Cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la absolución
en el sacramento de la confesión, todos los santos y ángeles del cielo se
regocijan
Acudir a la confesión puede ser una experiencia solitaria,
ya que solo nos involucra a nosotros mismos y a un sacerdote. Esto no es algo
malo, pues nos proporciona la seguridad que necesitamos para confesar nuestros
pecados en privado. Luego, ¿qué tienen que ver los santos y los ángeles en este
acto?
Sin embargo, puede que no siempre nos demos cuenta de la
extraordinaria realidad espiritual que se nos oculta a la vista.
La hueste celestial de ángeles y santos nos observa mientras
nos acercamos al confesionario y nos sentamos o nos arrodillamos ante el
sacerdote.
Desean con todas sus fuerzas que nos reconciliemos con Dios
y con la Iglesia, y rezan para que tengamos el valor de confesar nuestros
pecados.
El propio Jesús se lo señaló a sus apóstoles, tal y como
recoge el Evangelio de Lucas (15, 7).
"Os digo que habrá más alegría en el cielo por un solo
pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan
arrepentirse".
San Francisco de Sales ofrece una reflexión similar en su "Introducción a la vida devota".
Espera con atención y abre los oídos de tu corazón, para que
puedas escuchar en espíritu la absolución que el Señor de tu alma, sentado en
el trono de su misericordia, pronunciará en el cielo ante los santos y los
ángeles cuando su sacerdote te absuelva aquí abajo en su nombre.
Ten por seguro que toda esa compañía de bienaventurados se
regocija con tu alegría y entona un canto de alegría inefable, abrazándote y
aceptándote como purificado y santificado.
Una hermosa realidad
Esta es una realidad espiritual importante que debemos
recordar cada vez que nos confesamos.
A veces podemos sentirnos reacios a confesar nuestros
pecados, ya que nos sentimos solos y sin amor, o quizá sintamos vergüenza por
ellos.
Sin embargo, no estamos solos: todos los santos y los
ángeles nos animan, deseando poder acogernos algún día en sus brazos amorosos,
en el abrazo eterno del Cielo.
La próxima vez que vayas a confesarte, intenta visualizar la
alegría que sienten los santos y los ángeles después de que el sacerdote
pronuncie las palabras de la absolución.
Saborea esa alegría y deja que penetre en tu corazón, para
que puedas renovarte y fortalecerte para vivir una vida virtuosa.
Un converso publica«Dime por qué: Conversaciones sencillas sobre la fe católica», donde aborda de la Sábana Santa al aborto, y reconoce que al empezar su propio camino no sabía responder a casi ninguna.
El libro de Carlos García Tejedor «Dime por qué» está pensado especialmente para catequistas y formadores, aunque es accesible para todos los públicos.
Hay una escena que casi todo católico ha vivido alguna vez: estás en una comida, alguien suelta una objeción sobre la Iglesia, tú sabes lo que crees pero no sabes explicar por qué, y te quedas callado. Después, ya en casa, te acuerdas de la respuesta que tenías que haber dado. Carlos García Tejedor, converso y autor de «Dime por qué: Conversaciones sencillas sobre la fe católica», ha convertido esa frustración en un libro.
La obra reúne 35 preguntas que suelen incomodar a creyentes y no creyentes, desde el aborto, la eutanasia o la sexualidad hasta la riqueza de la Iglesia, sus escándalos o la Sábana Santa, a la que dedica un capítulo propio. Cada una arranca con una situación cotidiana, de las que se reconocen a la primera, y se responde con la enseñanza, la tradición y el magisterio.
Carlos no se presenta como un maestro, sino como un intermediario: asegura que cuando empezó su proceso de conversión no habría sabido contestar bien casi ninguna de las 35. El libro, que ya ha puesto a prueba con alumnos de bachillerato, tiene su origen también en Faith Talks, el podcast que presenta junto a su esposa, Cris, y don Fernando López-Rivera.
En esta entrevista habla de apologética sin ganas de ganar batallas, del miedo al «qué dirán» y de por qué la fe no depende de que la Síndone sea auténtica.
¿De dónde salieron estas 35 preguntas? ¿Las recopilaste de conversaciones reales o partiste de una lista «clásica» de objeciones a la fe?
No partí de una lista clásica ni planifiqué las preguntas de manera estratégica. En un proceso de conversión las dudas van apareciendo de forma bastante desordenada y espontánea.
Algunas nacen de conversaciones reales en las que me he visto involucrado; otras, de cuestiones que aparecen en los medios o en las redes y para las que muchas veces nos faltan argumentos. Al final quedaron 35 porque había que dar forma al libro, pero hay cientos de preguntas más que nos hacemos creyentes y no creyentes.
Cuando escribiste el libro, ¿en qué público estabas pensando? ¿A dónde te gustaría llegar con él?
Al principio pensé mucho en cómo era yo hace unos años: qué pensaba, qué información recibía y qué respuestas encontraba cuando preguntaba. Muchas veces los católicos sabemos en qué creemos, pero no sabemos explicar por qué.
A mí me ha pasado quedarme sin respuesta en una conversación y sentir después que había desaprovechado una oportunidad de despertar el interés de alguien.
También he oído a católicos decir, con muy buena intención, que la Iglesia debería «actualizarse» ante una enseñanza que no comprenden. Creo que antes de decir eso merece la pena conocer sus razones. Me gustaría que el libro ayudara a los creyentes a profundizar en su fe y a cualquier persona interesada a comprender mejor lo que enseña la Iglesia.
¿Has probado ya el libro en catequesis, grupos de confirmación o formación de agentes pastorales? ¿Cómo ha reaccionado la gente?
La experiencia que tengo hasta ahora es con alumnos de bachillerato, y está funcionando bien. Es una edad en la que surgen muchas preguntas y en la que están recibiendo continuamente información y mensajes que pueden resultar contradictorios.
Cada capítulo comienza con una situación reconocible, y eso les ayuda a verse reflejados: descubren que otros también se han encontrado en una conversación en la que se les pide justificar lo que creen.
Carlos con su mujer y sus dos hijos.
Hay asuntos, como el aborto, la eutanasia, la reproducción asistida o la sexualidad, de los que a muchos jóvenes les cuesta hablar por miedo al rechazo. Además, a veces han escuchado muchos más argumentos contrarios a la postura de la Iglesia que explicaciones de sus fundamentos. Por eso creo que necesitan un espacio para preguntar y formarse. Muchos adultos, entre los que me incluyo, hemos tenido que construir esa base bastante más tarde.
¿Qué diferencia hay entre «responder bien» y «convencer»? ¿Dónde pones el límite de la apologética?
Yo no pretendo dar lecciones ni presentar mi libro como una exposición oficial de la doctrina católica. He recogido preguntas y vivencias de conversaciones en el trabajo, con amigos o en familia, y he intentado explicar de forma sencilla las respuestas que encuentro en la enseñanza, la tradición y el magisterio de la Iglesia. Me veo más como un intermediario que como alguien que tenga respuestas propias para todo.
Para mí, responder bien exige escuchar, formarse y hablar con humildad y respeto. Convencer a otra persona ya no está en nuestras manos: quizá una conversación solo despierte una pregunta que la lleve a seguir buscando. Sí creo que los católicos debemos conocer mejor nuestra fe para poder dar razón de ella cuando surgen estos debates.
En su día me impresionó mucho aquella advertencia del Apocalipsis sobre la tibieza. La recuerdo como una llamada personal a tomarme en serio lo que creo, nunca como una excusa para imponerlo a nadie.
De los 35 temas, ¿cuál te parece más difícil de explicar a adolescentes: identidad de género, orientación sexual o mujer sacerdote?
Me cuesta elegir uno, porque depende mucho de la historia y las vivencias de cada persona. Cuando empecé a estudiar con más profundidad lo que enseña la Iglesia, encontré argumentos que yo mismo desconocía y eso me dio tranquilidad.
Pero conocerlos no significa que dejen de surgir dudas, sobre todo cuando recibimos mensajes distintos en las redes, en los medios o en nuestro entorno.
Por el contexto actual, probablemente sea más delicado hablar con jóvenes de sexualidad, orientación sexual, aborto, eutanasia o reproducción asistida. Hay que saber explicar la enseñanza de la Iglesia y, al mismo tiempo, escuchar con mucho cuidado a la persona que pregunta.
Otros temas, como la riqueza de la Iglesia, sus escándalos o algunas cuestiones históricas, aparecen continuamente en las conversaciones. Al investigarlos también me sorprendió descubrir cuánto desconocía yo mismo.
¿Había preguntas que tú mismo no sabías responder con seguridad antes de escribir el libro?
Completamente. En algunos casos sabía cuál era la respuesta de la Iglesia, pero no sabía justificarla; en otros, me ponía nervioso al tener que explicarla.
Cuando eres el único que defiende una postura en un grupo de amigos, lo que dices puede convertirse para ellos en una referencia. Si dudas mucho o utilizas un argumento equivocado, puedes reforzar sin querer una idea que intentabas aclarar.
Tampoco creo que haya que vivir esas conversaciones como una batalla que siempre debamos ganar. A veces basta con responder con serenidad y dejar una semilla que dé fruto más adelante. Si pienso en cómo era al comienzo de mi proceso de conversión, diría que entonces no sabía responder bien a casi ninguna de estas 35 preguntas.
Le dedicas un capítulo entero a la Síndone. ¿Por qué merece un tratamiento aparte del resto de reliquias?
La Sábana Santa me fascina. He escuchado muchísimas veces al doctor Jorge Manuel Rodríguez Almenar, presidente del Centro Español de Sindonología, y cada vez que me acerco a este tema descubro algún detalle nuevo. Me impresiona la cantidad de información que ofrece esa imagen y cómo nos lleva a recorrer los relatos de la Pasión de Jesucristo.
San Juan Pablo II dijo que es «un espejo del Evangelio», y esa expresión recoge muy bien lo que siento al contemplarla. Además, es una pieza que ha suscitado un interés científico e histórico extraordinario y que sigue planteando preguntas.
Nuestra fe no depende de demostrar que sea auténtica, pero creo que tiene una capacidad especial para interpelar tanto a creyentes como a no creyentes.
El libro está editado por Cuadranta y ya se puede comprar online y en librerías.
¿Cómo resumirías en dos frases por qué la datación de 1988 no sería concluyente, sin que suene a excusa?
Soy un aficionado a este tema, así que para los detalles científicos prefiero remitir a especialistas como el doctor Rodríguez Almenar; lo primero que invitaría a hacer es entender cómo funciona la datación por carbono 14 y preguntarnos si la muestra tomada representa bien todo el lienzo o si pudo verse afectada por contaminación.
Y, aun aceptando la fecha medieval que dio aquella prueba, entre 1260 y 1390, seguiría pareciéndome necesario investigar cómo se formó la imagen que vemos en la tela: la datación y el origen de esa imagen son dos preguntas distintas.
¿A quién te gustaría que llegara el libro además de a formadores: padres, catequistas, sacerdotes jóvenes?
Me gustaría que llegara a padres, catequistas y profesores, pero también a colegios que quizá han perdido entusiasmo o sienten miedo al «qué dirán» cuando toca hablar de fe con alumnos y familias.
Y me haría especial ilusión que lo leyera alguien no creyente y descubriera que detrás de estas enseñanzas hay razones que merece la pena conocer, aunque después no esté de acuerdo.
Yo no he inventado esas respuestas. He intentado ordenarlas, darles un contexto cotidiano y explicarlas de forma que resulten más accesibles. Por eso imagino el libro también como algo que puedes tener a mano: aparece una duda o una conversación difícil, abres el capítulo correspondiente y encuentras un punto de partida para seguir profundizando.
Si pudieras añadir hoy un capítulo 36, ¿qué pregunta incluirías?
Me gustaría que esa pregunta me la propusieran los lectores. El padre Loring abordó una cantidad enorme de cuestiones sobre la fe, y estoy seguro de que no faltarían candidatas.
Se me ocurren temas sobre la Virgen María, el Espíritu Santo, la misa o la vida después de la muerte, pero me interesa que haya variedad y que los capítulos no queden encerrados en una sola temática.
Esa forma de pasar de una pregunta a otra viene también de Faith Talks, el podcast que hacemos mi esposa, Cris, don Fernando López-Rivera y yo. Don Fernando ofrece respuestas breves a preguntas de fe que van surgiendo por actualidad, por una conversación o, a veces, por providencia.
No seguimos un orden rígido: tratamos de responder a la pregunta que alguien se está haciendo en ese momento. Con el libro he querido hacer algo parecido.
En una de las universidades más exigentes del mundo, la fe no llega a pesar del pensamiento, sino de su mano. Dos filósofos conversos y una capellanía en plena forma lo demuestran.
La capellanía de esta universidad, conocida por ser un referente liberal y progresista, ya atiende a más de 1.200 alumnos, y en la vigilia pascual de 2025 se bautizaron 17.
La Universidad de Princeton, una de las más selectivas del mundo y de ambiente mayoritariamente secular y progresista, vive un repunte católico que ya no pasa desapercibido. Su capellanía, el Aquinas Institute, da hogar espiritual a más de 1.200 estudiantes de grado y posgrado, y los católicos son el grupo religioso más numeroso del campus. En la Vigilia Pascual de 2025 recibieron los sacramentos de iniciación 17 alumnos.
Este 2026, además, dos doctorandos en Filosofía han abrazado la fe. Uno es Joe Schmid, que durante años dirigió un popular canal agnóstico en YouTube. El otro es Noah McKay, de tradición protestante. The Pillar acaba de dedicar un reportaje a esta vida católica que florece en la Ivy League.
Una capilla llena a la hora de comer
Las señales están a la vista. Cada mediodía, entre semana, un grupo de jóvenes asiste a Misa en la capilla universitaria mientras sus compañeros están en clase o comiendo. El capellán, el padre Zachary Swantek, admite que vivir la fe en un campus mayoritariamente secular es un desafío, pero asegura que nunca se ha sentido "más necesario como sacerdote".
El reportaje de The Pillar dibuja una pastoral con un cimiento muy concreto: formación intelectual seria, una vida espiritual católica sin complejos y liturgias muy cuidadas. Allí es normal encontrar, después de Misa o de la adoración, a estudiantes enfrascados en preguntas teológicas de fondo.
Ni siquiera la catequesis rebaja el listón: el responsable de preparar a los adultos que quieren entrar en la Iglesia es doctor en Filosofía por Princeton. Quien llega con preguntas de seminario recibe respuestas de seminario.
Y llegan desde lejos. Logan, uno de los alumnos que entraron en la Iglesia en la Vigilia de 2025, venía del mundo de los "nones", los que no se identifican con ninguna religión. "Siento que hay un resurgir del catolicismo", afirma. "Viene una nueva ola".
Princeton no está sola. Otras capellanías universitarias de Estados Unidos baten récords: el pasado curso, la de Arizona State recibió a 52 estudiantes en un solo semestre, y la de la Universidad de Nebraska-Lincoln celebró 72 conversiones en la Vigilia Pascual.
El agnóstico que cambió de bando
Si esta tendencia necesitaba un rostro, Joe Schmid se lo ha puesto. Doctorando en cuarto año, con artículos en revistas como The Journal of Philosophy, Noûs o Mind, abrió en 2020 su canal Majesty of Reason.
Criticar los argumentos a favor de la existencia de Dios era uno de sus temas estrella. El 21 de agosto sorprendió a sus 55.000 suscriptores: "Gran noticia. Dios existe. Cristo es el Señor, y fundó la Iglesia católica".
Había crecido en una familia católica, pero se hizo ateo en el instituto y después agnóstico, empujado por el problema del sufrimiento animal a lo largo de la evolución. Su vuelta fue un proceso arduo de una década, alimentado por los argumentos de contingencia de filósofos como Joshua Rasmussen y Alexander Pruss.
Le remató lo que él llama "milagros vindicatorios", prodigios que confirman doctrinas propiamente católicas, como los carismas del Padre Pío, las curaciones de Lourdes, Fátima o los milagros eucarísticos.
Aun así, insiste en que la conversión "no fue obra mía", sino un don de la gracia. El apologista Trent Horn, que tantas veces discutió con él, lo resumió con una sonrisa: "uno de mis críticos más inteligentes" ahora es católico.
El protestante al que le cuadraron las cuentas
Noah McKay llegó por otra puerta. "Nunca fui ateo, y no creo haber sido nunca agnóstico", cuenta a EWTN News. Lo suyo eran grietas más que derrumbes. Le pesaban el problema del mal, el silencio de Dios y sus dudas sobre la fiabilidad de la Biblia.
Su razonamiento tiene algo de contable meticuloso. Ya creía en milagros cristianos, y comprobó que las pruebas de los milagros específicamente católicos eran igual de sólidas o más. Por pura coherencia, o los aceptaba todos o los rechazaba todos.
"Y las pruebas eran demasiado fuertes para que rechazarlos fuera razonable", explica. El paso causó "angustia" en su entorno protestante, pero él lo tiene claro: quien ya acepta que el cristianismo es verdadero encontrará "irresistible" la inferencia hacia el catolicismo.
Su receta para los que dudan no viene de ningún manual de lógica. "¡Rezad!", pide, y recomienda el rosario, que tanto le ayudó.
Las universidades se fundaron para buscar la verdad, y en Princeton, aunque sea despacio, ha vuelto a ocurrir que alguien la encuentra.
McKay cerró su entrevista con una promesa: "Voy a pedirle a Dios que se dé a conocer a todos los que lean este artículo".
Esta es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud.
Yo mismo, Pablo, les digo: si ustedes se hacen circuncidar, Cristo no les servirá de nada.
Les vuelvo a insistir: todos los que se circuncidan, están obligados a observar íntegramente la Ley.
Si ustedes buscan la justicia por medio de la Ley, han roto con Cristo y quedan fuera del dominio de la gracia.
Porque a nosotros, el Espíritu, nos hace esperar por la fe los bienes de la justicia.
En efecto, en Cristo Jesús, ya no cuenta la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que obra por medio del amor.
Salmo 119(118),41.43.44.45.47.48.
Que llegue hasta mí tu misericordia, Señor,
y tu salvación conforme a tu promesa.
No quites de mi boca la palabra verdadera,
porque puse mi esperanza en tus juicios.
Yo cumpliré fielmente tu ley:
lo haré siempre, eternamente.
Y caminaré por un camino espacioso,
porque busco tus preceptos.
Me deleitaré en tus mandamientos,
que yo amo tanto.
Elevaré mis manos hacia tus mandamientos
y meditaré en tus preceptos.
Evangelio según San Lucas 11,37-41.
Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a cenar a su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa.
El fariseo se extrañó de que no se lavara antes de comer.
Pero el Señor le dijo: "¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia.
¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro?
Den más bien como limosna lo que tienen y todo será puro.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
San Clemente de Roma papa del año 90 a 100 aproximadamente Carta a los Corintios, 14-16
«Purificar el interior de nuestro corazón»
Es justo y santo, hermanos, obedecer a Dios antes que seguir a los agitadores orgullosos… Acerquémonos a los que con amor ponen en práctica la paz, no a los que fingen quererla. Puesto que, en efecto, en alguna parte se dice: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Is 29,13 ; Mc 7,6). Y también: «Con la boca, bendicen, pero con el corazón, maldicen» (Sl 61,5) Y también: «Con la boca han dicho que le amaban, y con la lengua le han mentido; de corazón no eran sinceros con él y no permanecieron fieles a su alianza» (Sl 77,36)…
Cristo pertenece a los que son humildes de corazón, no a los que se ponen por encima de su rebaño. El cetro de la majestad de Dios (cf Heb 1,8), el Señor Jesucristo, no ha venido lleno de arrogancia y orgullo –y, sin embargo, podía haberlo hecho- sino con humildad de corazón, tal como el Espíritu Santo había dicho de él: «¿Quién ha creído nuestra palabra? y el brazo del Señor ¿a quién se ha revelado? Lo hemos anunciado como un niño, como una raíz en tierra árida. No tenía belleza ni esplendor; lo hemos visto… mas su aspecto era despreciable» (Is 53,1-3)… Ved, pues, amados míos, cuál es el modelo que se nos ha dado. Si el Señor se ha humillado tanto, ¿qué hemos de hacer nosotros a quienes nos ha concedido poder caminar bajo el yugo de su gracia?
(EDD)
Reflexión sobre el Tapiz de
Bayeux
Hoy celebramos la memoria de
San Eduardo el Confesor, uno de los grandes santos de Inglaterra y cuya
historia está indisolublemente ligada a Westminster. Nacido hacia el año
1003, Eduardo se convirtió en rey de Inglaterra en 1042 y reinó durante
más de veinte años. Sin embargo, la historia no lo recuerda
principalmente por sus batallas o conquistas, ¡sino por su fe! El título
de 'Confesor' no significa que fuera un sacerdote que escuchara
confesiones. En la Iglesia primitiva, un “confesor” era alguien que profesaba
abiertamente, o confesaba, la fe cristiana mediante el testimonio de su
vida. Eduardo hizo precisamente eso.
Una de las historias más
bonitas que se cuentan sobre Eduardo tiene que ver con un hombre pobre
que se le acercó para pedirle limosna. Eduardo no llevaba dinero encima,
así que se quitó un anillo precioso del dedo y se lo dio al mendigo.
Algún tiempo después, dos peregrinos ingleses que viajaban por Tierra
Santa se encontraron con un anciano que se les reveló como San Juan el
Evangelista. Les entregó el mismo anillo y les pidió que se lo
devolvieran a Eduardo, diciéndoles que había sido él quien se había aparecido
al rey disfrazado de pobre. Tanto si interpretamos la historia como un
hecho histórico como si la consideramos el hermoso lenguaje de la
devoción medieval, su mensaje es hermoso: ¡lo que ponemos en manos de los
pobres, lo ponemos en manos de Cristo!
Eduardo está especialmente
vinculado a la Abadía de Westminster, la gran iglesia que reconstruyó
junto a su palacio real. Fue consagrada poco antes de su muerte, en enero
de 1066, y allí fue enterrado Eduardo. Su relicario sigue encontrándose
hoy en día en el corazón de la abadía.
En estos momentos se presenta
una maravillosa oportunidad de encontrarte cara a cara con Eduardo, ya
que San Eduardo el Confesor aparece, de hecho, en el Tapiz de Bayeux, que
actualmente se expone en el Museo Británico. La exposición ha cautivado
la imaginación del público: la primera tanda de entradas se agotó en
cuestión de horas, lo que la convierte en la exposición del museo que más
rápido se ha vendido de la historia. Quizá no sea de extrañar. Por
primera vez en casi mil años, este extraordinario bordado de 70 metros de
largo ha regresado a Inglaterra, narrando con hilos la dramática historia
de los acontecimientos que rodearon el año 1066.
Y Eduardo aparece justo al
principio de la historia y del tapiz. La primera escena muestra al
anciano rey sentado en su trono, hablando con Harold Godwinson. Esto es
significativo porque la muerte de Eduardo sin un heredero desencadenaría la
lucha por la corona inglesa que, finalmente, culminó en la batalla de
Hastings. Más adelante en el tapiz volvemos a encontrarnos con Eduardo,
tras el regreso de Harold de Normandía, y luego en una secuencia
especialmente conmovedora en torno a su muerte. Vemos la recién
construida abadía de Westminster, con la mano de Dios apareciendo sobre
ella; el cuerpo de Eduardo es llevado hacia la iglesia para su entierro,
mientras que aún se ve a un obrero en el tejado, terminando la
construcción. A continuación, vemos a Eduardo en su lecho de muerte, con
su esposa Edith afligida a sus pies y Harold a su lado. Eduardo murió el
5 de enero de 1066, solo unos días después de que su abadía hubiera sido
consagrada.
Es realmente hermoso que,
casi mil años después, la gente vuelva a detenerse para contemplar estas
pequeñas figuras bordadas de San Eduardo. Los reyes, los reinos y las
dinastías van y vienen... pero el silencioso testimonio de una vida santa
perdura siempre...
by Padre Patrick van der Vorst
Oración
«Señor, concédeme la gracia de mirar hacia lo interior y no hacia lo exterior. Por medio de tu Espíritu que todo lo ilumina, permíteme detenerme a buscar tu presencia omnipresente que envuelve mi vida. [1]
Ayúdame a no quedar atrapado intentando cambiar o complacer las cosas externas, cuando Tú me pides que me concentre en desarrollar tu Reino en lo hondo de mi corazón. [1]
Enséñame a entrar en lo profundo de mi ser, a calmar el ruido del mundo y a soltar las excusas del tiempo y del cansancio, para ser receptivo y acoger en mi interior lo que Tú deseas para mí. Amén.» [1, 2]
(Texto adaptado de reflexiones espirituales sobre la interioridad). [1, 2]