LEÓN XIV
AUDIENCIA GENERAL
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Los documentos del Concilio
Vaticano II. III. Constitución Sacrosantum
Concilium. 9. La liturgia en el misterio de la Iglesia
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer
documento promulgado por el Concilio
Vaticano II: la Constitución
sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC).
Al elaborar esta Constitución, los Padres conciliares
quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la
Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la
une: el misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de
este misterio: es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la
Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce
la obra de nuestra Redención» (SC,
2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido por Dios (cf. 1Pt 2,9).
Como ha puesto de manifiesto la triple renovación —bíblica,
patrística y litúrgica— que ha atravesado la Iglesia a lo largo del siglo XX,
el Misterio en cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio
salvífico de Dios, oculto desde la eternidad y revelado en Cristo, según la
afirmación de San Pablo (cf. Ef 3,3-6). He aquí, pues, el
Misterio cristiano: el acontecimiento pascual, es decir, la pasión, la muerte,
la resurrección y la glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia
se nos hace sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en
la asamblea reunida «en su nombre» (Mt 18,20) estamos inmersos en este
Misterio.
Cristo mismo es el principio interior del misterio de la
Iglesia, el pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz.
En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica
y asocia a la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio
absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los
sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado
sumo, en la Eucaristía (cf. SC,
7). Así es como, según San Agustín (cf. Serm., 277), al celebrar la
Eucaristía, la Iglesia «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que
recibe»: se convierte en el Cuerpo de Cristo, «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22).
Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos
edifica en la comunión.
En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio
de los ritos y de las oraciones» (SC,
48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe —según el célebre dicho lex
orandi, lex credendi— y, al mismo tiempo, plasma la identidad
eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los
silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por
el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se
convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como
recordó san
Juan Pablo II (Carta
apostólica Vicesimus quintus annus, 9).
Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se
comprende por qué se la ha definido como «la cumbre a la cual tiende la
actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su
fuerza» (SC,
10). Es cierto que la acción de la Iglesia no se limita únicamente a la
liturgia; sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los
pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta
«cumbre». En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos
siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la
proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración
común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en
su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción
litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior».
Esto significa también que está llamada a desarrollarse
concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y
espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una
existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración:
es así como nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a
Dios», realizando nuestro «culto espiritual» (Rom 12,1).
De este modo, «la liturgia edifica día a día a los que están
dentro de la Iglesia para ser templo santo en el Señor» (SC,
2), y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos. De hecho, está
habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos
convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la
unidad de todo el género humano en Cristo. Como decía el Papa Francisco: «El
mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del
Cordero (Ap 19,9)» (Carta
apostólica Desiderio desideravi, 5).
Queridísimos, dejémonos moldear interiormente por los ritos,
por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo
en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas
catequesis.
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Saludo del Santo Padre
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española.
Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a dejarnos formar interiormente por la
liturgia, para que toda nuestra vida sea una continua “acción de gracias”. Que
Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
En esta catequesis comenzamos a reflexionar sobre el primer
documento promulgado por el Concilio
Vaticano II: la Constitución Sacrosanctum
Concilium, dedicada a la sagrada liturgia. Su propósito es conducir a
la Iglesia a contemplar y profundizar el vínculo que la une con el misterio de
Cristo; es decir, con su pasión, muerte, resurrección y glorificación. Esta
comunión se realiza en la sagrada liturgia a través de ritos y oraciones. La
Iglesia expresa así su fe y modela su identidad como Pueblo de Dios, Cuerpo de
Cristo y Templo del Espíritu Santo.
En la liturgia, Cristo sigue actuando, presente en la
Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la
comunidad reunida y, sobre todo, en la Eucaristía. La participación de los
fieles en la acción litúrgica los edifica, los renueva y los envía a manifestar
lo celebrado en la vida cotidiana, haciendo de la propia existencia un
«sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1).
(vatican.va)







