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martes, 2 de junio de 2026

Ante la Virgen de Lourdes el Papa reza el Rosario y pide al mundo buscar la paz con corazón sincero

 

El Papa León XIV ante la Virgen de Lourdes en los Jardines Vaticanos este sábado 30 de mayo 

Desde la Gruta de la Virgen de Lourdes que está asentada en los Jardines Vaticanos, el Papa León XIV rezó el rosario por la paz este sábado, asegurando que para alcanzarla debemos asumir un compromiso cotidiano en nuestra vida.

A esta iniciativa del Santo Padre se unieron 19 de los más importantes santuarios marianos en el mundo entero —incluyendo los de Fátima, Lourdes y Guadalupe— para pedir a la Santísima Virgen el don de la paz en el mundo entero.

En su intervención, el Papa precisó que la paz “no es una teoría que se verifique en un laboratorio” sino que es “un compromiso cotidiano de nuestra vida” cuando se le busca “con corazón sincero”. La paz, añadió, “brota de la justicia y del amor” como una armonía que une a las personas, a las familias y a los pueblos.

“También en este tiempo de tensiones y conflictos, la paz se hace posible cuando se quiere escuchar el grito de quienes se ven privados de ella: niños inocentes, madres y padres angustiados, prisioneros maltratados, refugiados, personas que sufren, de todas las edades. Todos ellos tienen en los labios una sola palabra: ¡paz!”, agregó.

En medio de la oración, el Papa puso de manifiesto “la esperanza de la que sentimos necesidad” en medio de las dificultades. Además, pidió preparar el corazón para poder “comprender el sentido de lo que ocurre en la historia, reconociendo la providencia de Dios que siempre la guía y nos socorre”.

El Santo Padre pronunciando un discurso. 

La Virgen María, continuó, inclina el oído del corazón para escuchar “lo que dice Dios”. El Papa León dijo que “Ella nos sirve de ejemplo con su obediencia, que acoge la encarnación del Hijo de Dios en su seno”.

Así, el Rosario nos permite reconocer al Señor Jesús como la Palabra de Dios, una Palabra de Paz “para todos aquellos que vuelven a Él con un corazón arrepentido”.

“El Señor nunca nos abandona, ni siquiera cuando nos olvidamos de Él, ni siquiera cuando perdemos el camino; Él viene a buscarnos y se nos acerca con el amor de siempre”, aseguró.

La paz es siempre posible

El Santo Padre explicó que la paz “es siempre posible porque es un don de Dios”. La paz “tiene el rostro de Jesucristo” porque Él es quien “derriba los muros de la enemistad, que vence la arrogancia con la humildad y redime del pecado a toda la creación”.

“Cuando el Señor Jesús está con nosotros y nos comportamos como verdaderos discípulos de su amor, entonces el Espíritu Santo puede realizar lo que humanamente parece imposible. Cuando, en cambio, nos alejamos de Dios, nos alejamos también del hombre, de nuestro prójimo, permaneciendo indiferentes a su dolor”, señaló.

León XIV explicó que cada vez que volvemos al Señor, “su paz se convierte en nuestro compromiso, según las tareas y responsabilidades de cada uno”, convirtiéndose así nuestra oración “en misión y profecía”.

“Ya no habrá llanto de inocentes en nuestras ciudades; nadie tendrá que huir de su hogar por la amenaza de las bombas; la sed de poder y la violencia de las palabras darán paso a la sed de justicia y de verdad”, dijo.

“Pero cada uno puede y debe aportar su granito de arena, empezando por cosas pequeñas pero importantes, absteniéndose de toda violencia verbal o física, en la vida cotidiana y también en las redes sociales”, agregó el Papa León.

Finalmente, el Santo Padre remarcó que la paz “comienza en un corazón que ama” y se manifiesta “en los labios que pronuncian palabras de reconciliación” y en la mirada que observa al mundo “con mansedumbre y sabiduría”.

“Esta es la verdadera fuerza, la fuerza de la verdad y del amor. ¡Dios busca constructores de paz! Que nuestra Santísima Madre nos ayude a responderle cada día con nuestro ‘heme aquí’, no con palabras, sino con hechos”, concluyó.

Andrés Henríquez, ACI



Los límites a los hijos: la manera correcta de hacerlo

familia

¿Cómo educar y formar hijos estableciendo límites sanos y con cariño que sirvan para que puedan ser autodisciplinados a medida que crecen? Aquí te decimos…

La escena es sencilla. Un adolescente está sentado en el sofá, con el teléfono en la mano, los audífonos puestos y la mirada perdida en esa pequeña ventana luminosa donde cabe todo el mundo. La madre lo llama a cenar. Él responde "ahorita", pero ese "ahorita" se estira como una liga invisible. Es aquí cuando se necesita establecer límites sanos.

Pasan diez minutos, luego veinte. La comida se enfría. El padre se impacienta. Entonces aparece la tentación de levantar la voz, quitarle el aparato de golpe, amenazarlo con castigos, pronunciar esas frases que a veces salen más del cansancio que del amor. Sin embargo, justo ahí, en ese instante doméstico, se juega una parte delicada de la educación.

La importancia de establecer límites a los hijos

límites - hijos

Los hijos necesitan límites. Eso no está en duda. La vida misma está hecha de límites: el cuerpo necesita dormir, la mente necesita descansar, la palabra necesita medida, la libertad necesita dirección. 

Un río sin cauce se desborda; una emoción sin guía se convierte en tormenta; un deseo sin freno puede acabar gobernando la casa interior de una persona. Educar también es ayudar a descubrir esos cauces.

Pero poner límites no significa levantar murallas de miedo. No significa humillar, gritar, castigar con dureza o convertir cada desacuerdo en una batalla campal. Hay padres que confunden firmeza con rudeza, autoridad con amenaza, corrección con dominio. 

Y cuando el límite llega envuelto en agresividad, el hijo quizá obedezca por un momento, pero no necesariamente aprende. Se somete, se defiende o se esconde. La conducta se corrige por fuera, pero por dentro puede quedar resentimiento, confusión o  silenciosa rebeldía.

Entendiendo los límites

El verdadero límite educativo no solo se busca detener una conducta; sino en realidad se busca despertar una mayor  conciencia. Por eso conviene enseñar poco a poco. No se trata únicamente de decir "hasta aquí"!, sino de ayudar al hijo a comprender por qué existe ese "hasta aquí". 

En el caso de las redes sociales, las series interminables o los chats nocturnos, la pregunta no es solo cuánto tiempo se permite, sino qué tipo de persona se está formando mientras mira, responde, desliza la pantalla y pierde horas en un entretenimiento vacío.

Un adolescente necesita aprender que su atención es un tesoro. Que su tiempo no es basura disponible para cualquier algoritmo. Que su mente merece espacios de silencio, lectura, convivencia, sueño, estudio, deporte, oración o simple contemplación. No porque la tecnología sea mala en sí misma, sino porque todo lo que no se gobierna puede terminar gobernándonos.

Formar en la autodisciplina

autodisciplina - niña

La meta más noble no es que nuestros hijos obedezcan siempre bajo vigilancia, sino que vayan aprendiendo a gobernarse cuando nadie los está mirando. Eso se llama autodisciplina. Y la autodisciplina es una forma hermosa de libertad: no hacer todo lo que se me antoja, sino elegir lo que me hace bien, aunque cueste aceptarlo.

Para lograrlo, los padres necesitamos paciencia pedagógica. Conversar antes de explotar. Explicar antes de imponer. Acordar horarios razonables. Revisar juntos los hábitos. Preguntarles cómo se sienten cuando duermen poco, cuando posponen tareas, cuando dejan de convivir por estar conectados. Hacerlos partícipes de sus propias decisiones. No tratarlos como enemigos a controlar, sino como personas en formación para acompañarlos.

Orientar a los hijos en el camino

Claro que habrá momentos de firmeza. El amor también sabe cerrar una puerta, apagar una pantalla, decir "no". Pero ese "no" puede pronunciarse sin veneno. Puede ser claro, sereno, consistente. Un límite dicho con amor no aplasta: sostiene. No encarcela: orienta. No apaga la mente: le enseña a encender su propia lámpara.

Educar es eso: acompañar a nuestros hijos hasta que un día ya no necesiten que les pongamos todos los límites desde afuera, porque habrán aprendido a llevar dentro la propia brújula que se les indique.  

Guillermo Dellamary,  Aleteia 

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