esperando y acelerando la venida del Día del Señor! Entonces se consumirán los cielos y los elementos quedarán fundidos por el fuego.
Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia.
Por eso, queridos hermanos, mientras esperan esto, procuren vivir de tal manera que él los encuentre en paz, sin mancha ni reproche.
Tengan en cuenta que la paciencia del Señor es para nuestra salvación, como les ha escrito nuestro hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido dada,
Hermanos míos, ustedes están prevenidos. Manténganse en guardia, no sea que, arrastrados por el extravío de los que hacen el mal, pierdan su firmeza.
Crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡A él sea la gloria, ahora y en la eternidad!
Salmo 90(89),2.3-4.10.14.16.
Antes que fueran engendradas las montañas,
antes que nacieran la tierra y el mundo,
desde siempre y para siempre, tú eres Dios.
Tú haces que los hombres vuelvan al polvo,
con sólo decirles: “Vuelvan, seres humanos”.
Porque mil años son ante tus ojos
como el día de ayer, que ya pasó,
como una vigilia de la noche.
Nuestra vida dura apenas setenta años,
y ochenta, si tenemos más vigor:
en su mayor parte son fatiga y miseria,
porque pasan pronto, y nosotros nos vamos.
Sácianos en seguida con tu amor,
y cantaremos felices toda nuestra vida.
Que tu obra se manifieste a tus servidores,
y que tu esplendor esté sobre tus hijos.
Evangelio según San Marcos 12,13-17.
Le enviaron después a unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones.
Ellos fueron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarla o no?".
Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: "¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario".
Cuando se lo mostraron, preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Respondieron: "Del César".
Entonces Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios". Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
San Columbano (563-615) monje, fundador de monasterios Instrucción 11, 1-4: PL 80, 250-252
«¿De quién es esta cara?»
Hallamos escrito en la ley de Moisés: «Creó Dios al hombre a su imagen y semejanza». (Gn 1,26). Considerad, os lo ruego, la grandeza de esta afirmación; el Dios omnipotente, invisible, incomprensible, inefable, incomparable, al formar al hombre del barro de la tierra, lo ennobleció con la dignidad de su propia imagen. ¿Qué hay de común entre el hombre y Dios, entre el barro y el espíritu? Porque «Dios es espíritu» (Jn 4,24). Es prueba de una gran estimación el que Dios haya dado al hombre la imagen de su eternidad y la semejanza de su propia vida. La grandeza del hombre consiste en su semejanza con Dios, con tal que la conserve...
Si el alma hace buen uso de las virtudes plantadas en ella, entonces será de verdad semejante a Dios. Él nos enseñó, por medio de sus preceptos, que debemos devolverle frutos de todas las virtudes que sembró en nosotros al crearnos. Y el primero de estos preceptos es amar a Dios con todo nuestro corazón (Dt 6,5) porque «él nos amó primero» (1Jn 4,10), desde el principio y antes que existiéramos. Por tanto, amar a Dios es renovar en nosotros su imagen. Ahora bien, ama a Dios el que guarda sus mandamientos...
Retornemos, pues, a nuestro Dios y Padre la imagen inviolada de su santidad, porque él es santo y dice: «Sed santos como yo soy santo» (Lv 11,45); con amor porque él es amor, como nos lo dice Juan: «Dios es amor» (1Jn 4,8); con ternura y en verdad, porque Dios es bueno y fiel. No pintemos en nosotros una imagen ajena... Para que no introduzcamos en nosotros ninguna imagen de orgullo, dejemos que Cristo pinte en nosotros su imagen.
(EDD)
Reflexión sobre la moneda de
plata romana
Julio César fue el primer
político romano que acuñó monedas con su propio retrato en vida. Antes de
él, la autopromoción se consideraba en Roma un acto de peligrosa
arrogancia política. Sin embargo, en el momento del asesinato de César en
el año 44 a.C., los denarios de plata con su imagen circulaban
ampliamente por Roma y por todo el imperio. Nuestra ilustración anterior
muestra precisamente el tipo de moneda al que se refiere Jesús en la
lectura del Evangelio de hoy cuando dice: “Dame un denario y déjame verlo”,
antes de continuar: “Dad al César lo que es del César”.”
Una de las caras de la moneda
representa a Julio César coronado con una corona de laurel, símbolo de
triunfo y victoria. El reverso lo muestra montado en un carro, celebrando
sus éxitos militares. En las monedas romanas anteriores también aparecían
carros, pero éstos solían estar conducidos por el dios supremo Júpiter, a
menudo acompañado por la figura alada de la Victoria. Sin embargo, César
se atreve a sustituir a Júpiter por sí mismo. Vestido con la toga romana,
el traje político de la época, se presenta con una autoridad casi divina.
La moneda es, por tanto, algo más que dinero: es propaganda en plata, que
proclama el poder de César allá donde la moneda viaja.
En nuestra lectura del
Evangelio, aunque los fariseos se acercaron a Jesús con palabras
halagadoras, Él reconoció inmediatamente que estaba siendo puesto a
prueba. Sin embargo, Jesús responde con extraordinaria sabiduría.
Comienza su argumento estratégicamente pidiendo una moneda: “Dame un
denario y déjame verlo”. Probablemente Jesús mismo no llevaba tal moneda.
Puede que así fuera. Pero al pedirle a uno de los que le cuestionaban que
sacara un denario romano de su propio monedero, Jesús expone sutilmente algo
importante: los que le cuestionaban ya estaban profundamente enredados
con el sistema romano. Se beneficiaban de la misma economía imperial que
exteriormente resentían. Con la simple presentación de la moneda,
revelaban su propia colaboración con los poderes terrenales de Roma.
Para los coleccionistas de
hoy en día, las monedas antiguas ejercen una fascinación única. Mucho
antes de que las monedas de Julio César circularan por el Imperio Romano,
ya existían en el mundo antiguo las primeras formas de dinero. Las
civilizaciones de Mesopotamia y Egipto solían comerciar con cantidades
ponderadas de plata, cebada u otros bienes valiosos, pero aún no eran
verdaderas monedas. En general, se cree que las primeras monedas reales
aparecieron en el reino de Lidia, en Asia Menor occidental (la actual
Turquía), hacia el siglo VII a.C. Estas pequeñas piezas estampadas de
electrum se acuñaron en la Edad Media. Estas pequeñas piezas estampadas
de electrum (una aleación natural de oro y plata) llevaban marcas
oficiales que garantizaban su valor. Los griegos adoptaron y
perfeccionaron rápidamente esta práctica, produciendo monedas de bello
diseño con dioses, animales y símbolos cívicos. Más tarde, los romanos
heredaron y ampliaron esta tradición, creando finalmente un vasto sistema
monetario que se extendió por todo su imperio.
by Padre Patrick van der Vorst
Oración
Señor, Dios todopoderoso, te pido que me concedas la sabiduría y el discernimiento para cumplir con mis responsabilidades en este mundo sin olvidarme nunca de Ti.
Ayúdame a ser un ciudadano justo, honrado y respetuoso de las leyes terrenales, contribuyendo al bien de mi comunidad. Pero, sobre todo, dame la gracia de entregarte mi corazón, mi tiempo y mi vida, reconociendo que todo lo que soy y todo lo que tengo proviene de Ti.
Que tu amor guíe mis acciones diarias, para que sepa distinguir lo material de lo espiritual y viva siempre de acuerdo a tus mandamientos. Amén.
Comienzo de la segunda carta del apóstol san Pedro
2 Pedro 1, 1-7
Yo, Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, les escribo
a ustedes, los que han obtenido una fe tan preciosa como la nuestra, gracias a
la justicia de Jesucristo, nuestro Dios y Salvador. Que abunden entre ustedes
la gracia y la paz, por el conocimiento de Jesucristo, nuestro Señor.
Su acción divina nos ha otorgado todo lo necesario para llevar una vida de
santidad, mediante el conocimiento profundo del que nos ha llamado con su
propia gloria y poder. Por medio de los cuales nos han sido otorgados también
los grandes y maravillosos bienes prometidos, para que por ellos puedan ustedes
escapar de la corrupción que las pasiones desordenadas provocan en el mundo, y
lleguen a participar de la naturaleza divina. Por eso, esfuércense en añadir a
su fe, buena conducta; a la buena conducta, el conocimiento; al conocimiento,
el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la piedad;
a la piedad, el amor fraterno, y al amor fraterno, la caridad.
Evangelio del Día
Lectura del santo evangelio según san Marcos
Marcos 12, 1-12
En aquel tiempo, Jesús comenzó a hablar en parábolas a los
sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos y les dijo:
“Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó
una torre para el vigilante, se la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje
al extranjero.
A su tiempo, les envió a los viñadores un criado para recoger su parte del
fruto de la viña. Ellos se apoderaron de él, lo golpearon y lo devolvieron sin
nada. Les envió otro criado, pero ellos lo descalabraron y lo insultaron.
Volvió a enviarles otro y lo mataron. Les envió otros muchos y los golpearon o
los mataron.
Ya sólo le quedaba por enviar a uno, su hijo querido, y finalmente también se
lo envió, pensando: ‘A mi hijo sí lo respetarán’. Pero al verlo llegar,
aquellos viñadores se dijeron: ‘Éste es el heredero; vamos a matarlo y la
herencia será nuestra’. Se apoderaron de él, lo mataron y arrojaron su cuerpo
fuera de la viña.
¿Qué hará entonces el dueño de la viña? Vendrá y acabará con esos viñadores y
dará la viña a otros. ¿Acaso no han leído en las Escrituras: La piedra
que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto es obra de la
mano del Señor, es un milagro patente?”
Entonces los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, quisieron
apoderarse de Jesús, porque se dieron cuenta de que por ellos había dicho
aquella parábola, pero le tuvieron miedo a la multitud, dejaron a Jesús y se
fueron de ahí.
Las palabras de los Papas
Son palabras que hacen pensar en la gran responsabilidad de
quien en cada época, está llamado a trabajar en la viña del Señor,
especialmente con función de autoridad, e impulsan a renovar la plena fidelidad
a Cristo. Él es «la piedra que desecharon los constructores»,
(cf. Mt 21, 42), porque lo consideraron enemigo de la ley y peligroso
para el orden público, pero él mismo, rechazado y crucificado, resucitó,
convirtiéndose en la «piedra angular» en la que se pueden apoyar con absoluta
seguridad los fundamentos de toda existencia humana y del mundo entero. De esta
verdad habla la parábola de los viñadores infieles, a los que un hombre confió
su viña para que la cultivaran y recogieran los frutos. El propietario de la
viña representa a Dios mismo, mientras que la viña simboliza a su pueblo, así
como la vida que él nos da para que, con su gracia y nuestro compromiso,
hagamos el bien. San Agustín comenta que «Dios nos cultiva como un campo para
hacernos mejores» (Sermo 87, 1, 2: PL 38, 531). Dios tiene un proyecto
para sus amigos, (…) Firmemente anclados en la fe en la piedra angular que es
Cristo, permanezcamos en él como el sarmiento que no puede dar fruto por sí
mismo si no permanece en la vid. Solamente en él, por él y con él se edifica la
Iglesia, pueblo de la nueva Alianza. (Benedicto XVI - Ángelus, 2 de
octubre de 2011)
(vatican.va)
Reflexión sobre el grabado
San Justino Mártir fue uno de
los pensadores más importantes de la Iglesia primitiva, un hombre que
ayudó al cristianismo a encontrar un lenguaje con el que dirigirse al
mundo intelectual del Imperio Romano. Nacido en torno a los años 90-100
d.C., probablemente en Flavia Neapolis, en Samaria (la actual Naplusa),
creció en un ambiente pagano y pasó gran parte de su juventud aprendiendo
filosofía. Estudió sobre todo a los filósofos griegos. Un día, paseando
junto al mar, se encontró con un anciano cristiano que le desafió. El
anciano le dijo que los profetas de Israel y las enseñanzas de Cristo
revelaban una sabiduría superior a la de los filósofos griegos. Justino
escribió más tarde que, tras esta conversación, “se encendió un fuego en
mi alma”. Fue un momento decisivo en su vida. Un hombre sencillo y
anciano había tocado su corazón con unas pocas palabras. Se convirtió al
cristianismo, pero siguió vistiendo la capa de filósofo, viendo el
cristianismo no como el rechazo de la razón, sino como su realización.
Justino adquirió una enorme
importancia para el desarrollo de la teología cristiana porque fue uno de
los primeros cristianos en explicar la fe de forma sistemática utilizando
el lenguaje de la filosofía. En una época en la que a menudo se burlaban
de los cristianos por considerarlos irracionales o peligrosos, él
sostenía que el cristianismo era la verdadera filosofía. Una de sus
mayores contribuciones fue su enseñanza sobre el Logos, la “Palabra”
divina. Basándose tanto en el Evangelio de Juan como en ideas filosóficas
griegas, Justino enseñó que Cristo es el Logos eterno a través del cual
se conoce toda verdad. Incluso sugirió que se podían encontrar semillas
de verdad en la filosofía pagana porque todo ser humano participa
instintiva aunque imperfectamente en el Logos divino. Esto fue
revolucionario. Permitió al cristianismo comprometerse con la cultura en
lugar de limitarse a rechazarla, y sentó las bases para teólogos
posteriores como San Agustín de Hipona y los grandes Padres Capadocios.
Justino es también muy
valioso porque sus escritos nos ofrecen una de las primeras descripciones
del culto cristiano. En su Primera Apología, escrita hacia el año 155
d.C., describe a los cristianos reuniéndose el domingo, leyendo las
memorias de los apóstoles, escuchando una homilía, rezando juntos,
intercambiando el beso de la paz y celebrando la Eucaristía con pan y
vino. Leer hoy sus palabras es asombroso, porque la estructura que
describe es reconociblemente la Misa que aún se celebra en la Iglesia católica.
En este sentido, Justino se convierte en un precioso testigo de la
continuidad del culto cristiano desde los primeros siglos hasta nuestros
días.
Su valentía le llevó
finalmente al martirio. Trasladado y residente en Roma, Justino debatió
abiertamente con filósofos paganos y defendió a los cristianos ante las
autoridades. Según la tradición, fue denunciado por un filósofo rival
llamado Crescens, resentido por la influencia de Justino. Cuando se le
ordenó sacrificar a los dioses romanos, Justino se negó. El prefecto
romano le amenazó de muerte, pero Justino respondió con calma: “Nuestro
deseo es sufrir por Nuestro Señor Jesucristo, y así salvarnos”. Hacia el
165 d.C. fue azotado y decapitado con varios compañeros.
Nuestro pequeño grabado, obra
del grabador barroco Jacques Callot, representa a San Justino Mártir de
pie ante las autoridades romanas, no con armas ni poder político, sino
con un libro en las manos. Hacia 155 d.C., Justino escribió su Primera
Apología, una valiente defensa del cristianismo dirigida al emperador
romano Antonino Pío, así como al Senado romano. En esta obra, abogaba por
la justicia para los cristianos, que eran perseguidos simplemente por
llevar el nombre de “cristianos”. En nuestro grabado, entrega esta
Primera Apología.
by Padre Patrick van der
Vorst
Oración
Dios nuestro, que enseñaste a san Justino a descubrir en la locura de la cruz la incomparable sabiduría de Jesucristo, concédenos, por la intercesión de éste mártir, la gracia de alejar los errores que nos cercan y de mantenernos siempre firmes en la fe.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
El Papa clausuró el mariano mes de mayo en la Gruta de Lourdes de los Jardines Vaticanos.
León XIV rezó el Rosario en la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes de los Jardines Vaticanos.
Con objeto de cerrar el mes de mayo, mes de María, el Papa rezó un Rosario por la Paz en la Gruta de Lourdes situada en los Jardines Vaticanos.
Se unieron a esta ceremonia, además de cientos de residentes en el Estado pontificio o invitados al evento, decenas de santuarios marianos de todo el mundo, con el rezo de los Misterios Gozosos y su aplicación muy especial contra todos los conflictos y guerras y la violencia que suscitan.
Tras completar el rezo de los cinco misterios, León XIV se dirigió a los presentes y asistentes recordando que unas palabras de los Salmos (85, 9), "voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón»" expresan la esperanza "de la que sentimos necesidad, sobre todo ante las dificultades y las violencias del tiempo actual".
El modelo de la Virgen
La Providencia de Dios "siempre nos ayuda", recordó, y en ese sentido la Virgen María es "un modelo para el creyente" como alguien que escucha a Dios y "con el ejemplo de su obediencia".
León XIV dirigió el rezo del Rosario en la Gruta de Lourdes de los Jardines Vaticanos
En ese sentido, "contemplar con María los misterios del Rosario nos conduce a reconocer en Jesucristo la única Palabra definitiva que el Padre ha pronunciado, una Palabra de paz para todos los que vuelven a Él con el corazón arrepentido".
Sobre el arrepentimiento como puerta del Cielo, el Papa añadió que "el Señor nunca nos abandona, ni siquiera cuando nosotros le olvidamos a Él, ni siquiera cuando equivocamos el camino".
Con estas palabras, el Papa quiso así vincular el mes de María con la oración ante Nuestra Señora de Lourdes y en particular la oración del Rosario, para transmitir una idea sobre la paz: que ésta no es una teoría ni una ilusión ni un negocio, sino "un compromiso cotidiano de nuestra vida que surge de la justicia y del amor como una armonía que une a personas, familias, comunidades, pueblos".
El don de Dios
Lo que León XIV quiso comunicar fue que "la paz es siempre posible porque es un don de Dios", y que esa paz "tiene el rostro de Jesucristo".
A las puertas de la fiesta de la Santísima Trinidad, que se celebra este domingo, el Papa habló del Espíritu Santo además de sobre Jesucristo, porque "el Espíritu Santo puede realizar lo que parece humanamente imposible" y es por tanto el gran amparo de la paz. Porque "cada vez que volvemos al Señor, su paz se convierte en nuestro compromiso, en función de los deberes y las responsabilidades de cada cual".
"Nuestra oración se convierte así en misión y profecía", concluyó, y ella "dejará paso a la sed de justicia y de verdad" siempre que "cada cual haga su parte, comenzando por cosas pequeñas pero importantes y absteniéndose de toda violencia verbal o física en la vida cotidiana y en los medios sociales... La paz auténtica comienza en un corazón que ama y de ella dan testimonio labios que pronuncian palabras de reconciliación y ojos que miran el mundo con mansedumbre y sabiduría".
En la
Solemnidad de la Santísima Trinidad, León XIV recuerda que gracias a ella
estamos hechos para la comunión, la relación, el encuentro, porque las
divisiones, las polarizaciones y el desprecio de la diversidad traen al mundo
destrucción, tristeza y aridez.
Alina Tufani Díaz- Ciudad del
Vaticano
El Papa León XIV, en su alocución
antes del Ángelus, invitó a reflexionar sobre el Misterio de Dios Trinidad y su
centro, que "es la vida de Dios que se nos ha entregado en
Jesucristo", y que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu.
Ante más de 20 mil fieles y peregrinos del mundo, reunidos en la Plaza de San
Pedro, en una jornada cálida y luminosa, el Santo Padre recordó que, la
Santísima Trinidad, en el mundo, toma forma en la Iglesia como sacramento de
comunión y espacio de vida dinámica, inagotable y fecunda.
“El Espíritu que une al Padre y al
Hijo ha sido derramado en nuestros corazones, de modo que en el mundo toma
forma la Iglesia, sacramento de comunión, espacio de encuentro, de amor y de
vida en el que el cielo y la tierra ya se tocan.
Dios transforma nuestras vidas
Inspirado en el Evangelio de hoy
que presenta el encuentro de Nicodemo, miembro del Sanedrín, Consejo de los
jefes de Israel, con Jesús, el Pontífice recuerda que el “misterioso Maestro”,
le sugiere que también para un adulto es posible renacer, dejándole entrever
que la vida de Dios habría podido transformar su vida.
“Jesús habló a Nicodemo del
Espíritu Santo, iluminó su noche con la verdad que en la fiesta de hoy resuena
en todas nuestras iglesias: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su
Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna»
(v. 16). Y también: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él» (v. 17)”
La Trinidad
nos hace amar todo y a todos
León XIV recalcó que, en el
Misterio de Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo, estamos en casa, “tal y como
Nicodemo se sintió en casa junto a Jesús”. “La vida de Dios – continuó el Santo
Padre - es maravillosa y cautivadora, da paz a nuestro corazón”, a veces
inquieto, para nuestro encuentro en la alegría del Espíritu.
La Trinidad nos hace amar todo y a
todos; descubrimos que cada criatura está hecha para la comunión, la relación,
el encuentro. Y, por contraste, comprendemos por qué las divisiones, las
polarizaciones y el desprecio de la diversidad traen al mundo destrucción,
tristeza y aridez.
Quien no acoge
el Espíritu envejece pronto
Nuevamente, centrándose en la
figura de Nicodemo, que esta vez, ante el Sanedrín, defiende a Jesús de las
palabras de desprecio y condena pronunciadas por los jefes del consejo, el Papa
recalca que éste ya había recibido de Dios, a través del mismo Cristo, el
Espíritu de la comunión, que "abre el corazón a la nueva verdad y a la
verdadera novedad".
Quien no acoge a este Espíritu
envejece pronto, sumido en la queja; se encuentra solo, nunca tiene el ánimo
festivo. Hoy, en cambio, queridos hermanos y hermanas, es fiesta. La fiesta de
Dios es nuestra fiesta
Una fiesta, añadió el Santo Padre,
que como escribe San Pablo a los Corintios es «para alegrarse, trabajar por la
perfección, para tener un mismo sentir y vivir en paz”, porque el Dios del amor
y de la paz estará con nosotros.
Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos.
El Señor descendió en la nube, y permaneció allí, junto a él. Moisés invocó el nombre del Señor.
El Señor pasó delante de él y exclamó: "El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad.
Moisés cayó de rodillas y se postró,
diciendo: "Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia".
Libro de Daniel 3,52.53.54.55.56.
¡A ti, gloria y honor eternamente!
Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres.
Alabado y exaltado eternamente.
Bendito sea tu santo y glorioso Nombre,
alabado y exaltado eternamente.
Bendito seas en el Templo de tu santa gloria.
Aclamado y glorificado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el trono de tu reino.
Aclamado por encima de todo y exaltado eternamente.
Bendito seas Tú, que sondeas los abismos
y te sientas sobre los querubines.
Alabado y exaltado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el firmamento del cielo.
Aclamado y glorificado eternamente.
Carta II de San Pablo a los Corintios 13,11-13.
Hermanos:
Alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Y entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes.
Salúdense mutuamente con el beso santo. Todos los hermanos les envían saludos.
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes.
Evangelio según San Juan 3,16-18.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
¡Un solo Dios eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo!
Hay un solo Dios, sin principio, sin causa, que no puede ser limitado ni por alguien anterior a él, ni por alguien que vendría después. Él está envuelto de eternidad, de infinito. Padre grande de un Hijo único, bueno y grande, que ha engendrado sin nada carnal porque es espíritu. El Hijo de Dios, Dios único y otro, pero no otro en su divinidad. Él es la impronta del Padre, Hijo único del que es sin principio, el Único del Único y su igual. El Padre permanece Padre enteramente. Él, el Hijo, es el autor y Señor del mundo, fuerza y pensamiento del Padre. (…)
Temblemos ante la grandeza del Espíritu, que es igualmente Dios, y por el que he conocido a Dios. Él es manifiestamente Dios y hace aparecer Dios acá abajo. Es todopoderosos, distribuye los dones diversos, inspira los cantos del coro de los bienaventurados, da la vida a los seres celestes y terrestres, reina en las alturas. Es la fuerza divina, actúa por su movimiento propio. No es el Hijo, ya que el Padre excelente tiene un Hijo Único, pleno de bondad. El Espíritu es la divinidad invisible, con igual gloria.
(EDD)
Reflexión sobre la
ilustración de la revista
Desde una edad muy temprana,
uno de los primeros gestos que muchos de nosotros aprendimos en la fe
cristiana fue cómo hacer la Señal de la Cruz. Con pequeñas manos guiadas
lentamente por los padres o los abuelos, nos enseñaron a tocarnos la
frente mientras decíamos: “En el nombre del Padre”, luego bajábamos hasta
el corazón o el pecho: “y del Hijo”, y finalmente cruzábamos los hombros:
“y del Espíritu Santo”. Es un gesto tan sencillo que podemos realizarlo
fácilmente sin pensar. Sin embargo, en él se esconde una de las
profesiones de fe más profundas de todo el cristianismo. Cada vez que nos
bendecimos, proclamamos nuestra creencia en el misterio de la Santísima
Trinidad. El movimiento en sí es hermoso y profundamente simbólico: la
mano se mueve de la mente al corazón, del pensamiento al amor, y hacia
fuera por todo el cuerpo, como si todo nuestro ser se reuniera en el amor
de Dios.
Hoy en día, muchos católicos
ya no se bendicen al pasar por una iglesia, como hacían instintivamente
las generaciones anteriores. Sin embargo, innumerables personas siguen
sumergiendo sus dedos en la pila de agua bendita al entrar en una iglesia
y se persignan. Hacerlo en silencio nos remite al comienzo de nuestra
vida cristiana: nuestro bautismo. Cada uno de nosotros fue bautizado con
agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cada vez que
tocamos el agua bendita y trazamos la señal de la Cruz sobre nosotros,
estamos, de una manera pequeña pero hermosa, renovando esa identidad
bautismal. Nos recordamos a nosotros mismos quiénes somos y a quién
pertenecemos. Y eso es precisamente lo que celebramos hoy, Domingo de la
Trinidad: el misterio del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en el
corazón mismo de nuestra fe.
Nuestro encantador grabado
del siglo XIX, publicado en La Ilustración Española y Americana el 5 de
abril de 1876, capta un tierno momento de la vida eclesiástica. Vemos a
niños pequeños bendiciéndose cuidadosamente con agua bendita, con
pequeños gestos que recuerdan prácticas aprendidas de padres y abuelos.
De hecho, la imagen ilustra una tradición española más amplia,
relacionada especialmente con el Sábado Santo, cuando el agua bendita
recién bendecida de las liturgias de Pascua se distribuía entre los fieles.
Las familias llevaban recipientes a la iglesia y transportaban el agua
bendita a casa con gran reverencia. Una vez en casa, solía colocarse
cerca de la entrada en una pequeña pila o vasija para que los miembros de
la familia pudieran bendecirse al entrar o salir del hogar. De este modo,
la propia casa se convertía en una extensión de la Iglesia: un espacio
sagrado doméstico marcado por la oración.
La revista en la que apareció
esta imagen, La Ilustración Española y Americana, fue una de las grandes
publicaciones ilustradas de la España del siglo XIX. Fundada en el siglo
XIX, combinaba periodismo, literatura, comentarios culturales y
detallados grabados que documentaban costumbres religiosas,
acontecimientos políticos y escenas de la vida cotidiana en España y
fuera de ella. Antes de que la fotografía se generalizara en la cultura
impresa, estas revistas ilustradas contribuyeron a dar forma al imaginario
visual de la sociedad. Lo encantador de esta imagen es que nos recuerda
la naturalidad con la que la fe se integraba en el ritmo de la vida
cotidiana.
Música, imagen y palabras inspiradoras que grandes artistas han dedicado a un Dios que es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo
Además de las explicaciones que los teólogos han ofrecido a lo largo de los siglos para ayudar a entender la Santísima Trinidad, también muchos grandes artistas han enfocado su talento y creatividad en crear obras de arte que profundicen en el misterio de una naturaleza divina en tres personas.
Tres voces cantan esta oración (al principio y al final juntas, y en la parte central cada una sola) basada en un himno de Johann Olearius:
Alabado sea el Señor,
mi Dios, mi Luz, mi Vida;
mi Creador, que me ha dado
mi cuerpo y mi alma;
mi Padre, que me protege desde el instante
en que mi madre me llevó en sus entrañas,
y que no ha parado de prodigarme
abundantes bienes.
Alabado sea el Señor,
Dios mío, mi salvación, mi vida,
El hijo más querido del padre,
quien se entregó por mí,
quien me redimió
Con su preciosa sangre,
quien me da, a través de la fe,
el bien supremo, que es Él mismo.
Alabado sea el Señor,
mi Dios, mi consuelo, mi Vida;
Espíritu del Padre celestial, estimable tesoro,
cuyo Hijo está presente
y da vigor a mi corazón,
haciendo renacer en mí una fuerza nueva;
y en la tristeza, me da su consejo,
su apoyo y su ayuda.
Alabado sea el Señor,
mi Dios eterno,
al que da alabanzas
Todo lo que planea en los cielos.
Alabado sea el Señor,
en el muy santo nombre
de Dios Padre, Dios Hijo
y Dios Espíritu Santo.
Para Él, en el presente,
entonamos el Sanctus;
para Él, elevamos
el sagrado canto del Sanctus,
Acompañados de la legión de ángeles,
celebramos la cristiandad entera,
exclamando así nuestra alabanza:
¡loado sea mi Dios por los siglos de los siglos!
Trono de Gracia
En la iconografía tradicional de la Trinidad destaca una representación llamada “Trono de Gracia” que muestra a Dios Padre como un hombre mayor sosteniendo al Hijo crucificado con un símbolo del Espíritu Santo, a menudo una paloma.
Como ejemplo, La Trinidad del escultor Venancio Vallmitjana expresa armónicamente el dogma católico declarado en el Concilio de Nicea el año 325.
La Trinidad de Venancio Vallmitjana
Museu Nacional d'art de Catalunya
En pintura, Masaccio, El Greco y Rubens han dejado bellísimas imágenes del Trono de Gracia que ayudan a penetrar, a través de los sentidos, en la esencia del Amor absoluto.
Pero tal vez la representación plástica más conocida de esa esencia divina compartida sea el icono de la Trinidad del ruso medieval Andrei Rubliov.
Lleno de símbolos bíblicos, representa a Dios como los tres ángeles que visitaron a Abraham en la encina de Mambré.
En el arte de la escritura, numerosas poesías dejan constancia de la fascinación que la Trinidad despierta en personas de toda edad y condición.
El “Acto de acción de gracias a la Trinidad” de una arrebatada santa Catalina de Siena, incluido en su “Diálogo sobre la Divina Providencia”, es un ejemplo que puede inspirar la oración a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo:
Oración
¡Oh Dios eterno! ¡Oh Trinidad eterna!
¡Por la unión de tu naturaleza divina has hecho tan preciosa la Sangre de tu Hijo unigénito!
Oh Trinidad eterna, eres un misterio tan profundo como el mar, en el que cuanto más busco, más encuentro; y cuanto más encuentro, más busco.
Porque, incluso sumergida en las profundidades de Ti, mi alma nunca está satisfecha, siempre hambrienta y sedienta de Ti, Trinidad eterna, anhelando y deseando verte a Ti, la Verdadera Luz.
Oh Trinidad eterna, con la luz del entendimiento he saboreado y contemplado las profundidades de tu misterio y la belleza de tu creación. Al verme a mí mismo en ti, he comprendido que llegaré a ser como tú. Oh Padre eterno, desde tu poder y tu sabiduría me has concedido claramente una parte de esa sabiduría que pertenece a tu Hijo Unigénito. Y verdaderamente el Espíritu Santo, que procede de Ti, Padre y Hijo, me ha dado el deseo de amarte.
Oh, Trinidad eterna, Tú eres mi Creador y yo soy Tu creación. Iluminado por Ti, he aprendido que me has hecho una nueva creación por medio de la Sangre de Tu Hijo Unigénito, porque estás cautivado por el amor ante la belleza de Tu creación.
Oh, Trinidad eterna, oh, Divinidad, oh, abismo insondable, oh, mar más profundo, ¿qué mayor don podrías darme que tu propio Ser?
Eres un fuego que arde eternamente sin consumirse jamás, un fuego que consume con tu calor mi amor propio. Una y otra vez eres el fuego que aleja toda frialdad de corazón e ilumina la mente con Tu luz, la luz con la que me has hecho conocer Tu verdad.
Por esta luz reflejada sé que Tú eres el bien supremo, un bien por encima de todo bien, un bien dichoso, un bien incomprensible, un bien inconmensurable, una belleza por encima de toda belleza, una sabiduría por encima de toda sabiduría, pues Tú eres la sabiduría misma, el alimento de los ángeles, el fuego del amor que Tú das al hombre.
Tú eres el manto que cubre nuestra desnudez. Tú alimentas a nuestra familia con Tu dulzura, una dulzura que proviene de Ti y en la que no hay rastro alguno de amargura. ¡Oh, Trinidad Eterna! Amén.