El prestigioso oncólogo Luis Ráez explica qué determinará si el Papa necesita quimioterapia y cuánto tiempo podría tardar en recuperarse.
El Papa traza la señal de la Cruz sobre la frente de un bebé.
Tras la operación a la que fue sometido el Papa León XIV este martes 13 de octubre en el Hospital Gemelli de Roma, comienzan a conocerse los detalles sobre el cáncer de pulmón que padece el Pontífice y sus posibilidades de recuperación.
El doctor Luis Ráez, uno de los principales especialistas en cáncer de pulmón de Estados Unidos, ha explicado a EWTN News qué es un adenocarcinoma pulmonar, qué tratamientos podrían ser necesarios y cuáles son las perspectivas de curación del Santo Padre.
El Vaticano confirmó que al Papa, de 71 años, se le había extirpado el lóbulo inferior del pulmón derecho mediante una técnica videoasistida.
La intervención transcurrió sin complicaciones y permitió confirmar el diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar.
Según explica Ráez, director del Programa de Oncología Torácica del Memorial Cancer Institute de Florida, el adenocarcinoma es «el tumor más común en el pulmón».
Aunque reconoce que los cánceres pulmonares suelen ser más agresivos que otros, insiste en que el pronóstico depende fundamentalmente del estadio de la enfermedad, del tamaño del tumor y de su posible extensión.
En el caso de León XIV, hay un dato esperanzador: el propio Papa anunció que el nódulo había sido detectado «en una fase muy temprana» y estaba «bien localizado».
El especialista considera que la decisión de intervenir quirúrgicamente apunta a que podría tratarse de un cáncer en estadio inicial.
«Una operación suele suponer el estadio uno o el estadio dos», señala.
Una de las principales incógnitas es si la cirugía será suficiente.
Ráez explica que el tamaño del tumor será determinante. En determinados casos de tumores pequeños y localizados, la intervención puede bastar, mientras que otros requieren quimioterapia complementaria. La decisión definitiva dependerá también del análisis patológico y de otros factores clínicos.
El oncólogo ofrece una cifra especialmente alentadora: «El chance de cura de un cáncer al pulmón en estadio inicial es de 80 a 90%», aunque advierte de que existe riesgo de recaída.
Sobre la recuperación física, se muestra optimista: «Como él es un hombre sano, lo más probable es que va a estar bien» en pocas semanas.
En cualquier caso, el Pontífice deberá someterse a un seguimiento médico prolongado, con tomografías periódicas durante los próximos cinco años para vigilar una posible reaparición del cáncer.
Si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley.
Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje,
idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones
y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios.
Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza,
mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está de más,
porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos.
Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por él.
Salmo 1,1-2.3.4.6.
¡Feliz el que pone su confianza en el Señor!
¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!
El es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.
No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.
Evangelio según San Lucas 11,42-46.
«¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.
¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar el primer asiento en las sinagogas y ser saludados en las plazas!
¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven y sobre los cuales se camina sin saber!".
Un doctor de la Ley tomó entonces la palabra y dijo: «Maestro, cuando hablas así, nos insultas también a nosotros».
El le respondió: «¡Ay de ustedes también, porque imponen a los demás cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!»
Se encuentran formas de mal celo que toman la apariencia de buen celo. Por ejemplo, el celo de los fariseos, estrictos observantes de la ley exterior. Ese celo “amargo” (…) no tiene su fuente en el amor de Dios y del prójimo, sino en el orgullo. Los que son afectados de orgullo están llenos de una estima descomedida por su propia perfección. No poseen otro ideal que el propio y es despreciado todo lo que no se acuerda con él. Quieren que todo se pliegue a su forma de ver y hacer y por eso las disensiones. Ese celo finaliza en odio.
Miren con cuanta aspereza los fariseos, animados de ese mal celo, persiguen al Señor posándole preguntas insidiosas, tendiéndole trampas y poniéndole escollos. No buscan la verdad sino que quieren encontrar en falta a Cristo. Miren como lo apuran, lo provocan para que condene a la mujer adúltera: “Moisés nos ordena lapidar a esta mujer. ¿Qué dices tú, Maestro?” (Jn 8,5). Miren cómo le reprochan de realizar sanaciones el día del shabbat (Lc 6,7), cómo reprochan a los discípulos de estrujar las espigas el día de reposo (Mt 12,2), cómo se escandalizan cuando ven al divino Maestro comer con pecadores y publicanos (Mt 9,2). Son todas manifestaciones de ese “celo amargo” en que entra muy seguido la hipocresía.
(EDD)
Reflexión sobre las
Catacumbas
El papa San Calixto I (cuyo
pontificado comenzó en el año 218 y finalizó en el 222 d. C.) fue un
hombre cuya vida pone de manifiesto los asombrosos giros que Dios puede
dar a la vida. Nacido esclavo en Roma a finales del siglo II, en un
momento dado fue condenado a trabajos forzados en las minas de Cerdeña.
Sin embargo, logró liberarse de la esclavitud y descubrió una próspera
comunidad cristiana en la que se involucró profundamente. Fue ordenado
diácono por el papa Zefirino. En el año 218 fue elegido obispo de Roma.
De estar encadenado en las minas, fue elevado a pastorear el rebaño de
Cristo… un recordatorio de que el Señor suele llamar a aquellos a quienes
el mundo pasa por alto para que hagan cosas asombrosas.
Como papa, Calisto se hizo
famoso por hacer hincapié en la misericordia de Dios. Permitió a los
pecadores que habían cometido faltas y pecados muy graves, incluso hasta
el punto de apostatar (para los primeros cristianos, apostatar
significaba renunciar públicamente a su fe en Cristo —por ejemplo,
rindiendo culto al emperador romano o a los dioses romanos)—, se
reconciliaran con la Iglesia, una postura que suscitó controversia en
aquella época, pero que revelaba la esencia misma del Evangelio. Creía
que la Iglesia no era un club de santos, sino una comunidad de pecadores
que intentaban mejorar su conducta. Así, también comenzó a admitir en la
Iglesia a conversos procedentes de sectas o cismas que se habían
distanciado de los cristianos. Solo el perdón podía acogerlos de nuevo en
la Iglesia. Luchó con éxito contra los herejes y estableció la práctica
de la absolución de todos los pecados, incluidos el adulterio y el
asesinato. Es, por tanto, una figura clave en el establecimiento del
sacramento de la confesión. Durante una oleada de persecuciones en el año
222, fue detenido y martirizado, arrojado a un pozo.
Sus nombres resuenan
probablemente más en las Catacumbas de San Calisto, a lo largo de la Vía
Apia de Roma. Estas catacumbas se cuentan entre los más importantes
lugares de enterramiento de los primeros cristianos. Se remontan a
mediados del siglo II y se convirtieron en el cementerio oficial de la
Iglesia de Roma. Cuando Calisto era diácono del Papa Cefirino, fue
encargado de este vasto complejo subterráneo, que podía albergar decenas
de miles de tumbas. Debido a su gestión y, más tarde, a su papel como Papa,
las catacumbas tomaron su nombre. Se convirtieron en el lugar de
enterramiento de muchos de los primeros papas. De hecho, allí se
encuentra la famosa "Cripta de los Papas", donde fueron
enterrados nueve papas y varios mártires. Aunque las catacumbas son
anteriores a Calisto, su relación con ellas fue tan estrecha que siguen
ligadas a su nombre.
"La Cripta de los
Papas", ilustrada aquí, suele llamarse el "pequeño
Vaticano" del subsuelo. Sirvió de cámara funeraria oficial para
nueve papas del siglo III (los papas Ponciano (230-235), Antero
(235-236), Fabián (236-250), Lucio I (253-254), Esteban I (254-257),
Sixto II(257-258), Dionisio (259-268), Félix I (269-274) y Eutiquio
(275-283) y varios mártires durante los tiempos de persecución.
Inscripciones sencillas, talladas en griego, señalan todavía los lugares
de descanso de estos primeros sucesores de Pedro. Aunque las tumbas están
ahora vacías, el espacio sigue siendo profundamente conmovedor cuando uno
lo visita. Durante mis cuatro años de estudios en Roma, iba allí con
bastante frecuencia, pues era un lugar sobrecogedor. La Cripta de los
Papas es un recordatorio de que la Iglesia no se construyó sobre el poder
mundano, sino sobre el testimonio silencioso de hombres que dieron su
vida para pastorear el rebaño de Cristo, incluso hasta la muerte. De pie
en esa cámara oscura y estrecha, uno percibe tanto la fragilidad de
aquellos primeros siglos como la fe inquebrantable de los primeros
cristianos que llevaron a la Iglesia a través de su historia primitiva.
El Papa Calisto I no fue
enterrado en la Cripta de los Papas de las Catacumbas de San Calisto,
aunque el complejo lleva su nombre. Según la tradición, tras su martirio
en 222 (fue arrojado a un pozo durante una revuelta local en Trastevere),
Calisto fue enterrado en el cementerio de Calepodio, en la Vía Aurelia.
by Padre Patrick van der Vorst
Oración
“Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el
sufrimiento, perseveren en la oración.”
— Romanos 12:12 (NVI)
Padre celestial, cuando los tiempos son difíciles, a veces
siento deseos de rendirme ante tanta oscuridad. Ayúdame a recordar que mi
esperanza está en ti y que puedo confiar plenamente en que tú me sostendrás.
Dame la capacidad de ser paciente en medio de las dificultades, tal como tu
Hijo nos enseñó con su ejemplo. Oro todo esto en el nombre de Jesús,
amén.
Cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la absolución
en el sacramento de la confesión, todos los santos y ángeles del cielo se
regocijan
Acudir a la confesión puede ser una experiencia solitaria,
ya que solo nos involucra a nosotros mismos y a un sacerdote. Esto no es algo
malo, pues nos proporciona la seguridad que necesitamos para confesar nuestros
pecados en privado. Luego, ¿qué tienen que ver los santos y los ángeles en este
acto?
Sin embargo, puede que no siempre nos demos cuenta de la
extraordinaria realidad espiritual que se nos oculta a la vista.
La hueste celestial de ángeles y santos nos observa mientras
nos acercamos al confesionario y nos sentamos o nos arrodillamos ante el
sacerdote.
Desean con todas sus fuerzas que nos reconciliemos con Dios
y con la Iglesia, y rezan para que tengamos el valor de confesar nuestros
pecados.
El propio Jesús se lo señaló a sus apóstoles, tal y como
recoge el Evangelio de Lucas (15, 7).
"Os digo que habrá más alegría en el cielo por un solo
pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan
arrepentirse".
San Francisco de Sales ofrece una reflexión similar en su "Introducción a la vida devota".
Espera con atención y abre los oídos de tu corazón, para que
puedas escuchar en espíritu la absolución que el Señor de tu alma, sentado en
el trono de su misericordia, pronunciará en el cielo ante los santos y los
ángeles cuando su sacerdote te absuelva aquí abajo en su nombre.
Ten por seguro que toda esa compañía de bienaventurados se
regocija con tu alegría y entona un canto de alegría inefable, abrazándote y
aceptándote como purificado y santificado.
Una hermosa realidad
Esta es una realidad espiritual importante que debemos
recordar cada vez que nos confesamos.
A veces podemos sentirnos reacios a confesar nuestros
pecados, ya que nos sentimos solos y sin amor, o quizá sintamos vergüenza por
ellos.
Sin embargo, no estamos solos: todos los santos y los
ángeles nos animan, deseando poder acogernos algún día en sus brazos amorosos,
en el abrazo eterno del Cielo.
La próxima vez que vayas a confesarte, intenta visualizar la
alegría que sienten los santos y los ángeles después de que el sacerdote
pronuncie las palabras de la absolución.
Saborea esa alegría y deja que penetre en tu corazón, para
que puedas renovarte y fortalecerte para vivir una vida virtuosa.
Un converso publica«Dime por qué: Conversaciones sencillas sobre la fe católica», donde aborda de la Sábana Santa al aborto, y reconoce que al empezar su propio camino no sabía responder a casi ninguna.
El libro de Carlos García Tejedor «Dime por qué» está pensado especialmente para catequistas y formadores, aunque es accesible para todos los públicos.
Hay una escena que casi todo católico ha vivido alguna vez: estás en una comida, alguien suelta una objeción sobre la Iglesia, tú sabes lo que crees pero no sabes explicar por qué, y te quedas callado. Después, ya en casa, te acuerdas de la respuesta que tenías que haber dado. Carlos García Tejedor, converso y autor de «Dime por qué: Conversaciones sencillas sobre la fe católica», ha convertido esa frustración en un libro.
La obra reúne 35 preguntas que suelen incomodar a creyentes y no creyentes, desde el aborto, la eutanasia o la sexualidad hasta la riqueza de la Iglesia, sus escándalos o la Sábana Santa, a la que dedica un capítulo propio. Cada una arranca con una situación cotidiana, de las que se reconocen a la primera, y se responde con la enseñanza, la tradición y el magisterio.
Carlos no se presenta como un maestro, sino como un intermediario: asegura que cuando empezó su proceso de conversión no habría sabido contestar bien casi ninguna de las 35. El libro, que ya ha puesto a prueba con alumnos de bachillerato, tiene su origen también en Faith Talks, el podcast que presenta junto a su esposa, Cris, y don Fernando López-Rivera.
En esta entrevista habla de apologética sin ganas de ganar batallas, del miedo al «qué dirán» y de por qué la fe no depende de que la Síndone sea auténtica.
¿De dónde salieron estas 35 preguntas? ¿Las recopilaste de conversaciones reales o partiste de una lista «clásica» de objeciones a la fe?
No partí de una lista clásica ni planifiqué las preguntas de manera estratégica. En un proceso de conversión las dudas van apareciendo de forma bastante desordenada y espontánea.
Algunas nacen de conversaciones reales en las que me he visto involucrado; otras, de cuestiones que aparecen en los medios o en las redes y para las que muchas veces nos faltan argumentos. Al final quedaron 35 porque había que dar forma al libro, pero hay cientos de preguntas más que nos hacemos creyentes y no creyentes.
Cuando escribiste el libro, ¿en qué público estabas pensando? ¿A dónde te gustaría llegar con él?
Al principio pensé mucho en cómo era yo hace unos años: qué pensaba, qué información recibía y qué respuestas encontraba cuando preguntaba. Muchas veces los católicos sabemos en qué creemos, pero no sabemos explicar por qué.
A mí me ha pasado quedarme sin respuesta en una conversación y sentir después que había desaprovechado una oportunidad de despertar el interés de alguien.
También he oído a católicos decir, con muy buena intención, que la Iglesia debería «actualizarse» ante una enseñanza que no comprenden. Creo que antes de decir eso merece la pena conocer sus razones. Me gustaría que el libro ayudara a los creyentes a profundizar en su fe y a cualquier persona interesada a comprender mejor lo que enseña la Iglesia.
¿Has probado ya el libro en catequesis, grupos de confirmación o formación de agentes pastorales? ¿Cómo ha reaccionado la gente?
La experiencia que tengo hasta ahora es con alumnos de bachillerato, y está funcionando bien. Es una edad en la que surgen muchas preguntas y en la que están recibiendo continuamente información y mensajes que pueden resultar contradictorios.
Cada capítulo comienza con una situación reconocible, y eso les ayuda a verse reflejados: descubren que otros también se han encontrado en una conversación en la que se les pide justificar lo que creen.
Carlos con su mujer y sus dos hijos.
Hay asuntos, como el aborto, la eutanasia, la reproducción asistida o la sexualidad, de los que a muchos jóvenes les cuesta hablar por miedo al rechazo. Además, a veces han escuchado muchos más argumentos contrarios a la postura de la Iglesia que explicaciones de sus fundamentos. Por eso creo que necesitan un espacio para preguntar y formarse. Muchos adultos, entre los que me incluyo, hemos tenido que construir esa base bastante más tarde.
¿Qué diferencia hay entre «responder bien» y «convencer»? ¿Dónde pones el límite de la apologética?
Yo no pretendo dar lecciones ni presentar mi libro como una exposición oficial de la doctrina católica. He recogido preguntas y vivencias de conversaciones en el trabajo, con amigos o en familia, y he intentado explicar de forma sencilla las respuestas que encuentro en la enseñanza, la tradición y el magisterio de la Iglesia. Me veo más como un intermediario que como alguien que tenga respuestas propias para todo.
Para mí, responder bien exige escuchar, formarse y hablar con humildad y respeto. Convencer a otra persona ya no está en nuestras manos: quizá una conversación solo despierte una pregunta que la lleve a seguir buscando. Sí creo que los católicos debemos conocer mejor nuestra fe para poder dar razón de ella cuando surgen estos debates.
En su día me impresionó mucho aquella advertencia del Apocalipsis sobre la tibieza. La recuerdo como una llamada personal a tomarme en serio lo que creo, nunca como una excusa para imponerlo a nadie.
De los 35 temas, ¿cuál te parece más difícil de explicar a adolescentes: identidad de género, orientación sexual o mujer sacerdote?
Me cuesta elegir uno, porque depende mucho de la historia y las vivencias de cada persona. Cuando empecé a estudiar con más profundidad lo que enseña la Iglesia, encontré argumentos que yo mismo desconocía y eso me dio tranquilidad.
Pero conocerlos no significa que dejen de surgir dudas, sobre todo cuando recibimos mensajes distintos en las redes, en los medios o en nuestro entorno.
Por el contexto actual, probablemente sea más delicado hablar con jóvenes de sexualidad, orientación sexual, aborto, eutanasia o reproducción asistida. Hay que saber explicar la enseñanza de la Iglesia y, al mismo tiempo, escuchar con mucho cuidado a la persona que pregunta.
Otros temas, como la riqueza de la Iglesia, sus escándalos o algunas cuestiones históricas, aparecen continuamente en las conversaciones. Al investigarlos también me sorprendió descubrir cuánto desconocía yo mismo.
¿Había preguntas que tú mismo no sabías responder con seguridad antes de escribir el libro?
Completamente. En algunos casos sabía cuál era la respuesta de la Iglesia, pero no sabía justificarla; en otros, me ponía nervioso al tener que explicarla.
Cuando eres el único que defiende una postura en un grupo de amigos, lo que dices puede convertirse para ellos en una referencia. Si dudas mucho o utilizas un argumento equivocado, puedes reforzar sin querer una idea que intentabas aclarar.
Tampoco creo que haya que vivir esas conversaciones como una batalla que siempre debamos ganar. A veces basta con responder con serenidad y dejar una semilla que dé fruto más adelante. Si pienso en cómo era al comienzo de mi proceso de conversión, diría que entonces no sabía responder bien a casi ninguna de estas 35 preguntas.
Le dedicas un capítulo entero a la Síndone. ¿Por qué merece un tratamiento aparte del resto de reliquias?
La Sábana Santa me fascina. He escuchado muchísimas veces al doctor Jorge Manuel Rodríguez Almenar, presidente del Centro Español de Sindonología, y cada vez que me acerco a este tema descubro algún detalle nuevo. Me impresiona la cantidad de información que ofrece esa imagen y cómo nos lleva a recorrer los relatos de la Pasión de Jesucristo.
San Juan Pablo II dijo que es «un espejo del Evangelio», y esa expresión recoge muy bien lo que siento al contemplarla. Además, es una pieza que ha suscitado un interés científico e histórico extraordinario y que sigue planteando preguntas.
Nuestra fe no depende de demostrar que sea auténtica, pero creo que tiene una capacidad especial para interpelar tanto a creyentes como a no creyentes.
El libro está editado por Cuadranta y ya se puede comprar online y en librerías.
¿Cómo resumirías en dos frases por qué la datación de 1988 no sería concluyente, sin que suene a excusa?
Soy un aficionado a este tema, así que para los detalles científicos prefiero remitir a especialistas como el doctor Rodríguez Almenar; lo primero que invitaría a hacer es entender cómo funciona la datación por carbono 14 y preguntarnos si la muestra tomada representa bien todo el lienzo o si pudo verse afectada por contaminación.
Y, aun aceptando la fecha medieval que dio aquella prueba, entre 1260 y 1390, seguiría pareciéndome necesario investigar cómo se formó la imagen que vemos en la tela: la datación y el origen de esa imagen son dos preguntas distintas.
¿A quién te gustaría que llegara el libro además de a formadores: padres, catequistas, sacerdotes jóvenes?
Me gustaría que llegara a padres, catequistas y profesores, pero también a colegios que quizá han perdido entusiasmo o sienten miedo al «qué dirán» cuando toca hablar de fe con alumnos y familias.
Y me haría especial ilusión que lo leyera alguien no creyente y descubriera que detrás de estas enseñanzas hay razones que merece la pena conocer, aunque después no esté de acuerdo.
Yo no he inventado esas respuestas. He intentado ordenarlas, darles un contexto cotidiano y explicarlas de forma que resulten más accesibles. Por eso imagino el libro también como algo que puedes tener a mano: aparece una duda o una conversación difícil, abres el capítulo correspondiente y encuentras un punto de partida para seguir profundizando.
Si pudieras añadir hoy un capítulo 36, ¿qué pregunta incluirías?
Me gustaría que esa pregunta me la propusieran los lectores. El padre Loring abordó una cantidad enorme de cuestiones sobre la fe, y estoy seguro de que no faltarían candidatas.
Se me ocurren temas sobre la Virgen María, el Espíritu Santo, la misa o la vida después de la muerte, pero me interesa que haya variedad y que los capítulos no queden encerrados en una sola temática.
Esa forma de pasar de una pregunta a otra viene también de Faith Talks, el podcast que hacemos mi esposa, Cris, don Fernando López-Rivera y yo. Don Fernando ofrece respuestas breves a preguntas de fe que van surgiendo por actualidad, por una conversación o, a veces, por providencia.
No seguimos un orden rígido: tratamos de responder a la pregunta que alguien se está haciendo en ese momento. Con el libro he querido hacer algo parecido.
En una de las universidades más exigentes del mundo, la fe no llega a pesar del pensamiento, sino de su mano. Dos filósofos conversos y una capellanía en plena forma lo demuestran.
La capellanía de esta universidad, conocida por ser un referente liberal y progresista, ya atiende a más de 1.200 alumnos, y en la vigilia pascual de 2025 se bautizaron 17.
La Universidad de Princeton, una de las más selectivas del mundo y de ambiente mayoritariamente secular y progresista, vive un repunte católico que ya no pasa desapercibido. Su capellanía, el Aquinas Institute, da hogar espiritual a más de 1.200 estudiantes de grado y posgrado, y los católicos son el grupo religioso más numeroso del campus. En la Vigilia Pascual de 2025 recibieron los sacramentos de iniciación 17 alumnos.
Este 2026, además, dos doctorandos en Filosofía han abrazado la fe. Uno es Joe Schmid, que durante años dirigió un popular canal agnóstico en YouTube. El otro es Noah McKay, de tradición protestante. The Pillar acaba de dedicar un reportaje a esta vida católica que florece en la Ivy League.
Una capilla llena a la hora de comer
Las señales están a la vista. Cada mediodía, entre semana, un grupo de jóvenes asiste a Misa en la capilla universitaria mientras sus compañeros están en clase o comiendo. El capellán, el padre Zachary Swantek, admite que vivir la fe en un campus mayoritariamente secular es un desafío, pero asegura que nunca se ha sentido "más necesario como sacerdote".
El reportaje de The Pillar dibuja una pastoral con un cimiento muy concreto: formación intelectual seria, una vida espiritual católica sin complejos y liturgias muy cuidadas. Allí es normal encontrar, después de Misa o de la adoración, a estudiantes enfrascados en preguntas teológicas de fondo.
Ni siquiera la catequesis rebaja el listón: el responsable de preparar a los adultos que quieren entrar en la Iglesia es doctor en Filosofía por Princeton. Quien llega con preguntas de seminario recibe respuestas de seminario.
Y llegan desde lejos. Logan, uno de los alumnos que entraron en la Iglesia en la Vigilia de 2025, venía del mundo de los "nones", los que no se identifican con ninguna religión. "Siento que hay un resurgir del catolicismo", afirma. "Viene una nueva ola".
Princeton no está sola. Otras capellanías universitarias de Estados Unidos baten récords: el pasado curso, la de Arizona State recibió a 52 estudiantes en un solo semestre, y la de la Universidad de Nebraska-Lincoln celebró 72 conversiones en la Vigilia Pascual.
El agnóstico que cambió de bando
Si esta tendencia necesitaba un rostro, Joe Schmid se lo ha puesto. Doctorando en cuarto año, con artículos en revistas como The Journal of Philosophy, Noûs o Mind, abrió en 2020 su canal Majesty of Reason.
Criticar los argumentos a favor de la existencia de Dios era uno de sus temas estrella. El 21 de agosto sorprendió a sus 55.000 suscriptores: "Gran noticia. Dios existe. Cristo es el Señor, y fundó la Iglesia católica".
Había crecido en una familia católica, pero se hizo ateo en el instituto y después agnóstico, empujado por el problema del sufrimiento animal a lo largo de la evolución. Su vuelta fue un proceso arduo de una década, alimentado por los argumentos de contingencia de filósofos como Joshua Rasmussen y Alexander Pruss.
Le remató lo que él llama "milagros vindicatorios", prodigios que confirman doctrinas propiamente católicas, como los carismas del Padre Pío, las curaciones de Lourdes, Fátima o los milagros eucarísticos.
Aun así, insiste en que la conversión "no fue obra mía", sino un don de la gracia. El apologista Trent Horn, que tantas veces discutió con él, lo resumió con una sonrisa: "uno de mis críticos más inteligentes" ahora es católico.
El protestante al que le cuadraron las cuentas
Noah McKay llegó por otra puerta. "Nunca fui ateo, y no creo haber sido nunca agnóstico", cuenta a EWTN News. Lo suyo eran grietas más que derrumbes. Le pesaban el problema del mal, el silencio de Dios y sus dudas sobre la fiabilidad de la Biblia.
Su razonamiento tiene algo de contable meticuloso. Ya creía en milagros cristianos, y comprobó que las pruebas de los milagros específicamente católicos eran igual de sólidas o más. Por pura coherencia, o los aceptaba todos o los rechazaba todos.
"Y las pruebas eran demasiado fuertes para que rechazarlos fuera razonable", explica. El paso causó "angustia" en su entorno protestante, pero él lo tiene claro: quien ya acepta que el cristianismo es verdadero encontrará "irresistible" la inferencia hacia el catolicismo.
Su receta para los que dudan no viene de ningún manual de lógica. "¡Rezad!", pide, y recomienda el rosario, que tanto le ayudó.
Las universidades se fundaron para buscar la verdad, y en Princeton, aunque sea despacio, ha vuelto a ocurrir que alguien la encuentra.
McKay cerró su entrevista con una promesa: "Voy a pedirle a Dios que se dé a conocer a todos los que lean este artículo".