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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Tres maneras de emocionar a tu familia en Adviento

Adviento: alegre espera del nacimiento de Cristo

De niño me emocionaba mucho que llegaran mis tíos de Estados Unidos, cuando estaban aquí los momentos alegres eran más alegres, jugaba con mis primos a los encantados y a las escondidas, y qué decir de las comidas tan sabrosas que preparaban en casa de mi abuelita, me gustaba mucho que vinieran porque parecía que con ellos la vida era más bonita de lo que ya era, así que cada año a finales de mayo no dejaba de preguntarle a mis papás: cuándo llegan, cuándo llegan…
ADVIENTO es la alegre espera del nacimiento de Cristo. Y esa emoción que sentía por saber que mis primos iban a llegar debe ser el doble o triple la que el Adviento debe despertar en todos nosotros por esperar a que Jesús venga esta Navidad.
Como sacerdote el Adviento es de mis épocas favoritas, me alegra pensar en lo emocionado que debió de haber estado el Pueblo de Israel por esperar al Mesías, y aunque tardó cientos de años esperaron con paciencia porque sabían que ese Dios que venía llenaría sus corazones de todos esos anhelos que tanto buscaban.
Ahora imagina la oportunidad tan grande que tienes de vivir con tu familia, hijos y amigos, la emoción de que va a nacer nuestro buen Dios. Yo pienso en Jesús ansioso de poder nacer en medio de tu corazón para habitar allí en tu interior y desde dentro de ti transformar toda tu vida. Con sólo escribir estas cuantas palabras me emociono, ¿no te pasa lo mismo? ¡De esto se trata el Adviento, de ilusionarte por el nacimiento de Jesús, por la Navidad!

Emociónate y emociona a tu familia con estas tres acciones:

1. Enciende la Corona de Adviento todas las noches. Coloca la Corona en el centro de tu mesa y cada día por la noche invita a los niños a encender las velas diciendo por cada vela: “Ven, Señor Jesús, ven y nace en nuestros corazones”.
2. Construye poco a poco la cuna del Niño Dios. Una vez que pongas el nacimiento deja espacio para la cuna y cada que comulgues, reces el rosario o hagas una obra de misericordia coloca un pedacito de algodón o heno. Así la camita de Jesús niño estará hecha de buenas obras. Imagina lo a gusto que estará descansando allí.
3. Enciende tu espíritu. La mejor manera de prepararte para la venida de nuestro Salvador es que enciendas tu corazón con lecturas diarias de la Biblia, con el rezo del Santo Rosario y otras actividades que tu parroquia prepare, alista tu espíritu para la carrera donde te encontrarás con Cristo.
Escribí este artículo porque como sacerdote descubro que Dios hace mucha falta en nuestra vida y quiero transmitirte que vivir emocionado por la venida de Dios vale la pena, cuando tengo muchos problemas me gusta pensar en el Adviento me pone siempre bien, respiro con calma y pienso: Tranquilo, ya viene Jesús, Él te sanará tus heridas y te dará solución a tus problemas.
Ánimo emociónate, ¡Jesús está por venir!
 Sergio Argüello Vences, aleteia

“¡La vocación es hoy! ¡La misión cristiana es para el presente!”



Mensaje del Papa: 53ª Jornada de Oración por las Vocaciones

Papa Francisco. Captura de pantalla CTV
Papa Francisco. Captura De Pantalla CTV
(ZENIT – 4 Dic. 2017).- “¡La vocación es hoy! ¡La misión cristiana es para el presente! Y cada uno de nosotros está llamado —a la vida laical, en el matrimonio; a la sacerdotal, en el ministerio ordenado, o a la de especial consagración— a convertirse en testigo del Señor, aquí y ahora”, dice el Papa Francisco.
El 22 de abril de 2018, IV domingo de Pascua, se celebrará la 55a Jornada Mundial de Oración por las vocaciones cuyo tema este año es  Escuchar, discernir, vivir la llamada del Señor.
“La llamada del Señor no es tan evidente como todo aquello que podemos oír, ver o tocar en nuestra experiencia cotidiana. Dios viene de modo silencioso y discreto, sin imponerse a nuestra libertad”, dice el Papa Francisco.
En cuanto al discernimiento, el Papa indica que cada uno de nosotros puede descubrir su propia vocación sólo mediante el discernimiento espiritual, un «proceso por el cual la persona llega a realizar, en el diálogo con el Señor y escuchando la voz del Espíritu, las elecciones fundamentales, empezando por la del estado de vida».
En estos tiempos inquietos en que vivimos, “el misterio de la Encarnación nos recuerda que Dios siempre nos sale al encuentro y es el Dios-con-nosotros”, que pasa por los caminos a veces polvorientos de nuestra vida y, conociendo nuestra ardiente nostalgia de amor y felicidad, “nos llama a la alegría”, señala el Santo Padre.
RD
Publicamos a continuación el mensaje que el Santo Padre Francisco envía con esa ocasión a los obispos, sacerdotes, consagrados y fieles de todo el mundo.
Mensaje del Papa Francisco
Escuchar, discernir, vivir la llamada del Señor
Queridos hermanos y hermanas:
El próximo mes de octubre se celebrará la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que estará dedicada a los jóvenes, en particular a la relación entre los jóvenes, la fe y la vocación. En dicha ocasión tendremos la oportunidad de profundizar sobre cómo la llamada a la alegría que Dios nos dirige es el centro de nuestra vida y cómo esto es el «proyecto de Dios para los hombres y mujeres de todo tiempo» (Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, introducción).
Esta es la buena noticia, que la 55ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos anuncia nuevamente con fuerza: no vivimos inmersos en la casualidad, ni somos arrastrados por una serie de acontecimientos desordenados, sino que nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son fruto de una vocación divina.
También en estos tiempos inquietos en que vivimos, el misterio de la Encarnación nos recuerda que Dios siempre nos sale al encuentro y es el Dios-con-nosotros, que pasa por los caminos a veces polvorientos de nuestra vida y, conociendo nuestra ardiente nostalgia de amor y felicidad, nos llama a la alegría. En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad.
Estos tres aspectos —escucha, discernimiento y vida— encuadran también el comienzo de la misión de Jesús, quien, después de los días de oración y de lucha en el desierto, va a su sinagoga de Nazaret, y allí se pone a la escucha de la Palabra, discierne el contenido de la misión que el Padre le ha confiado y anuncia que ha venido a realizarla «hoy» (cf. Lc4,16-21).
Escuchar
La llamada del Señor —cabe decir— no es tan evidente como todo aquello que podemos oír, ver o tocar en nuestra experiencia cotidiana. Dios viene de modo silencioso y discreto, sin imponerse a nuestra libertad. Así puede ocurrir que su voz quede silenciada por las numerosas preocupaciones y tensiones que llenan nuestra mente y nuestro corazón.
Es necesario entonces prepararse para escuchar con profundidad su Palabra y la vida, prestar atención a los detalles de nuestra vida diaria, aprender a leer los acontecimientos con los ojos de la fe, y mantenerse abiertos a las sorpresas del Espíritu.
Si permanecemos encerrados en nosotros mismos, en nuestras costumbres y en la apatía de quien desperdicia su vida en el círculo restringido del propio yo, no podremos descubrir la llamada especial y personal que Dios ha pensado para nosotros, perderemos la oportunidad de soñar a lo grande y de convertirnos en protagonistas de la historia única y original que Dios quiere escribir con nosotros.
También Jesús fue llamado y enviado; para ello tuvo que, en silencio, escuchar y leer la Palabra en la sinagoga y así, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, pudo descubrir plenamente su significado, referido a su propia persona y a la historia del pueblo de Israel.
Esta actitud es hoy cada vez más difícil, inmersos como estamos en una sociedad ruidosa, en el delirio de la abundancia de estímulos y de información que llenan nuestras jornadas. Al ruido exterior, que a veces domina nuestras ciudades y nuestros barrios, corresponde a menudo una dispersión y confusión interior, que no nos permite detenernos, saborear el gusto de la contemplación, reflexionar con serenidad sobre los acontecimientos de nuestra vida y llevar a cabo un fecundo discernimiento, confiados en el diligente designio de Dios para nosotros.
Como sabemos, el Reino de Dios llega sin hacer ruido y sin llamar la atención (cf. Lc 17,21), y sólo podemos percibir sus signos cuando, al igual que el profeta Elías, sabemos entrar en las profundidades de nuestro espíritu, dejando que se abra al imperceptible soplo de la brisa divina (cf. 1 R 19,11-13).
Discernir
Jesús, leyendo en la sinagoga de Nazaret el pasaje del profeta Isaías, discierne el contenido de la misión para la que fue enviado y lo anuncia a los que esperaban al Mesías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).
Del mismo modo, cada uno de nosotros puede descubrir su propia vocación sólo mediante el discernimiento espiritual, un «proceso por el cual la persona llega a realizar, en el diálogo con el Señor y escuchando la voz del Espíritu, las elecciones fundamentales, empezando por la del estado de vida» (Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, II, 2).
Descubrimos, en particular, que la vocación cristiana siempre tiene una dimensión profética. Como nos enseña la Escritura, los profetas son enviados al pueblo en situaciones de gran precariedad material y de crisis espiritual y moral, para dirigir palabras de conversión, de esperanza y de consuelo en nombre de Dios. Como un viento que levanta el polvo, el profeta sacude la falsa tranquilidad de la conciencia que ha olvidado la Palabra del Señor, discierne los acontecimientos a la luz de la promesa de Dios y ayuda al pueblo a distinguir las señales de la aurora en las tinieblas de la historia.
También hoy tenemos mucha necesidad del discernimiento y de la profecía; de superar las tentaciones de la ideología y del fatalismo y descubrir, en la relación con el Señor, los lugares, los instrumentos y las situaciones a través de las cuales él nos llama. Todo cristiano debería desarrollar la capacidad de «leer desde dentro» la vida e intuir hacia dónde y qué es lo que el Señor le pide para ser continuador de su misión.
Vivir
Por último, Jesús anuncia la novedad del momento presente, que entusiasmará a muchos y endurecerá a otros: el tiempo se ha cumplido y el Mesías anunciado por Isaías es él, ungido para liberar a los prisioneros, devolver la vista a los ciegos y proclamar el amor misericordioso de Dios a toda criatura. Precisamente «hoy —afirma Jesús— se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,20).
La alegría del Evangelio, que nos abre al encuentro con Dios y con los hermanos, no puede esperar nuestras lentitudes y desidias; no llega a nosotros si permanecemos asomados a la ventana, con la excusa de esperar siempre un tiempo más adecuado; tampoco se realiza en nosotros si no asumimos hoy mismo el riesgo de hacer una elección. ¡La vocación es hoy! ¡La misión cristiana es para el presente! Y cada uno de nosotros está llamado —a la vida laical, en el matrimonio; a la sacerdotal, en el ministerio ordenado, o a la de especial consagración— a convertirse en testigo del Señor, aquí y ahora.
Este «hoy» proclamado por Jesús nos da la seguridad de que Dios, en efecto, sigue «bajando» para salvar a esta humanidad nuestra y hacernos partícipes de su misión. El Señor nos sigue llamando a vivir con él y a seguirlo en una relación de especial cercanía, directamente a su servicio. Y si nos hace entender que nos llama a consagrarnos totalmente a su Reino, no debemos tener miedo. Es hermoso —y es una gracia inmensa— estar consagrados a Dios y al servicio de los hermanos, totalmente y para siempre.
El Señor sigue llamando hoy para que le sigan. No podemos esperar a ser perfectos para responder con nuestro generoso «aquí estoy», ni asustarnos de nuestros límites y de nuestros pecados, sino escuchar su voz con corazón abierto, discernir nuestra misión personal en la Iglesia y en el mundo, y vivirla en el hoy que Dios nos da.
María Santísima, la joven muchacha de periferia que escuchó, acogió y vivió la Palabra de Dios hecha carne, nos proteja y nos acompañe siempre en nuestro camino.
Vaticano, 3 de diciembre de 2017
Primer Domingo de Adviento
FRANCISCO
© Librería Editorial Vaticano

291 ¿Su Fe es la Fe de la Iglesia? ¡Compruébelo!

Esta es nuestra Fe, la Fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 distinguir el bien del mal
291 ¿Cómo puede un hombre distinguir si sus actos son buenos o son malos?
El hombre está en condiciones de distinguir las acciones buenas de las malas ejercitando su inteligencia y siguiendo la voz de su conciencia. [1749-1754, 1757-1758]

Para poder distinguir mejor las acciones buenas de las malas existen las siguientes directrices:
1.   Lo que hago debe ser bueno; no es suficiente con una buena intención. Atracar un banco es siempre malo, aunque se cometa el atraco con la buena intención de dar el dinero a gente pobre.
2.   Aunque la acción sea realmente buena, la mala intención con la que llevo a cabo el bien convierte en mala toda la acción. Si acompaño a una señora mayor y la ayudo a entrar en su casa, lo que hago es una buena acción. Pero si lo hago únicamente para preparar un futuro robo, toda la acción se convierte en un acto malo.
3.   Las circunstancias bajo las que actúa una persona pueden disminuir la responsabilidad, pero no cambian nada del carácter bueno o malo de una acción.                                                                  
distinguir el bien del mal

* El texto (pregunta y respuesta) proviene del Youcat = Catecismo para Jóvenes. Los números que aparecen después de la respuesta hacen referencia al pasaje correspondiente del Catecismo de la Iglesia Católica que desarrolla el tema aún más. Basta un clic en el número y será transferido. 


martes, 5 de diciembre de 2017

Nuevo libro de Fernando Poyatos, «Comunicación no verbal y liturgia»: cronémica, kinésica, proxémica


Aspectos de la liturgia que usted ni ha soñado que podrían ser importantes
Nuevo libro de Fernando Poyatos, «Comunicación no verbal y liturgia»: cronémica, kinésica, proxémica

Fernando Poyatos, autor de Pastoral de la salud, Pastorea a mis ovejas 
y Quédate con nosotros, publica ahora en De Buena Tinta su último libro, Comunicación no verbal y liturgia..., 
un manual sobre todos los aspectos no verbales ligados a la liturgia.
 Explica a ReL en qué consiste. Y qué importancia tienen la cronémica, 
la kinésica y la proxémica.

― Aparte de un capítulo sobre comunicación no verbal en su libro Pastoral de la salud. Guía espiritual y práctica, ya trató
 de la liturgia en su segundo libro, «Quédate con nosotros,
 sobre la Misa, es uno de los muchos temas en «Pastorea mis 
ovejas», sobre los sacerdotes y los fieles, y, sobre todo, en 
su último, Leer y proclamar, dedicado exhaustivamente a los 
lectores de la Palabra en la celebración. Pero lo que hace a este
 diferente es el ser una aplicación muy concreta de su especialidad,
 muy interdisciplinar, la comunicación no verbal. ¿Cuál ha sido 
esta vez su principal motivación?
― Sencillamente, la convicción de que si, con corazones convertidos a Cristo,
 una vez que nuestra “religión” pasa a ser una “relación”, nos dejamos imbuir
 del tesoro que es la liturgia de la Santa Misa, crecerá nuestro amor a ella como
 el acontecimiento cumbre, sagrado y único en nuestra Iglesia, y la viviremos 
más íntimamente unidos sacerdotes y fieles. Pero en gran parte debo 
agradecérselo al llorado liturgista salesiano padre Aldazábal (que nos dejó 
en 2006) ―y aprovecho para confirmar que no me considero “experto en
 liturgia”, como alguien escribió demasiado generosamente―, el cual, 
siendo presidente del Centro de Pastoral Litúrgica, en una reseña que en
 su revista de litúrgica Phase, hizo en 2001, de mis únicos tres libros en 
español sobre comunicación no verbal, dijo: «Ojalá se hiciera un estudio 
específico sobre esta comunicación en la celebración litúrgica cristiana,
 que es el ambiente en que más importante es la comunicación plena». 
Por otra parte, del curso para sacerdotes que él me invitó a dar en Barcelona 
(y más tarde lo di para la comunidad cisterciense de sacerdotes y hermanos 
de San Isidro de Dueñas), me sirvieron de acicate los comentarios de sus participantes como evaluación anónima, por ejemplo: «Muy interesante 
acercarme a esta realidad [...] reflexionar sobre situaciones que me han 
sucedido [...] descubrir el valor y la importancia que tiene [la comunicación 
no verbal][...], especialmente en mi ministerio sacerdotal», «me ayudó a 
llevar más en serio la celebración y tener conciencia de mi responsabilidad [...]»,
 «me ha ayudado a hacer conscientes cosas que por obvias olvidas [...] reflexión 
de realidades [...]». Todo ello justifica, como dice monseñor López Martín en su prólogo, el «Estar atento a la participación de los fieles y a la expresividad de 
los ritos y de los gestos para que todo tenga, en la medida de lo posible, calor humano, dignidad, clima orante, espiritualidad… es muy importante y requiere
 ser conscientes».
 
  'Comunicación no verbal y liturgia', de Fernando Poyatos,


― Por eso el libro, dirigido también a los fieles, serviría también ―como Leer y proclamar― como libro de texto, o de consulta, para los seminarios, como se ve por el esquema gráfico tan útil que precede a cada capítulo.
― ¡Y en ellos he pensado en todo momento! Porque si los seminaristas, todos los ordenados, los laicos católicos que más se precian de serlo y los equipos de liturgia, leyeran, con amor a la Iglesia y sentido de responsabilidad, obras clave como El espíritu de la liturgia, del entonces cardenal Ratzinger, la carta apostólica Quédate con nosotros, de san Juan Pablo II y su encíclica La Iglesia vive de la Eucaristía, la instrucción El sacramento de la redención y la nueva Ordenación General del Misal Romano, agudizarían inconfundiblemente su sensibilidad hacia la experiencia litúrgica. Y esto lo he reflexionado durante más de cuarenta años observando  ―en parroquias de Estados Unidos y Canadá, mis dos países de residencia durante toda mi vida profesional, en España y en más de una veintena de culturas en cuatro continentes― cómo podría aplicar ciertos aspectos de mi especialidad a las celebraciones y a su entorno, viendo hasta qué punto en nuestra maravillosa liturgia católica el comportamiento de todos sus participantes podría constituir, según lo vivamos, un testimonio muy positivo, pero también un antitestimonio, con todas sus consecuencias.

― El padre Aldazábal, a quien ha mencionado, tiene un libro muy interesante, Gestos y Símbolos. ¿No encontramos ya ahí la comunicación no verbal en la liturgia?
― Por supuesto, y en cuanto él me lo dio pensé lo oportunamente que el material de mi curso complementaría y completaría su estudio de elementos no verbales en la liturgia eucarística, porque él nos muestra el significado y desarrollo histórico de muchos de sus gestos y objetos, mientras que yo trataba ―y por eso me pidió aquel curso― de su ejecución, distinguiendo más detalladamente gestos propiamente dichos, maneras y posturas, y la mirada, y los momentos de quietud con que alternan, pero también los demás aspectos de la comunicación no verbal: cuanto se refiere a la voz, a los silencios litúrgicos y no litúrgicos personales y del entorno, a nuestra relación espacial respecto al sacerdote, entre nosotros y con ese entorno, y a la dimensión temporal de todo ello, o sea, la cronémica de la celebración.

― Todo eso revela una realidad mucho más compleja en la cual cumplen una función esencial nuestros comportamientos y nuestras interacciones, la mayor parte de las cuales se manifiestan no verbalmente, es decir, sin palabras o junto con ellas.
― Efectivamente, pero trato de mostrar lo que es litúrgicamente no verbal y lo mucho que, al margen de la liturgia, ocurre a veces indebidamente, debilitando el sentido de lo sagrado en la celebración. Resulta fascinante recordar que desde que hace unos cuatro mil años Abrán, en Betel, como antes en Siquén, «Construyó allí un altar al Señor e invocó el nombre del Señor», según nos dice Génesis 12,8 ―primer acto litúrgico de la historia―, la liturgia se fue enriqueciendo, acompañada por nuestras interacciones, conscientes o no, con los demás, con los espacios y volúmenes del entorno y con los aspectos temporales de cada uno de sus ritos. Pero el Sínodo extraordinario de 1985 se lamentaba de que no viéramos nuestras celebraciones «imbuida[s] del espíritu de adoración y glorificación de Dios» necesario, diciéndonos que «la liturgia debe fomentar el sentido de lo sagrado y hacerlo resplandecer», es decir, lo que uno desea ver reflejado en las actitudes de todos los que en ella toman parte, empezando por nuestros queridos sacerdotes, para que podamos ver la Santa Misa ‒‒que las Iglesias orientales llaman “la Divina Liturgia”‒‒ como el acto de adoración que nos dejó nuestro Sumo Sacerdote la víspera de su sacrificio por nosotros en la cruz, que toda ella es una comunión con Cristo y, como dijo san Juan Pablo II en Ecclesia de Eucharistia, «un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra». Por eso necesitamos que nuestros pastores nos reeduquen en todo lo que, por nuestro actuar, puede reflejar nuestra fe y nuestra formación como católicos, o la falta de ella. Monseñor López Martín (presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española), hablaba en su presentación a la Ordenación General del Misal Romano (2005) de la necesidad de «descubrir el sentido profundo y el valor de los elementos de la celebración eucarística».


 ― Y eso se descubre y se valora en la manera de vivir el sacerdote y los fieles cada una de las partes de la celebración.
― Por supuesto, porque los aspectos rituales son como el revestimiento exterior de lo que llevamos dentro, manifestado tanto no verbalmente como con palabras. Por eso san Juan Pablo II, en su exhortación apostólica La Iglesia en Europa (2003),  lamentándose de «un decaimiento del sentido del misterio en las celebraciones», nos decía que «es urgente que en la Iglesia se reavive el auténtico sentido de la liturgia [...] instrumento de santificación, celebración de la fe de la Iglesia y medio de transmisión de la fe», porque «Se trata de vivir la liturgia como acción de la Trinidad [...] como anuncio y anticipación de la gloria futura», para lo cual «Es necesaria una renovación continua y una constante formación de todos: ordenados, consagrados y laicos [...] con la participación activa de todos los fieles, cada uno según sus propios cometidos».

― Todas esas reflexiones confirman que el campo de la Comunicación No Verbal ofrece múltiples posibilidades a los mismos liturgistas en sus propios estudios.
― Claro, y, de manera especial, insisto, a los seminaristas, que se preparan para llevar a cabo la liturgia in persona Christi, a los sacerdotes, que ya la están viviendo y a nosotros los laicos, puesto que todos somos, como nos dice san Pedro en su primera Carta, 2,9, «sacerdocio real». Pero tenemos que conocer los qués, porqués y cómos de la celebración que hemos desarrollado desde los tiempos de los apóstoles, porque la arbitrariedad y falta de uniformidad en los distintos comportamientos verbales y no verbales de la celebración disminuyen precisamente esa catolicidad y se oponen al deseo de Jesús de que todos seamos uno (Jn 17,21). En cambio, qué gusto da observar los mismos detalles de la Santa Misa ejecutados con absoluta fidelidad a las normas litúrgicas en lugares tan distantes como Tokio, Calcuta, Monterrey, Helsinki, Budapest, Estanbul, Jerusalén o Nueva York.

― Por supuesto, por comunicación no verbal la mayoría solemos entender los gestos, pero su libro va mucho más allá, afirmando que todo comunica mientras no se demuestre lo contrario, lo cual implica cuanto constituye la liturgia de una celebración, es decir, tanto los comportamientos de sus participantes y su aspecto exterior como los objetos litúrgicos y el marco físico de su entorno.
― Claro, porque una palabra, con los rasgos de la voz que la emite, un gesto, manera o postura y cualquier acción litúrgica, como signos que son, comunican elocuentemente, positiva o negativamente, no solo por su presencia, sensorialmente percibida, sino por su ausencia, es decir, por comisión u omisión. Cuántas veces trato de imaginar al padre san Maximiliano Kolbe en el altar, por lo que decía una religiosa sin saber quién era: «me impresionó el modo con que este sacerdote desconocido celebraba la santa Misa [...] Estaba profundamente impregnado del carácter sagrado de cuanto hacía, y eso influía enormemente en mí. Pensé que debía ser un santo sacerdote». Por eso, empiezo por analizar con ejemplos nuestra experiencia sensorial de los demás y del entorno y, más tarde, todo cuanto pueden hacer con su voz el sacerdote y los fieles, es decir, cómo dicen lo que dicen, y concretamente los que proclaman la Palabra como lectores.

― O sea, aplicando sus estudios de lo que se llama paralenguaje a la liturgia de la celebración.
―Y el siguiente, el más extenso, abarca su kinésica, es decir, no solo como la parte visible de nuestro hablar, en los gestos, maneras y posturas de sacerdote y fieles, incluyendo la mirada y sus funciones, sino evaluándolos positiva o negativamente cuando no son litúrgicos, o sea, lo que vemos, quisiéramos ver o no deberíamos ver.


― Pero el libro abarca mucho más de lo que se oye y se ve, porque el siguiente capítulo, igual de importante para apreciar y juzgar la celebración, trata del silencio y los silencios, descubriéndonos importantes aspectos litúrgicos y no litúrgicos en los que no solemos pensar, por ejemplo: las debidas pausas en las lecturas, los silencios prescritos para la Santa Misa, el que la Iglesia recomienda como preparatorio en la sacristía, incluso el del entorno mismo y su efecto en nosotros, reflexiones que indudablemente aumentan nuestra sensibilidad hacia el silencio.
 ― Efectivamente. Dice santa Faustina Kowalska en su Diario: «El silencio es un lenguaje tan poderoso que alcanza el trono del Dios viviente. El silencio es su lenguaje, aunque misterioso, pero poderoso y vivo». Yo he aplicado aquí mi propio estudio del silencio en otros campos, y no solo por las diversas funciones que cumple en la liturgia ―que es en sí un continuo entre sonido y silencio, movimiento y quietud (aunque no siempre debidamente observados)―, sino por cómo puede afectarnos. Y, a propósito de ese silencio preparatorio, la Ordenación General dice «que se guarde, ya antes de la misma celebración [...], silencio en la iglesia, en la sacristía [...] a fin de que todos puedan disponerse adecuada y devotamente a las acciones sagradas»; y el padre Aldazábal  dice que «es altamente provechoso que un sacerdote no se “prepare” para la misa charlando y riendo y fumando [o leyendo el periódico o, como vi en una ocasión, fumando, tomando café y charlando], sino rezando. Dentro de un momento va a actuar en nombre de Cristo Jesús [...] Con unos minutos de oración luego presidirá mejor [...] “si las nubes van llenas, vierten lluvia sobre la tierra” (Eclesiastés 11,3)».

― ¿Se puede decir, entonces, que lo que hacemos con la voz, con el cuerpo (moviéndonos o estando quietos) y con los silencios es lo más importante en la liturgia?
― Bueno, sí, son los aspectos más importantes. Pero esos tres elementos, en sí complejos, se dan dentro de las dos dimensiones que dominan nuestra misma existencia diaria: el espacio físico y el tiempo. Primero, aplicando el campo de la llamada proxémica (nuestra estructuración y uso del espacio interpersonal y respecto a cuanto nos rodea), se trata de las relaciones espaciales entre el sacerdote y los fieles y entre nosotros mismos ―incluyendo la orientación, lo cual nos lleva a considerar la celebración ad orientem o versus populum― y los espacios y volúmenes de una iglesia (y las hay tan diferentes) que enmarcan la celebración y nuestros comportamientos y hasta inciden sobre ellos, y aquí me refiero también a elementos importantes, como las características de la capilla del Santísimo y de los confesionarios y a la función de los atrios.

― ¿Y el tiempo, es decir, la dimensión temporal, que abarca un último y sustancioso capítulo?
― Pues sí, otro aspecto insoslayable en la experiencia total de la celebración, y otra fascinante aplicación de lo que hace muchos años tuve que acuñar como cronémica para estudiar nuestro percepción y estructuración del tiempo; concretamente en la celebración eucarística, es en realidad más esencial aún que la proxémica, y nos recuerda estas sencillas palabras de san Josemaría Escrivá en su Camino: «La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto». Es triste que para muchísimos fieles la Misa dominical sea casi el único tiempo que dan a Dios y el único que pasan en la iglesia. Y observamos a muchos “católicos bautizados, pero no evangelizados”, como ya se dijo hace mucho, que entran diariamente a la iglesia para, rápidamente, visitar y tocar al Cristo o Virgen preferidos y a algunos santos (¡pero demos gracias a Dios por que puedan hacerlo en estos tiempos de creciente persecución!), pero pasan de largo a Jesús Sacramentado en el sagrario, por lo cual Él no los ama menos. En cambio, los hermanos de algunas otras iglesias cristianas pasan horas seguidas en alabanza, adoración e intercesión, mientras que nosotros sacrificamos indebidamente a menudo parte de alguno de sus ritos o todo él, por ejemplo: el lavabo, de lo cual se lamentaba el padre Aldazábal, y de que no se haga «significativamente», como «acto de humildad y de purificación por parte del presidente, que va a elevar las manos hacia el Padre, que va a pedir con ellas la venida del Espíritu y va a tomar en ellas el Cuerpo y Sangre de Cristo» (pero también he visto hacer, como colmo de la arbitrariedad, lo que pudiéramos llamar ‘lavabo en seco’, es decir, recitando las palabras del rito a media voz, ¡pero sin agua!) ; silencios litúrgicos, como en el acto penitencial o al iniciar la oración colecta; las antífonas de entrada y comunión, o la oración de transición entre el Santo y la consagración. San Juan Pablo II, sobre la indebida manipulación de la sagrada liturgia, advirtió en Ecclesia de Eucharistia: «que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística [...][ya que no son] propiedad privada [...] ni del celebrante ni de la comunidad».
ReL



Video del Papa: “Por los ancianos, que colaboren con su sabiduría a la educación”


El ‘Video del Papa’ es una iniciativa global desarrollada por la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración) para colaborar en la difusión de las intenciones mensuales del Santo Padre sobre los desafíos de la humanidad.

No fuiste a misa el domingo, Mira lo que perdiste...


Adviento cada día
un propósito, una sorpresa cada día del adviento
Desde la Palabra de cada día de la semana: Preparo y vivo su Venida

Lunes: (Mt 8,5-11). Un no creyente cree que ha venido el Mesías y sale a buscarle y suplicarle a favor de otros. Realiza así una gran obra de misericordia. Es un centurión romano que pide a Jesús curar a su criado enfermo, paralítico y que sufre mucho. Jesús le dijo: Voy yo a curarlo. Y el centurión dice: Señor, no soy quién para que entres en mi casa, Basta que lo digas de palabra, y quedará sano. El corazón de Jesús trepidó de compasión real. Y buscó verlo y tocarlo, deseando cercanía y ternura personal y así curarlo. ¿No voy a intentar hacer yo otro tanto con quien hoy me necesita? ¿Por qué no? ¿Qué me lo impide? Ante las atrevidas palabras del centurión, tan propias de un alma creyente, Jesús se admira y se pone en camino de salvación. Jesús no ahorra sentimientos ni tareas. ¿Los voy a regatear yo con los otros? ¡Sea como fuere! Ven a mi casa, Señor, sáname, dime una palabra, sentiré tu compañía, levantarás mi esperanza. Me llenarás de tu presencia. Haré a los demás algo parecido a lo que tú has hecho conmigo.

Martes: (Lc 10,21-24). La alegría de Jesús nos revela hoy los motivos por los que alegrarnos nosotros ahora que viene el Señor. Son estos: uno, el Padre se da a conocer al fin a los sencillos y pobres, y dos, éstos, desde Jesús, pueden entender y vivir la ternura entrañable del Padre. ¡Qué Buena Noticia! Y es que no hay una alegría mayor que saber que el Padre-Dios no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Y Jesús ha venido a concretarlo y por eso se alegra. Se alegra en el Espíritu Santo, exulta y da gracias, ¿cómo no? En este día nos unimos a Él, y con Él nos alegramos y damos gracias a Dios, dejándonos animar en todo por el Espíritu Santo. Así nos unimos con el Padre que nos quiere, con el Hijo que nos trae su abrazo de perdón-amor y con el Espíritu Santo que lo hace concreto en nuestro corazón. ¡Menudo día de Adviento, éste, para la alegría del corazón!

Miércoles: (Mt 15,29-37). Dice el Evangelio que acudían a él mucha gente llevando tullidos, ciegos…, y se admiraban y daban gloria a Dios, porque los sanaba. Jesús, por su parte, tuvo compasión de todos ellos y les dio hasta de comer. ¡Servicio completo! Así es Jesús siempre. Tengo hoy que hacer yo lo mismo. Es un día para acudir a Jesús y presentarle todos nuestros límites, los que fueren, admirar lo que hace, dejándonos tocar por Él, y glorificar a Dios: ¡Bendito y alabado sea! Y ahora me pregunto: ¿qué pasaría si hoy muchos nos atreviéramos a regalar la ternura de Dios a cuantos tenemos cerca? ¿Qué pasaría si me/nos decidiéramos a vivir este día haciendo el bien? Hoy, aquí y ahora, es la hora de amar, -no lo dejo para mañana-; día y hora de hacernos cercanos y solidarios con quien sufre, de que cada gesto exprese ese compartir fraterno tan querido por Dios, que da paz, confianza, escucha, alimenta el cuerpo y el espíritu…

Jueves: (Mt 7,21.24-27). ¿Soy de los que rezan más en este Adviento? ¿O más bien, y sobre todo, de los que buscan hacer suya la voluntad de Dios y vivirla? Esto es lo importante, lo verdaderamente importante, siempre y en este día de Adviento. Es lo que hizo Jesús, que decía: “Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre”, “mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”. Aquí está el secreto de la santidad y de la entrega de un alma dada de veras a Dios y al prójimo. ¿Cómo cumpliré hoy, Padre mío, tu voluntad? Me pondré en tus manos. Acogeré las sorpresas que me regale el día. Intentaré hacer realidad lo que has soñado para mí. Te diré confiadamente: “Hágase en mí según tu palabra”. “Porque tú eres mi Padre”. Viviré así un excelente día de Adviento.

Viernes: La Inmaculada… Para Dios nada hay imposible… Piénsalo y medítalo un rato teniendo como fondo a María, la Virgen.

Sábado: (Mt 9,35-10,1.6-8). Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando…, anunciando el Evangelio…, curando…, compadeciéndose…, y llamando… ¿Con qué actitudes y comportamientos recorro yo las calles de mi pueblo o ciudad, de mi barrio, los ambientes familiares, laborales y de ocio? Tendrían que parecer mucho en todo o en parte a los de Jesús. Nunca es tarde, ¿por qué no empezar hoy? Hay que animarse porque el señor viene y se acerca. Los seguidores de Jesús somos discípulos misioneros: en camino, entre la gente, con la compasión a flor de piel, anunciando la buena nueva del Evangelio. ¡Ya mismo! Señor Jesús, sigue despertando en mi la compasión y la ternura hacia todo ser humano. Junto a los demás, como hermanos, quiero construir una casa común, acogedora, con panes para compartir. “La misión es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (Papa Francisco). Con tu gracia, Señor, así será hoy mi día de Adviento. Te lo prometo.

Dentro, muy dentro de ti

Cinco formas de vivir el Adviento

La alegría de la Navidad dependerá
de cómo vivamos la temporada de Adviento

El padre Ed Broom, un sacerdote estadounidense (Oblato de la Virgen), quien además es un bloguero consumado, escribe, normalmente, una columna en el portal web Catholic Exchange en el que ha publicado esta semana, previa al primer domingo de Adviento, una breve lista de cinco formas prácticas para vivir a fondo uno de los tiempos litúrgicos “fuertes” de la Iglesia católica.
“El Adviento ha llegado, lo que significa tiempo para prepararse para la Navidad: el nacimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. La alegría de la Navidad depende de la intensidad con la que vivimos la temporada de Adviento”, escribe el padre Broom en Catholic Exchange.
Su consejo principal es vivir este Adviento “como si fuera el último de nuestras vidas: ¡de hecho podría ser!” Pues Jesús, constantemente, nos recuerda que estemos alertas, despiertos, listos y preparados para su venida, “porque no sabemos el día ni la hora”.
Las cinco sugerencias para santificar el Adviento que hace el padre Broom son las siguientes:
Practicar el silencio. Hay que recordar al profeta Elías y su experiencia con Dios en el silencio de la montaña. Tras eliminar el ruido innecesario de tu vida, busca los minutos para guardar silencio. Eso significa, también desconectarse de todo tipo de “contaminación acústica”.
Hacer oración. Tienes que encontrar más tiempo para orar en esta temporada santa. La Iglesia anima a sus fieles a intensificar en el Adviento la vida de oración. Las formar de orar son muchas y muy variadas: la Liturgia de las Horas, los Salmos, hacer una Hora Santa, la Lectio Divina, en la Santa Misa; orar lentamente, hacer examen de conciencia, rezar el Santo Rosarios, contemplar el Misterio (el Belén o Nacimiento)… Incluso, leer un buen libro sobre la oración.
Servir a los pobres. Tal ves en esta temporada de Adviento puedas encontrar la forma de servir a los pobres. Recuerda que Jesús se manifiesta a sí mismo en ellos. Santa Teresa de Calcuta dijo que “debemos descubrir a Jesús en el disfraz angustioso de los pobres”. Lee en Mateo 25: 31-46 la parábola del Juicio Final. Ahí el Señor dice en nuestro juicio estará basado en la manera en cómo tratamos a los pobres. Y nunca olvidar que “la caridad comienza en casa”.
Frecuentar la Santa Misa en Adviento.Intenta ir a la Santa Misa todos los días del Adviento. Si ya asistes a Misa diaria, da un paso o dos más allá de lo que estás haciendo. Trata de llegar antes para prepararte mejor; procura traer a miembros de tu familia, a algún amigo, para que puedan encontrarse con Jesús en la Eucaristía.
Imita a Nuestra Señora. En el libro clásico mariano escrito por San Luis María Grignon de Monfort “La Devoción a María”, exalta las diez virtudes de la Virgen que debes querer imitar, y más aún en esta temporada de Adviento: humildad profunda, fe viva, obediencia ciega, oración incesante, abnegación constante, superior pureza, amor ardiente, paciencia heroica, bondad angelical y sabiduría celestial.
“¿Por qué no elegir una o dos de estas virtudes de María, suplicar por su intercesión la gracia de imitarlas y luego, durante el Adviento, hacer un esfuerzo concertado para vivir estas virtudes más plenamente en tu vida? María es el camino más corto, más rápido y más fácil para llegar al Corazón de Jesús”, termina diciendo el Padre Ed Broom OSV
Jaime Septién, aleteia