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lunes, 8 de enero de 2024

6 maneras de aprovechar el tiempo que pasas con tus hijos

 

WINGS FOR AUTISM,AIR TRAVEL,DISABILITIES



Porque cada momento que pasas con tus niños es importante. Cualquier ocasión es buena para educarles.






La educación es algo que se aprende en casa y cada momento de convivencia con los hijos es una ocasión única para ir sembrando la educación y los valores que queremos para nuestros hijos.

Estos son algunos consejos específicos que tienen que ver con momentos concretos en casa: 

1. Establece horarios para cada actividad

FAMILY HOME
Rawpixel.com I Shutterstock

Es muy importante que los niños tengan horarios y que sepan cumplirlos. Diseñar un horario con los hijos puede ser un buen inicio para la convivencia. Es recomendable ponerlo en algún lugar de su habitación, para que lo tengan presente y sepan qué hacer cada día.

2. Confecciona y fomenta rutinas

mother daughter
Evgeny Atamanenko I Shutterstock

Si los horarios son importantes, las rutinas suponen un nivel igual o superior. Tenemos que establecer rutinas en los niños. Estas pueden ser de orden, higiénicas, saludables o de otra índole.

A modo de ejemplo podemos indicar que se laven las manos siempre antes de cada comida, cepillarse los dientes bien después de comer, preparar a la noche antes de acostarse su mochila para el día siguiente, recoger un juguete antes de sacar otro, etc.

El orden en el hogar facilita la convivencia y ayuda a crear armonía en casa.


3. Dota a los niños de roles y responsabilidades
PRACA DOMOWA
Shutterstock

En familias con dos o más niños incluso se puede nombrar a un encargado de supervisar el orden y que se cumplan las rutinas y/o normas establecidas por la familia, el encargado se puede cambiar cada día o cada semana, éste tendrá diversas funciones, por ejemplo supervisar que ninguno de sus hermanos deje las luces encendidas, el grifo abierto, la tapa del WC levantada, etc.

El juego de roles es un juego que gusta mucho a los niños y los dota de gran autoestima y motivación, aprenden a establecer reglas, cumplirlas y hacerlas acatar.

4. Utiliza estas palabras 

HAPPY,GRANDMOTHER,GRANDMA
Shutterstock

“Gracias” , “te quiero”, “perdón”, “por favor”, “lo siento” y “ponte en su lugar”. Estas palabras positivas y empáticas promueven una buena educación. Y es que el lenguaje positivo promueve comportamientos positivos

5. Enséñales el valor de las cosas y a tener paciencia

FOOD
By Shestakoff | Shutterstock

Los niños tienen que tener paciencia, y la paciencia hay que entrenarla. Hay padres impulsivos que tan pronto el niño pide algo, porque se lo vio a un amigo, en la televisión o en un catálogo de juguetes, se deciden inmediatamente para comprarlo.

Sin embargo si les educamos a adquirir las cosas con esfuerzo estaremos enseñando a nuestros hijos a valorarlas más. De este modo aprenden a valorar más lo emocional y afectivo que lo material. Es el momento de manifestarles lo mucho que los queremos.

6.  Conserva los momentos familiares

MUSEUM
Chubykin Arkady - Shutterstock

Quizá por trabajo o por el ritmo de vida actual, se están perdiendo los momentos familiares, esos momentos de diálogo entre los miembros de la familia, donde cada uno cuenta qué tal fue su día.

Por eso, conviene valorar los buenos momentos de conversación entre adultos y niños que se establecen en el hogar familiar.

Los días de descanso y fines de semana suelen ser una gran oportunidad para realizar actividades en familia. No hace falta tener dinero para grandes viajes. Una excursión, un picnic, un paseo matutino pueden ser grandes momentos para disfrutar la familia.

Cada momento de la vida ha de ser una buena ocasión para educar a los niños.



Javier Fiz Pérez, Aleteia

Vea también      Papel del padre y de la madre
en la educación de sus hijos


















viernes, 2 de julio de 2021

¿Cómo afrontar el desorden en casa?

 

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Nuestro hogar es el lugar donde descansamos y recuperamos fuerzas. Pero, para poder vivir con la alegría de un hogar es necesario cierto orden

Estoy segura que muchos padres tienen grabado en su mente ese momento de tener que acostar a los niños y ver la habitación de los juguetes patas arriba.

¿Por dónde empiezo?

Muchas veces el orden se hace complicado y todavía más en una casa con niños. Nuestro hogar es el lugar donde descansamos y recuperamos fuerzas. Pero, para poder vivir con la alegría de un hogar es necesario cierto orden.

El desorden nos impide relajarnos, nos carga de estímulos, nos distrae y nos impide enfocarnos en lo que realmente queremos, nos hace perder dinero y también tiempo, pues no encontramos lo que necesitamos.

Tal vez, el problema mayor sea que muchas veces no sabemos por dónde empezar a recoger.

De pequeña me enseñaron algo que nunca olvidaré y que me gustaría poder transmitir a mis hijos: “haz las cosas en su momento, no te dejes de llevar por el mañana. Hazlas con amor y buen humor”.

No procrastinar

¡Cuánto amor puede haber en una camisa bien planchada, un trastero ordenado o un plato de lentejas!

A mí, como madre, el orden me lleva a poner en primera línea el amor a Dios. Porque de lo contrario me dejaría llevar por todo tipo de pretextos para procrastinar. En cambio, el pensar que también es posible santificar esta ardua tarea de mantener el orden, me lleva a vivir mucho mejor las circunstancias ordinarias de cada día.

No existe una varita mágica que recoja habitaciones a golpe de endecasílabos. Pero les aseguro que se llega muy lejos y todo es más eficaz haciendo las cosas a su hora.

Cuida las rutinas. Esta es la primera regla de oro para mantener el orden. Como ya hemos dicho no hay recetas mágicas pero sí existen ciertos trucos que pueden hacer más fácil tu día a día.

Tips para un mínimo de orden

A continuación te propongo varios tips.

Define un sitio para cada cosa: de esa manera evitaremos estrés de última hora porque no aparecen las llaves, un zapato, una bufanda…

Ordena poco a poco: intenta recoger cada cosa que veas a tu paso descolocada. Esto, sobre todo en una casa con niños, contribuye a que el caos no sea exagerado.

Establece una rutina de limpieza: si te cuesta planificarte y tiendes a dejar todo para después, establecer rutinas puede ser de gran ayuda. Puedes imprimirlas y ponerlas visibles en algún punto de la casa, de modo que todos puedan colaborar.

No aplaces la tarea de limpiar después de ensuciar: resulta mucho más fácil recoger la cocina después de comer, guardar y limpiar las témperas o los juguetes inmediatamente después de usarlos.

Proporciona espacios de almacenaje eficaces para cada edad. Por ejemplo, percheros a la altura de los niños, zapateros que ellos mismos puedan abrir, una cajita para gomas o adornos del pelo, un espacio para las mochilas del colegio.

Orden interior

Aunque pueda parecer curioso, a pesar de tener relación con lo material, el orden tiene su origen en el espíritu. Es fruto de un trabajo interior en el que valoramos cómo organizar nuestro día de forma que ninguna de nuestras parcelas (trabajo, oración, familia, amigos, ocio) quede descuidada.

Esto hace que orientemos nuestra jerarquía de valores hacia el servicio como signo de amor hacia quienes nos rodean.

Ahora bien, si desterramos la pereza, conseguiremos que la dedicación, la perseverancia y la entrega nos lleven a objetivos que a priori nos parecían inalcanzables.

Por tanto, es muy importante ser educados en el orden desde la infancia, pues éste se opone a la ociosidad (tan peligrosa en la adolescencia), nos ayuda a conformar una recta personalidad, nos hace eficaces y nos regala la actitud mental de resolver con rapidez ciertos problemas o circunstancias.

Porque, como nos decía un gran Santo: “Cuando tengas orden se multiplicará tu tiempo, y, por tanto, podrás dar más gloria a Dios, trabajando más en su servicio” (San José María).

Miriam Esteban Benito, Aleteia 

Vea también      La familia, la educadora de la verdad del hombre, el matrimonio y la familia






























jueves, 11 de febrero de 2021

¿Qué tan importante es ser puntual, y por qué?

 


El valor que se construye por el esfuerzo de estar a tiempo en el lugar adecuado

El valor de la puntualidad es la disciplina de estar a tiempo para cumplir nuestras obligaciones: una cita del trabajo, una reunión de amigos, un compromiso de la oficina, un trabajo pendiente por entregar.

El valor de la puntualidad es necesario para dotar a nuestra personalidad de carácter, orden y eficacia, pues al vivir este valor en plenitud estamos en condiciones de realizar más actividades, desempeñar mejor nuestro trabajo, ser merecedores de confianza.

La falta de puntualidad habla por sí misma, de ahí se deduce con facilidad la escasa o nula organización de nuestro tiempo, de planeación en nuestras actividades, y por supuesto de una agenda, pero, ¿qué hay detrás de todo esto?

Muchas veces la impuntualidad nace del interés que despierta en nosotros una actividad, por ejemplo, es más atractivo para un joven charlar con los amigos que llegar a tiempo a las clases; para otros es preferible hacer una larga sobremesa y retrasar la llegada a la oficina. El resultado de vivir de acuerdo a nuestros gustos, es la pérdida de formalidad en nuestro actuar y poco a poco se reafirma el vicio de llegar tarde.

En este mismo sentido podríamos añadir la importancia que tiene para nosotros un evento, si tenemos una entrevista para solicitar empleo, la reunión para cerrar un negocio o la cita con el director del centro de estudios, hacemos hasta lo imposible para estar a tiempo; pero si es el amigo de siempre, la reunión donde estarán personas que no frecuentamos y conocemos poco, o la persona –según nosotros- representa poca importancia, hacemos lo posible por no estar a tiempo, ¿qué mas da…?

Para ser puntual primeramente debemos ser conscientes que toda persona, evento, reunión, actividad o cita tiene un grado particular de importancia. Nuestra palabra debería ser el sinónimo de garantía para contar con nuestra presencia en el momento preciso y necesario.

Otro factor que obstaculiza la vivencia de este valor, y es poco visible, se da precisamente en nuestro interior: imaginamos, recordamos, recreamos y supuestamente pensamos cosas diversas a la hora del baño, mientras descansamos un poco en el sofá, cuando pasamos al supermercado a comprar “sólo lo que hace falta”, en el pequeño receso que nos damos en la oficina o entre clases… pero en realidad el tiempo pasa tan de prisa, que cuando “despertamos” y por equivocación observamos la hora, es poco lo que se puede hacer para remediar el descuido.

Un aspecto importante de la puntualidad, es concentrarse en la actividad que estamos realizando, procurando mantener nuestra atención para no divagar y aprovechar mejor el tiempo. Para corregir esto, es de gran utilidad programar la alarma de nuestro reloj o computadora (ordenador), pedirle a un familiar o compañero que nos recuerde la hora (algunas veces para no ser molesto y dependiente), etc., porque es necesario poner un remedio inmediato, de otra forma, imposible.

Lo más grave de todo esto, es encontrar a personas que sienten “distinguirse” por su impuntualidad, llegar tarde es una forma de llamar la atención, ¿falta de seguridad y de carácter? Por otra parte algunos lo han dicho: “si quieren, que me esperen”, “para qué llegar a tiempo, si…”, “no pasa nada…”, “es lo mismo siempre”. Estas y otras actitudes son el reflejo del poco respeto, ya no digamos aprecio, que sentimos por las personas, su tiempo y sus actividades

Para la persona impuntual, los pretextos y justificaciones están agotados, nadie cree en ellos, ¿no es tiempo de hacer algo para cambiar esta actitud? Por el contrario, cada vez que alguien se retrasa de forma extraordinaria, llama la atención y es sujeto de toda credibilidad por su responsabilidad, constancia y sinceridad, pues seguramente algún contratiempo importante ocurrió..

Podemos pensar que el hacerse de una agenda y solicitar ayuda, basta para corregir nuestra situación y por supuesto que nos facilita un poco la vida, pero además de encontrar las causa que provocan nuestra impuntualidad (los ya mencionados: interés, importancia, distracción), se necesita voluntad para cortar a tiempo nuestras actividades, desde el descanso y el trabajo, hasta la reunión de amigos, lo cual supone un esfuerzo extra -sacrificio si se quiere llamar-, de otra manera poco a poco nos alejamos del objetivo.

La cuestión no es decir “quiero ser puntual desde mañana”, lo cual sería retrasar una vez más algo, es hoy, en este momento y poniendo los medios que hagan falta para lograrlo: agenda, recordatorios, alarmas…

Para crecer y hacer más firme este valor en tu vida, puedes iniciar con estas sugerencias:

– Examínate y descubre las causas de tu impuntualidad: pereza, desorden, irresponsabilidad, olvido, etc.

– Establece un medio adecuado para solucionar la causa principal de tu problema (recordando que se necesita voluntad y sacrificio): Reducir distracciones y descansos a lo largo del día; levantarse más temprano para terminar tu arreglo personal con oportunidad; colocar el despertador más lejos…

– Aunque sea algo tedioso, elabora por escrito tu horario y plan de actividades del día siguiente. Si tienes muchas cosas que atender y te sirve poco, hazlo para los siguientes siete días. En lo sucesivo será más fácil incluir otros eventos y podrás calcular mejor tus posibilidades de cumplir con todo. Recuerda que con voluntad y sacrificio, lograrás tu propósito.

– Implementa un sistema de “alarmas” que te ayuden a tener noción del tiempo (no necesariamente sonoras) y cámbialas con regularidad para que no te acostumbres: usa el reloj en la otra mano; pide acompañar al compañero que entra y sale a tiempo; utiliza notas adheribles…

– Establece de manera correcta tus prioridades y dales el lugar adecuado, muy especialmente si tienes que hacer algo importante aunque no te guste.

Vivir el valor de la puntualidad es una forma de hacerle a los demás la vida más agradable, mejora nuestro orden y nos convierte en personas digna de confianza.

encuentra.com

Vea también    ¿Hay alguna razón teológica para ser puntuales a las Celebraciones Litúrgicas?





miércoles, 5 de septiembre de 2018

Tu cerebro disfrutará si haces este tipo de tarea

Y no, no es hablar con el smartphone ni ver la computadora

KNITTING
Hace dos horas, tuve un caso horrible de lunes.
Esta mañana temprano hice mi entrenamiento, volví a casa para preparar a los niños para la escuela y luego llevé a mi hijo Lincoln a su primer día de guardería. Cuando regresé, hice el desayuno, limpié la cocina y luego me concentré en el trabajo… pero estaba cansada. Muy cansada. Anoche me acosté tarde y todo mi cuerpo está sintiendo las consecuencias, igual que está sintiendo el cambio de ambiente por una tormenta repentina y los alérgenos que trae. Tratar de componer un correo electrónico era como cruzar un lodazal hundida hasta la cintura… mi cerebro simplemente no quería hacerlo.
Normalmente intento superar a la fuerza ese tipo de agotamiento, ya que es parte de la vida y el trabajo no se detiene solo porque yo quiera. Pero hoy debía de estar extremadamente cansada, porque cerré el portátil y me dirigí al cesto de la ropa abarrotado de ropa limpia y sin doblar. En ese momento, doblar la colada me parecía un refugio bendito contra cualquier tipo de trabajo.
Es un tanto irónico, porque normalmente doblar y guardar la ropa es una tarea que detesto. Lleva mucho tiempo, debo hacerlo estando sentada y, por lo general, tiende a cortocircuitar mi motivación de cara al día. Pero hoy estaba profundamente agradecida a la colada descuidada por darme una tarea que se podía hacer lentamente mientras estaba sentada… y profundamente sorprendida al descubrir que, cuando la colada ya estaba doblada y guardada, me sentí revitalizada y refrescada.
CBS recientemente publicó un artículo sobre cómo el trabajar con las manos es en realidad vital para que nuestros cerebros se mantengan sanos, así como sobre lo alarmantemente descuidado que está este aspecto de la vida humana en la sociedad estadounidense contemporánea:
“[El comportamiento puede actuar a modo de] los medicamentos en el sentido de que, cuando nos movemos y cuando participamos en actividades, cambiamos la neuroquímica de nuestro cerebro de manera similar a la que un medicamento puede cambiar la neuroquímica de nuestro cerebro”, afirmó Kelly Lambert, una neurocientífica de la Universidad de Richmond.
Lambert dice que nuestro cerebro ha evolucionado para proporcionar gratificación cuando controlamos nuestro entorno.
Por eso, según Lambert, los médicos del siglo XIX solían recetar a las mujeres que cosieran cuando sentían ansiedad, “porque percibieron que les calmaba algo. Y quizás suene a simplista, pero cuando lo piensas bien, el movimiento repetitivo está incrementando ciertas sustancias químicas en el cerebro. Y así si produces algo, un gorro o una bufanda, obtienes una recompensa”.
Estoy familiarizada con el beneficio neuroquímico del ejercicio  —como todo el mundo, supongo— y el estímulo neuroquímico, menos conocido, de la escritura. Escribir tiene el mismo tipo de recompensa que hacer un sombrero o una bufanda, porque es algo que tú has creado. Sin embargo, escribir es significativamente más intenso intelectualmente que doblar la ropa, incluso si esa intensidad genera su propio tipo de beneficio neuroquímico.
No obstante, las recompensas neuroquímicas de doblar la ropa han demostrado ser esquivas… al menos hasta hoy. No sé si necesitaba desesperadamente el descanso (tanto físico como mental) que me proporcionaron esos 20 minutos de doblar ropa o si el placer de poner la ropa ordenada en cajones y de ver el canasto vacío en el lavadero fue suficiente estímulo para superar mi caso de bache de lunes pero, de cualquier manera, funcionó. Y aunque dudo que doblar la colada sea mi actividad favorita, ya me parece mucho menos desagradable que hace dos horas.



Calah Alexander, Aleteia