Escribe Santa Faustina Kowalska en su diario: La mañana siguiente, cuando entré en nuestra capilla, oí esta voz interior:
Cuantas veces entres en la capilla reza en seguida esta oración que te enseñé
ayer. Cuando recé esta plegaria, oí en el alma estas palabras: Esta oración es
para aplacar Mi ira, la rezarás durante nueve días con un rosario común, de modo siguiente:
primero rezarás una vez el Padre nuestro y el Ave María y el
Credo, después, en las cuentas correspondientes al Padre nuestro, dirás las
siguientes palabras: Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y
la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como
propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero; en las cuentas del
Ave María, dirás las siguientes palabras: Por su dolorosa Pasión, ten
misericordia de nosotros y del mundo entero. Para terminar, dirás tres veces
estas palabras: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de
nosotros y del mundo entero.
El católico inseguro de sus convicciones puede pensar que es inofensivo ir a un templo protestante, pero si lo hace puede ser peligroso para su fe
En el mundo existen aproximadamente 4200 religiones. Entre ellas está la Iglesia católica, con más de 1400 millones de fieles, pero también existen las grandes religiones -como el islamismo, el judaísmo, el budismo y el hinduismo, que suman millones de adeptos- y muchas confesiones cristianas, que junto a la católica, contabilizan alrededor de 2400 millones de creyentes. Con estas cifras, un católico con poca instrucción puede pensar que no pasará nada si lo invitan a un templo no católico - comúnmente llamado protestante - porque, al fin y al cabo, creen en Cristo, por eso, hablemos un poco del tema.
La fe en Cristo es lo principal
Una persona que fue bautizada católica y que no practica su religión, fácilmente confundirá las enseñanzas de la Iglesia con las de otras confesiones cristianas. Por supuesto, Cristo es uno solo, pero también es una sola la Iglesia fundada por Él.
En este artículo no pretendemos entrar en debates ni atacar a nadie porque desde muy tempranas épocas, la Iglesia sufrió fracturas, por eso encontramos en el Catecismo de la Iglesia católica que:
"Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales rupturas 'y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de la separación y la Iglesia católica los abraza con respeto y amor fraternos [...] justificados por la fe en el Bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor'" (CEC 818).
Si leemos con atención, se trata de las personas que nacieron en otras religiones. No de los que son católicos desde su origen. Es a ellos a los que intentamos guiar para que aprecien en todo lo que vale ser católico desde la cuna.
Vigilar la fe
Es importante destacar que el católico bautizado ha recibido lo necesario para alcanzar la salvación. Está en el camino seguro, pero es obvio que, si no lo conoce, no podrá entenderlo ni valorarlo. De ahí se desprende la urgencia de recibir formación en la fe, que comienza con la guía y el ejemplo de sus padres padrinos.
Volviendo al Catecismo, leemos en el número 846 que "fuera de la Iglesia no hay salvación" porque la Iglesia fundada por Cristo es necesaria para la salvación. Por eso, estas duras palabras son para todos los católicos:
"Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella" (LG 14).
Así mismo, quien acude a otros templos por curiosidad o porque le da igual cualquier religión, se pone en peligro porque, con su poca instrucción, quedará deslumbrado porque los hermanos de otras confesiones saben muchas citas bíblicas, cantan y lloran, y él no.
Pero también estará pecando contra el primer mandamiento porque "nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella".
Nuestra misión
Además es una ofensa al sacrificio infinito de Cristo en la cruz pensar que da lo mismo una religión que otra. Nuestra actitud debe ser, entonces, de reverencia y agradecimiento constante, comprendiendo que cada persona tiene su camino y su historia, pero Dios quiere que todos lo conozcamos y lleguemos a la Verdad revelada por él y custodiada por la Iglesia católica.
Esa es la misión a la que somos llamados. No lo olvidemos y esforcémonos por conocer mejor cada día nuestra fe y nuestra Iglesia.
También en el Evangelio de hoy (Mt 10,37-42), escuchamos
algunas exhortaciones de Jesús para seguirlo y ser testigos de su Reino. No se
trata de actos exteriores, sino de comprometer todo nuestro ser en una relación
de amor con Él. Y para dar fruto, el amor requiere al menos tres cosas: el
desprendimiento, la pérdida y la hospitalidad.
Ante todo, el desprendimiento. Jesús dice: «El que ama a su
padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su
hija más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). En el momento en que comienza a
enviar en misión a sus apóstoles, el Señor los quiere libres de cualquier
atadura. Pero vale para todos el hecho de que también los afectos más
importantes encuentran su plenitud gracias al amor que Cristo nos da. Pensemos,
por ejemplo, en la vida matrimonial: sólo se la puede vivir plenamente
“dejando” la casa de los padres (cf. Mt 19,6) para comprometerse en la relación
conyugal. Pensemos también en el crecimiento de los hijos: se les ayuda a
realizarse y a ser felices educándolos para valerse por sí mismos y tomar sus
decisiones. Dice san Agustín: «Es cosa triste perder lo que amas; pero a veces
también el agricultor pierde lo que siembra» (Sermón 330, 2). Sólo “perdiendo”
esa semilla, arrojada en la tierra, podrá verla florecer.
En este sentido, el amor es también pérdida. Nos cuesta
comprenderlo, especialmente en un mundo en el que perder parece ser una
debilidad y se vive obsesionado por tener y poseer. Sin embargo, el amor da
fruto sólo en la entrega: cuando estamos dispuestos a perder un poco de nuestro
yo para hacer espacio al otro, a perder un poco de tiempo para escuchar a un
amigo, a perder un poco de comodidad para compartir una situación de
dificultad. Quien retiene la vida sólo para sí mismo —dice el Evangelio— en realidad
la pierde (cf. v. 39), porque esta no se abre a la alegría del amor y se vuelve
estéril. Por eso Jesús nos invita a abrazar la Cruz: Él se ofreció, se perdió a
sí mismo y, precisamente así, nosotros hemos podido recibir su vida en
abundancia. Del mismo modo, si vivimos en la lógica del don, también nosotros
seremos capaces de engendrar vida nueva en nuestras relaciones.
Y finalmente, la hospitalidad. El amor, en efecto, se
expresa en elecciones y acciones concretas, en un compromiso hecho de pequeños
gestos cotidianos, como el de ofrecer un vaso de agua a quien tiene sed (cf. v.
42). Jesús, al enviar a sus discípulos delante de Él, les pide que vayan sin
provisiones, es decir, necesitados, porque de este modo podrán suscitar
hospitalidad en aquellos que encuentren a su paso. Y así, recibiendo a quien
viene en nombre de Jesús, lo recibe a Él y al Padre celestial que lo ha enviado.
El amor al Señor pasa siempre por la manera fraterna en que acogemos a los
demás.
Queridos amigos, recemos a la Virgen María, que amó a su
Hijo sabiendo también perderlo; que ella nos ayude a ser testigos humildes y
alegres del amor de Cristo.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Deseo expresar mi cercanía a las hermanas y hermanos
venezolanos afectados por los recientes terremotos que provocaron numerosas
víctimas y heridos, así como ingentes daños materiales. Mientras ruego al Señor
por el eterno descanso de los fallecidos, renuevo mi cercanía espiritual a sus
familiares, a los lesionados y a quienes han sido golpeados por esta tragedia.
Así mismo, manifiesto mi gratitud y aliento a cuantos trabajan con generosidad
en las labores de búsqueda y de asistencia.
Doy ahora la bienvenida a todos ustedes, romanos y
peregrinos, agradeciéndoles por haber venido incluso con este calor.
Saludo a los fieles de la diócesis de Kumba, en Camerún y a
todos aquellos de otros países.
Saludo a los jóvenes religiosos Camilianos; a los grupos
parroquiales de Priolo Gargallo, Avola, Regalbuto y Bari; a los scouts de
Rovereto y a los chicos de Mestrino, de la diócesis de Padua, que recibieron la
Primera Comunión y la Confirmación.
¡Les deseo a todos un feliz domingo! Y nos vemos de nuevo
mañana con motivo de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo.
Un día, Eliseo pasó por Sunám. Había allí una mujer pudiente, que le insistió para que se quedara a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba, él iba a comer allí.
Ella dijo a su marido: "Mira, me he dado cuenta de que ese que pasa siempre por nuestra casa es un santo hombre de Dios.
Vamos a construirle una pequeña habitación en la terraza; le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así, cuando él venga, tendrá donde alojarse".
Un día Eliseo llegó por allí, se retiró a la habitación de arriba y se acostó.
Pero Eliseo insistió: "Entonces, ¿qué se puede hacer por ella?". Guejazí respondió: "Lamentablemente, no tiene un hijo y su marido es viejo".
"Llámala", dijo Eliseo. Cuando la llamó, ella se quedó junto a la puerta,
y Eliseo le dijo: "El año próximo, para esta misma época, tendrás un hijo en tus brazos". Ella exclamó: "No, señor, por favor; tú eres un hombre de Dios, no engañes a tu servidora".
Salmo 89(88),2-3.16-17.18-19.
Cantaré eternamente el amor del Señor.
Cantaré eternamente el amor del Señor,
proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones.
Porque tú has dicho:
«Mi amor se mantendrá eternamente,
mi fidelidad está afianzada en el cielo.»
¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte!
Ellos caminarán a la luz de tu rostro;
se alegrarán sin cesar en tu Nombre,
serán exaltados a causa de tu justicia.
Porque tú eres su gloria y su fuerza;
con tu favor, acrecientas nuestro poder.
Sí, el Señor es nuestro escudo,
el Santo de Israel es realmente nuestro rey.
Carta de San Pablo a los Romanos 6,3-4.8-11.
Hermanos:
¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte?
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.
Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él.
Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él.
Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios.
Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
Evangelio según San Mateo 10,37-42.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa".
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
San Juan Crisóstomo (c. 345-407) presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia Homilía sobre los Actos de los Apóstoles, nº 45; PG 60, 318
«El que os recibe a vosotros, a mí me recibe »
«El que recibe a uno de esos pequeños, me recibe a mí» dice el Señor (Lc 10, 48). Cuanto más pequeño es el hermano, más presente está Cristo en él. Porque cuando uno recibe a un gran personaje, a menudo lo hace por vanagloria; pero el que recibe a un pequeñuelo, lo hace con pura intención y sólo por Cristo. «Fui un extranjero, dice él, y me acogisteis.» Y dice aún: «Cada vez que lo habéis hecho a uno de estos pequeños, es a mi que me lo habéis hecho» (Mt 25, 35-40). Puesto que se trata de un creyente y de un hermano, ese será el más pequeño, y es Cristo quien entra con él. ¡Ábrele tu casa, recíbele!
«El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta.» Pues aquel que recibe a Cristo recibirá la paga de la hospitalidad de Cristo. No dudes de sus palabras, ten confianza en él. Él mismo nos ha dicho: «Soy yo quien está presente en ellos» Y para que no dudes de sus palabras, decreta un castigo para los que no lo reciben, y los honores para quienes le reciben (Mt 25, 31s) Y él no lo haría si no estuviera personalmente afectado por el honor o el menosprecio. «Tu me has recibido, dice, en tu casa; yo te recibiré en el Reino de mi Padre. Tú me has liberado del hambre; yo te liberaré de tus pecados. Me has visto encadenado; yo te haré ver tu liberación. Me has visto extranjero; yo haré de ti un ciudadano de los cielos. Tú me has dado pan; yo te daré el Reino como heredad en plena propiedad. Me has ayudado secretamente; yo lo proclamaré públicamente y diré que tú eres mi bienhechor y yo tu deudor.»
Situada a 146 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, la localidad tiene una historia muy singular.
"No pensé en las dificultades. El llamado era claro y me puse a estudiar español", recuerda.
En el corazón agrícola del oriente boliviano, el padre Ángel Lim Jaejong recorre cada mes un territorio de 50 km² para llegar a las 33 capillas que dependen de su parroquia. Los caminos, empinados y sin asfaltar, hacen que cada visita sea una auténtica travesía pastoral. Agenzia Fides cuenta su historia.
Con 35 años y cinco de misión en Bolivia, este sacerdote procedente de la archidiócesis coreana de Kwangju sirve hoy como vicario parroquial en San Francisco Javier de Okinawa.
Una comunidad fervorosa
En un país donde entre el 70% y el 85% de la población se declara católica, las celebraciones religiosas se viven con intensidad. "La gente tiene un corazón generoso y apoya con dedicación las obras de la Iglesia", explica el padre Lim. Sin embargo, añade que solo al visitar sus hogares descubre "la verdadera pobreza económica" que afecta a muchas familias.
Okinawa, situada a 146 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, tiene una historia singular: fue fundada por migrantes japoneses que llegaron a Bolivia en 1899 tras un breve paso por Perú. El nombre de la ciudad es un homenaje a su lugar de origen en el país asiático.
El padre Lim reconoce que su misión en Bolivia es muy distinta a su experiencia en Corea. Allí, los niños llaman al sacerdote chibunim, "padre". En Bolivia, en cambio, muchos lo llaman "papá". "Los niños suelen sentirse un poco desatendidos porque sus padres trabajan muchas horas. Por eso buscan afecto en la figura del sacerdote", comenta.
Su vocación misionera comenzó años atrás, durante un periodo de formación en Filipinas. "No pensé en las dificultades. El llamado era claro y me puse a estudiar español", recuerda.
La comunidad de Okinawa vive principalmente de la agricultura, especialmente del cultivo de trigo. La falta de infraestructuras limita el acceso a los mercados y dificulta la estabilidad económica. Para sostener a los más vulnerables, las asociaciones parroquiales organizan pequeñas iniciativas, como ventas de comida, que permiten recaudar fondos.
El padre Lim explica que la ayuda se distribuye tras un proceso de verificación. "Visitamos a los enfermos con personal médico y completamos un formulario para determinar el apoyo necesario", señala. Con el tiempo, este sistema ha permitido que solo quienes realmente lo necesitan acudan a pedir ayuda.
En el contexto boliviano, especialmente en áreas rurales, el certificado de bautismo tiene un valor crucial. Muchas personas mayores lo necesitan para acceder a derechos ciudadanos, especialmente quienes nacieron antes de 1940, cuando aún no existía el registro civil. Según datos del SEGIP, un 7% de la población carecía de documentos de identidad en 2014.
Bolivia atraviesa un momento delicado. El país figura entre los más corruptos del mundo según el World Justice Project, y recientemente el Parlamento aprobó una ley que amplía los poderes del gobierno para declarar el estado de emergencia, en medio de protestas, bloqueos y detenciones.
Aun así, el padre Lim mantiene su serenidad. "Sé que soy recordado en las oraciones de mi madre, y eso me da fuerza para seguir adelante", afirma.