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miércoles, 28 de febrero de 2024

Audiencia del Papa: «El envidioso no acepta las 'matemáticas' de Dios, que son siempre el amor»


"Quisiéramos imponer a Dios nuestra lógica egoísta, pero la lógica de Dios es el amor. Los bienes que Él nos da están destinados a ser compartidos", escribió el Papa sobre la envidia.

"El rostro del envidioso es siempre triste: tiene su mirada baja, parece estar constantemente investigando el suelo, pero en realidad no ve nada, porque su mente está envuelta en pensamientos llenos de maldad", leyó en nombre del Papa monseñor Ciampanelli, oficial de la Secretaría de Estado, durante la Audiencia de este miércoles

El Papa, todavía débil por su reciente resfriado, dedicó su texto a la envidia y la vanagloria. Antes de finalizar la Audiencia, Francisco leyó personalmente unos saludos, en donde recordó el 25º aniversario de la convención que puso fin al uso de las minas antipersona, y a pueblos como Ucrania, Palestina, Israel, Burkina Faso y Haití.

"La epifanía de lo que nos gustaría ser"

Tras la bendición final, Francisco saludó al arzobispo de Valladolid, Luis Argüello, quien se encuentra en Roma con la comisión que impulsa la beatificación de Isabel la Católica. Luis Argüello le entregó al Papa una muestra de la documentación sobre la causa de beatificación de la reina castellana.

"La envidia, si no se controla, conduce al odio del otro. Abel morirá por manos de Caín, que no pudo soportar la felicidad de su hermano. La envidia es un mal investigado no sólo en el ámbito cristiano: ha atraído la atención de filósofos y estudiosos de todas las culturas. En su base hay una relación de odio y amor: uno quiere el mal del otro, pero en secreto desea ser como él. El otro es la epifanía de lo que nos gustaría ser, y que en realidad no somos. Su suerte nos parece una injusticia: ¡seguramente -pensamos- nosotros habríamos merecido mucho más sus éxitos o su buena suerte!", dijo Ciampanelli en nombre del Papa.

"En la raíz de este vicio está una falsa idea de Dios: no se acepta que Dios tenga sus propias 'matemáticas', distintas de las nuestras (...). Quisiéramos imponer a Dios nuestra lógica egoísta, pero la lógica de Dios es el amor. Los bienes que Él nos da están destinados a ser compartidos", añadió.

Respecto a la vanagloria, el Papa escribió que "es una autoestima inflada y sin fundamentos. El vanaglorioso posee un 'yo' dominante: carece de empatía y no se da cuenta de que hay otras personas en el mundo además de él. Sus relaciones son siempre instrumentales, marcadas por la prepotencia del otro. Su persona, sus logros, sus éxitos deben ser exhibidos a todo el mundo: es un perpetuo mendigo de atención".

Aquí puedes ver la Audiencia General completa de este miércoles. 

"Para curar al vanidoso, los maestros espirituales no sugieren muchos remedios. Porque, después de todo, el mal de la vanidad tiene su remedio en sí mismo: la alabanza que el vanidoso esperaba cosechar del mundo pronto se volverá contra él. Y ¡cuántas personas, engañadas por una falsa imagen de sí mismas, han caído más tarde en pecados de los que pronto se avergonzarían!", recordó el Papa.

"La instrucción más hermosa para superar la vanagloria se encuentra en el testimonio de San Pablo. El Apóstol se enfrentó siempre a un defecto que nunca pudo superar. Tres veces pidió al Señor que le librara de aquel tormento, pero al final Jesús le respondió: 'Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad'. Desde ese día Pablo fue liberado. Y su conclusión debería ser también la nuestra: 'Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo'". concluyó.

Jesús M.C., ReL


 

domingo, 21 de agosto de 2022

Egocentrismo: Un problema espiritual que tiene remedio

NARCISISTA

3 claves para salir de la autorreferencialidad
y crecer en la vida espiritual

«Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: «Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?» Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.»

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?» Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: «Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva». ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo»» (Lucas 10, 25-37).

Tres claves

Aveces será para un buen propósito, pero la mayoría de las veces, nuestra mirada se vuelve solo hacia nosotros; sobre nuestro desempeño, sobre nuestra eficiencia, sobre nuestra imagen a mostrar. Incluso a nivel moral, la corrección de nuestro comportamiento se vuelve central, como si nuestra felicidad dependiera de esta capacidad de nunca cometer errores. 

Desgraciadamente, el tiempo nos dirá que una vida dedicada a mirarnos a nosotros mismos, incluso con el objetivo de mejorar y alcanzar metas válidas, en lo humano y en lo espiritual, cada vez más exigentes, no implica necesariamente una vida feliz. 

La vida se llena cuando somos capaces de cambiar de mirada o cambiar de pregunta.

1HAZTE LAS PREGUNTAS CORRECTAS

A veces, incluso las preguntas que nos hacemos a nosotros mismos y que le hacemos a Dios en nuestra oración, no son auténticas. Estas corren el riesgo de ser preguntas superficiales que no expresan lo que realmente llevamos en el corazón.

¿Qué sentido tiene que un experto en derecho haga una pregunta sobre la ley? Es una manera de poner a prueba a Jesús. Como también nosotros lo hacemos cuando le pedimos algo a Dios solo para probar su bondad o su poder, quedando siempre desilusionados. 

Sin embargo, esa pregunta revela algo sobre este hombre: es un hombre que habla de deberes y herencia. Utiliza términos jurídicos, pensando en encerrar la eternidad de la vida en la corrección de una conducta. Como si la felicidad fuera la consecuencia de esa corrección.

2EMPIEZA UN CAMBIO

Jesús no pierde mucho tiempo con aquellos que piensan en estos términos. Casi parece que está de paso, cuando lo atrae otra pregunta de ese hombre; pregunta que finalmente revela lo que lleva en el corazón y crea las condiciones para empezar a mirar las cosas desde otro punto de vista: ¿quién es mi prójimo?

Aquí la referencia sigo siendo yo. Sigue siendo una persona que espera que el mundo gire a su alrededor en la ilusión de ser el centro del universo, como un niño que solo ve sus necesidades, que mide todo a partir de sí mismo.

Sin embargo, esta es la apertura que permite a Jesús entrar en su vida y ayudarlo a cambiar su mirada. Jesús le cuenta una historia en la que puede revisarse a sí mismo, pero sobre todo una historia al final de la cual su pregunta encontrará una nueva formulación: ¿quién fue el prójimo? 

Esta es la cuestión del adulto que no espera que alguien se fije en él, sino que toma la iniciativa, da el primer paso, se da cuenta de la necesidad del otro y lo cuida. Esta es la pregunta que conduce a la felicidad.

3VIVE LA COMPASIÓN

Esta historia habla de un viaje, que es de alguna manera una imagen de la vida. Ese viaje en el que nos cruzamos con la vida de los demás, pero también sucede que nos lastiman, porque este viaje habla de nuestra vulnerabilidad, de esa debilidad que nos une a todos, porque tarde o temprano todos experimentamos el ser heridos.

De hecho, hay un hombre que baja de Jerusalén a Jericó. Es simplemente un hombre, no se dice nada de él. Cada uno de nosotros podría ser ese hombre. No habla, no dice nada, no sabemos de dónde es, a qué pueblo pertenece. Es un hombre herido y esto debería ser suficiente, sin otras razones, para inducirnos a detenernos.

Un sacerdote y un levita van por el mismo camino. Esta dirección del viaje es quizás una alusión al hecho de que recientemente terminaron su turno en el Templo de Jerusalén y están regresando a casa. Ven, pero no se detienen, porque la adoración no implica automáticamente compasión. Puedes pasar mucho tiempo en la casa de Dios y no abrir los ojos a las heridas de los demás.

Un samaritano también pasa por ese mismo camino y se detiene, porque tener compasión ante las heridas de otro es una cuestión de humanidad, no de culto o religión. Se detiene frente a un hombre anónimo.

La compasión se compone entonces de gestos concretos, no se queda en una mirada, un sentimiento, una idea romántica. Este samaritano realiza acciones: se acerca, venda sus heridas, vierte aceite y vino; carga el peso transportándolo a un hotel, lo cuida. Cuidar las heridas del otro no requiere gestos extraordinarios; sino la honestidad de reconocer lo que hoy se necesita.

Cambiar la mirada

Si el doctor de la ley que está en cada uno de nosotros quiere encontrar la vida plena, entonces debe cambiar de mirada, debe aprender del samaritano, que tomó la iniciativa, dejándose mover por la compasión. 

¿Cuándo podremos también nosotros salir de nosotros mismos y retirarnos de nuestras necesidades? Tal vez solo cuando nos demos cuenta de que un día también nosotros nos encontraremos medio muertos en el camino.

No se llega a ser samaritano sin la conciencia de ser personas vulnerables, heridas, a las que se ha devuelto la vida tantas veces.

Luisa Restrepo, Aleteia

Vea también     Los grados de la humildad y de la soberbia
- S. Bernardo de Claraval













































jueves, 26 de noviembre de 2020

¿Cómo descubrir tus intenciones más ocultas?

 

OPIEKOWANIE SIĘ SOBĄ


Reconocer la propia verdad y aceptarla sana por dentro y libera, reaccionar mal ante las críticas puede mostrar que alguien se ha idealizado

La verdad me hace libre, lo sé pero lo olvido. No siempre me resulta tan fácil reconocer mi verdad. Saber si lo que siento, pienso o hago es lo verdadero. O si no me estoy engañando a mí mismo.

Ser capaz de reconocer que yo hago las mismas cosas que critico en otros es sano, me hace más libre, más humilde, más pobre.

Reconocer mi verdad y aceptarla me sana por dentro. No saber quién soy, qué hago mal, qué no hago, me esclaviza.

Saber todo eso de mí me libera, ignorarlo me condena a seguir viviendo sin comprender lo que otros ven en mí. Me lleva a vivir en guerra con los demás que me acusan de aquello que no creo hacer.

No soy consciente de mi agresividad, de mi orgullo, de mi vanidad. Pienso entonces que los demás me tienen envidia. Ellos quieren ser como yo y al no lograrlo hablan mal de mí.

Y yo no sé que lo que despierto en otros no es culpa de ellos, es responsabilidad mía. Yo soy de una manera y no de otra diferente.

Lo que ven en mí los demás no necesariamente coincide con lo que yo veo. Y me lo dicen y yo me rebelo molesto, porque me hacen daño sus acusaciones.

No acepto las verdades que me lanzan como piedras. Quieren mi mal, pienso. No quiero engañarme pero no creo ser como los demás me ven. Estarán equivocados, seguro, pienso en mi corazón.

Ellos no me conocen tan bien, yo sí me conozco. Pero me engaño. La mentira se apodera de mí y me permite estar seguro. No pretendo engañar a nadie, simplemente me engaño a mí mismo. Isabel Serrano-Rosa comenta:

«Las personalidades más proclives a mentirse a sí mismas son las narcisistas, cuya idea grandiosa de su persona no se corresponde con la realidad».

Y así vivo una mentira que para mí se convierte en una verdad irrefutable. ¿Cómo puedo conocer la verdad de lo que soy? ¿Cómo distinguir mis intenciones más ocultas? ¿Por qué vivo pensando que el mundo me debe algo?

Vivo en tensión porque no quiero que los demás me conozcan en mi interior. Veo heridas y pecados que quiero ocultar.

Entonces no miento, pero tapo con pudor. No tengo por qué exponer mi fragilidad.

Eso sí, mi debilidad expuesta me hace más humilde. Que los demás me traten de acuerdo con mi verdad es una humillación que me hace más libre, más niño.

Las mentiras sobre mí mismo no me hacen bien. Como leía el otro día:

«Con las mentiras se puede llegar muy lejos. Pero lo que no se puede es volver».

No puedo volver desde mis mentiras. Me alejo de mi camino de felicidad, de mi plenitud. Aceptar que soy frágil me ayuda a crecer. Decía Rafa Nadal:

«Mi cabeza tiene el talento para seguir dándome oportunidades, continuar trabajando y aceptar los fallos para seguir haciéndolo mejor».

Y su tío Toni Nadal decía de él:

«La búsqueda de la objetividad y evitar el engaño no ha impedido que tuviera la máxima confianza en las posibilidades de Rafael».

Cometer errores, ser torpe y débil no es el final de nada. Es más bien el comienzo de un nuevo camino de plenitud. Aceptar los límites es lo que me permite crecer.

No ver los límites es vivir en la mentira. Me siento mejor por un tiempo, pero no crezco. Por eso es tan importante besar la realidad como es y soñar con lo que puedo llegar a ser.

Puedo hacerlo mejor, puedo crecer, no estoy condenado siempre al fracaso. Puedo crecer por encima de mis fragilidades y roturas.

La verdad de lo que soy es sanadora. Me enfrenta con mis límites y pecados pero siempre desde la verdad de lo que hay en mí.

En ocasiones un pecado público, una caída humillante, un fracaso flagrante, ese olvido de los que antes me ensalzaban, pueden ser una oportunidad para ser más de Dios, para vivir más en la verdad, para crecer en mi camino de santidad.

No quiero vivir engañándome a mí mismo. Tengo claro que mi pecado me ha dejado dañado por dentro y quiero darle mi sí a lo que soy.

Acepto lo que hay en mí, lo que vivo y tengo. Escucho lo que los demás me dicen, porque en ellos veo a Dios hablándome siempre.

Cuando me critican por algo que he hecho mal, me alegro porque esas críticas me ayudan a profundizar en lo que de verdad soy.

No me siento herido en mi orgullo, no me aferro a esa imagen idealizada que tengo de mí mismo.

Tengo claro que no merezco ninguna alabanza. Sé que una crítica puede hacerme crecer mucho más que cientos de alabanzas recibidas.

Esa verdad que hay en mí es la que acepto y reconozco sin pudor. Soy yo con mis límites y torpezas. ¿Por qué no logro ver lo que otros ven?

Me engaño de forma obsesiva. Es como si no necesitara a Dios. Me empeño en poder llegar yo solo sin ayuda a todas partes y no lo logro.

Vivir desnudo es muy difícil. Me escondo, me protejo, me guardo. Estoy dividido y sólo Dios es el que logra que esté unido en mi interior.

Quiero alabar a Dios en mí, en lo que hace conmigo. Mis heridas y enfermedades, mis roturas y límites me hacen daño.

Quiero reconocerme pobre ante los demás, ante Dios. Sin protegerme, sin vivir defendiéndome.

Si alguien me dice que soy orgulloso, no tengo que pedirle que me lo demuestre. Si alguien ve en mí debilidades, no tengo que apartarlo de mí ofendido echándole en cara sus propios defectos.

Quizás me ha mandado Dios a esa persona para ayudarme a cambiar, a crecer, a aceptarme en mi realidad.

Cuando caigo, y escucho los juicios ofensivos de los que no me quieren, en mi cabeza, en mi corazón, me doy una nueva oportunidad.

Dios me ama por encima de todo y me quiere en mi pobreza. Ese amor incondicional me levanta, me eleva, me sana. Dejo de lado todas las mentiras que me hacen daño. Y veo con alegría ese niño herido que hay en mi corazón. 

Carlos Padilla Esteban, Aleteia 

Vea también   Santo Cura de Ars - Sermón sobre el Juicio Temerario



lunes, 3 de agosto de 2020

¿Cómo recibir un cumplido sin caer en el orgullo?

WOMEN CHATTING

Los elogios en sí no son malos, pero sí puede serlo la manera en que los recibimos. Lee a continuación algunos consejos para no permitir que el orgullo se inmiscuya en nosotros al menor cumplido recibido.

Quizás recuerdes la confidencia de santa Teresita:
“Con la nariz encima del libro, escuchaba todo lo que decían, e incluso lo que más me valiera no haber escuchado, pues la vanidad se desliza muy fácilmente en el corazón… Una señora decía que yo tenía un pelo precioso; otra, al despedirse, creyendo que yo no la oía, preguntaba quién era aquella muchacha tan bonita. Y esas palabras, tanto más halagadoras cuanto que no se decían delante de mí, dejaban en mi alma una sensación de placer que me demostraba a las claras lo llena de amor propio que yo estaba. ¡Qué lástima me dan las almas que se pierden…!” (Ms A, 40 r°).
Galería fotográfica 
La razón esgrimida es impresionante: está en juego la salvación de las almas.

Los cumplidos bien dosificados ayudan a una humildad auténtica

El orgullo es la hinchazón de uno mismo; la soberbia ocupa tanto espacio que se convierte en el centro que sólo Dios debe ocupar.
Dios es nuestra alfa y nuestra omega, nuestro principio y nuestro término. Encontramos entonces dos tipos de orgulloso: el que se considera el origen de todo (el pedante); el que se considera el objetivo de todo (el egoísta).
El halago solo conduce al orgullo si incita al otro a creerse su único origen o su único destinatario. Es la tentación que Teresa percibió en sí misma.
Estos dos criterios nos muestran cómo recibir un cumplido: recordando que nuestros dones vienen en última instancia del Padre de los astros luminosos (Sant 1,17), para ser puestos al servicio del prójimo (Mt 10,8).
Por ello, el cardenal Henri de Lubac daba gracias diciendo a quien le dedicaba un elogio: “Gratias tibi” (“Gracias a ti”). Y añadía en su interior: “Et Domino” (“y al Señor”).
Edifa - Aleteia


martes, 14 de noviembre de 2017

¿Por qué me duele tanto cuando paso desapercibido?

Necesito el reconocimiento de otros para creer que valgo. Y me aferro porque siento que sin eso no soy nada

Tengo que hacer el ejercicio de mirar mi pequeñez y ser capaz de alegrarme al ver mis defectos y límites. Decía el P. Kentenich: Si se ocupa un cargo por mucho tiempo, el cargo lo ocupa a uno. En cambio, si hay una verdadera, auténtica humildad, estaré siempre contento. Si el Señor mañana no me quiere allí, está bien: lo busco sólo a Él, no quiero ninguna otra cosa [1].
La humildad no es un acto de buena voluntad. En realidad seré más humilde cuando sea humillado. Y las humillaciones me allanan el camino para ser más humilde y menos orgulloso.
Soy humillado muchas veces en el día. Pero a veces no me doy cuenta de ello. No quiero pasar por alto esas oportunidades que me da Dios para crecer en humildad.
A veces me justifico. Descalifico al que me ofende y entonces sus palabras dejan de tener valor. Me enfrento con agresividad a aquel que me lleva la contraria en público. Quiero quedar por encima, cueste lo que cueste. Me creo mejor que el que habla mal de mí. Y se lo hago ver así a los que me escuchan.
Las humillaciones a veces no me afectan. Quiero aprender de las humillaciones. Aunque sea mentira lo que digan de mí. No importa. Siempre aprendo algo aceptando las correcciones y los juicios.
¿Cómo reacciono ante las críticas que me hacen? El que se enaltece será humillado. Si aspiro a los mejores puestos, me dolerá permanecer en las filas más ocultas. Si pretendo ser yo el que marque las tendencias y decida el destino de la Iglesia, me costará estar callado viendo cómo otros ocupan los cargos más importantes.
Me cuesta mucho sentirme humillado. Sé que es el verdadero camino de la humildad. Da gracias, pues –me decía a mí mismo–, de que la amorosa providencia de Dios ponga humillaciones en tu camino [2].
Quiero aprender de mis humillaciones. Pero sé que me cuesta pasar desapercibido, hablar menos, no ser tomado en cuenta. Me gusta destacar y ser enaltecido. Que hablen bien de mí, antes que permanecer en el anonimato.
¡Qué difícil renunciar a ser enaltecido! ¡Qué duro bajarme del pedestal en el que me han subido! Sé que el hombre no cuenta por el puesto que tiene o por el cargo que posee, sino por quién es en la verdad de su corazón.
Pero se me olvida. Lo sé sólo sobre el papel. Y me quejo cuando otros son más valorados que yo en el trabajo, o en la comunidad religiosa donde estoy. O me creo importante porque tengo un cargo de jefe.
Necesito el reconocimiento de otros para creer que valgo. Y me aferro porque siento que sin eso no soy nada. Como si me quedase vacío al no poseer el cargo. Creo que esa necesidad de poder responde a mi baja autoestima.
Decía el P. Kentenich: Alegrarme, gustar de ser tratado así, de acuerdo a lo que soy. Deben reflexionar acerca de cómo esto resuelve una cantidad de los más graves problemas [3]Aceptar y querer que me traten de acuerdo a mi debilidad. Que no me tomen en cuenta a causa de mis fragilidades y deficiencias. Que no me busquen al ver mi pobreza. Es un misterio. Amar la cruz de las humillaciones.
Me gusta pensar que Dios puede educarme en la humildad: «Me he puesto a pensar que Dios tiene su forma de ocultar a nuestra vista la labor que está llevando a cabo en nosotros, dejándonos con algo así como la espina que mortificaba a S. Pablo en su propia carne y así mantenernos humildes [4].
Me ha dejado mi fragilidad, mi herida, mi pecado, para que no me enaltezca. Como una espina clavada en la carne que me recuerda que soy de barro, que estoy herido, que no soy tan importante como a veces me creo.
Pienso en Jesús. Él, siendo Dios, no retuvo ávidamente ser igual a Dios, al contrario, se despojó de su rango pasando por uno de tantos (Flp 2,3).
Él, caminó con nosotros como uno más. Me impresiona mucho ese acto de amor. Así es Dios. Y ese es el modo de vivir según Él.
Frente a otros, no somos maestros, ni sabios, ni padres. Somos hombres que caminamos juntos ayudándonos para encontrarnos con el único que nos salva.
No quiero dejarme tentar por los halagos. La adulación me debilita. No soy mejor cuando me alaban. No soy peor cuando me critican. Soy el mismo. Pobre y rico. Pequeño e inmenso. El experimentar mi fragilidad me ayuda a ser más humano, y más humilde. Más sensible con el que sufre. Más cercano con el que lo pasa mal y sufre. Creo que es el camino de santidad que Dios me regala.
Jesús me muestra el camino del servicio: Yo estoy entre vosotros como el que sirve. Él me muestra otros valores distintos al mundo.
Creo que este es el ideal de santidad al que aspiro: El primero entre vosotros será vuestro servidor. Pero estoy muy lejos. Quiero aprender a servir yo el primero. El primero que sirve. ¡Cuánto me cuesta!
Hasta dentro de la iglesia me fijo en los títulos. Y el único título es ser hijo de Dios. No hay mayor título.
¡Cuánta envidia surge por el deseo de poder! ¡Cuánta ansiedad por tenerlo y cuánta por retenerlo cuando lo tengo! El anhelo de poder. Me gusta que me vean. Que me alaben. Que se tenga en cuenta mi opinión, mi manera de ver las cosas. Que todos me escuchen.
Me duele cuando paso desapercibido y cuando hacen caso a otro. Hoy le pido a Dios que me despoje de mí mismo, de mi soberbia. De mi máscara. Mi vida está escondida en la suya y sólo quiero ponerme junto a Él. Donde Él me diga. Él es mi verdad, y no hay otra para mí.
[1] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963
[2] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros
[3] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963
[4] Thomas Keating, Mente abierta, corazón abierto
Carlos Padilla Esteban, aleteia



martes, 28 de abril de 2015

Como una nube intentando tapar el sol, la vanidad


bad weather

No acabo de comprender que el fin de la vida no es coleccionar palmadas


Detengo mis pasos y me quedo mirando al mar, a Jesús junto al mar. Sí, mirando su mar. A veces pienso que no aprovecho el tiempo que Dios me regala. Que se me desdibujan entre los dedos los afanes por tocar el cielo.

Como si torpemente quisiera retener la vida que se me regala. Como un derecho. O como un don que pudiera disfrutar siempre en presente. Siempre y cuando me guste pero en presente.

El deseo obsesivo de mi alma por querer controlar las cosas. Las teclas del ordenador que responden siempre a mis órdenes. Sin escuchar a Dios. Sin comprender que las teclas de la vida obedecen suavemente a los dedos de Dios, siguiendo el rumbo que ellos dictan.

Quiero aprender a escuchar la voz de Dios. Decía el Padre José Kentenich: “Mantendré el núcleo de mi voluntad en un movimiento continuo orientado a decirle en todo momento ‘sí’ a Dios y a solazarme en la grandeza divina. ¡Cuán a menudo giramos en torno a nosotros mismos y dejamos crecer más y más nuestros deseos egoístas!”[El hombre heroico, 187-188].

Sumergirme suavemente en sus manos llenas de misericordia. El sol intenta salir entre las nubes muy torpemente. A ratos parece lograr su meta e ilumina. Pero súbitamente se cansa y se oscurece el día. Como la vida misma.

¿Por qué me afano a veces tanto en querer controlar las nubes? Vanidad de vanidades. No acabo de comprender que el fin de la vida no es coleccionar palmadas, recoger en bolsas cientos de halagos, acumular agradecimientos.

El halago debilita, escuché el otro día. Tal vez tengan razón. Mucho halago nos debilita, nos despista. La adulación es el medio más mezquino para quitar poder al que lo tiene o servirse de su poder mientras lo tenga.

Cuando uno busca su yo, satisfacer el ansia del ego por estar en primer plano, todo halago es poco. Siempre queremos más. Nunca es bastante. Más reconocimiento, más gloria.

La vida tiene sus etapas. Hoy estamos aquí y mañana en otra parte. Y los días se suceden. Sólo queda marcado como en un surco en la tierra todo el amor que sembramos.Lo demás son nubes pasajeras que luchan inútilmente por tapar el sol.

P. Carlos Padilla, aleiteia