Así lo hicieron. El añadió: "Otra vez". Lo hicieron por segunda vez, y él insistió: "Una vez más". Lo hicieron por tercera vez.
El agua corrió alrededor del altar, y hasta la zanja se llenó de agua.
A la hora en que se ofrece la oblación, el profeta Elías se adelantó y dijo: "¡Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel! Que hoy se sepa que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya hice todas estas cosas.
Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que eres tú el que les ha cambiado el corazón".
Entonces cayó el fuego del Señor: Abrazó el holocausto, la leña, las piedras y la tierra, y secó el agua de la zanja.
Al ver esto, todo el pueblo cayó con el rostro en tierra y dijo: "¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!".


Salmo 16(15),1-2a.4.5.8.11.

Protégeme, Dios mío,
porque me refugio en ti.
Yo digo al Señor:
Multiplican sus ídolos y corren tras ellos,

pero yo no les ofreceré libaciones de sangre,
ni mis labios pronunciarán sus nombres.
El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,
¡tú decides mi suerte!

Tengo siempre presente al Señor:
él está a mi lado, nunca vacilaré.
Me harás conocer el camino de la vida,
saciándome de gozo en tu presencia,

de felicidad eterna a tu derecha.


Evangelio según San Mateo 5,17-19.

Jesús dijo a sus discípulos:
«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.
El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

San Hilario (c. 315-367)
obispo de Poitiers y doctor de la Iglesia
Cometario al evangelio de Mateo, 4, 14-15; PL 9, 936-937


Cristo es el cumplimiento de las Escrituras

«No he venido a abolir, sino a dar plenitud». La fuerza y el poder de estas palabras del Hijo de Dios encierran un profundo misterio.
En efecto, la Ley prescribía unas obras, pero ésta orientaba todas estas obras hacia la fe en las realidades que Cristo manifestaría, porque la enseñanza y la Pasión del Salvador nos revelan el designio grande y misterioso de la voluntad del Padre. La Ley, bajo el velo de las palabras inspiradas, anunció el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, su encarnación, su Pasión, su resurrección; tanto los profetas como los apóstoles nos han enseñado repetidas veces que, desde toda la eternidad, estaba dispuesto que todo el misterio de Cristo sería revelado en nuestro tiempo...
Cristo no quiso que pensáramos que sus mismas obras contenían otra cosa que no fueran las prescripciones de la Ley. Por eso él mismo afirmó: «No he venido a abolir, sino a dar plenitud». El cielo y la tierra... deben desaparecer, pero no desaparecerá ni el más mínimo mandamiento de la Ley porque en Cristo toda la Ley y los profetas encuentran su fin y plenitud. Él mismo en el momento de la Pasión declaró: «Todo se ha cumplido» (Jn 19,30). En aquel momento se confirmaron todas las palabras de los profetas.
Por eso Cristo afirma que ni tan sólo el más pequeño de los mandamientos de Dios puede ser abolido sin ofender a Dios... Nada puede ser más humilde que la cosa más pequeña. Y la más humilde de todas ha sido la Pasión del Señor y su muerte en cruz.
(EDD)

Reflexión sobre la acuarela

Una y otra vez, Jesús utiliza imágenes de novedad para describir el Reino que estaba trayendo al mundo: vino nuevo que necesita odres nuevos; tela nueva que no puede remendarse simplemente sobre una prenda vieja; la promesa de una nueva alianza. Había algo fresco, vivificante y transformador en su ministerio, que no podía quedar encerrado en viejas costumbres y estructuras rígidas. Jesús sabía que la llegada del Reino exigía renovación. Los corazones tenían que cambiar. Había que cambiar la forma de ver las cosas. Pero...


Sin embargo, Jesús nunca se presentó como alguien que hubiera venido a barrerlo todo y empezar de la nada. En el Evangelio de Mateo de hoy, dice muy claramente: “No he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento”. Jesús estaba profundamente arraigado en la tradición judía que le había formado. Las Escrituras de Israel alimentaron su oración y dieron forma a su lenguaje. Él honró lo que le había precedido, pero trató de llevarlo a su plenitud, ... un poco como una semilla que finalmente florece. Hay aquí una lección importante para nosotros. La vida cristiana no consiste en rechazar la tradición, ni en aferrarse a ella con tanta fuerza que ya no pueda respirar. Más bien, el Espíritu Santo renueva continuamente la Iglesia desde dentro, sacando cada vez más profundamente la belleza y la verdad ya plantadas allí por Dios.


Quizá la imagen de una semilla sea útil en este caso. Es como una semilla plantada en lo más profundo de la tierra. Al principio, gran parte de su belleza permanece oculta: su color no se ve, su fragancia sigue encerrada en ella, su forma completa aún no se ha revelado. Y, sin embargo, todo está ya ahí, en el misterio, esperando pacientemente el momento adecuado para desplegarse. Cuando la flor florece por fin, no rechaza la semilla de la que procede. Al contrario, revela el potencial oculto que estaba ahí desde el principio. La Ley, los profetas, las oraciones y las esperanzas de Israel eran como semillas que llevaban en su interior la promesa de algo más grande aún por venir. En Jesús, esa belleza oculta florece plenamente.


Así que hoy nos fijamos en una simple flor en plena floración, un tulipán de 1643. A primera vista, parece una imagen tan simple: un solo tulipán elevándose sobre un fondo vacío. Sin embargo, la flor posee una dignidad extraordinaria. Los pétalos se curvan suavemente hacia el exterior, con vetas de color carmesí intenso sobre un blanco suave, mientras que el tallo verde se dobla suavemente. Nada distrae nuestra atención de la frágil belleza de esta flor. Pintado durante el apogeo de la fascinación holandesa por los tulipanes, cuando ciertos bulbos llegaron a ser inmensamente apreciados, nuestra artista Judith Leisters sentía fascinación por los tulipanes y pintó un libro entero lleno de estas hermosas flores. Vivió en el corazón del Siglo de Oro holandés y se convirtió en una de las pocas pintoras de éxito de su época, lo bastante admirada como para ingresar en el Gremio de San Lucas de Haarlem e incluso contratar aprendices. Sin embargo, tras su muerte, muchos de sus cuadros se atribuyeron erróneamente a artistas masculinos como Frans Hals, y su nombre cayó en el olvido durante siglos antes de ser redescubierto.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

Dios,

Sin ti, no tengo nada. Cada regalo bueno y perfecto viene de ti, pero a veces, veo los regalos que me has dado como algo inmerecido. A veces soy tentado a acumular mi dinero, tiempo y recursos en lugar de compartirlos con otros. En el fondo, sé que soy bendecido para bendecir, así que ayúdame a administrar sabiamente los dones que me has confiado. Conviérteme en alguien que vive y da con generosidad.

En el nombre de Jesús,
Amén.

(youversion.com)

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