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sábado, 20 de enero de 2024

3 claves para orar desde nuestro interior

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La oración nos lleva hasta el centro más profundo de nuestro ser, nos aproxima a nuestra intimidad, a un lugar en el que quizá no estamos acostumbrados a habitar.


Desde este contacto con nuestro interior, orar tiene la capacidad de reordenarnos, de unificarnos. En el diálogo constante con lo más íntimo, vamos conociendo a Jesús, restaurando nuestra unidad interior y sanando.

André Louf, en su libro A merced de su gracia (Narcea, 1992) nos dice que mientras repetimos el nombre de Jesús aprendemos nuestro propio nombre, el nombre que solo Él conoce y que continuamente trata de enseñarnos. Mientras tratamos de reconocer los rasgos de su rostro, reconocemos los del nuestro.

Para orar desde el interior reconocemos 3 claves:

1. Vivir en contacto con nuestra interioridad

Cuando encontramos a la oración en nuestro ser más profundo, nos familiarizamos con nuestra interioridad y podemos estar allí.

Antes buscábamos a Dios fuera de nosotros, pero ahora nos damos cuenta de que Él está dentro, que es más íntimo que nosotros mismos, como decía san Agustín.

Jesús viene a nosotros desde el interior hacia el exterior y es adentro donde debemos aprender a encontrarlo. Poco a poco en ese contacto con nuestra interioridad, iremos notando que, además de que es el núcleo de nuestro ser, es como una fuente que permite reunificar nuestro ser. Una fuente de fuerza, de luz y de vida.

Nuestras facultades empiezan a funcionar bien en la medida en que estén en contacto con nuestra interioridad, con nuestra identidad más profunda.

2. Solo se ama lo que se conoce

Poco a poco, en la oración, vamos uniendo nuestra inteligencia al corazón. Lograr una inteligencia espiritual, que consiste en unir nuestras intuiciones con nuestros afectos, de este modo creamos una paz profunda que une todo nuestro ser.

En la oración no desaparece nada de lo que somos, por el contrario, se potencia. Cuando nuestra inteligencia se une a nuestro corazón —en donde se encuentra el Espíritu— se experimenta apoyada y fuerte, fecundada por el amor.

El amor se hace inseparable del conocimiento y el conocimiento del amor. El amor se convierte en fuente de conocimiento, no porque sustituya al entendimiento, sino porque abraza al entendimiento desde el interior.

3. La libertad de espíritu

La verdadera libertad es el reflejo del amor en el hombre. Cuando nuestra oración es la constante toma de conciencia del amor de Dios por nosotros, está muy cerca nuestra libertad.

Obrar desde el interior es una muestra de que nuestra oración está ordenando y unificando nuestras facultades hasta convertirlas en una sola con lo que llevamos dentro.

Actuar solo por deber agota nuestro interior, por el contrario, quien ha recibido la gracia de estar a la escucha de su interioridad se hace sensible al Espíritu Santo en él, ese Espíritu que nos empuja a actuar, obrando como una intuición dentro de nosotros.

El que está unido al Espíritu no busca lo correcto, busca lo que Dios le pide en cada momento. Lo que san Agustín llama hacerlo el «Maestro interior».

«Y en cuanto a vosotros, la unción que de Él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa— según os enseñó, permaneced en Él”.

(1 Jn 2,27)

Luisa Restrepo, Aleteia

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sábado, 15 de junio de 2019

¿Cómo me debo vestir para ir a Misa?


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Era domingo por la tarde y me dirigía a Misa, al entrar a mi parroquia observé cómo una señora encargada de la liturgia reprochaba a una joven sobre el modo de vestir con el que acudía esa tarde al templo. La joven, por su parte, alegaba que a Dios no le importaban esos detalles, que Él miraba su corazón y la amaba, más allá de las apariencias. No puedo estar más de acuerdo contigo, le dijo la señora. Pero, también le dijo: pero no olvides que demostramos lo que hay en nuestro corazón con la manera en que vestimos. La joven, se quedó callada.

Quedé sorprendido por la respuesta de esta señora, pues tenía razón. Tantas personas que acuden cada domingo a Misa sin guardar un poco de respeto por la casa del Señor. Muchos son los que acuden con shorts, minifaldas, escotes pronunciados, gorras o, incluso, en chanclas, como si se tratara de una reunión sin importancia.

Me ha tocado ver en algunas parroquias anuncios que antes de entrar, recuerdan a los fieles que es la casa de Dios y, por lo tanto, se debe ingresar a ella adecuadamente vestidos. Pero pareciera que no muchos ponen atención a este recordatorio.

Dice El santo cura de Ars, San Juan María Vianney: “Sí supiéramos el valor del Santo Sacrificio de la Misa, qué esfuerzo tan grande haríamos por asistir a ella”. Y yo añadiría: asistir a ella “apropiadamente vestidos.” Y es que participar de la celebración eucarística no es para menos, es el acto más importante en la vida del católico.

Dios mismo se hace presente entre nosotros. El creador de cielo y tierra, nuestro Padre, baja del firmamento para convertirse en pan, alimento de vida. Y no sólo nosotros participamos de este momento, sino que también, junto con los ángeles y santos, somos testigos de este gran milagro único. Por lo tanto, ¿Sería correcto participar de este momento en short y chanclas? ¿No vale la pena vestirse bien por aquel que nos ha dado todo?

Un joven que tiene su primera cita de amor, acude bien bañado y bien vestido para así demostrarle a la chica lo mucho que le interesa, pues de lo contrario, si decide presentarse con chanclas y short,  daría muestras de un poco o nulo interés. Igualmente, cuando acudimos a una fiesta o evento social, procuramos ir lo más presentables posible, nos gusta vernos bien. Además, de no acudir así, podríamos ser motivo de críticas y señalamientos. Y qué decir de una entrevista de trabajo. Mucho tiene que ver el cuidado que tengas en tu presentación personal para que decidan contratarte o no.

En consecuencia, si podemos vestir bien para ir a una fiesta o a un evento social, en definitiva también podríamos hacerlo para acudir a la casa de Dios. Y es que, nuestra forma de vestir, dice mucho de la estima que tenemos por los demás y por la que guardamos de nosotros mismos. Del mismo modo, cuando acudimos a Misa de tal o cual modo de vestir, demostramos cuánto aprecio y respeto guardamos a Dios y a nuestra relación con Él.

Con esto, no intento establecer un reglamento de cómo vestir para ir a Misa, sino que sólo quiero invitarte a que reflexiones en qué y cuánto amor guardas a Dios y se lo expresas en tu forma de vestir. Pues en definitiva, Él mira nuestro corazón y nos ama, pero ese amor se muestra también con actos externos.


Daniel Alberto Robles Macías, conmasgracia.org