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viernes, 24 de julio de 2026

«Como catequista, quiero dar a los niños lo que descubrí en Alpha»

Alpha es un curso que ayuda a conocer la fe o crecer en ella, pero para esta catequista ha significado algo más: salir de la tristeza, querer compartir ese amor.

Una catequista reza con niños pequeños; foto de archivo, contextual.

Una catequista reza con niños pequeños; foto de archivo, contextual.


    Alpha es un método de evangelización cada vez más extendido en España y todo el mundo hispano. Consiste en 10 charlas semanales sobre temas básicos de la fe, que se comentan en grupos pequeños dejando hablar a todos, en un entorno agradable, incluso con comida (o merienda o cena), imitando una estructura de "anfitriones que invitan a cenar".  Funciona bien cuando la parroquia son esos anfitriones, poniendo su acogida y rostros amables (y comida).

    Permite a los asistentes formular preguntas que quizá guardaban en su corazón, o suscitar otras que nunca se habían planteado. La fe aparece en Alpha como algo razonable, hermoso y accesible. Incluso los que acuden a Alpha siendo ya creyentes sienten que su fe se hace más rica, profunda y generosa.

    Es el caso de Paqui, una catequista de niños de Granada, de 38 años, que ha difundido su testimonio en las redes de Alpha. El curso no sólo le sacó de una tristeza profunda, sino que le ha llenado de ganas de compartir la fe, también con los niños de catequesis.

    Alpha, fuente de esperanza

    "Cuando pienso en mi vida antes de Alpha y en mi vida después de Alpha, siento que existe un verdadero antes y después. Llegó en un momento en el que atravesaba una profunda tristeza. Durante mucho tiempo viví sumergida en una depresión que me hacía difícil encontrar ilusión en las cosas cotidianas, disfrutar de los pequeños momentos o sentir esperanza de verdad. Había días en los que todo parecía demasiado pesado y en los que me sentía perdida, sin rumbo y sin fuerzas. Alpha apareció casi sin buscarlo", explica la catequista andaluza .

    "Al principio fue simplemente un espacio agradable, un momento para mí. Un lugar donde desconectar de las preocupaciones, compartir con otras personas y dedicarme un tiempo que tanto necesitaba. Lo veía como una actividad más, algo enriquecedor y diferente. Sin embargo, poco a poco fui descubriendo que era mucho más que eso", explica.

    "Con cada encuentro, con cada conversación y con cada testimonio, comenzó a despertar en mí algo que llevaba mucho tiempo necesitando: una verdadera sed de Dios", comprende ahora. 

    Empecé a comprender que detrás de mis miedos, mis dudas y mis heridas había una necesidad profunda de sentirme amada, escuchada y acompañada. Y fue precisamente ahí donde encontré a Dios actuando en mi vida", añade.

    Dios sostiene en momentos duros

    "Alpha no eliminó de golpe todas mis dificultades, pero sí me ayudó a mirar mi realidad desde otra perspectiva. Me enseñó que no estaba sola, que incluso en los momentos más oscuros había una mano sosteniéndome. También fue una confirmación de mi fe. Aunque siempre me he considerado creyente, hubo etapas en las que las dudas aparecían y me hacían tambalear. Hoy puedo decir que mi fe es más firme porque está basada en una experiencia personal de encuentro con Dios", detalla Paqui. "Ahora me siento acompañada, protegida y sostenida por Él de una manera que antes no había experimentado".

    Compartir la fe viva en catequesis

    "Una parte muy importante de mi vida es mi servicio como catequista de niños que se preparan para recibir su Primera Comunión. Después de vivir Alpha, sentí una necesidad muy grande de transmitir a esos niños todo lo que estaba descubriendo. No solo quería enseñarles contenidos o prepararles para un sacramento; quería ayudarles a descubrir que Dios está vivo, que los ama profundamente y que desea caminar a su lado cada día", explica la catequista, matizando.

    "Siempre les digo que la fe es un regalo inmenso y una fuerza poderosa. Les explico que creer no significa que no habrá dificultades, sino que nunca tendrán que enfrentarlas solos. Que Dios permanece a nuestro lado en cada alegría y también en cada tristeza. Que cuando lleguen esos días grises que todos tenemos, podrán apoyarse en Él y encontrar consuelo, esperanza y fortaleza para seguir adelante. Eso es, precisamente, lo que me llevo de Alpha".

    "Me llevo la certeza del amor inmenso de Dios, el descubrimiento del amor incondicional de Jesús hacia cada uno de nosotros y la presencia del Espíritu Santo, que sana, transforma y renueva el corazón. Me llevo la experiencia de haber sido acogida cuando más lo necesitaba y la convicción de que Dios sigue obrando en nuestra vida cada día, incluso cuando no somos capaces de verlo".

    Necesidad de compartir el amor vivido

    "Sobre todo, me llevo el deseo de compartir con los demás todo lo recibido. Porque cuando uno experimenta el amor de Dios de una forma tan real, nace de manera natural la necesidad de transmitirlo, de servir, de acompañar y de ayudar a otros a descubrir que nunca están solos", afirma.

    "Para mí, Alpha no ha sido simplemente un curso o una experiencia más. Ha sido un regalo, un camino de encuentro y una oportunidad para volver a descubrir la alegría, la esperanza y la presencia de Dios en mi vida. Y por eso siempre estaré profundamente agradecida". Añade su agradecimiento a los amigos y evangelizadores que la invitaron y al sacerdote que apoyó los cursos.

    ReL

    Vea también    Los Catecismos de la Iglesia católica





    Evangelio del día Viernes 16a. Semana T O


     

    Libro de Jeremías 3,14-17.

    ¡Vuelvan, hijos apóstatas -oráculo del Señor- porque yo soy el dueño de ustedes! Yo los tomaré, a uno de una ciudad y a dos de una familia, y los conduciré a Sión.
    Después les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia.
    Y cuando ustedes se hayan multiplicado y fructificado en el país, en aquellos días -oráculo del Señor- ya no se hablará más del Arca de la Alianza del Señor, ni se pensará más en ella; no se la recordará, ni se la echará de menos, ni se la volverá a fabricar.
    En aquel tiempo, se llamará a Jerusalén "Trono del Señor"; todas las naciones se reunirán en ella, y ya no seguirán más los impulsos de su corazón obstinado y perverso.


    Libro de Jeremías 31,10.11-12ab.13.

    ¡El Señor nos cuidará como un pastor!

    ¡Escuchen, naciones, la palabra del Señor,
    anúncienla en las costas más lejanas!
    Digan: «El que dispersó a Israel lo reunirá,
    y lo cuidará como un pastor a su rebaño.»

    Porque el Señor ha rescatado a Jacob,
    lo redimió de una mano más fuerte que él.
    Llegarán gritando de alegría a la altura de Sión,
    afluirán hacia los bienes del Señor.

    Entonces la joven danzará alegremente,
    los jóvenes y los viejos se regocijarán;
    yo cambiaré su duelo en alegría,
    los alegraré y los consolaré de su aflicción.


    Evangelio según San Mateo 13,18-23.

    Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
    Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
    El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,
    pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
    El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
    Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".


    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.


    Bulle

    San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
    presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
    Homilía sobre Lázaro, 2

    «¡El que tenga oídos, que oiga!»

    Un sembrador se fue a echar la semilla y una parte cayó al borde del camino, pero vinieron las aves y se la comieron, otra parte cayó en tierra buena. Tres partes se perdieron, una sola fructificó. Pero el sembrador no cesó de cultivar el campo. Le basta que una parte se conserve para no dejar su trabajo. En este momento es imposible que el grano que yo echo en  medio de un auditorio tan numeroso deje de germinar. Si no todos escuchan, una tercera parte sí que escucha. Si no es una tercera parte será una décima. Si incluso no llega a una décima parte, si hay uno sólo que escucha en esta asamblea numerosa, no dejaré de hablar.
    No es pequeña cosa la salvación de una sola oveja. El Buen Pastor dejó las noventa y nueve para correr tras la oveja descarriada. (Lc 15,4) No podría despreciar a ninguna. Incluso si no hubiera más que uno que escucha, siempre sería un ser humano, un ser tan querido por Dios. Aunque fuera un esclavo, no lo despreciaría, porque busco el valor personal y no la condición social, busco al hombre. Aunque no hubiera más que uno, siempre sería el hombre, aquel por quien fueron creados el sol, el aire, los manantiales y el mar, enviados los profetas, dada la Ley. Por el ser humano, el Hijo único de Dios se hizo hombre. Mi Señor se inmoló, su sangre ha sido derramada por el hombre y yo ¿sería capaz de menospreciar a quien fuera?...
    No, no dejaré de sembrar la palabra aunque nadie escuchara. Soy médico, ofrezco mis remedios. Tengo que enseñar, tengo que instruir porque está escrito: «Te he constituido centinela de Israel.» (Ez 3,17) 
    (EDD)

    Reflexión sobre el cuadro

    La parábola del sembrador es una de las más conocidas de los Evangelios. Lo que hace esta historia es ofrecernos una imagen muy sincera de los factores que pueden impedir que la palabra de Dios eche raíces y dé fruto en nuestras vidas. El primer obstáculo es la falta de comprensión. No es necesario que todos nos convirtamos en eruditos ni que realicemos cursos interminables, pero sí necesitamos tener una idea viva de quién es Jesús para que su palabra nos llegue profundamente. Debemos esforzarnos por aprender y estudiar los fundamentos de nuestra fe.

    El segundo obstáculo es la superficialidad. A veces, escuchamos la palabra, pero no dejamos que penetre lo suficientemente profundo en el suelo de nuestro corazón. Puede que la admiremos, incluso que la acojamos con agrado, pero si no la meditamos y dejamos que eche raíces, puede abandonarse fácilmente cuando la fe empieza a suponernos un sacrificio.

    El tercer obstáculo se describe como las preocupaciones de este mundo y la tentación de las riquezas. Ambas suelen ir de la mano: la ansiedad por el éxito, la seguridad, el estatus y las posesiones puede ir ahogando poco a poco la voz de Dios. Si nuestros corazones se llenan demasiado de preocupaciones mundanas, la palabra del Señor puede verse sofocada antes de dar fruto. Este Evangelio nos recuerda que la escucha fructífera no se produce de forma automática. Requiere atención, esfuerzo, paciencia, oración y lucha.

    De Abel Grimmer La parábola del sembrador atrae nuestra mirada hacia el amplio paisaje flamenco, lleno de vida con sus campos, senderos sinuosos, pueblos e innumerables figuritas inmersas en los ritmos cotidianos de la vida diaria. Sin embargo, vemos a Cristo de pie en una colina, contemplándolo todo junto a sus discípulos. A lo lejos, el sembrador camina por los campos, esparciendo la semilla con un generoso movimiento del brazo. Grimmer sitúa magistralmente la parábola en el contexto de la vida cotidiana, permitiendo que las palabras de Jesús alcancen su plenitud visual de una manera muy tangible.

    Al igual que muchos pintores flamencos de principios del siglo XVII, Grimmer se deleitaba en llenar sus cuadros de detalles minuciosos que recompensan una observación atenta. Cada árbol, cada sendero, cada casita y cada campo cultivado han sido representados con mucho cariño, recordándonos que Dios nos habla no solo a través de momentos extraordinarios, sino también a través de las rutinas cotidianas de la vida diaria. Podemos imaginar la semilla cayendo en el camino, entre las rocas, entre las espinas y, finalmente, sobre la tierra fértil. La pregunta que el artista nos deja silenciosamente no es: '¿Qué tipo de semilla siembra Dios?', sino más bien: '¿Qué tipo de tierra soy yo?'.'

    by Padre Patrick van der Vorst

    Oración

    Oración para antes de leer o escuchar la Palabra
    • "Señor Jesús, abre mis ojos y mis oídos a tu voz."
    • "Prepara mi corazón para que sea como una tierra buena."
    • "Quita de mí la duda, el ruido y el cansancio."
    • "Manda tu Espíritu Santo para entender tus enseñanzas con sencillez y verdad."
    • "Que tu Palabra no se quede solo en mis labios, sino que se haga vida y obra en mis días."
    • "Amén." [1, 2]

    jueves, 23 de julio de 2026

    Misionera novata en Perú: «Ir a la cárcel me parecía la pera, superchungo»


       Ana Zornoza es una joven madrileña de la Asociación Misionera Jatari que cuenta su experiencia misionera a OMP.

      A los 18 años, en una charla cristiana, sintió una llamada que resonó como una idea obsesiva: "Tú has de ser misionera". Animada por una amiga, en 2019 llegó a la selva central de Perú, a través del sacerdote JM Calderón, de OMP. Allí las atendió un misionero de Burgos, el padre Alfonso, que lleva 40 años en el lugar.

      "Estás en un contexto de mucha oración y una rutina de oración muy ordenada y quieras que no, eso te ordena el corazón muchísimo", señala. En las comidas con otros misioneros se hablan temas en profundidad.

      "Te vas dando cuenta de que tu vida no es tan bonita y de que tal vez deberías cambiar cosas. Mi reconversión comenzó en Perú", considera.

      "Ir a la cárcel me parecía la pera, en plan, qué divertido, como la experiencia de un sitio super chungo", recuerda. Pero fue allí donde entendió que Dios había llegado antes que ella. [14 min 9 seg]3

      ReL

      Vea también   Laicos Misioneros del Sagrado Corazón






      Este milagroso sacerdote atrajo a millones de personas

      KSIĄDZ DONIZETTI TAVARES DA LIMA

      El beato Donizetti Tavares de Lima, milagroso sacerdote brasileño, atraía a millones de personas, pero su corazón estaba con los pobres y los desfavorecidos

      La historia de la Iglesia en todo el mundo está llena de ejemplos notables de hombres y mujeres santos que tuvieron un enorme impacto, tanto durante sus vidas como tras su muerte. Sin embargo, a pesar de su fama a nivel local o nacional, no siempre se oye hablar de ellos en otros países. Un ejemplo del que quizá no hayas oído hablar es el del beato Donizetti Tavares de Lima, que fue un milagroso sacerdote brasileño (3 de enero de 1882 – 16 de junio de 1961).

      Trabajó incansablemente para ayudar a los pobres y a los trabajadores cuyos derechos no se respetaban. Sin embargo, también era conocido por sus curaciones milagrosas y su capacidad de levitar, entre otros dones sobrenaturales. Su reputación atrajo a millones de peregrinos a su localidad, en el sur de Brasil, en la década de 1950.

      No obstante, cuando la afluencia de visitantes se volvió demasiado molesta, atendió a la petición de su obispo de dejar de recibir a las multitudes. Pasó sus últimos años como un sencillo párroco.

      Esta es su historia, llena de detalles sorprendentes.

      Un camino sinuoso hacia el sacerdocio

      Donizetti Tavares de Lima nació el 3 de enero de 1882, hijo de Tristão Tavares de Lima (abogado) y Francisca Cândida Tavares de Lima (profesora). Era uno de los 16 hermanos. Por aquel entonces, vivían en Cássia, Minas Gerais (un estado del sureste de Brasil). 

      Cuando tenía 4 años, la familia se trasladó a la ciudad de Franca, en el estado vecino de São Paulo. Ingresó en el seminario con tan solo 12 años. A pesar de su corta edad, ya poseía unos conocimientos y un talento musical prodigiosos, y se convirtió en organista y profesor de música de sus compañeros.

      Sin embargo, en 1900 decidió seguir los pasos de su padre y estudiar Derecho en una universidad de la ciudad de Sorocaba. Al mismo tiempo, siguió impartiendo clases de música en el seminario para ayudar a financiar sus estudios.

      Tres años más tarde, decidió volver al seminario y estudió filosofía y teología en la diócesis de São Paulo. En 1905, se trasladó a la diócesis de Pouso Alegre (de nuevo en Minas Gerais). Recibió la ordenación sacerdotal el 12 de julio de 1908, y el obispo le asignó el cargo en la parroquia de São Caetano.

      Poco después, el obispo que lo había ordenado, João Batista Corrêa Nery, fue elegido por el Papa para dirigir la recién creada diócesis de Campinas, en São Paulo. El joven padre Donizetti pidió seguirlo, y el obispo accedió. Allí ejerció como vicario parroquial en la parroquia de la Santa Madre de Dios, en Jaguariúna. 

      Sin embargo, esto le alejaba de su familia. Al sentir su ausencia, en 1909 volvió a cambiar de diócesis para estar más cerca de ellos. Así, se convirtió en párroco de la parroquia de Santa Ana en Vargem Grande do Sul, en la diócesis de Ribeirão Preto.

      Acusado de ser comunista

      El padre Donizetti se hizo famoso por su intensa labor pastoral, en la que prestaba especial atención a los pobres y desfavorecidos, ayudándoles tanto en el plano espiritual como en el material. Su interés por los derechos de los trabajadores y por la justicia social le valió acusaciones de comunismo. Sin embargo, su compromiso con los necesitados no se basaba en una ideología política, sino en el Evangelio.

      También se dedicó con fervor a la catequesis de sus feligreses. A menudo, estos habían caído en prácticas sincréticas que combinaban supersticiones y prácticas espirituales no católicas con la fe. Les enseñó el catolicismo ortodoxo y fomentó la devoción a María.

      Durante su estancia en esta parroquia, construyó una nueva iglesia parroquial y dos capillas: una dedicada a Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, y la otra a San Benito.

      Su incansable defensa de los pobres y de los trabajadores, a quienes sus patronos explotaban, le valió la persecución política y social por parte de las élites políticas y económicas. En 1926, su obispo lo trasladó a la parroquia de San Antonio, en Tambaú.

      Padre Donizetti

      Milagros y fama

      En su nuevo destino, no se desanimó. Continuó su labor con los pobres y sus esfuerzos por fomentar la justicia social, inseparables de su ministerio de evangelización. Entre otras iniciativas, fundó la Residencia San Vicente de Paúl para personas mayores que no tenían familia que cuidara de ellas. También fundó una Asociación para la Protección de Madres e Hijos.

      Como era un administrador experto, pudo además adquirir terrenos y viviendas para personas en situación de extrema pobreza. Al mismo tiempo, decidió llevar una vida de pobreza personal desde el momento de su ordenación. Solía decir que sus únicas posesiones eran los libros. Dormía en un colchón en el suelo y solo tenía un par de mudas de ropa.

      Fue en Tambaú donde se hizo famoso por sus milagros. Los fieles difundían relatos de cómo Dios sanaba a los enfermos con la bendición del sacerdote, se bilocaba, poseía un conocimiento inexplicable sobre el pasado y el presente de la vida de las personas e incluso levitaba mientras impartía la bendición.

      Esto le valió una fama cada vez mayor, lo que hizo que la gente acudiera en peregrinación desde las zonas circundantes e incluso desde más lejos para recibir su bendición. Siempre recordaba a los fieles que Dios era el responsable de cualquier milagro, no él; además, insistía en que las gracias especiales se obtenían por intercesión de Nuestra Señora de Aparecida.

      Obediencia a su obispo

      A principios de la década de 1950, el número de peregrinos aumentó considerablemente. Se construyó un escenario frente a la rectoría desde donde podía predicar y bendecir a las multitudes. Esto se prolongó hasta 1955, cuando impartió su última bendición pública a los peregrinos. La afluencia incontrolable de devotos estaba colapsando las infraestructuras de la localidad; en los seis meses previos a mayo de 1955, la iglesia registró tres millones de visitantes. A veces llegaban a acudir hasta 200 000 personas a verlo en un solo día.

      Dado que esta situación era insostenible, el gobierno estatal presionó al obispo para que pusiera fin a las peregrinaciones. El obispo, a su vez, habló con el padre Donizetti, quien accedió a dejar de recibir multitudes y de realizar milagros. Sin embargo, continuó con sus actividades parroquiales, que no contribuían a la saturación de visitantes.

      El 30 de mayo de 1955 impartió su última bendición pública a la multitud desde el escenario. «Todo mi amor ha sido siempre para la religión católica, buscando vivir en obediencia a mis superiores jerárquicos», afirmó. «Es lo que siempre pretendo hacer, hasta exhalar mi último aliento […] cerrando los ojos, en paz, para volver a abrirlos por toda la eternidad en la contemplación de la presencia de Dios Nuestro Señor, a quien he servido, sirvo y serviré, viéndolo en la persona de cada uno de mis superiores jerárquicos, desde los que están aquí hasta los de Roma».

      El padre Donizetti falleció seis años más tarde, a la edad de 79 años, por causas naturales. Su fama de santidad no hizo más que crecer, y su causa de beatificación se abrió en 1992. Fue beatificado el 23 de noviembre de 2019.

      Matthew Green, Aleteia

      Vea también    Sacerdotes, formadores de santos para el nuevo milenio