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domingo, 22 de marzo de 2026

«¿Vamos a bajar a los infiernos o no?» La pregunta de las religiosas en «Las locas del obelisco»

El director Pablo Moreno y el actor Javier Godino (padre Méndez) revelan los rasgos artísticos y espirituales de su película.

Mariana Allsopp (Paula Iglesias) y el padre Méndez (Javier Godino) preparan la fundación de las trinitarias de Madrid para sacar chicas de la prostitución

Mariana Allsopp (Paula Iglesias) y el padre Méndez (Javier Godino) preparan la fundación de las trinitarias de Madrid para sacar chicas de la prostituciónSTELLARUM FILMS




    Una historia de fe, esperanza y superación en los cines españoles al acercarse Semana Santa: Las locas del obelisco, la historia de Mariana Allsop, la aristócrata que fundó las trinitarias de Madrid para rescatar a mujeres de la prostitución en el Madrid del siglo XIX.  

    El director Pablo Moreno y Stellarum Films aplicaron su experiencia contando historias de ese siglo en España, con sus instalaciones de "Rodriwood" (en Ciudad Rodrigo), con atrezzo, trajes, objetos. Pero había un reto: no parecerse demasiado a La Sirvienta (2023, Mejor Película Mirabile Dictu), que contaba la historia de Santa Vicenta María, otra santa que en Madrid trabajaba con chicas del servicio doméstico.

    "Son complementarias", explica Pablo Moreno a ReL, refiriéndose tanto a las dos religiosas como a las películas. "Las religiosas de María Inmaculada hacían más prevención, y las trinitarias hacían más bien rescate. Vamos completando un puzle del gran rostro de la Iglesia: cuantas más películas hacemos, más grande nos parece, con toda su historia de denuncia y testimonio".

    Una diferencia con películas previas es que toda la trama sucede en el siglo XIX, sin incursiones en nuestra época moderna. "En esta película queríamos hacer la trama de las dos hermanas, que se basa en miles de historias reales similares. Eran chicas que llegaban del campo. Para poder explicar su sufrimiento y dureza había que contar la historia de una decisión: ¿vamos a bajar a los infiernos, o no? Era su carisma. Roma no quería que las religiosas fueran a esos lugares. Hablamos de la vocación de Mariana Allsop, pero también del carisma de las trinitarias".

    En lo visual, la película es muy pictórica, como una galería de cuadros de Caravaggio. Pablo Moreno dice que es intencionado. "Queríamos ese contraste: un tema truculento, pero presentado con gran belleza formal, visual. Dios está en la belleza, hasta en los sitios más oscuros. Hacer de cada fotograma un cuadro es una forma de mostrar la presencia de Dios", explica el cineasta.

    Chicas del campo llegan a la ciudad y son engañadas... fotogramas muy pictóricos, como de pintura romántica o realista

    Chicas del campo llegan a la ciudad y son engañadas... fotogramas muy pictóricos, como de pintura romántica o realistaSTELLARUM FILMS

    Eso implica un lenguaje del color. "Nuestro figurinista, Nacho Pérez, y la sastra María Josefa García, hicieron un trabajo semiótico para hablar con el color. Saturamos los colores de la clase alta. Mariana, joven rica, va con colores estridentes, verdes, azules. Luego cambia hacia la sobriedad", revela el director.

    Tormentas del alma: romanticismo y deseo de bien

    La película se ambienta en pleno romanticismo y la climatología, con sus lluvias y tormentas, expresan cosas de las almas. "Ella decía en sus cartas: 'hay una tormenta en mi interior a punto de desatarse'. Nosotros mostramos esas tormentas visualmente. Los que han leído su biografía novelada, Pasión de Libertad, reconocen esa tormenta".

    Los guionistas, como siempre, tienen que adaptar los datos históricos al ritmo de una película. "Mariana Allsop tiene que elegir: ¿casarse o dedicarse a ayudar a chicas? En la vida real fue un proceso largo. Pero en la película la concentramos. Sabemos que había un joven casadero que la rondaba. No sabemos su nombre, nosotros lo llamamos Rodrigo. Pero ella no quiso esa vida convencional", explica Moreno.

    Pablo Moreno admite además que "queríamos ver a Assumpta Serna en un papel más oscuro". Es la madame que recoge chicas y las introduce en la prostitución. "Ella cree que hace un cierto bien, que apoya a las chicas... pagando un precio. Vemos que protege algo a la menor. En general, queremos evitar el maniqueísmo total, cada personaje tiene su fondo".

    A Mariana la acompaña y alienta el padre Francisco Méndez. "Es, digamos, el Gandalf de la historia: sacude la vida de la protagonista y la lleva a la aventura. Hacemos la película cuando se cumplen 100 años de su muerte, pero el padre Méndez se parece a San José en que sabe ponerse a un lado. Es una historia de mujeres que salvan a mujeres. El padre Méndez tenía otra fundación, un apostolado con golfillos de la calle, el Porta Caeli", explica el director.

    El padre Méndez (Javier Godino) alimenta a golfillos del Madrid del siglo XIX en Las Locas del Obelisco

    El padre Méndez (Javier Godino) alimenta a golfillos del Madrid del siglo XIX en Las Locas del ObeliscoSTELLARUM FILMS

    De Hollywood al padre Méndez

    Al padre Méndez lo interpreta Javier Godino, un actor español que ha trabajado en Hollywood, incluyendo Sound of Freedom. "Al principio pensamos en él para que hiciera del matón, pero él nos dijo que le atraía el papel del padre Francisco", explica Moreno.

    Javier Godino habla con ReL y admite que en tiempos recientes ha crecido su interés por los papeles religiosos.

    "El padre Méndez era un hombre muy hombre, en cierto sentido", explica el actor. "Me recordó a mi padre, que es un hombre muy creyente. Mi familia paterna tiene una fe bonita y austera. Pensé en cómo mi padre se dedica generosamente a su familia. Su fuerza constante es estar al servicio de los demás de forma dedicada. Me inspiré en él".

    "Las trinitarias me miraban y decían 'veo al padre Francisco en ti'. Eso te hace sentir como un instrumento de algo grande", comenta.

    Javier Godino leyó la biografía que publicó en 1993 Joaquín Martín Abad, canónigo en la Almudena y capellán del monasterio de la Encarnación, titulado, sencillamente, Francisco Méndez Casariego. También visitó la habitación del sacerdote que conservan las trinitarias en Porta Caeli.

    "Yo ahora vivo en Madrid, en Ópera, cerca de los lugares del padre Méndez. En el Monasterio de la Encarnación fue su despertar espiritual, ya siendo cura. Ahí tuvo su visión social. Iba a las cárceles y se hizo famoso entre las señoras ricas como 'demasiado atrevido'. Yo creo que sabía manejarse bien en la clase alta, su padre era pintor de burgueses y aristócratas. Pero al padre Francisco le dolía ver a las prostitutas junto a los cuarteles militares. Sabía que necesitaría mujeres para hacer su obra. Primero intentó que su hermana la impulsara, pero ella entró en clausura. Y Mariana Allsopp ya tenía esa vocación incluso desde antes. Con Mariana hizo las Constituciones de la comunidad. Yo, como actor seguí el guion, que está muy trabajado".

    No es la primera vez que interpreta un personaje religioso. En la película sobre Ignacio de Loyola de Paolo Dy, de 2017, encargada por los jesuitas de Filipinas, interpretó al primo "golfo" del joven San Ignacio. Pero luego, durante la pandemia, interpretó al mismo San Ignacio en Íñigo, "un peliculón de Imanol Rayo, donde soy el único actor; hay un plano de 15 minutos, yo soy Ignacio, paseando en la naturaleza, cojo por la herida de guerra, antes de ir a Manresa, en Loyola..."

    "Ignacio tiene algo de ese padre Francisco, por su entrega. Pero era militar, era más de dar órdenes. El padre Francisco era más de servir", considera Javier Godino.

    El actor ha disfrutado trabajando en Stellarum Films. "¡En Rodriwood tienen un barco y todo! Y hay buen rollo. He hecho muchas películas en un entorno infeliz, lleno de gente que manda y punto. Cada vez lo soporto menos. Aquí es más horizontal. Pablo Moreno, el director, cuida a todo el mundo, es cariñoso, y hay comunicación entre todos. Hace mucho por los actores. Creo que con esta película he sanado algo de mi relación con el arte, vuelve a ser más una pasión, como en mi adolescencia. Ahora estoy en un musical sobre Francisco de Goya, que va de gira por España".

    Pablo J. Ginés, ReL

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    Respuesta a quienes creen que no tienen nada que confesar

    Man talking to priest during confession in booth, space for text





    Si bien para algunos el exceso de escrupulosidad al confesar es un verdadero defecto para otros es más tentador el laxismo en el sacramento de la reconciliación

    ¿No tienes que acercarte al sacramento de la Reconciliación porque no tienes nada que confesar? ¿Y si el verdadero peligro espiritual ya no fuera la culpa excesiva, sino el olvido mismo del pecado? Ya en 1984, el Papa san Juan Pablo II se mostraba preocupado por un cambio cultural que provocaba una pérdida del sentido del pecado.

    El hombre moderno, afirmaba, sufre una "deformación de la conciencia" causada por la secularización generalizada. Esta deformación observada por el Santo Padre no ha hecho más que acelerarse en las décadas siguientes. Hoy en día, es habitual pensar que, al seguir la propia conciencia, es imposible actuar mal.

    Este papel central de la conciencia individual lleva a que el hombre justifique todos sus comportamientos y, por lo tanto, rara vez considere que ha actuado mal. Por otra parte, es fácil convencerse de que se actúa según la propia conciencia, independientemente de cómo perciban los demás nuestras acciones, y eximirse así de toda culpa.

    Juan Pablo II denunciaba este entumecimiento de la conciencia como un problema grave. "Cuando la conciencia se debilita —escribía—, el sentido de Dios también se oscurece". 

    Caer en la apatía y el relativismo

    Si bien para algunos es necesario luchar más contra una escrupulosidad excesiva, la mayoría de los cristianos se ve más bien tentada por un laxismo que les lleva a abandonar los confesionarios, por falta de ideas sobre los pecados que deben confesar. La sociedad actual también fomenta esta tendencia, y algunos llegan incluso a cuestionar la realidad del pecado, estableciendo como único límite moral el no hacer daño a los demás de forma intencionada.

    Sin embargo, desconocer la propia responsabilidad e ignorar el pecado es especialmente perjudicial, ya que conduce a una espiral de pecados difícil de frenar. Además, sin un objetivo ni un ideal moral que alcanzar, el hombre acaba sumiéndose en la apatía o el relativismo. 

    Un problema espiritual 

    Negarse a reconocer el propio pecado es también negar la propia debilidad y, por tanto, la propia necesidad de misericordia. Sin pecado, ¿qué perdón y qué liberación se puede esperar de Dios? ¿Y qué relación se puede establecer con Él si uno se cree perfecto e irreprochable? Por eso, la laxitud revela un verdadero problema espiritual y una negación de la propia humanidad pecadora.

    Relajar los esfuerzos y ser laxista con los propios pecados corre el riesgo de conducir por ese camino ancho "que lleva a la perdición" y que describe Jesús en el Evangelio (Mt 7, 13). Por el contrario, para aceptarse y conocerse a uno mismo, es importante pasar por "la puerta estrecha", que obliga a asumir la responsabilidad ante el pecado y a dejar de lado el orgullo que ciega.

    Es un camino largo y difícil, pero es el de la verdadera felicidad, el que conduce a Dios. Es pasando por ahí como se puede aceptar el perdón del Señor y abrirse a la esperanza. 

    Image d'illustration confession.

    Algunos consejos prácticos

    Para avanzar en este camino, aquí tienes varios consejos y recursos que pueden resultarte de gran ayuda. En primer lugar, hazte las preguntas adecuadas: ¿En qué aspectos puedo mejorar? ¿Cuáles son los pecados que cometo habitualmente?

    Puede ser útil utilizar un folleto o un recurso en línea que te guíe en tu examen de conciencia. A menudo, estos cuadernos se basan en los Diez Mandamientos, las Bienaventuranzas o el tríptico sobre los pecados contra mí mismo, contra Dios y contra los demás. Estos recursos ayudan a recordar ciertas acciones que se han podido cometer, ofrecen pistas concretas para identificar los pecados recurrentes y sacan a la luz algunos pecados de cuya existencia se desconocía.

    A partir de ahí, puede resultar interesante llevar un pequeño cuaderno de examen de conciencia, que se rellene cada noche, para darse cuenta de la frecuencia y la gravedad de ciertos pecados en la propia vida. Este cuaderno es también una oportunidad para reflexionar más profundamente sobre los pecados menos visibles, las motivaciones ocultas, los pensamientos impropios y los apegos desordenados.

    El objetivo no es la escrupulosidad, sino una mayor lucidez y sinceridad consigo mismo. Cuanto más ama Dios una persona, más desea entregarse por completo a Él, y hasta los pecados más pequeños le perturban.

    Leer el Catecismo 

    Otro método puede consistir también en leer el Catecismo y libros sobre los santos, ya que esto puede ayudar a formar la propia conciencia sobre ciertos temas. Al estar más formado y haber profundizado más en lo que es el pecado, resulta más fácil después erradicarlo de la propia vida. 

    Las oraciones al Espíritu Santo también son muy beneficiosas. Es el momento de pedirle especialmente el don de la sabiduría, del consejo y del temor de Dios. Es un paso sencillo pero esencial para prepararse para la confesión. Dios conoce a cada uno mejor que a sí mismo, y su luz ilumina las conciencias oscurecidas.

    Por otra parte, solo se puede ser sincero en el confesionario si se está dispuesto a serlo con uno mismo. Por lo tanto, hay que aceptar la propia vulnerabilidad y revivir momentos de la vida que preferiríamos olvidar. Recordar los propios pecados es vergonzoso, a veces doloroso, y puede reabrir viejas heridas. Sin embargo, solo es posible crecer y acoger la misericordia de Dios enfrentándose a ellos. 

    El tiempo de penitencia es una oportunidad para afrontar las propias debilidades con honestidad, pues el Señor puede liberarte de ellas y perdonarte.

    No hay pecados insignificantes

    Por último, he aquí un método ignaciano muy reconocido para tomar conciencia del propio pecado. San Ignacio de Loyola muestra que los pecados que parecen insignificantes podrían adquirir una importancia totalmente diferente si se consideran desde otro punto de vista.

    Nos invita a plantearnos estas preguntas: ¿me sentiría cómodo con tal o cual acción si tuviera que comparecer pronto ante el Creador? ¿Me avergonzaría, al morir, haber actuado así? ¿De qué me arrepentiré?

    En este tiempo de Cuaresma, el objetivo no es una vana autoflagelación. Este tiempo de penitencia es, por el contrario, una ocasión para afrontar las propias debilidades con honestidad, pues el Señor puede liberarnos de ellas y perdonarnos. Es el camino que conduce no solo a la felicidad en el más allá, sino también a una verdadera realización personal en esta vida.

    Esto es lo que los cristianos celebran especialmente en Pascua. Para prepararse para esta gran fiesta, ¿qué mejor que afrontar la propia pequeñez para pedir la misericordia infinita de Dios y vivir la Pascua con la alegría de ser plenamente perdonado?

    Michael Rennier, Aleteia

    Vea también    Para Salvarte IV:  Las partes de la Confesión