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jueves, 6 de septiembre de 2018

Carta a «El País» y «El Periódico» de un seminarista: celibato, abusos y defensa de la Iglesia


Iñigo es seminarista en el Seminario de Barcelona
La Iglesia Católica está viviendo durante las últimas semanas momentos muy convulsos ante los escándalos de abusos por parte del clero, la participación de algún importante miembro de la Iglesia y el encubrimiento de otros.
Como en otras ocasiones se ha puesto el foco en el celibato como uno de los causantes de estos casos. Y así se han hecho eco distintos medios de comunicación. Para dar otra versión y ofrecer su testimonio en estos tiempos difíciles, Iñigo de Alfonso Mustienes, seminarista de la Archidiócesis de Barcelona, ha enviado una carta al director de algunos de estos medios. Y El Periódico o El País la han publicado. Esto es lo que dice:
Sobre el celibato
“Tengo 32 años y soy seminarista en Barcelona. Antes del seminario estudié Derecho y me dediqué a temas legales internacionales.
Llevamos unos años en los que se van haciendo públicos hechos asquerosos de obispos, sacerdotes y religiosos que han abusado de niños y adultos indefensos. Esos abusadores deben ser puestos, como muchos ya lo están, ante las autoridades judiciales para que recaiga sobre ellos todo el peso de las leyes. Y, por supuesto, como también se está haciendo, deben ser expulsados de los ministerios que desempeñan.
Es un error pensar que con abolir el celibato o permitir que las mujeres se puedan ordenar, como piensan algunos, se soluciona el problema. Hay muchos más abusos y violencia doméstica en un matrimonio y nadie piensa en poner celibato opcional entre los esposos, que ya lo es, según libertad de cada uno.
Yo sentí la llamada de Dios. Yo libremente escogí seguirle aceptando una decisión que sé que no se entiende. Es una vida de amor y entrega. Una vida en la que debemos ver, y para eso nos forman, a las personas que se nos encomiendan a través de la Iglesia como nuestra verdadera esposa.
Una vida de entrega que solo en la verdadera vida de piedad y entrega a los demás puede funcionar. Pero teniendo muy claro que el sacerdocio no es un derecho de nadie. Es la Iglesia quien debe discernir sobre si yo soy apto o no. Y soy yo quien debo ser 100% sincero para esta vida de entrega y de amor fraterno”.
ReL







sábado, 1 de septiembre de 2018

¿Cómo mantener la fe cuando hay escándalos graves en la Iglesia?

O más bien, ¿en qué Iglesia creemos? ¿En un club de perfectos o
en un hospital de pecadores?

CANDLES

En 1969 el entonces teólogo Joseph Ratzinger escribía en su obra “Introducción al cristianismo” un breve capítulo sobre la Iglesia y comenzaba de un modo que nos parece sumamente actual:

“…Hablemos también de lo que hoy día nos acosa. No intentemos disimularlo; hoy sentimos la tentación de decir que la Iglesia ni es santa ni es católica… La historia de la Iglesia está llena de compromisos humanos. Podemos comprender la horrible visión de Dante que veía subir al coche de la Iglesia las prostitutas de Babilonia, y nos parecen comprensibles las terribles palabras de Guillermo de Auvernia (siglo III), quien afirmaba que deberíamos temblar al ver la perversión de la Iglesia: La Iglesia ya no es una novia, sino un monstruo tremendamente salvaje y deforme...

La catolicidad de la Iglesia nos parece tan problemática como la santidad. Los partidos y contiendas han dividido la túnica del Señor, han dividido la Iglesia en muchas Iglesias que pretenden ser, más o menos intensamente, la única Iglesia verdadera. Por eso hoy la Iglesia se ha convertido para muchos en el principal obstáculo para la fe. En ella sólo puede verse la lucha por el poder humano, el mezquino teatro de quienes con sus afirmaciones quieren absolutizar el cristianismo oficial y paralizar el verdadero espíritu del cristianismo”.

Dicho esto, con total claridad y dureza, está convencido de que no se pueden refutar estos argumentos y que esta percepción no solamente está cimentada en razones, sino también en corazones defraudados y heridos en su alta expectativa y que ahora sufren una terrible decepción. Y es desde este punto de partida, de este contraste entre lo que se cree en la fe y lo que se percibe en la realidad, que se pregunta “¿por qué a pesar de todo, amamos a la Iglesia?”.

¿Iglesia santa?
Decir “Iglesia santa” no es afirmar que todos y cada uno de sus miembros sean santos, inmaculados. Ratzinger plantea que este sueño de una iglesia inmaculada ha renacido en todas las épocas, pero no tiene lugar en el Credo y que de hecho las más duras críticas a la Iglesia provienen de este sueño irreal de una iglesia inmaculada.

“La santidad de la Iglesia consiste en el poder por el que Dios obra la santidad en ella, dentro de la pecaminosidad humana. Es un don de Dios, una gracia, que permanece a pesar de la infidelidad humana. Es expresión del amor de Dios que no se deja vencer por la incapacidad del hombre, sino que siempre es bueno para él, lo asume continuamente como pecador, lo transforma, lo santifica y lo ama”.

Como lo que es don, gratuito, no depende del mérito de los creyentes, la santidad que permanece en la Iglesia es la de Cristo, no la nuestra. “Lo que en ella está presente y lo que elige en amor cada vez más paradójico las manos sucias de los hombres como vasija de su presencia, es verdaderamente la santidad del Señor”.

Para Ratzinger la paradójica imagen la yuxtaposición entre la santidad de Cristo y la infidelidad humana, es la dramática figura de la gracia en este mundo, por la que se hace visible el amor gratuito e incondicional de Dios, que tanto ayer como hoy se sienta a comer en la misma mesa con los pecadores.

El sueño de un mundo incontaminado
La idea de que la Iglesia no se mezcla con el pecado es un pensamiento simplista y dualista, que pretende una imagen ideal, aristocrática, pero no real. Ratzinger recuerda como se escandalizaban de Cristo sus mismos contemporáneos porque no era un fuego que destruyera a los pecadores, no era un celoso de la pureza con esa nota judicial de separar el trigo de la cizaña.

“Su santidad se mostraba en el contacto con los pecadores que se acercaban a él, hasta el punto de que él mismo se convirtió en pecado, en plena comunidad con el destino común de los perdidos… y reveló así lo que era la santidad: Nada de separación, sino purificación, nada de condenación, sino amor redentor”.

Las preguntas que surgen de este modo de ver las cosas son estremecedoras y llenas de esperanza: “¿No es acaso la Iglesia la continuación de este ingreso de Dios en la miseria humana? ¿no es la continuación de la participación en la misma mesa de Jesús con los pecadores? ¿no es la continuación de su contacto con la necesidad de los pecadores, de modo que hasta parece sucumbir? ¿no se revela en la pecadora santidad de la Iglesia frente a las expectaciones humanas de lo puro, la verdadera santidad aristocrática de lo puro e inaccesible, sino que se mezcla con la porquería del mundo para eliminarla? ¿Puede ser la Iglesia algo distinto de un sobrellevarse mutuamente que nace de que todos son sostenidos por Cristo?”

Sobrellevarse unos a otros, porque él ha cargado con nosotros
Confiesa en su tono siempre lúcido y transparente, que la santidad casi imperceptible de la Iglesia tiene algo de consolador. Porque nos desalentaríamos ante una santidad inmaculada, judicial y arrasadora que no abrazara la fragilidad humana y que no ofreciera siempre el perdón a quien se arrepiente de corazón. De hecho, todos tendríamos que ser dados de baja si la Iglesia fuera una comunidad de los que merecen un premio a la perfección.

Quien vive con la conciencia de que tiene necesidad de ser sostenido por otros, no podrá negarse a cargar con sus hermanos. El único consuelo que puede ofrecer la comunidad cristiana es sobrellevar a otros como uno mismo es cargado.

Lo que realmente importa a los creyentes
Las visiones reduccionistas sobre la Iglesia no tienen en cuenta lo que ella cree de sí misma, ni su centro, que es Jesucristo. No es una institución donde lo más importante sea su organización u objetivos políticos, “sino el consuelo de la palabra y de los sacramentos que conserva en días buenos y aciagos”.

“Los verdaderos creyentes no dan mucha importancia a la lucha por la reorganización de las formas cristianas. Viven de lo que la Iglesia siempre fue. Y si uno quiere conocer la Iglesia, que entre en ella. La iglesia no existe principalmente donde está organizada, donde se reforma o se gobierna, sino en los que creen sencillamente y reciben en ella el don de la fe que para ellos es vida. Sólo sabe quién es la Iglesia de antes y de ahora quien ha experimentado cómo la Iglesia eleva al hombre por encima del cambio de servicio y de formas, y cómo es para él patria, y esperanza, patria que es esperanza, camino que conduce a la vida eterna”.

Para Ratzinger la Iglesia vive de la lucha entre el pecado de sus miembros y la santidad de Cristo que la habita, pero es una lucha útil si está llevada por el amor real y eficaz. Una Iglesia de puertas cerradas destruye a los que están dentro y considera una ilusión creerse que por aislarse del mundo podemos hacerlo mejor, porque también es una ilusión creer en una “iglesia de santos”, porque lo que hay es una “Iglesia santa”, santa porque es de Cristo y no nuestra.

Miguel Pastorino, Aleteia
























viernes, 31 de agosto de 2018

Ante los fallos en la Iglesia, ¿qué actitud adoptar desde la fe? Cuatro consejos que pueden ayudarte

Dios no suelta de su mano a la Iglesia, por muy grandes que sean sus pecados de sus hijos


El Papa Francisco orando por las víctimas de los abusos
El Papa Francisco orando por las víctimas de los abusos







Una cosa ha sido leer las escrituras -explica en Catholic Net la periodista Silvana Ramos-, encontrarme con la historia de Job y sorprenderme con la grandeza de su fe y fidelidad a Dios. Job, mi gran aliado en la caída. Sinceramente hoy la imagen de Job a duras penas me saca a flote; el enojo, la vergüenza, la indignación, es escándalo, el sentir el orgullo aplastado, el amor tirado por el piso, la confianza traicionada. ¡Cómo duele la Iglesia en estos días! Quiero compartir lo que como pueblo católico estamos viviendo, esperando que este recurso de alguna manera pueda aportar en algo hacia la necesaria enmienda de la Iglesia. Una iglesia que no solo es responsabilidad de algunos, sino de todos sus miembros.
Las denuncias por abuso y encubrimiento son reales, los hechos me dejan sin palabra, la culpa es innegable y grande, muy grande. Cuando las denuncias empezaron a ver la luz, la primera reacción que he visto en muchos de mis hermanos (incluida yo), es tratar de salir a defender, a excusar lo sucedido, a tratar de separar el trigo de la cizaña: “¡No son todos!”, “la Iglesia está tomando cartas en el asunto…”, “sucedió hace muchos años”. Las palabras se quedan cortas, parecemos locos tratando de defender lo indefendible.
Los amigos se nos vienen encima, la familia también, muchos abandonan la fe, el odio de otros tantos crece y con argumentos sólidos: ¿Cómo no llenarse de rabia contra aquel que me prometía el cielo mientras mataba a mis hijos? Yo que soy madre, no quiero ni pensar en el dolor de las víctimas.
Quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones que nacen durante este tiempo a raíz de lo que la Iglesia vive en este minuto:
 
Dios como cimiento único de mi fe
Los abusos que suceden dentro de la Iglesia Católica, me atrevo a decir, son mucho peores que los que suceden fuera de ella, justo porque la misión de la Iglesia es el bien de la humanidad misma. Bien que tiene que ver con la verdad y el amor que provienen del mismo Cristo. Creo que aquí necesitamos prestar atención: ¿hasta qué punto vivo mi fe en la Iglesia como una participación en una simple institución donde mi valor está en el prestigio y las obras, y no en mi necesidad de Cristo?
La corrupción ciega el alma, si te encuentras en ese punto, en el que no puedes ver el mal que se ha obrado y se viene obrando y solo te interesa salir bien parado de este asunto, vas por mal camino. La Iglesia es un camino dejado por Dios, un camino para recorrerlo de su mano y no a solas. En el minuto en que se piensa que la Iglesia significa seguridad, prestigio, éxito e inmunidad… se pierde el camino.
 
La comunidad se vive a todo nivel, incluso en el pecado
Si la fe se torna en vivir un simple conjunto de reglas y rituales en lugar de vivir la fe como una relación con Dios, que es amor, vas a ciegas. Te has convertido en un autómata, sin sentido y a la merced de tus propias carencias y debilidades. Si miento, pensando en que no hago ningún daño porque es una mentira pequeña de la que nadie se va a enterar, me estoy engañando a mí mismo. Hay que ser fiel en lo poco para poder ser fiel en lo grande.
El mal, por muy pequeño que sea, tiene consecuencias que repercuten en toda la comunidad. ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a justificar e incluso a encubrir situaciones malas por salvaguardar un nombre? Si amo a Dios y amo a la Iglesia que Él mismo ha fundado, necesito tener la libertad de actuar y con premura señalar, denunciar en primera persona el mal cometido. No se trata de volverse como esos niños pequeños que corren a quejarse con su madre por todo, indiscriminadamente y sin fundamento. No. Se trata de vivir con firmeza la opción por el bien y la verdad que nos conduzcan al amor. Y parte de ese bien es no convertirnos en cómplices del mal.
 
La fe está a prueba
La fe de los católicos ciertamente en este tiempo está a prueba. Todos estos acontecimientos que nos horrorizan nos llenan de dolor y de vergüenza, son muchas veces casi insoportables. Provoca salir corriendo y abandonarlo todo, que el último que salga apague la luz. Pareciera que la solución es abandonar la Iglesia, destruirla, cuántos claman por esto. Dios sostiene a la Iglesia, no nos olvidemos de esto nunca, y justo por eso hay que mirarlo a Él y seguirlo a Él en primer lugar. Jesús se enfrentaba sin miedo y señalaba a los fariseos, recordemos que fariseos podemos ser nosotros mismos, si perdemos ese sano temor a las debilidades propias y nos empezamos a creer perfectos, vamos por mal camino.
 
El mal existe, y el demonio también
En un mundo en que la ciencia y la razón son lo único que priman, hablar del demonio resulta poco creíble. Qué gran victoria la de la él, hacernos creer que no existe. Parece que es más fácil creer en los unicornios que en el demonio. Si miráramos con un poco más de atención nuestros propios actos y el suceder de las cosas, nos daríamos cuenta, no solo de su existencia, sino que estaríamos más pendientes de las opciones que escuchamos y por las cuales optamos. El trabajo del demonio es tentarnos, nuestras almas se pierden cuando en libertad optamos por el mal. Esta última frase tiene que hacer eco hasta para un no creyente. Pero ¿cómo puedo optar por el bien una y otra vez cuando me creo inmune al mal? O negando su existencia. No es simplemente crianza en valores y tener una voluntad férrea, creo que primero se trata de reconocernos pequeños, frágiles y necesitados de asistencia, asistencia de Dios que nos levanta cuando caemos y nos perdona siempre que volvemos a casa. Empecemos pues, una y otra vez optando por el bien profundamente.
“Se trata de despertar la conciencia sobre la gravedad de los problemas, de hacer leyes apropiadas, de controlar el desarrollo de la tecnología, de identificar a las víctimas y perseguir a los culpables de crímenes, de ayudar en su rehabilitación a los menores afectados”, explica el Papa Francisco.
La Iglesia atraviesa duros momentos, y nuestra fe está puesta a prueba con un fuego abrasador del que muchos no logran salir ilesos. Pero justo hoy cuando más nos duele, cuando no encontramos respuesta, cuando no vemos la luz, cuando parece que hemos sido abandonados en la oscuridad, elevemos nuestras plegarias al Señor, con la tristeza, la furia y la incomprensión que reina en nuestro corazón.
¡Hoy me dueles Iglesia! pero que no se opaque mi fe, que no desaparezca la esperanza. Te invito a unirte en oración en este momento, reza un padre nuestro o un ave maría por este dura prueba que atravesamos todos.
ReL







sábado, 25 de agosto de 2018

Interesante reflexión de un joven cura ante los abusos: su experiencia, una crítica y una anécdota

Seán Connolly habla de su peor semana como sacerdote y cómo ha encontrado la fuerza

Sean Connolly no tiene todavía 30 años y hace apenas 3 que fue ordenado sacerdote
Sean Connolly no tiene todavía 30 años y hace apenas 3 que fue ordenado sacerdote







Los graves escándalos que han estallado en Estados Unidos han causado un gran dolor a los millones de católicos del país y de todo el mundo. También han provocado un gran sufrimiento en los muchos sacerdotes buenos que hay, que ahora son también señalados y que además sienten tristeza, rabia e impotencia ante los delitos de sus hermanos.
Sin embargo, muchos de estos sacerdotes han hechos públicos sus sentimientos, el dolor y tristeza que sienten, las dudas que incluso han vivido, pero también han reivindicado el don que para ellos es el sacerdocio. Uno de estos sacerdotes es Seán Connolly, un joven que todavía no llega a la treintena y que actualmente es vicario parroquial en una iglesia de Nueva York.
Por qué ser sacerdote
En una carta que publica Catholic World Report, Connolly recuerda que apenas lleva ordenado 3 años, que según él fue el día “más feliz” de su vida. “Al igual que muchos sacerdotes jóvenes de hoy, mi celo por la casa del Señor (Sal. 69: 9), la Iglesia, no era algo que siempre haya poseído. Tuve que descubrirlo en medio del laicismo generalizado de nuestros días”.
Connolly explica que el gran descubrimiento para él “​​fue el piadoso ejemplo de mi abuelo en el tiempo que pasé con él al final de su vida. Esto provocó una curiosidad intelectual dentro de mí para estudiar la fe por mi cuenta. Nunca olvidaré la euforia de mis años universitarios, al leer el Catecismo , GK Chesterton, Peter Kreeft, las vidas de los santos y más”. “Encontré a Jesús y su Iglesia, una voz audaz que proclamaba la verdad y la virtud en nuestro mundo quebrantado”, afirma.
Este joven sacerdote cuenta que “el mundo me mostró todas las formas en que se puede caer, pero cuando descubrí la Iglesia, encontré la única forma de levantarme”.
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Luchar por la Novia de Cristo
Con el tiempo discernió que era la voluntad de Dios que entregara por completo su vida como sacerdote. Ingresó en el seminario en 2010, mucho después de que estallara la noticia del escándalo de abuso sexual cometido por clérigos y que estalló en 2002.
“A pesar de los asquerosos pecados de algunos de sus sacerdotes y el patético encubrimiento de algunos de sus obispos, no iba a permitir que este mal tuviera la última palabra. Iba a hacer mi parte y luchar por la Novia de Cristo, la Iglesia. Y entonces, entré al seminario”, cuenta este sacerdote estadounidense.
Sin embargo, otro duro golpe le esperaba. Connolly asegura que “mi espíritu de lucha ha sido cuestionado por las revelaciones de la terrible semana pasada, con el informe del gran jurado que detalla siete décadas de abuso sexual y encubrimiento en seis diócesis de Pensilvania. Ha sido la semana más dura de mi breve sacerdocio. He tenido sentimientos de enfado, incredulidad, tristeza y vergüenza”.
La Iglesia no puede ser como una empresa
En su opinión, considera que “parece que la Iglesia ha sido administrada institucionalmente como si fuera una empresa. Con demasiada frecuencia, los fieles han sido vistos no en términos de sus almas inmortales, sino más bien en términos de clientes. Predicar fe y moralidad se volvió secundario para mantener a los clientes contentos. Que saliera a la luz el escándalo es malo para los negocios. Y así, el santo temor que viene con el conocimiento fiel de que todos seremos juzgados por Dios al final de nuestras vidas dio paso al encubrimiento del escándalo para proteger la reputación de la compañía. Un punto positivo que puede venir de esta crisis es que la Iglesia puede ser guiada y gobernada como una Iglesia nuevamente, no como una compañía. Y que los fieles sean vistos como almas hambrientas de Dios, no como clientes que buscan charlas felices”.
A su vez, insiste en que los sacerdotes y obispos que han cometido pecados graves y crímenes atroces son culpables de causar escándalo, que es “un acto de asesinato espiritual”, por lo que serán juzgados por Dios y las autoridades apropiadas. Sin embargo, agrega, “no podemos permitirnos caer en la tentación de estar tan escandalizados que perdamos la fe y dejemos la Iglesia. Hacer eso sería un suicidio espiritual. Es necesaria la distinción que tiene que hacerse entre la Iglesia y sus ministros humanos, que son falibles”.
"Quiero ser un sacerdote mejor y más santo"
“No podemos y no debemos permitir que sus pecados nos separen de la Iglesia de Cristo. Ese sería el golpe sobre el hematoma de la catástrofe de este escándalo”, sentencia.
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En su carta, Seán Connolly reconoce que “durante estos días pasados mi celo por la casa del Señor ha sido desafiado, pero no ha menguado. A raíz de la revelación de este escándalo, quiero ser un sacerdote mejor y más santo. Yo, junto con algunos de mis amigos sacerdotes he decidido llevar a cabo penitencias adicionales, como el ayuno, para ofrecer a Dios en reparación por los pecados de los sacerdotes. Debemos responder a este mal con nuestra bondad. Ahora más que nunca debemos abrazar la herencia de la fe católica que hemos recibido de nuestros antepasados. Ahora más que nunca, debemos ser valientes en nuestra proclamación de las enseñanzas de la Iglesia. Ahora más que nunca, debemos aceptar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación, especialmente el celibato por el Reino”.
La procesión que le terminó de convencer
Los días aciagos del escándalo coincidieron con la festividad de la Asunción de la Virgen, precisamente una de las patronas de la parroquia de este joven sacerdote. Estaba prevista una procesión y una pequeña fiesta.
“Estábamos preparando mesas y sillas, colocando las flores en la estatua de Nuestra Señora, que se llevaría en procesión. En medio de esta agradable atmósfera, llegaron un reportero y un camarógrafo de un medio de comunicación local. Lo primero que pensé fue: "¡Qué bien vinieron para cubrir nuestra procesión y fiesta!". Pronto me di cuenta, sin embargo, que estaban allí para contar cómo uno de los sacerdotes depredadores nombrados en el informe del gran jurado había sido asignado a mi parroquia hace más de 50 años”.
"Te necesitamos"
Admite que sintió la tentación de dejarse llevar por la desesperanza y dejarse robar el espíritu de aquel día festivo. Pero cuenta que “mis feligreses no permitieron que eso sucediera. Trescientos de ellos salieron el miércoles por la noche. Su propio celo por la casa del Señor me inspiró. Ellos claramente aprecian su identidad católica, la Fe y la Iglesia. Fuimos en procesión por el vecindario llevando a nuestra Señora, cantando himnos y rezando el rosario. Cuando regresamos a la iglesia, el sol se estaba poniendo maravillosamente sobre nosotros cuando concluimos con la Letanía de Loreto”
Cuando acabo, cuenta el religioso, un feligrés se me acercó con lágrimas en los ojos. ‘Padre’, dijo, ‘esta procesión fue una luz en la oscuridad de estos tiempos difíciles. Gracias por tu sacerdocio. Te necesitamos. Necesitamos todos ustedes buenos sacerdotes. No te bajes Cuelga ahí. Recuerda lo que Nuestra Señora dijo en Fátima, que a través de todo, 'Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará' ".













miércoles, 27 de abril de 2016

Para leer cuando la Iglesia te hace sufrir


Me has dado muchos escándalos, y sin embargo me has hecho entender la santidad: 
Un precioso texto de Carlo Carretto


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¡Qué cuestionable eres, Iglesia, y sin embargo te quiero!
¡Cuánto me has hecho sufrir, y sin embargo a ti me debo!
Quisiera verte destruida, y sin embargo necesito tu presencia.
Me has dado muchos escándalos, y sin embargo me has hecho entender la santidad.

No he visto nada más oscurantista en el mundo, más complejo, más falso y no he tocado nada más puro, más generoso, más bello.
Cuántas veces he querido cerrarte la puerta de mi alma en la cara, cuántas veces he rogado morirme entre tus brazos seguros.
No, no puedo liberarme de ti, porque soy tú, a pesar de no ser completamente tú.

Y luego, ¿a dónde iría?

¿A construirme otra?

No podía construirla más que con los mismos defectos, porque son los míos que llevo dentro. Y si la construyo, sería mi Iglesia, y no la de Cristo.

Estoy suficientemente viejo para entender que no soy mejor que los demás.

El otro día un amigo escribió una carta en un periódico: “Dejo la Iglesia porque, con su compromiso con los ricos, ya no es creíble”. Me da pena. O es un sentimental que no tiene experiencia, y lo disculpo; o es un orgulloso que cree que es mejor que los demás.

Ninguno de nosotros es creíble mientras esté sobre esta tierra…
La credibilidad no es de los hombres, es sólo de Dios y del Cristo.
¿Quizá la Iglesia de ayer era mejor que la de hoy? ¿Quizá la Iglesia de Jerusalén era más creíble que la de Roma?

¿Cuando Pablo llegó a Jerusalén llevando en el corazón su sed de universalidad, quizá que los discursos de Santiago sobre cortar el prepucio o la debilidad de Pedro que estaba con los ricos de entonces y que escandalizaba al comer sólo con los puros, podrían crearle dudas sobre la veracidad de la Iglesia, que Cristo había fundando fresca, y hacerle venir ganas de ir a fundar otra en Antioquía o en Tarso?

¿Quizá a santa Catalina de Siena, al ver al Papa que hacía una política sucia contra su ciudad, podía ocurrírsele la idea de ir a las colinas sieneses, transparentes como el cielo, y hacer otra Iglesia más transparente que la de Roma tan espesa, tan llena de pecados y politicastro?

La Iglesia tiene el poder de darme la santidad y está hecha completamente, desde el primero hasta el último, de puros pecadores, y ¡qué pecadores!

Tiene la fe omnipotente e invencible de renovar el misterio eucarístico, y está compuesta por hombres débiles que andan a tientas en la oscuridad y se baten cada día contra la tentación de perder la fe.
Lleva un mensaje de pura transparencia y está encarnada en una pasta sucia, como sucio es el mundo.

Habla de la dulzura de los Maestros, de su no violencia, y en la historia ha mandado ejércitos a destripar infieles y torturar heresiarcas.
Transmite un mensaje de pobreza evangélica, y sólo busca dinero y alianzas con los poderosos.

Aquellos que sueñan cosas distintas a esta realidad sólo pierden tiempo y empiezan siempre desde cero. Y además demuestran que no han entendido al hombre.

Porque eso es el hombre, tal como lo ve la Iglesia visible, en su maldad y, al mismo tiempo en su valentía invencible que la fe en Cristo le ha dado y la caridad de Cristo le hace vivir.

Cuando era joven no entendía porque Jesús, a pesar de la negación de Pedro, lo quiso líder, su sucesor, el primer papa.

Ahora ya no me sorprende y comprendo cada vez mejor que haber fundado la Iglesia sobre la tumba de un traidor, de un hombre que se asusta por las habladurías de una sierva, era una advertencia continua para mantener a cada uno de nosotros en la humildad y en la conciencia de la propia fragilidad.

No, no me voy de la Iglesia fundada sobre una roca tan débil, porque fundaría otra sobre una piedra aún más débil que soy yo.

…Y si las amenazas son tantas y la violencia del castigo tan grande, más son las palabras de amor y más grande es su misericordia. Diría, al pensar en la Iglesia y en mi pobre alma, que Dios es más grande que nuestra debilidad.

Y luego ¿cuánto cuentan las piedras? Lo que cuenta es la promesa de Cristo, lo que cuenta es el cemento que une a las piedras, que es el Espíritu Santo. Sólo el Espíritu Santo es capaz de hacer la Iglesia con piedras que no han sido cortadas como nosotros…

Y el misterio está aquí.

Este amasijo de bien y mal, de grandeza y de miseria, de santidad y de pecado que es la Iglesia, en el fondo soy yo…
Cada uno de nosotros puede sentir con estremecimiento y con infinita alegría que lo que pasa en la relación Dios-Iglesia es algo que nos pertenece íntimamente.

En cada uno de nosotros repercuten las amenazas y la dulzura con la que Dios trata a su pueblo de Israel, la Iglesia. A cada uno de nosotros.
Dios le dice cómo a la Iglesia: “Yo te desposaré conmigo para siempre” (Os 2,21), pero al mismo tiempo nos recuerda nuestra realidad: “De la impureza de tu inmoralidad he querido purificarte, pero tú no te has dejado purificar de tu impureza. No serás, pues, purificada hasta que yo no desahogue mi furor en ti” (Ez 24,23).

Pero quizá existe todavía una cosa más bella. El Espíritu Santo, que es el Amor, es capaz de vernos santos, inmaculados, bellos, aunque estemos disfrazados de bribones y adúlteros.

El perdón de Dios, cuando nos toca, vuelve transparente a Zaqueo, el publicano, e inmaculada a Magdalena, la pecadora.

Es como si el mal no hubiera podido tocar la profundidad más íntima del hombre. Es como si el Amor hubiera impedido dejar pudrirse el alma lejana del amor.

“Halló gracia en el desierto el pueblo que se libró de la espada”, nos dice Dios a cada uno de nosotros y continúa: “Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada, virgen de Israel” (Jer 31, 3-4).

Nos llama “vírgenes” aunque estemos de regreso de la enésima prostitución del cuerpo, del espíritu y del corazón.

En esto, Dios es verdaderamente Dios, es decir, el único capaz de hacer las “cosas nuevas”.

Porque no importa que Él haga los cielos y la tierra nuevos, es más necesario que haga “nuevos” nuestros corazones.

Y este es el trabajo de Cristo.

Y este es el ambiente divino de la Iglesia…

Extraído de un texto de Carlos Carretto. Artículo original QUMRAN2.NET