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domingo, 31 de mayo de 2026

Ángelus del Papa: La vida de Dios es maravillosa y cautivadora, da paz en la alegría del Espíritu

En la Solemnidad de la Santísima Trinidad, León XIV recuerda que gracias a ella estamos hechos para la comunión, la relación, el encuentro, porque las divisiones, las polarizaciones y el desprecio de la diversidad traen al mundo destrucción, tristeza y aridez.

Alina Tufani Díaz- Ciudad del Vaticano

El Papa León XIV, en su alocución antes del Ángelus, invitó a reflexionar sobre el Misterio de Dios Trinidad y su centro, que "es la vida de Dios que se nos ha entregado en Jesucristo", y que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu.  Ante más de 20 mil fieles y peregrinos del mundo, reunidos en la Plaza de San Pedro, en una jornada cálida y luminosa, el Santo Padre recordó que, la Santísima Trinidad, en el mundo, toma forma en la Iglesia como sacramento de comunión y espacio de vida dinámica, inagotable y fecunda.

“El Espíritu que une al Padre y al Hijo ha sido derramado en nuestros corazones, de modo que en el mundo toma forma la Iglesia, sacramento de comunión, espacio de encuentro, de amor y de vida en el que el cielo y la tierra ya se tocan.

Dios transforma nuestras vidas

Inspirado en el Evangelio de hoy que presenta el encuentro de Nicodemo, miembro del Sanedrín, Consejo de los jefes de Israel, con Jesús, el Pontífice recuerda que el “misterioso Maestro”, le sugiere que también para un adulto es posible renacer, dejándole entrever que la vida de Dios habría podido transformar su vida.

“Jesús habló a Nicodemo del Espíritu Santo, iluminó su noche con la verdad que en la fiesta de hoy resuena en todas nuestras iglesias: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (v. 16). Y también: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (v. 17)”

La Trinidad nos hace amar todo y a todos

León XIV recalcó que, en el Misterio de Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo, estamos en casa, “tal y como Nicodemo se sintió en casa junto a Jesús”. “La vida de Dios – continuó el Santo Padre - es maravillosa y cautivadora, da paz a nuestro corazón”, a veces inquieto,  para nuestro encuentro en la alegría del Espíritu.

La Trinidad nos hace amar todo y a todos; descubrimos que cada criatura está hecha para la comunión, la relación, el encuentro. Y, por contraste, comprendemos por qué las divisiones, las polarizaciones y el desprecio de la diversidad traen al mundo destrucción, tristeza y aridez.

Quien no acoge el Espíritu envejece pronto

Nuevamente, centrándose en la figura de Nicodemo, que esta vez, ante el Sanedrín, defiende a Jesús de las palabras de desprecio y condena pronunciadas por los jefes del consejo, el Papa recalca que éste ya había recibido de Dios, a través del mismo Cristo, el Espíritu de la comunión, que "abre el corazón a la nueva verdad y a la verdadera novedad".

Quien no acoge a este Espíritu envejece pronto, sumido en la queja; se encuentra solo, nunca tiene el ánimo festivo. Hoy, en cambio, queridos hermanos y hermanas, es fiesta. La fiesta de Dios es nuestra fiesta

Una fiesta, añadió el Santo Padre, que como escribe San Pablo a los Corintios es «para alegrarse, trabajar por la perfección, para tener un mismo sentir y vivir en paz”, porque el Dios del amor y de la paz estará con nosotros.

(vatican.va)


(Evangelio del día) Stma. Trinidad - ¿No sería muchísimo mejor escucharlo con la familia proclamado en la Santa Misa Dominical?


 

Libro del Exodo 34,4b-6.8-9.

Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos.
El Señor descendió en la nube, y permaneció allí, junto a él. Moisés invocó el nombre del Señor.
El Señor pasó delante de él y exclamó: "El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad.
Moisés cayó de rodillas y se postró,
diciendo: "Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia".


Libro de Daniel 3,52.53.54.55.56.

 ¡A ti, gloria y honor eternamente!

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres.
Alabado y exaltado eternamente.
Bendito sea tu santo y glorioso Nombre,
alabado y exaltado eternamente.

Bendito seas en el Templo de tu santa gloria.
Aclamado y glorificado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el trono de tu reino.
Aclamado por encima de todo y exaltado eternamente.

Bendito seas Tú, que sondeas los abismos
y te sientas sobre los querubines.
Alabado y exaltado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el firmamento del cielo.
Aclamado y glorificado eternamente.


Carta II de San Pablo a los Corintios 13,11-13.

Hermanos:
Alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Y entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes.
Salúdense mutuamente con el beso santo. Todos los hermanos les envían saludos.
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes.


Evangelio según San Juan 3,16-18.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

San Gregorio Nacianceno (330-390)
obispo y doctor de la Iglesia
Poemas dogmáticos, I-II (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d'Orval, 1972), trad. sc©evangelizo.org


¡Un solo Dios eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo!

Hay un solo Dios, sin principio, sin causa, que no puede ser limitado ni por alguien anterior a él, ni por alguien que vendría después. Él está envuelto de eternidad, de infinito. Padre grande de un Hijo único, bueno y grande, que ha engendrado sin nada carnal porque es espíritu. El Hijo de Dios, Dios único y otro, pero no otro en su divinidad. Él es la impronta del Padre, Hijo único del que es sin principio, el Único del Único y su igual. El Padre permanece Padre enteramente. Él, el Hijo, es el autor y Señor del mundo, fuerza y pensamiento del Padre. (…)
Temblemos ante la grandeza del Espíritu, que es igualmente Dios, y por el que he conocido a Dios. Él es manifiestamente Dios y hace aparecer Dios acá abajo. Es todopoderosos, distribuye los dones diversos, inspira los cantos del coro de los bienaventurados, da la vida a los seres celestes y terrestres, reina en las alturas. Es la fuerza divina, actúa por su movimiento propio. No es el Hijo, ya que el Padre excelente tiene un Hijo Único, pleno de bondad. El Espíritu es la divinidad invisible, con igual gloria.
(EDD)

Reflexión sobre la ilustración de la revista

Desde una edad muy temprana, uno de los primeros gestos que muchos de nosotros aprendimos en la fe cristiana fue cómo hacer la Señal de la Cruz. Con pequeñas manos guiadas lentamente por los padres o los abuelos, nos enseñaron a tocarnos la frente mientras decíamos: “En el nombre del Padre”, luego bajábamos hasta el corazón o el pecho: “y del Hijo”, y finalmente cruzábamos los hombros: “y del Espíritu Santo”. Es un gesto tan sencillo que podemos realizarlo fácilmente sin pensar. Sin embargo, en él se esconde una de las profesiones de fe más profundas de todo el cristianismo. Cada vez que nos bendecimos, proclamamos nuestra creencia en el misterio de la Santísima Trinidad. El movimiento en sí es hermoso y profundamente simbólico: la mano se mueve de la mente al corazón, del pensamiento al amor, y hacia fuera por todo el cuerpo, como si todo nuestro ser se reuniera en el amor de Dios.

Hoy en día, muchos católicos ya no se bendicen al pasar por una iglesia, como hacían instintivamente las generaciones anteriores. Sin embargo, innumerables personas siguen sumergiendo sus dedos en la pila de agua bendita al entrar en una iglesia y se persignan. Hacerlo en silencio nos remite al comienzo de nuestra vida cristiana: nuestro bautismo. Cada uno de nosotros fue bautizado con agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cada vez que tocamos el agua bendita y trazamos la señal de la Cruz sobre nosotros, estamos, de una manera pequeña pero hermosa, renovando esa identidad bautismal. Nos recordamos a nosotros mismos quiénes somos y a quién pertenecemos. Y eso es precisamente lo que celebramos hoy, Domingo de la Trinidad: el misterio del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en el corazón mismo de nuestra fe.

Nuestro encantador grabado del siglo XIX, publicado en La Ilustración Española y Americana el 5 de abril de 1876, capta un tierno momento de la vida eclesiástica. Vemos a niños pequeños bendiciéndose cuidadosamente con agua bendita, con pequeños gestos que recuerdan prácticas aprendidas de padres y abuelos. De hecho, la imagen ilustra una tradición española más amplia, relacionada especialmente con el Sábado Santo, cuando el agua bendita recién bendecida de las liturgias de Pascua se distribuía entre los fieles. Las familias llevaban recipientes a la iglesia y transportaban el agua bendita a casa con gran reverencia. Una vez en casa, solía colocarse cerca de la entrada en una pequeña pila o vasija para que los miembros de la familia pudieran bendecirse al entrar o salir del hogar. De este modo, la propia casa se convertía en una extensión de la Iglesia: un espacio sagrado doméstico marcado por la oración.

La revista en la que apareció esta imagen, La Ilustración Española y Americana, fue una de las grandes publicaciones ilustradas de la España del siglo XIX. Fundada en el siglo XIX, combinaba periodismo, literatura, comentarios culturales y detallados grabados que documentaban costumbres religiosas, acontecimientos políticos y escenas de la vida cotidiana en España y fuera de ella. Antes de que la fotografía se generalizara en la cultura impresa, estas revistas ilustradas contribuyeron a dar forma al imaginario visual de la sociedad. Lo encantador de esta imagen es que nos recuerda la naturalidad con la que la fe se integraba en el ritmo de la vida cotidiana.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

(En el Nombre del....)

sábado, 30 de mayo de 2026

Arte para contemplar la Santísima Trinidad

trinidad Venancio Vallmitjana

Música, imagen y palabras inspiradoras que grandes artistas han dedicado a un Dios que es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo

Además de las explicaciones que los teólogos han ofrecido a lo largo de los siglos para ayudar a entender la Santísima Trinidad, también muchos grandes artistas han enfocado su talento y creatividad en crear obras de arte que profundicen en el misterio de una naturaleza divina en tres personas.

El compositor Johan Sebastian Bach  dedicó varias obras al Dios que es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo, entre ellas la cantata “Bendito sea el Señor, mi Dios” (BWV 129).

Tres voces cantan esta oración (al principio y al final juntas, y en la parte central cada una sola) basada en un himno de Johann Olearius:

Alabado sea el Señor,

mi Dios, mi Luz, mi Vida;

mi Creador, que me ha dado

mi cuerpo y mi alma;

mi Padre, que me protege desde el instante

en que mi madre me llevó en sus entrañas,

y que no ha parado de prodigarme

abundantes bienes.

Alabado sea el Señor,

Dios mío, mi salvación, mi vida,

El hijo más querido del padre,

quien se entregó por mí,

quien me redimió

Con su preciosa sangre,

quien me da, a través de la fe,

el bien supremo, que es Él mismo. 

Alabado sea el Señor,

mi Dios, mi consuelo, mi Vida;

Espíritu del Padre celestial, estimable tesoro,

cuyo Hijo está presente

y da vigor a mi corazón,

haciendo renacer en mí una fuerza nueva;

y en la tristeza, me da su consejo,

su apoyo y su ayuda.

Alabado sea el Señor,

mi Dios eterno,

al que da alabanzas

Todo lo que planea en los cielos.

Alabado sea el Señor,

en el muy santo nombre

de Dios Padre, Dios Hijo

y Dios Espíritu Santo.

Para Él, en el presente,

entonamos el Sanctus;

para Él, elevamos

el sagrado canto del Sanctus,

Acompañados de la legión de ángeles,

celebramos la cristiandad entera,

exclamando así nuestra alabanza:

¡loado sea mi Dios por los siglos de los siglos!

Trono de Gracia

En la iconografía tradicional de la Trinidad destaca una representación llamada “Trono de Gracia” que muestra a Dios Padre como un hombre mayor sosteniendo al Hijo crucificado con un símbolo del Espíritu Santo, a menudo una paloma.

Como ejemplo, La Trinidad del escultor Venancio Vallmitjana expresa armónicamente el dogma católico declarado en el Concilio de Nicea el año 325.

trinidad Venancio Vallmitjana
La Trinidad de Venancio Vallmitjana

En pintura, Masaccio, El Greco y Rubens han dejado bellísimas imágenes del Trono de Gracia que ayudan a penetrar, a través de los sentidos, en la esencia del Amor absoluto. 

Pero tal vez la representación plástica más conocida de esa esencia divina compartida sea el icono de la Trinidad del ruso medieval Andrei Rubliov.

Lleno de símbolos bíblicos, representa a Dios como los tres ángeles que visitaron a Abraham en la encina de Mambré.

En el arte de la escritura, numerosas poesías dejan constancia de la fascinación que la Trinidad despierta en personas de toda edad y condición. 

El “Acto de acción de gracias a la Trinidad” de una arrebatada santa Catalina de Siena, incluido en su “Diálogo sobre la Divina Providencia”, es un ejemplo que puede inspirar la oración a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo:

Oración

¡Oh Dios eterno! ¡Oh Trinidad eterna! 

¡Por la unión de tu naturaleza divina has hecho tan preciosa la Sangre de tu Hijo unigénito! 

Oh Trinidad eterna, eres un misterio tan profundo como el mar, en el que cuanto más busco, más encuentro; y cuanto más encuentro, más busco. 

Porque, incluso sumergida en las profundidades de Ti, mi alma nunca está satisfecha, siempre hambrienta y sedienta de Ti, Trinidad eterna, anhelando y deseando verte a Ti, la Verdadera Luz.

Oh Trinidad eterna, con la luz del entendimiento he saboreado y contemplado las profundidades de tu misterio y la belleza de tu creación. Al verme a mí mismo en ti, he comprendido que llegaré a ser como tú. Oh Padre eterno, desde tu poder y tu sabiduría me has concedido claramente una parte de esa sabiduría que pertenece a tu Hijo Unigénito. Y verdaderamente el Espíritu Santo, que procede de Ti, Padre y Hijo, me ha dado el deseo de amarte.

Oh, Trinidad eterna, Tú eres mi Creador y yo soy Tu creación. Iluminado por Ti, he aprendido que me has hecho una nueva creación por medio de la Sangre de Tu Hijo Unigénito, porque estás cautivado por el amor ante la belleza de Tu creación.

Oh, Trinidad eterna, oh, Divinidad, oh, abismo insondable, oh, mar más profundo, ¿qué mayor don podrías darme que tu propio Ser? 

Eres un fuego que arde eternamente sin consumirse jamás, un fuego que consume con tu calor mi amor propio. Una y otra vez eres el fuego que aleja toda frialdad de corazón e ilumina la mente con Tu luz, la luz con la que me has hecho conocer Tu verdad.

Por esta luz reflejada sé que Tú eres el bien supremo, un bien por encima de todo bien, un bien dichoso, un bien incomprensible, un bien inconmensurable, una belleza por encima de toda belleza, una sabiduría por encima de toda sabiduría, pues Tú eres la sabiduría misma, el alimento de los ángeles, el fuego del amor que Tú das al hombre.

Tú eres el manto que cubre nuestra desnudez. Tú alimentas a nuestra familia con Tu dulzura, una dulzura que proviene de Ti y en la que no hay rastro alguno de amargura. ¡Oh, Trinidad Eterna! Amén.

Patricia Navas, Aleteia

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