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domingo, 21 de junio de 2026

Ángelus del Papa León XIV Domingo 12 A del Tiempo Ordinario

 

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 21 de junio de 2026


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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 10,26-33) Jesús, al enviar a los discípulos a la misión, les dirige esta exhortación: «Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea» (v. 27).

Establece una relación entre lo que escuchamos “al oído”, es decir, en lo secreto del corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del Evangelio es ante todo compartir un encuentro personal con Él, único para cada quien.

La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo que hemos contemplado: “contemplata aliis tradere” (cf. Summa Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad 2).

Sin embargo, no hay que pensar en el “contemplar” como una experiencia exclusiva, reservada a algunos santos o a los monjes y a los ermitaños. Todos podemos hacerlo, esforzándonos por dedicar, entre los compromisos de cada día, momentos de quietud para permanecer en silencio ante Dios, escuchar su voz, encomendarle nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, y revisar con Él nuestra vida. Esto nos hace, cada vez más, personas de fe sólida y consciente, y por consiguiente apóstoles creíbles y libres, hombres y mujeres capaces de reflejar la luz del Evangelio en todos los ambientes y en todas las situaciones de la vida, testimoniándolo también allí donde su valor no es comprendido ni es aceptado.

San Mateo —autor del pasaje bíblico al que nos referimos—escribía para comunidades que no tenían una vida fácil. Debían afrontar hostilidad y persecuciones, como sucede aún hoy a muchos cristianos en tantos lugares de la tierra, y además había una gran tentación de desanimarse y dejarse vencer por el cansancio o el miedo.

Tanto hoy como ayer, es difícil permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la mansedumbre, al desánimo con la perseverancia. Por eso es necesario que profundicemos en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él (cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y seguir transmitiendo a todos, en cualquier circunstancia, su mensaje de esperanza, de amor y de paz. ¡Al mundo le hace mucha falta!

Que la Virgen María nos ayude a ser discípulos misioneros del Señor Jesús, cada uno conforme a su propia vocación.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer se celebró el Día Mundial de los Refugiados, promovido por las Naciones Unidas, conmemorando el 75 aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que fue establecida con el fin de proteger a quienes son perseguidos y se ven obligados a abandonar su tierra, su hogar y su familia. Espero que el espíritu que inspiró la elaboración de este importante instrumento internacional siga iluminando hoy en día las conciencias de los responsables de las naciones. Nadie puede mirar hacia otro lado ante quienes buscan protección y seguridad. Exhorto a todos, además, a acoger a quienes son víctimas de persecución, para que puedan vivir en paz, con dignidad, y mirar al futuro con esperanza.

Quisiera saludar a los miembros del Diálogo Internacional Católico-Pentecostal. “La Iglesia cree como ora”, y reflexionar juntos sobre el principio «lex orandi, lex credendi» resulta especialmente relevante en la actualidad.

Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos procedentes de distintos países.

Pensando en los peregrinos que han venido de Brasil, les aseguro mis oraciones por los jóvenes que fallecieron hace unos días en un accidente vial en el estado de Ceará.

Saludo a los jóvenes confirmandos de dos parroquias de Ozieri, en Cerdeña.

¡Feliz domingo para todos!

(vatican.va)



Evangelio del dìa Domingo 12 A ¿No sería muchísimo mejor escucharlo con la familia proclamado en la Santa Misa Dominical presencial?

 


Libro de Jeremías 20,10-13.

Oía los rumores de la gente: "¡Terror por todas partes! ¡Denúncienlo! ¡Sí, lo denunciaremos!". Hasta mis amigos más íntimos acechaban mi caída: "Tal vez se lo pueda seducir; prevaleceremos sobre él y nos tomaremos nuestra venganza".
Pero el Señor está conmigo como un guerrero temible: por eso mis perseguidores tropezarán y no podrán prevalecer; se avergonzarán de su fracaso, será una confusión eterna, inolvidable.
Señor de los ejércitos, que examinas al justo, que ves las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos!, porque a ti he encomendado mi causa.
¡Canten al Señor, alaben al Señor, porque él libró la vida del indigente del poder de los malhechores!


Salmo 69(68),8-10.14.17.33-35.

Respóndeme, Dios mío, por tu gran amor.

Por ti he soportado afrentas
y la vergüenza cubrió mi rostro;
me convertí en un extraño para mis hermanos,
fui un extranjero para los hijos de mi madre:
porque el celo de tu Casa me devora,
y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian.

Pero mi oración sube hasta ti, Señor,
en el momento favorable:
respóndeme, Dios mío, por tu gran amor,
sálvame, por tu fidelidad.
Respóndeme, Señor, por tu bondad y tu amor,
por tu gran compasión vuélvete a mí;

que lo vean los humildes y se alegren,
que vivan los que buscan al Señor:
porque el Señor escucha a los pobres
y no desprecia a sus cautivos.
Que lo alaben el cielo, la tierra y el mar,
y todos los seres que se mueven en ellos;


Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-15.

Hermanos:
Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.
En efecto, el pecado ya estaba en el mundo, antes de la Ley, pero cuando no hay Ley, el pecado no se tiene en cuenta.
Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso en aquellos que no habían pecado, cometiendo una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que debía venir.
Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos.


Evangelio según San Mateo 10,26-33.

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.
Ustedes tienen contados todos sus cabellos.
No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.
Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres."

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

Imitación de Cristo
tratado espiritual del siglo XV
II, c. 1


«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse»

     No tienes «aquí domicilio permanente» (Hb 13,14). Dondequiera que estuvieres, serás extraño y peregrino, y no tendrás nunca reposo, si no estuvieres íntimamente unido con Cristo. ¿Qué miras aquí no siendo éste el lugar de tu descanso? En los cielos debe de ser tu morada, y como de paso has de mirar todo lo terrestre. Todas las cosas pasan, y tú también con ellas. Guárdate de pegarte a ellas, porque no seas preso y perezcas.
En el altísimo pon tu pensamiento, y tu oración sin cesar sea dirigida a Cristo. Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en la pasión de Cristo y habita gustosamente en sus sagradas llagas. Porque si te acoges devotamente a las llagas y preciosas heridas de Jesús, gran consuelo sentirás en la tribulación, y no harás mucho caso de los desprecios de los hombres, y fácilmente sufrirás las palabras de los maldicientes. Cristo fue también en el mundo despreciado de los hombres, y entre grandes afrentas y desamparo de amigos y conocidos, y en suma necesidad. Cristo quiso padecer y ser despreciado, y ¿tú te atreves a quejarte de alguna cosa?....
Sufre con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo. Si una vez entrases perfectamente en lo secreto de Jesús, y gustases un poco de su encendido amor, entonces no tendrías cuidado de tu propio provecho o daño; antes te holgarías más de la injurias que te hiciesen; porque el amor de Jesús hace al hombre despreciarse a sí mismo. El amante de Jesús y de la verdad, y el hombre verdaderamente interior y libre de las aficiones desordenadas, se puede volver fácilmente a Dios, y levantarse sobre sí mismo en el espíritu, y descansar gozosamente. Aquel a quien gustan todas las cosas como son, no como se dicen o estiman, es verdaderamente sabio y enseñado más de Dios que de los hombres.
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

En toda vida humana hay cosas que no nos importa compartir en público y otras que preferimos mantener estrictamente en privado. Algunas cosas las compartimos gustosamente con los demás; de otras sólo hablamos entre amigos íntimos o en la tranquilidad de nuestro hogar, y otras las guardamos enteramente para nosotros y no las compartimos con nadie. Cada persona traza esa línea de forma diferente. Lo que una persona considera apropiado para una conversación abierta, otra puede guardarlo cuidadosamente como algo privado. Algunas personas revelan muy poco de sí mismas, mientras que otras hablan libre y abiertamente de casi todo. A veces tenemos la sensación de que algunas personas ocultan demasiado, mientras que otras quizá revelan demasiado.

En el Evangelio de hoy, sin embargo, Jesús habla de algo que nunca puede permanecer oculto. Dice: “Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que oís susurrar, proclamadlo en las azoteas”. Cristo está hablando del Evangelio mismo: la Buena Nueva que Él vino a traer al mundo. La fe no está hecha para permanecer encerrada en los rincones privados de nuestros corazones. Jesús llama a sus discípulos a estar abiertamente con Él, no de forma agresiva o jactanciosa, sino con valentía, alegría y convicción.

Por eso, el Evangelio nos interpela hoy con delicadeza: ¿a dónde pertenece nuestra fe? ¿Es algo que mantenemos casi totalmente en privado, oculto de la vida cotidiana, del trabajo y de las conversaciones? ¿O nuestra fe modela en silencio nuestra manera de hablar, de actuar, de perdonar, de amar y de vivir en público? El cristianismo nunca se concibió como un mero sentimiento interior oculto. La verdadera fe brilla naturalmente hacia fuera, igual que la luz no puede evitar irradiar de una llama.

Esa luz que irradia una llama dio origen en el siglo XVII a todo un género artístico conocido como claroscuro, de las palabras italianas chiaro (luz) y scuro (oscuro). Los artistas descubrieron que una sola llama en una habitación oscura podía crear un dramatismo, una profundidad y una emoción extraordinarios. La luz dejó de ser una mera iluminación práctica para convertirse en algo teológico, simbólico y profundamente espiritual, en el que una fuente de luz tenía un gran impacto en su entorno. Grandes maestros como Caravaggio, Rembrandt y Georges de La Tour dominaron a la perfección este juego entre oscuridad y luz. Nuestro cuadro de Matthias Stom es otro bello ejemplo de esta tradición.

Vemos a San Pedro sentado tranquilamente en oración junto a una pequeña llama. La habitación que le rodea está casi totalmente sumida en la oscuridad, pero la luz de la vela ilumina suavemente su rostro curtido, sus manos entrelazadas, los pliegues de su túnica e incluso las páginas abiertas de las Escrituras y las llaves que tiene ante sí. La llama es pequeña y frágil, pero transforma toda la escena. Stom comprendió algo profundamente cristiano: una luz diminuta puede vencer una oscuridad inmensa. El propio Pedro había conocido el fracaso, el miedo y la negación, pero aquí aparece transformado por la oración y la gracia. La luz que está a su lado se convierte en algo más que la luz de una vela: se convierte en la luz de la fe misma.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

Señor Dios todo poderoso, tu eres la luz de todas las luces de la creación. Padre Santo Rey del Cielo y de la tierra, estás rodeado de Luz inaccesible, de Majestad incomprensible y de Gloria infinita y eterna.

Tú eres la luz que brilla sobre toda la creación, tu luz vence las tinieblas y las disipa con tu poder supremo.

Tú me has hecho hijo de la luz, luz de tu luz, espíritu de tu espíritu, imagen y semejanza tuya.

Padre amado, Luz de luces, Espíritu de los espíritus, te levanto humildemente mi espíritu y te pido que brilles tu luz de diez mil soles en mi alma.

Permíteme brillar como luz del mundo que me has hecho, como faro de luz en las tinieblas, permíteme portar tu luz y elevarla a lo más alto para que disipe la oscuridad. Envíame para que brille tu luz sobre los hombres para que se conviertan y también sobre los demonios para que huyan ante tu presencia, para que tu luz sea liberación y sanación. Déjame participar en la batalla espiritual de tu Reino, para que brille la Gloria de tu Santo Nombre sobre la nueva tierra.

Lléname de tu luz Padre Santo, para que sea un sol de adoración para ti, para que mis rayos de luz te adoren sin cesar, para que mis rayos de caridad y misericordia alcancen a todos los seres humanos y para que el poder de tu luz arroje fuera de este mundo la oscuridad de Satanás; todo esto te lo pido en tu Santo Nombre.

Brilla tu luz Dios Padre Eterno, brilla tu luz Señor Jesús Hijo de Dios el Padre, brilla tu luz Espíritu Santo.

Virgen María, Madre Santísima portadora de la Luz de Dios, ilumíname y protégeme, intercede por nosotros, brilla tu luz.

San Miguel Arcángel, lámpara que brillas ante Dios Altísimo, líder de los ejércitos celestiales, brilla tu luz, guíanos y protégenos con todos los ángeles y los santos en nuestra batalla espiritual. Amén. ()

(theworkofGod.org)

sábado, 20 de junio de 2026

Cómo la paternidad transforma: cuatro historias reales

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De los primeros años como padre primerizo a la etapa de ser abuelo... Aleteia presenta testimonios de padres que viven su entrega familiar con una mirada puesta en el Cielo

Hay amores que se asemejan al de Dios y se pueden contemplar todos los días. Uno de ellos es el amor de un padre por sus hijos. Para comprender mejor esta vocación, Aleteia entrevistó a cuatro papás que compartieron cómo ha sido su experiencia en distintas etapas de la paternidad: desde los primeros años de vida de sus hijos, pasando por la adolescencia, hasta la vida adulta y la llegada de los nietos.

Ser padre en los primeros años

Para Nivardo, padre de niños pequeños (tres hijos de cinco, tres años y 5 meses), esta etapa está marcada por el cansancio físico, los cuidados constantes, noches largas y una entrega total; pero también por una gran alegría diaria llena de momentos hermosos.

Describe a sus hijos como “tiernos y chistosos”, que llenan los días con ocurrencias y risas. En medio de ese ritmo, le emociona verlos crecer, descubrir cómo se forma su personalidad y, al mismo tiempo, desear que el tiempo se detenga un poco para seguir abrazándolos ahora que son pequeños.

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“Lo más hermoso es el tiempo de calidad que puedas pasar con ellos”, explica, refiriéndose a esos momentos de juego, cercanía y cariño que construyen vínculos profundos.

Uno de los instantes que más atesora ocurre al llegar a casa:

“Desde que estaciono el carro fuera de la casa, escucho cómo corren y se asoman por la ventana y me gritan papiii! [Cuando] entro a la casa, todos se me lanzan al cuello y me quieren mostrar lo que están haciendo o me dicen que juegue con ellos”.

Sin embargo, también reconoce el lado exigente de esta etapa: la renuncia personal. La paternidad, dice, implica “dar la entrega total y realmente no dejar nada para ti”, lo cual exige reorganizar la vida entera para poner a la familia en el centro.

Crecer con ellos

En una etapa distinta se encuentra Alfonso, padre de tres hijos: una adolescente, un preadolescente y una niña pequeña. 

La convivencia con hijos en diferentes etapas le ha enseñado que cada uno es único, con su propio carácter, necesidades y formas de ver el mundo. Uno de los mayores retos ha sido precisamente comprender que no existe una sola forma de educar y que cada hijo requiere un acompañamiento distinto.

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Entre los momentos más significativos que ha vivido, hay uno que permanece especialmente en su memoria. Después de cuidar a su hijo enfermo durante varias noches difíciles, recibió unas palabras inesperadas: "Gracias, papá, por cuidarme". 

“Fue una frase que nunca me la esperé, no estaba preparado para ello. Como papá, sabes que haces lo necesario para que tus hijos estén bien y nunca esperas algo a cambio, lo haces y ya. Pero en esa ocasión, supe lo que es el amor, en los cariños de un hijo a un padre”.

Para Alfonso, la paternidad también abre una puerta interior: “Cuando eres papá, vuelves a tener la oportunidad de sanar al niño interior que llevamos todos”.

Acompañarlos en la adultez

Rafael, padre de hijos adultos, mira la paternidad desde la perspectiva del camino recorrido. Para él, ser padre es, ante todo, “una bendición de Dios” y una experiencia que lo ha transformado profundamente.

Recuerda con especial emoción el nacimiento de sus hijos, momentos que fueron los más hermosos de su vida. Sin embargo, reconoce que la paternidad nunca viene con respuestas definitivas: es un aprendizaje constante que se renueva con los años.

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Desde sus inicios como padre, vivió con el temor de no estar a la altura: de no poder guiarlos, educarlos o protegerlos como quisiera. Ese miedo lo llevó a apoyarse en su fe, buscando en la oración la fuerza necesaria para sostener su vocación.

Con el paso del tiempo, uno de los frutos que más valora es la relación entre sus hijos: verlos unidos, cuidándose mutuamente, es para él motivo de orgullo y gratitud.

Al mirar su vida en retrospectiva, resume su vocación en:

“Amarlos con todo mi corazón, sacrificarme por ellos y reflejar el amor de Dios con ellos.”

De ser padre a ser abuelo

Ignacio vive esta vocación desde una etapa aún más amplia: la de ver crecer la plenitud de sus cuatro hijas y, al mismo tiempo, volver a experimentar la ternura a través de sus diez nietos. La paternidad, lejos de terminar, se expande.

“El amor que he recibido de mi esposa e hijas, y ahora de mis nietos, nunca deparé que fuera tan maravilloso”.

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Al mirar hacia atrás, reconoce que uno de los mayores desafíos fue aprender a ser papá sin tener un instructivo. Sin embargo, también afirma que el amor —junto con la ayuda de Dios— fue suficiente para sostener el camino: “No tenía escuela… pero con amor y la ayuda de Dios creo que lo hice más o menos bien”.

Su relación con Dios también se transformó profundamente a través de sus hijas. En ellas descubrió la presencia del Señor de una manera concreta y cotidiana, afirma que ellas mismas fueron un camino para conocerlo.

Al resumir su vocación como padre y abuelo, su respuesta apunta directamente al Cielo:

“Por esas vocaciones vivo y trabajo, para algún día estar con mi esposa, mis hijas y nietos en el cielo”.

Una vocación que conduce al Cielo

Cada etapa de la paternidad tiene su propio lenguaje pero todas comparten una misma raíz: el amor que se entrega sin medida. En ese camino, muchos padres descubren que no solo están formando a sus hijos, sino que también están siendo transformados para ser un reflejo del amor de Dios.

Yohana Rodríguez, Aleteia

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