
La tibieza espiritual no siempre se manifiesta como un alejamiento de Dios. A veces parece muy tranquila: seguimos rezando, seguimos yendo a la iglesia, seguimos considerándonos personas creyentes. Y, sin embargo, por dentro algo se enfría. La oración se convierte en una obligación, los sacramentos en una rutina, y el corazón deja de anhelar más.
San Antonio María Zaccaria comprendía bien este peligro. Vivió en el siglo XVI, en una época de profundas tensiones religiosas, debilitamiento moral y gran necesidad de renovación de la vida cristiana. Fue médico, sacerdote y fundador de los Clérigos Regulares de San Pablo, conocidos como barnabitas. Anhelaba despertar a los creyentes de su letargo espiritual y guiarlos hacia el amor vivo de Cristo Crucificado.
No era un hombre de medias tintas. En su espiritualidad no hay lugar para el mínimo cómodo, pero tampoco hay una severidad que quite la esperanza. Es más bien una llamada dirigida al corazón: no te detengas, porque Dios tiene más preparado para ti.
He aquí cinco consejos de san Antonio María Zaccaria que pueden ayudar a combatir la tibieza espiritual.
1RECUERDA QUE TU OBJETIVO ES DIOS
La apatía suele comenzar cuando perdemos de vista nuestro objetivo. Vivimos inmersos en los asuntos cotidianos, las obligaciones, los planes, las preocupaciones, los éxitos y los fracasos. Todo eso es importante. Pero nada de eso es nuestro destino último.
San Antonio María Zaccaria nos recuerda que el ser humano fue creado para Dios. No para la comodidad. No para la opinión de los demás. No para la tranquilidad. No para nuestras propias seguridades. Para Dios.
Esto no significa que la vida cotidiana sea un obstáculo. Al contrario, el trabajo, la familia, las relaciones, el descanso y las obligaciones pueden convertirse en un camino hacia la santidad. El problema surge cuando el camino empieza a hacerse pasar por el objetivo.
Por eso vale la pena volver a una pregunta sencilla: ¿lo que vivo hoy me acerca más a Dios? Esta pregunta es capaz de despertar la conciencia sin miedo. No acusa. Orienta el corazón en la dirección correcta.
2NO TE CONFORMES CON LO MÍNIMO
El alma tibia tiende a decir con mucha facilidad: "Ya basta". Basta con la misa dominical. Basta con una oración rápida. Basta con no hacer nada muy malo. Basta con ser "una persona decente".
Pero el amor no se conforma con lo mínimo. Quien ama no se limita a preguntar: "¿Cuánto tengo que hacer?". Más bien se pregunta: "¿Qué más puedo dar?"
San Antonio María Zaccaria no anima al perfeccionismo espiritual. No se trata de sentirnos constantemente culpables por hacer demasiado poco. Se trata de algo más profundo: de un corazón que no quiere tratar a Dios como un complemento de la vida.
El cristianismo no consiste únicamente en evitar el pecado. Es una respuesta al amor de Dios. Y la respuesta al amor no puede ser indiferente, calculada ni fría.
A veces, el primer paso para salir de la tibieza es muy sencillo: rezar con más atención, ir a confesarse no por costumbre, sino por el deseo de conversión, hacer algo bueno sin esperar agradecimiento.
3Sigue adelante, aunque sea a pequeños pasos
Para san Antonio María, estancarse en la vida espiritual era algo peligroso. El corazón del hombre rara vez se queda quieto. Si no crece en el amor, fácilmente empieza a enfriarse.
Por eso, la vida espiritual necesita movimiento. No siempre tiene que ser algo grandioso y espectacular. Más a menudo es algo muy sencillo: una oración rezada a pesar del cansancio, un acto de paciencia, una decisión de perdonar, un momento de silencio ante Dios, un reconocimiento sincero de la propia debilidad.
No hace falta cambiar toda la vida de golpe. A veces basta con no renunciar al siguiente paso en la dirección correcta.
La tibieza se alimenta de los aplazamientos: "rezaré más tarde", "algún día volveré a confesarme", "otro día pondré en orden esta relación", "ahora todavía no". El celo empieza por algo sencillo: hoy.
Dios no nos exige una perfección espectacular. Desea un corazón que se deje guiar.

4DESCONÉCTATE DE LO QUE TE FRENA
No todo lo que nos aleja de Dios es malo en sí mismo. A veces se trata de cosas buenas, pero que ocupan un lugar inadecuado: el trabajo, las ambiciones, las relaciones, el descanso, el teléfono, la preocupación por la opinión ajena, la necesidad de control.
San Antonio María Zaccaria nos enseña a utilizar las cosas creadas como una escalera que nos lleva hasta Dios. El problema surge cuando, en lugar de subir por esa escalera, nos detenemos en ella y nos acomodamos en un lugar cómodo.
Los apegos no siempre tienen un aspecto dramático. A veces se manifiestan de forma muy cotidiana: no tengo tiempo para rezar, pero sí para estar mirando el móvil sin pensar en nada. No tengo fuerzas para hablar con Dios, pero sí para pasar horas preocupándome por lo que dirá la gente. No sé cómo confiar en el Señor, porque quiero controlarlo todo demasiado.
Por eso vale la pena preguntarse con sinceridad: ¿qué es lo que más me frena en mi camino hacia Dios? ¿Qué me quita la libertad del corazón?
El desapego no es una pérdida. Es recuperar la libertad. Un corazón verdaderamente libre no pertenece a sus miedos, caprichos ni ambiciones. Pertenece a Dios.
5AVIVA EL ENTUSIASMO A TRAVÉS DE LA FIDELIDAD
El fervor no es solo una emoción. No siempre significa conmoverse durante la oración, entusiasmo, ligereza espiritual o sensación de cercanía a Dios. A veces, el verdadero fervor comienza precisamente cuando no se siente nada.
Es la oración en la aridez. El amor cuando cuesta. La fidelidad cuando nadie ve. El servicio cuando no hay aplausos. El retorno a Dios tras otra caída.
San Antonio María Zaccaria nos recuerda que el fuego espiritual hay que alimentarlo con decisiones concretas: renovar los buenos propósitos, luchar contra el egoísmo, cumplir la voluntad de Dios y permanecer junto a Cristo Crucificado.
No esperemos, pues, a que el celo vuelva por sí solo como un sentimiento. Empecemos por la acción. Por un pequeño acto de amor. Por una oración pronunciada con esfuerzo. Por el bien elegido a pesar de la resistencia.
A menudo es precisamente la fidelidad la que vuelve a encender el corazón.
La frivolidad puede ser el comienzo de la conversión
La peor tibieza es aquella que ya no vemos. Por eso, si alguien descubre en sí mismo cansancio espiritual, indiferencia o frialdad, no es motivo para desesperarse. Puede ser una gracia. Dios nos muestra la verdad no para avergonzarnos, sino para despertarnos.
San Antonio María Zaccaria no nos lleva a un activismo nervioso ni a un perfeccionismo angustioso. Nos lleva a un amor más grande que la mediocridad. A una fe que no quiere ser solo una costumbre. A un corazón que recuerda que fue creado para Dios.
Quizá hoy no haga falta tomar grandes propósitos. Quizá baste con una sola oración sincera: "Señor, reaviva en mí lo que se ha apagado".
La verdadera renovación puede comenzar con una oración así:
Oración
San Antonio María Zaccaria, enemigo de la tibieza y amante de Cristo Crucificado, alcánzanos un corazón que no se conforme con la mediocridad.
Enséñanos a seguir adelante, a amar con mayor profundidad y a elegir a Dios por encima de todo lo que nos frena.
Enciende en nosotros un santo celo, fiel no solo en los momentos fáciles, sino también cuando la oración se vuelve árida, el amor exigente y el camino difícil.
Amén.
Robert Kosek CRSP, Aleteia
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sobre la Tibieza
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