Onésimo Díaz explica cómo, desde León XIII hasta León XIV, la Iglesia ha marcado silenciosamente la historia contemporánea.

Onésimo Díaz, sacerdote e historiador, repasa en ‘De León XIII a León XIV’ el papel de la Iglesia como conciencia moral de la modernidad.
El historiador y sacerdote Onésimo Díaz Hernández acaba de publicar De León XIII a León XIV. Qué ha hecho la Iglesia por el mundo desde 1878 hasta la actualidad (Sekotia), un recorrido por casi siglo y medio en el que la Iglesia se revela como una conciencia moral de la modernidad.
Frente a la visión que la reduce a un actor secundario o a un freno para el progreso, Díaz muestra cómo el magisterio, los papas y las comunidades cristianas han sido decisivos en la defensa de la dignidad humana, la paz, la libertad y la promoción de la mujer, incluso cuando la historiografía dominante apenas les concede protagonismo.

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-La tesis central del libro es que la Iglesia católica ha sido mucho más que una institución religiosa encerrada en los templos; es decir, la Iglesia ha actuado como una conciencia moral de la modernidad. A lo largo de estos ciento cincuenta años, desde León XIII hasta León XIV, ha contribuido decisivamente a poner en el centro la dignidad de la persona, especialmente cuando el poder político, económico o ideológico tendía a reducir al ser humano a un número, a una clase o a un instrumento.
El libro sostiene que muchas de las ideas que hoy consideramos evidentes —la dignidad del trabajo, los derechos humanos, la defensa de los pobres, la importancia de la paz y del diálogo— no se entienden plenamente sin la aportación del pensamiento social cristiano. La Iglesia ha ejercido una influencia cultural y moral profunda, muchas veces silenciosa y poco reconocida. La gran conclusión es que la historia contemporánea no puede explicarse solo desde los Estados, los mercados o las revoluciones, sino también desde la acción paciente del magisterio, de las comunidades cristianas y de los papas.
-Uno de los ejemplos más significativos es la resistencia moral frente a los totalitarismos del siglo XX. A menudo se cuenta la historia del comunismo y del fascismo desde la perspectiva militar o diplomática, pero se olvida el papel de la Iglesia como espacio de libertad interior y de defensa de la persona.
Pienso especialmente en san Juan Pablo II y en su influencia sobre Europa del Este. Su fuerza no fue militar ni económica: fue espiritual y cultural. Recordó a millones de personas que el ser humano posee una dignidad que ningún régimen puede aplastar. También Benedicto XVI y Francisco han ejercido ese protagonismo silencioso al recordar que una sociedad tecnológicamente avanzada puede perder el sentido moral si olvida la verdad sobre el hombre.
-León XIII sigue siendo extraordinariamente actual porque comprendió algo esencial: que ni el mercado ni el Estado pueden absorber a la persona. En Rerum novarum defendió simultáneamente la dignidad del trabajador, el derecho de asociación, el salario justo y la función social de la propiedad.
Hoy sigue siendo incómoda su idea de que el trabajo no es una simple mercancía. En una época marcada por la precariedad, la automatización y la inteligencia artificial, la Doctrina Social de la Iglesia recuerda que el trabajo tiene una dimensión humana y moral, no solo económica.

León XIV ha mencionado expresamente la encíclica 'Rerum Novarum' de León XIII como una de las razones que le impulsaron a escoger su nombre como Papa..
-Hay varios momentos decisivos. Uno importantísimo fue la condena de los totalitarismos por parte de Pío XI y Pío XII. Otro momento clave fue el papel de Juan XXIII con Pacem in terris, en plena Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron a punto de comenzar la Tercera Guerra Mundial, que podía haber sido la última.
Probablemente el caso más evidente sea el de Juan Pablo II en la caída del comunismo europeo. No fue un actor secundario: ayudó a cambiar la atmósfera moral de todo un continente.
-A menudo se olvida que gran parte de la promoción educativa y profesional de la mujer en muchos países fue impulsada por instituciones católicas: escuelas, universidades, hospitales y asociaciones sociales. Benedicto XV, hace más de cien años, defendió el sufragio femenino cuando muchos políticos preferían mantener en silencio a las mujeres, y Juan XXIII se atrevió a proclamar el derecho de todas las mujeres de todos los países a una educación y a las mismas condiciones laborales que los hombres.
En cuanto a la cultura popular, la Iglesia ha influido mucho más de lo que solemos pensar. El cine, la literatura o la música del siglo XX están llenos de preguntas religiosas y debates morales nacidos del imaginario cristiano.
-Le diría que la historia es mucho más compleja que los tópicos. Los católicos han cometido errores, pero reducir la Iglesia a un “freno de la modernidad” es una simplificación y un error.
Muchos elementos fundamentales de la modernidad —la dignidad humana, los derechos fundamentales, la libertad de conciencia y la centralidad de la educación— crecieron también en diálogo con la tradición cristiana.
-Me gustaría que el lector saliera con una visión más matizada y más amplia de la Iglesia. No pido necesariamente adhesión religiosa, sino una comprensión histórica más justa.
En suma, el libro intenta mostrar que la Iglesia no ha sido una institución que simplemente reacciona ante la historia, sino una realidad que también ha contribuido a configurarla.
Luis Javier Moxó Soto, ReL
Vea también Los 7 Principios de la Doctrina Social de la Iglesia
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