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miércoles, 20 de mayo de 2026

Evangelio del día - Miércoles de la 7a. Semana de Pascua



Libro de los Hechos de los Apóstoles 20,28-38.

Pablo decía a los principales de la Iglesia de Efeso:
"Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre.
Yo sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos rapaces que no perdonarán al rebaño.
Y aun de entre ustedes mismos, surgirán hombres que tratarán de arrastrar a los discípulos con doctrinas perniciosas.
Velen, entonces, y recuerden que durante tres años, de noche y de día, no he cesado de aconsejar con lágrimas a cada uno de ustedes.
Ahora los encomiendo al Señor y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la parte de la herencia que les corresponde, con todos los que han sido santificados.
En cuanto a mí, no he deseado ni plata ni oro ni los bienes de nadie.
Ustedes saben que con mis propias manos he atendido a mis necesidades y a las de mis compañeros.
De todas las maneras posibles, les he mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: 'La felicidad está más en dar que en recibir'".
Después de decirles esto, se arrodilló y oró junto a ellos.
Todos se pusieron a llorar, abrazaron a Pablo y lo besaron afectuosamente,
apenados sobre todo porque les había dicho que ya no volverían a verlo. Después lo acompañaron hasta el barco.


Salmo 68(67),29-30.33-35a.35b-36c.

¡Cantad al Señor, reinos de la tierra!

Tu Dios ha desplegado tu poder:
¡sé fuerte, Dios, tú que has actuado por nosotros!
A causa de tu Templo, que está en Jerusalén,
los reyes te presentarán tributo.

¡Canten al Señor, reinos de la tierra,
entonen un himno a Dios,
al que cabalga por el cielo,
por el cielo antiquísimo!

El hace oír su voz poderosa,
¡reconozcan el poder del Señor!
Su majestad brilla sobre Israel
¡Bendito sea Dios!


Evangelio según San Juan 17,11b-19.

Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo:
"Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros.
Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura.
Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.
Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno.
Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad.
Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo.
Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad."

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301)
monja benedictina
El Heraldo, Libro III (SC 143. Œuvres spirituelles, Cerf, 1968), trad. sc©evangelizo.org


Gustar el conocimiento de Dios

Hacia usted, Vida de mi alma
Hacia usted se vuelve mi corazón
Que una fuerza de ardiente amor
Ha fundido en un único deseo.
Si va hacia alguien otro que usted,
Que en seguida quede sin vida. (…)
Usted es Perla fecunda, riqueza de la humanidad,
Obrero de infinita sabiduría,
Maestro de infinita sabiduría,
Guardian de infinita entrega,
Amigo de infinita fidelidad.
Usted es bondadoso Salvador de total intimidad,
Caricia de infinita delicadeza,
Ternura de infinita bondad,
Amor de infinito ardor,
Abrazo de infinita suavidad,
Celo de infinita pureza. (…)
Lo prefiero a todas las criaturas,
Por usted renuncio los placeres,
Por usted afronto las adversidades.
En todo esto no me importa ser alabado, sino usted sólo.
Porque de esto, como de todo bien, usted es la savia,
Lo proclamo de corazón y de labios.
Bajo el impulso de su ardor,
Uno el impulso de mi piedad
A la virtud de su oración,
Con el fin que la pureza de esta divina unión,
Dónde será disipado el instinto rebelde,
Me conduzca a la cumbre de la suprema perfección. (…)
En seguida Gertrudis experimentó los bienes de su oración. Al terminar, vio que la faz de su alma aparecía brillantemente iluminada de la luz divina y que el conocimiento de Dios era de un gusto más agradable.
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

Nuestro cuadro de hoy de Alberto Durero, El martirio de los diez mil, es una de las representaciones más desgarradoras del martirio cristiano en el arte renacentista alemán. La pintura ilustra la legendaria masacre de diez mil cristianos en el monte Ararat, llevada a cabo por el rey persa Sapor por orden de los emperadores romanos Adriano y Antonino Pío. Encargada por Federico el Sabio, que poseía reliquias que se creía procedían de estos mártires, la obra colgaba originalmente en la cámara de reliquias de la iglesia palaciega de Wittenberg. Durero llena el paisaje rocoso de escenas de indecible brutalidad: crucifixiones, decapitaciones, lapidaciones, torturas y cuerpos aplastados bajo martillos. Los gobernantes que supervisan la matanza aparecen ataviados con ricos ropajes orientales, mientras que muchos verdugos visten atuendos otomanos, un detalle que habría inquietado profundamente a los espectadores de la época de Durero, especialmente a la sombra de la caída de Constantinopla en 1453 y el creciente temor a la expansión otomana en Europa. Y entonces, casi inesperadamente, en medio de este caos y derramamiento de sangre, Durero se pinta a sí mismo de pie, tranquilamente dentro de la escena, sosteniendo un bastón con la inscripción: “Esta obra fue realizada en el año 1508 por Alberto Durero, alemán”. Es un detalle sorprendente: el artista se sitúa dentro del sufrimiento que representa, casi como un testigo entre los mártires.

Este cuadro evoca la lectura del Evangelio de hoy. Jesús reza por sus discípulos en la víspera de su Pasión, plenamente consciente de lo que les espera. Sabe que pronto estarán dispersos por el mundo, separados unos de otros, llevando el Evangelio a tierras desconocidas y a entornos a menudo hostiles. Cristo comprende que la fidelidad a la verdad no siempre será bien recibida. Los discípulos se enfrentarán al rechazo, al ridículo, a la persecución y, para muchos de ellos, al martirio. Jesús les dice claramente que el mundo les odiará porque ya no pertenecen al mundo. El silencio habría sido más seguro. Permanecer ocultos habría evitado a muchos de ellos el sufrimiento y la muerte. Sin embargo, el Evangelio nunca fue concebido para permanecer encerrado en el miedo. Los discípulos son enviados precisamente para que la luz de Cristo llegue a los rincones más oscuros de la tierra.

Y quizá sea eso lo que hace que el martirio sea tan profundamente conmovedor dentro de nuestra tradición cristiana. Los mártires no buscaban el sufrimiento por sí mismo. Simplemente amaban a Cristo más de lo que temían a la muerte. Al contemplar el cuadro de Durero, en medio de toda su violencia y horror, nos enfrentamos a una pregunta más profunda: ¿por qué verdad estaríamos dispuestos a sufrir? Los mártires nos recuerdan que la fe no es una mera idea que admirar cómodamente desde la distancia. Exige valor. Exige testimonio. Pide fidelidad incluso cuando es costosa. Y a lo largo de la historia, la sangre de los mártires se ha convertido, como decían los primeros cristianos, en la semilla de la Iglesia. Incluso dispersado, incluso perseguido, incluso silenciado por la violencia, el Evangelio siguió difundiéndose, llevado por quienes se negaron a renegar de Aquel por quien estaban dispuestos a darlo todo.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

(La de santa Gertrudis)






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