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domingo, 30 de abril de 2023

«A TI TE DIGO»: CANCIÓN VOCACIONAL

 Marta Mesa interpreta A ti te digo, una canción compuesta para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones  que se celebra en el Domingo del Buen Pastor, cuarto después de Pascua.

viernes, 19 de marzo de 2021

Papa Francisco: San José, maestro del silencio laborioso

 

POPE FRANCIS


"San José: el sueño de la vocación”. El mensaje del Papa Francisco para la 58ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

«José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes». El Papa señaló que “san José no impactaba […]No era famoso y tampoco se hacía notar. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios”.

“San José: el sueño de la vocación”, es el tema escogido por el Papa Francisco para celebrar la 58ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. “San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino”.

En su mensaje, el pontífice vincula la vocación religiosa y familiar a la figura del padre putativo de Jesús también en el Año especial dedicado al Patrón de la Iglesia Universal, proclamado el pasado 8 de diciembre.

«Todos en la vida sueñan con realizarse», escribe el Papa. «Y es correcto que tengamos grandes expectativas, metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no son capaces de satisfacernos».

Entonces, indicó que «es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente».

«San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don».

En tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, el Obispo de Roma sostiene que el Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos”.

Esperanza

El Papa insta a vivir el sacerdocio y la vida consagrada con generosidad “en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza”.

“San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino”.

La Iglesia católica celebra el día de las vocaciones, el 25 de abril de 2021, el cuarto domingo de Pascua. Y el Mensaje del Papa se envía para la ocasión a obispos, sacerdotes, consagrados y fieles de todo el mundo.

El Papa considera que no “hay fe sin riesgo”, pues sólo abandonándose confiadamente a la gracia, como hizo San José, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios.

“Y cada “sí” da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra”.

Sueños

Los sueños que tuvo San José – dijo el Papa – eran llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger.  “Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios”.

Así, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado hacia Dios.  “Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad”. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

Servicio

El papa Francisco también destacó la palabra ‘servicio’ al describir la vocación del ‘patrono de la buena muerte’. “Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio”.

“Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración”.

San José demuestra “buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas”.

Reflexión

El Papa indica que San José “es un hombre que medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa. También que no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia”.  Porque – dijo – la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.

Fidelidad

¿Cómo se alimenta esta fidelidad? El Papa explicó que las “primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas”.

“No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida”.

“Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día”.

Alegría

“Esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo”.

Ary Waldir Ramos Díaz, Aleteia 


Para leer el mensaje completo en español 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 58 JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

 

San José: el sueño de la vocación

 

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado 8 de diciembre, con motivo del 150.º aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia universal, comenzó el Año dedicado especialmente a él (cf. Decreto de la Penitenciaría Apostólica, 8 de diciembre de 2020). Por mi parte, escribí la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran santo». Se trata, en efecto, de una figura extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no impactaba, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar, los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios.

Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino.

San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas, metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no son capaces de satisfacernos. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: “amor”. Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don.

Los Evangelios narran cuatro sueños (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Eran llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Pero podemos preguntarnos: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. En todas estas vicisitudes, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios. Pero su acogida es activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte» (Carta ap. Patris corde, 4). Que él ayude a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona.

La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración» (ibíd., 7).

Para san José el servicio, expresión concreta del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida cotidiana. Él se esforzó por encontrar y adaptar un lugar para que naciera Jesús, hizo lo posible por defenderlo de la furia de Herodes organizando un viaje repentino a Egipto, se apresuró a regresar a Jerusalén para buscar a Jesús cuando se había perdido y mantuvo a su familia con el fruto de su trabaja, incluso en tierra extranjera. En definitiva, se adaptó a las diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con este espíritu, José emprendió los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo, después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, no puede más que ser un modelo para todas las vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas.

Me gusta pensar entonces en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas, como en José.

Además de la llamada de Dios —que cumple nuestros sueños más grandes— y de nuestra respuesta —que se concreta en el servicio disponible y el cuidado atento—, hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de san José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cf. v. 20). Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones. Esto corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que desempeñó el humilde oficio de carpintero (cf. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.

¿Cómo se alimenta esta fidelidad? A la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día.

Esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. ¡Qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanzadora, impregnara nuestros seminarios, nuestros institutos religiosos, nuestras casas parroquiales! Es la alegría que deseo para ustedes, hermanos y hermanas que generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría. Que san José, custodio de las vocaciones, los acompañe con corazón de padre.

Roma, San Juan de Letrán, 19 de marzo de 2021, Solemnidad de San José

Francisco

Vea también     Letanías de San José





jueves, 26 de marzo de 2020

Las 4 “palabras de la vocación”: Mensaje para Jornada de Oración por las Vocaciones

“Dolor, gratitud, ánimo y alabanza”


Papa Francisco


 El Papa Francisco retoma las “cuatro palabras clave —dolor, gratitud, ánimo y alabanza —” de la vocación utilizadas en la Carta a los sacerdotes publicada en agosto de 2019 y las dirige a todo el Pueblo de Dios, “a la luz” del pasaje evangélico que cuenta la experiencia de Jesús y Pedro durante una noche de tempestad en el lago de Tiberíades (cf. Mt 14,22-33).
Con motivo de la 57ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebra el 3 de mayo , cuarto domingo de Pascua, la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha publicado hoy, 24 de marzo de 2020, el Mensaje del Santo Padre para la ocasión.
No estamos solos
“Después de la multiplicación de los panes, que había entusiasmado a la multitud, Jesús ordenó a los suyos que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, mientras Él despedía a la gente”, describe el Papa. Y agrega que la imagen de esta travesía “evoca de algún modo el viaje de nuestra existencia”.
“La barca de nuestra vida avanza lentamente, siempre inquieta porque busca un feliz desembarco, dispuesta para afrontar los riesgos y las oportunidades del mar, aunque también anhela recibir del timonel un cambio de dirección que la ponga finalmente en el rumbo adecuado”. Pero, a veces, “puede perderse, puede dejarse encandilar por ilusiones en lugar de seguir el faro luminoso que la conduce al puerto seguro, o ser desafiada por los vientos contrarios de las dificultades, de las dudas y de los temores”, como les sucedió a los discípulos con la tempestad.
No obstante, prosigue Francisco, el Evangelio nos dice que, “en la aventura de este viaje difícil, no estamos solos”, el Señor “caminó sobre las aguas agitadas y alcanzó a los discípulos, invitó a Pedro a ir a su encuentro sobre las aguas, lo salvó cuando lo vio hundirse y, finalmente, subió a la barca e hizo calmar el viento”.
Gratitud
Es por ello que la primera palabra de la vocación es “gratitud”, pues “navegar en la dirección correcta no es una tarea confiada solo a nuestros propios esfuerzos”, es Dios “quien, cuando nos llama, se convierte también en nuestro timonel para acompañarnos, mostrarnos la dirección, impedir que nos quedemos varados en los escollos de la indecisión y hacernos capaces de caminar incluso sobre las aguas agitadas”, explica el Pontífice.
“La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor” (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019); por eso, llegaremos a descubrirla y a abrazarla cuando nuestro corazón se abra a la gratitud y sepa acoger el paso de Dios en nuestra vida”, aclara.
Ánimo
En segundo lugar, el Santo Padre propone la palabra “ánimo”, pues reconoce que “lo que a menudo nos impide caminar, crecer, escoger el camino que el Señor nos señala son los fantasmas que se agitan en nuestro corazón”.
No obstante, también señala que Dios “sabe que una opción fundamental de vida —como la de casarse o consagrarse de manera especial a su servicio— requiere valentía. Él conoce las preguntas, las dudas y las dificultades que agitan la barca de nuestro corazón, y por eso nos asegura: ’No tengas miedo, ¡yo estoy contigo!’”.
La fe en su presencia “nos libera de esa acedia que ya tuve la oportunidad de definir como ‘tristeza dulzona’ (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019), es decir, ese desaliento interior que nos bloquea y no nos deja gustar la belleza de la vocación”, remarca.
Fatiga
Después, el Obispo de Roma alude al término “dolor”, aunque matiza que conviene referirse a él como “fatiga”, pues: “Si dejamos que nos abrume la idea de la responsabilidad que nos espera —en la vida matrimonial o en el ministerio sacerdotal— o las adversidades que se presentarán, entonces apartaremos la mirada de Jesús rápidamente y, como Pedro, correremos el riesgo de hundirnos”.
Sin embargo, a pesar de nuestras fragilidades y carencias, “la fe nos permite caminar al encuentro del Señor resucitado y también vencer las tempestades” y Él “nos tiende la mano cuando el cansancio o el miedo amenazan con hundirnos”, dando “el impulso necesario para vivir nuestra vocación con alegría y entusiasmo”.
Alabanza
Al mismo tiempo, el Santo Padre afirma: “Conozco vuestras fatigas, las soledades que a veces abruman vuestro corazón, el riesgo de la rutina que poco a poco apaga el fuego ardiente de la llamada, el peso de la incertidumbre y de la precariedad de nuestro tiempo, el miedo al futuro. Ánimo, ¡no tengáis miedo!”, pues Jesús nos tiende la mano y nos sujeta para salvarnos.
“Y entonces, aun en medio del oleaje, nuestra vida se abre a la alabanza. Esta es la última palabra de la vocación, y quiere ser también una invitación a cultivar la actitud interior de la Bienaventurada Virgen María. Ella, agradecida por la mirada que Dios le dirigió, abandonó con fe sus miedos y su turbación, abrazó con valentía la llamada e hizo de su vida un eterno canto de alabanza al Señor”, expuso.
Finalmente, Francisco desea “que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida, encontrar la valentía de decirle ‘sí’, vencer la fatiga con la fe en Cristo y, finalmente, ofrecer la propia vida como un cántico de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero”.
A continuación sigue el mensaje completo del Papa.
***
Mensaje del Santo Padre
Las palabras de la vocación
Queridos hermanos y hermanas:
El 4 de agosto del año pasado, en el 160 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, quise ofrecer una Carta a los sacerdotes, que por la llamada que el Señor les hizo, gastan la vida cada día al servicio del Pueblo de Dios.
En esa ocasión, elegí cuatro palabras clave —dolor, gratitud, ánimo y alabanza— para agradecer a los sacerdotes y apoyar su ministerio. Considero que hoy, en esta 57 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, esas palabras se pueden retomar y dirigir a todo el Pueblo de Dios, a la luz de un pasaje evangélico que nos cuenta la singular experiencia de Jesús y Pedro durante una noche de tempestad, en el lago de Tiberíades (cf. Mt 14,22-33).
Después de la multiplicación de los panes, que había entusiasmado a la multitud, Jesús ordenó a los suyos que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. La imagen de esta travesía en el lago evoca de algún modo el viaje de nuestra existencia. En efecto, la barca de nuestra vida avanza lentamente, siempre inquieta porque busca un feliz desembarco, dispuesta para afrontar los riesgos y las oportunidades del mar, aunque también anhela recibir del timonel un cambio de dirección que la ponga finalmente en el rumbo adecuado. Pero, a veces puede perderse, puede dejarse encandilar por ilusiones en lugar de seguir el faro luminoso que la conduce al puerto seguro, o ser desafiada por los vientos contrarios de las dificultades, de las dudas y de los temores.
También sucede así en el corazón de los discípulos. Ellos, que están llamados a seguir al Maestro de Nazaret, deben decidirse a pasar a la otra orilla, apostando valientemente por abandonar sus propias seguridades e ir tras las huellas del Señor. Esta aventura no es pacífica: llega la noche, sopla el viento contrario, la barca es sacudida por las olas, y el miedo de no lograrlo y de no estar a la altura de la llamada amenaza con hundirlos.
Pero el Evangelio nos dice que, en la aventura de este viaje difícil, no estamos solos. El Señor, casi anticipando la aurora en medio de la noche, caminó sobre las aguas agitadas y alcanzó a los discípulos, invitó a Pedro a ir a su encuentro sobre las aguas, lo salvó cuando lo vio hundirse y, finalmente, subió a la barca e hizo calmar el viento.
Así pues, la primera palabra de la vocación es gratitud. Navegar en la dirección correcta no es una tarea confiada sólo a nuestros propios esfuerzos, ni depende solamente de las rutas que nosotros escojamos. Nuestra realización personal y nuestros proyectos de vida no son el resultado matemático de lo que decidimos dentro de un “yo” aislado; al contrario, son ante todo la respuesta a una llamada que viene de lo alto. Es el Señor quien nos concede en primer lugar la valentía para subirnos a la barca y nos indica la orilla hacia la que debemos dirigirnos. Es Él quien, cuando nos llama, se convierte también en nuestro timonel para acompañarnos, mostrarnos la dirección, impedir que nos quedemos varados en los escollos de la indecisión y hacernos capaces de caminar incluso sobre las aguas agitadas.
Toda vocación nace de la mirada amorosa con la que el Señor vino a nuestro encuentro, quizá justo cuando nuestra barca estaba siendo sacudida en medio de la tempestad. «La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019); por eso, llegaremos a descubrirla y a abrazarla cuando nuestro corazón se abra a la gratitud y sepa acoger el paso de Dios en nuestra vida.
Cuando los discípulos vieron que Jesús se acercaba caminando sobre las aguas, pensaron que se trataba de un fantasma y tuvieron miedo. Pero enseguida Jesús los tranquilizó con una palabra que siempre debe acompañar nuestra vida y nuestro camino vocacional: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (v. 27). Esta es precisamente la segunda palabra que deseo daros: ánimo.
Lo que a menudo nos impide caminar, crecer, escoger el camino que el Señor nos señala son los fantasmas que se agitan en nuestro corazón. Cuando estamos llamados a dejar nuestra orilla segura y abrazar un estado de vida —como el matrimonio, el orden sacerdotal, la vida consagrada—, la primera reacción la representa frecuentemente el “fantasma de la incredulidad”: No es posible que esta vocación sea para mí; ¿será realmente el camino acertado? ¿El Señor me pide esto justo a mí?
Y, poco a poco, crecen en nosotros todos esos argumentos, justificaciones y cálculos que nos hacen perder el impulso, que nos confunden y nos dejan paralizados en el punto de partida: creemos que nos equivocamos, que no estamos a la altura, que simplemente vimos un fantasma que tenemos que ahuyentar.
El Señor sabe que una opción fundamental de vida —como la de casarse o consagrarse de manera especial a su servicio— requiere valentía. Él conoce las preguntas, las dudas y las dificultades que agitan la barca de nuestro corazón, y por eso nos asegura: “No tengas miedo, ¡yo estoy contigo!”. La fe en su presencia, que nos viene al encuentro y nos acompaña, aun cuando el mar está agitado, nos libera de esa acedia que ya tuve la oportunidad de definir como «tristeza dulzona» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019), es decir, ese desaliento interior que nos bloquea y no nos deja gustar la belleza de la vocación.
En la Carta a los sacerdotes hablé también del dolor, pero aquí quisiera traducir de otro modo esta palabra y referirme a la fatiga. Toda vocación implica un compromiso. El Señor nos llama porque quiere que seamos como Pedro, capaces de “caminar sobre las aguas”, es decir, que tomemos las riendas de nuestra vida para ponerla al servicio del Evangelio, en los modos concretos y cotidianos que Él nos muestra, y especialmente en las distintas formas de vocación laical, presbiteral y de vida consagrada. Pero nosotros somos como el Apóstol: tenemos deseo y empuje, aunque, al mismo tiempo, estamos marcados por debilidades y temores.
Si dejamos que nos abrume la idea de la responsabilidad que nos espera —en la vida matrimonial o en el ministerio sacerdotal— o las adversidades que se presentarán, entonces apartaremos la mirada de Jesús rápidamente y, como Pedro, correremos el riesgo de hundirnos. Al contrario, a pesar de nuestras fragilidades y carencias, la fe nos permite caminar al encuentro del Señor resucitado y también vencer las tempestades. En efecto, Él nos tiende la mano cuando el cansancio o el miedo amenazan con hundirnos, y nos da el impulso necesario para vivir nuestra vocación con alegría y entusiasmo.
Finalmente, cuando Jesús subió a la barca, el viento cesó y las olas se calmaron. Es una hermosa imagen de lo que el Señor obra en nuestra vida y en los tumultos de la historia, de manera especial cuando atravesamos la tempestad: Él ordena que los vientos contrarios cesen y que las fuerzas del mal, del miedo y de la resignación no tengan más poder sobre nosotros.
En la vocación específica que estamos llamados a vivir, estos vientos pueden agotarnos. Pienso en los que asumen tareas importantes en la sociedad civil, en los esposos que —no sin razón— me gusta llamar “los valientes”, y especialmente en quienes abrazan la vida consagrada y el sacerdocio. Conozco vuestras fatigas, las soledades que a veces abruman vuestro corazón, el riesgo de la rutina que poco a poco apaga el fuego ardiente de la llamada, el peso de la incertidumbre y de la precariedad de nuestro tiempo, el miedo al futuro. Ánimo, ¡no tengáis miedo! Jesús está a nuestro lado y, si lo reconocemos como el único Señor de nuestra vida, Él nos tiende la mano y nos sujeta para salvarnos.
Y entonces, aun en medio del oleaje, nuestra vida se abre a la alabanza. Esta es la última palabra de la vocación, y quiere ser también una invitación a cultivar la actitud interior de la Bienaventurada Virgen María. Ella, agradecida por la mirada que Dios le dirigió, abandonó con fe sus miedos y su turbación, abrazó con valentía la llamada e hizo de su vida un eterno canto de alabanza al Señor.
Queridos hermanos: Particularmente en esta Jornada, como también en la acción pastoral ordinaria de nuestras comunidades, deseo que la Iglesia recorra este camino al servicio de las vocaciones abriendo brechas en el corazón de los fieles, para que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida, encontrar la valentía de decirle “sí”, vencer la fatiga con la fe en Cristo y, finalmente, ofrecer la propia vida como un cántico de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros.
Roma, San Juan de Letrán, 8 de marzo de 2020, II Domingo de Cuaresma.
Francisco
© Librería Editorial Vaticana



sábado, 11 de mayo de 2019

LAS VOCACIONES: DI SÍ AL SUEÑO DE DIOS

Este domingo la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones,
bajo el lema Di sí al sueño de Dios



El  domingo 12 de mayo se celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones cuyo lema en esta ocasión será “Di sí al sueño de Dios”. Para ayudar a estas vocaciones se creó la Obra de San Pedro Apóstol de Obras Misionales Pontificias (OMP).
Desde España se aportó el pasado año casi el 10% de lo recaudado por el Fondo Universal de Solidaridad de esta Obra, y gracias a ello se pudo ayudar a 5.450 vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa así como a 255 formadores.
"Con Él no me ha faltado nada"
En la presentación de esta campaña ha estado Faustina Dartey, nacida de Ghana. Desde los 14 años tuvo claro que quería dedicar su vida a Dios. "Decir sí a Dios es ganar, no perder. Con Él no me ha faltado nada". Así resumía su vida consagrada, esta religiosa invitada por OMP. Hoy, su deseo es ir a las misiones, pero lo que quiere sobre todo es "ir donde Dios quiera", porque está siempre dispuesta a ir dónde Él la envíe. Como dice Faustina "Dios es la persona" que la ha acompañado siempre. 
El Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote, acogió la rueda de prensa de la Jornada vocacional que se celebrará  el  12 de mayo, con el lema "Di sí al sueño de Dios". Organizada de forma conjunta por Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española (CEE), la Conferencia Española de Religiosos (CONFER), la Conferencia Española de Institutos Seculares (CEDIS), y Obras Misionales Pontificias (OMP), el objetivo de esta Jornada es "visibilizar la llamada a la vocación" e invitar a "colaborar con la oración y la ayuda económica", según explicó durante la presentación Ana Cristina Ocaña, del CEDIS.  
Junto a Faustina Dartey, ofrecieron su testimonio otros dos jóvenes: Catherine Declercq, Cruzada de Santa María; y Alejandro Ruiz-Mateos, seminarista. Catherine nació en Estados Unidos, aunque proviene de una familia católica francesa. Mientras completaba en España sus estudios de Ciencias Empresariales Internacionales, comenzó a preguntarse qué quería Dios para su vida.
Encontró que la respuesta era "dar la vida por la formación de los jóvenes", según el carisma de las Cruzadas de Santa María. Por su parte, Alejandro confesó que le apetecía "muy poco o nada ser sacerdote", como demuestra el hecho de haber tardado 10 años en entrar al Seminario desde que sintió la llamada por primera vez.
Las palabras del Papa Juan Pablo II en Cuatro Vientos, diciendo que merecía la pena dedicar la vida a la causa de Cristo, se le clavaron como un puñal, pero durante mucho tiempo siguió "distraído" a la llamada. Finalmente, y gracias a la oración de muchas personas y a la dirección espiritual, hace 6 años dio el paso y entró en el Seminario. El próximo 16 de junio, será ordenado diácono.
Dios sigue llamando 
Faustina, Catherine y Alejandro son sólo 3 ejemplos de los miles de jóvenes en todo el mundo que siguen diciendo Sí al sueño de Dios. Según datos de la CEE, actualmente hay 1.203 aspirantes al sacerdocio en seminarios mayores en España. En el curso 2018-2019 ingresaron 236 nuevos seminaristas. En cuanto a los datos aportados por CONFER, hay 407 congregaciones e institutos religiosos de vida apostólica con casi 39.000 religiosos. 
omp
Finalmente, el número de vocaciones que nacen en los territorios de misión se ha multiplicado. Por ejemplo, en los últimos 30 años, el número de sacerdotes nativos ha pasado de 46.932 a 88.138. Sin embargo las dificultades que los seminaristas y los novicios y novicias encuentran en estas iglesias jóvenes son mucho mayores, sobre todo a nivel económico, que en las iglesias de vieja tradición.
Por eso, la Obra de San Pedro Apóstol sigue apostando por ellos y ayudándoles económicamente. En 2018, a través del Fondo Universal de Solidaridad de esta Obra, los fieles de todo el mundo ayudaron con 21.512.405 euros a las vocaciones surgidas en territorios de misión. España aportó casi 2 millones con los que se pudo ayudar a 5.450 vocaciones y a 225 formadores.  La colecta de Vocaciones Nativas del próximo domingo 12 de mayo, contribuirá a que muchos otros jóvenes en todo el mundo puedan seguir diciendo "Sí al sueño de Dios". 










domingo, 22 de abril de 2018

Jornada de Oración por las Vocaciones: las diócesis difunden vídeos para promoverlas



Jornada de Oración por las Vocaciones: las diócesis difunden ví­deos para promoverlas
La alegría por su vocación


El cuarto domingo de Pascua, el conocido como domingo del Buen Pastor, la Igelesia celebra la Jornada de Oración por las Vocaciones. Todo es poco para promoverlas y ya lo avisaba el Cardenal Blázquez hace unos días en la inauguración de la Asamblea Plenacia de la Conferencia Episcopal Española, estamos en un momento de sequía vocacional y que se ha de salir a buscarlas y pedir al ‘Dueño de la mies que envíe obreros a la mies’.

El Seminario Conciliar de Barcelona, con esta inquietud, ha lanzado el vídeo “Un corazón incansable”, que desde mediados de marzo cuenta ya con 6.000 visitas. El vídeo condensa en dos minutos “la vida cotidiana del corazón de la archidiócesis barcelonesa”, detallan desde el seminario. Pero no es la única diócesis que desea atraer vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada. La delegación de pastoral vocacional de Madrid lleva varios meses publicando con cierta periodicidad testimonios de sacerdotes de la diócesis, así como de religiosos, religiosas y personas consagradas, algunas de las cuales están estudiando en su facultad de teología de Madrid.


 Testimonio del diacono Fernando Blázquez en un vídeo de la delegación de pastoral vocacional de la diócesis de Madrid.

La diócesis de Barcelona explica en su vídeo que “el Seminario es el corazón de la diócesis, lugar desde donde se difunde la vida de todos sus miembros” y que “necesitamos sacerdotes que formen su corazón a imagen del de Cristo”. El vídeo, que responde a estas inquietudes, y muestra el día a día de esta institución fundamental de cualquier diócesis, y que en el caso de Barcelona este año cumple 104 años.


Testimonio de Marisa Macicior, postulante clarisa, en un vídeo de la delegación de pastoral vocacional de la diócesis de Madrid.

Todas las vocaciones en una sola web
Por su parte la diócesis madrileña, en la web de la delegación de pastoral vocacional, muestra la riqueza de las vocaciones: desde los sacerdote diocesanos a los religiosos claretianos, o desde las terciarias capuchinas, a consagradas del Regnum Christi, pasando por una postulante Clarisa aportan, una a una, en vídeos cortos, cómo fue su llamada o por qué siguen fieles es una vocación que les llena y les hace felices.



Fernando de Navascués / ReL


domingo, 17 de abril de 2016

¡Descubre TU vocación!

Jornada mundial de oración por las vocaciones


¿Debe haber una experiencia extraordinaria para saber si tienes vocación al sacerdocio?

"La vocación se revela más que en un sentimiento del corazón o en un sensible atractivo que a veces puede faltar, en la recta intención de quien aspira al sacerdocio unido a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que lo hacen idóneo para tal estado. Quien se dirige al sacerdocio únicamente por el noble motivo de consagrarse al servicio de Dios y a la salvación de las almas, y juntamente, a lo menos con el fin de alcanzar seriamente una sólida piedad, una pureza de vida a toda prueba, una ciencia suficiente, éste muestra que ha sido llamado por Dios al estado sacerdotal" (Pío XI).

 "Es necesario no olvidar las diligencias humanas, y por consiguiente cultivar la preciosa semilla de la vocación que Dios deposita largamente en los corazones generosos de tantos jóvenes; y por consiguiente, alabamos y recomendamos con toda nuestra alma aquellas obras saludables que en mil formas y con mil santas industrias surgidas por "el Espíritu Santo, miran a custodiar y promover y a ayudar las vocaciones sacerdotales" (Pío XI).

 "La elección divina de un joven para el sacerdocio o para la vida religiosa se manifiesta, pues, primero dotándolo de las cualidades que lo hacen idóneo para el estado sacerdotal, luego poniéndolo en tales circunstancias que se le presente el sacerdocio como posible para él; y luego ayudándolo a formar una voluntad sobrenatural actual de abrazar ese estado por un fin recto: la mayor gloria de Dios, la salvación de su alma, el apostolado entre los demás. Esto y no más es la salvación divina al sacerdocio o a la vida religiosa" (San Alberto Hurtado).



¿Cómo puede ser un ejemplo que inspira?


Tomen ejemplo de sabios y diligentes pastores, como hizo san Gregorio Nacianceno, quien escribió a su amigo fraterno y obispo san Basilio: «Enséñanos tu amor a las ovejas, tu solicitud y tu capacidad de comprensión, tu vigilancia..., la severidad en la dulzura, la serenidad y la mansedumbre en la actividad..., las luchas en defensa de la grey, las victorias... conseguidas en Cristo» (Oratio IX, 5: PG 35, 825ab).



Falta de vocaciones
 No es la gracia la que falta: es la colaboración humana. Pues, como muy bien dice el P. Doncoeur: "No hemos comprendido aún bastante que Dios pide la colaboración humana para el llamamiento y para la respuesta".

Esperamos confiados, sin embargo, en que las vocaciones han de aumentar, ya que como dice Santo Tomás "Dios nunca abandona su Iglesia hasta el punto que carezca de ministros idóneos...".  Una vocación florece de ordinario en un hogar cristiano: el primer seminario es el regazo de una madre piadosa que sabe orar, y descubre el silencioso trabajo de la gracia en el alma de su hijo y colabora con ella y la protege hasta llevarla a feliz término (San Alberto Hurtado).



Oremos para que el Señor de la mies envíe muchos operarios a su mies.

Haciendo clic en el enlace puede cambiar tu vida



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VOCACIÓN SACERDOTAL: ¡NO TENGAS MIEDO! SI ESCUCHAS EL LLAMADO DE DIOS