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jueves, 28 de mayo de 2026

León XIV frena los abusos litúrgicos: nadie puede cambiar la misa «por iniciativa propia»

El Papa reclama respeto a la liturgia y advierte contra quienes “añaden o modifican” los ritos por iniciativa propia.

El Papa León XIV saludando a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro del Vaticano

El Papa León XIV saludando a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro del Vaticano


    El Papa León XIV lanzó este miércoles un claro mensaje sobre la liturgia católica durante la Audiencia General celebrada en el Vaticano, al pedir respeto a las normas de la Iglesia y advertir contra los “inventos” o modificaciones arbitrarias en la misa y en las celebraciones litúrgicas.

    El Pontífice inició una nueva serie de catequesis centradas en la constitución Sacrosanctum Concilium, el primer gran documento aprobado por el Concilio Vaticano II, dedicado precisamente a la reforma litúrgica de la Iglesia.

    Añadir o quitar por iniciativa propia

    León XIV quiso reivindicar el verdadero espíritu de la reforma conciliar y rechazó la falsa oposición entre tradición y progreso. Citando a Benedicto XVI, recordó que “no pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso”, cuando en realidad “la tradición es una realidad viva”.

    El Papa explicó que la Iglesia puede adaptar algunos aspectos litúrgicos a las circunstancias históricas y culturales, pero insistió en que esto debe hacerse siempre “en continuidad con la auténtica y viva tradición católica”.

    En uno de los pasajes más contundentes de la catequesis, León XIV recordó que el Concilio Vaticano II ya advertía contra quienes alteran los ritos por cuenta propia. El Magisterio conciliar, señaló, invita a evitar “desorientar a los fieles”, y disuade “a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia”.

    El Pontífice subrayó además que toda reforma auténtica debe estar precedida por “una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral”, y no responder simplemente a gustos personales o improvisaciones.

    León XIV defendió también el valor evangelizador de la liturgia a lo largo de la historia de la Iglesia. 

    “La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización”, afirmó, añadiendo que hoy es necesario renovar esa energía para introducir a los creyentes “en la plenitud de la verdad”.

    En la parte final de su catequesis, el Papa se dirigió especialmente a sacerdotes y responsables de las celebraciones litúrgicas, exhortándoles a custodiar “el respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia”.

    Ese respeto, explicó, nace de una actitud interior de “disponibilidad y entrega a Dios”, y debe expresarse con “humildad frente a su grandeza y fidelidad sincera a la comunión eclesial”.

    Las palabras de León XIV llegan en un momento en que los debates sobre la liturgia continúan muy presentes dentro de la Iglesia, especialmente tras años de tensiones entre sectores más tradicionales y corrientes favorables a una mayor creatividad en las celebraciones.

    El Pontífice continuó con una nueva serie de catequesis durante la Audiencia General, centrada en la Constitución Sacrosanctum Concilium, el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II. Lea aquí el texto completo de la catequesis.

    Catequesis íntegra

    A continuación reproducimos la catequesis íntegra:

    Queridos hermanos y hermanas:

    En la Encíclica Mediator Dei, el Venerable Pío XII escribe que «la Iglesia, en realidad, es un organismo vivo, y por eso crece y se desarrolla también en lo que toca a la sagrada liturgia, adaptándose a las circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo y acomodándose a ellas» (I,V).

    En plena continuidad con este principio, el Concilio Vaticano II en el Proemio de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) reconoce «que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia» (n. 1). De hecho, la asamblea conciliar se había reunido con el objetivo de «acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia» (ibid.).

    En aquel momento histórico se advertía fuertemente la necesidad de una renovación de las formas rituales, mediante las que desde hacía siglos la Iglesia había realizado la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al movimiento litúrgico se había madurado la convicción, expresada posteriormente por san Juan Pablo II, de que «existe, en efecto, un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa también en la liturgia, vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida» (Carta Dominicae Cenae, 13).

    Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, por lo tanto, con una fórmula muy eficaz la dirección a seguir: «Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso» (SC, 23).

    El Papa Benedicto XVI acogió en esta declaración de intenciones el «programa de reforma» de los Padres conciliares, «en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y el futuro. No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso. En realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura» (Discurso a los participantes en el Congreso por el 50° aniversario de la fundación del Instituto litúrgico pontificio de San Anselmo, 6 de mayo de 2011).

    El Concilio afirma la legitimidad de ese proceso arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia «una parte que es inmutable por ser la institución divina» de «otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aún deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados» (SC, 21).

    A lo largo de los siglos se han producido constantemente cambios de este tipo, con el fin de consentir a los fieles una fructuosa participación, por medio de las acciones rituales, en el ministerio pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana. El culto de la Iglesia, por lo tanto, se ha “encarnado” en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso de transformarlas. La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización. Hoy es necesario renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica, es decir, según una dinámica dirigida a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad.

    Se comprende entonces por qué los Padres conciliares recomendaron la revisión de los ritos, cuando responda a «una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia», se lleve a cabo «después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (SC, 23). Por el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe ir siempre precedida por «una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral» (ibid.). El Magisterio conciliar, de este modo, invita a evitar desorientar a los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia (cf. SC, 22). El progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete en absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla.

    Exhorto, por lo tanto, a todos aquellos que están llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a custodiar siempre ese respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad y de entrega a Dios, manifestando humildad frente a su grandeza y fidelidad sincera a la comunión eclesial.

    ReL

    Vea también    Catequesis sobre la Santa Misa y su Participación





    sábado, 11 de abril de 2026

    “La Presencia Real”: el cortometraje que muestra lo que realmente ocurre en cada Misa



    Cuando se celebra la Misa, el cielo se une a la tierra, y no solo de manera simbólica. El cortometraje “La Presencia Real: La Misa” ofrece una experiencia visual que nos muestra lo que verdaderamente ocurre en cada Celebración Eucarística, más allá de lo que nuestros ojos pueden percibir.

    Con una propuesta que combina imágenes litúrgicas, realidad aumentada artística y poderosas entrevistas, este cortometraje busca despertar los corazones a la verdad de la Eucaristía: la presencia real de Cristo.

    “Aunque el pan y el vino parecen no cambiar, los católicos creen que Cristo se hace verdaderamente presente con su cuerpo, sangre, alma y divinidad”, explica la productora.

    El cortometraje, de 28 minutos de duración, reúne a reconocidas voces del ámbito católico, como el teólogo y apologeta Dr. Scott Hahn; el P. Mike Schmitz, referente en evangelización digital; el filósofo jesuita y divulgador científico P. Robert Spitzer; y Curtis Martin, fundador de FOCUS.

    Esta obra ofrece una mirada reverente y creativa de la Misa. En ella, se representan momentos que permanecen velados a los ojos humanos, pero reales según la enseñanza de la Iglesia: ángeles reunidos, santos en oración y el Espíritu Santo que desciende sobre el altar.

    La película busca expresar la fe por medio de la belleza y traduce en imágenes el misterio que se vive en cada Eucaristía, ayudando tanto a los fieles como a quienes se acercan con curiosidad a comprender la grandeza de este sacramento.

    “Con comentarios de reconocidos conferencistas y teólogos católicos, ofrece claridad, profundidad y cercanía tanto para creyentes como para quienes sienten curiosidad”, agrega la productora.

    El proyecto fue producido por Barton Productions, en Jacksonville (Estados Unidos), y tomó dos años de trabajo por parte de un pequeño equipo comprometido con su misión evangelizadora. Gracias a este esfuerzo, el cortometraje se ofrece hoy de manera gratuita para diócesis, parroquias, escuelas y programas de iniciación cristiana (OCIA), con el deseo de llegar al mayor número de personas posible.

    “Es una invitación cinematográfica a redescubrir el misterio sagrado en el centro de la fe católica”, concluye la productora.

    Quienes deseen conocer más y compartir este material pueden acceder a su página oficial.

    Mire el cortometraje completo:

    Harumi Suzuki, churchpop
    Vea también    Catequesis sobre la Santa Misa y su Participación



    sábado, 8 de julio de 2023

    Especialmente para los que NO suelen ir a Misa los Domingos

     Aquí sólo podemos ofrecerle unos pocos aspectos
    de las mil maravillas de la Santa Misa

    La Misa dominical, centro de la vida cristiana.

    La participación en la Misa dominical es distintivo característico del cristiano y una exigencia para alimentar la propia fe y para dar fuerza al testimonio cristiano. Sin la Misa del domingo y de los demás días festivos, faltaría el corazón mismo de la vida cristiana.

    Comisión Pontificia para América Latina
    La Misa dominical, centro de la vida cristiana en América Latina

    Quédate con Nosotros Señor!"

    Todas las atenciones maternas que la Virgen ejerce con sus fieles servidores se concentran en el hecho que les da a comer el Pan de Vida que Ella misma ha formado.

    San Luis María Grignion de Montfort
    Tratado de la Verdadera Devoción


    No suele Su Majestad pagar mal la posada.

    Pues, si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje.

    Santa Teresa de Jesús
    Doctora de la Iglesia
    Camino de perfección

    Recen mucho por nosotros los sacerdotes.

    Yo pido a todos los cristianos que recen mucho por nosotros los sacerdotes, para que sepamos realizar santamente el Santo Sacrificio.

    San Josemaría Escrivá
    Amar a la Iglesia, n. 45

    Gracias a la Santa Misa puedo enfrentarme a mis problemas.

    Había un rey, San Luis IX, Rey de Francia, que tenía todo tipo de líos: guerras con países enemigos, problemas de revueltas internas, intrigas de los nobles y problemas familiares. Aun así se las arreglaba para asistir a la Santa Misa a diario; uno de sus generales, asombrado, le recriminó: "Con todos los líos y angustias que tiene su Majestad, no sé cómo todavía encuentra tiempo para ir a la Santa Misa".

    Y el Rey -San Luis- le contestó: "Es gracias a la Santa Misa por lo que puedo enfrentarme a mis problemas".

    La Eucaristía es Dios con nosotros.

    La Eucaristía es Dios con nosotros, es Dios en nosotros, es Dios que se da perennemente a nosotros, para amar, adorar, abrazar y poseer.

    San Charles de Foucauld


    "Mi Carne es verdadera comida"

    La comunión es tan necesaria para sostener nuestra vitalidad cristiana, como la visión de Dios es necesaria para que los Ángeles mantengan su vida de gloria.

    San Pedro Julián Eymard



























    domingo, 17 de julio de 2022

    Una reflexión profunda que debe acompañar la celebración de los misterios de nuestra fe

     

    czynności podczas liturgii Mszy świętej


    Mario de Gasperín, reconocido biblista y su reflexión sobre la carta apostólica del Papa Francisco “Desiderio desideravi”

    Hace pocos días el Papa Francisco nos ha vuelto a regalar una carta apostólica que merece no solamente el comentario, sino, sobre todo, el análisis a fondo para recuperar (el verbo, en muchos sentidos está perfectamente utilizado) la belleza de la liturgia y lograr la unidad dentro de la Iglesia católica.

    Se trata de la carta apostólica “Desiderio desideravi”, una carta dirigida a la formación litúrgica del pueblo de Dios que, al parecer del obispo emérito de Querétaro (México) Mario de Gasperín, reconocido biblista, fue escrita para ayudarnos a descubrir la “inmensa grandeza” del amor de Cristo que se hace presente en la sagrada liturgia.

    En una artículo que se publicará esta semana en el periódico El Observador de la Actualidad, De Gasperín hace notar que si bien el Concilio Vaticano II fue el evento más significativo en la vida de la iglesia del pasado siglo, no debe extrañarnos que el sucesor de Pedro “nos exhorte e instruya para salvaguardar la unidad de la fe en el vínculo de la caridad” en lo que concierne a la liturgia.

    Para el obispo emérito de Querétaro con esta carta pastoral, Francisco busca con esta carta salvaguardar una “dimensión fundamental para la vida de la Iglesia”, a fin de “contemplar la belleza y la verdad de la celebración cristiana”. Ni siquiera sospechamos la riqueza que tenemos, «porque “la desproporción entre la inmensidad del don y la pequeñez de quien lo recibe es infinita”.

    Sobre esta idea del Papa, el obispo De Gasperín dice que “se trata, pues, de la inmensa desproporción entre el regalo que Dios nos ofrece, y la indignidad nuestra para merecerlo. Y agrega: “A este gran ´misterio’ de nuestra fe llamamos la Pascua de Jesús, que él ‘deseó celebrar con ardiente deseo`, sabiendo que él era el Cordero que iba a ser sacrificado”.

    Más adelante, en su artículo de *El Observador, el prelado mexicano señala que la liturgia lo expresa en términos precisos y audaces cuando habla en la Misa de la “pasión gloriosa” de Cristo, o de “su pasión voluntariamente aceptada”.

    “Gloria y humillación, gozo y dolor, vida y muerte maravillosamente entrelazadas en el corazón de Cristo, constituyen el misterio insondable donde se fraguó nuestra salvación. Eso es lo que tenemos sobre el altar a nuestra disposición”, enfatiza el prelado en su artículo.

    De Gasperín explica que a toda esta oferta de salvación respondió la iglesia en el documento del Concilio Vaticano II que se llama Sacrosantum Concilium, aprobado por el papa San Pablo VI y saludado con entusiasmo en la segunda sesión conciliar. “Su aplicación fue generosa aunque a veces desfasada por la inventiva tropical – ‘salvaje’ le llama el Papa- de sacerdotes insuficientemente ilustrados, si bien no mal intencionados”.

    De acuerdo con el obispo emérito de Querétaro, “la ignorancia prefiere la audacia a la prudencia”. Por ello, el pueblo santo de Dios vivió esta aplicación de la liturgia emanada del Concilio Vaticano II “con desconcierto, algunas veces con lágrimas, y unos cuantos en franca rebeldía». Por eso, el Papa Francisco, como tantas veces lo hicieron san Juan Pablo II y el papa Benedicto XVI, «insistieron en la reflexión profunda que debe acompañar la celebración de los misterios de nuestra fe”.

    A continuación proponen la necesidad de un conocimiento vivencial, tanto para clérigos como para fieles laicos. Y da las directrices de este conocimiento en el siguiente párrafo:

    El arte de celebrar comienza con las normas elementales de educación, de saberse conducir en público, a la mesa, de hablar, gesticular y entonar tanto la voz como el micrófono; es indispensable actualizar y ampliar la cultura bíblica, sin ella andamos perdidos; es preciso adiestrarse en el uso correcto del idioma y del lenguaje, percibir su dimensión poética y metafórica y el uso polisémico de los símbolos bíblicos; importantes son los ademanes, del lenguaje no oral, el saberse mover al ritmo que marcan los textos y, sobre todo, el dejarse guiar y educar por el soplo del Espíritu santo: Él es quien nos educa durante el silencio sagrado y nos da el gozo de conocer al Señor.

    Al finalizar su artículo en El Observador de la Actualidad, el obispo De Gasperín recuerda que la liturgia cristiana “no es teatro, sino misterio; para bien o para mal, dice el Papa, el pastor imprime su huella en la comunidad a su cargo”.

    Y termina con una nota sobre la verdadera evangelización y el camino a la santidad a la que todos estamos llamados:

    Celebrar dignamente los misterios santos, no impedir sino saber incorporar a la comunidad a esta auténtica participación activa y consciente, es el camino hacia la verdadera y siempre nueva evangelización. Y a la común santidad.

    Jaime Septién,  Aleteia 

    Vea también   La Carta del Papa





























    jueves, 21 de abril de 2022

    ¿Es la Misa el mismo sacrificio que hizo Cristo en la cruz?


     

    En estos dias de Semana Santa, meditamos sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Como católicos creemos que en el sacrificio de Cristo en la cruz es idéntico al de la Santa Misa.En el sacrificio de la misa se representa y conmemora el sacrificio de la cruz, y se aplica su virtud salvadora a todos los hombres. Esta doctrina no es compartida por los hermanos protestantes, sin embargo es enseñada por los padres de la Iglesia y el Magisterio Pontificio sin dejar lugar a dudas. Por todo ello podemos decir que la Misa es Sacrificio. En este artículo veremos los principales textos históricos ( patristicos) que defienden esta doctrina católica.

     

    ¿Enseña el Magisterio de la Iglesia que la Santa Misa es verdadero sacrificio?

    Repasaremos algunos textos magisteriales claves:

    El Concilio de Trento, en sus canones sobre el Sacrificio de la Misa dice:

    Así, pues, el Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos [v. l.: allí] la eterna redención; como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por la muerte (He 7,24 He 7,27), en la última Cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres [Can., 1], por el que se representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos (1Co 11,23 ss), y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos, declarándose a sí mismo constituido para siempre sacerdote según el orden de Melquisedec (Ps 109,4), ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas, los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les mandó con estas palabras: Haced esto en memoria mía, etc. (Lc 22,19; 1Co 11,24) que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia [Can. 2].

    San Pablo VI, autor de la Misa de su nombre, afirma sobre la naturaleza de la Misa que «es realmente el Sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares» (Credo del Pueblo de Dios, 1968, n. 24). +San Juan Pablo II: «El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio» (Ecclesia de Eucharistia, 2003, 14). Benedicto XVI«Jesús es el verdadero Cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos propone de nuevo en cada celebración» (Sacramentum caritatis, 2007,9).

    ¿Que creían los primeros cristianos?

     San Justino mártir

    Dios habla por boca de Malaquías, uno de los doce [profetas menores], como dije antes, acerca de los sacrificios que en ese momento presentaron ustedes: 'No tengo placer en ustedes, dice el Señor, y no aceptaré su sacrificios en tus manos; porque desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, mi nombre ha sido glorificado entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda pura, porque mi nombre es grande entre las naciones. . . [Mal. 1:10–11]. Luego habla de esos gentiles, es decir, de nosotros [cristianos] que en todo lugar le ofrecemos sacrificios, es decir, el pan de la Eucaristía y también la copa de la Eucaristía. ( Diálogo con Trifón el Judío  41 [AD 155] )

    San Ireneo

    Tomó de entre la creación lo que es pan, y dio gracias, diciendo: 'Esto es mi cuerpo.' Asimismo, la copa, que es de entre la creación a la que pertenecemos, confesó ser su sangre. Enseñó el nuevo sacrificio del nuevo pacto, del cual Malaquías, uno de los doce profetas [menores], había señalado de antemano: 'No hagáis mi voluntad, dice el Señor Todopoderoso, y no aceptaré sacrificio de vuestras manos. . Porque desde el nacimiento del sol hasta su puesta, mi nombre es glorificado entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y sacrificio puro; porque grande es mi nombre entre los gentiles, dice el Señor Todopoderoso' [Mal. 1:10–11]. Con estas palabras deja claro que el pueblo anterior dejará de hacer ofrendas a Dios; sino que en todo lugar se le ofrecerá sacrificio, y verdaderamente, uno puro, porque su nombre es glorificado entre los gentiles. (Contra las Herejías , IV, 17, 5)

    San Cipriano de Cartago:

    De donde se deduce que la sangre de Cristo no se ofrece si no hay vino en la copa, ni el sacrificio del Señor se celebra con legítima consagración si nuestra oblación y sacrificio no responden a su pasión . Pero ¿cómo beberemos el vino nuevo del fruto de la vid con Cristo en el reino de su Padre, si en elsacrificio de Dios Padre y de Cristo no ofrecemos vino, ni amasamos la copa del Señor según la tradición del Señor? (Epistola 62)

    San Cirilo de Jerusalén

    Luego, después de que se completa el sacrificio espiritual, el servicio incruento, sobre ese sacrificio de propiciación rogamos a Dios por la paz común de las Iglesias, por el bienestar del mundo; para reyes; para soldados y aliados; por los enfermos; por los afligidos; y, en una palabra, por todos los que necesitan socorro, todos oramos y ofrecemos este sacrificio. ( Conferencia Catequética  XXIII, 7-8; NPNF 2, Vol. VII)

    San Ambrosio

     Vimos venir hacia nosotros al príncipe de los sacerdotes, lo vimos y lo oímos ofrecer su sangre por nosotros. Seguimos, en cuanto podemos, siendo sacerdotes, y ofrecemos el sacrificio en nombre del pueblo. Incluso si somos de poco mérito, aun así, en el sacrificio, somos honorables. Aunque ahora no se vea a Cristo como el que ofrece el sacrificio, sin embargo es él mismo el que se ofrece en sacrificio aquí en la Tierra cuando se ofrece el cuerpo de Cristo. En efecto, para ofrecerse a sí mismo se hace visible en nosotros aquel cuya palabra santifica el sacrificio que se ofrece( Comentarios sobre los Doce Salmos de David  38:25)

    San Agustin:

     Así, pues, Cristo nuestro Señor, que en su pasión ofreció por nosotros lo que había tomado de nosotros en su nacimiento, constituido príncipe de los sacerdotes para siempre, ordenó que se hiciera el sacrificio que estáis viendo, el de su cuerpo y su sangre. En efecto, de su cuerpo, herido por la lanza, brotó agua y sangre, mediante la cual borró los pecados del mundo. Recordando esta gracia al hacer realidad vuestra salvación, puesto que es Dios quien la realiza en vosotros, acercaos con temor y temblor a participar de este altar. Reconoced en el pan lo que colgó del madero, y en el cáliz lo que manó del costado.... Todo lo anunciado de antemano en muchas y variadas formas en los sacrificios del Antiguo Testamento se refiere a este único sacrificio revelado en el Nuevo Testamento. (Sermon 228 B)

    Según nuestro modo frecuente de hablar, solemos decir, cuando se acerca la Pascua: «Mañana o pasado mañana será la pasión del Señor». Pero el Señor ha padecido muchos años ha y la pasión no ha tenido lugar sino una vez. En el mismo día del domingo decimos: «Hoy resucitó el Señor», aunque han pasado ya hartos años desde que resucitó. Nadie es tan necio que nos eche en cara la mentira cuando hablamos así. Nombramos tales días por su semejanza con aquellos otros en que tuvieron lugar los acontecimientos citados. Decimos que es el mismo día, aunque no es el mismo, sino otro semejante a él en el girar de las edades. Así también, cuando nos referimos a la celebración del sacramento del altar, decimos que en ese día acontece lo que no acontece en ese día, sino que aconteció antaño. Cristo fue inmolado una sola vez en persona y es inmolado no sólo en las solemnidades de la Pascua, sino también cada día entre los pueblos, en dicho sacramento. Por eso no miente quien contesta que es inmolado ahora, cuando se lo preguntan. Los sacramentos no serían en absoluto sacramentos si no tuviesen ciertas semejanzas con aquellas realidades de que son sacramentos. Por esa semejanza reciben, por lo regular, el nombre de las mismas realidades. Así como a su modo peculiar el sacramento del cuerpo de Cristo es el cuerpo de Cristo, y el sacramento de la sangre de Cristo es la sangre de Cristo, así también el sacramento de la fe es la fe.  Luego al sacramento de una tan grande realidad le dio el nombre de la misma realidad. (Carta 98 a Bonifacio nº 9)

    Teodoreto de Cyro:

     Si pues el sacerdocio según la ley llego a su fin y el sumo sacerdote según el orden de Melquisedec ( Cristo) ofreció el sacrificio e hizo que los otros sacrificios no fuesen necesarios ¿Por qué los sacerdotes del Nuevo Testamento celebran la mistica liturgia?  Es manifiesto a todos los versados en las cosas divinas que nosotros no ofrecemos otro sacrificio distinto, sino que celebramos la memoria de aquel único y saludable sacrificio. ( Comentario a la carta de los Hebreos 4.)

     San Fulgencio de Ruspe:

    Ten firmísimamente y no dudes en modo alguno de que el mismo Dios unigénito , el Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios como sacrificio y victima en fragancia de suavidad (EF 5,2) al cual junto con el Padre y el Espiritu Santo, los patriarcas, los profetas y los sacerdotes sacrificaban animales en el tiempo del Antiguo Testamente, al cual ahora, es decir, en el tiempo del Nuevo Testamente, junto con el Padre y el Espiritu Santo, con quienes tiene él una misma divinidad, la santa Iglesia católica no cesa de ofrecer en todo el ober de la tierra el sacrificio del pan y del vino en fe y amor. Pues en aquellas victimas de animales estaba figurada la carne de Cristo la que el mismo sin pecado había de ofrecer por nuestros pecados y la sangre, que el había de derramar para la remisión de nuestros pecados, mas en este sacrificio hay acción de gracias y conmemoración de la carne de Cristo, la que por nosotros ofreció y de la sangre que el mismo Dios derramó por nosotros(Sobre la fe a Pedro 19,60)

    San Isidoro de Sevilla:

     Alli , en la antigua ley, inmolados los animales eran ofrecidas hostias de carne y sangre, aquí, en la ley nueva, se ofrece el sacrificio de la carne y sangre de Cristo, sacrificio que era figurado por aquellos animales, allí con la sangre del cordero se celebra la Pascua, aquí nuestra Pascua es Cristo inmolado, que es el verdadero Cordero inmaculado. (Sobre las diferencias 2,33,125)

    Convertidos católicos, ReL

    Vea también     La espiritualidad de la Eucaristía (usted escoja lo que necesita en este momento)





























    sábado, 19 de septiembre de 2020

    Piensas que la Misa es aburrida? Te haremos cambiar de opinión

    misa aburrida fiesta cambiar opinion

    Es aburrido lo que sucede en la misa, renovación del Calvario? ¿O somos nosotros quienes llevamos el aburrimiento puesto?

    En un reciente artículo publicado en la página web de la diócesis de Nueva York, El cardenal Timothy Dolan no le duelen prendas a la hora de rebatir con energía a quienes alegan el "aburrimiento" de la misa como excusa para no asistir a ella ni siquiera cuando es obligatorio (los domingos y fiestas de guardar)
    Se ha reproducido de manera íntegra su publicación en vista de la contundencia de la argumentación y los ejemplos que hay en el mismo. A continuación el artículo 
    ¿La misa es aburrida?
    “¡La misa es tan aburrida!”
    ¿Cuántas veces ustedes, padres, han oído a sus hijos decir estas palabras el domingo por la mañana? ¿Cuántos de ustedes, profesores y catequistas, lo escuchan cuando los preparan para la misa? Y, admitámoslo, ¿Cuántas veces nos lo hemos dicho a nosotros mismos?
    ¿Qué decimos ante una afirmación tan desafortunada y casi sacrílega?
    Bien, para empezar, simplemente respondemos: ¡No, no lo es! Tal vez encuentres que la misa sea aburrida, pero es más tu problema que un defecto de la misa.
    Hay muchas actividades importantes de la vida que podemos considerar "aburridas": las visitas al dentista; los pacientes con insuficiencia renal me dicen que ir a diálisis tres veces a la semana no es nada emocionante; votar no es nada divertido. Pero las tres son importantes para nuestro bienestar y su valor no depende de nuestra euforia cuando las hacemos. La misa es, sin duda, más importante para la salud de nuestra alma que estos ejemplos.
    Nuestro problema es el aburrimiento, y los comentaristas sociales dicen que hoy somos muy susceptibles al mismo, visto lo acostumbrados que estamos a titulares que duran treinta segundos o a cambiar de canal cuando el programa que estamos viendo nos hace bostezar.
    Gracias a Dios, el valor de una persona o de un acontecimiento no depende de su tendencia a "aburrirnos" de vez en cuando. ¡La gente y los acontecimientos significativos no existen para entusiasmarnos, a no ser que seamos unos mocosos narcisistas y mimados!
    Esto es especialmente verdad del Santo Sacrificio de la Misa. Creemos que cada Misa es la renovación del acontecimiento más importante, más crítico que ha ocurrido nunca: el sacrificio eterno, infinito de alabanza de Dios Hijo a Dios Padre, en una cruz en el Calvario, un Viernes llamado "Santo".
    Si lo pensamos bien, los soldados romanos también estaban "aburridos" mientras se burlaban de Jesús y echaban los dados para ver cuál de ellos se quedaba con su túnica, la única propiedad que Él tenía.
    Dos: no solemos ir a Misa para divertirnos, sino para rezar. Si las flores en el altar son bonitas; si la música es buena; si funciona el aire acondicionado; si la homilía es corta y llena de significado; si los participantes son amistosos… todo, seguramente, ayuda.
    Pero la Misa funciona incluso, cuando todo lo que he dicho antes, no está, y, es triste decirlo, ¡a menudo no está!
    Porque la Misa no es sobre nosotros, es sobre Dios. Y el valor de la Misa viene de nuestra simple y a la vez profunda convicción, basada en la fe, de que durante una hora el Domingo somos parte del más allá, elevados a lo eterno, partícipes del misterio, mientras nos unimos a Jesús resucitado en la acción de gracias, el amor, la expiación y el sacrificio que Él ofrece eternamente a Su Padre. Lo que Jesús hace siempre funciona y nunca es aburrido. La Misa no es una tarea rutinaria y tediosa que hacemos por Dios, sino un milagro que Jesús hace con y para nosotros.
    Un señor me contó lo que significaba la comida familiar del domingo, el corazón de la semana cuando él era pequeño. ¡La comida era tan buena porque su madre cocinaba muy bien, y la mesa tan feliz porque su padre siempre estaba allí!
    Incluso cuando se casó y tuvo sus propios hijos, iban a casa de sus padres para la comida dominical. Cuando sus hijos fueron más mayores le preguntaban si "tenían que ir", porque, sí, a veces la encontraban "aburrida". ¡Sí, tenéis que ir, porque no vamos por la comida, sino por amor, porque mamá y papá están ahí!
    Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras se acordaba de esto, porque cuando su madre y su padre envejecieron la comida no era tan buena ni la compañía tan chispeante, pero él nunca dejó de ir porque ese acontecimiento dominical tenía una significado muy profundo, aunque su madre quemara la lasaña y su padre diera cabezadas.
    Y ahora, concluyó, daría lo que fuera para poder estar de nuevo allí, porque su madre ha fallecido y su padre está en una residencia de ancianos. Ahora son él y su mujer los anfitriones de esa comida y él espera que sus tres hijos lleven, en un futuro, a sus esposas e hijos a la comida del domingo.
    Ves, el valor de la comida del domingo no depende de la bondad de la comida; de lo caro que es el vino; de lo interesante que sea la conversación. Seguramente todo esto ayuda, pero lo que tiene real valor es el acontecimiento en sí mismo.
    Lo mismo sucede con la comida del Domingo de nuestra familia espiritual: la Misa.
    Hay gente que piensa que un partido en el estadio de los New York Yankees es aburrido; otros piensan lo mismo de la música country; hay gente que me dice que valores como la amistad, el voluntariado, la familia, la lealtad, la generosidad y el patriotismo están pasados de moda, ya no producen entusiasmo... ¡Diría que tienen un problema!
    ¡Y algunos me dicen que "la misa es tan aburrida..." Los "ojos de su corazón", los ojos de la fe están cerrados. No "ven" a Jesús que se sacrifica y resucita, no 'oyen' cómo Él les habla por las Escrituras que se proclaman. ¿Dónde está el problema? ¿En la Misa....?
    -
    Publicado originalmente en: Religión en Libertad


    martes, 12 de mayo de 2020

    Coronavirus: ¿Cómo iremos ahora a misa?

    La reapertura de las iglesias se hará con prudencia en el mundo entero. 


    Al haber pasado los “picos” o puntos de inflexión de contagios del Covid-19, se vuelve lentamente a la normalidad, a llevar una vida sin confinamientos, aunque todo irá de un modo escalonado, siguiendo las pautas que marca la Organización Mundial de la Salud y que han aceptado todos los países.  
    Lo mismo pasa con la reapertura de los templos, de las iglesias, y del culto. Hay un grupo de países que han reabierto con toda normalidad. Son los de los países cuyo índice de afectados por coronavirus es muy baja o inexistente y la mortalidad prácticamente nula. Una buena parte de estos países se encuentran en Asia, donde se inició la pandemia. Estos son los casos de Cora del Sur, Japón, Vietnam, Chile, Panamá y Polonia, Paraguay, Jerusalén, entre otros.
    De cara a las próximas dos semanas abrirán los templos también en casi todos los países europeos, como España, Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, y algunos estados de los Estados Unidos y de América del Sur. La apertura se hará tomando precauciones para evitar un rebrote de la pandemia.
    Ante todo, hay que destacar el ejemplo y la entrega de los sacerdotes, religiosos y religiosas durante el confinamiento, haciendo llegar los sacramentos, siempre que ha sido posible, a los enfermos y familias confinadas. Hay que destacar también la gran labor de los voluntarios de las parroquias y organizaciones católicas.
    Ha sido ejemplar ver cómo se han utilizado las nuevas tecnologías para hacer llegar la paz, la esperanza y fortalecer la fe a todos aquellos fieles que estaban imposibilitados de poder salir a las iglesias. Además, numerosos templos, aunque sin culto público, han abierto sus puertas para que los fieles que pudieran –los más cercanos físicamente—fueran a rezar manteniendo las distancias y siguiendo los consejos dados por las autoridades durante el confinamiento.

    ¿Cómo podría ser ir a misa después el coronavirus? Aquí algunas respuestas (Galería)

    ¿Qué normas han seguido las conferencias episcopales y los obispados ante la pandemia del coronavirus?
    El periodista que escribe ha repasado una buena parte de los documentos emanados por las distintas conferencias episcopales durante el coronavirus. Así, los obispos han seguido las indicaciones sanitarias de las autoridades civiles y cooperando con ellas, tanto en el confinamiento como en el desconfinamiento. Es imposible, con el espacio que disponemos, citar a todas las conferencias episcopales.
    Ahora muchas están negociando con sus gobiernos civiles, para escalonar el desconfinamiento y así evitar un rebrote de la pandemia.
    En cuanto al culto, algunas conferencias –no todas– han aconsejado tomar las siguientes precauciones por motivos de seguridad y prevención sanitarias: dar la comunión a la mano; no comulgar con las dos especies (es decir no beber del cáliz la Sangre de Jesucristo); la omisión del saludo de la paz dándose la mano, y sustituyéndolo por una inclinación de la cabeza; mantener en los bancos las distancias de dos metros entre las personas; aumentar el número de misas para que puedan asistir todos; evitar el uso del agua bendita en la puerta de los templos; en lo posible, que las iglesias tengan desinfectantes a la entrada del tempo.
    En todos los templos abiertos, o a través de las plataformas digitales, se ha elevado oraciones a Dios y a la Santísima Virgen para pedir el fin de la pandemia, siguiendo lo que ya ha hecho el papa Francisco: pedir a la Virgen Salus Populi Romani, el fin de la pandemia.




    MASS
    Shutterstock | Dziurek

    Los obispos de las Islas Filipinas, por su parte, han decidido consagrar las islas y todo el pueblo, al Inmaculado Corazón de María. La ceremonia tendrá lugar el día 13 de mayo, fiesta de la Virgen de Fátima y aniversario de la primera aparición de la Virgen a los tres pastorcillos. Los obispos filipinos siguen así la senda de la consagración de que hicieron los obispos de Estados Unidos y Canadá a la Virgen María el pasado 1 de mayo.
    También el Domingo de Pascua el Consejo Episcopal de América Latina y el Caribe (CELAM) consagró sus respectivas naciones a Nuestra Señora de Guadalupe.
    Dado que estamos en el mes de mayo, un mes dedicado a la Virgen María, en muchas diócesis se retransmite el Santo Rosario, como ha pedido el Papa, por internet. Tal es el caso de Miami, desde donde se rezan tres rosarios al día: uno en inglés, otro en español y otro en criollo, entre las 5 y las 7:30 de la tarde (PM).
    Paraguay ha elevado sus oraciones y su ofrecimiento a la Virgen de Caacupé. También en Cuba se hacen en este mes romerías virtuales, según informa la prensa cubana. En China, la Iglesia, aunque perseguida, ha ayudado a dar mascarillas a los que lo necesitan, así como comida y cuidados para los más necesitados, informa Zenit.
    Los obispos africanos, reunidos en la conferencia de los obispos de África y Madagascar (SECAM) Nairobi (Kenia), bajo la presidencia del cardenal Philippe Ouedraogo, de Burkina Faso, han pedido que se eleven oraciones para el fin de la pandemia y que se rece el Santo Rosario, como ha pedido el Santo Padre.
    En definitiva, la fidelidad al papa Francisco y su coordinación con las autoridades civiles, han sido las dos pautas que han seguido las conferencias episcopales de todo el mundo, al tiempo que facilitar en todo lo posible los sacramentos y la asistencia espiritual y humana a los fieles de todo el mundo.
    Salvador Aragonés, Aleteia

    Vea también Valor y Significado de la Santa Misa - Papa Francisco



    martes, 5 de mayo de 2020

    Vivir la Santa Misa en la pantalla... durante el confinamiento y después

    LA FE EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS
    Desde que empezamos a acostumbrarnos a asistir virtualmente
     a la Misa diaria
     durante el confinamiento por la pandemia del
    coronavirus, me preocupaba la advertencia del Papa Francisco en
    su Misa del 17 de abril: que podríamos llegar a ver como normal
    «una vida cristiana sin comunidad, sin sacramentos, sin Iglesia», conformándonos con hacer una Comunión espiritual. Nos dijo también
     que así «estamos todos comunicados, pero no juntos, espiritualmente juntos», cuando «el ideal de la Iglesia es estar siempre con el pueblo y
    con los sacramentos».
    De la experiencia en un primer plano televisivo y la
    interacción  con el sacerdote a la adoración del Santísimo
    en nuestra casa
    Efectivamente, corremos el peligro (según la formación de cada uno) de incluso haberle cogido indebido gusto a estas soluciones provisionales y luego recordarlo con nostalgia, sin reconocer que no estábamos física y presencialmente incorporados a la comunidad y, lo
    que es más grave, sin echarlo de menos demasiado.
    Sin embargo, a pesar de las presentes limitaciones, y precisamente por
    ellas, sí que podemos mejorar en esta prolongada experiencia
    ciertos conceptos y prácticas
     para, no pudiendo reunirnos en una asamblea real, unirnos mejor espiritualmente si verdaderamente
    deseamos compartir en nuestros corazones esa retransmisión en
    directo de la Santa Misa, puesto que, precisamente por la comunión
    de los santos, los  cristianos, vivos y muertos, compartimos un solo
    cuerpo místico con Cristo, su cabeza. Y esto es una realidad que, antes
    de presenciar virtualmente cada celebración real —ofreciéndole al
    Padre el sacrificio de nuestro inevitable ayuno eucarístico—, debemos
    pedir la ayuda del Espíritu Santo para enfrentarnos mejor con ese
    «misterio de presencia, por medio del cual se realiza de forma
    suprema la promesa de Jesús de permanecer con nosotros hasta el
    fin del mundo», como nos dijo San Juan Pablo II en Mane
    nobiscum Domine
     (16).
    Y en cuanto a nuestra interacción con nuestros sacerdotes celebrantes,
    la retransmisión mediática nos da la oportunidad (en la medida en que ellos procuren formar a los fieles teológica y litúrgicamente) de mejorar nuestra actuación como co-celebrantes. Pero esto solo se logra cuando las cámaras son utilizadas sabiamente: si nos introducen debidamente en el presbiterio (lo que no hacemos en la iglesia, según donde nos pongamos), y si no dejan de mostrarnos cada acto litúrgico, sabiendo fijar nuestra atención, no en cosas que nos distraen inoportunamente (p. ej., durante la homilía, la preparación de las ofrendas, el lavabo), sino en las que quizá antes no sabíamos valorar.
    Pero no dejemos de mencionar que el confinamiento por la pandemia ha supuesto para muchos católicos el feliz descubrimiento de experimentar la Presencia Eucarística de Cristo en la intimidad de su hogar a través de la tele o el ordenador. Los que tienen durante el año un turno en una capilla de Adoración han podido seguir haciéndolo en directo en la intimidad de capillas de diferentes lugares en distintos países, por ejemplo, en los dos conventos donde estuvo Santa Faustina Kowalska: el de Cracovia (en Google: “online transmission krakow”) y el de Vilnus (con otros, en “online perpetual eucharistic adoration vilnus”). Y esto ha aumentado para muchos el deseo de recogerse con Jesús Sacramentado en momentos que luego añadirán a su turno habitual, mientras que otros, que han aprendido en estas circunstancias a acercarse así a Él, podrán seguir haciéndolo.
    Asistir a la Misa en casa, no verla
    Pero, al ser interpelados por el Papa Francisco, y puesto que aún nos encontramos limitados a la ya habitual asistencia no presencial, sino virtual a través de nuestro televisor o de un ordenador, sigamos aprovechando esta experiencia (ahora y después de la pandemia) para examinar cómo hemos vivido así la Santa Misa y cómo, al terminar el confinamiento, habremos podido mejorar nuestra actitud y nuestro comportamiento tanto en casa como en la iglesia. Por supuesto, si comentamos al menos algunas de sus partes, veremos que la celebración eucarística es, o debe ser, una interacción espiritual y multisensorial en la cual la percepción por los sentidos es muy importante; aunque es cierto que pueden reducirla a un medio-asistir quienes en la iglesia se conforman con ponerse en lugares desde los cuales no pueden ver ni el altar ni al celebrante, tal vez solo el ambón, o ni eso. Por eso, comprendamos que, aunque estemos en nuestra casa (en la sala, en un dormitorio, en la cocina), debemos asistir a la Santa Misa, no ver la Misa.
    El entorno casero y el entorno televisado
    En primer lugar, consideremos el entorno televisado y nuestra relación espacial y sensorial con sus diversos componentes, que he estudiado en mi libro Comunicación no verbal y liturgia. Interacción personal y con el espacio en la celebración eucarística. Limitémonos a recordar la a veces indebida interacción con el entorno del templo a que nos obligan las cámaras cuando nos distraen de la celebración enseñándonos inoportunamente el retablo, las hermosa bóveda, cuadros o imágenes y, por supuesto, la asamblea de los fieles, si los hay. Esto último resulta adecuado para, por ejemplo, momentos antes de salir el celebrante sentirnos parte de la comunidad, pero no cuando lo repiten como si pretendieran familiarizarnos con las personas, volviendo a algunas de ellas, incluso incitándonos a observarlas individualmente con el zoom, algo no lejos de la invasión visual.
    En cuanto a nosotros, los fieles en casa, se trata de adaptar nuestro entorno con el percibido más allá del marco de la pantalla a fin de identificarnos mejor con la celebración eucarística que presenciamos virtualmente. Para ello necesitamos: ubicar armónicamente nuestros asientos, considerándonos como unos fieles que forman una asamblea en casa; orientar la mirada hacia el sacerdote —que está allí, actuando in persona Christi— para dejarnos imbuir mejor de sus mismos sentimientos hacia el misterio eucarístico; y, sobre todo, reconocer la realidad del altar, que de pronto es como si lo tuviéramos en nuestra casa. Porque, «¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo, sino la imagen del Cuerpo de Cristo?», decía San Ambrosio, confirmado por el Catecismo: «El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar» (1383).
    Por tanto, nada será demasiado por nuestra parte para honrar debidamente ese altar. En nuestro caso, y en el de muchos, “asistimos a Misa” en la sala, donde nosotros tenemos un ordenador en la mesa de comedor (cubierta de un mantel blanco), flanqueado por dos velas y dos pequeños floreros, un crucifijo que cuelga de la lámpara y, detrás, una imagen de la Virgen de Fátima y otra del Corazón de Jesús. También, para no tener que imaginar la fragancia del incienso con que se nos inciensan en ciertas ocasiones desde el presbiterio, ponemos en la mesa un pequeño incensario con incienso litúrgico, símbolo de nuestra oración, que se eleva «como incienso en tu presencia» (Sal 141:2).
    ¿Y qué se pone uno para asistir a una celebración a través de la pantalla?
    En cuanto a cómo nos vestimos para la Misa, si bien ciertas personas, por su estado de salud, es lógico que vayan incluso en pijama y bata (tal vez tengan que estar en la cama y tengamos que montar lo que podamos en su dormitorio), los demás debemos observar cierto recato y al menos no vestirnos como no saldríamos a la calle o iríamos de visita. Y, para Misa dominical y, por supuesto, en días especiales, como los que hemos pasado en confinamiento en 2020 (Domingo de Ramos y el Triduo Pascual), que nuestra indumentaria sea digna de tales celebraciones, pues obramos muy erróneamente si “nos ponemos de fiesta” por la gente que nos verá en la iglesia y no porque vamos a presentarnos ante nuestra Santísima Trinidad y, real o virtualmente, recibir a Cristo en persona.
    El agua bendita en la casa: presencia y práctica del sacramental
    La buena y muy antigua costumbre (desde el siglo X) de santiguarse con agua bendita al entrar en la iglesia cuando vamos a la Misa, es uno de los sacramentales de la Iglesia (hoy víctima del miedo a contagios) que podemos observar igual en casa cuando nos preparamos para ver la Santa Misa en la tele o en el ordenador; no, por supuesto, como un precipitado garabato, y pidiendo a nuestra Trinidad que nos purifique y libere de todo lo que podamos traer que, no siendo de Dios, pueda dañarnos y distraernos, a fin de que nos disponga para nuestra cita con Él. En cuanto a la aspersión con agua bendita en memoria del Bautismo (rito a la vez purificador y penitencial pidiéndole a Dios que renueve en nosotros aquellas gracias recibidas), la vemos en las misas dominicales televisadas durante el tiempo pascual; pero no tenemos por qué limitarnos a ser meros espectadores de este rito, puesto que podemos participar espiritualmente si con nuestra propia agua bendita nos santiguamos cuando vemos el hisopo dirigido hacia nosotros.
    Puntualidad de asistencia
    Por lo que respecta a la puntualidad en nuestra asistencia a la celebración (físicamente virtual, pero con una relación espiritual), una vez que vemos el interior del templo en la pantalla, quedémonos ya quietos cada uno en nuestro sitio; el teléfono, si no descolgado (para que registre las posibles llamadas), sin timbre, y nunca cometiendo la gran irreverencia de contestarlo (a menos que pueda ser una probable urgencia), y que nadie, excepto una persona enferma, siga tomando ni bebiendo nada, sino esperando a que salgan los celebrantes, no todavía por la casa: “Pon la tele, que ya estará la Misa”, “Que habrá empezado ya”, etc. No pocos fieles llegan habitual y hasta escandalosamente tarde a la iglesia (aunque antiguamente procuraran no perderse nada de aquel noticiario No-Do de los cines previo a la película), por no reconocer su posible gravedad e ignorar la importancia teológica de cuanto ocurre desde el saludo inicial del presidente.
    ¿Y qué posturas adoptamos los fieles asistiendo a la Santa Misa en nuestra casa?
    Dice la Ordenación General del Misal Romano (OG): «La disposición de bancos y sillas… sea tal que los fieles puedan adoptar las distintas posturas recomendadas para los diversos momentos de la celebración» (311). Lo que en el caso de la Misa en casa significa que, según las posibilidades de cada circunstante, si estamos verdaderamente participando en la celebración (deseando estar espiritualmente unidos a los muchos que viven la misma situación), no adoptaremos en ningún momento posturas impropias de la iglesia (p. ej., con las piernas cruzados o estiradas), ni recostados en un sofá; y durante la consagración «estarán de rodillas» (OG 43) —excepto por razones lógicas que la Iglesia reconoce—, porque, como nos decía el entonces cardenal Ratzinger en El espíritu de la liturgia: «No cabe otra reacción posible que caer de rodillas... es el momento de la gran actio de Dios en el mundo, por nosotros». Efectivamente, por medio del sacerdote, que actúa in persona Christi, el pan y el vino van a convertirse en Cristo mismo, ante el cual «toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo» (Filipenses 2:10). Mejor aún, observando la buena costumbre de repetir en cada ostensión las palabras del apóstol Tomás al reconocer a Jesús resucitado: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20:28), recomendada por el Papa San Pío X.
    Los silencios litúrgicos, vividos también en la casa
    Asistiendo a la Misa transmitida por los medios, podemos acostumbrarnos aún mejor a reconocer el valor de ciertos silencios que se hacen en la celebración que no son meros vacíos o pausas, sino que están llenos en sí mismos de significado litúrgico. Unos son los silencios del sacerdote en sus oraciones secretas, que serían más beneficiosos, y no motivo de distracción o vacío, si tuviéramos la debida preparación litúrgica y supiéramos lo que el sacerdote está diciendo en cada una; y, por supuesto, si la cámara no nos desviara inoportunamente durante algunas de ellas (como podemos observar desde ahora) como si tuviera que proporcionarnos un breve descanso y hacernos ver otras cosas, interrumpiendo cada vez nuestra participación. Por ejemplo:
    -antes de proclamar el Evangelio, inclinado hacia el altar: «Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente el Evangelio»;
    -preparando las ofrendas: «El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana»;
    -después de presentar las ofrendas: «Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro»;
    -durante el lavabo: «Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado»;
    -haciendo, antes de la Comunión, la inmixtión tras la fracción del pan (dejando caer en el vino un trocito de la Hostia consagrada: «El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna»;
    -preparándose para comulgar: «Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa del alma y cuerpo y como remedio saludable» (u otra fórmula);
    -comulgando: «El Cuerpo de Cristo/La sangre de Cristo me guarde para la vida eterna», que a veces dice audiblemente, haciendo que muchos se sientan obligados a decir “Amén”.
    Otros son silencios compartidos por el sacerdote y los fieles:
    -como inicio del acto penitencial, para hacer todos un breve examen de conciencia y poder purificarnos antes de proseguir, pero a menudo indebidamente reducido a un par de segundos;
    -el de la primera parte de la oración colecta, cuando el sacerdote nos invita: «Oremos». «Todos, junto con el sacerdote, observan un breve silencio para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente sus súplicas» (OG 52), generalmente casi inexistente;
    -en la preparación de las ofrendas, que, según nos aseguraba el cardenal Ratzinger, no debe ser para nosotros una mera espera o pausa vacía de significado —en la que podemos distraernos, mucho más en la Misa televisada si la cámara nos arranca una vez más de la presencia del sacerdote y del altar—, sino un silencio litúrgico «lleno de contenido», una «oración común» en que «el proceso exterior se corresponde con un proceso interior: la preparación de nosotros mismos» que nos prepare para el milagro de la transubstanciación;
    -el silencio después de la Comunión, «sagrado silencio que se observa después de la Comunión» (OG 43), para que «alaben a Dios en su corazón y oren» (OG 45), no para mirar a los demás y distraerse, y sin que tengamos que oír demasiado pronto ese «Oremos» que nos saca de nuestro recogimiento; y no solo silencio, sino silencio y quietud, y, como decía el padre Aldazábal en un cursillo para sacerdotes: «Todos… deben quedarse quietos… callados, sin música ni cantos», como debemos comportarnos en casa después de haber hecho la Comunión espiritual, quitando el sonido a la retransmisión hasta que el sacerdote se levante para decir: «Oremos».
    Algún rito más cuya técnica de retransmisión podría mejorar y favorecer nuestra participación desde casa
    Por ejemplo, la preparación y la presentación de las ofrendas constituyen un doble rito muy importante, cuando el sacerdote, después de presentar a Dios Padre la forma sobre la patena, vuelve a la credencia (o al extremo del altar) y echa de las vinajeras al cáliz un poco de vino y unas gotas de agua para también presentarlo, porque «Siguiendo el ejemplo de Cristo, la Iglesia ha usado siempre pan y vino con agua para celebrar el banquete del Señor» (OG 319), recordándonos que del costado de Cristo fluyeron sangre y agua.
    Pero necesitamos que la cámara nos permita observar todo esto atentamente, en lugar de volver a enseñarnos inoportunamente la iconografía, o las bóvedas, o una vidriera, o el cirio pascual. Seguro que a muchos fieles les vendría muy bien, pues en la iglesia muchos se saltan la preparación, haciendo un espacio para hablar, comentar algo o mirar a los demás, hasta que, después del lavabo, el «Orad, hermanos» del prefacio les hace volver a la celebración; una pena, ya que, aunque la presentación se haga a veces en silencio, no son momentos, como explicaba el cardenal Ratzinger, para convertirlos irreverentemente en mera espera o pausa vacía de significado, pues, es, como otros que hemos visto, un silencio litúrgico lleno de contenido, cuando nosotros mismos nos presentamos al Señor junto con esas ofrendas.
    Y cuando a continuación se hace el lavabo, tampoco necesitamos en absoluto que la cámara nos anime la celebración llevándonos por el templo, o que enfoque solo el cáliz y la patena, sino dejarnos ver dónde está y qué hace el sacerdote y cómo lo hace, y pensar en su significado. Los antiguos sacerdotes judíos se lavaban las manos (Éxodo 30:17-21), y hoy nuestra Iglesia nos dice: «El sacerdote se lava las manos en el lado del altar. Con este rito del lavabo se expresa el deseo de purificación interior» (OG 76), es decir, preparándose para llevar a cabo con sus manos el milagro que se obrará en la consagración; por tanto, no hay razón para omitir este rito tan significativo, del cual el padre Aldazábal nos decía en su libro La Eucaristía, aludiendo al Salmo 26:6 («Lavo y purifico mis manos»), que es «un acto de humildad y de purificación por parte del presidente, que va a elevar las manos hacia el Padre y con ellas pedir la venida del Espíritu y luego tomar el cuerpo y sangre de Cristo para ofrecerlos a sus hermanos». Por eso dice mientras lo hace: «Lava del todo mi delito, Señor; limpia mi pecado», como el rey David: «Lávame a fondo de mi culpa y de mi pecado purifícame» (Salmo 51:4).
    Poco después, tras la gloriosa alabanza del «Santo, Santo, Santo…» —que, tanto en la iglesia como en nuestra casa, debemos cantar o recitar con entusiasmo, no apagadamente, puesto que lo hacemos, como anuncia el sacerdote, «con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales» (¡que se nos note en la voz y en la cara!)—, llegamos a la consagración, cuando el sacerdote pronuncia las palabras que dijo Jesús en su última Cena y, una vez más en la historia de la Iglesia, por la acción del Espíritu Santo, se obra la transubstanciación, el milagro de la conversión del pan y el vino en Cuerpo y Sangre de Cristo (confirmada a través de los siglos en numerosos milagros eucarísticos). Pues bien, mientras el sacerdote, en un profundo silencio litúrgico, nos muestra la Hostia consagrada y luego el cáliz, como primer plano de la cámara, miremos ambos fijamente, ese Cuerpo y esa Sangre, como nos dice el cardenal Ratzinger, «en una contemplación que es, a la vez, agradecimiento, adoración y petición para nuestra transformación interior». Y también él nos recuerda: «Pío X fomentó la jaculatoria “Señor mío y Dios mío” durante las dos elevaciones, concediendo además una indulgencia con la condición de que “miraran a la hostia y al cáliz”»; por eso los sacerdotes concelebrantes «miran la hostia y el cáliz cuando el celebrante principal los muestra a los fieles y luego se inclinan profundamente» (OG 222).
    Es el momento cumbre y más sublime de la Santa Misa, y un regalo de Dios el que hoy día podamos vivirlo a través de una pantalla, arrodillados en la intimidad de nuestra propia casa y recordando las palabras de Jesús: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mateo 28:20). En efecto, vivámoslo como el regalo que la humanidad jamás hubiera podido ni maginar, en confirmación de uno de los versículos más conocidos y memorizados de toda la Biblia: «Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3:16).
    La Comunión espiritual
    «Si los mundanos te preguntan por qué comulgas tan a menudo, respóndeles que es por aprender a amar a Dios, por purificarte de tus imperfecciones, por librarte de tus miserias, por consolarte en tus aflicciones, por fortificarte en tus flaquezas» (San Francisco de SalesIntroducción a la vida devota, ii, xxi).
    Asistiendo a la Misa desde nuestra casa, una vez que ha comulgado el sacerdote y se dispone a distribuir la Comunión a los fieles (si los hay), podemos nosotros hacer nuestra Comunión espiritual, suprimiendo cualquier comentario o música que hubiera en la retransmisión, hasta que se levante el sacerdote para darnos la bendición final y despedirnos, pues solo así conseguiremos ese debido «sagrado silencio que se observa después de la Comunión» (OG 43), ya aludido. El mismo Catecismo lo corrobora, puesto que «recibir la Eucaristía en la Comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús» (1391).
    Recordemos también cómo Santa Teresa, a quien el Señor bendecía con visiones después de la Comunión, nos aconseja en Camino de perfección: «Procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma, y miraros al corazón» (XXXIV.12). Así pues, si creemos que, aunque no podamos recibir a Cristo directamente, Él puede hacerse presente en nosotros, hagamos lo posible por recogernos en este silencio total en nuestra casa.
    Como nos explicaba recientemente el teólogo padre Pablo Cervera: «La ausencia de sacramentos (signos sensibles portadores de la gracia) no significa ausencia de gracia», pues «La gracia no está sometida a los sacramentos» (Catecismo, 1275). Por eso, durante la pandemia, como en otras ocasiones en que nos es imposible comulgar (por estar en pecado mortal y no poder confesar, por no haber cumplido el ayuno prescrito, etc.), podemos recurrir a la Comunión espiritual, para lo cual la fórmula habitual es la oración que compuso San Alfonso María de Ligorio (1696-1787):
    Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Pero como ahora no puedo recibirte sacramentado, ven al menos espiritualmente a mi corazón [pausa de adoración]. Como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a ti. No permitas, Señor, que jamás me separe de ti. Amén.
     Fernando Poyatos ReL

    Por temor a nuevos atentados, celebran misas por televisión ...