LEÓN XIV
AUDIENCIA GENERAL
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Catequesis - Los Documentos del Concilio
Vaticano II - II. Constitución
dogmática Lumen gentium. 4. La Iglesia, pueblo sacerdotal y
profético
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy quisiera detenerme de nuevo en el segundo capítulo de la
Constitución conciliar Lumen
gentium (LG),
dedicado a la Iglesia como pueblo de Dios.
El pueblo mesiánico (LG,
9) recibe de Cristo la participación a la obra sacerdotal, profética y real en
la que se lleva a cabo su misión salvífica. Los Padres conciliares enseñan que
el Señor Jesús ha instituido mediante la nueva y eterna Alianza un reino de
sacerdotes, constituyendo a sus discípulos en un «sacerdocio real» (1Pt 2,9;
cfr 1Pt 2,5; Ap 1,6). Este sacerdocio común
de los fieles es donado con el Bautismo, que nos habilita para rendir culto a
Dios en espíritu y en verdad y a «confesar delante de los hombres la fe que
recibieron de Dios mediante la Iglesia» (LG,
11). Además, a través del sacramento de la Confirmación, todos los bautizados
«se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza
especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a
difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra
juntamente con las obras» (ibid.).
Esta consagración está en la raíz de la misión común que une a los ministros
ordenados y a los fieles laicos.
A propósito, el Papa Francisco observaba
así: «Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia
como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad
y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y
con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) “quedan
consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10),
entonces todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios» (Carta
al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, 19 de
marzo 2016).
El ejercicio del sacerdocio real tiene lugar de muchas
maneras, todas ellas encaminadas a nuestra santificación, sobre todo
participando en la ofrenda de la Eucaristía. Mediante la oración, el ascetismo
y la caridad activa dan testimonio de una vida renovada por la gracia de Dios
(cfr LG,
10). Como sintetiza el Concilio, «el carácter sagrado y orgánicamente
estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por
las virtudes» (LG,
11).
Los padres conciliares enseñan además que el pueblo santo de
Dios participa también en la misión profética de Cristo (cfr LG,
12). En este contexto introduce el tema importante del sentido de la fe y del
consenso de los fieles. La Comisión Doctrinal del Concilio precisaba que
este sensus fidei «es como una facultad de toda la Iglesia,
gracias a la cual en su fe reconoce la revelación transmitida, distinguiendo
entre lo verdadero y lo falso en las cuestiones de fe, y al mismo tiempo
penetra más profundamente en ella y la aplica más plenamente en la vida»
(cfr Acta Synodalia, III/1, 199). El sentido de la fe pertenece por
tanto a cada fiel no a título individual, sino como miembros del pueblo de Dios
en su conjunto.
Lumen
gentium concentra la atención sobre este último aspecto y lo
relaciona con la infalibilidad de la Iglesia, a la cual pertenece la
infalibilidad del Romano Pontífice, al servirla. «La totalidad de los fieles,
que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede
equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta
mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los
Obispos hasta los últimos fieles laicos presta su consentimiento universal en
las cosas de fe y costumbres» (LG,
12). La Iglesia, por tanto, como comunión de los fieles que incluye obviamente
a los pastores, no puede errar en la fe: el órgano de esta propiedad suya,
fundado en la unción del Espíritu Santo, es el sobrenatural sentido de la fe de
todo el pueblo de Dios, que se manifiesta en el consenso de los fieles. De esta
unidad, que el Magisterio eclesial custodia, se deduce que cada persona
bautizada es un sujeto activo de evangelización, llamado a dar un testimonio
coherente de Cristo según el don profético que el Señor infunde en toda su
Iglesia.
El Espíritu Santo, que nos viene de Jesús Resucitado,
dispensa de hecho «entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a
cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace
aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para
la renovación y la mayor edificación de la Iglesia» (LG,
12). Una demostración peculiar de tal vitalidad carismática es ofrecida por la
vida consagrada, que continuamente brota y florece por obra de la gracia.
También las formas asociativas eclesiales son ejemplo luminoso de la variedad y
de la fecundidad de los frutos espirituales para la edificación del Pueblo de
Dios.
Queridos, despertemos en nosotros la conciencia y la
gratitud de haber recibido el don de formar parte del pueblo de Dios; y también
la responsabilidad que esto conlleva.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española.
Demos gracias a Dios por los dones y carismas con los que enriquece, edifica y
embellece a su Pueblo, y pidámosle que no cese de acompañarlo y guiarlo por
sendas de paz. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído por el Santo Padre en español
Queridos hermanos y hermanas:
Continuamos profundizando en el segundo capítulo de la
Constitución dogmática Lumen
gentium, dedicado a la Iglesia como el Pueblo santo de Dios. Por el
Bautismo, todos los fieles reciben un sacerdocio común, que se enriquece y
fortalece de modo especial con el sacramento de la Confirmación. Esta
consagración está en la base de la misión común que une a los ministros
ordenados y a los fieles laicos.
El ejercicio del sacerdocio común de los bautizados se
realiza de muchas maneras: participando de los sacramentos y también ofreciendo
la propia vida al servicio de Dios y de los demás.
El Concilio enseña asimismo que por la unción del Espíritu
Santo, la totalidad del Pueblo de Dios, pastores y fieles, posee un sentido
sobrenatural de la fe por la que reconoce la verdad revelada y adhiere a ella
sin error, en materia de fe y costumbres. De esta unidad de la fe surge la
unidad en la misión de la Iglesia, en la que cada bautizado da testimonio de
Cristo, según los carismas y la vocación que haya recibido.
(vatican.va)



