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sábado, 19 de septiembre de 2026

La semilla no fracasa: pide un corazón que persevere

San Jenaro, obispo y mártir, muestra la tierra buena de la parábola: quien guarda la Palabra con nobleza, resiste la prueba y da fruto sin negociar con el miedo.

«Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra, la guardan y dan fruto con perseverancia». (Lucas 8, 15)

«Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra, la guardan y dan fruto con perseverancia». (Lucas 8, 15)


    Jesús se sienta ante una multitud y cuenta una historia que todos entienden: un sembrador sale a sembrar. No selecciona una tierra perfecta ni reserva la semilla para un campo seguro. La arroja con generosidad. Una parte cae al borde del camino, otra sobre roca, otra entre espinos y otra en tierra buena.

    La parábola parece hablar de agricultura, pero termina interrogando el corazón. Porque la semilla, explica Jesús, es la Palabra de Dios. El problema no está en su pobreza ni en su falta de fuerza. Está en el terreno que encuentra.

    Es una afirmación decisiva para tiempos de desánimo apostólico. No es la Palabra la que ha perdido vigor; no es Cristo quien se ha vuelto irrelevante; no es el Evangelio el que se ha quedado sin respuesta ante la soledad, la injusticia, la muerte o la necesidad humana de esperanza. Lo que cambia es la disposición con que se recibe.

    El borde del camino: cuando nada logra entrar

    «Los de junto al camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven».

    El camino endurecido no ha dejado de ser tierra, pero ha quedado tan pisado que la semilla ya no puede penetrar. También el corazón puede endurecerse así: por la prisa, por la ironía que se burla de todo, por la saturación de estímulos, por la costumbre de escuchar sin atender, por un sufrimiento que ha dejado de confiar.

    Vivimos en un mundo que recibe miles de palabras cada día y, sin embargo, escucha cada vez menos. Hay notificaciones, imágenes, consignas, polémicas y opiniones constantes; pero falta silencio para que una palabra pueda entrar, echar raíz y cuestionar la vida.

    No se puede amar una verdad que nunca se ha dejado reposar. No se puede seguir a Cristo desde una interioridad permanentemente dispersa. El primer combate espiritual de muchos cristianos quizá no sea hacer cosas extraordinarias, sino recuperar un espacio de silencio donde la Palabra pueda ser acogida sin ser inmediatamente desplazada por la siguiente urgencia.

    La roca: el entusiasmo que no soporta la prueba

    «Los de sobre la piedra son los que, al oír, reciben la palabra con alegría; pero estos no tienen raíz: creen por algún tiempo, y en el momento de la prueba fallan».

    Es una de las imágenes más dolorosas de la parábola. Hay una alegría inicial, una emoción sincera, una conversión que parece abrir un horizonte nuevo. Pero no hay raíz. Cuando llega la prueba —la incomprensión, el ridículo, la enfermedad, la tentación, la aparente esterilidad, una exigencia moral que cuesta asumir—, la fe se seca.

    No basta emocionarse con Cristo. Hay que dejar que Cristo hunda raíces.

    La vida espiritual no se sostiene únicamente con encuentros intensos, frases inspiradoras o momentos de especial fervor. Necesita oración fiel, sacramentos, lectura de la Escritura, formación, dirección espiritual cuando sea posible, comunidad cristiana y decisiones concretas que hagan de la fe una forma de vivir.

    El discípulo no es quien nunca atraviesa la prueba. Es quien, en la prueba, no se marcha.

    Los espinos: lo que ahoga sin hacer ruido

    «Lo que cayó entre espinos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan a medio camino y no llegan a dar fruto».

    Los espinos no niegan la semilla. La dejan crecer un poco. El problema es que acaban ocupándolo todo. Ésa es quizá la forma más frecuente de esterilidad espiritual: no un rechazo frontal de Cristo, sino una vida tan llena de preocupaciones, consumo, planes, miedos y necesidades de aprobación que ya no queda aire para Dios.

    Los espinos modernos pueden tener muchas formas: la obsesión por producir, la comparación constante, la dependencia del móvil, la búsqueda de una comodidad que nunca basta, el miedo a perder estatus, la sexualidad convertida en consumo, la incapacidad de descansar y de agradecer.

    Nada de esto suele aparecer como una negación explícita de la fe. Por eso es tan peligroso. El cristiano puede seguir conservando gestos religiosos y, sin embargo, vivir interiormente ahogado por aquello que le promete felicidad sin pedirle conversión.

    Jesús no demoniza el trabajo, los bienes o el descanso. Denuncia su absolutización. Cuando los afanes, las riquezas y los placeres se convierten en el horizonte último, la semilla queda sin fruto.

    La tierra buena no es la tierra fácil

    Finalmente, está la tierra buena: «Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».

    No dice que den fruto por entusiasmo, facilidad o éxito inmediato. Lo dan con perseverancia.

    Ésta es la palabra decisiva del Evangelio de hoy. La perseverancia no es una obstinación fría ni la simple resistencia de quien no sabe cambiar. Es fidelidad a una Palabra recibida, incluso cuando ya no se experimenta el consuelo de los primeros días. Es seguir rezando cuando no se siente nada, seguir siendo honrado cuando cuesta, seguir perdonando cuando duele, seguir educando cuando no se ven resultados, seguir sirviendo cuando nadie agradece.

    La tierra buena no está libre de tormentas, piedras o espinos. Es tierra que ha sido trabajada. Ha dejado que Dios la remueva, la limpie, la riegue y la abra.

    San Jenaro: una fe que no negocia con el miedo

    La memoria de san Jenaro permite dar a esta parábola un rostro martirial. Jenaro, obispo de Benevento y mártir de comienzos del siglo IV, fue una de las víctimas de la persecución de Diocleciano. La tradición lo vincula a la región de Nápoles, donde su memoria ha permanecido especialmente viva durante siglos.

    Más allá de las tradiciones devocionales que rodean su figura, su martirio conserva una pregunta desnuda: ¿qué ocurre cuando la fe deja de ser un sentimiento aceptable y exige una decisión que puede costarlo todo?

    San Jenaro no fue tierra de camino, donde la amenaza arranca la Palabra antes de que arraigue. No fue tierra pedregosa, donde el fervor se seca al primer golpe. No dejó que los espinos de la seguridad, el prestigio o la supervivencia a cualquier precio asfixiaran lo que había recibido.

    Fue tierra buena porque perseveró.

    El martirio no se busca ni se idealiza. La Iglesia no celebra la violencia padecida por sus hijos, sino el amor a Cristo que el verdugo no pudo arrancarles. El mártir no ama el sufrimiento: ama a Jesús más que a la seguridad que el mundo puede ofrecerle.

    Por eso san Jenaro interpela también a quienes no afrontarán una persecución sangrienta. La fidelidad cotidiana tiene sus propios martirios incruentos: no participar en una mentira rentable, defender a quien es ridiculizado, vivir con limpieza de corazón, cuidar al enfermo cuando cansa, no renegar de la fe por miedo a perder aceptación, mantener una promesa cuando sería fácil deshacerla.

    La cosecha que no vemos

    Los discípulos podrían haber preguntado a Jesús por qué tanta semilla se pierde. La parábola no niega la pérdida. Hay corazones que se endurecen, entusiasmos que se apagan y vidas ahogadas por espinos. Pero el sembrador continúa sembrando y la tierra buena da fruto.

    La esperanza cristiana no depende de que todo resultado sea visible o inmediato. El maestro que repite una palabra de verdad, los padres que rezan por un hijo lejano, el sacerdote que celebra fielmente, la religiosa que persevera en la oración, el joven que elige la castidad, el trabajador que no acepta una corrupción: todos pueden sentirse como si estuvieran sembrando sin cosecha.

    Pero la Palabra de Dios no se pierde cuando encuentra un corazón noble y generoso. Puede permanecer oculta, silenciosa, aparentemente estéril. A su tiempo, da fruto.

    El Evangelio de hoy no pregunta si el mundo es una tierra difícil. Lo es. Pregunta qué clase de tierra queremos ser.

    San Jenaro responde con la sangre de su martirio y con la perseverancia de una fe que no negoció con el miedo. Cristo sigue sembrando. Y el fruto depende de que alguien guarde su Palabra cuando el camino se endurece, las pruebas llegan y los espinos prometen una seguridad más fácil.

     Luis Javier Moxó Soto, ReL

    Vea también  El Evangelio del día




    Evangelio del día sábado 24a semana del tiempo ordinario



    Santa Emilia María Guglielma de Rodat , Beata María de Jesús de la IglesiaMás...

    Carta I de San Pablo a los Corintios 15,35-37.42-49.

    Hermanos:
    Alguien preguntará: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo?
    Tu pregunta no tiene sentido. Lo que siembras no llega a tener vida, si antes no muere.
    Y lo que siembras, no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta.
    Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles;
    se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza;
    se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales. Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual.
    Esto es lo que dice la Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida.
    Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después.
    El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo.
    Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial.
    De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial.


    Salmo 56(55),10.11-12.13-14.

    Mis enemigos retrocederán cuando te invoque.
    Yo sé muy bien que Dios está de mi parte;

    confío en Dios y alabo su palabra;
    confío en él y ya no temo:
    ¿qué pueden hacerme los hombres?

    Debo cumplir, Dios mío, los votos que te hice:
    te ofreceré sacrificios de alabanza,
    porque tú libraste mi vida de la muerte
    y mis pies de la caída,
    para que camine delante de Dios
    en la luz de la vida.


    Evangelio según San Lucas 8,4-15.

    Como se reunía una gran multitud y acudía a Jesús gente de todas las ciudades, él les dijo, valiéndose de una parábola:
    "El sembrador salió a sembrar su semilla. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino, donde fue pisoteada y se la comieron los pájaros del cielo.
    Otra parte cayó sobre las piedras y, al brotar, se secó por falta de humedad.
    Otra cayó entre las espinas, y estas, brotando al mismo tiempo, la ahogaron.
    Otra parte cayó en tierra fértil, brotó y produjo fruto al ciento por uno". Y una vez que dijo esto, exclamó: "¡El que tenga oídos para oír, que oiga!".
    Sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola,
    y Jesús les dijo: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás, en cambio, se les habla en parábolas, para que miren sin ver y oigan sin comprender.
    La parábola quiere decir esto: La semilla es la Palabra de Dios.
    Los que están al borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el demonio y arrebata la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
    Los que están sobre las piedras son los que reciben la Palabra con alegría, apenas la oyen; pero no tienen raíces: creen por un tiempo, y en el momento de la tentación se vuelven atrás.
    Lo que cayó entre espinas son los que escuchan, pero con las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, se van dejando ahogar poco a poco, y no llegan a madurar.
    Lo que cayó en tierra fértil son los que escuchan la Palabra con un corazón bien dispuesto, la retienen, y dan fruto gracias a su constancia.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Bulle

    San Juan María Vianney (1786-1859)
    presbítero, párroco de Ars
    Sermón

    «El grano que cayó en tierra buena..., dio fruto al ciento por uno»

    Si me preguntáis qué es lo que quiere decir Jesucristo al hablar de ese sembrador que salió de madrugada a esparcir la semilla en su campo, hermanos, os digo que ese sembrador es el mismo buen Dios que comienza a trabajar para nuestra salvación desde el comienzo del mundo enviándonos profetas antes de la venida del Mesías para enseñarnos que debíamos ser salvados. No se contentó enviándonos a sus servidores, sino que vino él mismo y nos señaló el camino que debíamos tomar, y nos anunció la palabra santa.
    ¿Sabéis lo que es una persona que no se alimenta de esta palabra santa?... Se parece a un enfermo sin médico, a un viajero extraviado sin guía, a un pobre sin recursos. Es del todo imposible, hermanos, amar a Dios y contentarle sin alimentarse de esta palabra divina. ¿Qué es lo que puede llevar a ligarnos a él sino el conocerlo? ¿Y quién nos le hace conocer con todas sus perfecciones, sus bellezas y su amor por nosotros, si no es la Palabra de Dios que nos enseña todo lo que él ha hecho por nosotros y los bienes que nos prepara en la otra vida?
    (EDD)

    Reflexión sobre el cuadro

    En la parábola de hoy, Jesús habla del sembrador cuya semilla no siempre echa raíces. Gran parte de ella cae al borde del camino: arrebatada, pisoteada o ahogada. Algunas semillas caen en buena tierra y producen una cosecha. La imagen nos recuerda que la semilla es frágil, fácilmente amenazada por lo que la rodea. Lo mismo ocurre con nuestra fe. La semilla de la fe sembrada en nuestros corazones en el bautismo puede ser sacudida por las pruebas, ahogada por las preocupaciones o sofocada por el atractivo de la riqueza y el placer. El mundo que nos rodea no siempre facilita que la fe se fortalezca.

    Por eso debemos cuidar la tierra de nuestro corazón. La fe es un don de Dios, pero nosotros tenemos que contribuir a cultivarla. La oración es uno de los nutrientes más ricos para esta tierra: nuestra oración personal, pronunciada en la quietud del corazón, y la oración compartida de la comunidad de creyentes. En el Evangelio de hoy, la “tierra buena” se describe como aquellos que escuchan la Palabra con un corazón noble y generoso. La oración nos dispone a recibir la Palabra de esta manera, creando el entorno en el que la frágil semilla de la fe puede echar raíces, profundizarse y dar fruto en abundancia.

    Podemos considerar la fe como un jardín que se nos ha confiado. La semilla ya ha sido sembrada por Dios, pero es la oración la que la riega, la Escritura la que le da luz y el amor el que mantiene alejadas las malas hierbas. Si cuidamos fielmente este jardín, la semilla de la fe no sólo sobrevivirá, sino que florecerá, dando frutos más allá de nuestras expectativas.

    A la hora de pensar en cuadros que representan jardines, probablemente nuestra mente se dirija directamente a los impresionistas, Claude Monet en particular. Su cuadro El Jardín del artista en Giverny (1900) es una luminosa ventana al amado jardín que se convirtió en su santuario creativo en sus últimos años. Pintado cuando Monet tenía alrededor de 60 años y estaba en la cima de su fama, la obra capta su exploración de la luz y el color. Aquí Monet representa hileras diagonales de lirios púrpuras y rosas bajo la sombra de los árboles, con una visión de su casa en la distancia. Estos parterres formaban parte de lo que Monet llamaba el Clos Normand, un jardín formal que planificó meticulosamente desde 1883 para complementar su práctica pictórica: elegir meticulosamente las flores de colores y las épocas de floración no sólo por su belleza, sino también para que sirvieran a su pintura. Quería pintar en todas las épocas del año, por lo que algunas flores debían florecer en cada momento del año. Su propio jardín era como un lienzo vivo que alimentaba su creatividad.

    by Padre Patrick van der Vorst

    Oración 

    Amado Dios y Padre celestial,
    vengo ante Ti con el corazón abierto y sediento de tu presencia.
    Te doy gracias por el don sagrado de tu Palabra, que es lámpara para mis pies y luz en mi camino. [1]
    Señor, te pido que prepares la tierra de mi corazón.
    Quita las piedras del orgullo, espantas las dudas y arranca toda semilla de vanidad o distracciones del mundo.
    Haz que tu Palabra caiga en tierra fértil, para que no sea estéril ni se pierda. [1, 2]
    Riega mi vida con el agua viva de tu Espíritu Santo.
    Permite que tus enseñanzas echen raíces profundas en Cristo, para que mi fe no se tambalee ante las pruebas.
    Que los frutos de tu Espíritu —amor, gozo, paz, paciencia y bondad— se manifiesten en mis actos de cada día. [1, 2, 3]
    Que cada palabra tuya que escuche y lea transforme mi mente, hable a través de mis labios y se refleje en mi servicio al prójimo.
    Que mi vida glorifique tu nombre y sea fecunda según tu santo propósito. [1, 2]
    En el nombre de Jesús,
    Amén.

    viernes, 18 de septiembre de 2026

    «Red flags» en la dirección espiritual


    ¿Cómo distinguir un acompañamiento sano de un abuso de conciencia?

    Red flag, una bandera roja, señal de alarma

    Red flag, una bandera roja, señal de alarma


      Vamos a abrir un tema delicado hoy, y habrá que desarrollarlo y seguir profundizando en él más adelante. Quiero hablarte sobre algunas red flags que pueden aparecer en la dirección espiritual. Obras y palabras que nunca deberían darse en un acompañamiento, pero que a veces suceden y causan daño. 

      ¿Cómo distinguir un acompañamiento sano de un abuso de conciencia? 

      Lo primero de todo, el abuso de conciencia en la dirección espiritual ocurre cuando quien te acompaña usa su posición de autoridad para controlar tus decisiones, tu libertad o tu relación con Dios, en lugar de ayudarte a discernir por ti mismo lo que el Señor quiere de ti. 

      Cuando esto pasa, deja de ser dirección espiritual y se convierte en manipulación con lenguaje religioso. 

      La inmensa mayoría de curas te van a escuchar y ayudar muy bien. Pero si algo te encierra en vez de liberarte, no es de Dios. Te dejo unas claves para un buen discernimiento.

      1. Si te dice: “No hables esto con ningún otro sacerdote, solo conmigo”. RED FLAG. El aislamiento nunca es de Dios. Un buen director espiritual te abre a la Iglesia, no te encierra en él mismo.

      2. Si te dice: “Me tienes que contar esto sí o sí. RED FLAG. El buen director espiritual no hurga en las heridas, ni fuerza la libertad. Hacerlo es romper la conciencia de la persona, es una violación espiritual.

      3. Si te dice: “Deja de hablar con este sacerdote y empieza a hablar conmigo”. RED FLAG. Un buen director espiritual no te quita libertad para discernir. Nunca teme que hables con otros, al contrario, te anima a contrastar y a no escuchar una sola voz.

      4. Si te dice: Tienes que venir a verme cada semana, si no, te desestabilizas. RED FLAG. El objetivo de una buena dirección espiritual es que cada vez necesites ir menos, no más. Un buen dirección te lleva a Cristo, no a sí mismo para que dependas de él.

      5. Si te dice: “Eres mi hijo/a espiritual predilecto, no se lo digas a los demás”. RED FLAG. La dirección espiritual sana no crea vínculos de favoritismo ni de dependencia emocional, al contrario, sana las relaciones desordenadas que la persona pueda tener con otros.

      6. Si te dice: “No puedes hacer esto si no hablas primero conmigo". RED FLAG. Quien convierte su permiso en condición para vivir tu propia vida y tomar tus decisiones no te está ayudando con dirección espiritual, te está tutelando.

      7. Si te dice: “Si te pasa algo malo, es porque no me hiciste caso”. RED FLAG. Desconfía de quien utilice el dolor ajeno para reforzar su autoridad. un buen director espiritual te ayudará a levantarte si te encuentras caído, no te lo echará en cara.

      8. Si te dice: Tú lo que tienes que hacer es hacerte monja/cura”. RED FLAG. Un buen director espiritual sabe que tu fuero interno es sagrado, por eso lo respeta y no lo fuerza. Puedes tener vocación consagrada pero si te fuerzan en esto te rompen.

      9. Si te dice: “Si de verdad confiaras en Dios, confiarías en mí”. RED FLAG. Esto es un chantaje espiritual. Un buen director espiritual no fusiona su propia persona con la acción de Dios sino que señala a Dios, abre caminos, quita obstáculos…

      10. Si te dice: “Me has defraudado porque no has hecho lo que te he dicho”. RED FLAG. También chantaje espiritual y hace mucho daño. Un buen director espiritual no te trata diferente según lo que hagas. Dios no lo hace pero si se recibe así la persona piensa que Dios ya no le va a querer.

      La Iglesia y la buena dirección espiritual son un regalo inmenso: nos ayudan a no caminar solos. Pero precisamente porque es un don tan grande, merece cuidado. Los sacerdotes hemos de ser muy cuidadosos, el alma de las personas es tierra sagrada.

      Dios te bendiga hoy

      Francisco Javier Bronchalo, ReL

      Vea también   Confesarse directamente con Dios y no con un sacerdote




      El Padre Pío ponía un ejemplo sencillo para ayudarnos a superar los dolores más tristes de la vida

      Giovanni Gigliozzi, periodista muy devoto y afín a él, lo reflejó en un libro sobre las cosas que escuchó al santo capuchino.

      El Padre Pío levanta la mano para bendecir, en una fotografía que se le atribuye a Federico Abresch como tomada en 1947, el año en que sucedieron los hechos aquí referidos.

      El Padre Pío levanta la mano para bendecir, en una fotografía que se le atribuye a Federico Abresch como tomada en 1947, el año en que sucedieron los hechos aquí referidos.


        A última hora de la tarde del 16 de julio de 1947, una lancha motora partió de Albenga, localidad ribereña del Mar de Liguria, en dirección a la cercana y bella isla Gallinara, en el noroeste de Italia.

        El objetivo era enseñársela, como formación y diversión, a 84 niños, en su mayor parte huérfanos por la recién concluida Segunda Guerra Mundial.

        La tragedia

        Al poco de empezar la travesía, la nave chocó contra un poste de hierro y acabó hundiéndose. Hubo 48 víctimas mortales, 44 de ellas pequeños.

        La imagen de sus cuerpecitos alineados conmocionó a todo el país. Y aún hoy continúan siendo homenajeadas las víctimas con coronas de flores y discursos públicos institucionales.

        Las decenas de féretros de los niños, en un momento de su traslado para el funeral y entierro, en una foto recogida por Croce Bianca Albenga.

        Las decenas de féretros de los niños, en un momento de su traslado para el funeral y entierro, en una foto recogida por Croce Bianca Albenga.

        Uno de los periodistas que cubrió entonces aquella dura información fue Giovanni Gigliozzi (1919-2007). En aquel momento dirigía un programa radiofónico en la RAI

        Giovanni Gigliozzi, en ambos extremos de esta combinación de fotos, conversa en la de la izquierda con el actor Fiorenzo Fiorentini y en la de la derecha con el músico Dante Alderighi.

        Giovanni Gigliozzi, en ambos extremos de esta combinación de fotos, conversa en la de la izquierda con el actor Fiorenzo Fiorentini y en la de la derecha con el músico Dante Alderighi.Wikipedia

        Como es comprensible, lo que vivió de aquella desgracia le marcó profundamente. Gigliozzi era, eso sí, un hombre de activa fe y además hijo espiritual del Padre Pío

        ¿Qué piensa el santo?

        De hecho, pocos días después de esta tragedia acudió a visitar, como solía hacer, al ya célebre capuchino. Y atribulado como tantos por aquel hecho que había costado tantas vidas incipientes e inocentes, le preguntó cómo es que Dios había permitido algo así, tan horrible y sin explicación comprensible.

        Fue entonces cuando el Padre Pío formuló una de sus propuestas espirituales más conocidas. Y de las más valoradas, pues nos permite entender el sentido del mal que vivimos cada día en nuestra vida o que vemos en la vida ajena. 

        La explicación figura en el libro donde el propio Gigliozzi recogió numerosas experiencias que compartió con aquel santo. De ahí el título, …y el Padre Pío me dijo…, presentado como "vida y mensaje del religioso de Pietrelcina a través del impactante testimonio de uno de los hombres más cercanos a él".

        Una obra de dos volúmenes que publica testimonios directos sobre el Padre Pío por parte de un personaje del mundo de la información y gran seguidor suyo, Giovanni Gigliozzi.

        Una obra de dos volúmenes que publica testimonios directos sobre el Padre Pío por parte de un personaje del mundo de la información y gran seguidor suyo, Giovanni Gigliozzi.

        “Imagina a una madre bordando”, comenzó la respuesta del Padre Pío a Gigliozzi ante aquella cuestión: “Su hijo pequeño está sentado enfrente sobre un taburete que le permite ver el reverso, la parte de abajo de cuanto ella cose. El niño lo ve todo al revés, solo aprecia nudos horribles e hilos entremezclados. Así que le dice a su madre: ‘Mamá, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué tu labor es tan incomprensible?’".

        Para ilustrar esta historia del Padre Pío, he aquí un ejemplo muy claro. Éste es el reverso de un bordado...

        Para ilustrar esta historia del Padre Pío, he aquí un ejemplo muy claro. Éste es el reverso de un bordado...Stitching Sabbatical / Facebook

        "Entonces", continúa el Padre Pío, "su madre baja el bordado y enseña a su hijo el otro lado de su trabajo, el anverso, la parte de arriba: el lado bello. Cada color se encuentra en su lugar, y la totalidad de los hilos ofrecen una composición clara y armónica”.

        ...y éste es el anverso del anterior bordado.

        ...y éste es el anverso del anterior bordado.Stitching Sabbatical / Facebook

        El santo explicó enseguida Gigliozzi lo que quería transmitir con esta doble escena: “Aquí abajo, en este mundo, solo vemos el reverso del bordado. Somos como el hijo sentado en ese pequeño taburete”.

        La conclusión era clara: durante nuestra vida, rodeados por el reverso de las cosas, no podemos ver el anverso del bordado, que es el que responde a la voluntad de Dios. Pero sabemos que ese anverso existe y ofrece a tanto horrible reverso que nos hace sufrir un sentido y una belleza que veremos en el cielo... Allí llegaremos si confiamos en que hay un anverso y en que es Nuestro Señor quien lo teje.

        Dios es amor

        Comentando esta historia, Bret Thoman, piloto casado y con dos hijos pero miembro de la rama franciscana seglar, explica que un sufrimiento ('reverso') como el referido por el Padre Pío “solo tiene sentido según la enseñanza divina sobre la esencia de Dios, de que ‘Dios es amor’”, como sentenció San Juan Evangelista (1 Jn 4, 16) porque relacionaba “la profundidad del amor de Dios... con el misterio del dolor y de la muerte”.

        “El Padre Pío comprendió esta realidad”, concluye Thoman: “No solo él comprendió el valor potencial y la importancia del sufrimiento, del que la mayoría de la gente intenta naturalmente escapar, sino que, al contrario, fue más lejos y, como los grandes santos, lo pidió y lo deseó [el sufrimiento]”. Millones de personas fueron testigos mientras vivió el santo de cómo lo asumía él, sangrando incluso.

        Porque el Padre Pío y los santos, como tantos buenos cristianos que aceptan los sufrimientos que viven asumiéndolos como parte de un plan de Dios que ignoran… asumen como propios no solo los sufrimientos, sino dicho plan. Esto forma parte de la fe y sabemos que tendrá su premios porque el Señor lo agradece.

        Es la gran lección y la gran esperanza de los cristianos, y la que quiso explicar el Padre Pío tras aquella cruda tragedia colectiva de 1947.

        C.L., ReL

        Vea también     Job Crisol de la Fe...