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jueves, 19 de marzo de 2026

Acudid a José

 La teología y el magisterio de la Iglesia son constantes en exponer las razones que justifican una intensa devoción.

'San José con el Niño Jesús' de Guido Reni (c. 1620, detalle): una escena que muestra el amor mutuo.

'San José con el Niño Jesús' de Guido Reni (c. 1620, detalle): una escena que muestra el amor mutuo.Museo Hermitage de San Petersburgo (Rusia) - Wikipedia

17.03.2026 | 07:17

Actualizado: 

Los tiempos en los que vivimos, parafraseando a León XIII, son deplorables para la religión cristiana. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; vemos a gran parte de la sociedad detentar costumbres y puntos de vista depravados y a la Iglesia de Jesucristo atacada, abiertamente por fuera y, con gran astucia por dentro. 

Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar el auxilio de Dios Todopoderoso. Y a fin de que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en nuestro auxilio, debemos invocar, con gran piedad y confianza, junto con la Santísima Virgen, a su casto esposo, el bienaventurado San José, lo cual seguramente será del mayor agrado de la Virgen misma.

San Bernardo afirmó: 

  • "De María nunca hay suficiente [De Maria numquam satis]", ya que jamás se podrá decir bastante de las extraordinarias e incomparables prerrogativas de la Madre de Dios. 

Y de José dijo: 

  • “Aquel a quien muchos profetas desearon ver y no vieron, desearon oír y no oyeron, le fue dado a José no sólo verlo y oírlo, sino llevarlo en sus brazos, guiarle los pasos y apretarlo contra su pecho. Cubrirlo de besos, alimentarlo y velar por él. Imagina qué clase de hombre fue José y cuánto valía. Imagínalo de acuerdo con el título con que Dios quiso honrarlo, que fuese llamado y tomado por padre de Dios, título que en verdad dependía del plan redentor”.

De ahí que, como señalase León XIII, podemos esperar muchísimo de su tutela y patrocinio, debido a que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús:

  • “De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la Santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que, a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro” (encíclica de León XIII Quamquam pluries sobre la devoción a San José del 15 de agosto de 1889).

Además, como explica San Agustín, José es padre del Niño Dios, no por obra de la carne, sino por la del amor:

  • “Pero el Señor no nació de la sangre de José, aunque así se pensara; sin embargo, a la piedad y caridad de José le nació de la Virgen María un hijo, Hijo a la vez de Dios”. 

Así, José no solo debe ser considerado padre, sino incluso padre en grado sumo. Porque su paternidad era tanto más sólida cuanto más casta (San Agustín, Sermón 51).

Asimismo, varios Padres y Papas de la Iglesia afirman que San José fue prefigurado por el José del Antiguo Testamento, hijo del patriarca Jacob. El José de quien, en los tiempos de la gran hambruna que asoló a Egipto y a los pueblos vecinos, el Faraón se fiaba tanto que dijo a su pueblo que clamaba por alimento: "Id a José y haced lo que él les diga" (Gén 41, 55).

San Bernardo lo expone así: 

  • “El mismo significado de su nombre, que vale tanto como aumento, manifiesta con toda evidencia quién y qué clase de hombre fue José. No se redujo a llevar el nombre del gran Patriarca vendido en Egipto, sino que atesoró su castidad, su inocencia y sus gracias. (…) El ministro del Faraón conserva los frutos recolectados no para sí, sino para el pueblo; el Esposo de María recibe en custodia el Pan vivo descendido del cielo para él y para el orbe todo. No cabe dudar que el fiel y bondadoso José con quien estuvo desposada la Madre del Salvador fue el siervo fiel y prudente a quien constituyó el Señor en consuelo de su Madre, en nutricio de su humanidad, y en el único ser fidelísimo coadjutor del gran Consejo en la tierra”.

Pues, como lo señalase el Papa Pío IX

  • "Del mismo modo que Dios constituyó al otro José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto para que asegurase al pueblo su sustento, así al llegar la plenitud de los tiempos, cuando iba a enviar a la tierra a su unigénito para la salvación del mundo, designó a este otro José, del cual el primero era un símbolo, y le constituyó señor y príncipe de su casa y de su posesión y lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos. La inmaculada Virgen María, de la cual por obra del Espíritu Santo nació nuestro señor Jesucristo, tenido ante los hombres por hijo de José, al que estuvo sometido" (decreto Quemadmodum Deus de proclamación de San José como Patrono de la Iglesia, 1870).

Por su parte, el Papa León XIII explicó en el lugar que hemos citado:

  • "Así como José (hijo de Jacob) fue elegido por Dios para salvar a Su pueblo, San José fue el hombre elegido por Dios para servir, como padre terrenal, al Salvador del Mundo. Y así como el primer José fue causa de la prosperidad del reino de su amo, el Faraón, a quien brindó grandes servicios, también el segundo debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra. Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse con confianza a la tutela del bienaventurado José".

Pío XI, en 1938, declaró: 

  • “La intercesión de María es la de la madre, no vemos qué es lo que su divino Hijo podría negarle a tal madre. La intercesión de José es la del esposo, la del padre putativo, la del jefe de familia; no puede dejar de ser todopoderosa, pues nada pueden negarle Jesús y María a José, que les consagró toda su vida y a quien realmente debieron los medios de su existencia terrestre”.

Por éstas, y muchas otras razones, acudamos a San José con la plena confianza de que no seremos defraudados

Y, en estos tiempos tan convulsos y confusos, oremos con León XIII

  • “Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, toda mancha de error y corrupción. (…) Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas (…) y, como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad. (…) Protege a cada uno de nosotros con tu incesante protección para que, imitando tu ejemplo y apoyados por tu ayuda, podamos vivir una vida buena, morir santamente y alcanzar la felicidad eterna en el Cielo. Amén".

Oración a San José (encíclica "Quamquam Pluries" de León XIII)

A ti, oh Bendito José, recurrimos en nuestras tribulaciones, y al implorar la ayuda de tu Santísima Esposa, invocamos también con confianza tu patrocinio. Por el amor que te unió a la Virgen Inmaculada, Madre de Dios, y por el afecto paternal con que abrazaste al Niño Jesús, te suplicamos humildemente que tengas en cuenta la herencia que Jesucristo adquirió con su Sangre y que nos ayudes en nuestras necesidades, por tu poderosa intercesión.

Protege, oh providentísimo Guardián de la Sagrada Familia, a los hijos escogidos de Jesucristo; aleja de nosotros, oh amantísimo Padre, toda mancha de error y corrupción; ayúdanos benignamente desde el Cielo, oh poderoso protector, en nuestra lucha contra los poderes de las tinieblas; y así como en un tiempo rescataste al Niño Jesús de un peligro inminente para su vida, así ahora defiende a la Santa Iglesia de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad.

Protege a cada uno de nosotros con tu incesante protección para que, imitando tu ejemplo y apoyados por tu ayuda, podamos vivir una vida buena, morir santamente y alcanzar la felicidad eterna en el Cielo. Amén

Ángelica Barragan, ReL

Vea también    Los sueños de José





Evangelio del día - Solemnidad de San José



Segundo Libro de Samuel 7,4-5a.12-14a.16.

Pero aquella misma noche, la palabra del Señor llegó a Natán en estos términos:
«Ve a decirle a mi servidor David: Así habla el Señor:
Cuando hayas llegado al término de tus días y vayas a descansar con tus padres, yo elevaré después de ti a uno de tus descendientes, a uno que saldrá de tus entrañas, y afianzaré su realeza.
El edificará una casa para mi Nombre, y yo afianzaré para siempre su trono real.
Seré un padre para él, y él será para mí un hijo.
Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí, y su trono será estable para siempre.»


Salmo 89(88),2-3.4-5.27.29.

Su descendencia permanecerá para siempre.

Cantaré eternamente el amor del Señor,
proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.
Porque tú has dicho:
«Mi amor se mantendrá eternamente,

mi fidelidad está afianzada en el cielo.»
Yo sellé una alianza con mi elegido,
hice este juramento a David, mi servidor:
«Estableceré tu descendencia para siempre,

mantendré tu trono por todas las generaciones.»
El me dirá: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora.»
Le aseguraré mi amor eternamente,

y mi alianza será estable para él.


Carta de San Pablo a los Romanos 4,13.16-18.22.

Hermanos:
En efecto, la promesa de recibir el mundo en herencia, hecha a Abraham y a su posteridad, no le fue concedida en virtud de la Ley, sino por la justicia que procede de la fe.
Por eso, la herencia se obtiene por medio de la fe, a fin de que esa herencia sea gratuita y la promesa quede asegurada para todos los descendientes de Abraham, no sólo los que lo son por la Ley, sino también los que lo son por la fe. Porque él es nuestro padre común,
como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchas naciones. Abraham es nuestro padre a los ojos de aquel en quien creyó: el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen.
Esperando contra toda esperanza, Abraham creyó y llegó a ser padre de muchas naciones, como se le había anunciado: Así será tu descendencia.
Por eso, la fe le fue tenida en cuenta para su justificación.


Evangelio según San Mateo 1,16.18-21.24a.

Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.
Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".
Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado.


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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Bulle

San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975)
presbítero, fundador
Homilía del 19/03/63. Es Cristo que pasa.


La vocación de José

Para san José, la vida de Jesús fue un continuo descubrimiento de la propia vocación. Recordábamos antes aquellos primeros años llenos de circunstancias en aparente contraste: glorificación y huida, majestuosidad de los Magos y pobreza del portal, canto de los Ángeles y silencio de los hombres. Cuando llega el momento de presentar al Niño en el Templo, José, que lleva la ofrenda modesta de un par de tórtolas, ve cómo Simeón y Ana proclaman que Jesús es el Mesías. Su padre y su madre escuchaban con admiración, dice San Lucas. Más tarde, cuando el Niño se queda en el Templo sin que María y José lo sepan, al encontrarlo de nuevo después de tres días de búsqueda, el mismo evangelista narra que se maravillaron.
José se sorprende, José se admira. Dios le va revelando sus designios y él se esfuerza por entenderlos. Como toda alma que quiera seguir de cerca a Jesús, descubre en seguida que no es posible andar con paso cansino, que no cabe la rutina. Porque Dios no se conforma con la estabilidad en un nivel conseguido, con el descanso en lo que ya se tiene. Dios exige continuamente más, y sus caminos no son nuestros humanos caminos. San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos.
Pero si José ha aprendido de Jesús a vivir de un modo divino, me atrevería a decir que, en lo humano, ha enseñado muchas cosas al Hijo de Dios...
José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de Él con abnegación alegre. ¿No será ésta una buena razón para que consideremos a este varón justo, a este Santo Patriarca en quien culmina la fe de la Antigua Alianza, como Maestro de vida interior? 
(EDD)
La voz de los Papas

Mateo, dirigiéndose sobre todo a los judeocristianos, parte de Abraham para llegar a José, definido «el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo» (1,16). (…) El evangelista Mateo nos ayuda a comprender que la figura de José, aunque aparentemente marginal, discreta, en segunda línea, representa sin embargo una pieza fundamental en la historia de salvación. José vive su protagonismo sin querer nunca adueñarse de la escena. (…) Él nos recuerda que todos aquellos que están aparentemente escondidos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. El mundo necesita a estos hombres y a estas mujeres: hombres y mujeres en segunda línea, pero que sostienen el desarrollo de nuestra vida, de cada uno de nosotros, y que, con la oración, con el ejemplo, con la enseñanza nos sostienen en el camino de la vida. (…) Una sociedad como la nuestra, que ha sido definida “líquida”, porque parece no tener consistencia. Yo corregiré a ese filósofo que acuñó esta definición y diré: más que líquida, gaseosa, una sociedad propiamente gaseosa. Esta sociedad líquida, gaseosa encuentra en la historia de José una indicación bien precisa sobre la importancia de los vínculos humanos. De hecho, el Evangelio nos cuenta la genealogía de Jesús, además de por una razón teológica, para recordar a cada uno de nosotros que nuestra vida está hecha de vínculos que nos preceden y nos acompañan. El Hijo de Dios, para venir al mundo, ha elegido la vía de los vínculos, la vía de la historia: no bajó al mundo mágicamente, no. Hizo el camino histórico que hacemos todos nosotros. (Papa Francisco, Audiencia general, 24 de noviembre de 2021)

Reflexión sobre el cuadro

El cuadro de hoy, de 1890, pintado por Benjamin Constant, es probablemente una de mis representaciones favoritas de San José. José es representado aquí como un hombre de mediana edad, tranquilamente sentado, con una sierra de carpintero apoyada a sus pies, simple recuerdo de su oficio. A su lado hay un lirio, símbolo tradicional de pureza, que alude a su esposa María, también presente simbólicamente en la escena. De este modo sutil, el artista evoca a toda la Sagrada Familia, aunque sólo José y Jesucristo sean físicamente visibles.

A lo largo de la historia del arte, la mayoría de los cuadros muestran a San José dormido, soñando, o con el niño Jesús en brazos. Aquí no. En su lugar, José está sentado tranquilamente junto a su Hijo, que es representado como un muchacho en su adolescencia temprana. No se miran el uno al otro, sino que ambos miran a lo lejos. Es un detalle poderoso. El padre terrenal y el Hijo comparten el mismo horizonte. El mismo enfoque. El cuadro sugiere una tranquila comunión de destino. José no fue un mero espectador en el desarrollo del plan de salvación de Dios. Se le confió un papel en él. Aquí está sentado junto a su Hijo; no delante de él, ni detrás de él... sino fielmente a su lado, acompañándole en el camino que tienen por delante.

Lo que hace que San José sea tan extraordinario en los Evangelios es que nunca dice una sola palabra. Las Escrituras no conservan ni una sola frase suya. Y, sin embargo, su vida lo dice todo. José es el guardián silencioso de la Sagrada Familia, el hombre que protege fielmente a María y a Jesucristo, guiándoles a través del peligro, proveyéndoles con el trabajo de sus manos de carpintero y confiando en Dios incluso en los grandes momentos de inseguridad. La última vez que José aparece en los Evangelios es durante el episodio del Hallazgo de Jesús en el Templo, cuando Jesús tiene doce años. Después de ese momento, José desaparece de la narración evangélica. Este silencio ha llevado a muchos a creer que José murió probablemente en algún momento de la juventud de Jesús, lo que significa que Jesús pudo haber conocido el dolor de perder a su padre terrenal siendo todavía un adolescente. No lo sabemos con certeza. Pero lo que sí sabemos es que la presencia silenciosa de José debió de dejar una profunda huella en la vida de Jesús: un modelo de amor fiel y humilde que no habla con palabras, sino con acciones amorosas.

by Padre Patrick van der Vorst


Oración

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.
Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y defiéndenos de todo mal. Amén.

(Papa Francisco, Patris Corde)


miércoles, 18 de marzo de 2026

Audiencia general del Papa León XIV

 


LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 18 de marzo de 2026

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Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II - II. Constitución dogmática Lumen gentium. 4. La Iglesia, pueblo sacerdotal y profético

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy quisiera detenerme de nuevo en el segundo capítulo de la Constitución conciliar Lumen gentium (LG), dedicado a la Iglesia como pueblo de Dios.

El pueblo mesiánico (LG, 9) recibe de Cristo la participación a la obra sacerdotal, profética y real en la que se lleva a cabo su misión salvífica. Los Padres conciliares enseñan que el Señor Jesús ha instituido mediante la nueva y eterna Alianza un reino de sacerdotes, constituyendo a sus discípulos en un «sacerdocio real» (1Pt 2,9; cfr 1Pt 2,5; Ap 1,6). Este sacerdocio común de los fieles es donado con el Bautismo, que nos habilita para rendir culto a Dios en espíritu y en verdad y a «confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» (LG, 11). Además, a través del sacramento de la Confirmación, todos los bautizados «se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras» (ibid.). Esta consagración está en la raíz de la misión común que une a los ministros ordenados y a los fieles laicos.

A propósito, el Papa Francisco observaba así: «Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) “quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10), entonces todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios» (Carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, 19 de marzo 2016).

El ejercicio del sacerdocio real tiene lugar de muchas maneras, todas ellas encaminadas a nuestra santificación, sobre todo participando en la ofrenda de la Eucaristía. Mediante la oración, el ascetismo y la caridad activa dan testimonio de una vida renovada por la gracia de Dios (cfr LG, 10). Como sintetiza el Concilio, «el carácter sagrado y orgánicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por las virtudes» (LG, 11).

Los padres conciliares enseñan además que el pueblo santo de Dios participa también en la misión profética de Cristo (cfr LG, 12). En este contexto introduce el tema importante del sentido de la fe y del consenso de los fieles. La Comisión Doctrinal del Concilio precisaba que este sensus fidei «es como una facultad de toda la Iglesia, gracias a la cual en su fe reconoce la revelación transmitida, distinguiendo entre lo verdadero y lo falso en las cuestiones de fe, y al mismo tiempo penetra más profundamente en ella y la aplica más plenamente en la vida» (cfr Acta Synodalia, III/1, 199). El sentido de la fe pertenece por tanto a cada fiel no a título individual, sino como miembros del pueblo de Dios en su conjunto.

Lumen gentium concentra la atención sobre este último aspecto y lo relaciona con la infalibilidad de la Iglesia, a la cual pertenece la infalibilidad del Romano Pontífice, al servirla. «La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (LG, 12). La Iglesia, por tanto, como comunión de los fieles que incluye obviamente a los pastores, no puede errar en la fe: el órgano de esta propiedad suya, fundado en la unción del Espíritu Santo, es el sobrenatural sentido de la fe de todo el pueblo de Dios, que se manifiesta en el consenso de los fieles. De esta unidad, que el Magisterio eclesial custodia, se deduce que cada persona bautizada es un sujeto activo de evangelización, llamado a dar un testimonio coherente de Cristo según el don profético que el Señor infunde en toda su Iglesia.

El Espíritu Santo, que nos viene de Jesús Resucitado, dispensa de hecho «entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia» (LG, 12). Una demostración peculiar de tal vitalidad carismática es ofrecida por la vida consagrada, que continuamente brota y florece por obra de la gracia. También las formas asociativas eclesiales son ejemplo luminoso de la variedad y de la fecundidad de los frutos espirituales para la edificación del Pueblo de Dios.

Queridos, despertemos en nosotros la conciencia y la gratitud de haber recibido el don de formar parte del pueblo de Dios; y también la responsabilidad que esto conlleva.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Demos gracias a Dios por los dones y carismas con los que enriquece, edifica y embellece a su Pueblo, y pidámosle que no cese de acompañarlo y guiarlo por sendas de paz. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos profundizando en el segundo capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la Iglesia como el Pueblo santo de Dios. Por el Bautismo, todos los fieles reciben un sacerdocio común, que se enriquece y fortalece de modo especial con el sacramento de la Confirmación. Esta consagración está en la base de la misión común que une a los ministros ordenados y a los fieles laicos.

El ejercicio del sacerdocio común de los bautizados se realiza de muchas maneras: participando de los sacramentos y también ofreciendo la propia vida al servicio de Dios y de los demás.

El Concilio enseña asimismo que por la unción del Espíritu Santo, la totalidad del Pueblo de Dios, pastores y fieles, posee un sentido sobrenatural de la fe por la que reconoce la verdad revelada y adhiere a ella sin error, en materia de fe y costumbres. De esta unidad de la fe surge la unidad en la misión de la Iglesia, en la que cada bautizado da testimonio de Cristo, según los carismas y la vocación que haya recibido.

(vatican.va)

León XIV urge a redescubrir la confesión y recuerda la obligación canónica de confesarse al menos una vez al año

 León XIV urge a redescubrir la confesión y recuerda la obligación canónica de confesarse al menos una vez al año


«El inmenso tesoro de la misericordia de la Iglesia permanece inutilizado»

«¡Cuántos sacerdotes se han hecho santos en el confesionario!»: León XIV exhortó a los futuros confesores a ser los primeros en acercarse al sacramento que administran.


(InfoCatólica) El sacramento de la reconciliación encierra un tesoro que la Iglesia pone a disposición de todos los bautizados, pero que con demasiada frecuencia permanece sin recoger. El Papa León XIV lo recordó este viernes con afecto y firmeza ante los futuros confesores reunidos en el Palacio Apostólico Vaticano, invocando el mandato que obliga a todo cristiano a confesarse al menos una vez al año y evocando a los grandes santos que hicieron del confesionario el centro de su vida sacerdotal y el camino de su santidad.

El Santo Padre recibió a los sacerdotes, diáconos y seminaristas participantes en el 36.º Curso sobre el Fuero Interno, iniciativa anual de la Penitenciaría Apostólica para la formación de confesores. Saludó al Cardenal Angelo De Donatis, Penitenciario Mayor, al regente Mons. Nykiel y a todos los miembros de la Penitenciaría. Recordó que el curso fue impulsado por San Juan Pablo II «con su pasión pastoral», confirmado por Benedicto XVI «con su sabiduría teológica» y continuado por el Papa Francisco, «que siempre tuvo gran cuidado del rostro misericordioso de la Iglesia». León XIV animó a proseguir y ampliar esta oferta formativa para que el cuarto sacramento sea «cada vez más profundamente conocido, adecuadamente celebrado y, por ello, serena y eficazmente vivido por todo el santo pueblo de Dios».

Un tesoro que nadie recoge

El Papa no esquivó el diagnóstico: a la reiterabilidad que la Iglesia reconoce al sacramento no corresponde siempre, por parte de los bautizados, la solicitud de acudir a él. «El inmenso tesoro de la misericordia de la Iglesia permanece inutilizado», afirmó León XIV, por una «difusa distracción de los cristianos que, no pocas veces, permanecen largo tiempo en estado de pecado, en lugar de acercarse al confesionario con sencillez de fe y de corazón para acoger el don del Señor Resucitado».

Para subrayar que no se trata de una aspiración piadosa sino de una obligación vinculante, el Papa recordó el doble respaldo normativo de la práctica. El Concilio de Letrán IV, en 1215, estableció la obligación de la confesión sacramental al menos una vez al año. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1457) confirmó esa norma tras el Concilio Vaticano II, y el Código de Derecho Canónico la recoge en términos precisos: «Todo fiel, llegado al uso de razón, está obligado a confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año» (CIC 989).

El Papa encontró en San Agustín la articulación más luminosa de lo que está en juego: «Quien reconoce sus propios pecados y los condena ya está de acuerdo con Dios. Dios condena tus pecados; y si tú también los condenas, te unes a Dios». Reconocer los propios pecados, subrayó León XIV, equivale a «acordarse» con Dios, unirse a Él, y ese dinamismo tiene especial urgencia en el tiempo de Cuaresma que la Iglesia atraviesa.

Los santos que se santificaron en el confesionario

Frente al cuadro de abandono, León XIV ofreció a los jóvenes sacerdotes y ordenandos presentes un horizonte de plenitud sacerdotal encarnado en figuras concretas. «La vida entera de un sacerdote puede ser plenamente realizada celebrando asiduamente y fielmente este sacramento», afirmó. Y añadió con entusiasmo: «¡Cuántos sacerdotes se han hecho santos en el confesionario!»

Los nombres que evocó el Papa forman una galería que va del siglo XIX al XX: San Juan María VianneySan Leopoldo MandićSan Pío de Pietrelcina y el Beato Michał Sopoćko. Cuatro vidas sacerdotales cuya santidad brotó, en buena medida, de la fidelidad a ese tribunal de misericordia donde la Iglesia restituye a los penitentes la gracia perdida. «En el confesionario, queridos hermanos, colaboramos en la continua edificación de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica; y así damos también energías nuevas a la sociedad y al mundo», les dijo el Papa.

La exhortación final fue, en consecuencia, coherente con el ejemplo invocado: León XIV pidió a los nuevos confesores que ellos mismos se acercaran al sacramento del perdón con «fiel constancia», para ser «los primeros beneficiarios de la divina Misericordia» de la que serán ministros.

La pregunta incómoda sobre los conflictos armados

El discurso situó la reconciliación sacramental en el horizonte más amplio de la paz. Tras definirla como «laboratorio de unidad» –que restablece sucesivamente la unión con Dios, la unidad interior de la persona y la comunión con la Iglesia–, León XIV proyectó esa lógica sobre la escena internacional con una interpelación directa: «Esos cristianos que tienen graves responsabilidades en los conflictos armados, ¿tienen la humildad y el valor de hacer un serio examen de conciencia y de confesarse?»

La frase, formulada como pregunta retórica, no cita conflictos ni protagonistas concretos, pero su alcance es inequívoco. Para el Papa, la paz entre los pueblos es fruto de personas interiormente reconciliadas: quien depone «las armas del orgullo» y se deja renovar continuamente por el perdón de Dios «se convierte en operador de reconciliación en la vida de cada día». León XIV cerró con las palabras atribuidas a San Francisco de Asís –«Señor, hazme instrumento de tu paz»– y encomendó a los participantes a María, Madre de la Misericordia, antes de impartir la bendición apostólica.




Una bella oración a san José de san Josemaría

san josé oración

"Quiere mucho a San José, quiérele con toda tu alma", animaba el santo fundador. Y para quererle e imitarle, esta breve, pero hermosa, oración de su autoría

“Con San José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo”, dijo san Josemaría en su homilía para la fiesta de san José en 1963.

A lo largo de su vida, el santo fundador del Opus Dei habló sobre su devoción a san José -que comenzó en su juventud- y lo mostró como ejemplo y padre para los miembros de la Obra y los católicos del mundo.

Según Lucas F. Mateo-Seco, dos características de la vida de san José atrajeron especialmente a san Josemaría: “Su vida de contemplación y su vida de trabajo”.

A continuación una brevísima oración que aparece en Froja.

Oración a san José:

"San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos.

Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos –ocultos y luminosos–, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria".

(Forja 553)

Fe, trabajo y respeto

San Josemaría destacó solo algunos motivos para venerar a san José:

Mira cuántos motivos para venerar a San José y para aprender de su vida: fue un varón fuerte en la fe...; sacó adelante a su familia –a Jesús y a María–, con su trabajo esforzado...; guardó la pureza de la Virgen, que era su Esposa...; y respetó –¡amó!– la libertad de Dios, que hizo la elección, no sólo de la Virgen como Madre, sino también de él como Esposo de Santa María.

(Forja, 552)

Majo Frías, Aleteia

Vea también     La figura y la misión  de San José en la vida de Cristo y la Iglesia