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lunes, 28 de septiembre de 2026

Evangelio del día lunes 26a semana del tiempo ordinario

 


San Wenceslao , San Silvino BresciaMás...

Libro de Job 1,6-22.

El día en que los hijos de Dios fueron a presentarse delante del Señor, también el Adversario estaba en medio de ellos.
El Señor le dijo: "¿De dónde vienes?". El Adversario respondió al Señor: "De rondar por la tierra, yendo de aquí para allá".
Entonces el Señor le dijo: "¿Te has fijado en mi servidor Job? No hay nadie como él sobre la tierra: es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal".
Pero el Adversario le respondió: "¡No por nada teme Job al Señor!
¿Acaso tú no has puesto un cerco protector alrededor de él, de su casa y de todo lo que posee? Tú has bendecido la obra de sus manos y su hacienda se ha esparcido por todo el país.
Pero extiende tu mano y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te maldecirá en la cara!".
El Señor dijo al Adversario: "Está bien. Todo lo que le pertenece está en tu poder, pero no pongas tu mano sobre él". Y el Adversario se alejó de la presencia del Señor.
El día en que sus hijos e hijas estaban comiendo y bebiendo en la casa del hermano mayor,
llegó un mensajero y dijo a Job: "Los bueyes estaban arando y las asnas pastaban cerca de ellos,
cuando de pronto irrumpieron los sabeos y se los llevaron, pasando a los servidores al filo de la espada. Yo solo pude escapar para traerte la noticia".
Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo: "Cayó del cielo fuego de Dios, e hizo arder a las ovejas y a los servidores hasta consumirlos. Yo solo pude escapar para traerte la noticia".
Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo: "Los caldeos, divididos en tres grupos, se lanzaron sobre los camellos y se los llevaron, pasando a los servidores al filo de la espada. Yo solo pude escapar para traerte la noticia".
Todavía estaba hablando, cuando llegó otro y le dijo: Tus hijos y tus hijas comían y bebían en la casa de su hermano mayor,
y de pronto sopló un fuerte viento del lado del desierto, que sacudió los cuatro ángulos de la casa. Esta se desplomó sobre los jóvenes, y ellos murieron. Yo solo pude escapar para traerte la noticia.
Entonces Job se levantó y rasgó su manto; se rapó la cabeza, se postró con el rostro en tierra
y exclamó: "Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó:¡bendito sea el nombre del Señor!".
En todo esto, Job no pecó ni dijo nada indigno contra Dios.


Salmo 17(16),1.2-3.6-7.

Escucha, Señor, mi justa demanda,
atiende a mi clamor;
presta oído a mi plegaria,
porque en mis labios no hay falsedad.

Tú me harás justicia,
porque tus ojos ven lo que es recto:
si examinas mi corazón
y me visitas por las noches,

si me pruebas al fuego,
no encontrarás malicia en mí.
Mi boca no se excedió
Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes:

inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu gracia,
tú que salvas de los agresores
a los que buscan refugio a tu derecha.


Evangelio según San Lucas 9,46-50.

Entonces se les ocurrió preguntarse quién sería el más grande.
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó a un niño y acercándolo,
les dijo: "El que recibe a este niño en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el más pequeño de ustedes, ese es el más grande".
Juan, dirigiéndose a Jesús, le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros".
Pero Jesús le dijo: "No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes".

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

San Juan Casiano (c. 360-435)
fundador de la Abadía de Marsella
Conferencias, nº 15, 6-7


«El más pequeño entre todos ustedes, ése es realmente grande»

«Vengan, dice Cristo a sus discípulos, y aprendan de mí», ciertamente que no a expulsar demonios por el poder del cielo, ni a curar leprosos, ni a devolver la vista a los ciegos, ni a resucitar muertos...; sino, dice él: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11:28-29). En efecto, esto es lo que todos podemos aprender y practicar. Hacer signos y milagros no siempre es necesario, ni tan sólo ventajoso para todos, ni tampoco se concede a todos.
Es, pues, la humildad la maestra de todas las virtudes, fundamento inquebrantable de todo el edificio, don magnífico y propio del Señor. El que la posea podrá hacer, sin peligro de enaltecerse, todos los milagros que Cristo obró porque busca imitar al manso Señor, no en la sublimidad de sus prodigios sino en las virtudes de la paciencia y la humildad. Por el contrario, el que está deseoso de mandar a los espíritus impuros, de devolver la salud a los enfermos, de mostrar a las multitudes cualquier signo maravilloso, podrá invocar el nombre de Cristo en medio de toda su ostentación, pero es extraño a Cristo porque su alma orgullosa no sigue al maestro de humildad.
Este es el legado que el Señor hizo a sus discípulos poco antes de volver a su Padre: «Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros; como yo los he amado »; e inmediatamente añade: «En esto conocerán que son mis discípulos: si se aman los unos a los otros» (Jn 13:34-35). Y es cierto que el que no es manso ni humilde no podrá amar así.
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

La tentación de compararnos con los demás es especialmente fuerte en el ámbito laboral. Nos fijamos en quién lo hace bien, a quién elogian, a quién ascienden, a quién escuchan sus ideas, quién cobra un sueldo más alto. Sin pretenderlo realmente, podemos empezar a medir nuestro propio valor en función del éxito de la persona que se sienta a nuestro lado. Los dones de otra persona pueden empezar a parecer una amenaza para los nuestros. Un deseo sano de hacerlo bien puede convertirse, sin darnos cuenta, en rivalidad, envidia o incluso resentimiento.

Algo similar ocurre entre los discípulos en el Evangelio de hoy. Empiezan a discutir sobre cuál de ellos es el más grande. Es un momento sorprendentemente humano. Ni siquiera quienes colaboraban más estrechamente con Jesús eran inmunes a la ambición y la rivalidad. Sin embargo, Jesús se niega a entrar en su pequeña 'batalla por la clasificación', si se me permite llamarla así. En su lugar, coloca a un niño a su lado —alguien que, en aquella sociedad, tenía muy poco estatus o influencia— y dice a los discípulos que acojan a una persona así en su nombre.

Jesús da un giro radical a su idea del éxito. La grandeza no consiste en estar por encima de los demás, sino en fijarse en aquellos que, de otro modo, podrían pasar desapercibidos. Sea cual sea nuestra profesión, quizá la pregunta más acertada no sea: ‘¿Cómo me va en comparación con los demás?’, sino: ‘¿Cómo trato a las personas que me rodean?’. El compañero que tiene éxito no es nuestro rival, y la persona con menos prestigio en el lugar de trabajo no es menos digna de nuestra atención. Jesús nos invita a alejarnos de esa constante de medir y comparar, y a reconocer, en cambio, la misma dignidad en todas las personas con las que nos encontramos y con las que trabajamos.

La obra «Oficina de noche», de Edward Hopper, pintada en 1940, nos ofrece una imagen maravillosamente acertada. Nos asomamos a una oficina intensamente iluminada al caer la noche, donde dos personas siguen trabajando: un hombre absorto en su escritorio y una mujer de pie junto a un archivador abierto. Hopper encontró la inspiración para este cuadro durante sus viajes en el tren elevado de Nueva York, al vislumbrar fugazmente el interior de las oficinas a través de las ventanas mientras su tren pasaba. Más tarde explicó que, por encima de todo, quería plasmar la sensación de una oficina aislada y solitaria en lo alto de la ciudad.

Lo que me llama la atención es que estas dos personas comparten la misma pequeña habitación, aunque probablemente vivan en mundos completamente diferentes. Existe una jerarquía de oficina: el hombre ocupa el escritorio principal, mientras que la mujer parece ser su secretaria o asistente. Aunque es muy probable que haya jerarquías de oficina, Hopper no nos dice quién es más importante. Se resistió deliberadamente a dotar al cuadro de una historia clara. Ambas personas son igualmente importantes en nuestro cuadro. Si quitáramos a una de ellas, el cuadro perdería fuerza. Quizá eso lo hace especialmente adecuado para el Evangelio de hoy. Dedicamos gran parte de nuestra vida laboral a preocuparnos por el estatus: quién tiene el despacho más grande, la mayor responsabilidad, el título más prestigioso, el mayor reconocimiento. Hopper elimina todo eso. Vistos desde fuera, a través de una ventana en la oscuridad, no son más que dos seres humanos que comparten una habitación y una jornada laboral. Ambos igual de importantes.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

Señor Jesús, manso y humilde.
Desde el polvo me sube y me domina esta sed de que todos me estimen, de que todos me quieran.
Mi corazón es soberbio. Dame la gracia de la humildad,mi Señor manso y humilde de corazón.

No puedo perdonar, el rencor me quema, las críticas me lastiman, los fracasos me hunden, las rivalidades me asustan.

No se de donde me vienen estos locos deseos de imponer mi voluntad, no ceder, sentirme más que otros... Hago lo que no quiero. Ten piedad, Señor, y dame la gracia de la humildad.

Dame la gracia de perdonar de corazón, la gracia de aceptar la crítica y aceptar cuando me corrijan. Dame la gracia, poder, con tranquilidad, criticarme a mi mismo.

La gracia de mantenerme sereno en los desprecios, olvidos e indiferencias de otros. Dame la gracia de sentirme verdaderamente feliz, cuando no figuro, no resalto ante los demás, con lo que digo, con lo que hago.

Ayúdame, Señor, a pensar menos en mi y abrir espacios en mi corazón para que los puedas ocupar Tu y mis hermanos.

En fin, mi Señor Jesucristo, dame la gracia de ir adquiriendo, poco a poco un corazón manso, humilde, paciente y bueno.

 Cristo Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo. Asi sea.


(P. Ignacio Larrañaga, catholic.net)

domingo, 27 de septiembre de 2026

La oración inspirada en San Buenaventura que te dice dónde buscar a Dios cuando no le encuentras

Un santo franciscano que se retiró a una montaña a buscar la paz del alma inspira una plegaria breve para los días en que rezar cuesta.

San Buenaventura fue un franciscano, filósofo y teólogo nacido en el siglo XIII.

San Buenaventura fue un franciscano, filósofo y teólogo nacido en el siglo XIII.

    Hay días en que Dios parece haberse mudado sin dejar dirección. Para esos días circula una oración inspirada en San Buenaventura. Su idea central cabe en una línea: Dios no se encuentra en el ruido ni en la prisa, sino en «el silencio donde Él ya habita».

    El santo que buscaba la paz

    Buenaventura nació en Bagnoregio, en el Lacio, hacia 1217, y se llamaba Giovanni da Fidanza. De niño cayó tan gravemente enfermo que ni su padre, que era médico, esperaba salvarlo; su madre pidió la intercesión de Francisco de Asís, canonizado hacía poco, y el niño se curó. Aquello le marcó la vida.

    Estudió y enseñó en París, donde coincidió como maestro con Tomás de Aquino, y en 1257 lo eligieron ministro general de los franciscanos. Tenía todo para vivir entre libros y cargos. Sin embargo, según cuenta él mismo en el prólogo de su obra más famosa, se retiró al monte Alverna «buscando la paz del alma» y allí, recordando la visión del serafín que tuvo Francisco en ese mismo lugar, escribió el Itinerario de la mente a Dios. Es el libro de un hombre agotado que necesitaba parar.

    La tradición añade una escena muy suya. Cuando el Papa lo nombró cardenal y sus enviados le llevaron el capelo, dicen que lo encontraron lavando los platos del convento y le pidieron que lo colgara de un árbol hasta terminar. Murió en 1274 durante el Concilio de Lyon, fue canonizado en 1482 y proclamado Doctor Seráfico en 1588. Benedicto XVI, que de joven investigó su obra y peregrinó a su pueblo natal, lo definió como hombre de acción y de contemplación.

    La oración, párrafo a párrafo

    La oración empieza así: «Señor, quiero encontrarte. No en el ruido ni en la prisa, sino en el silencio donde habitas. Muchas veces te busco lejos, como si estuvieras escondido, y olvido que Tú ya estás aquí, esperando mi corazón».

    Es la paradoja de todo el que reza en una época de sequía: se busca lejos a quien ya está dentro, como también decía San Agustín de Hipona. Buenaventura lo dice casi con las mismas palabras. En su Itinerario invita al lector con un «Entra en ti mismo», porque para él el alma es un espejo donde Dios se deja ver. 

    Y explica por qué casi nadie lo consigue: el alma, distraída con los cuidados, no vuelve a sí misma. Esos cuidados son el ruido y la prisa de la oración.

    Continúa: «Enséñame a detenerme, a mirar con fe, a reconocer tu presencia en lo sencillo: en la oración callada, en tu Palabra, en la paz que solo Tú puedes dar. Ilumina mi mente para que te conozca, y enciende mi corazón para que te ame».

    Aquí hay tres verbos: detenerse, mirar con fe, reconocer. Buenaventura veía todo lo creado como una escalera hacia Dios, y por eso la presencia de Dios «en lo sencillo» no le sonaba a tópico. Para él, además, la oración era el origen de todo ascenso espiritual. 

    La petición final, mente iluminada y corazón encendido, resume su método. Advertía al lector de que no le bastaba leer sin unción ni saber sin amar. Benedicto XVI subrayó que en Buenaventura, al final, lo determinante es la primacía del amor.

    Y termina así: «Guía mis pasos para que toda mi vida se convierta en un camino hacia Ti. Señor, si alguna vez me pierdo, vuelve a llamarme. Y si alguna vez me canso, recuérdame que Tú eres el descanso que mi alma busca. Amén».

    «Itinerario» significa camino, y en este párrafo se pide justo eso: que la vida entera sea un camino hacia Dios. Buenaventura lo organiza en seis grados, como las seis alas del serafín, y lo remata con el descanso del séptimo día. Su libro termina, de hecho, invitando a acallar los cuidados y a pasar con Cristo crucificado al Padre. Por eso las dos últimas frases de la oración cierran tan bien: si me pierdo, vuelve a llamarme; si me canso, recuérdame que Tú eres el descanso que busco.

    La oración completa 

    «Señor, quiero encontrarte. No en el ruido ni en la prisa, sino en el silencio donde habitas. Muchas veces te busco lejos, como si estuvieras escondido, y olvido que Tú ya estás aquí, esperando mi corazón.

    Enséñame a detenerme, a mirar con fe, a reconocer tu presencia en lo sencillo: en la oración callada, en tu Palabra, en la paz que solo Tú puedes dar. Ilumina mi mente para que te conozca, y enciende mi corazón para que te ame.

    Guía mis pasos para que toda mi vida se convierta en un camino hacia Ti. Señor, si alguna vez me pierdo, vuelve a llamarme. Y si alguna vez me canso, recuérdame que Tú eres el descanso que mi alma busca. Amén».

    Buenaventura tuvo que subir a una montaña para aprenderlo. A nosotros, con suerte, nos bastará con apagar el móvil cinco minutos.

    ReL

    Vea también    Oración y Meditación del Católico: El Respirar del Alma...




    Frases muy ingeniosas del Beato Fulton Sheen

     Evangelizar a través de lapidarios aforismos e ingeniosas paradojas

    Fulton Sheen, obispo en EEUU, predicador en radio y TV, beatificado en 2026

    Fulton Sheen, obispo en EEUU, predicador en radio y TV, beatificado en 2026


      Voy a estampar, en este escrito, una recopilación de citas de Fulton J. Sheen, quien ha pasado de ser reconocido como Venerable a Beato el 24 de septiembre. 

      Este arzobispo estadounidense -además de teólogo, escritor, profesor e impulsor de misiones y de ayuda humanitaria- fue muy célebre en su tiempo, pues se caracterizó por predicar en radio y televisión hasta su defunción, acaecida en diciembre de 1979; e incluso llegó a ser galardonado con un Emmy en 1952.

      Hecha esta reseña introductoria, cabe destacar que uno de sus talentos más descollantes fue el de evangelizar a través de lapidarios aforismos e ingeniosas paradojas; una destreza que me recuerda sobremanera al estilo literario de G.K. Chesterton, el archiconocido escritor inglés. Así pues, procedo a compartir con todos ustedes, mis venerables lectores, algunas de las citas del Beato Fulton Sheen.

      La primera a la que he decidido hacer mención reza así: 

      • “Antes de la conversión, era el comportamiento el que, en gran medida, determinaba la creencia; tras la conversión, es la creencia la que determina el comportamiento”. 

      A raíz de este aforismo, retorna a mi memoria el consabido dicho de “vive como piensas o acabarás pensando como vives”; o aquella cita mediante la cual Chesterton nos advirtió de que quien deja de creer en Dios, puede acabar creyendo en cualquier cosa; y, sobre todo, pone de relieve una de las máximas de Santo Tomás de Aquino, esa que nos revela que el entendimiento ha de ser previo a la voluntad, y la voluntad una necesaria prolongación del entendimiento. Por algo, nos recomendó, siglos más tarde, Santo Tomás Moro rezar antes de pensar y pensar antes de actuar.

      La segunda de las citas en la que he optado por hacer hincapié es la siguiente: 

      • “En días más felices, los filósofos discutieron los problemas del hombre; ahora, ellos discuten al hombre como problema”. 

      Aquí, queda acreditada la habilidad de Fulton Sheen para entretejer profundidad teológica, ingenio aforístico y sentido del humor en una sola frase; un cariz muy chestertoniano, huelga subrayar.

      Otra cita de Fulton Sheen que es mordaz y, al mismo tiempo, desternillante sería la siguiente: 

      • “Nunca olvides que sólo hay dos filosofías para gobernar tu vida: la de la cruz, que comienza con el ayuno y termina con la fiesta; y la de Satanás, que comienza con la fiesta y termina con el dolor de cabeza”.

      Más frases incisivas y, a su vez, de gran comicidad: 

      • “Debes recordar amar a la gente y usar las cosas, y no usar a la gente y amar las cosas”; 
      • “los egoístas están tan impresionados por su propia importancia que toman todo lo que les dieron como si se les debiera”.

      En esta misma línea, he considerado oportuno traer a colación su siguiente aforismo: 

      • “La soberbia es una admisión de debilidad: secretamente teme toda competencia y teme a todos sus rivales”. 

      No cabe duda de que la altanería, en reiteradas ocasiones, es una manera de ocultar, eclipsar o ensombrecer nuestras propias flaquezas, a base de sacarles brillo para disimular su podredumbre.

      A esto, me gustaría añadir que la soberbia es de por sí, per se, debilidad, puesto que nos hace confiar más en nuestras propias fuerzas (de seres limitados) que en la fuerza del Señor (el Todopoderoso); lo cual es, a mi juicio, como ufanarse de lo buen nadador que es uno, para renunciar a unas aletas que te harían nadar muchísimo más lejos. 

      De esto, se desprende el hecho de que el reconocimiento de nuestra propia debilidad nos haga más fuertes, siempre que confiemos y nos abandonemos en el poder de Dios, en su “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).

      De facto, al “sin mí no podéis hacer nada”, que brotó directamente de los labios de Jesús, es fundamental aparejarle otra cita de las Sagradas Escrituras, cuyo tenor literal es: “Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en tu flaqueza” (2 Co 12, 9); algo que se ve nítidamente reverberado en las siguientes palabras de Santa Teresa de los Andes: 

      • “Veía su Grandeza infinita y cómo bajaba para unirse a mí, nada miserable. Él, la inmensidad, con la pequeñez; la Sabiduría, con la ignorancia; el Eterno, con la criatura limitada; pero, sobre todo, la Belleza, con la fealdad; la Santidad, con el pecado”.

      En lo tocante a los criticones, este beato les da una cura de humildad digna de encomio y mención, a través de la siguiente cita: 

      • “No hay persona crítica en el mundo que no necesite críticas”. 

      Esta cita, desde mi punto de vista, nos espolea a aumentar nuestra capacidad para perdonar los males ajenos y a los que nos ofenden, puesto que nos invita a mirar primero dentro de nosotros, véase lo alarmantemente necesitados que estamos de la misericordia de Dios. En palabras de Sir William Shakespeare, “si a los hombres se les hubiese de tratar según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado?”. A la sazón, si tú y yo seríamos azotados en caso de que se nos aplicase la justicia en toda su crudeza y desnudez, ¿tendríamos derecho a negarle el perdón alguien?

      No olvidemos que Cristo se dejó crucificar por la redención de sus verdugos; y de la humanidad entera. 

      Por ello, precisamente, el teólogo Jacques Philippe nos recuerda que Dios nos amó como perfecto hombre para que aprendiésemos a amar como Dios; y aquí es donde el perdón cobra todo su sentido, sentido que nos es literalmente transmitido en el Padrenuestro, cuando rezamos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”; puesto que con la misma vara de medir con la que midamos a los demás seremos nosotros medidos, tal y como nos es revelado en las Sagradas Escrituras.

      De hecho, Fulton Sheen incidió en la importancia nuclear de la humildad al sentenciar que “la divinidad es tan profunda que sólo puede captarse con los extremos de la sencillez y la sabiduría. Hay algo en común entre el sabio y el sencillo; y es la humildad”. 

      Aquí, podemos vislumbrar la inabarcable hondura y belleza de las paradojas cristianas, donde dos contradicciones aparentes terminan convirtiéndose en correlatos indispensables, que siguen una secuencia lógica, coherente, y que, por consiguiente, dejan de ser contradictorias.

      Así, lo entiendo yo: el pensamiento católico no hace síntesis modernas, fruto de una solución intermedia a la pelea entre una tesis y su antítesis (o su contrario), sino que armoniza ambas hasta el punto de erradicar toda contradicción y enemistad; es decir, las reconcilia, pero no mediante un tratado de paz, sino haciéndolas compatibles. 

      Es más, el teólogo Charles Moeller nos enseñó que las paradojas cristianas son la culminación -y la depuración- de la sabiduría griega. Por algo, diría Chesterton aquello de que “la verdad es paradójica”. 

      Incluso el ateo de Don Miguel de Unamuno se rindió ante el incalculable valor de las paradojas cristianas, algo que se hace explícito en el siguiente fragmento de su obra El Cristo de Velázquez: 

      • “Paradojas, parábolas y apólogos florecían lozanos de tu boca; no silogismos, no pedruscos lógicos al cuello de la mente cual collar”.

      En lo concerniente a la religiosidad católica ejercida en la vida pública, Fulton Sheen puso de manifiesto que “las naciones no son asesinadas normalmente; más a menudo, se suicidan”; algo que guarda una íntima avenencia con las siguientes palabras de Will Durant: “Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro”. 

      Un aspecto en el que veo cómo esta advertencia se materializa sería en la crisis de la natalidad que asola a Occidente, vertiginosamente espoleada por la pecaminosa tibieza de los fieles. Otro factor para tener en consideración sería esa disgregación de la unidad de espíritu trabada por el fundente de la Fe, para diluirse en una concomitancia de principios enemistados.

      A la cita de Fulton Sheen estampada en el párrafo anterior, cabría agregarle la siguiente: 

      • “Se dice que Estados Unidos sufre de intolerancia; no es así. Sufre de tolerancia. Tolerancia del bien y del mal, de la verdad y el error, de la virtud y la maldad, de Cristo y el caos. Nuestro país no está tan lleno de fanáticos como de personas de mente demasiado abierta”.

      Otra realidad que aborda sobre el catolicismo manifestado en la esfera pública sería ésta: 

      • “No hay ni cien personas en los Estados Unidos que odien a la Iglesia Católica, pero hay millones que odian lo que equivocadamente perciben que es la Iglesia Católica”.

      En lo atinente a la calidad de nuestra entrega a Dios, este beato no se anduvo por las ramas, para sentenciar: “Nadie será coronado a menos que haya luchado y vencido”. 

      A fuer de esto último, le imploramos a San Miguel Arcángel que nos defienda en la lucha, en aras de que nos proteja de las perversidades y asechanzas del demonio. Por esto, precisamente, le suplicamos a Dios en el Padrenuestro que no nos deje caer en la tentación, para, así, librarnos del mal. En palabras de Fulton Sheen, “a menos que haya un Viernes Santo en tu vida, no puede haber un Domingo de Resurrección”.

      Por último, quería incidir en un renglón alumbrado por este Beato, en el que recalcó el insondable valor de las mujeres, de la feminidad bien entendida. Éste dice así: 

      • “En gran medida, el nivel de cualquier civilización es el nivel de sus mujeres. Cuando un hombre ama a una mujer, tiene que hacerse digno de ella. Cuanto mayor es la virtud de ella, cuanto más noble es su carácter y más dedicada está a la verdad, la justicia y la bondad, más tiene que aspirar el hombre a ser digno de ella. La historia de la civilización podría escribirse, de hecho, en términos del nivel de sus mujeres”.

      • Ignacio Crespí de Valldaura, ReL
      • Vea también     Cómo evangelizar?...




      El Papa León XIV celebrando con los franceses en Lourdes

       

      PAPA LEÓN XIV

      ÁNGELUS

      Prairie del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes
      Domingo, 27 de septiembre de 2026

      ___________________________________

      Queridos hermanos y hermanas:

      Saludo con afecto a todos ustedes que han participado en esta celebración eucarística. ¡Gracias por su presencia! Hago extensivo mi saludo a cuantos se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación, de manera especial a los enfermos.

      Ahora rezaremos juntos el Ángelus, oración sencilla y magnífica, que nos ayuda a vivir cada día en conformidad con la voluntad de Dios, siguiendo el modelo de la Virgen María.

      Antes de hacerlo quisiera pedirles algo que me viene del alma al estar en este lugar. Aquí la Inmaculada se apareció a santa Bernardita con el Rosario y guió su oración. Por eso, invito hoy a todos los fieles y a todas las comunidades cristianas a rezar el santo Rosario durante el próximo mes de octubre, con la intención particular de que cesen las guerras y se restablezca la paz entre los pueblos en conflicto. Acompañemos la oración con actos concretos de penitencia y de misericordia, y con el compromiso de favorecer siempre el diálogo y la reconciliación.

      ¡Que nuestra Madre santísima interceda por nosotros!

      (vatican.va)



      Evangelio del día Domingo 26 A del tiempo ordinario - ¿No sería muchísimo mejor escucharlo con la familia proclamado durante la Misa Dominical presencial?'

       



      San Vicente de Paúl , San AbdericoMás...

      Libro de Ezequiel 18,25-28.

      Ustedes dirán: "El proceder del Señor no es correcto". Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto?
      Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido.
      Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida.
      El ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, seguramente vivirá, y no morirá.


      Salmo 25(24),4bc-5.6-7.8-9.

      Acuérdate, Señor, de tu compasión.

      Muéstrame, Señor, tus caminos,
      enséñame tus senderos.
      Guíame por el camino de tu fidelidad;
      enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador,

      Yo espero en ti todo el día,
      Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
      porque son eternos.
      No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud:

      por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.
      El Señor es bondadoso y recto:
      por eso muestra el camino a los extraviados;
      él guía a los humildes para que obren rectamente

      y enseña su camino a los pobres.


      Carta de San Pablo a los Filipenses 2,1-11.

      Hermanos:
      Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión,
      les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento.
      No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos.
      Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás.
      Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
      El, que era de condición divina,
      no consideró esta igualdad con Dios
      como algo que debía guardar celosamente:
      al contrario, se anonadó a sí mismo,
      tomando la condición de servidor
      y haciéndose semejante a los hombres.
      Y presentándose con aspecto humano,
      se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
      y muerte de cruz.
      Por eso, Dios lo exaltó
      y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
      para que al nombre de Jesús,
      se doble toda rodilla
      en el cielo, en la tierra y en los abismos,
      y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
      "Jesucristo es el Señor".


      Evangelio según San Mateo 21,28-32.

      Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
      "¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: 'Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña'.
      El respondió: 'No quiero'. Pero después se arrepintió y fue.
      Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: 'Voy, Señor', pero no fue.
      ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?". "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.
      En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él".

      Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

      Bulle

      Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179)
      abadesa benedictina y doctora de la Iglesia
      El Libro de las Obras divinas, 6 (“Hildegarde de Bingen, Prophète et docteur pour le troisième millénaire”, Béatitudes, 2012), trad. sc©evangelizo.org


      La obediencia, ¡base de las obras divinas!

      Santa Hildegarda presenta una visión en la que vicio y virtud se responden:
      -Desobediencia: “¿Por qué respetar los preceptos de otros? Haciendo eso, desconocemos quienes somos. Somos filósofos creíbles y sabemos más que otros. ¿Cómo no realizaríamos lo que sabemos? Lo que decido en mí-misma, sé cuánto es justo, útil y servicial… Lo que veo, toco, comprendo en mi cabeza, es lo que debo hacer”.
      -Obediencia: “Yo, que obedezco, estoy unida a él. Cuando Dios, por su Verbo, ha hecho todo y él dijo “Fiat”, yo era el ojo de la Creación y bajo la orden de Dios, he velado. Así todo fue creado. Pero cuando el primer ángel empezó a vivir, se opuso rápidamente a Dios. Yo dije que sus obras no vivirían porque él quiso ser diferente y hasta trató de atacarme y morderme, pero no le fue posible. Estoy a la base de todas las obras divinas, tanto como el alma para el cuerpo. Ya que la voluntad del hombre cumple lo que él desea, yo soy la voluntad de Dios, terminando lo que Dios empieza… No toco, no quiero, no deseo nada que no sea en Dios… Tú, desobediencia, te asemejas a las hojas muertas, serás barrida como ellas…”
      (EDD)

      Reflexión sobre el grabado

      Hay mucha humildad en estar dispuestos a cambiar de opinión. A veces pensamos que la fortaleza consiste en mantenernos firmes en lo que hemos dicho, pase lo que pase. No queremos parecer incoherentes ni admitir que nuestra primera reacción pudo haber sido errónea. Sin embargo, hay momentos en los que cambiar de opinión no es en absoluto un signo de debilidad, sino de sabiduría.

      Así pues, en la lectura de hoy hay algo de cada uno de los dos hijos. A veces somos como el segundo hijo: nos apresuramos a decir ‘sí’, quizá con la mejor de las intenciones, pero tardamos en convertir esa promesa en hechos. Otras veces somos como el primero: nuestra respuesta instintiva es ‘no’, pero algo ocurre en nuestro interior y nos lo replanteamos. Jesús parece sugerir que lo que importa no es simplemente la primera palabra que sale de nuestros labios, sino hacia dónde dejamos que se dirija finalmente nuestro corazón. Las palabras salen rápido, pero nuestro corazón puede ser un poco más lento. Dios deja espacio para el replanteamiento, para el cambio de opinión y para los nuevos comienzos.

      También podemos encontrarnos en la situación de que otra persona cambie de opinión. Quizá en su momento nos rechazaron, no estuvieron de acuerdo con nosotros o adoptaron una postura que nos decepcionó, y más tarde cambiaron de opinión. Cuando eso ocurre, debemos resistir la tentación de recordarles demasiado pronto lo que dijeron en su momento. Si esperamos que los demás nos den margen para cambiar, debemos ofrecerles la misma cortesía.

      El grabado de hoy, obra del artista renacentista alemán Georg Pencz, nos sumerge directamente en la parábola de Jesús. Realizado entre 1534 y 1535 como parte de su serie ’La historia de Cristo', es sorprendentemente pequeño, con menos de seis centímetros de ancho. Sin embargo, Pencz consigue contar toda la historia en este espacio tan reducido. Vemos al padre dirigiéndose a sus dos hijos, mientras detrás de ellos el viñedo se extiende hasta perderse en la lejanía: el lugar donde las palabras deben acabar convirtiéndose en hechos. Ese viñedo es importante. A Jesús no le interesa especialmente cuál de los hijos dio la mejor respuesta inicial; lo que le interesa es quién acabó poniéndose a trabajar. Pencz expresa visualmente que siempre hay un espacio entre nuestra primera respuesta (a la derecha del grabado) y lo que finalmente decidimos hacer (a la izquierda).

      by Padre Patrick van der Vorst

      Oración

      Señor Soberano y Rey, tú eres grande y abundante en poder. Tú creaste la tierra con tu poder, estableciste el mundo con tu sabiduría y extendiste los cielos con tu entendimiento. Señor, tú conoces mi fin desde el principio, sabes cuándo me siento y cuándo me levanto. Comprendes todos mis pensamientos y conoces todos mis caminos, de modo que incluso antes de que pronuncie una palabra, Señor, tú la conoces por completo. Tus ojos vieron mi cuerpo aún sin formar, y todos los días que me fueron destinados estaban escritos en tu libro antes de que existiera uno solo de ellos. Reconozco que tú eres el Señor de mi vida y que mi vida está en tus manos. Reconozco que te necesito porque mi conocimiento, entendimiento y sabiduría son limitados. ¡Oh, la profundidad de las riquezas, la sabiduría y el conocimiento de mi Dios! Como bien dijo Job: «¿Quién puede resistirte y tener éxito?» 

      Señor, te ruego que perdones mi desobediencia y mi espíritu rebelde. Mi mayor anhelo es vivir en completa sumisión a ti, sin resistencia. Por eso, ahora mismo, someto mi voluntad, mis deseos y mis planes a tu autoridad. No intentaré tomar mi vida ni vengarme por mi cuenta. Acepto que mi vida ya no me pertenece, sino que fue redimida con la sangre de Cristo, y por lo tanto te pertenece. Señor, estoy dispuesto a ir adonde me guíes y seguir tus instrucciones. Señor, ya no es mi voluntad, sino que se haga la tuya en mi vida. Incluso ahora, te pido fuerza y ​​valor para cumplir tu voluntad, especialmente cuando sea difícil. Oro todo esto en el nombre de Cristo Jesús, el ejemplo perfecto de sumisión al Padre. Amén.

      Salmo 147:5, Jeremías 10:12, Isaías 46:10, Salmo 139:2-4,16, Romanos 11:33, Job 9:4, 2 Corintios 5:15, Mateo 26:39, Filipenses 2:5-8

      (abideinprayer)