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martes, 27 de abril de 2021

¿Por qué no nos entendemos? Ya no vivimos en el mismo lugar

 


Es una de las paradojas de nuestro tiempo: tantas herramientas de comunicación, pero nos resulta cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso

Vemos cada vez más la dificultad de entendernos.

Es una de las paradojas de nuestro tiempo: a pesar de la multiplicación de herramientas de comunicación, nos resulta cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso.

La información se ha aliado con el poder. La comunicación se ha vuelto violenta y al mismo tiempo sin argumentos.

Las consignas se oponen, pero no se discuten. Cada vez tenemos más la impresión de un mundo dividido y fragmentado, incluso dentro de la comunidad cristiana.

Parece que estamos construyendo una nueva Babel, cada uno es rígido en su posición y está convencido de que su torre seguramente lo conducirá al cielo.

Ya no vivimos en el mismo lugar

Aunque habitemos el mismo mundo, ya no se siente como nuestro.

Cuando luchamos por los intereses de un pequeño grupo y no por un bien común, ya esta no es nuestra casa común, y los demás no son nuestros hermanos sino desconocidos e incluso enemigos.

El equilibrio entre la libertad personal y la salvaguardia del bien común es algo bastante complejo.

Todos los hombres aspiramos a la libertad, pero, al mismo tiempo, reclamamos protección frente al empleo que los otros hacen de la suya.

Es necesario que existan unos límites, porque las libertades interactúan entre sí. Mi libertad termina donde empieza la del otro y para ello es necesario vivir la auténtica tolerancia.

“La tolerancia, entendida como respeto y consideración hacia la diferencia, o como una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia, de aceptación de un legítimo pluralismo, es a todas luces un valor de enorme importancia.

Estimular en este sentido la tolerancia puede contribuir a resolver muchos conflictos y a erradicar muchas violencias.

Y como unos y otras son noticia frecuente en los más diversos ámbitos de la vida social, cabe pensar que la tolerancia es un valor que –necesaria y urgentemente– hay que promover.

Sin embargo, la tolerancia no es una actitud de simple neutralidad, o de indiferencia, sino una posición resuelta que cobra sentido cuando se opone a su límite, que es lo intolerable.

De hecho, muchas formas de intolerancia tienen su origen en un previo exceso de tolerancia, que ha producido conflictos violentos”.

Alfonso Aguiló

Tolerar desde el amor

MULTICULTURAL

Esa acción que une y no dispersa es la actitud de Dios que es amor.

Por tanto, parece que la razón de nuestra fragmentación, que se convierte en conflicto, radica precisamente en el hecho de que ya no vivimos en el mismo lugar.

Para los judíos, Jerusalén era el lugar donde podían estar ante Dios, era el lugar de su presencia. Quizás esto sea lo que nos falta hoy: ya no estamos ante Dios.

Él es el lugar donde todos podemos encontrarnos juntos. Es el lugar al que todos pertenecemos.

En el momento en que desaparece nuestra presencia frente a Él, ya no somos capaces de entendernos y menos de vivir la tolerancia desde el amor y no desde la oposición.

Nuestra comunicación se ha vuelto fría, porque ya no nos acercamos al fuego.

Es por eso que debemos regresar con fuerza para pedirle al Espíritu que doble nuestros pensamientos rígidos, que caliente nuestros corazones en hibernación, que enderece nuestros juicios equivocados.

Hacer espacio

El amor de Dios quiere residir en nosotros. ¿Pero encontrará espacio? Si nuestro hogar está completamente lleno de nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestras razones, nuestras ideas, no hay lugar para este dulce huésped del alma.

No es el Señor quien no quiere entrar en nuestro corazón, somos nosotros los que no le dejamos entrar.

Si pensamos que ya lo sabemos todo y que nuestra forma de pensar es la correcta, no necesitaremos pedirle al Espíritu que nos recuerde lo que Jesús nos enseñó.

Luisa Restrepo, Aleteia 


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sábado, 3 de agosto de 2019

¿Sabes escuchar? Compruébalo con este gesto

Todos decimos ser comprensivos, pacientes y tolerantes, pero a la hora de la verdad nos cuesta atender a los demás.



La tolerancia es un valor que anda en boca de todos. Exigimos tolerancia, decimos que en democracia hay que respetar a los que no piensan como nosotros y en las redes sociales exigimos que se viva la diferencia como un valor positivo.
Lo mismo ocurre con la comprensión. Nos quejamos de lo poco comprensivos que han sido con nosotros en la oficina del ayuntamiento, en la comisaría de policía o en el supermercado, y criticamos las actitudes de incomprensión que aparecen en las noticias o en los virales de las redes sociales.
Sin embargo, ¿somos realmente comprensivos y tolerantes nosotros? Porque es muy fácil mirar alrededor y juzgar a los demás. Inmediatamente ponemos nota a las actitudes incívicas, a los excesos de los jóvenes o a la deplorable actitud de los partidos políticos que no dan la talla con respecto a lo que “deberían” hacer.
Si por nosotros fuera, a juzgar por lo que publicamos en nuestros tuits y expresamos en Whatsapp, el mundo iría fenomenal. Seríamos excelentes gobernantes y ciudadanos ejemplares.
Pero después de toda esa lista de juicios negativos y suspensos que repartimos entre los demás, no queda nada. Solo un paisaje de negatividad y pesimismo. Y no se trata de eso: se trata de construir.
¿Podemos ayudar realmente a que haya más comprensión en la sociedad? Por supuesto que sí. Y lo podemos lograr aportando cada uno de nosotros una acción en positivo. Comencemos por ser comprensivos cada uno de nosotros de verdad y no solo de palabra.
Deja de poner nota a la sociedad por sus defectos y pregúntate qué puedes hacer hoy por vivir la comprensión.
¿Cómo puedes comprobar si realmente eres comprensivo y tolerante? Te propongo una prueba muy sencilla. Acude a una residencia de ancianos, la que tengas más próxima y donde nadie te conozca. Si no existe, ve a un parque cercano donde se encuentren algunos abuelitos solos. Ponte a hablar con uno de ellos. Puedes hacerle preguntas sencillas como dónde nació, de qué país procede o si tiene familia. Seguro que te hablará de recuerdos y te expresará opiniones en torno a sus propias experiencias. Luego pregúntale acerca de cuestiones de actualidad para que te dé su opinión. Ahí verás si pensáis del mismo modo.
Quédate conversando con esta persona durante 15-20 minutos. Después te despides y, en un aparte, anotas qué te ha contado. Así verás realmente si estabas atento a lo que te decía, si prestabas atención y si eras capaz de escuchar e interiorizar. Quizá esa persona no opina igual que tú acerca de la vida, pero ¿trataste de comprender sus razones? ¿Se sintió escuchada o solo estuviste muy cerca de ella físicamente pero con la cabeza ya andabas en otra parte?

MIKE NILES
BBC Three | YouTube | Fair Use

Así podemos comprobar si realmente escuchamos en casa, en el aula (tanto da el colegio, el instituto o la Universidad), o en el trabajo. Una cosa es estar físicamente al lado de la persona que habla, explica y opina, y otra muy distinta “entrar” en esas palabras y hacer una escucha atenta, que significa comprender, empatizar y responder tratando de crear un verdadero diálogo.
Solemos escuchar poco y luego impartimos nuestra opinión que, cómo no, queremos que se tenga en cuenta. ¿Qué tal si por un día le comenzamos a dar la vuelta a esa actitud y escuchamos más que opinamos?
Dolors Massot, Aleteia