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sábado, 22 de octubre de 2022

Cómo leer (y entender) el Antiguo Testamento

OLD TESTAMENT,HANDS         


Los libros de la Biblia anteriores al nacimiento de Cristo pueden resultar difíciles de comprender hoy, pero aportan algo valiosísimo a los cristianos

Si se quiere llegar a ver claro, hace falta empezar por las tinieblas. Puede parecer paradójico, pero en el Antiguo Testamento la fórmula no es la de acudir allí donde hay luz, allí donde cabe distinguir inmediatamente un reflejo del Nuevo Testamento. Hay que acudir a lo que en principio parecería lo más opuesto.

Porque la luz que hay en el Antiguo Testamento no es sino una luz naciente. Y si uno está a pleno sol y tiene los ojos deslumbrados no verá la luz de la aurora.

Cuando uno entra en una cueva verdaderamente oscura, al principio hace falta quedarse en la oscuridad un poco de tiempo. Y a continuación las sombras enriquecen la penumbra.

Los que hacen radioscopia saben bien esto: no puede hacerse una sesión de radioscopia si antes uno no ha sometido un cierto tiempo su vista a la oscuridad familiarizándose con ella.

En realidad, tenemos dos sistemas de visión: uno hecho para la visión diurna y el otro para la nocturna. Y hace falta un poco de tiempo para permitir que el primero de estos sistemas se desconecte y que el segundo se inicie.

De la misma manera tenemos nosotros dos sistemas de percepción bíblica, el neo-testamentario y el vetero-testamentario.

Hay que desconectar el sistema neo-testamentario y tener el valor de entrar en las tinieblas de ese pueblo que yacía en las oscuridad y sobre el que apareció la luz, para poder ver con él cómo aparece esta luz.

Antes hay que acostumbrarse a la oscuridad, sin la cual siempre nos arriesgaríamos a comparar esa aurora del Antiguo Testamento con la plena luz del Evangelio y consideraríamos, por tanto, que ahí no cabe ver nada claro y que el Antiguo Testamento no aporta nada al corazón del hombre.

Sin duda, que a esa parte de nosotros mismos que está acostumbrada a leer el Evangelio, todo esto se nos presenta como ensombrecido.

Por eso también debemos ponernos en el lugar de ese pueblo que escuchó esto por primera vez. Si no nos ponemos en su lugar, no comprenderemos nunca.

¿Tiene sentido leer hoy en día el Antiguo Testamento?

Pero, ¿qué interés podemos tener los cristianos en conocer cómo ha intuido progresivamente el pueblo de Israel un don que hoy nos colma?

¿No existe solamente un interés histórico? ¿Es que la forma de la Escritura que tenemos que meditar para penetrar en la verdad completa no es más bien la del Nuevo Testamento?

En efecto, mientras que el Antiguo Testamento puede ser definido como la ley de condena a muerte del hombre viejo, se podría definir el Nuevo Testamento como la ley de entrada en la vida del hombre nuevo.

Sin embargo, el Antiguo Testamento tiene para nosotros un interés más que teórico.

OLD TESTAMENT

Aunque esta etapa de la muerte del hombre viejo haya sido por nosotros ya sustancialmente franqueada, no lo ha sido totalmente.

El bautismo no nos ha otorgado nada más que un germen del hombre nuevo. El hombre viejo permanece todavía vivo en nosotros.

Durante toda nuestra vida hemos de morir y renacer. Y en el momento de la muerte es importante que este hombre nuevo introducido en nosotros en forma de germen sea viable para la vida eterna.

Si no es viable para la vida eterna, ha nacido muerto; concebido, pero nacido muerto.

El bautismo es su concepción y nosotros somos, con nuestra libertad, responsables de que llegue a ser viable a lo largo de nuestras vidas. Es decir, que lo esencial de lo que nosotros somos vaya pasando progresivamente del hombre viejo al hombre nuevo. Y eso no se hace por sí solo.

Es peligroso creerse ya «hombre nuevo»

Es casi peligroso saberse alguien en quien el hombre nuevo ha sido insertado, porque se puede creer que va a crecer solo.

Sí; puede creerse uno curado, cuando en realidad el hombre viejo sigue trabajando y lo esencial de la vitalidad sigue estando en las manos de ese hombre viejo.

¿Cuál es entonces la táctica de este?

No se opone frontalmente al hombre nuevo. El hombre viejo insinúa. Sabe bien que si él se mostrase ateo en el corazón del bautizado, en seguida este tomaría todas las medidas necesarias para extirparle.

Asimismo, el hombre viejo, aunque ateo, se disfraza de religioso; monopoliza a su manera, caricaturiza a su manera el designio del hombre nuevo.

Le sorbe hasta la médula y más que buscar echarle, se convierte en su parásito.

El hombre viejo no se presenta como ateo, se presenta como idólatra, lo que es mucho más fino y delicado.

Dicho de otra forma: ya que no puede mandar a Dios a paseo, se dedica a cogerlo con sus manos y a modelarlo a su imagen.

Imágenes de Dios que no son Dios

El hombre viejo no se entregará nunca en manos del Dios vivo porque eso sería su muerte. Igualmente prefiere fabricarse un Dios confortable, aceptable.

Y el hombre nuevo, que no afina mucho mientras es joven, es capaz de vivir mucho tiempo casi sin percatarse de que otro está fabricándole su Dios, de que en vez de entregarse en manos del Dios vivo se le está poniendo en sus manos un Dios de ensueño y que está tratando de acallar y consolar su conciencia siendo fiel a un Dios… no inventado quizás, pero en cualquier caso interpretado.

Este es el drama: el hombre viejo se recluye, se hace a gusto de un evangelio insípido.

Y es capaz de cualquier cosa con tal de no dejarse reconocer y de seguir parasitando las buenas intenciones —de las que el infierno está lleno— y todo lo más noble de cuanto se desarrolla en el corazón del hombre. Porque es capaz de falsificar todo, de utilizar todo.

Así se explica por qué hay que acabar con el hombre viejo y por qué hay ante todo que diagnosticar y descubrir esa labor del hombre viejo idólatra que trata de ocultarse dentro de nosotros haciéndonos creer que somos enteramente hombres del Nuevo Testamento, que somos plenamente capaces de asimilar con corazón generoso el Evangelio y de vivir de él.

Vayamos pues al Antiguo Testamento. Veamos claramente allí las astucias y los engaños que utilizaba el hombre viejo cuando huía de Dios.

Porque el Antiguo Testamento es, ante todo, el gran diagnóstico de las falsificaciones del Dios vivo.

Nosotros los cristianos, con un cierto quietismo, nos arriesgaríamos a dejarnos mecer en las manos de lo que consideramos como «el buen Dios», en lugar de dejarnos conformar por quien es el Dios vivo.

Pero el Antiguo Testamento puede ponernos claramente de relieve nuestra idolatría, nuestras escapatorias, hacernos comprender nuestra miseria, nuestra pobreza, permitiendo así que nos contemos entre los pobres a los que pertenece el Reino.

Por Dominique Barthélemy, OP, en la Introducción a Dios y su imagen. Esbozo de una teología bíblica.

Fundación Maior, Aleteia

Vea también       Historia del Canon de las Sagradas Escrituras


















sábado, 3 de agosto de 2019

¿Sabes escuchar? Compruébalo con este gesto

Todos decimos ser comprensivos, pacientes y tolerantes, pero a la hora de la verdad nos cuesta atender a los demás.



La tolerancia es un valor que anda en boca de todos. Exigimos tolerancia, decimos que en democracia hay que respetar a los que no piensan como nosotros y en las redes sociales exigimos que se viva la diferencia como un valor positivo.
Lo mismo ocurre con la comprensión. Nos quejamos de lo poco comprensivos que han sido con nosotros en la oficina del ayuntamiento, en la comisaría de policía o en el supermercado, y criticamos las actitudes de incomprensión que aparecen en las noticias o en los virales de las redes sociales.
Sin embargo, ¿somos realmente comprensivos y tolerantes nosotros? Porque es muy fácil mirar alrededor y juzgar a los demás. Inmediatamente ponemos nota a las actitudes incívicas, a los excesos de los jóvenes o a la deplorable actitud de los partidos políticos que no dan la talla con respecto a lo que “deberían” hacer.
Si por nosotros fuera, a juzgar por lo que publicamos en nuestros tuits y expresamos en Whatsapp, el mundo iría fenomenal. Seríamos excelentes gobernantes y ciudadanos ejemplares.
Pero después de toda esa lista de juicios negativos y suspensos que repartimos entre los demás, no queda nada. Solo un paisaje de negatividad y pesimismo. Y no se trata de eso: se trata de construir.
¿Podemos ayudar realmente a que haya más comprensión en la sociedad? Por supuesto que sí. Y lo podemos lograr aportando cada uno de nosotros una acción en positivo. Comencemos por ser comprensivos cada uno de nosotros de verdad y no solo de palabra.
Deja de poner nota a la sociedad por sus defectos y pregúntate qué puedes hacer hoy por vivir la comprensión.
¿Cómo puedes comprobar si realmente eres comprensivo y tolerante? Te propongo una prueba muy sencilla. Acude a una residencia de ancianos, la que tengas más próxima y donde nadie te conozca. Si no existe, ve a un parque cercano donde se encuentren algunos abuelitos solos. Ponte a hablar con uno de ellos. Puedes hacerle preguntas sencillas como dónde nació, de qué país procede o si tiene familia. Seguro que te hablará de recuerdos y te expresará opiniones en torno a sus propias experiencias. Luego pregúntale acerca de cuestiones de actualidad para que te dé su opinión. Ahí verás si pensáis del mismo modo.
Quédate conversando con esta persona durante 15-20 minutos. Después te despides y, en un aparte, anotas qué te ha contado. Así verás realmente si estabas atento a lo que te decía, si prestabas atención y si eras capaz de escuchar e interiorizar. Quizá esa persona no opina igual que tú acerca de la vida, pero ¿trataste de comprender sus razones? ¿Se sintió escuchada o solo estuviste muy cerca de ella físicamente pero con la cabeza ya andabas en otra parte?

MIKE NILES
BBC Three | YouTube | Fair Use

Así podemos comprobar si realmente escuchamos en casa, en el aula (tanto da el colegio, el instituto o la Universidad), o en el trabajo. Una cosa es estar físicamente al lado de la persona que habla, explica y opina, y otra muy distinta “entrar” en esas palabras y hacer una escucha atenta, que significa comprender, empatizar y responder tratando de crear un verdadero diálogo.
Solemos escuchar poco y luego impartimos nuestra opinión que, cómo no, queremos que se tenga en cuenta. ¿Qué tal si por un día le comenzamos a dar la vuelta a esa actitud y escuchamos más que opinamos?
Dolors Massot, Aleteia

miércoles, 16 de agosto de 2017

Diez formas en las que puedes herir a tu esposa sin darte cuenta: la Biblia advierte de ellas

Puede no haber mala intención, pero son pequeños detalles fácilmente corregibles 
para que no minen la confianza mutua.

Diez formas en las que puedes herir a tu esposa sin darte cuenta: la Biblia advierte de ellas

C.L. / ReL

"Antes de profundizar en este tema, es importante saber algo: una mujer debe comprender que, por encima de todo, ella es hermosa a los ojos de su Creador. Aunque quiera superar el examen de su esposo, ante todo «se prendará el Rey de tu belleza» (Sal 44, 12).

Es la reflexión con la que Molly Parker, tras 22 años de matrimonio (tiene tres hijos y vive en California), comenta en Crosswalk diez formas con las que un hombre puede hacer sentir "fea" a su mujer (en un sentido que va más allá de la condición física) sin decir una sola palabra y sin intención alguna de hacerlo. No es que Molly diga que hay todas deben evitarse siempre... pero tampoco deben quedar todas sin evitar nunca. Y el caso es que de todas ellas, de una forma u otra, nos previene la Biblia.

1. Escatima los cumplidos
Una mujer desea que se le preste atención, y si su marido (aquel cuya opinión es más importante) no es capaz de dedicarle un cumplido, ella empezará a preguntarse si hay algo que falla en ella. Si se ha arreglado y está atractiva, si asombra a su marido con su capacidad para la multi-tarea, si prepara unas comidas excelentes, "ella quiere que él se lo diga" y "él debe hacérselo saber".

"La ansiedad en el corazón deprime al hombre, pero una palabra buena le causa alegría" (Prov 12, 25).

2. No tiene en ningún lado una foto de su mujer
"Una vez visité a mi marido en el trabajo y vi algo hermoso: ¡Yo! Ahí estaba, sobre su mesa, dentro de un pequeño marco que todos podían ver. Me sentí honrada y querida y, si he de ser sincera, algo coqueta. No tienes bastante de mí fuera de casa, ¿eh, machote?", cuenta Molly, quien ofrece como alternativa... un fondo de pantalla en el ordenador.

"Que en las puertas la alaben sus obras" (Prov 31, 31).

3. Mira frecuentemente a otras mujeres
Por cada marido que mira como no debe en la playa o en la calle, "hay una esposa que se siente poco deseable e insuficiente", que puede llegar a pensar "que no es lo bastante buena". Y si el hombre no se reprime de esos "exámenes de arriba abajo" a otras mujeres, "él llegará a pensar lo mismo". Molly explica por qué: "Mirar de esa manera en público puede conducir fácilmente a mirar de esa manera en privado", ya sea con una relación extraconyugal o mediante la pornografía.

"Todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya en su corazón cometió adulterio con ella" (Mt 5, 28).

4. Nunca le regala nada
"Nunca olvidaré", recuerda Molly, "lo bien que me sentí el día en el que mi marido me compró una blusa escogida por él mismo. ¿Por qué? Porque él pensó que me sentaría bien. Y entonces me lo imaginé en la tienda diciéndose a sí mismo: 'Me gustaría verla con esto puesto'. Eso le hizo atractivo para mí, y me hizo sentirme atractiva a mí. Ambos ganamos". Porque el mejor regalo de un hombre a una mujer es él mismo, añade.

"El alma generosa será saciada, y quien riega también él mismo será regado" (Prov 11, 25).

5. Siempre está mirando su teléfono móvil
Los tiempos de juntarse en un sofá, o en el coche, o en un restaurante, sin la compañía del celular, puede que hayan pasado para siempre: "Pero el día que un hombre hace el primer movimiento y apaga el móvil, mirándote a los ojos como si fuera la primera cita... sin distracciones... su mujer está segura de que es vista y escuchada... todo lo contrario de sentirse fea".

"Vosotros, hombres, tratad a conciencia con la mujer, dándole el debido honor como coheredera de la gracia de la vida" (I Pe 3, 7).

6. Acurrucarse no le basta
Molly confiesa lo mucho que le gustan que su marido le haga cosquillas en la espalda. O disfrutar de un helado estirando las piernas sobre las de su marido. Sin más pretensiones. "Por eso, cuando un hombre quiere sexo y solo sexo, su mujer se siente usada como un electrodoméstico", dice, "como si él la viese solo cual alguien con una función".

"Que el marido dé a su mujer el débito, y la mujer de igual modo al marido" (I Cor 7, 3).

[En realidad esta referencia neotestamentaria que aduce Molly alude precisamente al débito conyugal {debitum, dice la Vulgata}, esto es, al sexo, y asi la hemos transcrito. Lo que pasa es que la autora cita por la versión protestante de la Biblia conocida como King James o Rey Jacobo, que utiliza "benevolence" {versión antigua} o "affection" {versión nueva} en vez de "débito" ("El marido dé a su mujer cariño", transcribe Molly). Sin embargo, todo el contexto de los versículos 1 a 7 de esa carta de San Pablo, incluso en la versión protestante, alude a la relación propiamente carnal. En cualquier caso, que el versículo aducido por Molly no case bien con la idea que ella quiere apoyar no quita fuerza a la idea misma de la importancia de las muestras de cariño más allá del sexo.]

7. Se come la última magdalena para que no lo haga ella
"Cuando un hombre se come la última magdalena para 'ayudar' a su mujer a perder peso, o le pone estratégicamente las zapatillas de deporte a los pies de la cama, ella se va a sentir fea. Y aunque él cree que es sutil, ella sabe exactamente lo que está pasando", advierte Molly: " Es importante que un hombre muestre afecto hacia su esposa ahora, esté o no en plena forma".

"Regocíjate con la mujer de tu juventud" (Prov 5, 18).

8. Prefiere las cosas de hombres
Molly ve bien que los hombres necesiten su espacio y su momento para sus cosas y sus amigos. "Pero cuando su lugar de esparcimiento se parece más a un lugar de escape, su mujer puede preguntarse por qué él ya no busca su compañía", incluso hasta temer que alejarse de algún vicio, como el alcohol, implique alejarse también de ella.

"Goza de la vida con la mujer que ames todos los días de tu vida fugaz" (Eclesiatés 9, 9).

9. No le importa que otros hombres dediquen atención a su mujer
No todos los celos son pecaminosos, recuerda Molly: "Sin un marido ve que otro hombre intenta seducir a su esposa, tiene derecho a estar celoso; debe estar celoso". Así que "para honrar y defender a su mujer y no descuidar su compromiso con ella,  un hombre debe estar ojo avizor. Ese toque de saludables celos no solo protegerá su matrimonio, sino que hará que su mujer se sienta deseable".

"Yahvé tiene por nombre Celoso. Un Dios celoso es" (Éx 34, 14).

10. Habla mejor de otras mujeres que de la suya propia
Si una mujer oye a su marido calificativos respecto a otras mujeres que nunca oye respecto a ella (da igual que sean valoraciones físicas que intelectuales), se sentirá cualquier cosa menos bien, "lo cual es especialmente verdad si Doña Guapísima o Doña Brillante son conocidas de la pareja, no meras estrellas de Hollywood". Porque toda mujer tiene algo hermoso que ofrecer al mundo, pero es dentro del matrimonio donde ha de sentirse única entre un millón.

"Única es mi paloma, única mi perfecta" (Cantar de los Cantares 6, 8).

miércoles, 6 de julio de 2016

Conozco a mi pareja, pero… no la entiendo

Compartamos nuestros diversos puntos de vista

Conozco a mi pareja, pero… no la entiendo

Suele suceder entre esposos: uno de ellos percibe un suceso de tal manera que lo lleva a comportarse como si dicha percepción encajara totalmente en la realidad, y puede venir entonces el apremio, la exagerada preocupación por decidir y actuar en consecuencia, o, por lo contrario, una actitud relajada y un escaso sentido de la urgencia.
Estas actitudes, no siendo apropiadas, pueden generar estrés en uno o ambos cónyuges.

Estas circunstancias ponen a prueba la necesidad de mejorar su comunicación en el aprendizaje, de ponerse en los zapatos del otro. Finalmente dos piensan mejor que uno si se comparten y aprovechan puntos de vista.

También dicho aprendizaje se convierte en la sal de la existencia, cuando las expresiones a propósito serán recordadas con sentido del humor, como anécdotas que pintarán de colores el paisaje de su historia común. Expresiones como:

  • ¡Mujer, gastamos tanto en las vacaciones que tendremos que regalar al perro pues no tendré para sus croquetas!
  • Le he dicho a mi esposo, que si nuestro hijo de tres años, en el kinder ya saca esas malísimas evaluaciones en computación, inglés, francés y chino mandarín, ¡jamás llegara a la universidad!
  • Mi esposo tiene tres días que no me habla de la oficina para decirme que me adora, ¡ya se murió nuestro amor!
  • ¡Tu madre anuncia visita de tres días, seguro de quedará un año!

He aquí una corta historia que describe estos inevitables lances:

Mi esposa me invitó al cine
Como es una de esas películas que a ella le gustan y a mí no tanto, acepté con la condición de que al salir del cine, fuéramos a un pequeño restaurante que suelo visitar con mis amigos.
Le digo que me comeré solo una hamburguesa con su respectiva cerveza. Acepta arrugando el entrecejo pues no le gusta que lo haga, ya que tengo sobrepeso. Aunque… ¿qué fue lo que le dije? ¿Una?
Me encanta salir con ella, siempre que no me malhumore haciéndome llegar tarde a algún lugar por decisiones imprevistas, o “por arreglarse en un minuto”. Así que le advertí por enésima vez, que algo así no podía suceder.

La respuesta fue la de siempre: -No te preocupes, no pasará. Luego, sosteniendo la mirada y poniendo cara de asombro y extrañeza, (gestos que ya conozco), añadió: -¿Por qué habría de pasar? Si te lo estoy prometiendo ahora, ¡ya quita esa cara!

La película empezaba a las 8.00 p.m. Calculando el tiempo de traslado y estacionamiento, deberíamos salir de casa 20 minutos antes. Se lo dije, y quedó acordado.

7.10 p.m. Primera llamada. Llego de la oficina agitado y le digo: -Mi vida, ya estoy aquí, salimos en 30 minutos (para hacer un poco de presión).
Escucho una alegre voz desde el baño: -Mi amor, ya estoy a punto, espero que te guste mucho la película.
La respuesta me causa cierta inquietud, son de esas frases habilidosas, oportunas y un tanto manipuladoras, en las que ella es experta.

7.25 p.m. Segunda llamada. Ya no le digo “mi vida”, sino que le llamo por su nombre poniendo énfasis de gravedad en el tono: -¡Encarnación, mira el reloj, te recuerdo en lo que quedamos!
La serenidad hecha persona me contesta -¡No seas impaciente, que el cine está aquí a la vuelta!
¿A la vuelta dijo? Se enciende un foco rojo. Me tomo un sorbo de agua, respiro profundo y trato de conservar la calma pensando: esta vez no pasará…

7.35 p.m. Tercera llamada. Ya no la llamo por su nombre, sino por el diminutivo propio de los síntomas previos al ataque histérico -¡“Encarna”, ¡que se nos hace tarde! (tengo sudor en la frente).
-Ya casi estoy lista -exclama con un tono de reclamo haciéndose la víctima-. Solo me falta un broche.
Escucho una sirena en el interior de mi cerebro, me veo subiendo por las paredes.

7.40 p.m. Cuarta llamada. Le pego un grito con el súper diminutivo de su nombre: -¡Enca! ¡Que llegamos tarde otra vez!
-¡Solo me falta un zapato!- responde en voz baja, como quien está entre apurada y distraída.
No puede ser, no puede ser… pienso, un zapato puede costarle un cuarto de hora más, debe ser el zapato de la Cenicienta que se le ha perdido y lo está buscando; lo más seguro es que lo dejara en la carroza aquella, y, claro, ahora habrá ido a la carroza por él. (pensamientos que me vienen a la cabeza preparándome para el pleito, integrando previamente fuertes dosis de sarcasmo).

7.45 p.m. De puntillas me acerco a la puerta abierta de la habitación y… ¡oh sorpresa! Mi esposa no está buscando el zapato que le falta, como tampoco lo está buscando en ninguna carroza. Habla por teléfono con la inoportuna de su prima Clara, y aprovecha para reunir calcetines en pares con singular alegría, porque los acaba de sacar de la secadora y no los quiere dejar por ahí.
¡Aunque lleguemos tarde al cine está hablando por teléfono y guardando calcetines!
Me derrumbo en nuestro precioso sofá color morado confundiéndome en su color, rumiando la más terrible de las venganzas. Estoy dispuesto a todo…

7. 50 p.m. Mi esposa sale con una esplendorosa sonrisa y dice -¡Listo, en diez minutos estamos en el cine!
Accedo impasible, porque en mi ya tenebroso y mascullado plan de venganza, pienso… al salir del cine devoraré, sin más, tres hamburguesas con sus respectivas cervezas; mientras que la que adquiera el precioso color morado, habrá de ser ella. La venganza será dulce.

Llegamos 8.05 p.m. La película aún no empezaba, había un pequeño retraso, mi esposa se sentó viéndome de reojo con aire de satisfacción. Yo me hago el occiso.
Disfrutamos de la película y al salir me invitó a comer hamburguesas, diciéndome con desenfado que me comiera todas las hamburguesas que quisiera con sus respectivas cervezas, que ella invitaba con unos ahorrillos que tenía.

Mi mujer me conoce demasiado.
Si los cónyuges no mantienen con excesiva rigidez sus propios valores respecto del otro, entonces, es muy probable que entrenándose ambos en estrategias de negociación y de solución de problemas, muchos conflictos se eviten, controlen o extingan más fácilmente.

Al adquirir experiencia se darán cuenta, de que con el tiempo, los sucesos por difíciles que puedan haber sido, adquirirán siempre una relativa importancia. Por es no se debe de comprometer negativamente la alegría de estar juntos, pues será siempre un valor superior.

Por Orfa Astorga de Lira, m
áster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.