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sábado, 7 de marzo de 2026

Evangelio del día - Domingo 3 de Cuaresma A ¿No sería mucho mejor escucharlo con la familia proclamado en la Misa Dominical presencial?

 


Primera lectura Lectura del libro del Éxodo

Primera Lectura

Éxodo 17, 3-7

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, fue a protestar contra Moisés, diciéndole: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?” Moisés clamó al Señor y le dijo: “¿Qué puedo hacer con este pueblo? Sólo falta que me apedreen”. Respondió el Señor a Moisés: “Preséntate al pueblo, llevando contigo a algunos de los ancianos de Israel, toma en tu mano el cayado con que golpeaste el Nilo y vete. Yo estaré ante ti, sobre la peña, en Horeb. Golpea la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”.

Así lo hizo Moisés a la vista de los ancianos de Israel y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la rebelión de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos

Romanos 5, 1-2. 5-8

Hermanos: Ya que hemos sido justificados por la fe, mantengámonos en paz con Dios, por mediación de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido, con la fe, la entrada al mundo de la gracia, en el cual nos encontramos; por él, podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios.

La esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado. En efecto, cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado.

Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena. Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Juan

Juan 4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.

La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla. Ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”.

Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.

La mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo”.

Las palabras de los Papas

En el encuentro con la Samaritana, destaca en primer lugar el símbolo del agua, que alude claramente al sacramento del Bautismo, manantial de vida nueva por la fe en la gracia de Dios. En efecto, (…) forma parte del antiguo itinerario de preparación de los catecúmenos a la iniciación cristiana, que tenía lugar en la gran Vigilia de la noche de Pascua. «El que beba del agua que yo le daré —dice Jesús—, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14). Esta agua representa al Espíritu Santo, el «don» por excelencia que Jesús vino a traer de parte de Dios Padre. Quien renace por el agua y el Espíritu Santo, es decir, en el Bautismo, entra en una relación real con Dios, una relación filial, y puede adorarlo «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23.24), como revela también Jesús a la mujer samaritana. Gracias al encuentro con Jesucristo y al don del Espíritu Santo, la fe del hombre llega a su cumplimiento, como respuesta a la plenitud de la revelación de Dios. Cada uno de nosotros puede identificarse con la mujer samaritana: Jesús nos espera, especialmente en este tiempo de Cuaresma, para hablar a nuestro corazón, a mi corazón. Detengámonos un momento en silencio, en nuestra habitación, o en una iglesia, o en otro lugar retirado. Escuchemos su voz que nos dice: «Si conocieras el don de Dios...». (Benedicto XVI - Angelus, 27 de marzo de 2011)

 (vatican.va)


Reflexión sobre el cuadro

Tenemos la suerte de vivir en un país donde el agua limpia fluye con tanta facilidad. Abrimos un grifo y ya la tenemos. Pero no siempre ha sido así. Puede que algunos aún recuerden los días en que había que sacar agua de una bomba comunal. Y aún hoy, en muchas partes del mundo, sigue siendo una realidad cotidiana. A menudo son las mujeres las que recorren largas distancias para recoger agua y llevarla a casa para sus familias. En algunos lugares, ni siquiera eso es posible, por lo que una de las labores más vitales de las organizaciones de ayuda es la excavación de pozos, que literalmente dan vida a las comunidades.

En tiempos de Jesús, sacar agua del pozo era una tarea cotidiana y comunitaria, un lugar de encuentro, conversación y reuniones inesperadas. El agua siempre ha sido preciosa porque es esencial para la vida misma. Podemos sobrevivir mucho más tiempo sin comida que sin agua. Para el pueblo de Israel, esta cualidad vital del agua apuntaba más allá de sí misma, a Dios. Los profetas hablaban de Dios como una fuente de “agua viva”, y la sed humana se convirtió en una poderosa imagen del profundo anhelo de Dios en nuestras almas. Como expresa bellamente el salmista: al igual que el ciervo anhela los arroyos que fluyen, así el corazón humano anhela a Dios.

En el Evangelio de hoy encontramos a Jesús sentado junto al pozo de un pueblo, cansado del camino, descansando al calor del sol del mediodía y claramente sediento. Cuando una mujer se acerca a sacar agua, él le pide de beber, confiando en que ella saque del pozo. Sin embargo, esta sencilla petición no tiene nada de ordinaria. Jesús es un judío que habla con una samaritana, y judíos y samaritanos mantenían las distancias. Además, en aquella cultura, un hombre no solía dirigirse a una mujer en público, a menos que formara parte de su propia familia. Pero a medida que se desarrolla la conversación, queda claro que la sed de Jesús no es sólo física. Hay un anhelo más profundo: el deseo de atraer a esta mujer, y a través de ella a muchas otras, al amor de Dios. Y él reconoce también en ella una sed más profunda: el anhelo de un amor que trascienda cualquier división cultural.

La sed es lo que nos ayuda a crecer más cerca de Dios. Es bueno tener sed de conocimiento, de una fe más profunda, sed de conocer más las Escrituras,... la sed es lo que puede impulsarnos a avanzar en nuestra fe. Sin esa sed, permanecemos estáticos. Nuestro cuadro de Guercino representa de cerca el momento íntimo entre Cristo y la samaritana junto al pozo. Las dos figuras se sitúan cerca del primer plano, enzarzadas en una conversación casi urgente. La mujer se inclina ligeramente hacia un lado, con el cuerpo aún ligado al acto físico de sacar agua, mientras Cristo se dirige a ella con serena autoridad. Hay una tensión silenciosa entre ellos, no hostilidad, sino distancia, como si ella estuviera empezando a comprender lo que Jesús le ofrece. La sencillez del escenario (ni siquiera se representa el pozo) permite que toda la atención se centre en sus rostros y sus manos, donde se desarrolla el verdadero drama: el encuentro de dos mundos. Y en el centro del cuadro está la sed. Jesús está allí sentado, cansado y sediento, pero su anhelo más profundo es atraer a esta mujer a la fe. Al mismo tiempo, vemos en la mujer un tipo diferente de sed: un deseo inquisitivo y escrutador de comprender quién es este hombre y qué le ofrece.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

"Señor, reconozco que tengo sed de ti. Como la tierra reseca busca la lluvia, mi alma anhela tu presencia. Confieso que a veces me pierdo en la superficialidad, buscando saciarme en lugares que no me llenan.
Vengo a tu pozo de amor para beber de tu gracia, para sanar la frialdad de mi corazón y fortalecer mi fe. Dame de beber, Señor, del agua viva que tú ofreces, para que, al encontrarme contigo, mi vida sea renovada y mi ser encuentre la verdadera paz.
Espíritu Santo, haz morada en mí, refréscame y hazme fecundo en amor y servicio. Confío en ti, Dios de mi vida, y espero siempre en tu misericordia. Amén."


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