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lunes, 15 de junio de 2026

Mensaje del Santo Padre León XIV a los sacerdotes en ocasión de la Jornada por la Santificación Sacerdotal


Queridos hermanos sacerdotes:

En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.

Santidad y participación en el misterio de Cristo

Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.

Un camino de unión

La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.

El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).  

El Corazón de Cristo es el corazón de los santos

La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.

Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).

Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.

12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

 

LEÓN PP. XIV






Cristo no murió como un santo en paz y alegría

El decoro es el sudario de los hipócritas. El verdadero dolor no tiene modales

En La Pasión de Cristo de Mel Gibson se puede visualizar con gran crudeza el sufrimiento de Jesús. Pero se queda muy lejos del horror real de los hechos

En La Pasión de Cristo de Mel Gibson se puede visualizar con gran crudeza el sufrimiento de Jesús. Pero se queda muy lejos del horror real de los hechos 

Hay algo en la agonía de Nuestro Señor que me consuela hasta las lágrimas. No me refiero a las estampas dulzonas donde Cristo parece dormir sobre la cruz con la serenidad de un príncipe oriental, ni a esas piadosas falsificaciones donde el Redentor expira con una sonrisa tenue, como un asceta satisfecho de sí mismo. Ni siquiera la cinematográfica belleza trágica del Cristo-Caviezel de Mel Gibson. No. Todo eso pertenece a la religión de los satisfechos, de los burgueses, de los corazones encerados, de los devotos que jamás han temblado de espanto ante el sufrimiento verdadero.

Cristo no murió como un santo. No. Mil veces no

Murió como un condenado abandonado por la tierra y por el cielo. Murió quejándose. Murió clamando. Murió sudando sangre de angustia antes siquiera de que el primer clavo atravesara sus manos adorables. En Getsemaní no pronunció frases heroicas para la posteridad. Cayó rostro en tierra. Suplicó. Quiso, en el vértigo de la tristeza, que pasara de Él aquel cáliz espantoso. El Evangelio, que no teme escandalizar a los imbéciles, nos dice que su sudor era como de gotas de sangre. ¡Sangre de miedo! ¡Sangre de horror! ¡Sangre de un Dios que quiso conocer hasta el fondo la insoportable experiencia humana de no poder más!

¡Qué lejos estamos de la mentira espiritual de las “bellas muertes”! De los libros del tipo "Así mueren los santos" y zarandajas por el estilo. Si se rezara tanto como se escribe, el mundo estaría mucho mejor. (Yo escribo, disculpen. No debería).

Los hombres virtuosos exigen del enfermo, del moribundo una compostura casi teatral. Quieren palabras suaves, sonrisas edificantes, resignaciones elegantes. Les horroriza el enfermo que grita, el agonizante que se retuerce, el moribundo que dice: “No puedo más”. Pero Cristo mismo no quiso morir así. Quiso temblar. Quiso angustiarse. Quiso experimentar la tentación de desistir. Quiso sentir en su carne santa el espanto animal del dolor. ¿No se dan cuenta de que tuvo que ser clavado a su lecho del dolor? Sabía bien que podría caer en la tentación de bajarse.

Y habló poco durante la Pasión, no por majestad literaria, sino acaso para ahorrar las pocas fuerzas que le quedaban y llegar consciente al final del sacrificio. Su apariencia era la de un desecho humano, apestoso. Isaías lo había visto siglos antes: “Varón de dolores”. “Como un gusano y no un hombre.” Los piadosos de nuestro tiempo habrían apartado la mirada de Él en el hospital, pensando quizá: “Ha perdido la paz y la razón”, “Le falta abandono”, “Qué triste ejemplo”, "Es un cobarde", "Dice que es hijo de Dios, ¿y se queja como un animal?"

¡Oh, miserables!

El Hijo de Dios dio gritos. No ocultó el sufrimiento para tranquilizar a los espectadores. No maquilló el espanto de morir. Desde la cruz clamó con una voz tan terrible que aún hoy hace temblar el universo: “¿Por qué me has abandonado?” Y esa frase basta para destruir toda la falsa mística de las agonías decorativas.

Gracias, Jesús, porque me permites morir como Tú

Gracias porque no exiges del hombre destrozado una serenidad de estatua. Gracias porque autorizas las lágrimas, el temblor, la súplica, incluso esa especie de rabia sagrada del que siente que el dolor supera las fuerzas de la naturaleza. Gracias porque santificaste el miedo, la fragilidad y el gemido humano. Gracias porque no escondiste tu espanto.

Santa Teresita decía: “No sabía que se podía sufrir tanto.” Esa frase debería escribirse sobre la puerta de todos los hospitales y de todas las iglesias. Porque el sufrimiento verdadero siempre sorprende. Quiebra. Descompone. Ningún hombre sabe lo que es sufrir hasta que el sufrimiento entra realmente en su carne como un cuchillo interminable. Ningún hombre puede llevar la cruz sin caer aplastado por ella. ¿Seremos más que el Hijo del Hombre? ¡Pobres incautos soberbios!

Y entonces, cuando ya no quedan palabras nobles ni posturas hermosas, cuando el alma sólo puede llorar y pedir auxilio, aparece Cristo. No el Cristo de azúcar de los burgueses piadosos, sino el Cristo lívido, cubierto de sangre y saliva, respirando con dificultad, temblando de fiebre, abandonado, aplastado por una tristeza mortal.

Ese Cristo sí puede acompañar al hombre que agoniza.

Ese Cristo sí comprende.

Ese Cristo, precisamente porque quiso parecer un cobarde derrotado ante los ojos del mundo, puede estrechar contra su corazón a todos los humillados por el dolor.

Y acaso el mayor milagro de la Pasión no sea que Cristo muriera como Dios, sino que aceptara morir exactamente como el más débil de nosotros.

Francisco Segarra, ReL

Vea también     El cristiano ante la muerte



¿Vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia?


 

Dejémonos pues interpelar por tal modelo sublime que es María, Virgen y Madre, y pidámosle a Ella que nos ayude con su intercesión a responder a cuanto se nos pide a través de su ejemplo: ¿vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia? ¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?

Evangelio del día - Inmaculado Corazón de María


Lectura del libro de Isaías     61, 9-11

La descendencia de mi pueblo será conocida entre las naciones, y sus vástagos, en medio de los pueblos: todos los que los vean, reconocerán que son la estirpe bendecida por el Señor.
Yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios. Porque Él me vistió con las vestiduras de la salvación y me envolvió con el manto de la justicia, como un esposo que se ajusta la diadema y como una esposa que se adorna con sus joyas.
Porque así como la tierra da sus brotes y un jardín hace germinar lo sembrado, así el Señor hará germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.

Palabra de Dios.


SALMO
    1Sam 2, 1. 4-8d

R.
 ¡Mi corazón se regocija en el Señor!

Mi corazón se regocija en el Señor,
tengo la frente erguida gracias a mi Dios.
Mi boca se ríe de mis enemigos,
porque tu salvación me ha llenado de alegría. R.

El arco de los valientes se ha quebrado,
y los vacilantes se ciñen de vigor;
los satisfechos se contratan por un pedazo de pan,
y los hambrientos dejan de fatigarse;
la mujer estéril da a luz siete veces,
y la madre de muchos hijos se marchita. R.

El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el Abismo y levanta de él.
El Señor da la pobreza y la riqueza,
humilla y también enaltece. R.

Él levanta del polvo al desvalido
y alza al pobre de la miseria,
para hacerlos sentar con los príncipes
y darles en herencia un trono de gloria. R.


ALELUIA     Cf. Lc 2, 19

Feliz la Virgen María,
que conservaba la Palabra de Dios
y la meditaba en su corazón.


EVANGELIO

Conservaba estas cosas en el corazón

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     2, 41-51

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de Él.
Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.
Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»
Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía.
Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.

Palabra del Señor.




Ángelus: pese a traiciones, el Evangelio es “palabra viva”, dice León XIV




«Se puede seguir a Jesús y traicionarlo, pero […] el Evangelio sigue siendo para todos una palabra viva y verdadera», declaró el Papa León XIV durante el rezo del Ángelus en el Vaticano el 14 de junio de 2026. Hizo hincapié en la gratuidad de la misericordia de Dios, un don que Dios concede a la humanidad y que es el origen de la misión evangelizadora de la Iglesia.

I.Media, Aleteia



Evangelio del día Lunes 11a. Semana TO


 

Primer Libro de los Reyes 21,1-16.

Nabot, el izreelita, tenía una viña en Izreel, al lado del palacio de Ajab, rey de Samaría.
Ajab dijo a Nabot: "Dame tu viña para hacerme una huerta, ya que está justo al lado de mi casa. Yo te daré a cambio una viña mejor o, si prefieres, te pagaré su valor en dinero".
Pero Nabot respondió a Ajab: "¡El Señor me libre de cederte la herencia de mis padres!".
Ajab se fue a su casa malhumorado y muy irritado por lo que le había dicho Nabot, el izreelita: "No te daré la herencia de mis padres". Se tiró en su lecho, dio vuelta la cara y no quiso probar bocado.
Entonces fue a verlo su esposa Jezabel y le preguntó: "¿Por qué estás tan malhumorado y no comes nada?".
El le dijo: "Porque le hablé a Nabot, el izreelita, y le propuse: 'Véndeme tu viña o, si quieres, te daré otra a cambio'. Pero él respondió: 'No te daré mi viña'".
Su esposa Jezabel le dijo: "¿Así ejerces tú la realeza sobre Israel? ¡Levántate, come y alégrate! ¡Yo te daré la viña de Nabot, el izreelita!".
En seguida escribió una carta en nombre de Ajab, la selló con el sello del rey y la envió a los ancianos y a los notables de la ciudad, conciudadanos de Nabot.
En esa carta escribió: "Proclamen un ayuno y en la asamblea del pueblo hagan sentar a Nabot en primera fila.
Hagan sentar enfrente a dos malvados, que atestigüen contra él, diciendo: 'Tú has maldecido a Dios y al rey'. Luego sáquenlo afuera y mátenlo a pedradas".
Los hombres de la ciudad, los ancianos y notables, conciudadanos de Nabot, obraron de acuerdo con lo que les había mandado Jezabel, según lo que estaba escrito en la carta que les había enviado.
Proclamaron un ayuno e hicieron sentar a Nabot en primera fila.
En seguida llegaron dos malvados que se le sentaron enfrente y atestiguaron contra él diciendo: "Nabot ha maldecido a Dios y al rey". Entonces lo sacaron fuera de la ciudad y lo mataron a pedradas.
Y mandaron decir a Jezabel: "Nabot fue apedreado y murió".
Cuando Jezabel se enteró de que Nabot había sido matado a pedradas, dijo a Ajab: "Ya puedes tomar posesión de la viña de Nabot, esa que él se negaba a venderte, porque Nabot ya no vive: está muerto".
Apenas oyó Ajab que Nabot estaba muerto, bajó a la viña de Nabot, el izreelita, para tomar posesión de ella.


Salmo 5,2-3.5-6.7.

Señor, escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos;
oye mi clamor, mi Rey y mi Dios,
porque te estoy suplicando.

Tú no eres un Dios que ama la maldad;
ningún impío será tu huésped,
ni los orgullosos podrán resistir
delante de tu mirada.

Tu detestas a los que hacen el mal
y destruyes a los mentirosos.
¡Al hombre sanguinario y traicionero
lo abomina el Señor!


Evangelio según San Mateo 5,38-42.

Jesús, dijo a sus discípulos:
Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra.
Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto;
y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.
Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)
carmelita descalza, doctora de la Iglesia
Poesías «Vivir de amor» y «Porqué te amo, oh María»


«Déjale también el manto»

Vivir de Amor, es darse sin medida
sin reclamar ningún salario aquí abajo.
¡Ah! doy sin contar, estando muy segura
que cuando se ama, no se calcula!
Al Divino Corazón, desbordante de ternura,
se lo he dado todo... corro ligera.
No me queda nada más que mi única riqueza:
Vivir de Amor.
Vivir de Amor, es expulsar todo temor,
todo recuerdo de las faltas pasadas.
De mis pecados no veo ninguna huella,
¡en un instante el amor lo que quemado todo!
Llamarada divina, oh dulce hoguera,
en tu hogar he fijado mi estancia.
Es en tu fuego que yo canto a mi placer (cf Dn 3,51):
«¡Vivo de Amor!»...
«Vivir de Amor, ¡qué extraña locura!»
El mundo me dice: «¡Ah! deja de cantar,
no pierdas tus perfumes, tu vida:
sepas emplearlas útilmente!»
Amarte, Jesús ¡qué perdida tan fecunda!
Todos mis perfumes son tuyos para siempre,
Quiero cantar al salir de este mundo:
«¡Muero de Amor!»
Amar es darlo todo y darse a sí mismo.
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

No necesitamos mirar muy lejos para recordar que existe un mal real en el mundo. Basta con ver las noticias de la noche. Un hombre armado entra en un lugar normal, un mercado, una escuela, un lugar de culto, donde la gente lleva una vida normal, y en un momento todo queda destrozado. Vidas acabadas. Otras quedan irreconocibles. O mira todas las guerras que asolan el mundo, basadas en la codicia y el orgullo. Jesús conocía íntimamente esta oscuridad. En el Evangelio de hoy la nombra claramente: el hombre violento, el hombre codicioso que lleva a su vecino a los tribunales por un abrigo. Pero su preocupación no es simplemente reconocer que el mal existe. Su preocupación es cómo respondemos al mal cuando nos enfrentamos a él.

Y su respuesta, como la destila perfectamente San Pablo, es ésta: no venzas el mal haciendo el mal, sino vence el mal con el bien. Jesús no nos pide que seamos pasivos o ingenuos. Nos pide que seamos radicalmente distintos. Nos pide que no respondamos a la injusticia con represalias, sino con una generosidad que el mundo considera incomprensible. Si un soldado romano te ordena llevar su carga durante una milla, llévala durante dos millas. No tiene ningún sentido mundano. Nunca lo tuvo. Es, sencillamente, el camino de Cristo: un camino que va totalmente a contracorriente del mundo secular, y precisamente por eso no podemos recorrerlo solos. Necesitamos al Espíritu Santo.

La frase contra la que arremete Jesús en el Evangelio de hoy es uno de los principios jurídicos más antiguos de la historia de la humanidad: ojo por ojo, diente por diente. Aparece por primera vez en el Código de Hammurabi, el código legal babilónico del siglo XVIII antes de Cristo, y también se encuentra en los libros del Éxodo, Levítico y Deuteronomio. En su contexto original no era una licencia para la crueldad; en realidad era una restricción de la venganza, una forma de garantizar que el castigo correspondiera a la ofensa y no fuera más allá. Pero Jesús lo mira y dice: no es suficiente. No es suficiente. La lógica de la venganza equitativa, por muy cuidadosamente calibrada que esté, nos mantiene atrapados en el mismo ciclo.

Y así hoy nos encontramos mirando simplemente un ojo. René Magritte pintó El falso espejo en 1929. Es un gran ojo humano en primer plano, pero donde debería estar el iris, Magritte ha colocado un vasto cielo abierto: azul, luminoso, salpicado de suaves nubes blancas. ¿Está el ojo mirando al mundo o el mundo está contenido en él? Magritte no ofrece ninguna respuesta. Lo llamó falso espejo, porque un ojo, a diferencia de un espejo, no se limita a reflejar lo que tiene delante. Percibe. Interpreta. Elige lo que ve. Ese es precisamente el inquietante punto de vista de Magritte, y es también el punto de vista del Evangelio. Dos personas pueden contemplar el mismo acto de injusticia y ver cosas totalmente distintas. Uno ve una ofensa que exige represalias. La otra, la formada por Cristo, ve a un ser humano necesitado de algo más de lo que merece. El ojo que ha sido tocado por la gracia ve de otra manera. Ve como ve Dios. Y eso lo cambia todo.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

(Meditemos el cántico de Santa Teresita)

domingo, 14 de junio de 2026

Dos minutos con los mejores momentos de León XIV en España


Durante una semana León XIV ha estado en España, donde ha visitado Madrid, Barcelona y Canarias. En estos días, el Papa ha dejado imágenes que quedarán en la retina de los católicos, así como discursos que han tocado la fibra más sensible de toda una nación. Los medios de comunicación vaticanos han querido resaltar los mejores momentos de este viaje en un vídeo de dos minutos.

ReL