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sábado, 2 de mayo de 2026

Especialmente para los hermanos que NO suelen ir a Misa los Domingos: Para que descubran lo que están perdiendo

Aquí podemos ofrecerle sólo unos cuantos aspectos
de las mil maravillas de la Santa Misa 

La Santa Misa es el mismo sacrificio de Cristo en la cruz.

Nociones Dogmáticas:

1. La Santa Misa es sustancialmente el mismo sacrificio de la cruz, con todo su valor infinito: la misma Víctima, la misma oblación, el mismo Sacerdote principal. No hay entre ellos más que una diferencia accidental: el modo de realizarse (cruento en la cruz, incruento en el altar).

2. La Santa Misa, como verdadero sacrificio que es, realiza propísimamente las cuatro finalidades del mismo: adoración, reparación, petición y acción de gracias.

3. El valor de la Santa Misa es en sí mismo rigurosamente infinito. Pero sus efectos, en cuanto dependen de nosotros, no se nos aplican sino en la medida de nuestras disposiciones interiores.

P. Antonio Royo Marín O.P.

La Santa Misa es el acto más grande, más sublime y más santo.

En la Misa se hace presente la redención del mundo. Por eso la Misa es el acto más grande, más sublime y más santo que se celebra cada día en la Tierra.

Con cada Misa que oigas aumentas tus grados de gloria en el cielo.

La única diferencia entre el sacrificio de la Misa y el de la cruz está en el modo de ofrecerse: en la cruz fue cruento (con derramamiento de sangre) y en la Misa es incruento (sin derramamiento de sangre), bajo las apariencias de pan y vino. Los sacrificios de la Ultima Cena, el de la Cruz y el del altar, son idénticos.

P. Jorge Loring S.I.


La Santa Misa diaria es para todos.

San José de Cottolengo recomendaba la Santa Misa diaria para todos..., para maestras, enfermeras, trabajadores, doctores, padres..., y a los que objetaban no tener tiempo les decía: "¡Mal manejo del tiempo! ¡Mala economía del tiempo!" Y decía la verdad. Si tan sólo apreciáramos el valor infinito de la Santa Misa, estaríamos muy deseosos de asistir y trataríamos por todos los medios de encontrar los tiempos necesarios.

El valor de la Santa Misa.

Una Misa sobrepuja y excede la virtud de todas las oraciones en cuanto a la remisión de la culpa y pena.

San Anselmo

Quien sabe lo que vale una Misa procura no perder ninguna.

Hay quienes dicen que no van a Misa porque no sienten nada. Están en un error. Las personas no somos animales sentimentales, sino racionales...

El cristianismo no es cuestión de emociones, sino de valores. Los valores están por encima de las emociones y prescinden de ellas. Una madre prescinde de si tiene o no ganas de cuidar a su hijo, pues su hijo es para ella un valor.

Quien sabe lo que vale una Misa, prescinde de si tiene ganas o no. Procura no perder ninguna, y va de buena voluntad.

P. Jorge Loring S.I.

La Santa Misa es el compendio de todo lo bueno que hay en la Iglesia.

"La Misa de tal sacerdote toma demasiado tiempo, es una Misa de Semana Santa y cuando veo que se acerca al altar escapo de la iglesia".

Los que así se expresan dan bien a entender que en poco, mejor dicho, que en nada aprecian el adorable sacrificio de la Misa.

¿Sabes lo que es en realidad la Santa Misa? Es el sol del mundo cristiano, el alma de la fe, el centro de la Religión católica, hacia el cual convergen todos los ritos, todas las ceremonias y todos los Sacramentos; en una palabra, es el compendio de todo lo bueno, de todo lo bello que hay en la Iglesia de Dios.

San Leonardo de Porto-Maurizio

Evangelio del día - Sábado 4a. Semana de Pascua - San Atanasio


 

Libro de los Hechos de los Apóstoles 13,44-52.

Casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra de Dios.
Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: "A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos.
Así nos ha ordenado el Señor: Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra".
Al oír esto, los paganos, llenos de alegría, alabaron la Palabra de Dios, y todos los que estaban destinados a la Vida eterna abrazaron la fe.
Así la Palabra del Señor se iba extendiendo por toda la región.
Pero los judíos instigaron a unas mujeres piadosas que pertenecían a la aristocracia y a los principales de la ciudad, provocando una persecución contra Pablo y Bernabé, y los echaron de su territorio.
Estos, sacudiendo el polvo de sus pies en señal de protesta contra ellos, se dirigieron a Iconio.
Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.


Salmo 98(97),1.2-3ab.3cd-4.

Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios.

Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria.

El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos.


Evangelio según San Juan 14,7-14.

Jesús dijo a sus discípulos:
"Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".
Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta".
Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: 'Muéstranos al Padre'?
¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre."
Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré."


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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Bulle

San Juan Pablo II (1920-2005)
papa
Audiencia general del 16/12/1998, § 2 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana)


“Voy al Padre”

El punto de partida de nuestra reflexión son las palabras del evangelio que nos señalan a Jesús como Hijo y Revelador del Padre. Todo en él: su enseñanza, su ministerio, e incluso su estilo de vida, remite al Padre (cf. Jn 5, 19. 36; 8, 28; 14, 10; 17, 6). El Padre es el centro de la vida de Jesús y, a su vez, Jesús es el único camino para llegar al Padre. «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Jesús es el punto de encuentro de los seres humanos con el Padre, que en él se ha hecho visible: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14, 9-10).
La manifestación más expresiva de esa relación de Jesús con el Padre se da en su condición de resucitado, vértice de su misión y fundamento de vida nueva y eterna para cuantos creen en él. Pero la unión entre el Hijo y el Padre, como la que existe entre el Hijo y los creyentes, pasa por el misterio de la «elevación» de Jesús, según una típica expresión del evangelio de san Juan. Con el término «elevación», el evangelista indica tanto la crucifixión como la glorificación de Cristo. Ambas se reflejan en el creyente: «El Hijo del hombre tiene que ser elevado, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 14-16).
Esta «vida eterna» no es más que la participación de los creyentes en la vida misma de Jesús resucitado y consiste en ser insertados en la circulación de amor que une al Padre y al Hijo, que son uno (cf. Jn 10, 30; 17, 21-22).
(EDD)

Reflexión sobre el icono

Hoy celebramos a Atanasio de Alejandría (c. 296-373), uno de los grandes santos del cristianismo primitivo. Como vigésimo Patriarca de Alejandría, vivió en una época en la que la identidad misma de Cristo era ferozmente cuestionada. Conocido como “el Padre de la Ortodoxia”, Atanasio se convirtió en el gran defensor de la verdad de que Jesucristo es verdaderamente Dios, igual al Padre, frente al extendido error del arrianismo, que negaba la plena divinidad de Cristo. La herejía arriana enseñaba que Jesucristo no era plenamente Dios, sino un ser creado: superior a todos los demás, pero no eterno, no igual al Padre. En otras palabras, los arrianos veían a Cristo como la mayor de las criaturas, una especie de superhéroe, con poderes únicos, pero sólo una criatura, no divino.

Atanasio de Alejandría se opuso enérgicamente. Insistió en que si Cristo no era verdaderamente Dios, entonces no podía salvarnos de verdad. Sólo Dios puede llevarnos a la unión con Dios. Basándose en las Escrituras y en la fe viva de la Iglesia, Atanasio defendió que el Hijo es de la misma sustancia que el Padre (con-sustancial y co-eterno con el Padre). Para Atanasio, no se trataba de un debate técnico, sino de una cuestión de salvación en sí misma: si Cristo no es verdaderamente Dios, entonces la Cruz no nos redime. Pero como Él ES Dios, su vida, su muerte y su resurrección tienen el poder de transformarnos por completo.

¿Y por qué Atanasio de Alejandría sigue siendo importante para nosotros hoy? Porque nos recuerda que la verdad sobre Cristo no es algo que podamos diluir o remodelar para adaptarla al espíritu de la época. En un mundo que a menudo prefiere el compromiso a la convicción, Atanasio nos llama a la claridad: Jesucristo no es ni medio Dios ni medio hombre, sino plenamente divino y plenamente humano. Esto es muy importante para nosotros. Si Cristo no fuera verdaderamente Dios, no podría salvarnos. Pero si no fuera verdaderamente humano, no podría llegar hasta nosotros. En el misterio de la Encarnación, Dios no permanece distante: entra de lleno en nuestra humanidad, en nuestro sufrimiento, en nuestra fragilidad, en nuestra muerte. Y precisamente porque es plenamente Dios, lo transforma todo desde dentro.

Nuestro icono de finales del siglo XVI representa a nuestro santo. Se presenta en una pose solemne. No hay movimiento, como es típico en los iconos. Sostiene el Evangelio cerca, no con indiferencia, sino con reverencia, casi como si lo custodiara y se dejara moldear por él. Su mano derecha toca el libro, recordándonos que su autoridad no procede de sí mismo, sino de la Palabra que proclama. Llaman la atención las cruces negras de sus vestiduras. No son sólo decorativas; son teológicas. Hablan del peso de la verdad que defendió, a menudo con un gran coste personal. Estas cruces oscuras evocan el sufrimiento, el exilio y la fidelidad; son signos de que la ortodoxia no consiste únicamente en pensar correctamente, sino también en llevar la Cruz. El pintor Miguel Damaskinos fue una de las figuras más destacadas de la Escuela Cretense, un movimiento que se situó en la encrucijada de Oriente y Occidente. Vivió en el siglo XVI, viajó mucho por el mundo veneciano y absorbió elementos del Renacimiento italiano, sin dejar de ser profundamente fiel a la tradición bizantina. Sus iconos a menudo mantienen esta hermosa tensión: la quietud espiritual atemporal de los iconos, combinada con una sutil riqueza de color y forma del Renacimiento italiano.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

Oh Cristo, único mediador nuestro:

Te necesitamos para entrar en comunión con Dios Padre; para llegar a ser hijos adoptivos suyos contigo que eres su Hijo único y Señor nuestro; para ser regenerados en el Espíritu Santo.

Te necesitamos, oh único y auténtico maestro de las verdades recónditas e indispensables de la vida, para conocer nuestro ser y nuestro destino, así como el camino para alcanzarlo.

Te necesitamos, oh Redentor nuestro, para descubrir nuestra miseria y remediarla; para tener el concepto del bien y del mal, y la esperanza de la santidad; para deplorar nuestros pecados y obtener el perdón.

Te necesitamos, oh hermano primogénito del género humano, para volver a encontrar las razones verdaderas de la fraternidad entre los hombres, los fundamentos de la justicia, los tesoros de la caridad y el sumo bien de la paz.

Te necesitamos, oh gran paciente de nuestros dolores, para conocer el significado del sufrimiento y para darle valor de expiación y de redención.

Te necesitamos, oh vencedor de la muerte, para librarnos de la desesperación y de la negación, y para tener certezas que no fallen jamás.

Te necesitamos, oh Cristo Señor, Dios-con-nosotros, para aprender el amor verdadero y caminar con el gozo y la fuerza de tu caridad a lo largo del camino de nuestra vida fatigosa, hasta el encuentro final contigo, amado, esperado, bendito por los siglos.

 (Pablo VI)

viernes, 1 de mayo de 2026

¿Qué son las “buenas costumbres” para la Iglesia Católica?

Una frase que parece que ha caído en desuso se enfoca en las "buenas costumbres" que no solo se usa en la sociedad, también en la Iglesia católica.

En la época que corre suena anacrónico escuchar a alguien referirse a la "moral y buenas costumbres", sin embargo, son valores y actitudes que no se relacionan con una moda sino con algo más profundo, sobre todo cuando se trata de la Iglesia Católica.

Qué dice el Catecismo

Suele encontrarse la expresión “fe y costumbres” al referirse a la doctrina católica. Es cierto que se encuentra más frecuentemente en textos antiguos, pero también aparece en los más recientes; por ejemplo, podemos verlo en el nº 890 del Catecismo de la Iglesia Católica:

La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y de costumbres.

Moral y buenas costumbres en la Iglesia Católica

¿Qué significa aquí costumbres? No significa "usanzas", como si la forma de hacer las cosas fuese intocable. La respuesta es brevísima, aunque se puede añadir una explicación.

La palabra “moral” procede del latín; en concreto del término mos (mos-moris), que significa costumbre.

En latín, además de lo que entendemos por costumbre, significaba también “las buenas costumbres”, o sea, el nivel ético que mostraba una persona, al menos en público.

De ahí pasó al cristianismo, que lo utilizó para designar la moral.

Traducido, en más de una ocasión se empleó la expresión “buenas costumbres”, pero con el tiempo se ha quedado, en la mayoría de los casos, en “costumbres” a secas.

Total, que en la Iglesia católica “fe y costumbres” es lo que hay que creer y lo que hay que vivir. Fe y moral.

Julio de la Vega-Hazas, Aleteia

Vea también    ...La lucha contra... el mundo



¿Por qué se dice que la oración es una batalla espiritual?

Michał Archanioł

La oración es una lucha, hasta tal punto que el Catecismo de la Iglesia Católica llega a calificarla de "batalla espiritual".

En términos generales, la oración puede parecer bastante insulsa para quien la observa desde fuera. La mayoría de las veces se asocia con una actitud serena y con sentimientos de alegría y felicidad. Sin embargo, la Iglesia católica la define como una batalla espiritual.

¿Por qué es así?

El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica en su apartado sobre la oración:

La oración es a la vez un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Siempre supone un esfuerzo. Las grandes figuras de la oración de la Antigua Alianza anteriores a Cristo, así como la Madre de Dios, los santos y él mismo, nos enseñan esto: la oración es una lucha (CEC 2725).

La oración es una lucha porque requiere esfuerzo.

Si bien es cierto que la oración es un don y que dependemos de las numerosas gracias de Dios durante la oración, también debemos esforzarnos por orar.

Si no intentamos orar, probablemente nunca lo haremos.

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Los enemigos de la oración

Por eso la Iglesia lo llama "lucha", ya que la mayoría de las veces se trata de una lucha contra nosotros mismos:

¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las artimañas del tentador, que hace todo lo posible por alejar al hombre de la oración, de la unión con Dios.

Como afirma el Catecismo, la oración no es solo una batalla contra nosotros mismos, sino también contra Satanás y sus fuerzas demoníacas.

El diablo no quiere que estemos unidos a Dios, y por eso hace todo lo posible para impedir que recemos.

También intentará distraernos o tentarnos durante la oración, con la esperanza de pillarnos desprevenidos.

De este modo, la oración nunca es realmente pasiva, un momento en el que nos sentamos tranquilamente y disfrutamos de las gracias de Dios. Aunque esa experiencia es sin duda posible, para alcanzar tal paz debemos luchar contra los numerosos enemigos que intentan impedir nuestra unión con Dios.

La clave está en convertir la oración en un hábito y esforzarnos continuamente por luchar contra las fuerzas que se nos oponen.

Una lucha espiritual constante

Oramos tal y como vivimos, porque vivimos tal y como oramos. Si no queremos actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podemos orar habitualmente en su nombre. La "lucha espiritual" de la nueva vida del cristiano es inseparable de la lucha de la oración.

Mientras sigamos respirando en esta tierra, tendremos que luchar durante la oración.

Solo al final de nuestras vidas podremos descansar en los brazos amorosos de nuestro Padre bondadoso.

Philip Kosloski, Aleteia

Vea también    Oración y Meditación del Católico