Hermanos, cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría.
Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante.
Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu,
para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Salmo 119(118),97.98.99.100.101.102.
¡Cuánto amo tu Ley!
todo el día la medito!
Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos,
porque siempre me acompañan.
Soy más prudente que todos mis maestros,
porque siempre medito tus prescripciones.
Soy más inteligente que los ancianos,
porque observo tus preceptos.
Yo aparto mis pies del mal camino,
para cumplir tu palabra.
No me separo de tus juicios,
porque eres tú el que me enseñas.
Evangelio según San Lucas 4,16-30.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.
Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".
Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: "¿No es este el hijo de José?".
Pero él les respondió: "Sin duda ustedes me citarán el refrán: 'Médico, cúrate a ti mismo'. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún".
Después agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.
Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país.
Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.
También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio".
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron
y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Faustino de Roma (c. 350) presbítero Tratado sobre la Trinidad
“A Jesús de Nazaret, Dios lo ungió con la fuerza del Espíritu Santo!” (Hch 10,38)
Nuestro Salvador fue verdaderamente ungido, en su condición humana, ya que fue verdadero rey y verdadero sacerdote…. Los israelitas, aunque no eran las dos cosas a la vez, eran, sin embargo llamados “cristos” (ungidos), por la unción material del aceite que los constituía reyes o sacerdotes. Pero el Salvador, que es el verdadero Cristo, fue ungido por el Espíritu Santo…
Sabemos que esto es verdad por las palabras mismas del Salvador. En efecto, habiendo tomado el libro de Isaías, lo abrió y leyó: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”; y dijo a continuación que entonces se cumplía aquella profecía que acababan de oír. Y además, Pedro, el príncipe de los apóstoles, enseñó que el crisma con que había sido ungido el Salvador es el Espíritu Santo y la fuerza de Dios, cuando en los Hechos de los apóstoles, hablando con el centurión, aquel hombre lleno de piedad y misericordia, dijo entre otras cosas: “La cosa comenzó en Galilea, cuando Juan predicaba el bautismo. Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (10,37).
Vemos, pues, cómo Pedro afirma de Jesús que fue ungido, según su condición humana, “con la fuerza del Espíritu Santo”. Por esto, Jesús, en su condición humana, fue con toda verdad Cristo o ungido, ya que por la unción del Espíritu Santo fue constituido rey y sacerdote eterno. (EDD)
Reflexión sobre el dibujo de
un maestro clásico
En el Evangelio de hoy vemos
un cambio radical en la forma en que se recibe a Jesús. Al principio,
cuando regresa a su ciudad natal, Nazaret, y comienza a hablar, la
multitud está llena de admiración: "se maravillaban de las palabras
llenas de gracia que salían de su boca". Se maravillan de su
elocuencia y de la belleza de su mensaje. Pero ese entusiasmo no dura
mucho. Pronto cunde el escepticismo: “¿No es este el hijo de José?”.
Entonces, el escepticismo se convierte en ira descarada e intención
asesina: "lo llevaron al borde de la colina… para tirarlo por el
precipicio". La multitud pasó rápidamente del asombro a la
duda y, luego, a la ira. Pasaron muy rápidamente, en cuestión de unas
pocas horas, de un estado emocional a otro.
Su reacción se parece quizás
más a nuestra propia experiencia de lo que nos gustaría admitir. Nosotros
también podemos pasar el día pasando de un estado emocional a otro. Nos
levantamos sintiéndonos optimistas y llenos de energía, pero basta con un
correo electrónico inesperado, una conversación difícil o una mala
noticia para que nos sintamos desconcertados. Un poco más tarde, una
palabra amable de un amigo nos levanta el ánimo de nuevo. Por la tarde
podemos sentirnos cansados o desanimados, pero recuperamos la paz tras un
paseo, una oración o, simplemente, compartir una comida con alguien a
quien queremos. Nuestras emociones cambian constantemente, a menudo
moldeadas por circunstancias que escapan a nuestro control. El Evangelio
de hoy nos invita con delicadeza a preguntarnos si nuestra fe es
igualmente cambiante, o si permanece arraigada en Cristo, incluso cuando
nuestros sentimientos tienen sus altibajos.
El extraordinario dibujo de
Leonardo da Vinci Un diluvio, que actualmente forma parte de la Colección
Real y forma parte de una serie de estudios apocalípticos realizados
durante los últimos años de su vida, plasma este vaivén de la experiencia
humana con una fuerza extraordinaria. A primera vista, el dibujo parece
casi caótico. El agua cae con fuerza desde el cielo, los árboles se
doblan bajo la fuerza del viento, los muros se derrumban y todo el
paisaje parece disolverse en un remolino. Sin embargo, cuanto más lo
miramos, más nos damos cuenta de que no se trata en absoluto de un caos
aleatorio. Leonardo, siempre tanto científico como artista, observó con
atención el movimiento de las nubes, la lluvia, el agua y el viento,
transformando la violencia de la naturaleza en una composición de notable
armonía y belleza.
Quizás por eso este dibujo
nos hace pensar tanto en la lectura del Evangelio de hoy. Nuestras
emociones a menudo pueden parecerse a este paisaje turbulento: la alegría
da paso a la decepción, la paz se convierte en ansiedad, la confianza se
desvanece en la duda. Podemos sentirnos arrastrados por fuerzas que
escapan a nuestro control. Sin embargo, Leonardo nos recuerda que, bajo
lo que parece confusión, sigue existiendo un orden subyacente. Dios ve el
panorama completo, incluso cuando nosotros solo vemos la tormenta. Las
multitudes del Evangelio de hoy se dejaron llevar por las corrientes
cambiantes de las emociones. Cristo, por el contrario, se mantuvo firme.
Su misión no fluctuaba al ritmo de las reacciones de quienes le rodeaban.
El Evangelio nos invita con delicadeza a buscar esa misma estabilidad
interior, permitiendo que nuestras vidas se anclen no en nuestras
emociones pasajeras, sino en la presencia inmutable de Dios.
by Padre Patrick van der Vorst
Oración
Amado Dios, hoy vengo ante Ti con humildad y un corazón lleno de esperanza. Me esfuerzo cada día para superar mis necesidades y trabajar con fe, determinación y alegría. Sin embargo, en medio de mis esfuerzos, me encuentro luchando contra miedos, dudas y ansiedades que me agobian y me impiden ver claramente Tu propósito en mi vida.
Te pido, Señor, que escuches mi clamor y te lleves todos mis temores. Tú conoces mis luchas y sabes cuánto anhelo tu paz. Te ruego que apartes de mí las preocupaciones que me roban la tranquilidad, y que llenes mi corazón de confianza en Ti.
Bendice mi trabajo, amado Padre. Que cada esfuerzo que realizo sea fructífero y esté alineado con tu voluntad. Sé que solo Tú puedes transformar mis esfuerzos en éxito y bendición. Ayúdame a ver Tu mano en todo lo que hago y a reconocer tu presencia en cada paso de mi camino.
Dios de amor y bondad, por favor muéstrame tu amor incondicional. Permíteme sentir Tu abrazo tierno y reconfortante, para que en los momentos de incertidumbre y temor, pueda encontrar consuelo en Ti. Enséñame a confiar plenamente en tu bondad y a creer que siempre tienes lo mejor para mí.
Revelo mi corazón ante Ti y te pido que me guíes por tus caminos perfectos. Aunque a veces no comprenda tus planes, sé que son para mi bien. Dame la sabiduría para reconocer la perfección de tus propósitos y la fortaleza para seguir adelante con fe.
Te entrego mis miedos y mis dudas, Señor. En Ti encuentro esperanza, en Ti encuentro paz. Demuéstrame, cada día, la maravilla de tu amor y la perfección de tus planes. Que tu luz ilumine mi vida y me guíe siempre por el camino de la verdad y la vida, AMÉN
Queridos hermanos y hermanas, ¡buen día y feliz domingo!
Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, que revela a sus
discípulos el Misterio de su pascua inminente: el Mesías —dice— «tenía que ir a
Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y
escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).
Esta afirmación está muy lejos de lo que esperaban de un
Mesías triunfante y poderoso, con cuya ayuda derrotarían y humillarían a sus
enemigos (cf. Sal 108,14). Ya habían tenido el modo, en el
tiempo transcurrido con Él, de maravillarse de muchos de sus gestos y palabras.
Pero este último mensaje, fue más allá de toda perspectiva. Pedro,
particularmente, manifiesta su desacuerdo y comienza a reprender a Jesús
diciéndole: «“¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”» (v. 22).
Apenas hacía un instante que había reconocido en Él al
«Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Ahora en cambio, sorprendido y quizá
decepcionado de lo que había escuchado, en contraste con la hermosa profesión
de fe que acababa de pronunciar, lo reprende. Parecería que le dice: “sí, creo
que tú eres el Mesías, pero ese no es el modo de salvar al mundo”. Es un
impulso de fervor, sin duda motivado por un amor sincero que, sin embargo, nos
hace reflexionar.
Tampoco para nosotros, es siempre fácil entender y aceptar
los caminos de Dios, especialmente cuando están muy alejados de los nuestros.
Entonces las tentaciones son, contra toda lógica de fe, pensar que sea el Señor
el que se equivoca o, peor aún, el que no nos escucha o no se interesa por
nosotros. Frente a esta incertidumbre Pedro, aun dentro de su impulsividad, nos
enseña dos cosas importantes.
La primera es la de no interrumpir nunca, ni siquiera en
estos momentos, el diálogo con el Señor; más bien, manifestarle con confianza
nuestra dificultad para comprender lo que nos pide.
La segunda es la de no juzgar nunca el obrar de Dios, sino
más bien, ponernos a la escucha, con humildad, en la oración, de lo que nos
está revelando a través de su accionar, aun cuando no corresponde a nuestras
expectativas.
Y la grandeza del primero de los apóstoles se manifiesta
también en esto.
Jesús le responde: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v. 23),
y les explica, a él y a los otros discípulos que, para seguir sus huellas,
deberán negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirlo (cf. v. 24). Pedro lo
hará después de haberlo escuchado, asumirá el desafío y permanecerá fiel a las
palabras del Cristo, al que ha reconocido como su redentor, por toda la
existencia, hasta el martirio.
Pidamos entonces al Señor que también nosotros tengamos en
nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro,
diciéndole con humildad lo que sentimos realmente, aun cuando el corazón está
confuso; y, al mismo tiempo, que sepamos cultivar su docilidad, aceptando
aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas.
Que nos ayude María, que fue obediente a los designios de
Dios permaneciendo de pie junto a la cruz de su hijo Jesús.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Nos llegan desde Haití noticias dramáticas sobre la grave
masacre perpetrada en Kenscoff, en la que han perdido la vida numerosas
personas, mientras que otras han sido secuestradas. Expreso mi solidaridad y la
oración con las víctimas y sus familiares, y pido que se libere sin demora a
todos los rehenes. Dirijo un sincero llamamiento a todos los responsables para
que se comprometan de forma concreta a garantizar la seguridad de la población
y a poner fin a toda forma de violencia.
Aseguro mis oraciones a los afectados por la terrible
inundación que se ha producido en Nepal y el Tíbet. Recemos por quienes han
perdido la vida, por los heridos y los desaparecidos, por las familias y por
los equipos de rescate. Que los gestos de solidaridad contribuyan a aliviar el
sufrimiento y a llevar la ayuda necesaria a la población.
Sigamos rezando por la paz. San Agustín, cuya memoria hemos
celebrado estos días, decía que «la paz es semejante a aquel pan que se
multiplicaba en las manos de los discípulos del Señor cuando ellos lo partían y
repartían» (Sermón 357, 2). Que aumenten en el mundo aquellos que,
con valentía, parten y reparten el pan de la paz, superando las divisiones,
promoviendo la justicia y practicando el perdón, por el bien de todos.
El martes celebraremos el Día Mundial de Oración por el
Cuidado de la Creación. Este día marca el inicio del Tiempo de la Creación
— que celebran los cristianos de diversas confesiones— y cuyo tema este
año es “Agua Viva”. Como recordé en el mensaje
para este día, cuidar de nuestra casa común exige una conversión del
corazón, para que aquello que se ha utilizado para causar destrucción pueda, en
cambio, orientarse hacia la vida. Invito a todos a unirse en la oración y en la
acción, para que podamos convertirnos en canales del agua viva de la paz de
Dios, que refresca nuestro mundo herido.
¡Saludo a todos ustedes, fieles de Castel Gandolfo y
peregrinos de diversos países! Doy la bienvenida, en particular, a los
participantes en la carrera benéfica “Run to Rome”, a los jóvenes que
han recorrido la Vía Lucis itinerante, al grupo de devotos de
la Virgen de los Milagros de Corbetta y a los motociclistas presentes con
motivo de su tradicional encuentro anual.
Doy las gracias a las fuerzas del orden y a todos aquellos
que han contribuido a mi estancia veraniega aquí, en Castel Gandolfo, así como
al servicio de seguridad que ha colaborado durante los encuentros con los
peregrinos. Muchas gracias.
Envío mi cordial saludo a los fieles que siguen el Ángelus
desde la Plaza de San Pedro.
Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad, y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No pretendas lo que te sobrepasa, ni escudriñes lo que se te esconde; atiende a lo que te han encomendado, pues no te importa lo profundo y escondido; no te preocupes por lo que te excede, aunque te enseñen cosas que te desbordan; ¡son tan numerosas las opiniones de los hombres!; y sus locas fantasías los extravían.
SALMO RESPONSORIAL (Sal 15)
El Señor es el lote de mi herencia
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso. R.
Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. R.
Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha. R.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 3, 8-14
Hermanos: Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la Ley-, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo. Y aunque poseo el premio, porque Cristo Jesús me lo ha entregado, hermanos, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.
ALELUYA Jn 15, 9b. 5b Dice el Señor: Permanezcan en mi amor; el que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto.
Evangelio: Mt 13, 31-35 Otra parábola les propuso: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.» Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.» Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
Rosa de Lima, la cual se llamaba en verdad Isabel, recibió su nombre de una mujer india que trabajaba en su casa paterna. Esta mujer simple condensó en este nombre todo lo que ella había visto y experimentado en Isabel. La rosa representa la reina de las flores y por lo tanto el prototipo de la belleza de la creación de Dios. La rosa no es, sin embargo, solamente placentera a nuestros ojos, sino que con su perfume crea una nueva atmósfera alrededor de nosotros, tocando así todos nuestros sentidos y, por así decirlo, nos arrebata de este mundo cotidiano hacia un mundo mejor y más alto. Ella nos alegra precisamente porque, al menos por un instante, nos hace experimentar también el bien a través de lo bello.
Esta mujer india, que ha permanecido desconocida pero que dio a Isabel el nombre de Rosa, reaccionó propiamente de esta manera ante la belleza de esta pequeña niña y, ciertamente, no sólo ante su belleza exterior y corpórea.
Así como la rosa no sólo parece hermosa, sino que de su interior difunde a su alrededor belleza a través de su perfume, así seguramente debió parecerlo también esta niña: por medio de su belleza exterior ella había percibido también la belleza interior. Ciertamente, que esta mujer india no habría dado este nombre tan lleno de ternura y de veneración si, por parte de esta niña, no hubiera habido algo cálido y bueno que llamara su atención: el perfume del bien. En este modo de llamarla se puede advertir el afecto de esta mujer, como también, por otra parte, el hecho de que después con ocasión de la confirmación, recibida de las manos de Santo Toribio de Mogrovejo, Rosa misma haya aceptado definitivamente este nombre muestra su "sí", su constante afecto por aquella mujer india.
En su canonización, la Iglesia ha interpretado este nombre como una forma de testimonio profético y lo ha usado en referencia a una bella expresión de San Pablo, el cual dice de sí mismo que Dios había difundido el perfume del conocimiento de Cristo en el mundo entero a través de él. "Nosotros somos el perfume de Cristo entre aquellos que se salvan" (2 Cor 2, 14ss). Aquello que Pablo, el apóstol de los gentiles, una vez pudo decir de su acción, vale ahora de nuevo para la pequeña Rosa, que proviene del país sudamericano, Isabel de Flores: ella se ha convertido en la Rosa de Lima que difunde el perfume del conocimiento de Cristo en el mundo entero.
El afectuoso sobrenombre, que la desconocida mujer había dado a la pequeña niña, se ha revelado como una profecía y así también ella, aunque sin nombre, toma parte siempre junto a Rosa y ambas en conjunto expresan algo original de este país y de su misión: la herencia europea junto con aquella de los indios ha dado origen a una nueva expresión de la fe; en esta nueva síntesis se encuentra el perfume del conocimiento que emana de Rosa. ¿No es sorprendente, quizá, que para una mujer que nunca dejó la ciudad de Lima, valga la misma alabanza que se aplicó al infatigable apóstol de los gentiles, el cual recorrió a lo largo y a los ancho todo el mundo hasta entonces conocido? El difundió en todo el mundo el perfume de Cristo a través de su predicación, a través de su actividad sin descanso, de su acción y de sus sufrimientos. Rosa de Lima lo ha difundido y continúa difundiéndolo hasta hoy simplemente a través de su ser. Su figura humilde y pura irradia su luz a través de los siglos sin muchas palabras; ella es el perfume de Cristo que hace resonar de sí misma su anuncio más fuertemente que a través de escritos e impresos. Así ella es también una gran maestra de vida espiritual, cuyas palabras están llenas de la profundidad de una experiencia vivida de Cristo en la consumación interior de sus sufrimientos vividos en comunión con Jesús Crucificado. "Me encontraba, llena de asombro, en la luz de la más serena contemplación que une todo, cuando en medio de este resplandor vi brillar la cruz del Redentor; y al interno de este arco luminoso divisé la santísima humanidad de mi Señor Jesucristo". En estas palabras suyas se manifiesta el fundamento más profundo de su existencia: el estar inflamada por las llamas del fuego que provienen de EL. "He venido a traer el fuego sobre la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera prendido!" (Lc 12, 49): Rosa de Lima se dejó encender por este fuego y aún hoy de su figura llegan hasta nosotros la luz y el calor – luz y calor que transforman esta tierra oscura y fría.
Rosa de Lima puso en su vida espiritual tres puntos esenciales, que son válidos como programas para la Iglesia de hoy así como lo fueron en su tiempo.
1. Como primer punto está la oración, entendida no como recitación de fórmulas, sino como un dirigirse interiormente al Señor, como estar en su luz, como dejarse incendiar por su fuego santo.
2. Los otros dos puntos esenciales provienen de aquí espontáneamente: puesto que ella ama a Cristo, el despreciado, el doliente, Aquel que por nosotros se ha hecho pobre, ella también ama a todos los pobres que llegaron a ser sus hermanos más cercanos. El amor preferencial por los pobres no es un descubrimiento de nuestro siglo – al máximo es un redescubrimiento, puesto que esta jerarquía del amor era bien clara para todos los grandes santos. Era clarísima sobre todo para Rosa de Lima, cuya mística del sufrimiento con todos los pobres y los que sufren, que brota de la solidaridad con el Cristo doliente.
3. De aquí deriva también su tercer punto esencial: la misión. A través de sus palabras y de sus reflexiones aparece una perspectiva universalista. Ella deseaba poder ir, libre de las ataduras y de los límites que comporta nuestra corporeidad, a través de las calles de todo el mundo y conducir los hombres hacia el Salvador doliente. Rosa se expresaba de esta manera: "¡Escucharme, pueblos! ¡Escucharme, naciones! Por mandato de Cristo os exhorto". Ahora ella está libre de vínculo de un solo lugar; ahora ella va, como santa, por las calles de toda la tierra. Ahora ella vuelve a llamar con la autoridad de Cristo a todos nosotros, a la entera cristiandad, a vivir con radicalidad a partir del centro, de la más profunda comunión con Jesús, porque sólo así y de ningún otro modo el mundo puede ser salvado. "¡Escuchadme, pueblos! ¡Escuchadme, naciones! ¡Por mandato de Cristo os exhorto!" Así nos habla ella hoy. Esta mujer es, por así decirlo, una personificación de la Iglesia latinoamericana: inmersa en el sufrimiento, sin grandes medios exteriores y sin poder, pero aferrada por el fervor de la cercanía de Jesucristo.
Agradezcamos al Señor por habernos dado esta mujer, Démosle gracias por el coraje de su fe, que ÉL ha vuelto a despertar aquí en América Latina. Pidámosle que su presencia sea cada vez más fuerte y que su perfume se extienda desde aquí a todo el mundo. (Homilía del Card. Joseph Ratzinger en el Santuario de Santa Rosa, 1986, Lima)
Oración
Señor, Dios nuestro, Tú haz querido que Santa Rosa se consagre totalmente a ti, por su amor virginal, y por su penitencia de amor.
Haz que guiados por el ejemplo de su caridad, seamos fecundos en el servicio de amor al prójimo, como buenos testigos del amor de Cristo.
Guiados por el ejemplo de Santa Rosa, fortalece Padre, nuestro amor a ti y a nuestros hermanos, junto a quienes queremos alabarte y bendecirte, por los siglos de los siglos.