LEÓN XIV
AUDIENCIA GENERAL
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Catequesis - Viaje
apostólico a Francia y visita a la UNESCO
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quiero hablaros del Viaje
apostólico a Francia que he realizado estos últimos días. Ha sido un gran
regalo para mí y para el pueblo de Dios en ese país, y doy gracias al
Señor. Expreso de nuevo mi gratitud a todos los que me han acogido, Autoridades
civiles y pastorales de la Iglesia y a todos aquellos - han sido muchos - que
quisieron encontrar al Papa o simplemente saludarlo por las calles, como
apóstol de Cristo y mensajero de paz. ¡Gracias a todos!
Quisiera recoger los pensamientos y las impresiones -
todavía muy vivas - de esta Visita pastoral en torno a un único gran símbolo:
la Catedral de Notre-Dame de París. Allí, el primer día por la tarde celebramos
las
Vísperas de la Beata Virgen María, una liturgia solemne y al mismo tiempo festiva,
en la que la música, el canto y la belleza del templo hacían vibrar a los
corazones unidos en la oración.
Precisamente Notre-Dame, con el drama que ha vivido, puede
iluminar simbólicamente todo este
Viaje apostólico, ofreciendo una clave de lectura que resumiría en una
palabra: renacimiento.
La Catedral de París, que hace solo siete años parecía
herida de muerte por un enorme incendio, ahora está reconstruida y luce más
esplendorosa que nunca. Aquel desastre provocó una reacción positiva a todos
los niveles, algunos más visibles y prácticos y otros más escondidos, de orden
espiritual.
Su restauración fue una prueba de la posible colaboración
entre Iglesia, Estado, instituciones públicas y sociedad civil. Esta dinámica
ha permitido aprovechar al máximo tanto la generosidad de los benefactores como
las competencias de los profesionales y los artesanos. La sinergia en pro del
bien común debería ser el estilo normal de las instituciones, de las fuerzas
políticas y sociales, de cuantos tienen responsabilidades civiles y económicas.
Es el mensaje que he querido transmitir a las autoridades francesas, así como a
los miembros de la UNESCO, Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la Cultura que tiene sede en París, indicando cuál es
el criterio fundamental sobre el que basar esa colaboración: la dignidad de la
persona humana.
Pero sobre todo, Notre-Dame es imagen de la Iglesia de
piedras vivas, del pueblo santo de Dios. Es interesante poner en paralelo la
celebración de las Vísperas en la Catedral con la Vigilia
de los jóvenes que tuvo lugar esa misma noche en el gran Estadio de Francia
en París. Dos lugares completamente diversos y sin embargo, dos eventos
complementarios, casi unidos espiritualmente. ¿Qué les unía? La Iglesia, que no
está hecha de piedras o de cemento, sino de personas que aman a Jesucristo
porque han sido amadas por Él. En
Notre-Dame estaban los sacerdotes y los diáconos, las personas consagradas, los
operadores pastorales; en
el estadio estaba la nueva generación francesa: nueva - diría - no solo por
la edad, sino más aún por su espíritu, por la libertad de corazón y de fe.
Jóvenes que cantaron, gritaron, pero que también se quedaron en silencio, en
escucha. Rostros atentos y conmovidos, que manifestaban corazones deseosos de
verdad y de amor. A ellos les dije con alegría: ¡Vosotros sois los santos de
Francia! Esa Vigilia fue una gran señal de esperanza.
Así como lo fue - en la pequeñez que Dios prefiere - también
el encuentro
en la Maison Bakhita, casa de acogida para distintas personas en
dificultad: uno de los muchos lugares, frutos del Evangelio, en los que se
trabaja a diario para servir con amor a la dignidad de la persona humana.
Sin embargo, en la Iglesia en Francia hay una señal de
renacimiento que perdura desde algunos años, es decir, el notable y creciente
número de jóvenes y adultos que piden el Bautismo. Ante esta hermosa sorpresa
de Dios se está celebrando en París una Asamblea sinodal provincial, en la que
he podido intervenir, animando el camino de los catecúmenos y de los neófitos,
junto a las comunidades a las que pertenecen.
El evento culminante de mi visita a la capital fue la Misa
en la Place de la Concorde. Allí, la señal del renacimiento apareció de
modo sorprendente: la asamblea litúrgica, que reunía a sacerdotes, el coro y
una notable multitud en la vasta plaza, se extendía por toda la Avenue des
Champs Élysées hasta el Arco del Triunfo y más allá. En el momento de la
Comunión todos pudieron acercarse a la Eucaristía, que se distribuía por todas
partes. He aquí la verdadera reconstrucción, la restauración de la Iglesia que
solo Dios puede hacer, por intercesión de la Virgen María.
Y por eso, era natural y correcto que después de París me
dirigiera como peregrino a
Lourdes, a venerar a la Madre de la Iglesia, María, aquella que en la hora
de la pasión y de la muerte mantiene encendida la lámpara de la fe y de la
esperanza. En Lourdes el Señor, a través del cuidado maternal de la Virgen
María, comunica a todos, peregrinos y especialmente a enfermos en el cuerpo y en
el espíritu, un mensaje de esperanza y de renacimiento. Un mensaje
que he querido relanzar abiertamente: toda vida humana, de cualquier
condición, también en la fragilidad más grave, conserva la propia dignidad
inviolable y merece ser cuidada, acompañada, aliviada del sufrimiento con la
compasión humana y con el auxilio de los medios que ofrece la ciencia. Por eso,
Lourdes representa para todo el mundo un santuario de la civilización del amor.
En este contexto encontré a algunas personas víctimas de abusos y les pedí que
me ayudaran a expresar también a otras víctimas mi voluntad y la de toda la
Iglesia de escuchar y caminar con ellos mientras buscan la sanación,
reconociendo el dolor causado en sus vidas y trabajando por la prevención de
los abusos.
La tercera y última etapa del Viaje apostólico fue la ciudad
de Metz, en una región de Francia y de Europa martirizada por la Segunda Guerra
Mundial. Allí operó Robert Schuman, uno de los principales inspiradores del
proceso de unificación europea. La Europa contemporánea nació precisamente como
proyecto de paz después de la destrucción de la guerra. Podemos decir que lo
que sucedió en Notre-Dame de París con el incendio sucedió en Europa con la
Segunda Guerra Mundial. Y Europa renació, sobre la base de aquellos principios
de democracia, solidaridad y fraternidad entre los pueblos que deben mucho a
sus raíces cristianas. También hoy, sobre esos cimientos y con esa fuerza
vital, el proyecto europeo puede renovarse, de un modo mucho más globalizado,
donde el diálogo interreligioso desempeña un papel de importancia primaria. Por
eso, en
Metz encontré a los representantes de las diferentes tradiciones religiosas,
quienes leyeron y firmaron en mi presencia el llamamiento de Metz por el
diálogo y la paz.
Queridos hermanos, el tema de mi Visita pastoral a Francia
ha sido Pour que le monde ait la vie, Para que el mundo tenga vida (cf.
Jn 6, 51). Son palabras de Jesús, que resumen toda su misión de salvación y
que, durante el Viaje, expresaban en plenitud el sentido evangélico de cada
encuentro. Ahora, estas expresan nuestra oración, al pedir a Dios que este
evento de gracia dé frutos abundantes y duraderos.
LLAMAMIENTO
Dirijo ahora un llamamiento por la región del Tigray, en
Etiopia: Estoy siguiendo con profunda consternación la situación en el Tigray y
en las regiones vecinas de Afar y Amhara, donde han vuelto a estallar las
hostilidades. Dirijo mi más sentido llamamiento a todas las partes para que
elijan el camino del diálogo. El conflicto armado nunca soluciona los
problemas, sino que solo los agrava, dejando a su paso una estela de muerte,
destrucción y resentimiento. Solo un compromiso sincero puede sentar las bases
para una paz duradera.
Espero con ferviente esperanza que la comunidad
internacional ofrezca su generosa y oportuna contribución, para asegurar que se
preste toda la ayuda humanitaria a quienes la necesitan.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor,
por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes, que mantenga encendida en
nosotros la lámpara de la fe, la esperanza y la caridad, y que seamos uno en
Cristo, para que el mundo pueda creer en Él. Que Dios los bendiga. Muchas
gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy deseo compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el Viaje
Apostólico a Francia que he realizado en los días pasados. Lo vivido ha
sido un gran don para mí y para el Pueblo de Dios que peregrina en ese país.
Agradezco a todos los que lo han hecho posible: a las autoridades civiles y
eclesiásticas, y a tantas personas que se han sumado a cada uno de los eventos
y han salido a las calles a encontrarse con el Papa y a manifestar la alegría
de la fe. ¡Gracias a todos!
Quisiera resumir mis vivencias en un único gran símbolo: la Catedral de Notre-Dame de París. Un templo destruido hace siete años por un incendio, hoy es signo de renacimiento. Esta es una imagen de la Iglesia edificada con piedras vivas, es decir, de personas que aman a Jesús porque han sido amadas por Él y desean anunciar ese amor a todos, “para que el mundo tenga vida” (cf. Jn 6,51). Esta es la reconstrucción de la Iglesia que sólo Dios puede llevar a cabo.
(vatican.va)


