La política atraviesa una profunda crisis de confianza, pero ¿es posible recuperar su sentido más noble: el servicio al bien común?
El cardenal arzobispo de Santiago de Chile, Fernando Chomali, aborda esta cuestión en una entrevista concedida a Religión en Libertad tras hacer pública una carta dirigida a los políticos, en la que les recuerda que el poder no puede convertirse en un fin en sí mismo ni quedar sometido a los intereses partidistas.
Con una mirada exigente, pero también esperanzada, Chomali reflexiona sobre la corrupción, la polarización, la desinformación y el alejamiento de los jóvenes de la vida pública.
Su mensaje va más allá de la coyuntura chilena: reclama una política con altura moral, capaz de dialogar, proteger la dignidad humana y no olvidar nunca a quién debe servir. Porque, como insiste el cardenal, la política necesita recuperar su alma, y esa alma es el servicio.
La crisis de confianza
- En su carta, usted advierte sobre la pérdida de confianza en las instituciones políticas, agravada por la corrupción, las promesas incumplidas y los enfrentamientos. ¿Qué deberían cambiar los políticos para recuperar la confianza de los ciudadanos?
- Lo primero es comprender que la confianza no se exige, se gana. Y se gana con hechos, con coherencia de vida, con honestidad y con una verdadera disposición a servir. La ciudadanía está cansada de las promesas que no se cumplen, de los enfrentamientos permanentes y de los casos de corrupción que tanto daño hacen a nuestra democracia.
Creo que los políticos tienen que volver a mirar a las personas a los ojos, escuchar sus necesidades y comprender que detrás de cada decisión hay familias, trabajadores, adultos mayores y jóvenes que esperan respuestas. La política no puede transformarse en un espacio de privilegios personales ni de disputas interminables.
También debemos reconocer y valorar a tantos servidores públicos que realizan su labor con enorme generosidad y compromiso. No todos son iguales, y sería muy injusto desconocerlo.
La política como servicio
- Usted presenta la política como una vocación de servicio orientada al bien común, por encima de los intereses particulares. ¿Cómo conseguir que los políticos antepongan el bien común a los intereses de su partido?
- Creo que es fundamental recuperar el sentido profundo de la vocación política. Quien decide dedicar su vida al servicio público tiene que comprender que está asumiendo una responsabilidad que lo trasciende. La política no existe para satisfacer aspiraciones personales ni para perpetuar a determinados grupos en el poder. Existe para procurar el bien de toda la sociedad.
Santo Tomás de Aquino definía la política como una ciencia arquitectónica. Me parece una expresión muy interesante, porque nos recuerda que gobernar exige mucho más que responder a las urgencias del momento. Supone tener una visión de conjunto, comprender cómo se relacionan la economía, la educación, la salud, la cultura y las distintas dimensiones de la vida social. Ninguna de ellas puede abordarse de manera aislada.
En ese escenario, los partidos políticos son fundamentales para la democracia. Tienen ideas, principios y proyectos legítimos que defender. Pero ningún partido puede pretender representar por sí solo todas las necesidades de un país. Por eso, cuando el bien común lo exige, hay que tener la grandeza de dialogar, ceder y alcanzar acuerdos. Son cruciales en esa arquitectura.
Desde la tradición cristiana entendemos que el poder encuentra su verdadera grandeza en el servicio. Jesús nos enseña que quien quiera ser el primero debe hacerse servidor de los demás. Esa enseñanza tiene una enorme vigencia también en la vida pública.
La polarización y el diálogo
- En su reflexión, usted defiende la búsqueda de una «verdad sinfónica», que permita escuchar distintas voces sin convertir al adversario en un enemigo. ¿Cómo recuperar el diálogo cuando la confrontación política da réditos electorales?
- Tenemos que convencernos de que pensar distinto no nos convierte en enemigos. Esa es una condición esencial para la vida democrática. Podemos tener diferencias profundas, incluso irreconciliables en determinadas materias, pero eso nunca puede justificar la descalificación, la agresión o la falta de respeto.
La verdad es sinfónica porque se enriquece con distintas voces. Nadie tiene toda la razón y todos tenemos algo que aprender de los demás. Dialogar no significa renunciar a las propias convicciones, sino tener la madurez y la humildad para escuchar argumentos diferentes.
Me preocupa que la confrontación se haya convertido, en ocasiones, en una estrategia para obtener adhesiones. Puede entregar resultados inmediatos, pero a largo plazo deteriora la convivencia y debilita las instituciones.
Chile tiene una hermosa tradición de entendimiento que debemos cuidar. Tal como lo cito en la carta, el cardenal Raúl Silva Henríquez - gran defensor de la democracia- nos recordaba que nuestro país tiene vocación de entendimiento y no de enfrentamiento. Creo que esa convicción sigue siendo plenamente válida.
Las redes sociales y la desinformación
- La difusión de falsedades y el uso de bots pueden manipular el debate público y deteriorar la convivencia democrática. ¿Cómo combatir la desinformación sin limitar la libertad de expresión?
- La libertad de expresión es un valor fundamental de toda sociedad democrática y debemos protegerla. Y aquí hay que tener un cuidado especial, porque no podemos confundir el derecho a expresar nuestras opiniones con la posibilidad de difundir deliberadamente mentiras o destruir la honra de las personas.
Las redes sociales son herramientas extraordinarias: permiten comunicarnos, conocer distintas realidades y acercar las autoridades a la ciudadanía. Me parece especialmente grave que se recurra a mecanismos tecnológicos, como las redes de bots, para instalar falsedades o distorsionar la conversación pública. Son prácticas que lesionan la confianza y empobrecen nuestra democracia.
La respuesta debe estar en la educación, la responsabilidad personal, la transparencia y el respeto a las normas democráticas. Necesitamos formar ciudadanos capaces de distinguir entre información y manipulación, y exigir una conducta especialmente responsable a quienes ejercen cargos públicos.
Antes de publicar debemos verificar; antes de acusar, informarnos; y cuando nos equivocamos, tener la humildad de rectificar. La tecnología debe estar al servicio de la verdad y del encuentro humano, no de la división.
La dignidad humana y los más vulnerables
- Usted insiste en que la dignidad de toda persona debe ocupar un lugar central en la vida política, especialmente cuando se trata de quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad. ¿Cómo garantizar que su protección prevalezca sobre los intereses económicos o electorales?
- Una sociedad revela su verdadera grandeza en la manera en que trata a quienes se encuentran en situaciones de mayor fragilidad. El talante de una sociedad se mide a partir de cómo tratan a los más vulnerables. Esa es una convicción muy profunda de la Doctrina Social de la Iglesia y también un principio que puede ser compartido por creyentes y no creyentes.
La dignidad humana no depende de la condición económica, del origen, de la edad, de las capacidades ni de las circunstancias de una persona. Es inherente a cada ser humano y, por lo tanto, debe orientar todas nuestras decisiones.
Por eso insisto tanto en que la política debe mirar especialmente a quienes viven en la pobreza, a los adultos mayores que están solos, a los enfermos, a quienes no encuentran trabajo, a los migrantes y a tantas personas que sienten que la sociedad se ha olvidado de ellas. También debemos proteger la vida humana en todas sus etapas, desde la concepción hasta su término natural. Esto exige políticas públicas serias, responsables, sostenibles y evaluables, que permitan responder a necesidades reales y no solamente a intereses electorales de corto plazo.
La economía es importante, por supuesto. Pero nunca podemos olvidar que la economía debe estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de la economía.
Aristóteles decía algo muy hermoso: “procurar el bien de una persona es deseable, pero conseguirlo para todo un pueblo es todavía más noble”. Esa reflexión, que tiene más de dos mil años, conserva una vigencia extraordinaria.
Los jóvenes y la política
- La distancia de muchos jóvenes respecto a los partidos plantea un desafío para el futuro democrático. Además, las nuevas generaciones observan la coherencia entre lo que los adultos dicen y lo que hacen. ¿Qué deberían hacer los políticos para que los jóvenes vuelvan a confiar y se impliquen en la vida pública?
- Los jóvenes tienen una sensibilidad muy especial frente a la incoherencia. Observan lo que hacemos mucho más de lo que escuchan lo que decimos. Por eso, quienes tenemos responsabilidades públicas debemos comprender que también somos educadores a través de nuestro testimonio.
¿Cómo podemos pedirles a los jóvenes que dialoguen, que respeten a los demás y que rechacen la violencia si ven que los adultos, especialmente quienes ejercen liderazgo político, se agreden y descalifican permanentemente? Creo que debemos volver a mostrarles la belleza de la política. La política bien entendida es una vocación extraordinaria, porque permite transformar realidades, construir justicia y contribuir al bienestar de millones de personas.
También es fundamental abrirles espacios reales de participación. No basta con invitarlos a escuchar. Hay que darles la oportunidad de proponer, decidir y asumir responsabilidades. Y, por supuesto, responder a sus preocupaciones concretas: el trabajo, la vivienda, la educación y las posibilidades de construir un proyecto de vida.
Yo quisiera animar a los jóvenes a que se interesen por la vida pública, participen en sus comunidades y también se incorporen a los partidos políticos para renovarlos desde dentro.
España y el bien común
-Aunque su carta se dirige a la realidad chilena, sus reflexiones sobre el diálogo, la responsabilidad pública y el bien común también invitan a pensar en España, donde persisten la polarización y dificultades como el acceso a la vivienda y el empleo juvenil. ¿Qué acuerdos deberían ser prioritarios para que los intereses de las próximas generaciones estén por encima de la lucha partidista?
- No me corresponde intervenir en las decisiones políticas, pero creo que existen principios que son universales y que pueden iluminar la vida pública de cualquier país.
Uno de ellos es que la política tiene la responsabilidad de mirar más allá de las próximas elecciones. Los grandes desafíos de una sociedad requieren acuerdos amplios y una visión de largo plazo. No podemos hipotecar el futuro de las nuevas generaciones por obtener beneficios políticos inmediatos.
El acceso a una vivienda digna, las oportunidades de empleo para los jóvenes, la educación de calidad, la protección de las familias y el cuidado de los más vulnerables son materias que merecen una preocupación permanente y un esfuerzo compartido.
España, al igual que Chile, posee una rica historia, tradiciones e instituciones que pueden contribuir a fortalecer una cultura del encuentro. Creo que es importante valorar ese patrimonio y recordar que las diferencias políticas no pueden hacernos olvidar aquello que compartimos como sociedad.
- A lo largo de su carta, usted invita a recuperar el sentido ético de la política y su vocación de servicio. ¿Qué mensaje dirigiría a los políticos y a los jóvenes que han dejado de confiar en ellos para reconstruir esa relación?
- A los políticos les diría que nunca olviden por qué decidieron dedicarse al servicio público. Repito: público. Que no olviden que un grupo de personas depositaron su confianza en ellos. Hay familias que esperan soluciones, jóvenes que buscan oportunidades y tantos hombres y mujeres que trabajan silenciosamente para sacar adelante a sus hogares. A ellos, los deben recordar siempre.
A los jóvenes les diría que no pierdan la esperanza. Que no permitan que las malas prácticas de algunos los alejen de la posibilidad de contribuir al futuro de sus países. Que se formen, que participen, que expresen sus ideas y que se atrevan a asumir responsabilidades.
La política es una vocación noble y merece ser ejercida con honestidad, preparación, generosidad y una profunda conciencia de responsabilidad. El poder es pasajero, pero el bien que podemos hacer a los demás puede perdurar por generaciones.
La política necesita recuperar su alma, y esa alma es el servicio. Servir, y lo reitero, tal como nos enseñó Cristo.
Aquí pueden leer integra la carta: https://www.uc.cl/site/assets/files/27316/carta_a_los_politicos.pdf
Matilde Latorre, ReL