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jueves, 30 de abril de 2026

Dios actuó en su fragilidad: el hombre que no podía comulgar y hoy es santo

Durante 30 años no pudo confesarse ni comulgar por su adicción, pero jamás dejó de amar a Dios: murió mártir. La historia de san Marcos Ji Tianxiang.

san Marcos Ji Tianxiang

san Marcos Ji Tianxiang


    san Marcos Ji Tianxiang le negaron los sacramentos durante décadas debido a su adicción al opio. Sin embargo, perseveró en la fe hasta el final, amando a Dios incluso en medio de su debilidad, hasta alcanzar la santidad por el martirio.

    Médico respetado… y atrapado por una adicción

    Nacido en la China del siglo XIX en una familia cristiana, Ji Tianxiang era un médico acomodado y respetado que atendía gratuitamente a los más pobres. Su vida parecía ejemplar, pero una grave enfermedad de estómago cambió su destino.

    Para aliviar el dolor comenzó a consumir opio, un tratamiento habitual en su época. Sin embargo, pronto desarrolló una fuerte adicción, considerada entonces un vicio vergonzoso más que una enfermedad.

    Rechazado en la confesión, pero no por Dios

    Durante años luchó contra su dependencia. Acudía con frecuencia a confesarse, pero recaía una y otra vez. Su confesor, incapaz de comprender la naturaleza de la adicción, concluyó que no tenía un propósito firme de enmienda.

    Finalmente, le negó la absolución y le pidió que no regresara hasta cambiar de vida.

    Aquello podría haberle llevado a abandonar la fe, pero ocurrió lo contrario: Ji Tianxiang permaneció. Sabía que Dios le amaba, aunque no lograra vencer su debilidad.

    Siguió asistiendo a la iglesia. Siguió rezando. Siguió creyendo.

    Durante 30 años vivió sin poder recibir los sacramentos.

    Treinta años esperando el martirio

    En ese tiempo, desarrolló una profunda convicción: si no podía sanar su vida, tal vez Dios le concedería la salvación a través del martirio.

    Rezaba por ello.

    Y su oración sería escuchada.

    La prueba definitiva: persecución y fidelidad

    En el año 1900, durante el levantamiento de los bóxers contra cristianos y extranjeros, fue arrestado junto a su familia: su hijo, seis nietos y dos nueras.

    Muchos podían pensar que él sería el primero en renegar de la fe, debilitado por su adicción.

    Pero ocurrió lo inesperado.

    Mostró una firmeza absoluta. Ni amenazas ni torturas lograron quebrarlo. Permaneció fiel hasta el final.

    Cuando su nieto le preguntó con miedo:

    —“Abuelo, ¿adónde vamos?”

    Él respondió:

    —“Vamos a casa”.

    Murió el último, cantando a la Virgen

    Pidió a sus captores ser ejecutado el último, para que ninguno de los suyos muriera solo. Acompañó uno a uno a sus familiares hasta la muerte.

    Finalmente, caminó hacia su propia ejecución cantando la letanía de la Virgen María.

    Murió sin haber recibido los sacramentos durante décadas.

    Y, sin embargo, la Iglesia lo reconoció como santo.

    Un mensaje que rompe esquemas

    La historia de san Marcos Ji Tianxiang es un poderoso recordatorio: la gracia de Dios actúa incluso en medio de la debilidad más profunda.

    Su vida muestra que la santidad no es perfección humana, sino fidelidad perseverante.

    Especialmente para quienes luchan con adicciones, su testimonio es una luz de esperanza: Dios no abandona, incluso cuando todo parece perdido.

    El 9 de julio, día de su festividad, la Iglesia invita a pedir su intercesión por quienes no pueden acceder a los sacramentos y por todos los que combaten contra la adicción.

    San Marcos Ji Tianxiang, ruega por nosotros.

    ReL

    Vea también     .... Testigo privilegiado




    Herramienta para confesarse y hacer examen de conciencia

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    Todos hemos tenido cerca a alguien —o lo hemos sido— que, al plantearse confesarse, se queda en silencio unos segundos y acaba diciendo: "Es que no sé ni por dónde empezar"

    No es una frase hecha. Es real. Hay quien no se confiesa desde la Primera Comunión. Otros han ido dejando pasar los años casi sin darse cuenta, hasta que un día sienten la necesidad de volver a confesarse y descubren que no saben cómo hacerlo.

    Confesarse no es solo hacer memoria

    Es algo más exigente: distinguir lo que es culpa de lo que no lo es, separar emociones de decisiones, revisar intenciones que parecían buenas pero quizá no lo eran tanto, o reconocer esas pequeñas piedras —aparentemente inofensivas— que uno va guardando en el bolsillo sin darse cuenta.

    Y ahí es donde muchos se bloquean. No por falta de fe, sino por falta de claridad. Los sacerdotes lo repiten con frecuencia: cuesta menos acercarse al confesionario que ordenar lo que uno lleva dentro. Poner nombre a lo vivido, entender qué ha pasado realmente en el corazón y en la voluntad, y hacerlo sin autojustificarse… ni machacarse. En ese punto, cualquier ayuda concreta se agradece.

    Un buen examen de conciencia para una buena confesión

    Holding hands in prayer

    Por eso han empezado a surgir iniciativas que buscan algo muy sencillo: acompañar ese primer paso. No sustituir al confesor, ni convertir la confesión en un trámite, sino facilitar ese momento previo en el que uno necesita parar, pensar y mirarse con verdad. Entre ellas está la web YoMeConfieso.es, que propone un recorrido guiado para hacer examen de conciencia. Y lo interesante es cómo lo hace.

    Al comenzar, la herramienta no te lanza directamente una lista de preguntas. Primero te sitúa: te pide que identifiques los grandes ámbitos en los que puede haber desorden en tu vida y los clasifiques con sinceridad en tres niveles —si es algo recurrente, si ocurre de forma ocasional o si se queda en un punto intermedio—.

    Ese primer paso ya obliga a un ejercicio poco habitual: no solo recordar, sino medir. A partir de ahí, el recorrido se vuelve mucho más personal. La aplicación va desplegando un examen de conciencia con preguntas concretas, ajustadas a lo que has señalado previamente. Ya no es un listado genérico, sino algo que entra en tu vida real, en tus hábitos, en tus relaciones, en tus intenciones.

    Un examen específico y concreto

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    Y ahí es donde empieza a afinar. Porque no se queda en lo evidente, sino que va bajando a lo concreto: qué hay detrás de determinadas decisiones, qué se repite, qué se ha normalizado sin darte cuenta. No es tanto una herramienta tecnológica como un apoyo práctico: una especie de andamiaje para quien quiere confesarse, pero no sabe cómo empezar.

    Y quizá ahí está la clave. No en la novedad, sino en la necesidad a la que responde: la de tantas personas que, después de años, quieren volver… y solo necesitan una ayuda concreta para ordenar lo que llevan dentro.

    ¡Haz la prueba!

    Si estás leyendo este artículo en Aleteia, te proponemos algo muy sencillo: haz la prueba.Dedica unos minutos a hacer examen de conciencia con esta herramienta. Sin filtros. Con sinceridad.

    Puede que te sorprenda. Porque empieza a señalar aspectos que llevas dentro y en los que, quizá, ni siquiera habías caído. No porque no existieran, sino porque nunca te habías enfrentado a ellos con tanta claridad. ¿Te atreves?

    Mar Dorrio, Aleteia

    Vea también    Para su conversión:
    Razones para confesarse


    15 horas al día en el confesionario: el santo oculto que hoy inspira a la Iglesia

    Sin milagros llamativos, San Leopoldo Mandić, capuchino como el Padre Pío, dedicó su vida a confesar: es un referente de misericordia para la Iglesia.

    San Leopoldo Mandic, un capuchino que es una fuente de inspiración para la Iglesia.

    San Leopoldo Mandic, un capuchino que es una fuente de inspiración para la Iglesia

    Mientras san Padre Pío es conocido en todo el mundo por sus largas horas en el confesionario, hubo otro capuchino de su misma época que vivió una entrega similar, aunque mucho más discreta: san Leopoldo Mandić.

    Este fraile, que pasó gran parte de su vida en Padua, dedicaba hasta 15 horas diarias a confesar, en un ministerio silencioso que se prolongó durante más de cinco décadas.

    Murió el 30 de julio de 1942 y fue canonizado por san Juan Pablo II en 1983.

    Una vida sin grandes prodigios… pero llena de entrega

    A diferencia de otros santos contemporáneos, san Leopoldo no tuvo visiones, estigmas ni fenómenos extraordinarios. Su vida fue aparentemente sencilla.

    San Juan Pablo II lo describió con claridad en su canonización: un fraile “pequeño, enfermizo”, sin grandes obras escritas ni fundaciones, trasladado de convento en convento como tantos otros capuchinos.

    Pero su grandeza no estaba en lo visible.

    “Solo sabía confesar”… y ahí estaba su santidad

    Toda su vida sacerdotal —52 años— transcurrió prácticamente en el confesionario. Allí se convirtió en consejero, padre espiritual y signo vivo de la misericordia de Dios.

    El propio san Juan Pablo II destacó que su santidad consistía en entregarse “día tras día, en el silencio y la humildad de una celda confesional”.

    Quienes le conocieron lo definían con una sola palabra: “el confesor”.

    Siempre disponible, acogedor y paciente, trataba a los penitentes con delicadeza, sin humillar, acompañando con cercanía a cada alma.

    San Juan Pablo II subrayó la vida modélica de san Leopoldo Mandić en la Misa de canonización: "Su grandeza está en otra parte: en inmolarse, en entregarse, día tras día, durante todo el tiempo de su vida sacerdotal, es decir, durante 52 años, en el silencio, en la confidencialidad, en la humildad de una celda confesional: 'el buen pastor ofrece la vida por las ovejas'. Fra. Leopoldo estaba siempre ahí, dispuesto y sonriente, prudente y modesto, confidente discreto y fiel padre de almas, maestro respetuoso y consejero espiritual comprensivo y paciente".

    ""La suya fue una vida sin grandes acontecimientos: un traslado de un convento a otro, como es costumbre de los capuchinos; pero nada más… san Leopoldo no dejó obras teológicas ni literarias… no fundó obras sociales. Para todos los que le conocieron, no era más que un pobre fraile: pequeño, enfermizo".

    "Si se le quisiera definir con una palabra, como hicieron en vida sus penitentes y hermanos, entonces es 'el confesor'; solo sabía 'confesar'. Pero precisamente en esto radica su grandeza".

    Un ejemplo que sigue inspirando a la Iglesia

    La figura de san Leopoldo Mandić ha sido especialmente valorada por los últimos papas.

    Tanto Benedicto XVI como el Papa Francisco lo han propuesto como modelo para los sacerdotes, especialmente para quienes ejercen el ministerio de la confesión.

    Su vida demuestra que la santidad no siempre se manifiesta en lo extraordinario, sino en la fidelidad cotidiana y en el servicio humilde.

    San Leopoldo fue, ante todo, un instrumento de la misericordia divina. Y precisamente ahí, en lo oculto, alcanzó la grandeza.

    ReL

    Vea también    Confesarse, ¿por qué?  La reconciliación y la belleza de Dios