Transcurridos poco más de 30 años desde el nacimiento de la secta, Fray José Torrubia publicó una primera advertencia con sus intenciones, engaños y prácticas.

Un momento de la ceremonia de investidura del Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Inglaterra, una de las instituciones masónicas más influyentes.
El nacimiento y la expansión de la masonería han generado durante tres siglos una ingente cantidad de literatura que oscila entre la investigación y la especulación.
Apenas habían transcurrido dos décadas desde su origen en Londres, en 1717, cuando Clemente XII promulgó en 1738 la bula In eminenti, primera condena pontificia contra la masonería. Catorce años después, un franciscano hoy casi olvidado, fray José Torrubia, publicó Centinela contra franc-massones, la que probablemente constituye la primera gran respuesta española a la secta.
El libro se abre con un extenso Discurso en el que Torrubia intenta reunir la información disponible entonces sobre una organización envuelta en el secreto. Su punto de partida resulta revelador: “De la masonería mucho no se sabe, pero mucho no se ignora”. Partiendo de esa base, Centinela recopilará las bulas pontificias, la pastoral de Pedro María Justiniani, Obispo de Vintimilla, y diversas noticias europeas que explican por qué la Iglesia y numerosos Estados contemplaban a la Iglesia como un fenómeno peligroso. El motivo, escribe, era urgente: “El incremento que va tomando la invención de los francmasones obliga a nuestra Santa Madre Iglesia y a muchos soberanos a desterrarla y precaverla en sus dominios”.
Una amenaza nueva
Transcurridos cerca de tres siglos desde su publicación, la obra de Torrubia constituye un aporte fundamental en torno a los primeros pasos de la masonería, pero especialmente para conocer cómo la Iglesia observaba un fenómeno crucial prácticamente en tiempo real.
Precisamente por la ausencia de información pública que hoy sí difunde la secta en mayor o menor medida, el franciscano parece encontrarse “entre la espada y la pared”, como si tuviese una lucha interna entre la necesidad de ofrecer con premura esa primera respuesta española, hacerlo con rigor y, al mismo tiempo, sin prácticamente fuentes. Términos como “incremento” o “invención” no hacen sino corroborar lo novedoso del fenómeno.
Es por ello que sus páginas no están exentas de imprecisiones hoy refutadas, como puede ser la responsabilidad del Lord Protector de Inglaterra, Irlanda y Escocia, el puritano Oliver Cromwell, en la fundación de la masonería. Si bien este falleció sesenta años antes de la fundación formal de la secta, historiadores especializados hoy en la masonería y su relación con la Iglesia como Alberto Bárcena sí afirman en que esta es incomprensible sin Lutero y sus ramificaciones, hasta el punto de ser constituida por clérigos protestantes de diferentes confesiones.
Al mismo tiempo, del estudio de Torrubia también se obtienen abundantes pruebas de honestidad intelectual. Muestra de ello será su propio reconocimiento de que “de la masonería mucho no se sabe, pero mucho no se ignora”: su intención no es ofrecer una enciclopedia de la masonería a 30 años de su fundación, sino prevenir con lo que por entonces podía saberse.
Una honestidad que se refleja en última instancia en el rechazo del franciscano a emplear fuentes falsas que corroboraban sus tesis. Él mismo advierte de que “cuando iba a salir a luz esta Centinela, se publicó en la Gazeta un Juicio dogmático-moral sobre las cinco proposiciones de la perniciosa y pestilencial secta de los francmasones. Yo no lo he hecho, porque sé que las tales proposiciones son falsamente atribuidas a los francmasones”.
El secreto alimentaba la incertidumbre
El mismo título de Centinela pretende prevenir a los fieles de las prácticas y engaños que entonces se atribuía a la masonería. En su comentario previo al discurso prologético de Torrubia, el archivero franciscano Juan Picazo se detiene para definir el mismo título de Centinela como una obra “que da gritos para que velen, estén alerta y sobre las armas los hijos de la militante Iglesia”.
Precisamente por ello, Centinela no busca reunir todo el saber disponible sobre los peligros, ritos, prácticas y secretos de la masonería, sino difundir aquello que se dice de ella o se afirma saber en las fuentes de la época para prevenir a los fieles.
Muestra de ello serán sus dieciséis afirmaciones de lo que por entonces era público sobre los llamados “francmasones”, entre ellas, que “hacen y reciben por autoridad privada un juramento detestable, profanando el nombre de Dios” o “que ocultan su secreto a las potestades superiores contra todo derecho”. Será precisamente ese secreto el que alimente la incertidumbre y las más variadas acusaciones entre la sociedad: “Aunque no se sepa lo que sin duda será peor, es suficientísimo para calificar el reato de los francmasones”, escribía el franciscano.
"Adán fue francmasón"
Que el objetivo de Centinela sea prevenir a los fieles antes que revelar los secretos de la masonería no significa que Torrubia renuncie a investigar sus orígenes y algunos de los mitos asociados. De hecho, uno de los primeros blancos de su crítica es el relato de los orígenes con el que, según sostiene, algunos masones pretendían dotar a la secta de una antigüedad casi tan remota como la propia humanidad.
Junto con otras tradiciones masónicas del siglo XVIII, uno de los textos universalmente aceptados como génesis documental de la masonería son las llamadas “Constituciones de Anderson”, redactadas por el pastor calvinista James Anderson (1679-1739) y firmadas por Jean-Theophile Desanguliers (1683-1744), Gran Maestro adjunto al Gran Maestro de la Gran Logia de Londres, Duque de Warton, y ministro de los anglicanos.
En este y otros documentos, la masonería se refiere a Adán como su “primer Padre, creado a imagen de Dios, Gran Arquitecto del Universo”, y reconocen que “siempre cuidaron los masones” de realizar su “Magno Proyecto”, desde Adán hasta el diluvio.
El mismo Torrubia lo recoge así: “Dicen que Dios crio a Adán y al mismo tiempo lo hizo francmasón”, escribe. A partir de entonces, sostiene que algunos autores masones hacían descender la institución por una larga cadena de personajes bíblicos —Caín, Set, Jubal, Enoc o los patriarcas antediluvianos— hasta llegar a Moisés y Salomón, e incluso atribuían la condición de francmasones a reyes, emperadores y pontífices.
Una reconstrucción histórica que, según Torrubia y las mismas evidencias, carece de todo fundamento. “En todo desvarían, con tan poco fundamento alegan a unos a su compañía como excluyen a otros de ella”, sentencia, argumentando a continuación que se trataba de una genealogía imaginaria destinada a revestir de autoridad una organización cuya verdadera aparición situaba él mismo -erróneamente- en la Inglaterra del siglo XVII.
El ejemplo que más ridiculiza es el de Sansón. Según explica, algunos masones sostenían que el juez de Israel había perdido su condición de francmasón por revelar a Dalila el secreto de su fuerza. Torrubia aprovecha esa interpretación para volverla contra ellos: si Sansón deja de ser modelo por no guardar el secreto, ¿cómo puede convertirse al mismo tiempo en ejemplo para justificar un juramento que obliga incluso a dejarse matar antes que revelar los misterios de la logia? La contradicción le parece tan e vidente que apenas necesita comentarla: “¿No es esto lo mejor?”, escribe con sarcasmo.
La secta, por encima de la religión
Entre las objeciones de carácter teológico que formula Torrubia, un ocupa un lugar destacado, como es la obligación de mantener el credo a cada nuevo integrante.
Para el franciscano, el hecho de que la masonería admitiera a hombres de distintas confesiones y exigiera a todos mantener fidelidad a la institución suponía diluir la verdad religiosa en favor de una fraternidad común. Por ello, una de sus grandes observaciones críticas será la advertencia de cómo los masones “obligan, debajo de juramento, a todos los que entran a mantenerse en su creencia, sean luteranos, calvinistas, ateístas o judíos, teniendo por buenas todas las sectas y religiones”.
José María Carrera Hurtado, ReL
Vea también Carta Encíclica Ab Apostolii Solii
- León XIII








