LEÓN XIV
AUDIENCIA GENERAL
Catequesis - Los Documentos
del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum
Concilium 8. Las motivaciones de la reforma litúrgica
Queridos hermanos y hermanas:
En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum
Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las razones por las cuales los
Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es
iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el Concilio que
el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28
de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La liturgia —escribía—
«es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es
vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio con Dios. Está
claro que ella no puede renunciar a su función didáctica, y no puede no ofrecer
a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea
inteligibilidad». [1] Motivado por estas convicciones, el
futuro papa san
Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden ni deben permanecer mudos
y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia
espiritual». [2]
Es evidente la consonancia de estas declaraciones con
aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia,
con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de
fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través
de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la
acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la
mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos
al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino
juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión
con Dios y entre sí». Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del
valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras
se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de
vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento
salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son
decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no
puede ser pasiva.
La reforma conciliar, al poner en el centro lo que
constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la
liturgia como «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica» [3]. De tal convicción nació la exigencia de
hacer más accesible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de
las oraciones, y de hacer más lineal el ordenamiento celebrativo respecto al
previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes.
La liturgia, en efecto, al ser una realidad viva, siempre ha
estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios. El magisterio
ha adaptado sus formas a las exigencias de las diversas épocas. No sorprende
entonces que también el Concilio
Vaticano II, con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición, y
precisamente con el fin de hacerlo más accesible, haya considerado necesaria
una revisión de los libros litúrgicos.
El objetivo que los padres tenían en el corazón se explicita
en el n.21 de la Constitución Sacrosanctum
Concilium: «Para que en la sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga
con mayor seguridad gracias abundantes, la santa madre Iglesia desea realizar
una esmerada reforma general de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de
una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes
sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar,
si en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza
íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados. En esta
reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con
mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo
cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una
celebración plena, activa y comunitaria». Se remonta a la Encíclica Mediator
Dei del papa Pío XII la
distinción, en la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos
humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la
sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las
necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae
Sedis 39, 1947, 541-542).
Por lo demás, el deseo de una “reforma general” no nacía de
improviso, sino que se había manifestado en la acción de los papas que se
sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las demandas del
Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no
asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había
sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus de
papa Pío XI.
Además, se pueden recordar las intervenciones de Pío XII sobre el ordenamiento
de los ritos de la Semana Santa, los cuales reubicó en las horas
correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos
se hubieran anticipado a las horas de la mañana. Tampoco se debe olvidar
que san Juan
XXIII consideró necesaria una simplificación de las rúbricas del
Breviario y del Misal, aprobándola con el Motu
proprio Rubricarum instructum, del 25 julio de 1960, en el cual
remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios
fundamentales para una reforma de la liturgia.
La reforma litúrgica promovida por el Concilio
Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva
de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos che
se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar,
y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o
comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma
reforma.
A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución
conciliar afirma que «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino
celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es decir,
pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos.
Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo
manifiestan» (Sacrosanctum
Concilium n. 26).
Es, por lo tanto, responsabilidad primordial de los
pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual,
custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas,
resplandezca por su noble sencillez (cfr. n. 34) y manifieste así a
la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia de este tipo será
también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a
través del cual, como enseña el Concilio,
podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo,
seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cfr. n.
48).
_________________
[1] G. B. Montini, «Terza lettera dal
Concilio», Rivista Diocesana Milanese 51 (1962) 921-923: 922.
[2] Ibid.
[3] Solemne
Clausura de la II Sesión del Concilio, Alocución del Santo Padre Pablo
VI (4 de diciembre de 1963).
__________________
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy
celebramos la memoria de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa
española, patrona de la ancianidad. Por su intercesión, pidamos al Señor que
bendiga a todos los ancianos, así como a las personas que los cuidan y
acompañan. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
___________________
Resumen leído en español por el Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum
Concilium, reflexionamos acerca de las razones que motivaron a los
Padres conciliares para promover una reforma litúrgica. En primer lugar, ellos
constataron la necesidad de una participación más consciente y activa de los
fieles en la liturgia. Por eso, un ejemplo concreto fue proponer la revisión de
los libros litúrgicos entonces vigentes, para adaptarlos mejor al presente,
teniendo en cuenta con el máximo respeto las tradiciones del pasado.
Este deseo de una reforma general no surgió de manera
repentina en el Concilio
Vaticano II, sino que ya venía manifestándose en la acción de los Papas de
inicios del siglo XX, en sintonía con el Movimiento litúrgico. De dicha reforma
se derivaron condiciones favorables para una mejor comprensión de la acción
litúrgica y para una celebración más fructuosa de la Eucaristía y de los otros
sacramentos.











