LEÓN XIV
AUDIENCIA GENERAL
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Catequesis - El Viaje
apostólico a España
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy deseo proponer algunas reflexiones sobre el viaje
apostólico a España que realicé la semana pasada para visitar Madrid,
Barcelona, la abadía de Montserrat y las islas Canarias.
Después del largo viaje
a cuatro países africanos, esta vez me he encontrado inmerso en un país
europeo de antigua y riquísima tradición católica. Y ha quedado claro que en la
España de hoy, que ha conocido notables cambios sociales y culturales, el Papa
ha sido acogido en todas partes con entusiasmo y apertura a la escucha. Doy
gracias por ello a Dios y a todo el pueblo español, al Rey y a las autoridades
civiles, a los obispos y a las comunidades eclesiales.
El pueblo de Dios me ha confortado grandemente con la
festiva manifestación de su fe y de su afecto. Por mi parte, he confirmado a
los fieles y, como obispo de Roma, los he animado a superar cualquier forma de
división y de contraposición, y a cultivar siempre la comunión, el diálogo, la
unidad en la diversidad. Este es el servicio propio del Sucesor de Pedro,
servicio que en los viajes apostólicos encuentra una expresión específica,
siempre adecuada a las situaciones eclesiales y sociales de los países visitados.
En el caso de España, he podido notar con alegría cómo la
gente, de todas las edades y condiciones, esperaba la visita del Papa: en todas
partes he encontrado multitudes que me han dado la bienvenida con gran cariño.
Este hecho no era algo que se pudiera dar por sentado, y merece una reflexión.
Naturalmente, esta participación expresa, ante todo, como decía, la fe del
pueblo español; al mismo tiempo, considero que manifiesta la necesidad
generalizada de reencontrarse unidos sobre un fundamento verdadero y profundo,
no ideológico ni de interés parcial. Ese fundamento que solo Cristo, en último
término, puede asegurar, y que el Evangelio, a través de las necesarias
“inculturaciones”, puede transmitir a la vida de los pueblos. Puede hacerlo
porque su mensaje responde plenamente a estas dos exigencias: la búsqueda de la
verdad y la sed de justicia.
En Madrid y Barcelona, nos hemos reunido en las grandes
catedrales, así como en los modernísimos estadios. Hemos rezado el Santo
Rosario en la abadía de Montserrat. Hemos
celebrado en la Sagrada Familia, símbolo majestuoso, sinfonía de piedra y
luz que habla a todos del misterio cristiano. Este encuentro de lo antiguo y lo
moderno, de la tradición católica y la cultura contemporánea, me ha hecho
percibir directamente el carácter propio de Europa, su riqueza inestimable,
como realidad actual, no superada. Se trata de un patrimonio que hay que
custodiar con cuidado, para poder invertirlo en el hoy global con sus desafíos
históricos: la paz, la ecología integral, el desarrollo equitativo y
sostenible, el respeto a la dignidad humana. Son desafíos que el Concilio
Vaticano II ya había reconocido claramente, y sobre los que ha
regresado el Magisterio sucesivo, hasta mi reciente Encíclica Magnifica
humanitas, que tiene como objetivo la custodia de la persona humana en
el tiempo de la inteligencia artificial.
He percibido, a través de los diversos encuentros, la
necesidad de escuchar en la voz del Papa el Evangelio de la esperanza para esta
humanidad nuestra de hoy, tan afectada por las consecuencias negativas de un
modelo de desarrollo engañoso. Esta necesidad, que ha encontrado expresión en
los numerosos testimonios que he podido escuchar -testimonios unas veces
conmovedores, otras edificantes-, la he encontrado también, y sobre todo, en
los rostros de los
pequeños y de los pobres que he encontrado: del
niño que en la parroquia me ha leído su carta; de algunas de las víctimas
de abusos que piden ser escuchadas; de los
detenidos que me esperaban en la cárcel; de los
jóvenes llenos de inquietudes y de proyectos; de los
migrantes en los centros de acogida de las Canarias.
Precisamente allí, en las islas Canarias, última etapa de
nuestro itinerario, he encontrado una clave de interpretación general. Me la
han ofrecido, por una parte, la misma posición geográfica del archipiélago; y,
por otra, la realidad de una Iglesia local que acoge a un gran número de
migrantes forzados, procedentes sobre todo de África. Sabemos que el fenómeno
migratorio es complejo y que requiere planes de acción orgánicos y concertados.
Pero esta clave de interpretación abre una perspectiva diversa y más amplia:
nos hace entender que estamos llamados a releer el Evangelio en el mundo de hoy
intercambiándonos los dones de nuestras respectivas culturas y, en especial,
los frutos que produce en ellas la fecundidad del mensaje de Cristo. Y uno de
estos frutos es precisamente el diálogo entre las personas y entre los pueblos,
el encuentro con espíritu de fraternidad, que permite descubrir y apreciar
recíprocamente los valores de los que el otro es portador. Este camino no es
fácil; requiere buena voluntad y la ayuda de Dios, pero es el camino que
conduce a la civilización del amor.
Queridos hermanos y hermanas, el
lema de este viaje apostólico era “Alzad la mirada” (cfr. Jn 4,35).
Son palabras que Jesús dirige a sus primeros discípulos para enseñarles a ver
en las personas y en las multitudes el deseo de vida, de verdad, de plenitud.
El Señor repite estas palabras, a mí el primero, y con su gracia lo he
experimentado durante el viaje. Hoy quisiera compartir con ustedes esta
invitación: ¡alcemos la mirada! Aprendamos de Jesús a mirar al prójimo, la
gente, el mundo, “con los ojos de Dios”, es decir, con amor, respeto y
compasión.
Finalmente, quiero dar las gracias a cuantos han rezado por
el éxito de este viaje apostólico, especialmente a las comunidades de monjas
contemplativas, que en España, gracias a Dios, son muy numerosas. Sigan rezando
para que, mediante la intercesión de la Virgen María, las semillas que he
esparcido den frutos abundantes. ¡Gracias!
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Llamamiento
Acojo con satisfacción el acuerdo alcanzado entre la
República Islámica de Irán y los Estados Unidos de América, que se firmará el
viernes, como resultado alentador de un paciente trabajo de diálogo y de
negociación. Expreso mi gratitud a los países que se han esforzado por
favorecer el encuentro entre las partes y hacer posible dicho entendimiento.
Espero que este acuerdo contribuya a reforzar la confianza recíproca, la
seguridad y la estabilidad en Oriente Medio, y promueva caminos de diálogo y
cooperación entre los pueblos.
Por otro lado, llegan noticias dolorosas sobre la guerra en
Ucrania, que sigue extendiéndose: numerosas víctimas inocentes, rescatistas
muertos, iglesias y lugares del patrimonio cultural devastados por las llamas.
Expreso mi cercanía a cuantos lloran la pérdida de sus seres queridos, a los
heridos y a quienes, en medio de la violencia, siguen sirviendo a la vida con
valentía. Invito a todos a rezar para que esta guerra termine. Pidamos al Señor
que abra vías de diálogo, que apague el odio y que haga posible una paz justa y
duradera.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Tal
como indicó Jesús a sus discípulos, los invito a alzar la mirada para aprender
a ver en las personas su deseo de vida, de verdad y de plenitud (cf. Jn 4,35).
Que Él nos enseñe también a nosotros a mirar a los demás con los ojos de Dios,
es decir, con amor, respeto y compasión. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
En nuestra catequesis de hoy deseo compartir algunas
reflexiones sobre el
viaje apostólico que realicé la semana pasada en España. Agradezco a Dios y
a todo el pueblo español; particularmente al Rey y a las autoridades civiles, a
los obispos y a las comunidades eclesiales. Durante mi visita pude experimentar
con gran alegría la fe y el afecto de la gente, así como la sed profunda de
congregarse unidos en Cristo. Los diferentes encuentros revelaron el deseo de
escuchar el Evangelio y la inquietud por hacerlo vida en el mundo de hoy.
La última etapa del viaje ha afianzado un aspecto muy
importante: estamos llamados a ser testigos de Cristo compartiendo nuestra fe y
nuestra cultura con los demás. Se nos invita a un diálogo entre las personas y
los pueblos, en espíritu de fraternidad. Este camino no es fácil, requiere
buena voluntad y la ayuda de Dios, pero es la senda que nos conduce a la
civilización del amor.
(vatican.va)

