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sábado, 9 de agosto de 2025

Cuatro consejos de un sociólogo a los padres inquietos por transmitir la religión a sus hijos

 

Unos padres enseñan a su hija... pero enseñar la fe a veces parece algo complicado

Unos padres enseñan a su hija... pero enseñar la fe a veces parece algo complicado

Cuanto más valoran los padres su fe y más la viven, mayor es su inquietud por transmitirla correctamente a sus hijos. Y su sufrimiento se acrecienta cuando ven pulular en torno a ellos no solo las seducciones del mundo, comunes a todas las épocas, sino también fuerzas muy poderosas (la escuela sometida al dictado político, los medios, las nuevas tecnologías) al servicio de ideologías que pretenden pervertir su alma.

El sociólogo Christian Smith ha dedicado veinte años a estudiar la vida espiritual de los adolescentes y jóvenes y cómo les ha sido transmitida la por sus padres, y no solo en el ámbito cristiano. Ha escrito un libro al respecto junto con Amy Adamczyk en Oxford University Press: La transmisión de la fe. Cómo pasan los padres la religión a la generación siguiente.

Y hay una buena noticia, dice Smith a esos padres angustiados en un reciente artículo en First Things: “La buena noticia es que, de todas las posibles influencias, la que ejercen los padres sobre las convicciones y actitudes religiosas de sus hijos es, con abrumadora diferencia, la mayor”.

Pero esa buena noticia tiene una contrapartida: “Casi toda la responsabilidad humana por la trayectoria religiosa de los hijos recae sobre los hombros de sus padres”.

Apelando a la “evidencia empírica” de sus años de investigación, Christian señala que no hay congregación religiosa, grupo juvenil, escuela confesional, campamento, catequesis, peregrinación o lo que sea, nada, que pueda moldear la religiosidad de los jóvenes como pueden hacerlo sus padres".

Todas esas influencias “pueden reforzar la influencia de los padres, pero no pueden hacer casi nada para superarla o anularla”. Y lo que marca la diferencia, subraya, es “la importancia (o no) de las creencias y costumbres de los padres en su vida cotidianano solo los domingos, sino todos los días, semanas y años”.

Por supuesto, el éxito no está garantizado, porque en última instancia los hijos acaban decidiendo sobre su propia vida. Pero, “salvo casos excepcionales, lo que sí está garantizado es que los padres que no están especialmente comprometidos, atentos y dispuestos a transmitir su fe tendrán hijos menos religiosos que ellos, si es que llegan a serlo en alguna medida”.

Christian Smith y Amy Adamczyk han sintetizado en su libro veinte años de investigación sobre la transmisión de la fe de padres a hijos.

¿Qué consejos ofrece Smith a los padres que quieren mejorar la transmisión de la fe a sus hijos?

Primero: vivir auténticamente la fe

Ser ellos mismos: “Creer y practica su religión de forma auténtica y fiel. A los niños no se les engaña con actuaciones. Ven la realidad. Y cuando la realidad es auténtica y vivificante, pueden sentirse atraídos a vivir algo similar”.

Segundo: autoridad, no autoritarismo ni permisivismo

Educar en la fe se hace mejor en un entorno de “autoridad”, en el que los hijos conocen qué se espera de ellos y cuáles son los límites que, en todos los ámbitos de la vida, no deben traspasar. Pero, al mismo tiempo, se ven rodeados por sus padres de cariño, apoyo y atención.

Las alternativas son peores, sostiene Smith. Un estilo “autoritario”, es decir, estricto sin respaldo emocional, “deja a los niños pocas oportunidades para vincularse, comprometerse e identificarse” con lo que se les quiere transmitir, y por tanto “dificulta su interiorización”.

En el extremo contrario, el estilo “permisivo”, en el que los padres son “todo afecto y empatía”, transmite a los hijos que lo que hagan o dejen de hacer no importa mucho, “incluyendo todo aquello que se refiere a la religión”.

Una síntesis de “autoridad paterna y calor afectivo” permite ver a los hijos que sus padres les exigen porque les aman, y que, aunque sus actos tengan consecuencias, “esas consecuencias nunca incluirán el rechazo del amor y del respaldo”.

Tercero: hablar con naturalidad de la religión

Los padres que consiguen transmitir bien la fe a sus hijos, explica Smith, “hablan con sus hijos durante la semana, como parte normal de la vida familiar, sobre religión: lo que creen, lo que practican, lo que significa, lo que implica y por qué todo ello es importante”.

Se trata de no reducir la religión a momentos concretos (el domingo) o a asunto incómodo que solo se aborda excepcionalmente. La religión ha de ser “algo que somos y algo que nos importa”. No se trata de estar continuamente hablando de religión a los hijos, sino de mostrarles que la religión es importante y relevante en multitud de circunstancias y cuestiones. 

Una joven familia sonríe al salir del templo, pero la fe que se contagia se vive en el día a día

Una joven familia sonríe al salir del templo, pero la fe que se contagia se vive en el día a díafreepik

Es aquí, subraya Christian, donde resulta fundamental “ser auténticamente lo que se es, no de decidir de golpe ponerse a sermonear”.

Cuando, en las investigaciones sociológicas correspondientes, se le pregunta por su fe aquellas personas que practican de alguna manera la religión de sus padres, la respuesta siempre es que la religión era un asunto del que se hablaba frecuentemente en casa cuando eran jóvenes.

Smith sugiere a los padres que, al abordar estas cuestiones, dejen que sus hijos “exploren y expresen sus propias ideas y sentimientos, en cualquier caso sin dejar que las conversaciones acaben en un todo-vale relativista”.

Cuarto: canalizar para interiorizar

Una cosa es que las influencias no paternas sean menos importantes que las paternas, y otra que sean irrelevantes. Por eso hay que “canalizarlas”, y eso significa “empujar, conducir, introducir sutilmente a los hijos en la dirección religiosa correcta”, sin que eso resulte controlador, cargante ni coactivo: “La finalidad de la canalización religiosa es que los hijos personalicen e interioricen su fe religiosa y su identidad de forma perdurable, de forma que, cuando se acerquen a la edad adulta, se vean a sí mismos como personas que creen y practican, y no como niños que siguen a sus padres”.

Para ello es bueno incorporar otras buenas influencias, y “las investigaciones muestran que entre las influencias canalizadoras más importantes figura la presencia de adultos que no sean de su familia en grupos religiosos que conocen bien a los niños y pueden involucrarles en hablar sobre temas serios”.

Por eso es importante vincular a los hijos al grupo religioso o comunidad parroquial, y animar a la existencia de buenos grupos juveniles y a integrarse en ellos. Tanto más es fundamental la atención a las amistades de sus hijos, y su participación en campamentos o retiros que les permitan “contactos, experiencias y modelos” que les sirvan para interiorizar la fe y su vivencia.

En resumen…

Para algunos padres, la responsabilidad sobre la fe de sus hijos puede resultar “abrumadora”, reconoce Smith, y algunos pueden pensar que socializar religiosamente a sus hijos puede “hacer que se rebelen”. Aparte de que puedan existir factores concretos que compliquen esa estrategia.

Pero lo que “todos los padres sí pueden hacer”, concluye, es:

-practicar en su propia vida la fe que quieren que asuman sus hijos;

-construir con ellos relaciones basadas en la autoridad y el afecto;

-orientarles hacia relaciones y actividades que pueden hacerles interiorizar mejor la religión;

-rezar para que Dios guíe a sus hijos a una vida en torno a la Verdad, el Bien y la Belleza.

C.L., ReL

Vea también    La Familia - Iglesia doméstica:
Vivir y Transmitir la Fe


jueves, 6 de julio de 2023

Doce frases constructivas que decirle a tu hijo todos los días

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Metidos en el ritmo frenético de una ajetreada vida cotidiana, sucede que ya no nos tomamos el tiempo de pronunciar las frases que, sin embargo, expresan lo esencial, y así favorecen el buen desarrollo del niño. ¡Un pequeño resumen para que nos lo pensemos!

Los lingüistas coinciden en que expresar, contar, nombrar, es hacer existir. El lenguaje genera una nueva realidad, que sólo tiene sentido porque sobre él se colocan palabras. De ahí la necesidad de hablar con tu hijo, de decirle cómo te sientes, de destacarlo.

Estas frases contribuyen a construir su personalidad, aumentando su autoestima, tranquilizándolo. El simple poder de las palabras lo hace crecer. ¡Así que no nos privemos!

Expresar el amor

Podríamos pensar: «de todos modos, él es consciente de todo el amor que le tengo, ¡dado el tiempo que pasé buscándole su Lego Star Wars para su cumpleaños!». ¡Pues no! Un niño no lo adivina todo y necesita escuchar a sus padres decirle que lo aman.

«Te quiero».

Dos palabras que se dicen y se escuchan sin descanso, que transmiten todo el amor que le tienes, y sin las cuales no puede florecer plenamente.

«Te quiero mucho, aunque no me gusta lo que acabas de decir/hacer».

En caso de que haga el tonto o te desafíe, puedes regañar u oponerte, pero es importante asegurarle también que lo sigues amando a pesar de todo.

«Aunque no esté a tu lado (esta noche, mañana o esta semana), te quiero mucho».

Para los pequeños ansiosos que temen las partidas o las separaciones, aunque sea por una noche, dile que tu amor persiste aunque no estés ahí, junto a él.

«Te querré siempre».

Hacerle saber que siempre lo amarás, esté donde esté y haga lo que haga, es un sentimiento fuerte para él, lo tranquiliza. Sabe que puede contar contigo.

Alaba lo que hace bien

Valorar a tu hijo, sus talentos, sus ideas, genera en él una sensación de bienestar y desarrolla su confianza en sí mismo.

«¡Sé que puedes hacerlo!»

Anima a tu hijo en la escuela, en su deporte favorito o en cualquier situación que requiera esfuerzo por su parte. Se sentirá más seguro de esta manera. Su apoyo es esencial.

«¡Has tenido una buena idea!»

Reconocer una buena idea y contarla es darle el lugar que se merece. Es también promover los intercambios, el diálogo, la confianza necesaria para una sana relación entre padres e hijos.

«¡Has hecho una buena pregunta!»

Cuando tu hijo haga una pregunta, resáltela. Una pregunta nunca es estúpida para la persona que la hace. Él está esperando una respuesta emocional o una reacción de tu parte que le dé su respuesta.

«Gracias, me ayuda mucho lo que haces».

Cuando tu hijo te ayude en la vida cotidiana, no olvides agradecerle y hacerle sentir que cada gesto, por pequeño que sea, es importante y que su ayuda es útil.

«Eres único».

Cada niño es diferente, único, por sus cualidades, sus defectos, su temperamento, su historia… Y es importante recordárselo, sobre todo en las familias numerosas, para que encuentre su lugar, se acepte y se quiera a sí mismo tal como es. Es una forma de decir que es precioso para ti, que tiene valor.

Expresa tus sentimientos

Fuente de diálogo y confianza, expresar sus propios sentimientos hacia su hijo es beneficioso. No dudes en hablar de ti, de cómo te sientes. Los niños están llenos de empatía y son muy sensibles al reconocimiento, hasta el punto de que el no reconocimiento podría pasar por una injusticia.

«¡Me hace muy feliz!»

Muéstrale cuando hace cosas que te hacen feliz, como poner la mesa o hacer su cama, cuando no se lo pediste. Siempre es bueno escuchar que hiciste feliz a alguien. No hay edad para sentir que el reconocimiento es bueno.

«Estoy orgulloso de tí»

Dile cuando lo que hace te hace sentir feliz y orgulloso. ¡Una forma también de arrastrarlo a una espiral virtuosa, en la que se esfuerza por hacerte feliz!

«Perdón»

Padre, rápidamente tomamos la decisión de presionar a nuestro hijo para que pida perdón. A su hermano, a su hermana, al novio, a él mismo. Pero es más difícil pedirle perdón a tu hijo. Esto puede ser legítimo cuando nuestro nerviosismo ha superado los límites o cuando hemos sido especialmente duros con él. Dar el paso de pedir perdón es ya un ejemplo, para inculcarle al niño que es posible un error, pero que pedir perdón, humilde y sinceramente, puede purificar muchas situaciones. Una palabra clave para construir una hermosa relación.

Mathilde De Robien, Aleteia

Vea también     Declaración sobre la Educación Cristiana  - 
San Pablo VI















martes, 28 de febrero de 2023

¿Cómo transmitir hoy la fe a tus hijos? Propuesta de los curas de Red de Redes: hablar y dar ejemplo

           Hay que llegar antes, y con más intensidad, que las redes sociales


Los sacerdotes Silva, Bronchalo y Doménech
hablan sobre transmitir la fe a los hijos en casa

¿Cómo pueden los padres de hoy transmitir la fe cristiana a sus hijos, sometidos a un entorno a menudo indiferente o muy hostil a la religión? Es la pregunta que abordan en profundidad Patxi Bronchalo, Jesús Silva y Antonio Maria Domenech, los tres sacerdotes de Red de Redes, el programa de catequesis en YouTube de la ACdP.

Cada familia deberá encontrar su estilo, pero siempre implicará que los padres demuestren ser coherentes en sus actos con lo que "predican", priorizar algunas cosas (como el comer juntos en familia o salir juntos a actividades) frente a otras (como el exceso de tiempo ante las pantallas) y tener conciencia de que hoy la fe cristiana y su estilo de vida son contraculturales.

“Se ha roto la baraja”

Bronchalo, Silva y Domenech arrancan planteando la premisa: “Hoy se ha roto la baraja, ya no estamos en la cristiandad y no podemos pensar que la transmisión de la fe se va a realizar culturalmente”, asegura Bronchalo.

Silva coincide en que antes se daba por supuesto que el hijo recibiría una cultura cristiana, pero que ya no es así. “Tenemos que partir de cero y educar a nuestros hijos en que lo que van a vivir es contracultural en la sociedad”, añade.

El padre Antonio María Domenech con un paraguas, símbolo de protección contra lo malo

El padre Antonio María Domenech con un paraguas, símbolo de protección contra lo malo.

El peligro de no ser coherentes

“Los hijos tienen dos cámaras que están apuntándonos constantemente”, recuerda Bronchalo, refiriéndose a la mirada de los niños, y dice que, por tanto, “la coherencia es muy importante”.

Advierte, en esta línea, de que no sirve de nada estar hablando de caridad todo el día pero luego rechazar a quien te pide un favor, o llevar a los niños a la Iglesia pero luego despotricar de alguien en la mesa. “Si les enseñan algo desviado, tú lo vas a desmontar, pero si no eres coherente…”, plantea.

Domenech añade que “se empieza por muy poco”. “Hay padres que dejan de ir a misa un domingo, y eso le está enseñando a los hijos que ir a misa es relativo; desmonta la escala de valores que están formando”, dice.

Pone otro ejemplo: ¿irás de vacaciones donde sabes que no podrás ir a misa? ¿O te aseguras de evitar esos sitios? “A tus hijos entonces se les queda en la cabeza que la misa es tan importante que incluso justifica no visitar un país”, dice.

Un tiempo de sembrar y un tiempo de rezar

Silva distingue dos etapas en la relación con los hijos. “A partir de cierta edad, cuando ya son mayores, hay que tener cuidado con no convertirnos en unos pesados, porque se ponen una tapia y ya no escuchan”, señala.

A los padres que sufren por tener hijos alejados de la fe les dice: “Tú ya has sembrado lo que tenías que sembrar; ahora te queda rezar y, de vez en cuando, invitarle”.

El padre Silva pide ser insistentes con los niños pequeños e invitar sin agobiar a los hijos ya crecidos

El padre Silva pide ser insistentes con los niños pequeños e invitar sin agobiar a los hijos ya crecidos.

“Mi madre nos decía ‘Ya te he explicado todo lo que hay; el día del Juicio Final no podrás alegar ignorancia’”, recuerda Domenech.

Pero la cosa es distinta con hijos pequeños. "No dejes de poner los fundamentos, de sembrar las semillas, por todos los medios que puedas”, destaca Silva: leyendo la Biblia, llevándoles a misa, rezando con ellos…

“Es importante no inculcar solo conocimientos, también experiencias, como llevarles frente a Jesús sacramentado, ponerles música cristiana, sumergirles en el arte cristiano… y contarles testimonios de personas cuya vida ha cambiado por encontrarse con Jesucristo”, dice el sacerdote.

“Es bueno rezar todos juntos; enseñarles a tratar a Dios como una persona viva”, coincide Bronchalo.

Domenech apunta un matiz: “A veces insistimos en llenar la vida de cosas y no en llenar las cosas de vida”.

Para proteger: hablar mucho, y pronto, con los hijos

"Muchas veces a través de los medios se nos cuela la cultura anticristiana, y aquí mi primer consejo es hablar mucho con los hijos, mucho; es una inversión”.

“Yo diría también que hay que llegar antes”, apunta Silva, “porque los chavales van a tener acceso a redes sociales, a Tik Tok… y hay que ir un paso por delante, explicar a tus hijos lo que hay, ‘en internet te van a decir tal, y tú tienes que saber tal’”.

Particularmente preocupa a Silva el acceso a la pornografía o a imágenes eróticas, muy sencillo a través de redes sociales. “Hoy la mayor parte de jóvenes -lo sé porque se lo he preguntado- no se alejan de la Iglesia por un problema profundo de fe o una discusión teológica, sino porque les han vendido que el sexo es lo más grande a lo que aspirar y que la Iglesia quiere que no lo tengas… Cuando pierdes la moral, pierdes la fe”, reflexiona.

Poder comer juntos, y hablar

Bronchalo recuerda los pasajes del Evangelio donde Jesús aparece comiendo con publicanos y pecadores.  Señala que es muy importante que una familia pueda comer unida en torno a una mesa con regularidad. Comer juntos, dice, es “el altar sagrado de toda familia”, el lugar donde reunirse y compartir. “Hay que cuidar esos espacios privilegiados”, dice, y evitar que estén marcados por la televisión o el móvil.

El capítulo termina con tres recomendaciones. Domenech recomienda conocer la vida de san Isidro Labrador, “que supo dejar el trabajo por estar con Dios, ¡y es que a veces le damos más importancia que a Él!”.

Silva recomienda el catecismo para jóvenes YouCat y su complemento, el DoCat, con propuestas enfocadas a la práctica.

Y Bronchalo, la película de Juan Manuel Cotelo Tengamos la fiesta en paz  que se puede ver en Netflix.


Una experta comparte sus conocimientos de cómo educar a los hijos en la fe














lunes, 1 de febrero de 2021

¿Qué es una iglesia doméstica?

 

FAMILY PRAY


Ya desde el tiempo de los Apóstoles, la familia fue vital en la existencia de la Iglesia

En la Iglesia primitiva había dos clases de asambleas en las que participaban los cristianos:

Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas… Alababan a Dios y gozaban de la simpatía  de todo el pueblo” (Hch 2, 46-47); “Y no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas” (Hch 5, 42).

La Vulgata (la traducción de la Biblia al latín realizada por san Jerónimo en la segunda mitad del siglo IV), al  hablar de que el apóstol san Pablo con frecuencia saludaba a la Iglesia que se reunía en las casas utiliza la expresión “Iglesia doméstica”.

Se ve en su Carta a los Romanos (16,5): “Et domesticam Ecclesiam eorum… (y del mismo modo a la Iglesia que está en su casa -en la casa de los consortes Prisca o Priscila y Áquila)”.

Por tanto para el Apóstol Pablo la casa es el lugar donde se reúne la comunidad eclesial, en la que reside la plenitud de la Iglesia.

Desde sus orígenes el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, ‘con toda su casa’ habían llegado a ser creyentes (Hch 18,18). Cuando se convertían, deseaban también que se salvase ‘toda su casa’ (Hch 16,31). Estas familias convertidas eran islas de vida cristiana en un mundo no creyente” (CIC 1655).

La caridad, el testimonio cristiano de sus miembros, era un medio muy eficaz para extender el mensaje.

Ya en aquellos momentos iniciales la casa o pequeña porción de Iglesia, jugó un papel muy importante en la evangelización al constituirse en el centro de la vida eclesial y de la evangelización pues en ella eran acogidos los misioneros y se cultivaba la hospitalidad. 

La familia cristiana es pues fermento de la Iglesia.

La Iglesia es una gran familia, formada de familias. La Iglesia doméstica es el origen y está en la base de las famosas primeras comunidades cristianas y, en consecuencia, de la Iglesia.

La familia es una comunidad cristiana. Y los valores que en estas primeras comunidades se verificaban deben también verse en las Iglesias domésticas de hoy.

¿Cómo eran las primeras comunidades cristianas y/o qué deben tener las Iglesias domésticas de hoy?

Todos los miembros de la comunidad eran corresponsables los unos de los otros como los miembros del cuerpo humano (Rm 12,7-11).

Vivían en íntima comunión fraterna, con un sólo corazón y una sola alma (Hch 4,32). Se nutrían de la Palabra proclamada (Hch 2,42). Practicaban con asiduidad la oración comunitaria (Hch 2,42. 46).

Tenían claro que el Espíritu de Jesús era el alma de la comunidad, de quien procede la comunión y el impulso de vida (Hch 1,5).

Compartían fraternalmente el pan material y el Pan eucarístico (cfr. Hch 2,42.47). Practicaban el perdón y se llevaba a cabo con sinceridad y misericordia la corrección fraterna (Mt 18,15-35).

Estaban centrados en Jesús, el Señor resucitado (cfr. Mc 16,20; Mt 18,20). Tenían claro que era importante salir para acercarse a los pobres y más débiles, a predicar y ser testimonio de vida (Mt 18,4; Hch 4,33). Sabían que los diferentes dones son puestos al servicio de los demás (1Cor 12,1ss; Hch 20,35).

La Iglesia, en mayúsculas, ha hablado mucho de la familia como Iglesia doméstica. Para la muestra los siguientes botones:

“Los Padres de la Iglesia, en la tradición cristiana, han hablado de la familia como ‘Iglesia doméstica’, como ‘pequeña iglesia’. Se referían así a la civilización del amor como un posible sistema de vida y de convivencia humana. ‘Estar juntos’ como familia, ser los unos para los otros, crear un ámbito comunitario para la afirmación de cada hombre como tal, de ‘este’ hombre concreto. A veces puede tratarse de personas con limitaciones físicas o psíquicas, de las cuales prefiere liberarse la sociedad llamada ‘progresista’. Incluso la familia puede llegar a comportarse como dicha sociedad. De hecho lo hace cuando se libra fácilmente de quien es anciano o está afectado por malformaciones o sufre enfermedades. Se actúa así porque falta la fe en aquel Dios por el cual todos viven (Lc 20, 35) y están llamados a la plenitud de la vida” (Carta a las familias, 15. Del papa Juan Pablo II, año 1994).

En el Decreto Apostolicam Actuositatem del Concilio Vaticano II, sobre el apostolado de los seglares, la familia es presentada como “santuario doméstico de la Iglesia” (11).

El papa Pablo VI con frecuencia se refirió a la familia cristiana como Iglesia doméstica. Por ejemplo en su exhortación apostólica Marialis Cultus (2-2-1974) dice:

La familia cristiana se presenta como una iglesia doméstica…si elevan en común plegarias suplicantes a Dios; porque si fallase este elemento, faltaría el carácter mismo de familia como Iglesia doméstica” (52).

Ahora bien, “Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la ‘familia de Dios’” (CIC 1655).

El hogar cristiano es el lugar en que los hijos de Dios reciben el primer anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente ‘Iglesia doméstica’, comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana” (CIC 1666).

El Concilio Vaticano II en su documento Lumen Gentium, en el numero 11, recupera la expresión y también llama a la familia Ecclesia domestica, en la que los padres son los primeros anunciadores de la fe para los hijos.

“La familia cristiana constituye una revelación y una actuación específicas de la comunión eclesial; por eso puede y debe decirse Iglesia doméstica (Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio, 21). Es una comunidad de fe, esperanza y caridad, posee en la Iglesia una importancia singular como aparece en el nuevo testamento (Ef 5, 21-6,4; Col 3, 18-21; 1 P 3,1-7)” (CIC, 2204). “La familia cristiana es el primer ámbito para la educación en la oración. Fundada en el sacramento del matrimonio, es la ‘Iglesia doméstica’ donde los hijos de Dios aprenden a orar ‘como Iglesia’ y a perseverar en la oración” (CIC, 2685).

En la Iglesia pues se suele identificar a la familia cristiana católica como “Iglesia doméstica”. Esta idea es desarrollada por Juan Pablo II en el número 49 de su encíclica Familiaris Consortio,  denominándola «Iglesia en miniatura».

Es decir que a la familia se le identifica como verdadera Iglesia y como parte del cuerpo de Cristo que formamos todos los creyentes.

En ella han de verse los signos del Evangelio, marcando toda su vida y la estrecha relación entre sus miembros, puesto que el cristianismo no es una filosofía, sino una nueva forma de vivir y de ser en virtud de que el cristiano es engendrado de lo alto.

Y la familia no es solamente el “grupo primario” de cualquier sociedad, como afirman los sociólogos, sino que también, como se suele decir, es su célula y su corazón y al mismo tiempo es la Iglesia en su mínima expresión.

Pero muchas veces la reflexión sobre la familia como “Iglesia doméstica” se queda reducida al mero hecho de cumplir con requisitos para la práctica de los sacramentos, las leyes y normas que dicta la Iglesia, cuando es algo más que eso. Es decir, no cualquier familia es Iglesia doméstica.

La familia no es Iglesia doméstica sólo porque el matrimonio esté casado por la Iglesia, o porque la familia practique los sacramentos o porque vaya a misa los domingos; es por esto y por mucho más.

Jesús, en compañía de María y José, se dedicó a llevar la palabra de su Padre a todos los hombres; así, la familia cristiana o la Iglesia doméstica tiene la tarea de seguir los pasos de la Sagrada Familia de Nazaret e imitarla.

La Iglesia doméstica tiene, de esta manera, la misión de evangelizar ad intra y ad extra, será para todos testimonio del amor de Dios, vivirá los valores cristianos, será educadora en un ambiente de oración, colaborará y participará en la vida de otra familia más grande: la comunidad parroquial a favor de la evangelización en la caridad y/o acción social y recibirá ayuda de la comunidad eclesial, por ejemplo, con las catequesis.

La familia es la principal fuente de socialización, la red protectora y amortiguadora de situaciones críticas y tensionantes. La familia es el mayor lugar educativo de comportamientos y valores, al ser el primer espacio temporal de convivencia.

También es el contexto natural donde se produce el encuentro intergeneracional, decisivo para el desarrollo como personas y para el enriquecimiento mutuo.

La familia es la institución que prepara al ser humano para adaptarse a la sociedad transmitiéndole normas. Ahí es donde se dan las relaciones de cariño, que favorecen el desarrollo de la vida y proporcionan seguridad emocional.

El tipo de relaciones que mantenga un niño con los demás  siempre estará marcado por el modelo vivido en casa.

Cuando el ambiente familiar es frustrante o difícil, los hijos buscarán fuera relaciones que mantengan valores opuestos a los que ve, pudiendo entrar en grupos anómalos.

La adaptación a la escuela es más rápida y más convincente para los niños que prolongan y reflejan en sí mismos los valores que tiene y vive su familia.

Los niños que son apoyados, valorados y tratados con sincero cariño en la familia se sienten más seguros en su institución educativa, influyendo positivamente en su proceso de aprendizaje.

En las familias donde se viva la fe, donde haya manifestaciones de afecto, de aceptación incondicional y potenciación de la autonomía, los hijos se sienten seguros y confiados para seguir adelante.

Por el contrario los hijos que crecen en un ambiente familiar desordenado, inestable y mal formado, tendrán deficiencias psicológicas, afectivas, emocionales, intelectuales y sociales que saldrán a flote tarde o temprano.

En la familia el ser humano aprende a desafiar los retos, a asumir responsabilidades, a encontrar las bases para afrontar el futuro, convirtiéndose incluso en un referente que pueda dar sentido a la vida de otras personas y familias de la sociedad en que vive.

Henry Vargas Holguín, Aleteia

Vea también    La Familia Iglesia doméstica - Papa Francisco