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martes, 14 de julio de 2026

El jesuita que corrigió el mapa de Baja California, convirtió apaches y murió echándose una siesta

El tirolés Kino eligió la vocación misionera y embarcó hacia Nueva España en 1680.

Entre 1687 y 1711, Kino dedicó su vida a la evangelización de los pueblos indígenas —pimas, apaches y otras tribus—.

Entre 1687 y 1711, Kino dedicó su vida a la evangelización de los pueblos indígenas —pimas, apaches y otras tribus


    La figura del misionero jesuita Eusebio Francisco Kino sigue siendo una de las más influyentes en la historia de la presencia española en el norte de Nueva España, especialmente en los actuales territorios de Sonora (México) y Arizona (Estados Unidos). El Papa Francisco reconoció sus virtudes heroicas.

    Su legado, reconocido incluso en el Capitolio estadounidense desde 1965 con una escultura conmemorativa, sintetiza como pocos la dimensión evangelizadora, científica y exploradora de España en América del Norte.

    Recorrió 30.000 kilómetros

    Nacido en 1645 en Segno, en el Tirol italiano, Kino destacó desde joven por su talento para las ciencias y las humanidades. Formado en la Compañía de Jesús, adquirió conocimientos sólidos en matemáticas, astronomía y cartografía. 

    Aunque se le ofreció una prestigiosa cátedra en Europa, eligió la vocación misionera y embarcó hacia Nueva España en 1680, convencido de que su vida debía dedicarse a la evangelización y al servicio.

    Sus primeros años en América no fueron sencillos. Participó en la expedición a Baja California de 1683, dirigida por Isidro Atondo y Antillón, donde intentó establecer misiones en un entorno hostil y poco apto para la agricultura

    Tras el fracaso de aquellos asentamientos y una dura sequía en San Bruno, los jesuitas abandonaron California en 1685. Dos años después, Kino emprendió rumbo a la Pimería Alta, donde entró en contacto con los pimas cerca de Cucurpe y fundó la misión de Nuestra Señora de Dolores, punto de partida de una obra que marcaría la región.

    Entre 1687 y 1711, Kino dedicó su vida a la evangelización de los pueblos indígenas —pimas, apaches y otras tribus— y a la promoción de la agricultura, la ganadería y formas de organización más estables. 

    Su labor no se limitó a la predicación: impulsó cultivos, introdujo técnicas agrícolas y fomentó la autosuficiencia de las comunidades.

    Uno de sus mayores logros fue su contribución al conocimiento geográfico de la región. En una época en la que se creía que California era una isla, Kino organizó expediciones al río Gila (1696) y al río Colorado (1698), demostrando que Baja California era una península. Sus mapas y observaciones corrigieron errores cartográficos y facilitaron futuras exploraciones.

    A lo largo de más de dos décadas, realizó unas cuarenta expediciones y recorrió cerca de 30.000 kilómetros, ganándose el apodo de "el padre a caballo"

    Fundó o impulsó más de treinta misiones y asentamientos —Dolores, Sonoita, Tumacácori, San Javier del Bac, Santa María Magdalena— que se convirtieron en centros religiosos, económicos y sociales. Allí se cultivaban cereales, viñedos y frutales, consolidando la vida comunitaria.

    Kino mantuvo una relación relativamente pacífica con las poblaciones indígenas. Su conocimiento de las lenguas locales y su actitud conciliadora le permitieron ganarse la confianza de diversas tribus, hasta el punto de que nunca sufrió atentados contra su vida.

    Su muerte, en 1711, refleja la austeridad que marcó su existencia. Tras inaugurar una capilla en Magdalena (Sonora), falleció descansando sobre dos mantas indígenas y usando la montura de su caballo como almohada.

    Belén Navajas, doctora en Historia y profesora de la Universidad Francisco de Vitoria, es considerada la mayor experta en la figura del jesuita Eusebio Francisco Kino (1645‑1711).

    Entre las virtudes del misionero, Navajas destaca su caridad, comprensión y capacidad de ponerse en el lugar del otro, rasgos propios del carisma ignaciano. Cuando llegaba a un pueblo, se sentaba en el suelo junto a los pimas, conversaba con ellos, escuchaba sus inquietudes y les explicaba sus mapas. 

    A diferencia de otros misioneros, agradecía los bailes y cantos con los que era recibido y animaba a los soldados a participar. Su actitud generaba un clima de confianza que explica por qué nunca sufrió atentados contra su vida.

    Kino mantuvo amistades sinceras con líderes pimas como Coro y Cola de Pato. También defendió su honor recorriendo cientos de leguas hasta Ciudad de México para demostrar que él y sus hombres no eran ladrones de caballos, animales que él mismo había introducido en la región junto con ganado, trigo y otros cultivos.

    Aunque deseó volver a California, las autoridades civiles lo impidieron porque su sola presencia mantenía la paz en la Pimería. Su legado enlaza con el de san Junípero Serra, quien continuó su obra en California tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Ambos tienen estatuas en el Capitolio de Washington. 

    Hoy, la figura del padre Kino encarna una síntesis singular de misionero, científico y explorador. Un hombre de frontera, recordado en México y Estados Unidos por su labor en la Pimería Alta, cuando aquel territorio no conocía fronteras.

    ReL

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