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sábado, 19 de abril de 2025

Resucitar a la vida: un llamado a la alegría y a la valentía

 

La resurrección encierra un significado profundo y universal: la posibilidad de renacer emocionalmente, de levantarnos del abismo interior cuando todo parece perdido.

Solemos asociar a la resurrección con nuestra fe, con el regreso a la vida después de la muerte, de nuestro Señor Jesús, pero es mucho más que eso, pues resucitar genera un cambio que nos trae alegría y valentía. 

Todos hemos atravesado etapas oscuras. Pérdidas dolorosas, fracasos, enfermedades, traiciones. Momentos que nos han hecho sentir agobiados. Pero así como en la tradición cristiana la muerte no tiene la última palabra, en nuestra vida cotidiana el dolor tampoco la tiene. Siempre hay un margen para reiniciar.

Renacer implica volver a intentarlo, incluso cuando el fracaso aún duele. Es abrirse a una nueva perspectiva, dejar de centrarse en lo que se perdió y comenzar a valorar lo que aún es posible. A veces, basta con mirar desde otro ángulo para descubrir que la vida sigue ofreciéndonos caminos que no habíamos notado antes. 

La verdadera alegría

Happy woman walking in flowering field

Hay quienes creen que la alegría solo llega cuando todo va bien. Sin embargo, la verdadera alegría es, muchas veces, un acto de resistencia. Surge como una chispa en medio de la oscuridad.

Es la risa que nace tras las lágrimas, el gozo de un abrazo sincero, la calma de una tarde soleada después de una tormenta interior. Cultivar alegría no significa negar el dolor, sino abrirle espacio al alma para respirar.

Es reconocer que, incluso en el caos, hay motivos para agradecer, para celebrar, para seguir vivos. Y es justamente en los momentos más difíciles cuando elegir la alegría se convierte en un acto de profunda valentía.

Miedo a la muerte

Uno de los grandes temores humanos es la muerte. Pero vivir con el miedo constante a dejar de existir nos impide, paradójicamente, vivir de verdad. Parte de nuestra resurrección interior consiste en reconciliarnos con nuestra mortalidad, no como una amenaza, sino como una invitación a saborear intensamente el presente. 

Aceptar que la vida tiene un final nos impulsa a valorar cada día como un regalo irrepetible, con sus desafíos y sus sorpresas, a decir lo que sentimos, a perdonar lo que nos han hecho, a realizar lo que anhelamos, sin seguir postergando.

Nos lleva a actuar con propósito, conectados con lo que realmente importa. A vivir con pasión, sabiendo que cada instante puede ser el inicio de algo nuevo. Cuando dejamos de centrar nuestra energía en el temor, aparece la fuerza para vivir con plenitud.

Inicio de una nueva vida

Cada amanecer encierra la promesa de un nuevo comienzo. Cada momento puede ser una oportunidad para dejar atrás lo que nos oprime y abrazar lo que nos hace vibrar. La vida, con todo su misterio, nos sigue llamando a levantarnos, a reconstruirnos, a redescubrirnos con más ternura, más sabiduría y más coraje. 

Tal vez no podamos cambiar muchas de las circunstancias externas, pero sí podemos transformar nuestra actitud interior. Y en ese pequeño gran giro se esconde la libertad más poderosa: la de elegir cómo es que quieres vivir a partir de ahora.

Hoy es un buen día para resucitar. Para mirarnos con nuevos ojos, para sacudirnos el polvo sucio del alma, para recordar que aún podemos vivir con alegría, sin miedo y con propósito. Es tiempo de retomar nuestra luz interior, esa que jamás se apaga, aunque la noche parezca interminable.

Guillermo Dellamary, Aleteia

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miércoles, 9 de agosto de 2017

Pregunta 226: ¿Su Fe es la Fe de la Iglesia? ¡Compruébelo!

Esta es nuestra Fe, la Fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 Necesidad de la confesión



226 Si ya tenemos el Bautismo, que nos reconcilia con Dios, ¿por qué necesitamos entonces un sacramento específico de la Reconciliación?
Si bien el Bautismo nos arranca del poder del pecado y de la muerte y nos introduce en la nueva vida de los hijos de Dios, no nos libra de la debilidad humana y de la inclinación al pecado. Por eso necesitamos un lugar en el que podamos reconciliarnos continuamente de nuevo con Dios. Esto es la confesión. [1425­-1426]


Confesarse parece no estar de moda. Quizá sea difícil y al principio cueste un gran esfuerzo. Pero es una de las mayores gracias que podamos comenzar siempre de nuevo en nuestra vida, realmente de nuevo: totalmente libres de cargas y sin las hipotecas del pasado, acogidos en el amor y equipados con una fuerza nueva. Dios es misericordioso, y no desea nada más ardientemente que el que nosotros nos acojamos a su misericordia. Quien se ha confesado abre una nueva página en blanco en el libro de su vida.

Necesidad de la confesión

* El texto (pregunta y respuesta) proviene del Youcat = Catecismo para Jóvenes. Los números que aparecen después de la respuesta hacen referencia al pasaje correspondiente del Catecismo de la Iglesia Católica que desarrolla el tema aún más. Basta un clic en el número y será transferido. 

lunes, 9 de enero de 2017

Fiesta del Bautismo de Jesús

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo de Jesús

San Juan Pablo II + río de Jordán

Oración de San Pablo II cuando visitó el Jordán donde Jesús se bautizó:

En el Evangelio de San Lucas leemos "Que la Palabra de Dios bajó sobre Juan, Hijo de Zacarías, en el desierto. Y él recorrió toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (3, 2-3). Aquí, en el Río Jordán, cuyas orillas han sido visitadas por multitudes de peregrinos que rinden honor al Bautismo del Señor, también yo elevo mi corazón en oración:
¡Gloria a ti, oh Padre, Dios de Abraham, Isaac y Jaco
Tú has enviado a tus siervos, los profetas
a proclamare tu palabra de amor fiel
y a llamar a tu pueblo al arrepentimiento.

A las orillas del Río Jordán,
Has suscitado a Juan el Bautista,
una voz que grita en el desierto,
enviado a toda la región del Jordán,
a preparar el camino del Señor,
a anunciar la venida de Cristo.

¡Gloria a ti, oh Cristo, Hijo de Dios!
Has venido a las aguas del Jordán
Para ser bautizado por manos de Juan.

Sobre ti el Espíritu descendió como una paloma.
Sobre ti se abrieron los cielos,
Y se escuchó la voz del Padre:
"Este es mi Hijo, el Predilecto!"

Del río bendecido con tu presencia
Has partido para bautizar no sólo con el agua
sino con fuego y Espíritu Santo.

¡Gloria a ti, oh Espíritu Santo, Señor!
Por tu poder la Iglesia es bautizada,
Descendiendo con Cristo en la muerte
Y resurgiendo junto a él a una nueva vida.
Por tu poder, nos vemos liberados del pecado
para convertirnos en hijos de Dios,
el glorioso cuerpo de Cristo.

Por tu poder, todo temor es vencido,
Y es predicado el Evangelio del amor
En cada rincón de la tierra,
para la gloria de Dios,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
a Él todo honor en este Año 
y en todos los siglos por venir. Amén.
S.S. Juan Pablo II
21 de marzo del 2000