NOTA: Cuando lo leas cambia mi nombre por el de cualquier sacerdote que conozcas

Carta a mi "yo" de antes de entrar al Seminario
Querido Patxi, sé que estás dudando, y es normal, porque la decisión que al final tomarás es muy importante y sobrepasa tus fuerzas y capacidades. Sé que no le has dicho a casi nadie lo que de verdad estás pensando, sé que no quieres decirlo porque tienes miedo. Te asustan las reacciones de los que te quieren, piensas que puedes defraudar a tu familia y a tus amigos.
El día que digas que vas a entrar al seminario todos van a preguntarte lo mismo: “¿estás seguro?”. Les dirás que si, porque verdaderamente así es, pero tantas preguntas te harán daño y te harán dudar. A veces pensarás “y si me equivoco, ¿qué pasará?”. No temas. Sigue adelante, Y tranquilo si algunos no lo aceptan. En poco tiempo te verán muy contento y se alegrarán mucho por ti.
Cuando entres al seminario vas a echar de menos cosas que ahora crees imprescindibles y vas a descubrir que no lo eran tanto. Ya no decidirás tu propio horario, tendrás que comer lo que no te gusta, no podrás dormir hasta tarde, ni ver una serie cuando te dé la gana, ni te saltarás las clases si estés cansado. Tu vida va a cambiar mucho, ya no verás a tus amigos de siempre todos los días, ni volverás a tener una novia. Pero estarás bien.
Vas a aprender cosas que son apasionantes, habrá asignaturas que te encante estudiar. Profundizarás cada vez más en la intimidad con Dios, verás que te va a gustar mucho leer la Escritura. No te machaques cuando te desanimes porque siempre te duermes en la capilla o porque no retienes lo estudiado. También te enseñarán a cantar aunque ahí harás lo que puedas, no te preocupes. Y mejorarás bastante en el fútbol, es lo que tiene jugar casi todos los días.
Vas a conocer gente que te va a enseñar más de Dios que los libros. Fíjate en ellos, no solo en los apuntes. Estarás cerca de sacerdotes mayores que serán auténticos padres para ti. Te encantará ir a la pastoral a las parroquias, a Móstoles, Boadilla, Parla, Valdemoro. Como eres orgulloso pensarás que tu presencia allí ayuda mucho, pero poco a poco irás descubriendo que en realidad eres tú el que es ayudado yendo y estando en contacto con la vida de las iglesias.
Vas a tener momentos difíciles que se prolongan durante meses, especialmente en el segundo y el cuarto año. Va a haber un año, el quinto, en el que vas a querer dejar todo. Hasta pondrás fecha. Calma. Servirá para purificar muchas cosas y conocer a Dios de un modo nuevo. La certeza de que Él te ha llamado te acompañará desde entonces muy claramente y a ella te aferrarás una y otra vez en los sufrimientos cuando seas cura. No te arrepentirás de seguir adelante.
Aprenderás muchas cosas. Otras no las entenderás hasta que las vivas en persona. Acompañarás a padres que han perdido a sus hijos, consolarás a hombres y mujeres que han enviudado, compartirás la alegría de los novios recién casados, te emocionarás con las familias que llevan a sus bebés a bautizar. Verás a muchos jóvenes pasar de ser adolescentes llenos de heridas a hombres y mujeres hechos y derechos que forman familias cristianas.
Te hará sufrir la indiferencia de quienes acuden a recibir sacramentos como quien va al supermercado y nunca más vuelve. No caigas en la trampa del desánimo por esto.
Habrá personas que se acerquen y te pidan la bendición por la calle y otros que te griten “peder…sta” desde lejos. Ya no serás alguien anónimo, donde vayas habrá gente te mire, eso no te gustará pero ha de ser así, nunca sabes cuando tu presencia estará ayudando a alguien a elevar a Dios la mirada.
Sufrirás cuando veas hermanos sacerdotes dejar el ministerio. El demonio te susrrará que hagas lo mismo. No le escuches, pero tampoco te engrías porque tú no eres mejor que esos curas, si no fuera por Dios ni te mantendrías en pie cada día.
Cuando te ordenes pensarás que vas a salvar la Iglesia. No seas tonto. Sólo Jesús la salva igual que te salva a ti. Lo irás comprendiendo un poco con el tiempo. Harás muchas cosas y querrás hacer muchas más. Eso es bueno, eres inquieto, pero cuídate porque muchas veces caerás en el activismo, verás que se te seca el alma. Cuidar tu vida interior, estar con Jesús en la capilla, es prioritario, aunque fuera haya muchas cosas que hacer.
De todo lo que hagas, recuerda que hay dos cosas prioritarias: escucha y consuela. A veces se te va a olvidar esto, querrás dar soluciones rápidas pero no es eso lo que necesita la gente.
Vas a fallar muchas veces. Vas a decir cosas en una homilía de las que te vas a arrepentir. Vas a dar consejos desafortunados. Sigue subiendo al altar de todas formas. Verás que a veces, cuando acabes de predicar, sentirás vergüenza porque vives de manera imperfecta muchas de las cosas que explicas. Se claro y ten firmeza, pero nada de moralina, conviértete tú y ten mucha misericordia con la gente. No separes verdad y caridad.
Disfruta mucho esta aventura que va a empezar. Estudia todo lo que puedas, luego lo echarás de menos. No escatimes tiempo de estar con Jesús en la capilla, ahí es donde se forja el corazón de un sacerdote. No tengas miedo a sufrir, nunca vas a dejar de hacerlo, pero verás que Dios está ahí contigo siempre. Pídele a María permanecer firme en la Cruz, ella es la única que sabe. Ama mucho al Crucificado.
¿Sabes?, ya son casi veintiún años desde que me fui de casa de mamá y papá para entrar al Seminario, y catorce desde que soy sacerdote. Solo te puedo decir que si volviera a nacer sin duda ninguna volvería a decir sí a Jesús. No temas. Es apasionante.
Un abrazo.
Francisco Javier (¿o pensabas que te iban a llamar Patxi toda la vida?)
Francisco Javier Bronchalo, ReL
Vea también Vocación misionera: cómo encontrarla
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