
¿No tienes que acercarte al sacramento de la Reconciliación porque no tienes nada que confesar? ¿Y si el verdadero peligro espiritual ya no fuera la culpa excesiva, sino el olvido mismo del pecado? Ya en 1984, el Papa san Juan Pablo II se mostraba preocupado por un cambio cultural que provocaba una pérdida del sentido del pecado.
El hombre moderno, afirmaba, sufre una "deformación de la conciencia" causada por la secularización generalizada. Esta deformación observada por el Santo Padre no ha hecho más que acelerarse en las décadas siguientes. Hoy en día, es habitual pensar que, al seguir la propia conciencia, es imposible actuar mal.
Este papel central de la conciencia individual lleva a que el hombre justifique todos sus comportamientos y, por lo tanto, rara vez considere que ha actuado mal. Por otra parte, es fácil convencerse de que se actúa según la propia conciencia, independientemente de cómo perciban los demás nuestras acciones, y eximirse así de toda culpa.
Juan Pablo II denunciaba este entumecimiento de la conciencia como un problema grave. "Cuando la conciencia se debilita —escribía—, el sentido de Dios también se oscurece".
Caer en la apatía y el relativismo
Si bien para algunos es necesario luchar más contra una escrupulosidad excesiva, la mayoría de los cristianos se ve más bien tentada por un laxismo que les lleva a abandonar los confesionarios, por falta de ideas sobre los pecados que deben confesar. La sociedad actual también fomenta esta tendencia, y algunos llegan incluso a cuestionar la realidad del pecado, estableciendo como único límite moral el no hacer daño a los demás de forma intencionada.
Sin embargo, desconocer la propia responsabilidad e ignorar el pecado es especialmente perjudicial, ya que conduce a una espiral de pecados difícil de frenar. Además, sin un objetivo ni un ideal moral que alcanzar, el hombre acaba sumiéndose en la apatía o el relativismo.
Un problema espiritual
Negarse a reconocer el propio pecado es también negar la propia debilidad y, por tanto, la propia necesidad de misericordia. Sin pecado, ¿qué perdón y qué liberación se puede esperar de Dios? ¿Y qué relación se puede establecer con Él si uno se cree perfecto e irreprochable? Por eso, la laxitud revela un verdadero problema espiritual y una negación de la propia humanidad pecadora.
Relajar los esfuerzos y ser laxista con los propios pecados corre el riesgo de conducir por ese camino ancho "que lleva a la perdición" y que describe Jesús en el Evangelio (Mt 7, 13). Por el contrario, para aceptarse y conocerse a uno mismo, es importante pasar por "la puerta estrecha", que obliga a asumir la responsabilidad ante el pecado y a dejar de lado el orgullo que ciega.
Es un camino largo y difícil, pero es el de la verdadera felicidad, el que conduce a Dios. Es pasando por ahí como se puede aceptar el perdón del Señor y abrirse a la esperanza.

Algunos consejos prácticos
Para avanzar en este camino, aquí tienes varios consejos y recursos que pueden resultarte de gran ayuda. En primer lugar, hazte las preguntas adecuadas: ¿En qué aspectos puedo mejorar? ¿Cuáles son los pecados que cometo habitualmente?
Puede ser útil utilizar un folleto o un recurso en línea que te guíe en tu examen de conciencia. A menudo, estos cuadernos se basan en los Diez Mandamientos, las Bienaventuranzas o el tríptico sobre los pecados contra mí mismo, contra Dios y contra los demás. Estos recursos ayudan a recordar ciertas acciones que se han podido cometer, ofrecen pistas concretas para identificar los pecados recurrentes y sacan a la luz algunos pecados de cuya existencia se desconocía.
A partir de ahí, puede resultar interesante llevar un pequeño cuaderno de examen de conciencia, que se rellene cada noche, para darse cuenta de la frecuencia y la gravedad de ciertos pecados en la propia vida. Este cuaderno es también una oportunidad para reflexionar más profundamente sobre los pecados menos visibles, las motivaciones ocultas, los pensamientos impropios y los apegos desordenados.
El objetivo no es la escrupulosidad, sino una mayor lucidez y sinceridad consigo mismo. Cuanto más ama Dios una persona, más desea entregarse por completo a Él, y hasta los pecados más pequeños le perturban.
Leer el Catecismo
Otro método puede consistir también en leer el Catecismo y libros sobre los santos, ya que esto puede ayudar a formar la propia conciencia sobre ciertos temas. Al estar más formado y haber profundizado más en lo que es el pecado, resulta más fácil después erradicarlo de la propia vida.
Las oraciones al Espíritu Santo también son muy beneficiosas. Es el momento de pedirle especialmente el don de la sabiduría, del consejo y del temor de Dios. Es un paso sencillo pero esencial para prepararse para la confesión. Dios conoce a cada uno mejor que a sí mismo, y su luz ilumina las conciencias oscurecidas.
Por otra parte, solo se puede ser sincero en el confesionario si se está dispuesto a serlo con uno mismo. Por lo tanto, hay que aceptar la propia vulnerabilidad y revivir momentos de la vida que preferiríamos olvidar. Recordar los propios pecados es vergonzoso, a veces doloroso, y puede reabrir viejas heridas. Sin embargo, solo es posible crecer y acoger la misericordia de Dios enfrentándose a ellos.
El tiempo de penitencia es una oportunidad para afrontar las propias debilidades con honestidad, pues el Señor puede liberarte de ellas y perdonarte.
No hay pecados insignificantes
Por último, he aquí un método ignaciano muy reconocido para tomar conciencia del propio pecado. San Ignacio de Loyola muestra que los pecados que parecen insignificantes podrían adquirir una importancia totalmente diferente si se consideran desde otro punto de vista.
Nos invita a plantearnos estas preguntas: ¿me sentiría cómodo con tal o cual acción si tuviera que comparecer pronto ante el Creador? ¿Me avergonzaría, al morir, haber actuado así? ¿De qué me arrepentiré?
En este tiempo de Cuaresma, el objetivo no es una vana autoflagelación. Este tiempo de penitencia es, por el contrario, una ocasión para afrontar las propias debilidades con honestidad, pues el Señor puede liberarnos de ellas y perdonarnos. Es el camino que conduce no solo a la felicidad en el más allá, sino también a una verdadera realización personal en esta vida.
Esto es lo que los cristianos celebran especialmente en Pascua. Para prepararse para esta gran fiesta, ¿qué mejor que afrontar la propia pequeñez para pedir la misericordia infinita de Dios y vivir la Pascua con la alegría de ser plenamente perdonado?
Michael Rennier, Aleteia
Vea también Para Salvarte IV: Las partes de la Confesión
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