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lunes, 23 de marzo de 2026

Evangelio del día - Lunes de la 5a. Semana de Cuaresma


 

Lectura de la profecía de Daniel

Daniel 13, 41-62

En aquel tiempo, la asamblea creyó a los ancianos que habían calumniado a Susana y la condenó a muerte. Entonces Susana, dando fuertes voces exclamó: “Dios eterno, que conoces los secretos y lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que éstos me han levantado un falso testimonio. Y voy a morir sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí”. El Señor escuchó su voz. Cuando llevaban a Susana al sitio de la ejecución, el Señor hizo sentir a un muchacho, llamado Daniel, el santo impulso de ponerse a gritar: “Yo no soy responsable de la sangre de esta mujer”.

Todo el pueblo se volvió a mirarlo y le preguntaron: “¿Qué es lo que estás diciendo?” Entonces Daniel, de pie en medio de ellos, les respondió: “Israelitas, ¿cómo pueden ser tan ciegos? Han condenado a muerte a una hija de Israel, sin haber investigado y puesto en claro la verdad. Vuelvan al tribunal, porque ésos le han levantado un falso testimonio”.

Todo el pueblo regresó de prisa y los ancianos dijeron a Daniel: “Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, puesto que Dios mismo te ha dado la madurez de un anciano”. Daniel les dijo entonces: “Separen a los acusadores, lejos el uno del otro, y yo los voy a interrogar”.

Una vez separados, Daniel mandó llamar a uno de ellos y le dijo: “Viejo en años y en crímenes, ahora van a quedar al descubierto tus pecados anteriores, cuando injustamente condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, contra el mandamiento del Señor: No matarás al que es justo e inocente. Ahora bien, si es cierto que los viste, dime debajo de qué árbol estaban juntos”. Él respondió: “Debajo de una acacia”. Daniel le dijo: “Muy bien. Tu mentira te va a costar la vida, pues ya el ángel ha recibido de Dios tu sentencia y te va a partir por la mitad”. Daniel les dijo que se lo llevaran, mandó traer al otro y le dijo: “Raza de Canaán y no de Judá, la belleza te sedujo y la pasión te pervirtió el corazón. Lo mismo hacían ustedes con las mujeres de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a ustedes. Pero una mujer de Judá no ha podido soportar la maldad de ustedes. Ahora dime, ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?” Él contestó: “Debajo de una encina”. Replicó Daniel: “También a ti tu mentira te costará la vida. El ángel del Señor aguarda ya con la espada en la mano, para partirte por la mitad. Así acabará con ustedes”.

Entonces toda la asamblea levantó la voz y bendijo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos viejos, a quienes, con palabras de ellos mismos, Daniel había convencido de falso testimonio, y les aplicaron la pena que ellos mismos habían maquinado contra su prójimo. Para cumplir con la ley de Moisés, los mataron, y aquel día se salvó una vida inocente.

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Juan

Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?”

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

Las palabras de los Papas

¡Qué diferencia entre el Maestro y los acusadores! Estos habían citado la Escritura para condenar; Jesús, la Palabra de Dios en persona, rehabilita completamente a la mujer, devolviéndole la esperanza. De esta situación aprendemos que cualquier observación, si no está movida por la caridad y no contiene caridad, hunde ulteriormente a quien la recibe. Dios, en cambio, siempre deja abierta una posibilidad y sabe encontrar caminos de liberación y de salvación en cada circunstancia. La vida de esa mujer cambió gracias al perdón. Se encontraron la Misericordia y la miseria. Misericordia y miseria estaban allí. Y la mujer cambió. Incluso se podría pensar que, perdonada por Jesús, aprendió a su vez a perdonar. Quizá haya visto en sus acusadores ya no personas rígidas y malvadas, sino personas que le permitieron encontrar a Jesús. El Señor desea que también nosotros sus discípulos, nosotros como Iglesia, perdonados por Él, nos convirtamos en testigos incansables de la reconciliación, testigos de un Dios para el que no existe la palabra “irrecuperable”; de un Dios que siempre perdona, siempre. Dios siempre perdona. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Un Dios que sigue creyendo en nosotros y nos brinda a cada momento la posibilidad de volver a empezar. No hay pecado o fracaso que al presentarlo a Él no pueda convertirse en ocasión para iniciar una vida nueva, diferente, en el signo de la misericordia. No hay pecado que no pueda ir por este camino. Dios perdona todo. Todo. (Francisco - Homilía en la Santa Misa en la Plaza de los Graneros en Floriana, 3 de abril de 2022)

(vatican.va)

Reflexión sobre el cuadro

En la lectura del Evangelio de hoy nos encontramos con tres grupos de personajes: Jesús, una mujer y un grupo de hombres expertos en la ley judía. Estos hombres llevan a la mujer ante Jesús, alegando que ha sido sorprendida en adulterio. Sin embargo, su verdadera intención no es tanto la preocupación por la mujer como el deseo de tender una trampa a Jesús. Le ponen en una situación difícil: si la condena, corre el riesgo de contradecir su propio mensaje de misericordia; si se niega a condenarla, pueden acusarle de desobedecer la Ley de Dios. Parece realmente atrapado. Para los expertos de la Ley, Jesús es su verdadero objetivo; sólo están utilizando a la mujer como una herramienta en su intento de desacreditarlo.

Pero Jesús no cae en su trampa. Lo que hace que la situación sea aún más sorprendente es lo diferente que Jesús mira a la mujer en comparación con los que la acusan. Los hombres sólo la ven a través de la lente de un único momento de su pasado. Se centran totalmente en el pasado de la mujer. Jesús, sin embargo, siempre mira al pasado, al presente y al futuro. Mientras sus acusadores la definirían para siempre por un fracaso, Jesús reconoce que su historia no ha terminado. Y así es como el Señor nos mira también a cada uno de nosotros. No nos reduce a un error o a un momento oscuro de nuestro pasado. Por el contrario, Él ve toda la historia de nuestras vidas, y quiere ayudarnos en el presente, para que podamos construir un futuro mejor. Dios sabe que nuestra historia sigue desarrollándose mientras vivamos; que aún quedan nuevos capítulos por escribir.

La mujer sorprendida en adulterio (1644), de Rembrandt, muestra el momento en que los escribas y fariseos llevan a la mujer acusada ante Cristo. Rembrandt van Rijn estructura cuidadosamente la escena para resaltar el significado espiritual de la historia: Cristo está de pie en el escalón superior y está bañado por la luz, mientras que los acusadores permanecen en la sombra y en los escalones inferiores de la composición. De este modo, Rembrandt sugiere visualmente la autoridad moral de Jesús. La mujer se arrodilla humildemente ante Cristo, su vulnerabilidad contrasta con la tensa y acusadora multitud que la rodea. Rembrandt pintó esta obra en 1644, cuando tenía unos 38 años. El cuadro muestra todas las cualidades de madurez que distinguen a Rembrandt: una iluminación dramática, una profunda visión psicológica y un enfoque en el drama espiritual interior más que en la mera narración exterior.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

"Señor Dios, hoy me acerco a ti con un corazón arrepentido. Reconozco que he fallado, que mis acciones y palabras no han estado de acuerdo con tu voluntad. Perdóname por mis pecados y lávame, Señor.
Gracias por tu amor incondicional y por el regalo de tu perdón. Crea en mí un corazón puro y renuévame por dentro. Ayúdame a aprender de mis errores, a crecer en sabiduría y a vivir en obediencia a ti. Confío en tu misericordia. En el nombre de Jesús, Amén".


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