PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El diálogo entre Jesús y la mujer samaritana, la curación
del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, desde los primeros siglos
de la historia de la Iglesia, iluminan el camino de quienes, en Pascua,
recibirán el Bautismo e iniciarán una vida nueva. Estas grandes páginas del
Evangelio, que comenzamos a leer desde este domingo, se ofrecen a los
catecúmenos, pero al mismo tiempo son escuchadas nuevamente por toda la
comunidad, porque ayudan a convertirse en cristianos o, si ya lo somos, a serlo
con mayor autenticidad y alegría.
Jesús, en efecto, es la respuesta de Dios a nuestra sed. El
encuentro con Él, como le sugiere a la Samaritana, activa en lo profundo de
cada uno un «manantial que brotará hasta la Vida eterna» ( Jn 4,14).
¡Cuántas personas, en todo el mundo, buscan todavía hoy esta fuente espiritual!
«A veces me es accesible —escribía la joven Etty Hillesum en su diario—. Pero a
menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está
enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo». [1] Queridos hermanos, no hay energía
mejor empleada que la que dedicamos a liberar el corazón. Por eso, la Cuaresma
es un don: entramos en la tercera semana y ya podemos intensificar el camino.
En el Evangelio también está escrito que «llegaron sus
discípulos y quedaron sorprendidos al ver [a Jesús] hablar con una mujer». (Jn 4,27).
Les cuesta tanto apropiarse de la misión, que el Maestro tiene que provocarlos:
«Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo:
Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega» (Jn 4,35).
El Señor también dice a su Iglesia: “Levanta los ojos y reconoce las sorpresas
de Dios”. En los campos, cuatro meses antes de la cosecha, casi no se ve nada.
Pero allí donde nosotros no vemos nada, la gracia ya está actuando y los frutos
están listos para ser recogidos. La mies es mucha; quizá son pocos los obreros,
porque están distraídos con otras actividades. Jesús, en cambio, está atento.
Aquella mujer samaritana, según las costumbres, simplemente habría tenido que
ser ignorada; sin embargo, Jesús le habla, la escucha, le da confianza sin
segundas intenciones y sin desprecio.
¡Cuántas personas buscan en la Iglesia esa misma delicadeza,
esa disponibilidad! Y qué hermoso es cuando perdemos la noción del tiempo para
prestar atención a quien encontramos, tal como es. Jesús incluso olvidaba
comer, porque lo alimentaba la voluntad de Dios de llegar al corazón de todos
(cf. Jn 4,34). De ese modo, la Samaritana se convierte en la
primera de muchas evangelizadoras. Desde su aldea de despreciados y marginados,
muchos, gracias a su testimonio, salen al encuentro de Jesús, y también en
ellos la fe brota como agua pura.
Hermanas y hermanos, pidamos hoy a María, Madre de la
Iglesia, poder servir, con Jesús y como Jesús, a la humanidad sedienta de
verdad y de justicia. No es tiempo de oposiciones entre un templo y otro, entre
“nosotros” y “los otros”; los adoradores que Dios busca son hombres y mujeres
de paz, que lo adoran en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24).
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Desde Irán y desde todo el Medio Oriente continúan llegando
noticias que suscitan profunda consternación. A los episodios de violencia y
devastación, y al difundido clima de odio y miedo, se añade el temor de que el
conflicto se amplíe y que otros países de la región, entre ellos el querido
Líbano, puedan volver a caer en la inestabilidad.
Elevamos nuestro humilde ruego al Señor para que cese el
estruendo de las bombas, callen las armas y se abra un espacio de diálogo en el
que se puedan escuchar las voces de los pueblos. Confío esta intención a María,
Reina de la paz, para que interceda por cuantos sufren a causa de la guerra y
acompañe los corazones a través de senderos de reconciliación y de esperanza.
Hoy, 8 de marzo, se celebra el día de la mujer. Renovemos el
compromiso —que para nosotros los cristianos se basa en el Evangelio— de
reconocer la igual dignidad del hombre y de la mujer. Lamentablemente muchas
mujeres, desde la infancia, siguen siendo discriminadas y sufren diversas
formas de violencia. A ellas, de modo especial, van mi solidaridad y mi
oración.
Doy la bienvenida a los estudiantes provenientes de College
Station, Texas; de Kansas City, Misuri; de Fort Wayne, Indiana, en los Estados
Unidos de América y de Jerez y Cádiz, en España; así como a los grupos de
peregrinos del Perú, Panamá, Honduras, México y Chile.
Saludo a los fieles de Brescia, Castrolibero, Gravina de
Apulia, Perugia y de las parroquias de San Clemente Papa y de San Pío de
Pietrelcina, en Roma.
Saludo a la comunidad “Casa de María” de Roma, al grupo de
confirmación de la diócesis de Orvieto-Todi, a los jóvenes de Mantua y al
equipo de rugby de Rovigo.
Les deseo a todos un feliz domingo.
[1] Etty Hillesum, Una vida
conmocionada: Diario 1941-1943, Barcelona 2007, 41.
(vatican.va)
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