PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este quinto domingo de Cuaresma, en la liturgia se
proclama el Evangelio de la Resurrección de Lázaro (cf. Jn 11,1-45).
En el itinerario cuaresmal, este es un signo que habla de la
victoria de Cristo sobre la muerte y del don de la vida eterna que recibimos en
el Bautismo (cf. Catecismo
de la Iglesia Católica,1265). Hoy, Jesús nos dice también a nosotros,
al igual que a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no
morirá jamás» (Jn 11,25-26).
La liturgia nos invita así a revivir, a la luz de la
inminente celebración de la Semana
Santa, los acontecimientos de la Pasión del Señor —la entrada en Jerusalén,
la última cena, el juicio, la crucifixión, el entierro— para percibir su
sentido más auténtico y abrirnos al don de la gracia que contienen.
De hecho, es en Cristo Resucitado, que vence a la muerte y
que vive en nosotros por la gracia del Bautismo, en quien estos acontecimientos
encuentran su culmen, para nuestra salvación y plenitud de vida.
Su gracia ilumina este mundo, que parece estar en una
búsqueda constante de novedades y cambios, incluso a expensas de sacrificar
cosas importantes —tiempo, energías, valores, afectos— como si la fama, los
bienes materiales, el entretenimiento o las relaciones pasajeras pudieran
satisfacer nuestro corazón o hacernos inmortales. Es el síntoma de una
necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva dentro, pero cuya
respuesta no puede depositarse en lo efímero. Nada de lo creado puede saciar
nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz
hasta que descansamos en Él (cf. Las Confesiones, I,1.1).
El relato de la resurrección de Lázaro nos invita, entonces,
a ponernos a la escucha de esa profunda necesidad y, con la fuerza del Espíritu
Santo, liberar nuestros corazones de hábitos, condicionamientos y formas de
pensar que, como grandes piedras, nos encierran en el sepulcro del egoísmo, el
materialismo, la violencia y de la superficialidad. En estos lugares no hay
vida, sino sólo desorientación, insatisfacción y soledad.
Jesús también a nosotros nos grita: «¡Ven afuera!» (Jn 11,43),
animándonos a salir, renovados por su gracia, de esos espacios angostos, para
caminar en la luz del amor, como mujeres y hombres nuevos, capaces de esperar y
amar según el modelo de su caridad infinita, sin cálculos y sin límites.
Que la Virgen María nos ayude a vivir así estos días santos:
con su fe, con su confianza, con su fidelidad, para que también en nosotros se
renueve cada día la experiencia luminosa del encuentro con su Hijo resucitado.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Sigo con tristeza la situación en Oriente Medio, así como en
otras regiones del mundo devastadas por la guerra y la violencia. No podemos
permanecer en silencio ante el sufrimiento de tantas personas indefensas,
víctimas de estos conflictos. Lo que las hiere a ellas, lacera a toda la
humanidad. La muerte y el dolor provocados por estas guerras ¡son un escándalo
para toda la familia humana y un grito ante Dios! Renuevo mi vehemente
llamamiento a perseverar en la oración, para que cesen las hostilidades y se abran
finalmente caminos de paz basados en el diálogo sincero y en el respeto a la
dignidad de cada persona humana.
Hoy se celebra en Roma el gran maratón, con innumerables
atletas procedentes de todo el mundo. ¡Esto es un signo de esperanza! Que el
deporte trace caminos de paz, inclusión social y de espiritualidad.
Saludo cordialmente a todos ustedes, romanos y peregrinos de
diversos países, en particular a los que han venido de la Diócesis de Córdoba,
en España.
Recibo con alegría a los fieles de Belluno y Pordenone,
de Crotone y de la parroquia de Santa Maria delle
Grazie, en Roma. Saludo a los jóvenes de Nave, de la Diócesis
de Brescia, al grupo de confirmandos de la Diócesis de Florencia y
a los representantes de la Asociación de Directores de Hotel.
¡Les deseo a todos un feliz domingo!
(vatican.va)





