
Amenudo leemos sobre algún santo que pudo ver a Dios en un sueño o en una visión, y cómo eso cambió radicalmente su vida.
Cuando leemos este tipo de historias, es posible que deseemos vivir una experiencia similar, ya sea ver a Dios con nuestros propios ojos o sentir su presencia.
Desde el punto de vista espiritual, esto es posible y está al alcance de cualquiera, pero los requisitos para lograr tal encuentro son difíciles de cumplir.
Un corazón abierto, libre de pecado
San Teófilo de Antioquía escribió en un libro dirigido a Autólico sobre lo que debemos hacer para ver a Dios:
"Dios es visto por aquellos que tienen la capacidad de verlo, siempre y cuando mantengan abiertos los ojos de su mente".
Esto puede parecer una afirmación sencilla, pero conlleva muchas cuestiones relacionadas. San Teófilo explica cómo el pecado puede oscurecer nuestra capacidad de ver a Dios:
"Todos tienen ojos, pero algunos tienen ojos envueltos en tinieblas, incapaces de ver la luz del sol. El hecho de que los ciegos no puedan verla no significa que el sol no brille. Los ciegos deben buscar la causa en sí mismos y en sus ojos. Del mismo modo, tú tienes ojos en tu mente que están envueltos en tinieblas a causa de tus pecados y malas acciones".
San Teófilo nos ofrece una imagen poderosa, que puede ayudarnos en nuestra vida espiritual. En cierto sentido, no es que Dios sea "invisible" y que se haga visible a ciertas personas.
Quitarnos la venda
Lo que realmente ocurre es que necesitamos quitarnos la venda de los ojos y ver a Dios, que está justo delante de nosotros. No podemos ver aquello a lo que no estamos abiertos a ver. Si nuestros ojos espirituales están cegados por nuestros pecados habituales, no podremos ver nada.
San Teófilo lo explica con más detalle:
"El alma de una persona debe estar limpia, como un espejo que refleja la luz. Si el espejo tiene óxido, no se puede ver el rostro en él. Del mismo modo, nadie que tenga pecado en su interior puede ver a Dios".
La buena noticia es que podemos purificar nuestra alma a través del sacramento de la confesión, recibido dignamente, aumentando así nuestra capacidad para acoger a Dios.
Una vez que estemos verdaderamente preparados para ver, oír o sentir la presencia de Dios, se nos quitará la venda de los ojos y veremos a aquel a quien amamos.
Philip Kosloski, Aleteia
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