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lunes, 6 de julio de 2026

Las monjas anglicanas que se hicieron católicas: la inspiradora perseverancia de 12 mujeres

La Comunidad de Santa María la Virgen nació en 1848 y en 2013 se hizo católica.

Percibían que la vida religiosa dentro de la Iglesia de Inglaterra

Percibían que la vida religiosa dentro de la Iglesia de Inglaterra "había quedado relegada a un segundo plano".


    Durante años, en silencio y con una perseverancia que hoy sorprende incluso a quienes acompañaron el proceso, una comunidad monástica anglicana tradicional vivió un discernimiento espiritual que acabaría transformando su historia para siempre. 

    Tras años de oración, estudio, diálogo y no pocas dificultades, doce religiosas decidieron entrar en plena comunión con la Iglesia católica y fundar una nueva comunidad benedictina: las Hermanas de la Santísima Virgen María. 

    Su paso, que se concretó el 1 de enero de 2013, es considerado uno de los gestos ecuménicos más relevantes desde la creación de los Ordinariatos personales.

    Un camino que comenzó mucho antes de la decisión final

    Aunque la noticia sorprendió a muchos, la historia de estas religiosas no empezó en 2009 ni en 2013, sino más de un siglo atrás. La comunidad original —la Comunidad Anglicana de Santa María la Virgen— nació en 1848, en pleno resurgimiento del monacato anglicano impulsado por el Movimiento de Oxford. 

    Aquella corriente buscaba recuperar elementos de la tradición espiritual inglesa que se habían perdido tras la ruptura con Roma en el siglo XVI, cuando Enrique VIII disolvió conventos y monasterios.

    Su paso se concretó el 1 de enero de 2013.

    Su paso se concretó el 1 de enero de 2013.archivo

    Durante décadas, estas religiosas vivieron una vida consagrada marcada por la oración, la misión y la caridad. Dirigieron escuelas, hogares para madres jóvenes, residencias para ancianos y programas de acompañamiento para personas en recuperación. Con el tiempo, su labor se orientó hacia ministerios más personales: hospitales, parroquias, dirección espiritual y acompañamiento pastoral.

    La Madre Winsome, superiora de la comunidad desde 2006, relató en su testimonio que las hermanas ya vivían una espiritualidad muy cercana a la católica

    En sus propias palabras, "llevaban el hábito tradicional, cantaban canto gregoriano, reservaban el Santísimo Sacramento, hacían votos de pobreza, castidad y obediencia". Pero al mismo tiempo percibían que la vida religiosa dentro de la Iglesia de Inglaterra "había quedado relegada a un segundo plano".

    La comunidad necesitaba una reforma espiritual profunda. Algunas hermanas, según explicó, corrían el riesgo de perder su vocación monástica en favor de una vida más laxa, casi una asociación de mujeres dedicadas a buenas obras. Para ellas, eso no era vida consagrada.

    Fue en ese contexto cuando varias religiosas comenzaron a sentir una llamada interior hacia la Iglesia católica. No se trataba de un impulso individual, sino de una intuición compartida: permanecer juntas, pero avanzar hacia una comunión más plena con la tradición que ya vivían en su día a día.

    Benedicto XVI abre una puerta inesperada

    En 2009, el papa Benedicto XVI publicó Anglicanorum Coetibus, un documento que ofrecía una solución inédita: permitir que grupos completos de anglicanos —incluyendo sacerdotes, fieles y comunidades religiosas— pudieran entrar en la Iglesia católica conservando elementos de su patrimonio litúrgico y espiritual. Era una respuesta pastoral a un fenómeno creciente: anglicanos que buscaban la guía del Magisterio y la unidad con Roma.

    Para las hermanas, aquel documento fue un signo claro. Varias se acercaron a la Madre Winsome para expresarle que se sentían llamadas a aceptar la invitación. Incluso mencionaron a San John Henry Newman como inspiración para dar el paso.

    La comunidad inició entonces un periodo de discernimiento acompañado por representantes católicos y del Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham. Durante cuatro años, estudiaron, rezaron y dialogaron. Al final, once hermanas —a las que se sumó una más procedente de otra comunidad— concluyeron que Dios las llamaba a la plena comunión.

    La decisión no fue bien recibida por todos. Las superioras anglicanas no apoyaron el paso y las hermanas que querían convertirse tuvieron que buscar un nuevo hogar. Fue entonces cuando la providencia se manifestó de manera sorprendente.

    La Abadía benedictina de Santa Cecilia, en la Isla de Wight, tenía doce celdas vacías. Habían sido preparadas para unas religiosas paraguayas que finalmente no pudieron viajar. La coincidencia era demasiado exacta para ignorarla: doce celdas, doce hermanas.

    Incluso el ferry que las llevó a la isla llevaba el nombre de Santa Cecilia. Al llegar, una monja benedictina las recibió con un mensaje que aún recuerdan: "Bienvenidas a casa".

    Tras cuatro años de discernimiento, las doce religiosas fueron recibidas oficialmente en la Iglesia católica. La Madre Winsome lo describe como un momento de gracia: "A cada una de nosotras se nos concedió un don muy especial de gracia sanadora". Habían atravesado oposición, dolor y rupturas, pero también habían experimentado una profunda unidad interior.

    Desde entonces, las Hermanas de la Santísima Virgen María viven en Aston Hall, un edificio con vínculos históricos con santos ingleses, incluido Newman. Allí continúan su vida benedictina, marcada por la oración, el trabajo y la hospitalidad.

    Hoy son la única comunidad monástica del Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham. Su presencia es un signo vivo de cómo la tradición anglicana puede integrarse plenamente en la Iglesia católica sin perder su riqueza espiritual. Conservan elementos litúrgicos propios, cantos tradicionales y una sensibilidad pastoral profundamente inglesa, ahora en comunión con Roma.

    En una conferencia reciente, la Madre Winsome resumió su camino con una frase que refleja la esencia de su historia: "Este es el Dios en el que creemos, el Dios que anunciamos: Aquel que nos llama, que va delante de nosotros, que provee para nosotros de maneras que no esperamos y que nunca deja de amarnos".

    La historia de estas doce mujeres es más que un episodio ecuménico. Es un testimonio de fidelidad, de búsqueda sincera y de valentía espiritual. En un mundo donde las decisiones religiosas suelen ser individuales, ellas eligieron caminar juntas, sostenerse mutuamente y responder como comunidad a lo que percibían como una llamada divina.

    ReL

    Vea también     Conversión: De regreso a la casa,
    la Iglesia católica



    La santidad empezó en casa, santa María Goretti

    Antes de ser conocida como la joven mártir de la pureza, santa María Goretti aprendió a amar a Dios entre las tareas del hogar, el cuidado de sus hermanos y una vida sencilla que preparó su corazón para la santidad
    Cuando pensamos en los santos, solemos imaginar grandes milagros o gestos heroicos. Sin embargo, la santidad casi nunca comienza así. Empieza en lo cotidiano: en una cocina, alrededor de una mesa familiar, mientras se ayuda a los padres o se cuida de un hermano pequeño. Así ocurrió con santa María Goretti. Antes de ser reconocida por su extraordinario testimonio de fe, fue una niña que aprendió a amar a Dios en la sencillez de su hogar. Y quizá ahí se encuentre la lección más actual de su vida...

    Guillermo Arévalo, Aleteia



    Evangelio del día Lunes 14a. Semana del Tiempo Ordinario


     

    Libro de Oseas 2,16.17b-18.21-22.

    Así habla el Señor:
    Yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón.
    Allí, ella responderá como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto.
    Aquel día -oráculo del Señor- tú me llamarás: "Mi esposo" y ya no me llamarás: "Mi Baal".
    Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia;
    te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor.


    Salmo 145(144),2-3.4-5.6-7.8-9.

    Señor, día tras día te bendeciré,
    y alabaré tu Nombre sin cesar.
    ¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza:
    su grandeza es insondable!

    Cada generación celebra tus acciones
    y le anuncia a las otras tus portentos:
    ellas hablan del esplendor de tu gloria,
    y yo también cantaré tus maravillas.

    Ellas publican tus tremendos prodigios
    y narran tus grandes proezas;
    divulgan el recuerdo de tu inmensa bondad
    y cantan alegres por tu victoria.

    El Señor es bondadoso y compasivo,
    lento para enojarse y de gran misericordia;
    el Señor es bueno con todos
    y tiene compasión de todas sus criaturas.


    Evangelio según San Mateo 9,18-26.

    Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá".
    Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
    Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto,
    pensando: "Con sólo tocar su manto, quedaré curada".
    Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: "Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado". Y desde ese instante la mujer quedó curada.
    Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo:
    "Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme". Y se reían de él.
    Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó.
    Y esta noticia se divulgó por aquella región.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



    Bulle

    Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179)
    abadesa benedictina y doctora de la Iglesia
    Scivias, conoce los caminos de Dios (“Hildegarde de Bingen, Prophète et docteur pour le troisième millénaire”, Béatitudes, 2012), trad. sc©evangelizo.org


    “No abandono jamás a quien me busca”

    [Dice el Señor a Hildegarde en una visión:] Soy una columna estable y segura, y no abandono jamás a quien me busca. El que me toma y se estrecha contra mí, con confianza, no caerá nunca en la perdición. El que me relega en el olvido de su alma y se eleva con soberbia sobre mí, tiene más confianza en sí mismo que en mí. Por eso no le importa confiar en mí, porque la gracia de Dios no cuenta para él. Soy para él como un viento en torbellino, me desprecia, se ríe con orgullosa soberbia.
    En su desesperación, no a causa de la gravedad de los pecados que cometió, sino a causa de su orgullo, se ríe de mí diciendo: “¿Qué es la gracia de Dios?” Yo lo apartaré, no quiero elevarlo con mi elección, perece para la felicidad eterna. Los hombres que no creen firmemente que se pueden levantar de las pesadas faltas de sus pecados, y que así rechazan al Dios todopoderoso y su gracia, están en una inmensa tristeza y se desesperan. Piensan que no pueden escapar a la enormidad de sus crímenes, abatidos y rechazados, se precipitan con obstinación hacia la muerte.
    Pero mis hijos bienamados, que me reciben con un espíritu abierto, la buena voluntad de sus almas, una inteligencia despierta, y me conmueven con sus gemidos y lágrimas, abrasándome con alegría, ellos son como flores. En cuanto sienten que estoy, en seguida se alegran en mí, y yo en ellos… Quiero perfeccionarlos y purificarlos sin cesar, hasta que estén situados con honor y gloria en la Jerusalén celeste… A veces creen que los abandono, pero es para que en ellos el hombre exterior no se llene de orgullo, … de esta manera su fe pasa por un rudo examen.

    Reflexión sobre el cuadro

    En la lectura del Evangelio de hoy, dos personas acuden a Jesús en su necesidad: un jefe de sinagoga que intercede por su hija y una mujer que lleva muchos años padeciendo una hemorragia. La forma en que se acercan a Jesús no podría ser más diferente. El jefe de sinagoga se presenta abiertamente y con confianza. Se postra ante Jesús, habla en voz alta ante la multitud y explica su situación con valentía. La mujer, por su parte, se acerca en silencio y a escondidas, casi oculta entre la multitud. Sabe que si consigue tocar siquiera el borde de su manto, quedará curada. No le dice nada a nadie.

    Cada uno de nosotros se acerca al Señor a su manera. ¡Nuestra oración tiene una voz propia y totalmente única! Nos acercamos a Jesús tal y como somos, moldeados por nuestras propias vivencias y experiencias. Sin embargo, lo más hermoso de la lectura del Evangelio es que Jesús acoge a ambos. No hace comparaciones ni muestra preferencias. Al funcionario le dirige palabras de ánimo; a la mujer le ofrece su ayuda. Jesús honra la sinceridad de cada corazón. Nos recibe tal y como somos, de la forma que nos resulta más auténtica. Nuestras diferentes formas de acercarnos a Jesús enriquecen, en última instancia, la comunidad de nuestra Iglesia. Todos tenemos algo diferente que decirle a Jesús y él nos responde de una manera totalmente única.

    Nuestro cuadro, “Misa en una cabaña de Connemara”, del artista irlandés Aloysius O’Kelly, de 1883, plasma una escena de la vida católica irlandesa del siglo XIX. La escena representa lo que se conocía como «Las Estaciones», ocasiones en las que se celebraba la misa en una vivienda particular. Esta costumbre tenía su origen en siglos anteriores, cuando los católicos, privados de iglesias y a menudo sometidos a restricciones en el culto público, se reunían discretamente en casas y cabañas rurales para celebrar los sacramentos. Incluso tras la emancipación católica, la tradición siguió siendo un aspecto importante de la vida rural irlandesa, ya que reunía a los vecinos para rezar. Sin embargo, a finales del siglo XIX, a medida que las iglesias parroquiales se fueron consolidando de nuevo y la Iglesia buscaba una vida sacramental más regularizada, la jerarquía fue desalentando gradualmente esta práctica.

    Lo que hace que el cuadro de O’Kelly sea tan bello no es simplemente su relato histórico, sino su humanidad. La humilde cabaña está llena de personas que se dirigen hacia Cristo, presente en la misa, cada una con su singularidad: jóvenes y mayores, ricos y pobres, madres con niños, trabajadores agotados por el esfuerzo. Cada rostro es diferente. Algunos parecen ansiosos y agobiados, otros serenos y seguros de sí mismos; unos parecen absortos en la oración, otros muestran una curiosidad silenciosa. En esta reunión vislumbramos a la propia Iglesia: una comunidad de personas únicas unidas por la fe.

    by Padre Patrick van der Vorst

    Oración

    Padre Celestial, hoy vengo ante Ti con un corazón sincero, buscando refugio y paz. Reconozco que te necesito en cada paso de mi vida. Perdona mis faltas y ayúdame a ser mejor cada día. [1, 2, 3, 4]
    Te abro la puerta de mi alma para que seas Tú quien me dirija. Calma mis dudas, llena mis vacíos y enséñame a escuchar Tu voz. Fortalece mi fe y guíame por el camino del amor, la bondad y la verdad.

    Gracias por escucharme siempre y por amarme tal como soy. En el nombre de Jesús, amén.

    domingo, 5 de julio de 2026

    San Charles de Foucauld y el origen de la oración de abandono

    La oración del abandono, compuesta por san Carlos de Foucauld, encierra la actitud del alma que desea entregarse por completo a Dios.

    San Charles de Foucauld, mientras se encontraba en la Trapa de Akbés (Siria) (1890-1896) para su oración personal, realiza una serie de meditaciones de los Evangelios que hacen referencia a la conversación del alma con Dios.

    Al comentar Lc 23, 46 “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”, Foucauld escribe: Esta es la última oración de nuestro Maestro, de nuestro Bienamado… Pueda ella ser la nuestra… Y que ella sea, no solamente la de nuestro último instante, sino la de todos nuestros momentos:

    "Padre mío, me entrego en vuestras manos; Padre mío, me abandono a Vos;
    Padre, Padre mío, haz de mí lo que os plazca;
    sea lo que hagáis de mí, os lo agradezco;
    gracias de todo, estoy dispuesto a todo; lo acepto todo;
    os agradezco todo; con tal que vuestra Voluntad se haga en mí, Dios mío;
    con tal que vuestra Voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos, en todos aquellos que vuestro Corazón ama,
    no deseo nada más Dios mío; en vuestras manos entrego mi alma;
    os la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón,
    porque os amo y porque esto es para mí una necesidad de amor:
    darme, entregarme en vuestras manos sin medida;
    me entrego en vuestras manos con infinita confianza, pues Vos sois mi Padre…”.

    (C. FOUCAULD, Escritos espirituales, Ediciones Studium, Madrid 1958, 32)

    Las fuentes de la espiritualidad de Foucauld

    Esta oración simplificada es la que rezan todos los días los seguidores del hermano Carlos de Foucauld.

    Ahora nos podemos preguntar ¿de qué espiritualidad bebe Foucauld para expresarse así?

    El sacerdote e historiador Jean François Six cree que la oración de abandono bebe directamente del libro L’Abandon à la Divine Providence del jesuita Jean Pierre de Caussade (1675-1751) y lo expresa de la siguiente manera:

    “Hablando del libro del padre De Caussade, el abandono en la divina Providencia, decía Charles de Foucauld que era el escrito que más profundamente había marcado su vida. Y se conoce la oración de abandono escrita por el hermano Charles siguiendo esa línea” (J. F. SIX, Las bienaventuranzas hoy, Paulinas, Madrid 1986, 16).

    Entonces, ¿cuál es el contenido del maestrazgo espiritual del padre De Caussade?

    Un magnífico estudio lo encontramos en el libro del sacerdote y teólogo Adrián Sosa Nuez, titulado Aproximación teológica al concepto de Divina Providencia, publicado por Credo Ediciones, Las Palmas de Gran Canaria, 2017.

    Según el profesor Adrián Sosa, el abandono completo y absoluto a la Divina providencia fue el motivo principal de la vida de Jean Pierre Causade y la nota clave de su dirección de almas expresada en su obra L’Abandon à la Divine Providence, donde en este Tratado  expone dos aspectos diferentes de abandono a la Divina Providencia:

    a) como una virtud, común y necesaria para todos los cristianos;
    b) como un estado, propio de las almas que han hecho una práctica especial de abandono a la voluntad de Dios” (pág. 53).

    Dios actúa en las personas

    Así, el principal motivo de los escritos De Caussade es difundir “que es necesario, y muy importante, dejarse llevar por Dios, por medio de lo que la Divina providencia tiene para nosotros previsto y, en efecto, nos ofrece” (pág.57).

    Es interesante ver como el padre De Caussade hace referencia a lo que hoy describimos como Inteligencia Espiritual:

    “Iluminados por la divina inteligencia, se ven acompañados por ella en todos sus pasos, y ella misma les saca de los malos senderos en que entraron por ignorancia” (pág. 68).

    Así, el alma que se ve en este estado, “no se inclina a ninguna cosa por su propio deseo. Ella solamente sabe dejarse llenar por Dios, y ponerse en sus manos para servir de la manera que Él disponga” (pág. 72).

    La Divina Providencia, por medio de su acción, va poseyendo el alma de tal forma que “en todas las cosas que van haciendo estas almas, no sienten sino la moción interior para hacerlas, sin saber por qué” (pág.73).

    Finalmente el autor resalta la similitud de los textos del padre De Caussade con el Concilio Vaticano II ya que ambos defienden que “la vocación a la santidad, y la misma dignidad cristiana, radica en el bautismo, el sacramento que nos convierte en cristianos” (pág.90).

    La fuerza sacramental

    Pero el padre De Caussade, sin negar la virtud santificante de los sacramentos, amplía y enriquece la visión de la santidad cristiana hablando del “sacramento del momento presente”, y será este último aspecto el que descubrirá Foucauld gracias al P.  Caussade, como lo indica el Hermanito de Jesús, Antoine Chatelard, en su libro Carlos de Foucauld. El camino de Tamanrasset, San Pablo, Madrid 2003, 178.

    En él señala que en una de las cartas que escribe Foucauld a su padre espiritual Huvelin (1669) se ve “exactamente la puesta en práctica de la espiritualidad del momento presente, que ha descubierto en el P. Caussade”.

    Concretamente Foucauld se expresa así:

    “¿A cada día su afán; hagamos en el momento presente lo que sea mejor! En todos los momentos que se suceden y que componen la vida, aprovechemos la gracia presente, los medios que Dios da; nada mejor para prepararnos bien para aprovechar las gracias futuras y recibirlas, que usar bien las actuales…”.   

    Jose Luis Vázquez Borau, Aleteia

    Vea también   La Fe: inmenso Don de Dios