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martes, 16 de junio de 2026

Tres lecciones para mí y una gran enseñanza para mi hijo de la visita de León XIV


El Papa, con una multitud de jóvenes en su visita a España

El Papa, con una multitud de jóvenes en su visita a España

    Debo reconocer que no tenía claras mis expectativas sobre el viaje de León XIV a España. En los días previos mi objetivo era que Juan Pablo, mi hijo mayor, tuviera –a pesar de sus escasos 10 años– una experiencia tan buena y sana como todos los encuentros con el Papa o Jornadas Mundiales de la Juventud que yo había vivido en mi adolescencia y juventud. Y como ocurre siempre con las cosas de Dios, el Señor siempre se desborda…

    No sólo mi hijo se ha llevado algo único (¡tendrían que haber visto su carita en la vigilia con el Papa León!), sino que yo mismo he recibido unas gracias inmensas e inmerecidas con unas palabras de ánimo y de esperanza que me vuelven a recordar que sólo en Cristo están las respuestas a las grandes preguntas de hoy, a los sufrimientos y a todo aquello que en el día a día se presenta en mi camino.

    Pero de esta lluvia de gracias que han caído de lo alto estos días, donde el Papa ha sido un certero instrumento del Señor, no sólo se han beneficiado los que estuvimos presentes en los multitudinarios actos o los que los siguieron a través de los medios. Esta visita del Papa se ha producido en un momento providencial para España. Sólo Dios sabe los frutos espirituales que este viaje tendrá en muchas personas, pero hay aspectos que sí se pueden percibir ya.

    La sociedad, entre los que incluiría también a los católicos, estaba, bajo mi punto de vista, aletargada, anestesiada y diría que casi narcotizada. La situación social y los enormes problemas que afrontamos como país, o la rápida secularización del país de María, habían generado un enorme clima de resignación y de impotencia. ¡Habíamos bajado los brazos!

    Sin embargo, la visita del Papa ha sido un soplo del Espíritu Santo. En nombre de Cristo, León XIV nos ha zarandeado con su dulzura, su ternura y con sus palabras llenas de firmeza, como diciéndonos: despertad, levantaos, recordad quiénes sois, de dónde venís y cuál es vuestra meta. Ha sido un torrente que de manera inesperada ha trascendido más allá de los católicos. Todo un país ha quedado pasmado con una obra que sólo Dios puede hacer.

    Javier Lozano, junto a su hijo, en la vigilia de León XIV con los jóvenes en la Plaza de Lima

    Javier Lozano, junto a su hijo, en la vigilia de León XIV con los jóvenes en la Plaza de LimaJ. Lozano

    Confieso que no me imaginaba las multitudes que han acompañado al Papa. Creo que pocos podían creer que en cada lugar por el que pasara el Papa hubiera tal cantidad de personas. ¿Cuántos bebés ha bendecido el Pontífice estos días? Ojalá este signo sea el preludio de un despertar del matrimonio y de la natalidad.

    Fui consciente por primera vez de que esta visita iba a superar claramente mis expectativas al intentar acceder a la vigilia de los jóvenes. Ya se percibía que algo pasaba, que estaba a punto de vivir uno de esos acontecimientos inolvidables. Y ahí recibí la primera enseñanza: recordé con fuerza que Cristo ya ha vencido, que la derrota no está en el diccionario del cristiano y que la resignación es algo que no nos es propio. Lo nuestro son las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Y, de repente, en un mundo plagado de malas noticias, muchas veces también en la Iglesia, vi mi esperanza colmada.

    La Iglesia es grande, la Iglesia vive, la Iglesia estaba ahí presente representada en esos jóvenes que bajaban hacia la Castellana alabando con sus guitarras, esas monjas alegres que irradiaban luz a su paso o en esos niños como mi hijo que veían por primera vez que la fe no es algo que sólo se vive en su familia, en su parroquia o en su colegio. La Iglesia es universal y aunque muchas veces no se vea, está ahí. Porque en cada familia católica hay una iglesia doméstica. Y esto se ha visto con enorme claridad estos días.

    “¡Somos libres en Cristo! Y Cristo nos ha liberado con su amor”, nos dijo el Papa en esta vigilia, recordándonos que “somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte”. No se podía decir ni más alto ni más claro. Y allí en el Paseo de la Castellana, a cientos de metros del Papa, donde ni siquiera lograba ver el escenario, estaba presente toda la Iglesia, con todos sus carismas, todos unidos en torno a Pedro y adorando a Cristo Sacramentado.

    ¡Sólo quien estuviera ahí presente puede entender lo que allí se vivió durante la Adoración al Santísimo! ¿Cómo puede ser que habiendo más de medio millón de personas no se oyera nada, pero absolutamente nada? Todos de rodillas y en silencio adorando a nuestro Dios. El silencio, del que precisamente habló mucho León XIV, es una de las armas que nos ha dejado para este combate. Sólo en el silencio podemos escuchar a Dios. Y en la sociedad del ruido y de los auriculares, cientos de miles de jóvenes entraron en el silencio para escuchar a su Padre. ¡No quiero imaginar lo que puede salir de ahí si cada joven allí presente se puso en disposición a hacer la voluntad de Dios! ¡Que tiemblen los demonios!

    En mi sector estaba representada, como supongo que en el resto de zonas, lo que es la Iglesia. Había personas de todos los carismas, órdenes religiosas, parroquias. Unos alababan y cantaban con los brazos en alto, otros rezaban con recogimiento, otros cantaban a Dios con palmas… Pero la sensación de ser todos uno en Uno era palpable, manifiesta.

    No puedo, ni quiero olvidarme, de aquellas personas que han sostenido la fe de España en este tiempo. He visto a muchas personas mayores emocionadas, con lágrimas en las mejillas y que estaban exultantes, pero no sólo por ver al Papa en su tierra o recibir una palabra, sino por lo que veían sus ojos: multitudes de jóvenes, familias y niños, todos unidos en comunión.

    Esto lo percibí especialmente tras la misa con el Santo Padre en Cibeles. Volvía a casa junto a mi mujer, mi hijo mayor y las dos pequeñas. Era tal la cantidad de gente que era imposible utilizar el transporte público. No nos quedaba más remedio que caminar bajo el sol, cargando en brazos las mochilas, las sillas… y las niñas. Lo que vivimos nos tocó el corazón. Cada poco tiempo, personas mayores y matrimonios veteranos nos ofrecían su ayuda, nos felicitaban por formar familias numerosas, nos daban aliento, querían comprar chuches para los niños para aliviarles el camino…

    A todos se les veía agradecidos con el Señor y felices de ver que tras ellos queda esperanza y futuro. Estas muestras de amor que vivimos no sólo me hicieron emocionarme, sino que me dieron otra lección: la Iglesia es comunión. No importa la edad, la clase social o el origen, pues todos somos hermanos e hijos de un mismo Dios. Y me alegro especialmente de que las personas más mayores pudieran vivir todo esto, pues sin su sostén, su empuje y su oración muchos no hubiésemos estado ese día en la fiesta del Corpus Christi.

    Pero no sólo los católicos han recibido esta gran lección. Los dirigentes políticos y también todos aquellos que creen que los cristianos somos el ejemplo del mal en el mundo han visto, y no han podido negarlo, que la Iglesia que creían domada, dormida o herida de muerte resurge con la fuerza del Resucitado. Sólo había que ver las noticias, tertulias y publicaciones en redes sociales para percibir la sorpresa por un catolicismo vivo, muy vivo. Con sus retos y dificultades, por supuesto, pero que recobra las fuerzas para continuar su batalla por ganar el Reino.

    En la homilía del domingo el Papa nos dejaba un mensaje: “He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy”. Recogemos el guante, pues la España presente en esta misa es hija de esta religiosidad que ha dado tantos santos a la Iglesia, que sigue dándolos. Es también esta tierra donde han nacido tantas órdenes y realidades eclesiales que han renovado la Iglesia universal y que son esta escuela de fe que lleva a Dios a todos los rincones de la sociedad.

    Con su serenidad, con sus gestos, con sus palabras claras, profundas y precisas, el Papa ha sorprendido a muchos, a mí el primero, y ha desconcertado a otros tantos, como ocurrió en el Congreso de los Diputados, pero a nadie ha dejado indiferente. Ha colocado a Dios en el centro de la nación durante unos días en un momento donde el conflicto, la polarización y la división son las notas dominantes.

    Ya para acabar me viene a la mente la cita del Evangelio en la que Jesús nos invita “a ser como niños”. Vi muchos niños estos días, algunos de 10 años, otros de 40 y algunos de más de 90 que sorteaban obstáculos y vallas como si fueran atletas olímpicos. Lo vi en los ojos de mi hijo, que emocionado, sorprendido y alegre, me miraba feliz diciéndome que nunca olvidaría aquello. En esa vigilia vi en mi hijo y en muchos otros pequeños, a ese niño del Evangelio, pero también el lunes a las 6 de la mañana cuando al despertarme para ir a trabajar me lo encontré ya levantado escribiendo en su diario todo lo que había experimentado. ¡Concédenos Señor ser como niños, abandonarnos a ti como un hijo con su padre y a saber que tú siempre estás ahí para auxiliarnos! Gracias, Santo Padre por invitarnos a alzar la mirada para que en España volvamos a mirar otra vez a Cristo.

     Javier Lozano,Publicado en la revista Misión, ReL




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